Chapter 6
En las desamparadas costas de la Groenlandia, donde el hombre se figura que va á expirar la Naturaleza, el mar está pobladísimo. Se navega en una longitud de doscientas millas por quince de latitud, sobre aguas negruzcas, cuyo color deben á cierta medusa microscópica. En cada pie cúbico de aquellas aguas viven más de ciento diez mil de dichos animalillos. (Schleiden).
Esas aguas nutritivas están densas de todo género de átomos crasos, apropiados á la muelle naturaleza de los peces, que perezosamente abren la boca y aspiran, sustentados como un embrión en el seno de la madre común. ¿Sabe el pez lo que se traga? Apenas. El alimento microscópico es como una especie de leche que se le ofrece sin solicitarlo. La gran fatalidad del mundo, el hambre, sólo existe en la tierra; en el mar está evitada, se desconoce. Ningún esfuerzo de movimiento; nadie se cura de buscar la comida. La vida debe flotar como un sueño. ¿En qué empleará sus fuerzas el ser? En nada puede gastarlas, y las reserva para el amor.
* * *
La obra real, el trabajo del gran mundo de los mares es: amar y multiplicarse. El amor llena su noche fecunda; súmese en las profundidades, pareciendo mucho más rico todavía entre los infinitamente pequeños. Mas, ¿cuál es, en realidad, el átomo? Cuando creéis estar en posesión del más pequeño, el indivisible, observáis que también ama y divide su existencia para producir otro ser. En el grado más bajo de la vida, donde falta todo otro organismo, encontraréis completas las formas genéricas.
Tal es el mar. Al parecer es la gran hembra del globo, cuyo infatigable deseo, concepción permanente y alumbramiento son eternos.
II
El mar de leche.
El agua de mar, hasta la más pura, tomada mar adentro y lejos de toda mezcla, es ligeramente blanquizca y un poco viscosa. Si se la detiene entre los dedos, _hace hebra_ y resbala con lentitud. Los análisis químicos no explican ese carácter: existe en ella una substancia orgánica que sólo se analiza destruyéndola, quitándole su especialidad, y haciéndola volver violentamente al número de los elementos generales.
Las plantas, los animales marinos, están revestidos de esa substancia, cuya mucosidad, consolidada á su alrededor, produce el efecto de gelatina, unas veces inmóvil y otras temblorosa. Plantas y animales aparecen á través como bajo una capa diáfana, y nada contribuye tanto á las ilusiones fantásticas que nos produce el mundo de los mares. Sus reflejos son singulares y á menudo extrañamente iríseos, por ejemplo, sobre las escamas de los peces y sobre los moluscos, que al parecer reciben por ese medio toda la ostentación de sus nacaradas conchas.
Es lo que más llama la atención del niño que por primera vez ve un pescado. A mí me sucedió esto siendo muy pequeño, aunque recuerdo como ahora la impresión que me produjo. Aquel ser brillante, resbaladizo, con sus plateadas escamas, me causó sorpresa y entusiasmo difíciles de explicar. Traté de agarrarlo, pero esto fué tan difícil para mí, como retener el agua en mis manos. Parecióme idéntico al elemento do nadaba, y me imaginé confusamente que no era otra cosa que agua, agua animal, organizada.
Más tarde, ya hombre, no fué menor mi sorpresa al ver en una playa cierto animal luminoso. A través de su cuerpo transparente, divisaba los morrillos y la arena. Incoloro como el cristal, un poco consistente, temblando al tocarlo, aparecióseme como á los antiguos y como al célebre Reaumur, que llamaba sencillamente á esos seres agua _gelatinificada_.
Y la impresión es más fuerte todavía cuando se encuentran en estado de formación primitiva las cintas color blanco amarillento que muellemente bosqueja el mar y constituyen las ovas, las laminarias que, trocando su color en pardusco, alcanzarán la solidez de las pieles. Mas, cuando tiernas, al estado viscoso, elásticas, tienen á manera de la consistencia de una ola solidificada, tanto más fuerte cuanto más blanda es.
Lo que se sabe actualmente de la complicada generación y organización de los seres inferiores, vegetales ó animales, nos veda la explicación dada por los antiguos y por Reaumur. Pero todo esto no nos impide repetir la pregunta que fué el primero en hacer Bory de Saint-Vincent: «¿Qué es el _mucus_ del mar? ¿La viscosidad que presenta el agua en general? ¿No es acaso el elemento universal de la vida?»
* * *
Preocupado con tales ideas, encaminéme en busca de un químico ilustre, espíritu positivista y sólido, novador tan prudente como atrevido, y sin preámbulos establecí _ex abrupto_ mi pregunta: «Caballero, ¿qué es, á vuestro entender, ese elemento viscoso, blanquizco, que ofrece el agua del mar?»
--La vida.
Luego volviendo á tocar el asunto para corroborar esta frase demasiado sencilla y absoluta, añadió: «Quiero decir una materia semiorganizada y ya perfectamente organizable. En ciertas aguas, no es más que una densidad de infusorios, en otras lo que va á serlo, lo que puede trocarse en ello. Por otra parte semejante estudio no se ha emprendido aún, pues á nadie ha preocupado seriamente.» (17 de mayo de 1860).
Al salir de su casa fuí á la de un gran fisiólogo cuyas opiniones en la materia no son menos valiosas á mis ojos. Le cuestionó sobre lo mismo, y su respuesta fué larga y bellísima. Hela aquí en extracto: «Tan ignorante se está de la constitución del agua como de la sangre. Lo que con más claridad se entrevé relativamente al _mucus_ del agua del mar, es que, á la vez, es el fin y el principio. ¿Resulta de los innumerables residuos de la muerte que los cedería á la vida? Indudablemente que sí, es una ley natural; mas, de hecho, en ese mundo marítimo de rápida absorción, la mayor parte de los seres son absorbidos vivos; no se arrastran en estado cadavérico como acontece en la tierra, donde son más lentas las destrucciones. El mar es elemento purísimo; la guerra y la muerte provéenlo y nada dejan en él de repugnante.
»Empero la vida, sin llegar á su disolución suprema, muda sin cesar, trasuda de sí cuanto no la hace falta. Entre nosotros, animales terrestres, la epidermis pierde incesantemente. Esas mudas, á que es dado llamar la muerte cotidiana y parcial, llenan el mundo de los mares, de una riqueza gelatinosa de que en el acto se aprovecha la vida naciente, encontrando en suspensión la superabundancia oleosa de esa trasudación común, las partículas todavía animadas, los líquidos vivientes que no han tenido tiempo de perecer. Todo eso no vuelve á caer en estado inorgánico, sino que entra rápidamente en los nuevos organismos. De todas las hipótesis, ésta es la más verosímil; si se rechaza, nos engolfamos en dificultades inmensas.»
* * *
Las opiniones que acaban de exponerse, debidas á los hombres de ideas más avanzadas y más serios del día, no son inconciliables con las que profesaba hará cosa de treinta años, Geoffroy Saint-Hilaire, sobre el _mucus_ general, de donde parece que la Naturaleza extrae toda su vida. «Es--dice aquel sabio,--la sustancia animalizable, el primer grado de los cuerpos orgánicos. No hay seres, animales ó vegetales, que no la absorban ó la produzcan en la primera época de la vida, por débiles que sean, aumentando su abundancia más bien en razón de su debilidad.»
Esta última frase abre un conocimiento profundo sobre la vida del mar. La mayor parte de sus hijos parecen fetos en estado gelatinoso, que absorben y producen la materia mucosa, colmando las aguas, dándolas la fecunda dulzura de una matriz infinita, donde sin cesar se presentan nuevos recién nacidos, nadando cual en un lago de leche tibia.
* * *
Asistamos á la obra divina; tomemos una gota de agua de mar. Allí veremos cómo comienza la primitiva creación. Dios no opera hoy de un modo y mañana de otro. Mi gota de agua, no cabe duda, con sus transformaciones me va á contar la historia del Universo. Esperemos, y á observar.
¿Quién es capaz de prever, de adivinar la historia de esa gota de agua? Planta-animal, animal-planta, ¿cuál debe salir primero?
Dicha gota ¿será el infusorio, la _mónade_ primitiva que agitando y vibrando no tarda en convertirse en _vibrador_; el que, de escalón en escalón, pólipo, coral ó perla, llegará, tal vez, en el transcurso de diez mil años á la dignidad de insecto?
Lo que surgirá de esa gota ¿es acaso el hilo vegetal, el tenue y sedoso plumión que nadie creería un ser, y no obstante es el primer cabello de una joven diosa, cabello sensible, amoroso, llamado con tanta propiedad _cabello de Venus_?
Lo que os estoy contando no pertenece al dominio de la fábula, no: es historia natural lisa y pura. Ese cabello de dos clases (vegetal y animal) en el que se condensa la gota de agua, puede titularse el primogénito de la vida.
* * *
Mirad al fondo de un manantial: primero nada veis, y luego observáis algunas gotas un poco turbias. Con un buen anteojo, lo turbio se convierte en una nubécilla, ¿gelatinosa ó coposa? Vista al microscopio el copo se vuelve múltiple, como un grupo de filamentos, de caballitos. Se les considera mil veces más delgados que el más delgado cabello femenino. He aquí la primera y tímida tentativa de la vida que quisiera organizarse. Esas confervas, como se les llama, se encuentran incesantemente en el agua dulce y en la salada cuando está inmóvil, empezando por ellas la doble serie de plantas originarias del mar y de las que adquirieron carta de naturaleza en la tierra cuando ésta emergió. Fuera del agua críase la numerosísima familia de los hongos, y dentro de las confervas, algas y otras plantas análogas.
Es el elemento primitivo, indispensable, de la vida, encontrándosele donde parece imposible que pueda medrar. En las sombrías aguas marciales cargadas y sobrecargadas de hierro, en las muy cálidas aguas termales, encontraréis ese ligero _mucus_ y esas criaturillas que se asemejan á gotas apenas desarrolladas, pero que oscilan y se mueven. No importa cómo se las clasifique, ni que Candolle las honre con el nombre de animales, y que Dujardin las relegue al último rango de los vegetales. No tienen más misión que vivir, que empezar por su modesta existencia la dilatada serie de seres que sólo ellos pueden producir. Esos pequeñuelos, vivos ó muertos, les sustentan con su propio ser, administrándoles desde abajo la gelatina de vida que sacan incesantemente del agua materna.
* * *
No hay verosimilitud en indicar como muestra de la creación primitiva fósiles ó piedras diluvianas de animales ó vegetales complicados: animales (los trilobitos) que ya poseen sentidos superiores, por ejemplo, ojos; vegetales gigantescos de poderosa organización. Es muy probable que seres mucho más sencillos precedieron y prepararon aquéllos, mas su muelle consistencia no ha dejado ningún vestigio. ¿Cómo habrían podido resistir la acción de los tiempos tan débiles seres, cuando las más duras conchas son trituradas ó disueltas? En el mar del Sur se han visto peces de acerados dientes ramoneando el coral, lo mismo que un carnero ramonea la hierba. Los blandos esbozos de la vida, las gelatinas animadas, aunque sólidas apenas, se han fundido millones de veces antes de que la Naturaleza pudiese fabricar su robusto trilobito, su indestructible helecho.
Restituyamos á esos pequeñuelos (confervas, algas microscópicas, seres flotantes entre dos reinos, átomos indecisos que se truecan por momentos de vegetal en animal y de éste en aquél), restituyámosles su derecho de primogenitura que, según parece, les corresponde.
Sobre ellos, y á su costa, comienza á elevarse la inmensa, la maravillosa flora de los mares.
Y no me es dado en este punto ocultar la tierna simpatía que por ella siento. Por tres motivos la bendigo.
Pequeñas ó grandes, esas plantas tienen tres caracteres simpáticos:
Primero su inocencia. Ni una sola produce la muerte. El mar no encierra ningún veneno vegetal. En las plantas marinas todo es salud y salubridad, bendición, de la vida.
Esas inocentes sólo quieren alimentar la animalidad. Algunas (por ejemplo las laminarias), son dulces como el azúcar; otras, tienen un amargor saludable (como el precioso ceramio purpúreo y violáceo, llamado musgo de Córcega). Todas concentran un mucílago nutritivo, especialmente varios fucos, el ceramio de las salanganas cuyos nidos se comen en la China, la capilaria, esa providencia, de los pechos cansados. En todos los casos en que hoy día se prescribe el yodo, antiguamente se daban en Inglaterra confituras de fuco.
El tercer carácter que llama la atención en aquella vegetación, es su amor inmenso. Dan ganas de creer que es el género más amoroso que existe al ver sus extrañas metamorfosis de himeneo. El amor es el esfuerzo de la vida para ser más allá de su ser y poder más que su potencia. Obsérvase esto en las luciolas y otros animalillos que se exaltan hasta producir llamas, y asimismo en las plantas tales como las conjugadas y las algas, que en el momento sagrado salen de su vida vegetal usurpando un rango superior y esforzándose por trocarse en animales.
* * *
¿Dónde empezaron tales maravillas? ¿Dónde se verificaron los primeros esbozos de la animalidad? ¿Cuál debió ser el teatro primitivo de la organización?
Antiguamente, esto dió margen á grandes controversias: empero hoy día nótase cierto acuerdo sobre dicho asunto entre el mundo de los sabios europeos.
Podría contestar valiéndome de infinidad de libros aceptados, autorizados, mas, prefiero entresacar la respuesta de una Memoria premiada recientemente por la Academia de Ciencias de París y por lo tanto apoyada en su gran autoridad.
Encuéntranse seres vivientes en las aguas á una temperatura de ochenta á noventa grados de calor: y cuando el globo enfriado bajó á esa temperatura, entonces se hizo posible la vida. El agua había absorbido en parte el elemento de muerte, el gas ácido carbónico. Se pudo respirar.
Al principio, los mares se asemejaron á esas porciones del Océano Pacífico cuya profundidad es escasa y que están sembradas de islotes bajos; estos islotes son antiguos volcanes, cráteres extintos. Los viajeros sólo los distinguen merced á los picos que salen de las aguas y á los trabajos practicados por los pólipos. Empero el fondo entre esos volcanes debe ser también volcánico, y durante los ensayos de la creación primitiva sería un receptáculo de vida.
Por largo tiempo la tradición popular consideró á los volcanes como _guardadores_ de los tesoros subterráneos y que de vez en cuando desparraman el oro escondido en sus entrañas. Falsa poesía con sus puntas de verdad. Las regiones volcánicas encierran en sí los tesoros del globo, y poderosas virtudes de fecundidad. Ellas fueron las que dotaron á la tierra estéril, pues debió brotar la vida del polvo de sus lavas, de sus cenizas siempre calientes.
Conocida es la riqueza de los bordes del Vesubio, de los valles del Etna en las dilatadas raíces que empuja hacia el mar; conocido es también el paraíso que forma bajo el Himalaya el precioso circo volcánico del valle de Cachemira, y otro tanto sucede á cada paso en las islas del mar del Sur.
En circunstancias las menos favorables, la vecindad de los volcanes y las cálidas corrientes que les son anejas continúan la vida animal en los sitios más desolados. Bajo la horrible devastación del polo antártico, no lejos del volcán Erebus, James Ross encontró corales vivos á mil brazas bajo el mar helado.
* * *
En la primitiva edad del mundo los numerosos volcanes de que está sembrado tenían una acción submarina mucho más poderosa que ahora. Sus fisuras, sus valles intermedios, permitieron al _mucus_ marítimo acumularse por capas, electrizarse de las corrientes. Sin duda que allí se asió la gelatina, fijóse, se afirmó, inquietóse y fermentó con toda su vigorosa potencia.
La levadura fué el atractivo de la substancia en provecho propio. Elementos creadores nativamente disueltos en el mar, formaron combinaciones, matrimonios iba á decir, apareciendo vidas elementales para evaporarse y morir. Otras, enriquecidas con sus despojos, duraron; seres preparatorios, lentos y pacientes creadores que, desde aquel momento, comenzaron bajo el agua la obra eterna de fabricación y la prosiguen á nuestra vista.
El mar, que á todos los sustentaba, distribuía á cada cual lo que mejor le convenía. Descomponiéndolo cada uno á su manera, en provecho propio, los unos (pólipos, madréporas, conchas) absorbieron el calizo; otros (los infusorios del trípoli, las colas de caballo rugosas, etc.) concentraron el sílice. Sus despojos, sus construcciones, revistieron la sombría desnudez de las rocas vírgenes, hijas del fuego, que arrancaran del núcleo planetario lanzándolas ardientes y estériles.
Cuarzo, basaltos y pórfidos, guijarros semi-petrificados, todo recibió de esas criaturillas una corteza menos inhumana, elementos suaves y fecundos que extraían de la leche materna (llamo leche al _mucus_ marítimo), que elaboraban y depositaban, haciendo habitable la tierra. En esos medios más favorables pudo realizarse el mejoramiento, la ascensión de las especies primitivas.
Estos trabajos debieron practicarse primitivamente en las islas volcánicas, en el fondo de sus archipiélagos, en esos meandros sinuosos, esos apacibles laberintos donde las olas sólo penetran discretamente; tibias cunas para los recién nacidos.
Mas, la flor escogida florece con plenitud en las profundas hondonadas de los golfos índicos. Aquí, el mar fué un gran artista, pues dió á la tierra las adoradas y benditas formas donde se complace en crear el amor. Por medio de sus asiduas caricias, redondeando la playa, dióle los contornos maternos, la ternura visible del seno de la mujer (iba á decir), lo que tanto place al niño, abrigo, calor y descanso.
III
El átomo.
Cierto día, un pescador me regaló el fondo de su red, es decir, tres seres casi moribundos, un esquino, una estrella de mar y otra estrella, un lindo ofiuro, que todavía se agitaba y no tardó en perder sus brazos delicados. Púselos en agua de mar, y los descuidé por espacio de dos días, ocupado en otras tareas. Cuando me acordé de ellos, sólo hallé tres cadáveres. Aquello estaba desconocido: habíase renovado la escena.
Una película espesa y gelatinosa se había formado á la superficie. Tomé un átomo de ella en la punta de una aguja, y el átomo, visto al microscopio, me ofreció lo siguiente:
Un torbellino de animales, cortos y sólidos, rechonchos, ardientes (_cólpodos_), que se movían de acá para allá, ebrios de vida, arrebatados de haber nacido (permítaseme la expresión), celebrando su natalicio con una extraña bacanal.
En segunda fila hormigueaban unas culebrillas muy diminutas ó anguilas microscópicas que más bien vibraban que nadaban para ir hacia adelante (se las nombra _vibradores_).
Fatigada de tanto movimiento, la vista, sin embargo, no tardó en notar que en aquella escena no todo se movía. Había vibradores tiesos aún que no vibraban: habíalos entrelazados, agrupados en racimos, en enjambres, que no se habían desprendido y aparentaban aguardar el momento de la libertad.
Entre aquella fermentación viva de seres inmóviles aún, se arrojaba, _rabiaba_, talaba, la desordenada traílla de los grandes rechonchos (los _cólpodos_), que parecía hacer pasto de ellos, regalarse, engordar y vivir allí á sus anchas.
Observaréis que ese espectáculo tenía por teatro la arena de un átomo recogido en la punta de una aguja. ¿Qué de escenas parecidas hubiese ofrecido el Océano gelatinoso que con tanta prontitud se formó sobre el fango! El tiempo había sido aprovechado maravillosamente. Los moribundos ó muertos, al escapárseles la vida habían creado todo un mundo. En cambio de tres animales perdidos, ahora era dueño de millones de ellos, y éstos ¡tan jóvenes y vivaces, animados de movimientos tan violentos, tan absorbentes, rabiosos por vivir!
* * *
Ese mundo infinito, de tal suerte mezclado al nuestro, que por doquiera nos rodea y está siempre con nosotros, era casi desconocido hasta hace poco. Swammerdam y otros, que anteriormente lo habían entrevisto, fueron detenidos en sus primeros pasos. Mucho más tarde, en 1830, el mágico Ehrenberg lo evocó, lo reveló y clasificó, estudiando la forma de esos invisibles, su organismo, sus costumbres, y viólos absorber, digerir, navegar, cazar, combatir. Su generación le pareció obscura. ¿Cuáles son sus amores? ¿Acaso aman? En seres tan elementales ¿hace el gasto la Naturaleza de una generación complicada? ¿O bien nacen espontáneamente como tal ó cual moho vegetal? El vulgo dice: «como los hongos.»
Cuestión árida que hace sonreir y menear la cabeza á más de un sabio. ¡Se está tan seguro de tener entre manos el misterio del mundo, de haber fijado invariablemente las leyes de la vida! A la Naturaleza toca obedecer. Cuando, hace cien años, se hizo observar á Reaumur que la hembra del gusano de seda podía producir sin auxilio del macho, lo negó, contestando: «La nada, nada produce.» El hecho, constantemente negado y probado de continuo, acaba de serlo fijamente y queda admitido, no tan sólo para el gusano de seda, sino para la abeja y para cierta mariposa, y aun para otros animales.
* * *
En todo tiempo y en cualquiera nación, lo mismo entre las personas ilustradas que entre el vulgo de las gentes, se decía: «La muerte da la vida.» Suponíase en particular que la vida de los imperceptibles surgía inmediatamente de los despojos que le lega la muerte. El mismo Harvey, que fué el primero en formular la ley de generación, no se atrevió á desmentir tan arraigada creencia. Al decir: Todo procede del huevo, añadió: _ó de los disueltos elementos de la vida precedente_.
Esta es precisamente la teoría que acaba de renacer con tal resplandor, merced á los experimentos de M. Pouchet, quien establece que de los despojos de infusorios y otros seres se crea la escarcha fecunda, la «membrana prolífica,» de la que nacen, no nuevos seres, sino los gérmenes, los óvulos de donde podrán nacer después.
Estamos en la época de los milagros, es preciso convenir en ello; mas, éste no tiene nada de sorprendente.
En otro tiempo habríanse reído á las barbas del que hubiera pretendido que animales indóciles á las leyes establecidas, se permitan respirar por la patita. Los bellos trabajos de Milne Edwards han derramado luz sobre este asunto. Dícese que asimismo Cuvier y Blainville habían notado que otros seres que carecen de órganos regulares de circulación, los suplían por medio de los intestinos; mas, esos grandes naturalistas encontraron tan enorme el caso, que no se atrevieron á divulgarlo. Hoy ha pasado al dominio de cosa juzgada por el mismo Milne Edwards, M. de Quatrefages, etc.
* * *
Sea cual fuere la opinión que se tenga formada de su nacimiento, lo cierto es que después de nacidos nuestros átomos ofrecen un mundo infinito y admirablemente variado. Todas las formas de vida están representadas en ellos honrosamente. Dado caso que se conozcan entre sí, opinarán que componen una armonía completa á la que muy poco hay que envidiar.
Y no son especies dispersas, creadas aparte: constituyen visiblemente un reino donde los géneros diversos han organizado una gran división del trabajo vital. Tienen seres colectivos como nuestros pólipos y nuestros corales, pegados aún, sufriendo las sujeciones de una vida común; tienen también pequeños moluscos que ya se visten con lindas conchas; tienen peces ágiles y bullidores insectos, arrogantes crustáceos, miniatura de los futuros cangrejos, como ellos armados hasta los dientes, aguerridos átomos que se dedican á la caza de los átomos inofensivos.