Chapter 5
Por mi parte también contemplaba insaciablemente aquel mar que me causaba odio. No encontrándome realmente en peligro, mi fastidio y desconsuelo eran mayores. ¡Cuan feo era el mar! ¡Qué horrible su aspecto! Nada recordaba en aquel momento los vanos cuadros de los poetas; únicamente que, por un extraño contraste, cuanto más cundía mi desaliento, tanto más animado él se presentaba. Todas aquellas olas electrizadas por tan furioso movimiento hallábanse grandemente estimuladas y en posesión como de un alma fantástica. En el furor general, cada cual desempeñaba un papel distinto; y en la total uniformidad (cosa verdadera aunque contradictoria), notábase un diabólico hormigueo. ¿Acaso era esto visión de mis ojos y de mi fatigado cerebro, ó la pura verdad? Las olas me hacían el efecto de un espantoso _mob_, de un horrible populacho; no hombres, sino perros ladrando, de miles y miles de dogos rabiosos, ó más bien, dementes... ¿Qué estoy diciendo? ¿Perros? ¿Dogos? no era esto, no; sino execrables é innominadas apariciones, bestias sin ojos ni orejas, sin otro órgano que sus espumantes bocazas.
¡Monstruos! ¿Qué queréis? ¿No estáis aún embriagados con los naufragios de que tenemos noticia á cada momento? ¿Qué más pedís?--«Tu muerte y la muerte universal, la supresión de la tierra y la vuelta del caos.»
VIII
Los faros.
Impetuosa es la Mancha con su estrecho do se sumerge el flujo del Océano del Norte; áspero es el mar bretón con los violentos remolinos de sus cortaduras basálticas; mas, el golfo de Gascuña, desde Cordouan á Biarritz, es un mar de contradicciones, un enigma de combates. En dirección al Mediodía se vuelve de repente extraordinariamente profundo, un abismo donde el agua se cuela. Un ingenioso naturalista lo compara á un gigantesco embudo que absorbiese bruscamente. La ola, escapándose de allí bajo espantosa presión, se eleva á alturas de que no hay otro ejemplo en nuestros mares.
La marejada del Noroeste es el motor de la máquina, y si es un tanto más Norte empuja hacia el fondo del golfo, va á aplastar San Juan de Luz. Más Oeste, hace regolfar el Gironde y encasqueta sus horribles olas al infortunado Cordouan.
No se conoce bastante á ese respetable personaje, á ese mártir de los mares; y creo que de todos los faros de Europa es el más viejo. Uno solo puede disputarle su antigüedad, la célebre linterna de Génova; mas la diferencia es grande. Esta, que corona un fuerte, asentada tranquilamente sobre una roca excelente y muy sólida, puede reirse de las tormentas. Cordouan se encuentra sobre un escollo rodeado continuamente de agua. En verdad que fué mucha audacia edificar sobre la misma onda, ¿qué digo? sobre la violenta onda, en medio del eterno combate de un río y un mar semejantes.
Estos, le prodigan á cada momento ó sendos latigazos ó pesados bofetones que truenan sobre él como un cañonazo. Aquello es un eterno asalto. El mismo Gironde, empujado por las brisas terrestres, por los torrentes de los Pirineos, combate por momentos á ese portero del paso, como si fuera responsable de los obstáculos que le opone el Océano.
Y, sin embargo, ese faro es la única luz que resplandece en aquel mar: todo el que se desvíe de Cordouan empujado por el viento Norte, corre peligro; también es fácil se aparte de Arcachón. Ese mar es tan terrible como tenebroso; de noche, no se divisa una sola señal que guíe al navegante, ni hay un solo punto de abrigo.
Durante los seis meses que permanecí en aquellas playas, mi contemplación ordinaria, mejor diré, mi sociedad habitual, era Cordouan. Perfectamente comprendía que su posición de guardián de los mares, de vigilante constante del estrecho, constituían aquella mole en una especie de personaje. De pie sobre el vasto horizonte de Poniente, se ofrecía á mis ojos bajo cien aspectos distintos. A veces, en una zona de gloria triunfaba el sol; en otras ocasiones, pálido y apenas visible, flotaba entre la niebla presagiando desdichas; y al tender su negro manto la noche, cuando aparecía bruscamente su luz roja y lanzaba sus miradas de fuego, parecía un inspector celoso que vigilaba las aguas, penetrado é inquieto de su responsabilidad. No importa lo que en el mar sucediese, él siempre era el culpado: alumbrando la tormenta, solía arrancar alguna víctima de sus brazos, y no obstante él tenía la culpa de la furia de los elementos. Así es cómo la ignorancia acostumbra á tratar al genio, acusándole de los males que descubre. Me acuso en este sitio de haberle tratado yo mismo con injusticia. Si no se encendía á la hora acostumbrada, si sobrevenía el mal tiempo, le acusaba, le reprendía. «¡Ah! ¡Cordouan! ¡Cordouan! ¿No puedes traernos, blanco fantasma, más que huracanes?»
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Y, sin embargo, creo que debimos á él, en la tempestad de octubre, la salvación de nuestros treinta hombres. La embarcación se hizo trizas, mas se salvaron los que la tripulaban.
Gran cosa es ver do se naufraga, irse á pique en plena luz, con conocimiento del sitio, de las circunstancias y de los recursos de que se puede echar mano. «¡Dios todopoderoso! ¡Si es nuestro destino perecer, que á lo menos perezcamos de día!»
Cuando la embarcación, arrastrada desde alta mar por el furioso oleaje, llegó de noche cerca de las costas, había mil probabilidades contra una de no entrar en Gironde. A la derecha, la luminosa punta de Grave le advertía que evitase el Medoc; á la izquierda, el pequeño faro de Saint-Palais le mostraba la peligrosa roca de la Grand'Caute del lado de la Saintonge. Entre esos fuegos blancos y fijos, se destacaba sobre el escollo central la claridad rojiza de Cordouan que, cada minuto, indica el paso.
Por un esfuerzo desesperado logró pasar la embarcación, pero fué todo. El viento, las olas, la corriente, la asaltaron en Saint-Palais: la benéfica trinidad de los tres fuegos reflejaba en aquel sitio. Los treinta vieron do estaban, que iban á encallar en la arena y que tal vez podrían salvar sus vidas si abandonaban á tiempo el frágil leño. Puesto en práctica su pensamiento, confiáronse á la tormenta, al furor del viento; y, efectivamente, los trató éste como á esas olas que arrastra hacia la tierra sin permitirlas retroceder. Topándose unos con otros, magullados, fueron arrojados no sé dónde, pero es lo cierto que salieron del peligro con vida.
* * *
¿Quién es capaz de contar el número de hombres y de barcos que salvan los faros? Vista la luz en esas horribles noches de confusión en que los más animosos se turban, no sólo indica el camino, sino que presta valor, impidiendo al ánimo extraviarse. Es un gran apoyo moral decirse en el trance supremo: «¡Persiste! ¡un esfuerzo más!... Si el viento y el mar son tus contrarios, no estás solo, la Humanidad vela por ti.»
Los antiguos, que seguían las costas y las tenían á la vista incesantemente, necesitaban más que nosotros alumbrarlas. Dícese que los etruscos fueron los que empezaron á entretener los fuegos nocturnos sobre las piedras sagradas. El faro era un altar, un templo; una columna, una torre. Los celtas también fabricaron, existiendo todavía importantes _dolmens_ precisamente en los puntos favorables de donde pueden divisarse mejor los fuegos. El Imperio Romano había iluminado, de promontorio en promontorio, todo el Mediterráneo.
El gran terror de los piratas del Norte, la vida temblorosa de la sombría Edad Media, apagan todo eso, cuidándose de auxiliar los desembarcos. El mar hase convertido en objeto de terror: todo barco es un enemigo, y si se estrella, una presa. El pillaje del náufrago constituye una de las rentas del señor: es el noble _derecho de fractura_. Conocido es el Conde de León enriquecido por su escollo, «piedra preciosa--decía,--más que cuantas causan la admiración del vulgo en las coronas de los reyes.»
En los tiempos modernos, si bien inocentemente, los pescadores han causado no pocos naufragios encendiendo hogueras en la playa que se veían desde el mar; y aun los mismos faros han ocasionado alguna catástrofe cuando se han confundido entre sí. Una luz tomada por otra inmediata, á veces dió motivo á terribles equivocaciones.
Después de sus grandes guerras, la Francia tomó la iniciativa del nuevo arte de luces y de su aplicación en beneficio del género humano. Armada con el rayo de Fresnel (una lámpara de la potencia de cuatro mil y que se distingue á doce leguas de distancia), erigió una cintura de esas poderosas llamas que entrecruzan sus luces y se penetran unas á otras. Así desaparecieron las tinieblas de la faz de nuestros mares.
Para el marino que se guía por las constelaciones, este invento fué como un nuevo cielo que se le ofreció, creando á la vez los planetas, estrellas fijas y satélites, y dando á esos astros de invención, los matices y caracteres diversos de los de arriba. Asimismo varió el color, la duración, la intensidad de su centelleo. A los unos, dió la luz tranquila que basta para las noches serenas; á los otros, una luz movible giratoria, una mirada de fuego que atraviesa los cuatro lados del horizonte: éstos, como los misteriosos animales que alumbran el mar, tienen la viviente palpitación de una llama que relumbra y palidece, que brota y muere. En las sombrías noches de tormenta, se conmueven, parecen tomar parte en las convulsiones del Océano, y, sin sorprenderse, devuelven fuego por fuego á los resplandores celestes.
* * *
Es preciso recordar que en aquella época (1826), y hasta 1830, todo el mar estaba en tinieblas. Contados eran los faros en Europa; en Africa sólo existía el del Cabo; en Asia había tres: los de Bombay, Calcuta y Madrás, y ni uno solo en el espacio inmenso de la América del Sur. Desde entonces acá, todas las naciones han seguido imitando á la Francia. Poco á poco se hace la luz.
Quisiera llevar á cabo con el lector en una sola noche, y sin movernos de este sitio, la circunnavegación de nuestro Océano, entre Dunkerque y Biarritz, y la revista de los grandes faros. Empero sería esto tarea muy larga.
Calais hace señales hospitalarias á la Inglaterra, á la muchedumbre que pasa por aquel país, con sus cuatro faros de colores diversos, que deben verse desde el mismo Douvres. El magnífico golfo del Sena, entre la Hève y Barfleur, alumbrado por faros amigos, abre el Havre á la América, recibiéndola directamente en el hogar, en el corazón de la Francia.
El mismo Sena se adelanta hacia el mar para recoger las embarcaciones, iluminando con gran esmero todas las puntas de la Bretaña. En la vanguardia de Brest, en Saint-Mattbieu, en Penmark, en la isla de Sen, se ostentan luces distintas que resplandecen por minutos y aun por segundos, gritando al navegante: «¡Atención! Observa esa roca... Huye de ese escollo... Vira hacia aquí... ¡Perfectamente!... ya estás en el puerto.»
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Notad que todas esas torres levantadas en sitios peligrosos, edificadas á menudo sobre las rompientes y en medio de las tempestades, establecían al arte el problema de la absoluta solidez. Muchos faros se levantan á alturas inmensas. La tan decantada arquitectura de la Edad Media no se aventuraba á edificar tan alto si no daba al edificio apoyos exteriores, contrafuertes, botareles, y hacia la cima de las torres ya no se fiaba de la piedra, sino que recurría al auxilio no muy artístico de los grapones de hierro que enlazaban entre sí las piedras, como puede verse todavía en la aguja de la catedral de Strasburgo. Nuestros arquitectos desprecian tales medios. El faro de los Héaux, construido últimamente por M. Reynaud sobre el peligroso escollo de las Espadas de Tréguier, tiene la sencillez sublime de una gigantesca planta marina. Poco se cura de los contrafuertes: hunde en la roca viva sus cimientos tallados al cincel, y sobre una base de sesenta pies de anchura, se yergue su columna de veinticuatro pies de diámetro. Sus anchas piedras de granito están embutidas la una en la otra; además, en la parte inferior, las hiladas se encuentran unidas por medio de dados (también de granito) que penetran á la vez en otras piedras superpuestas. Toda la obra está tan bien ajustada que el cimiento fué cosa superflua. De abajo arriba, mordiendo cada piedra á su inmediata, según se ha dicho, el faro constituye una sola mole, más compacta que la roca sobre que se asienta. La ola no sabe qué lado atacar: azota, rabia, pero resbala. Todo lo que consigue ganar con sus prolongados truenos es que el faro oscile y se incline un tanto. Empero no hay que alarmarse por esto; la misma ondulación presentan las más antiguas y sólidas torres.
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Así, pues, en lugar de los tristes bastiones que antiguamente amenazaban al mar, como los que todavía he visto en la costa de Berbería, la civilización moderna edifica las torres de la paz, de la hospitalidad benévola. Preciosos y nobles monumentos, á veces sublimes á los ojos del arte y que siempre conmueven el ánimo. Sus luces de colores distintos, donde se representan el oro, la plata de las estrellas, ofrecen el seguro firmamento que una providencia humana ha organizado sobre la tierra. Cuando están velados todos los astros, es dado al marino contemplar éstos y recobrar el perdido ánimo, reconociendo en ellos su estrella, la estrella de la Fraternidad universal.
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¡Cuánto agrada sentarse junto á uno de esos faros, bajo esas luces amigas, verdadero hogar de la vida marítima! El más moderno de entre ellos es ya venerable por las preciosas vidas que ha salvado. Su vista produce más de un recuerdo; rodéalo la tradición y es objeto de sabrosas leyendas, pero leyendas verdad. Dos generaciones bastan para que un faro tome carta de antigüedad y se convierta en sagrada su memoria. Frecuentemente dirá la madre á la joven: «Este salvó á tu abuelo, y sin él no hubieras venido al mundo.»
¡Cuántas visitas le hace la intranquila esposa que aguarda la vuelta de su marido! Al anochecer, y también á media noche, la hallaréis allí sentada, aguardando y pidiendo que la bienhechora luz que brilla en lo alto traiga al ausente, lo conduzca á puerto con seguridad.
Con justicia, los antiguos honraban el altar de los dioses salvadores del hombre en sus piedras sagradas. Para el corazón atribulado que tiembla y espera, los tiempos no han variado, y en medio de la obscuridad de la noche, la que llora y ruega ve en el faro el altar y el mismo Dios.
LIBRO SEGUNDO
GÉNESIS DEL MAR
I
Fecundidad.
La velada de San Juan (del 24 al 25 de junio), cinco minutos después de haber dado la media noche ábrese la gran pesca del arenque en los mares del Norte. Luces fosforescentes ondulan ó bailan sobre las ondas; «son los _relámpagos_ del arenque,» la señal consagrada que parte de todas las embarcaciones. Acaba de subir un mundo de seres vivientes de las profundidades á la superficie, siguiendo el atractivo del calor, del deseo y de la luz. La que produce la luna pálida y suave, agrada á la gente tímida, siendo el fanal que al parecer les alienta para su gran festín amoroso. Y van subiendo, subiendo todos juntos, sin que uno solo se quede atrás. La sociabilidad es la ley de esa raza; siempre se presentan en masa. Reunidos viven envueltos en las tenebrosas profundidades; juntos acuden en la primavera á participar de la alegría universal, á ver la luz del día, á gozar y morir. Apretados, comprimidos, jamás se encuentran bastante cerca los unos de los otros, navegando en bancos compactos. «Es lo mismo (decían los flamencos), que si nuestras dunas comenzaran á bogar.» Entre Escocia, Holanda y Noruega parece que ha surgido una inmensa isla y que un continente esté pronto á emerger. Destácase un brazo al Este que se mete por el Sund, obstruyendo la entrada del Báltico. En ciertos pasos estrechos, el remo no puede abrirse paso; el mar constituye una masa sólida. Millones y más millones, ¿quién sería osado á contar el número de esas legiones? Dícese que en una ocasión, cerca del Havre, halló un pescador en sus redes ochocientos mil arenques, y en un puerto de Escocia se pescaron once mil barriles en una sola noche.
Surgen como un elemento ciego y fatal, sin que los desanime la destrucción. Hombres y peces son sus contrarios; nada les inquieta y bogan sin cesar. Esto no debe sorprendernos, puesto que mientras navegan se aman, y cuanto más mueren, más producen y se multiplican sin detener su marcha. Las columnas compactas, profundas, en la electricidad común, flotan entregadas únicamente á la grande obra de la procreación. El todo va impulsado por las olas y por la ola eléctrica. Escoged entre la masa al acaso y encontraréis los fecundos, otros que lo fueron, y otros deseosos de serlo. En medio de ese mundo que desconoce la unión fija, el placer es una aventura, el amor un viaje. Sobre la ruta que recorren siembran torrentes de fecundidad.
A dos ó tres brazas de profundidad desaparece el agua bajo la increíble abundancia del flujo materno do nadan las huevas del arenque. Cuando el sol empieza á extender sus dorados rayos sobre la tierra, es curioso ver, hasta donde alcanza la vista, por espacio de muchas leguas, el mar blanco del germen de los machos.
Macizas, grasientas y viscosas ondas, donde la vida fermenta en la levadura de la vida. Por centenares de leguas, en longitud y latitud, parece aquello un volcán de leche, y de leche fecunda que ha hecho erupción y ahogado al mar.
* * *
Lleno de vida á la superficie, el mar veríase obstruido si esa increíble potencia de producción no fuese violentamente combatida por la áspera liga de todas las destrucciones. Basta reflexionar que cada arenque lleva en sí cuarenta, cincuenta, hasta setenta mil huevas. Si la muerte violenta no acudía á remediarlo, multiplicándose por término medio cada arenque en cincuenta mil, y cada uno de éstos en otros tantos, en algunas generaciones lograrían llenar, solidificar el Océano, ó putrificarlo, suprimiendo todas las castas y convirtiendo en desierto al Universo. La vida reclama aquí imperiosamente la asistencia, el indispensable auxilio de su hermana la muerte. Ambas se combaten y entregan á una lucha inmensa que es armonía y la salvación del género humano.
En la gran cacería universal contra la raza maldita, los ojeadores, los encargados de impedir que la masa se disperse, los que la empujan hacia la playa, son los gigantes del mar. Las ballenas y cetáceos no desdeñan semejante presa; persíguenla, se introducen en los bancos; con sus bocazas absorben por toneladas el enjambre infinito que sin disminuir por eso huye en dirección de las costas. Allí se opera otro género de destrucción mayor todavía. Primero, los pequeños entre los pequeños, los pececillos microscópicos se tragan la freza y huevas del arenque, hartándose de germen, comiéndose el futuro; en cuanto al presenté, es decir, el arenque acabado de nacer, ha producido la Naturaleza un género glotón que, con sus ojos separados, ve y come mejor, género todo estómago, la golosa tribu de los _gades_ (pescadilla, abadejo, etc.). La pescadilla se llena, se harta de arenques y engorda; otro tanto sucede con el abadejo. De manera que el peligro de los mares, el exceso de fecundidad vuelve á presentarse más terrible aún. ¡El abadejo! Este sí que es más fecundo que el arenque: ¡llega á tener nueve millones de huevas! Un abadejo de cincuenta libras tiene catorce de huevas, ¡la tercera parte de su peso! Añadid que á esos animalitos, de tan temible maternidad, la época del celo les dura nueve meses en el año. El bacalao llegaría á poner en peligro al Universo. ¡A ellos, pues! Lancemos buques al mar, equipemos flotas. Sólo Inglaterra envía á su exterminio veinte ó treinta mil marineros. ¿Y cuántos envía la América, y la Francia, y la Holanda, y el mundo entero? El abadejo por sí solo ha creado colonias, fundado factorías y ciudades. Su preparación es un arte, y ese arte posee una lengua, idioma técnico usitado entre los pescadores de bacalao.
Empero, ¿qué puede hacer el hombre? La Naturaleza sabe que nuestros pequeños esfuerzos, nuestras flotas y nuestras pesqueras, nada serían para su objeto, que el bacalao vencería al hombre. Así, pues, no se fía de él, sino que llama en su auxilio á fuerzas de muerte mucho más enérgicas. Desde el fondo de los ríos llega al mar uno de los más activos, de los más resueltos comedores: el esturión. Encaminándose á los ríos para procrear, sale de allí enflaquecido y áspero, y poseído de un apetito inmenso, introdúcese nuevamente en el mar para regalarse. ¡Qué dicha para aquel hambriento encontrar el gordo abadejo que se ha asimilado las legiones de arenques! Allí se concentra toda la substancia y puede morder á su sabor. Este valiente comedor de bacalao, aunque no tan fecundo, tiene sin embargo, un millón quinientas mil huevas. Un esturión de mil cuatrocientas libras, encierra cien libras de germen, ó cuatrocientas cincuenta de huevas. El peligro no cesa. Amenazado ha el arenque con su fecundidad terrible; otro tanto sucede con el bacalao, y el esturión amenaza todavía.
Preciso es que la Naturaleza invente un supremo devorador, comedor admirable y productor pobre, de digestión inmensa y avaro de generación. Monstruo benéfico y terrible que siega esa plaga invencible de fecundidad renaciente con un gran esfuerzo de absorción, que se lo traga todo indistintamente: muertos, vivos, ¿qué digo? cuanto encuentra á su paso. _El magnífico comedor_ de la Naturaleza, comedor privilegiado: el tiburón.
Mas, tan terribles destructores están vencidos de antemano: á pesar de su furia devoradora, producen muy poco. Hase visto que el esturión no es tan fecundo como el bacalao, y el tiburón es estéril comparado con los demás habitantes del líquido elemento. No se vierte como ellos en torrentes por los mares: vivíparo, elabora en su seno el tiburoncito, su heredero feudal, que nace terrible y armado de punta en blanco.
* * *
Puede el mar en sus fecundas tenebrosidades sonreirse de los destructores que él mismo produce, bien seguro de procrear cada vez más. Su riqueza principal desafía los furores de esos seres tragones, siendo inaccesible á su rapacidad. Me refiero al mundo inmenso de átomos vivientes, de animales microscópicos, verdadero abismo de vida que fermenta en su seno.
Hase dicho que la falta de luz solar excluía la vida, y no obstante, en lo más profundo del mar viven innumerables enjambres de estrellas marinas. Las olas están pobladas de infusorios y de gusanos microscópicos é infinidad de moluscos arrastran sobre ellas sus conchas. Cangrejos bronceados, radiantes anémonas, nevadas porcelanas, dorados ciclóstomos, onduladas volutas, todo vive y se mueve. Allí pululan los animálculos luminosos que, atraídos momentáneamente á la superficie, aparecen formando regueros, serpientes de fuego ó resplandecientes guirnaldas. En su transparente espesor debe estar alumbrado el mar acá y acullá con tales resplandores; las mismas aguas tienen cierto brillo, una semi-luz que se nota sobre los peces, así vivos como muertos. Aquello es su propia luz, su propio fanal, su cielo, su luna y sus estrellas.
A todo el mundo es dado observar en las salinas la fecundidad del mar. Las aguas concentradas constituyen depósitos violáceos que no son otra cosa que infusorios. Cuentan todos los navegantes que en tal ó cual dilatado viaje no han atravesado más que aguas vivientes. Freycinet vió sesenta millones de metros cuadrados cubiertos de un rojo escarlata que no es otra cosa que un animal-planta, tan diminuto, que en un solo metro cuadrado viven cuarenta millones de ellos. En el golfo de Bengala, en 1854, el capitán Kingman, navegó por espacio de treinta millas sobre una enorme capa blanca que daba al mar el aspecto de una llanura cubierta de nieve. No se veía una sola nube; el cielo estaba aplomado formando contraste con la brillantez del mar. Vista de cerca esa agua blanca era una gelatina, y observada al lente una masa de animálculos que al moverse producían singulares efectos luminosos.
Cuenta Perón, que durante veinte leguas navegó á través de una especie de polvo gris, lo que, visto al microscopio, resultó ser una capa de huevas de especie desconocida que, sobre un espacio inmenso, cubría y no dejaba ver el agua.