El Mar

Chapter 4

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En los seis meses que pasé á dos leguas de Génova, á orillas del mar más pintoresco del Universo y el más abrigado, en Nervi, sólo disfruté de una pequeña tempestad de corta duración; mas, en tan poco tiempo, _rabió_ con inusitada furia. No pudiendo contemplarla á mis anchas desde la ventana de mi vivienda, la abandoné y por callejuelas tortuosas entre altos _palazzi_, aventuréme á dirigirme, no á la playa (ésta no existe), sino á una cornisa, de negras rocas volcánicas que orillan el mar, angosto sendero, el cual en ciertos puntos no tiene tres pies de anchura, y que, unas veces subiendo, bajando otras, desplomándose á menudo sobre el mar, le domina á la altura de treinta y hasta cuarenta y sesenta pies. La vista no podía fijarse á gran distancia. Continuados torbellinos obstruían la visión. Poco se vislumbraba, y ese poco tenía sus límites y era espantoso. La aspereza, los ángulos frágiles de esa costa de guijarros, sus puntas y sus picos, sus entradas súbitas y abruptas, imponían á la tempestad saltos, botes, esfuerzos increíbles, torturas infernales. Rechinaba de blanca espuma, pareciendo responder con una sonrisa execrable á la ferocidad de las lavas que desapiadadamente la rompían. Oíanse ruidos insensatos, absurdos; nada de seguido, sino truenos discordantes, silbidos tan ásperos como los de las máquinas de vapor, al extremo de tener uno que taparse los oídos. Aturdido de un espectáculo que entorpecía los sentidos, traté de recobrarme: apoyándome en un muro que se internaba y no hubiera consentido que la furiosa me arrastrara, comprendí mejor aquella algarabía. Aspera y corta era la onda, y la dureza del combate se debía á lo extraño de aquella costa, tan abruptamente cortada, á sus ángulos crueles que apuntaban á la tempestad, desgarraban la ola. La cornisa por debajo, á uno y otro costado, hundíala en sus profundidades atronadoras.

Los ojos quedaban heridos al igual del oído por el contraste diabólico de esa nieve deslumbradora azotando las negrísimas lavas.

En fin, en aquel momento comprendí que más culpa tenía la tierra que el mar en lo terrible del cuadro que acabo de pintar. Lo contrario sucede en el Océano.

VII

La tempestad del mes de octubre de 1859.

La tempestad que he observado mejor es la que hizo estragos en el Oeste, el 24 y 25 de octubre de 1859, que se renovó con más furor y con imponente grandiosidad el viernes 28 del mismo mes, durando el 29, el 30 y el 31, implacable, infatigable, seis días con sus noches, á excepción de un corto intervalo. Innumerables fueron las embarcaciones perdidas en nuestras costas occidentales. Antes y después, se experimentaron muy graves perturbaciones barométricas; los alambres del telégrafo quedaron rotos ó inservibles, interrumpidas las comunicaciones. Algunos años cálidos habían precedido á esa tempestad, y después de ella hubo una gran variedad de tiempo, ya frío ya lluvioso. Y el presente año de 1860, hasta el día en que escribo estas líneas, está entregado á la obstinada anegada de los vientos Oeste y Sur, que parece quieren traer sobre nosotros todas las lluvias del Atlántico y del grande Océano Austral.

Contemplaba esta tempestad de un sitio grato y apacible, cuya dulzura no daba el más pequeño indicio de lo que iba á acontecer. Hablo del puertecito de Saint-Georges, junto á Royan, en la desembocadura del Gironde. Allí habían transcurrido cinco meses de mi existencia en completa calma, sumido en la meditación, interrogando mi corazón, y buscando responder al asunto que traté en 1859, asunto tan delicado, tan grave. El sitio, el libro, se mezclan agradablemente á mis recuerdos. ¿Me habría sido posible escribirlo en otra parte? Lo ignoro. Lo que puedo afirmar es que el perfume agreste del país, su severa suavidad, los olores de vivificante amargura que constituyen el encanto de sus matorrales, la flora de las landas, la de los méganos, mucho han contribuido á dar animación al libro en cuestión, prestándole su sabor, que nunca desaparecerá.

Los moradores están en su sitio en medio de aquella naturaleza. No son vulgares ni groseros. El campesino es grave, de rectas costumbres. Los marineros son todos pilotos, pequeña tribu protestante librada del furor de las persecuciones religiosas. Allí existe la honradez primitiva (son desconocidos todavía en ese país los cerrojos); nada de ostentación. Obsérvase una modestia no acostumbrada entre los hombres de mar, la discreción y el tino que no siempre se encuentran en las clases más elevadas de la sociedad. Bien visto y apreciado de todos, tuve, sin embargo, el reposo y tranquilidad requeridos para trabajar á mis anchas. Esto hizo que me interesara más y más por aquellos hombres y sus peligros. Sin hablarles, todos los días les acompañaba con mis votos en su oficio de héroes. El estado del tiempo me inquietaba, y con frecuencia me preguntaba al contemplar el paso peligroso, si el mar, durante largo tiempo terso y tranquilo, no se trocaría de repente en montuoso y cruel.

Aquel sitio peligroso nada tiene de triste. Cada mañana desde mi ventana veía enfrente las blancas lonas, ligeramente tintas por la aurora, de un sinnúmero de barcos mercantes que aguardaban la brisa favorable para partir. Allí, el Gironde no tiene menos de tres leguas de ancho: tan solemne como los grandes ríos americanos, ostenta, sin embargo, la animación de Burdeos. Royan es un pueblecito de recreo adonde acuden gentes de toda la Gascuña. Su bahía y la de Saint-Georges disfrutan del espectáculo gratuito que dan los marsuinos al entregarse alegremente á la caza de los bañistas en pleno río, zambulléndose y dando saltos fuera del agua hasta la altura de cinco ó seis pies. Parece como que saben perfectamente que en aquel país nadie se libra á la pesca; que en el sitio de combate, donde lo que preocupa al marinero es la dirección y salvamento de su embarcación, nadie hace caso de lo que puede valer el aceite de un marsuino.

Añadid á esa alegría de las aguas la preciosa é incomparable armonía de ambas riberas. Los pingües viñedos del Medoc se ostentan enfrente de las mieses de la Saintonge, de su variada agricultura. El cielo no tiene la belleza fija, y á veces monótona, del Mediterráneo. El de ese país es muy variable. Aguas saladas y dulces se elevan de las nubes iríseas, proyectando, sobre el espejo de donde proceden, extraños colores, verde-claro, rosado y violeta. Creaciones fantásticas, que pasan como una exhalación para ser después más deplorada su pérdida, adornan la puerta del Océano en forma de monumentos originales, atrevidas arcadas, puentes sublimes y á veces arcos triunfales.

Las dos playas semicirculares de Royan y de Saint-Georges, con su fina arena, constituyen para los pies delicados el más suave paseo, que se prolonga sin cansancio por el sendero de pinos que alegran la duna con su verdor. Los magníficos promontorios que separan esas playas y las landas del interior, envían, aun á lo lejos, salutíferas emanaciones. La que domina las dunas es un tanto medical, emanación suave de las siemprevivas, donde parecen concentrarse todos los rayos solares y el calor de las arenas. En las landas florecen las plantas amargas, con un encanto penetrante que desentumece el cerebro y revive el corazón. Allí se ostentan el tomillo y el sérpol, la mejorana amorosa, y la salvia bendecida de nuestros padres por sus grandes virtudes. La menta que sabe á pimienta y, sobre todo, la clavellina silvestre, exhalan los finos perfumes de las especias de Oriente.

Parecíame que, en medio de aquellas landas, el canto de las aves tenía más armonía que en parte alguna. Nunca he visto una calandria como la que se posó en el mes de julio sobre el promontorio de Vallière. Animada del espíritu de las flores, subía por el espacio, reflejando sobre su plumaje los rayos del sol poniente bajo el Océano. Su voz que venía de tan alto (tal vez se encontraba á mil pies de tierra), á pesar de su potencia conservaba toda su modestia y dulzura. Al nido, al humilde surco, á los pequeñuelos que la contemplaban dirigía visiblemente su canto agreste y sublime: hubiérase dicho que con su armonía se hacía la intérprete del espléndido sol, de la gloria do se cernía, sin orgullo, y que animaba á sus pequeñuelos diciéndoles: «¡Subid, hijitos míos!»

De todo esto, canto y perfumes, brisa suave y mar dulcificado por el agua del plácido río, fórmase una armonía infinitamente agradable, aunque sin grande ostentación. La luna parecíame luminosa sin despedir gran claridad, las estrellas muy visibles, pero poco brillantes. Un clima agradabilísimo, completamente humanizado, y que sería voluptuoso á no estar saturado de un no sé qué que da lugar á la reflexión, aleja de la mente los ensueños y nos vuelve á la realidad.

* * *

¿Cómo es esto? ¡Acaso se debe á las arenas movedizas, á las veleidosas dunas, á los calizos poco firmes y cubiertos de fósiles, que os advierten la movilidad universal? ¿Es el recuerdo silencioso, pero no borrado, de las persecuciones protestantes? La causa de aquel interior agreste débese más que á otra cosa á la solemnidad que reviste el país, á los continuados naufragios, á la proximidad de un mar terrible cual ninguno.

Un gran misterio se verifica en aquel sitio solemne, un tratado, un enlace, empero enlace mucho más importante que cualquiera himeneo real. Enlace, es verdad, de conveniencia entre esposos poco adecuados. La dama de las aguas del Suroeste, doblemente engrosada por el Tarn y el Dordogne, empujada por sus violentos hermanos los torrentes de los Pirineos, viene á ofrecerse (entiéndase que hablamos de la amable y soberana Gironde) á su gigantesco esposo el viejo Océano. Empero en ningún sitio éste es más áspero, más avinagrado. La triste barrera de lodos del Charante, y luego la dilatada faja de arenas que le detienen por espacio de cincuenta leguas, pónenle malhumorado. Cuando no desencadena su cólera sobre Bayona y San Juan de Luz, azota la pobre Gironde. No se desliza, como el Sena, abrigado por varias costas, sino que va en línea recta al ilimitado Océano. Las más de las veces éste le rechaza, y entonces retrocede y se desparrama á derecha é izquierda, escondiéndose por los pantanos de la Saintonge y hasta bajo los viñedos del Medoc, comunicando á sus vinos las cualidades de sobriedad y enfriamiento que constituyen el espíritu de sus aguas.

Ahora, figuraos el atrevimiento del hombre, que llega al punto de lanzarse entre los esposos en el fragor de la lucha, para ir, montado en una frágil barquilla, afrontando los golpes que se prodigan, en busca de la tímida embarcación detenida en la embocadura y no atreviendo á aventurarse. Ahí está el peligro que corre la vida de mis pilotos, vida modesta, pero tan gloriosa cuando se encuentre un Homero que cante su Odisea.

Compréndese fácilmente que el viejo soberano de los naufragios, el antiguo atesorador de tantos bienes sumergidos, no sabe agradecer ni poco ni mucho á los indiscretos que se presentan á disputarle su presa. Si en ocasiones les deja obrar, suele también con frecuencia, malicioso y cazurro como es, herirlos, vengarse, más contento de ahogar á un piloto que de engullirse las embarcaciones.

Con todo, tiempo hacía que no se citaba ningún accidente marítimo. El muy cálido verano de 1859 no ofreció otro siniestro en aquellos parajes que una barca destrozada en el mes de junio. Mas cierta agitación inexplicable hacía prever alguna desdicha. Llegaron septiembre y octubre. La turbamulta de visitantes que sólo pide sonrisas al mar, habíase eclipsado. En cuanto á mí, allí me estaba, clavado á causa de mi obra no terminada, á la par que por el singular atractivo que tienen esas estaciones intermedias.

Observábase la veleidad y rareza de vientos que pocas veces se ofrece: ejemplo, una brisa abrasadora del Este, una ráfaga huracanada procedente constantemente de la parte serena. En ocasiones, las noches eran calurosas (y más en septiembre que en agosto), sin poder nadie pegar los ojos; agitadas, nerviosas; el pulso latía aceleradamente, estaba conmovido sin causa aparente, el temperamento hacíase desigual.

Un día que nos encontrábamos sentados en las _pinadas_, azotadas por el viento, aunque un tanto abrigadas por la luna, oímos una voz juvenil, extraordinariamente clara y penetrante, de un timbre muy acerado. No obstante, era la voz de una casi niña, de perfil austero. Acertaba á pasar con su madre y cantaba con toda la fuerza de sus pulmones el refrán de una antigua canción. Suplicámosla que se sentara y cantase toda la canción.

Aquel poemita rústico expresaba á maravilla el doble espíritu de la comarca. La Saintonge es un país agrícola, amante del hogar doméstico. Carece del ánimo aventurero de los vascos. Pero, á pesar de sus gustos sedentarios, se convierte en marítima lanzándose al acaso. ¿Por qué? Con harta claridad lo explica la leyenda.

La preciosa hija de un rey que se entretenía en lavar su ropa, imitando en esto á la Nausicaa de la _Odisea_, deja que las aguas del mar le roben su sortija: el hijo de la costa se lanza al agua para recobrarla y se ahoga. Llora la joven y queda convertida en el romero de la playa, tan amargo y doloroso á la vez.

Esa balada de los naufragios, cantada en tan crítico momento y en medio de un bosque gimiendo por la inminencia de la tempestad, me conmovió, encantóme, empero vino á fortificar el presentimiento que me corroía el alma.

* * *

Podía estar seguro cada vez que iba á Royan, que la tempestad me sorprendería en el camino, á pesar de que el viaje sólo es de algunas horas. Desencadenábase sobre mí al llegar á los viñedos de Saint-Georges, y á la landa del promontorio que trepaba primero, y aumentaba su fuerza en la gran playa circular de Royan que yo seguía. A pesar de estar en el mes de octubre, la landa conservaba sus perfumes agrestes, que á cada instante me parecían más penetrantes. En la apacible playa, el viento, tibio y dulce, me azotaba el rostro, y con no menos dulzura á pesar de lo sospechoso de sus caricias, el mar lamía mis pies. Ni el uno ni el otro me engañaban, estando bien persuadido de la escena que preparaban.

Como preludio y después de veladas agradables, estallaban á mitad de la noche espantosos ventarrones. Esto aconteció varias veces, en particular el 26: la noche de ese día empecé á temer que se preparaban grandes desastres. Nuestros marinos se habían ausentado. En las dilatadas fluctuaciones de la crisis equinoccial se espera un poco; y, si las cosas se prolongan, el deber y el oficio discurren; se hace caso omiso de todo, y uno se arriesga, salga lo que salga. Tuve, pues, el presentimiento de una desgracia, y dije para mí: «Alguien perece.»

Y era la pura verdad.

Una embarcación de práctico, que á pesar de lo embravecido del mar había salido para librar del peligro del paso á un buque mercante, perdió uno de sus hombres, y aun la embarcación estuvo á punto de zozobrar. El desgraciado dejaba tres hijos y su mujer embarazada. Y lo más sensible del caso era que aquel hombre excelente, alentando en su pecho un amor generoso de que se dan muchos ejemplos entre los marinos, había tomado por compañera á una joven inútil para el trabajo, pues accidentalmente perdió varias falanges de los dedos. ¡Situación horrible la de esta mujer inválida, en cinta y viuda!

Hízose una colecta, y yo llevé á Royan mi pequeño óbolo. Encontré un piloto que me habló de aquel suceso con sincero dolor. «Este es nuestro oficio, caballero: cuando el mar ruge con toda su fuerza, entonces estamos obligados á salir.» El comisario de la marina, en cuyas manos están los registros de los vivos y de los muertos, y que conoce mejor que nadie la suerte de esas familias, me pareció hallarse también muy triste é inquieto. Todos veíamos perfectamente que la cosa apenas comenzaba.

Dirigíme á la playa, y en aquel trayecto asaz largo tuve ocasión de observar, de estudiar en una zona de nubes que, á mi entender, podía extenderse en todas direcciones cosa de ocho ó diez leguas. A mi izquierda vislumbrábase la Saintonge, cuyas orillas seguía, en espectación, triste é insensible; á mi derecha el Medoc, del que me separaba el río, ofrecía una calma sombría; y detrás de mí, viniendo del Oeste, del Océano, se elevaba un mundo de negras nubes; aunque, de frente, una fuerte brisa terrestre de Burdeos parecía querer detenerlas. Esa brisa bajaba por el Gironde, y hubiera podido esperarse que el poderoso río, merced á tan protectora é impetuosa corriente, haría retroceder la lúgubre cortina que levantaba el Océano.

En medio de mi incertidumbre miraba hacia atrás y consultaba á Cordouan, el cual parecióme sobre su escollo, de una palidez fantástica. Su torre asemejábase á un espectro que exclamara: «¡Desdicha!» «¡desdicha!»

* * *

Después de calcular mejor la situación, vi perfectamente bien que el viento terrestre no sólo sería vencido, sino que era el auxiliar de su enemigo. Aquel viento soplaba muy bajo sobre el Gironde, hundiendo, derribando todos los obstáculos inferiores, y despejando por debajo la vía los elevados y sombríos nubarrones que procedían del Océano: les formaba, como un rail deslizador, sobre el cual el camino era mucho más fácil. En poco tiempo, todo terminó por la parte de tierra; cesó la brisa, disolviéndose en tintas grises, reinando sin obstáculo desde aquel momento los vientos superiores.

Al llegar yo á los viñedos de Vallière, cerca de Saint-Georges, gran número de personas estaban en los campos, terminando á toda prisa sus faenas, pues creían no poder trabajar en muchos días. Comenzaban á caer las primeras gotas, mas, al poco rato, todo el mundo tuvo que recogerse á sus casas.

Había presenciado muchas tempestades, leído mil descripciones de ellas, y por lo tanto no creía tener motivo para asombrarme. Empero nada hacía prever el efecto que ésta me causó, tanto por su duración como por su sostenida violencia y su implacable uniformidad. Cuando hay su más ó su menos, un momento de reposo ó un _crescendo_, en fin, alguna variación, el alma y los sentidos encuentran un no sé qué, que calma, que distrae, que responde á la imperiosa necesidad de la variedad. Mas, en la presente ocasión, fueron cinco días con sus noches, sin tregua, sin aumentar ni disminuir, siempre la misma furia y sin la menor variedad en lo horrible del cuadro. No hubo truenos, ni combates entre las nubes, ni el mar se desgarró. De improviso, una gran tinta cenicienta cerró el horizonte por todos lados; nos vimos envueltos en aquel fúnebre sudario, sin quedar por eso completamente á obscuras, y descubriendo un mar aplomado y blanquizco, aborrecible y desolador por su monotonía furiosa, sin entonar más que una nota. Parecía el alarido de un gran caldero que hierve: no hay poesía terrorífica capaz de parangonarse con aquella prosa. Continuamente, continuamente el mismo tono: _¡Oh! ¡oh! ¡oh!_ ó _¡uh! ¡uh! ¡uh!_

Como habitábamos en la misma playa, éramos más que espectadores de la escena: constituíamos una parte de ella. En ciertos momentos, llegaba el mar hasta veinte pasos de nuestra habitación, no dando un solo golpe sin que temblara la casa. Nuestras ventanas tenían que soportar (por fortuna no completamente de frente) el inmenso viento del Suroeste que traía un torrente, digo mal, un diluvio, el Océano convertido en lluvia. Desde el primer día tuvimos precipitadamente, y no sin gran trabajo, que cerrar las ventanas y encender luz para poder distinguir los objetos en pleno día: en las habitaciones que daban al campo, el estruendo y la conmoción eran tan notables como en las demás. Yo persistí en trabajar, pues tenía curiosidad de saber si aquella fuerza salvaje lograría oprimir, poner trabas al libre albedrío, y conseguí no obstante mantener mi pensamiento en actividad, dueño de sí mismo. Escribía y me observaba. A la larga, sólo la fatiga y la falta de sueño consiguieron trastornar una de mis potencias, creo que la más delicada del escritor, el sentido rítmico. Mis frases se deslizaban inarmónicas, siendo ésta la primera cuerda de mi instrumento que se encontró rota.

El gran mugido no tenía otra variante que las voces, extrañas, fantásticas, del viento desencadenado sobre nosotros. La casa que habitábamos le estorbaba, siendo para él un blanco que asaltaba de mil maneras. Unas veces, era el golpear brusco del amo que llama á la puerta; sacudidas como de una mano de hierro que quisiese arrancar el marco; otras, agudos quejidos por la chimenea, lamentos por no poder penetrar, amenazas porque no abríamos la puerta, en fin, cóleras, horrorosas tentativas para arrancar el techo. Y sin embargo, esos ruidos eran ahogados por el grande _¡oh! ¡oh!_ ¡Tal era la inmensidad, el poder, lo espantoso de esto! El viento nos parecía secundario, si bien lograba hacer penetrar la lluvia. Nuestra casa (iba á decir nuestra embarcación) hacía agua: el granero, traspasado en varios puntos, derramaba el líquido elemento á raudales.

Ocurrió algo más grave: el huracán en su furia, y por un esfuerzo desesperado, logró arrancar el gozne de una de las ventanas, que desde entonces, aunque cerrada, temblaba, bamboleábase, se agitaba, y hubo necesidad de afirmarla atándola fuertemente por sus hierros al que estaba más sólido. Para esto fué preciso abrir la ventana: en el momento que lo hice, aunque abrigado por ella, sentíme como envuelto en un torbellino, medio ensordecido por la horrible fuerza de un ruido parecido á un cañonazo, á varios cañonazos que sin interrupción hubiesen disparado en mis oídos. Por los resquicios de la ventana observé una cosa que daba la medida de esas fuerzas incalculables, y era que las olas, cruzándose y rompiéndose unas con otras, con frecuencia no podían caer: por debajo la ráfaga las levantaba cual ligera pluma, desparramando por el campo aquellas pesadas moles. ¿Qué hubiera acontecido si desapareciendo la ventana, el viento embarcara, en nuestra casa aquellas imponentes olas que sostenía y empujaba con la rigidez de una tromba, y conducía á través de los campos, terribles y al aire?...

Teníamos la extraña suerte de poder naufragar en tierra firme: nuestra casa, tan cercana al mar, estaba expuesta á ver desaparecer su techo, ó tal vez todo un piso. Esto inquietaba no sólo á nosotros, sino á todos los habitantes del lugar, como nos lo confesaron, aconsejándonos la abandonásemos. Empero nosotros suponíamos que tan larga tormenta tendría fin, y contestábamos siempre: _Mañana_.

Las noticias que se recibían por la vía terrestre eran desastrosas: sólo hablaban de naufragios. El 30 de octubre, un buque procedente de los mares del Sur pereció á nuestra vista, en el paso, ahogándose cuantos lo tripulaban (una treintena de hombres). Después de haber evitado las rocas, los escollos, había llegado frente á una playecita de menuda arena, donde acostumbraban bañarse las mujeres. Pues bien: en aquella playa, levantado por el torbellino, indudablemente á grande altura, cayó con horrorosa pesadez y fué aporreado, derrengado, dislocado, quedando en aquel sitio como un cadáver. ¿Qué se hicieron sus tripulantes? No se encontró la menor traza de ellos, creyéndose que tal vez todos habían sido barridos de sobre cubierta.

Tan trágico suceso daba á suponer que hubiesen ocurrido otros muchos idénticos; de suerte que el pensamiento no soñaba más que desventuras. Y el mar, entretanto, parecía no estar harto todavía. Todos estábamos saciados; él no. Yo veía á nuestros pilotos aventurarse detrás de una muralla que les cubría por el Suroeste, observar con inquietud, mover la cabeza. Por fortuna para los pobres, ninguna embarcación se atrevió á penetrar, y por lo tanto no fueron requeridos sus servicios. De lo contrario allí estaban, prontos á jugar sus vidas.