Chapter 3
Su centro es el apogeo de la energía terrestre en tesoros vegetales, en monstruos, en especias, en peces. De las corrientes secundarias que se desprenden de él y van al Sur, resulta todavía otro mundo, el del mar de Coral. Allí, en un espacio _grande como los cuatro continentes_--dice Maury,--los pólipos fabrican concienzudamente los millares de islas, bancos y arrecifes que cortan poco á poco ese mar; escollos, hoy día, peligrosos y maldecidos del navegante, pero que remontando, uniéndose á la larga, constituirán un continente, y ¿quién sabe? después de un cataclismo, el refugio del linaje humano.
V
El pulso del mar.
Nuestra tierra no es solitaria, según hace notar Juan Reynaud en el precioso artículo de la _Enciclopedia_. La complicadísima curva que describe expresa las fuerzas, las influencias diversas que sobre ella obran, atestiguando sus relaciones y comunicación con el gran pueblo de los cielos.
Sus relaciones jerárquicas son particularmente visibles con su jefe, el sol, y con la luna, que, como su servidora, tiene por esto más poderío sobre ella. Así como las flores de la tierra miran al sol, míralo la misma tierra que las sostiene, y aspira hacia él. En aquello que tiene de más movible, su masa flúida se levanta é indica que siente su atracción. Desbórdase y sube (como puede) y, fija su mirada hacia los astros amigos, dos veces al día hincha su seno, dedicándoles á lo menos un suspiro.
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¿Acaso no siente la atracción de los otros globos? ¿Sus mareas sólo están regidas por la luna y el sol? Todos los sabios así lo decían, esto es lo que creían todos los marinos. Se estaba atenido á los incompletísimos resultados de La Place. De ahí errores terribles que se trocaban en naufragios. Con respecto á los peligrosos escollos de Saint-Malo había una equivocación de dieciocho pies. Sólo en 1839 fué cuando Chazallon, que estuvo á punto de perecer á consecuencia de tales errores, comenzó á descubrir y calcular las ondulaciones secundarias, pero de gran consideración, que modifican la marea general bajo influencias diversas. No cabe duda, que astros menos dominantes que el sol y la luna influyen asimismo en el vaivén de las aguas terrestres.
Empero, ¿bajo qué ley? Chazallon lo dice: «La ondulación de la marea en un puerto _sigue la ley de las cuerdas vibrantes_.» Sentencia grave y de gran alcance, que nos da á entender que las relaciones de los astros entre sí, son las relaciones matemáticas de la música celestial, según afirmara la antigüedad.
La tierra, por medio de su gran marea y de las mareas parciales, habla á los planetas sus hermanos. ¿Contestan éstos? Debemos pensar que sí. Con sus elementos flúidos deben asimismo levantarse, sensibles al esfuerzo de la tierra. La atracción mutua, la tendencia de cada astro á sacudir su egoísmo, debe crear á través de los cielos diálogos sublimes. Por desdicha, los humanos oídos sólo perciben una mínima parte de este coloquio.
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Otro punto debemos considerar. El mar no afloja precisamente en el momento del paso del astro influyente: no tiene oficiosidad de una obediencia servil. Necesita tiempo para sentir y seguir la sacudida; es preciso que llame en su auxilio las aguas perezosas, que venza su fuerza de inercia, que atraiga, que arrastre las más lejanas. La rotación de la tierra, tan terriblemente rápida, muda de continuo los puntos sometidos á la atracción. Añadid que el ejército de las olas, en su movimiento simultáneo, tiene que sufrir todas las contrariedades de los obstáculos naturales, islas, cabos, estrechos, direcciones tan variadas de las orillas, y los obstáculos no menos resistentes de los vientos y corrientes, las rivalidades de los ríos de la tierra, que, bajando de los montes, arrastrados por sus rápidas pendientes, según los derretimientos de nieve y cien accidentes imprevistos, atraviésanse unos á otros y cambian el movimiento regular, iniciando luchas terribles. El Océano se mantiene firme. Las fuerzas de que hacen alarde los ríos más caudalosos, no bastan á intimidarle. Las aguas que hacia él se empujan no las rechaza: recógelas, las hace rodar cual montañas hasta Ruán y Burdeos, con tal violencia, que diríase intenta lanzarlas al otro lado de las montañas verdaderas.
Tan diversos obstáculos crean á las mareas irregularidades aparentes que embargan y conmueven el ánimo. Nada más sorprendente que la contradicción de horas que ofrecen en dos puertos muy inmediatos. Una marea del Havre, por ejemplo, vale por dos de Dieppe (Chazallon, Baude, etc.) ¡Qué gloria para el humano linaje haber sometido al cálculo fenómenos tan complejos!
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Empero bajo ese movimiento externo, el mar oculta otros internos, los de las corrientes que le atraviesan á tal ó cual profundidad. Sobrepuestas á diferentes alturas, ó vertiéndose lateralmente en opuestas direcciones, corrientes cálidas, contracorrientes frías, ejecutan entre sí la circulación del mar, el cambio de las aguas dulces y saladas, la _pulsación_ alternativa que es su resultado. Lo cálido _bate_ de la Línea al polo, lo frío del polo al Ecuador.
¿Hay exactitud en comparar estrictamente esas corrientes, como se ha hecho á veces, corrientes asaz distintas y no muy mezcladas, á los vasos, venas y arterias de los animales superiores? Rigurosamente hablando, no. Empero tienen cierta semejanza con la circulación menos determinada que los naturalistas han descubierto recientemente en algunos seres inferiores, moluscos y anélidos. Suplida esa circulación _lagunar_ prepara la _vascular_, la sangre se desparrama en corrientes antes de formarse canales determinados.
Así es el mar: parécese á un gran animal detenido en ese primer grado de organización.
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¿Quién reveló las corrientes, esas fluctuaciones regulares del abismo al cual jamás descendemos? ¿Quién nos enseñó la geografía de las aguas tenebrosas? Los que viven en ellas ó flotan en su superficie, á saber: los animales y los vegetales.
Vamos á ver cómo la ballena, cómo los átomos conchíferos (_foraminíferos_), cómo las maderas de las selvas americanas, transportadas hasta la Islandia, han concurrido á revelar el río de aguas calientes que de las Antillas se encamina á Europa, y la contracorriente fría que se le une en Terranova, pasando al lado ó por debajo, y convirtiendo sus hielos en espesa niebla.
Una nube roja de animálculos, trasladada por un vendaval del Orinoco á Francia, ha dado la explicación de la gran corriente aérea del Suroeste que refresca nuestra Europa con las lluvias de las cordilleras.
Sin el continuado cambio de las aguas que se efectúa por medio de las corrientes en las profundidades del mar, en muchos sitios cubriríase de sales y de detritus. Sucedería como en el mar Muerto, que, careciendo de desagüe y de movimiento, ve sus orillas cubiertas de sal y sus plantas incrustadas de cristalizaciones. Sólo con navegar por sus aguas los vientos truécanse en abrasadores, áridos, acarreando el hambre y la muerte.
Tantas observaciones dispersas sobre las corrientes del aire, de las aguas, las estaciones, los vientos, las tempestades, quedaban como una tradición en la memoria de los pescadores y los marineros, perdiéndose las más de las veces, bajando á la tumba con ellos.
La guía del navegante, la meteorología descentralizada, parecía vana, y acabó por ser negada. El ilustre M. Biot pidióla estrecha cuenta de lo poco que hasta entonces había adelantado. No obstante, en ambas playas, europea y americana, hombres perseverantes fundaban esa negada ciencia sobre la base de la observación.
El último y más célebre de todos, el norteamericano Maury, emprendió valerosamente lo que hubiera hecho retroceder á cualquier Gobierno, el examen y clasificación de innumerables _cuadernos de bitácora_, de esos informes documentos, á menudo truncados, que llevan los capitanes. Tales extractos, redactados, en tablas donde resaltan los hechos concordantes, dieron por resultado algunas reglas y generalidades. Un congreso de marinos, reunido en Bruselas, resolvió que las observaciones, á partir de aquel momento anotadas cuidadosamente, serían centralizadas en un mismo depósito, el Observatorio de Wáshington.
Noble homenaje de la Europa á la joven América, al pacienzudo é ingenioso Maury, sabio poeta de los mares que ha resumido sus leyes, y hecho un servicio mayor todavía, pues por el impulso del corazón y el amor á la Naturaleza, al mismo tiempo que por lo positivo de sus resultados, logró transportar el Universo. Sus cartas y la primera obra que escribió, cuya tirada fué de ciento cincuenta mil ejemplares, se regalan liberalmente por los Estados Unidos á los marineros de todas las naciones del orbe. Muchos hombres eminentes, así en Francia como en Holanda, Jansen, Tricaut, Julien, Margollé, Zurcher y otros, hanse convertido en intérpretes, en elocuentes misioneros de aquel apóstol de los mares.
¿Por qué la América se nos ha adelantado en este caso? La América representa el deseo. Es joven y se muere por estar en relaciones con el resto del globo. Sobre su espléndido continente y en medio de tantos Estados, créese, sin embargo, solitaria. Tan alejada de su madre la Europa, tiene su mirada fija hacia este centro de la civilización, como la tierra hacia el sol, y todo lo que la acerca á esta gran luminaria hácela palpitar. Puede juzgarse de ello por la embriaguez, por los conmovedores festejos á que se entregaron en aquella tierra con ocasión de inaugurarse el telégrafo submarino que enlaza ambas playas, prometiendo el diálogo y la réplica en algunos minutos, de suerte que los dos mundos no tengan más que un solo pensamiento.
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Maury ha demostrado con verdadero genio la armonía del aire y del agua. A tal Océano marítimo tal Océano aéreo. Sus movimientos alternados, el trueque de sus elementos son enteramente análogos. El distribuye el calor por el orbe, produce las sequías ó la humedad. Esta la toma de los mares, del infinito del Océano central, sobre todo en los trópicos, en los grandes hervideros de la caldera universal. Conviértese en seco, al contrario, cuando pasa por los tostados desiertos, los grandes continentes, los ventisqueros (verdaderos polos intermedios del globo), que le chupan hasta su última gota. El calentamiento del Ecuador y el enfriamiento del polo, alternando la densidad y sutileza de los vapores, le hacen viajar en forma de corrientes y contracorrientes horizontales, que se cambian. Bajo la Línea, el calor que aligera los vapores y los hace subir, crea corrientes de abajo arriba. Antes de distribuirse se ciernen sobre ese sombrío receptáculo que (lo hemos dicho) forma alrededor del globo como un anillo de nubes.
He aquí, pues, otras pulsaciones marítimas y aéreas independientemente del pulso de la marea. Este era externo, impreso por otros astros al nuestro; mas el pulso de las corrientes diversas es intrínseco á la tierra, constituye su propia vida.
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En el libro de Maury, el rasgo de ingenio, en mi opinión, es haber dicho: «El agente más aparente de la circulación marítima, el calor, no sería bastante. Hay otro no menos importante ó más que aquél: la sal.»
Esta abunda de tal suerte en el mar, que si toda la que contiene se aglomerara en América, la cubriría por entero formando una montaña de 4,500 pies de altura.
La salobridad del mar, sin variar gran cosa, sin embargo, aumenta ó disminuye según las localidades, las corrientes, la proximidad del Ecuador ó de los polos. Desalado ó saladísimo, por esta misma causa ofrécese el mar pesado ó ligero, más ó menos movible. Esa mezcla continua, con sus variaciones, hace correr el agua con más ó menos rapidez, es decir, _produce corrientes_--corrientes _horizontales_ en el seno del mar--y corrientes _verticales_ del mar de las aguas al mar aéreo.
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El francés M. Lartigue ha puesto en evidencia ingeniosamente varios lunares é inexactitudes que presenta la geografía de Maury. (_Anales marítimos_). Empero el autor americano, precavido en esto, no trata de ocultar lo que piensa respecto á lo incompleto de su ciencia, declarando que en ciertos puntos no le ha sido dado valerse más que de hipótesis. Otras veces parece que titubea, preséntase soñador, inquieto. Su libro, escrito lealmente y de buena fe, deja vislumbrar fácilmente el combate interior á que se entregan dos espíritus: el _literalismo bíblico_, que hace del mar una cosa, creada por Dios de una sola vez, una máquina que se mueve al impulso de su mano,--y el sentimiento moderno, la _simpatía de la Naturaleza_, para quien el mar es un ser animado, una fuerza vital y casi persona, donde el alma amante del Universo crea de continuo.
Curioso es ver al autor del libro en cuestión, aproximarse paulatinamente hacia este último punto de vista por una pendiente invencible. Mientras le es posible, explica los efectos mecánica, físicamente (por el peso, calor, densidad, etc.). Mas, esto no basta. En ciertos casos añade tal ó cual atracción molecular ó acción magnética. Tampoco es bastante esto. Entonces recurre francamente á las leyes fisiológicas que gobiernan la vida, dando al mar pulso, arterias y hasta corazón. ¿Esto por mera fórmula de lenguaje, ú obra así por emplear un símil? No por cierto. Tiene (y ahí está el genio del autor), tiene en sí un sentimiento imperioso, invencible de la personalidad del mar.
Este es el secreto de su poder, esto es lo que arrebató á los hombres de ciencia. Antes de él, el mar sólo constituía una cosa á los ojos del sinnúmero de marinos que se deslizaban por sus aguas; gracias á Maury, hoy se le considera persona: todos le reconocen por un exaltado y formidable amigo á quien adoran y quisieran domar.
El norteamericano está enamoradísimo del mar. Sin embargo, á cada momento se contiene y se para, temiendo traspasar el límite que se ha propuesto. Al igual que Swammerdam, Bonnet y tantos otros sabios ilustres de sentimientos religiosos, teme que, explicando demasiado la Naturaleza, se perjudique á Dios. Timidez no muy razonable. Cuanto más en evidencia se pone la vida, más se demuestra el poder de la grande Alma, adorable unidad de los seres por la que se engendran y crean. ¿Dónde estaría el peligro si se encontraba que el mar, en su aspiración constante á la existencia orgánica, es la forma más enérgica del eterno Deseo que en un principio evoco el globo en que vivirnos y se reproduce constantemente en él?
Ese mar salado como la sangre, que tiene circulación, pulso y corazón (así llama Maury al Ecuador) donde renueva sus dos sangres; un ser que posee todo esto, ¿es seguro que sea una cosa, un elemento inorgánico?
He aquí un gran reloj, una gran máquina á vapor que imita exactamente el movimiento de las fuerzas vitales. ¿Es esto un juego de la Naturaleza? ¿O bien debemos creer que existe en esas masas una mezcla de animalidad?
Un hecho enorme, que establece, si bien secundariamente y sólo de perfil, es que lo infinito que se sustenta del mar, los miles de millones de seres que hace y deshace incesantemente, absorben la leche de la vida, la espuma mezclada con sus aguas, quitándoles sus diversas sales que los constituyen á ellos y á sus conchas, etc., etc. Por este medio truecan el agua en desalada y más ligera, si bien movible y corriente. En los poderosos laboratorios de organización animal, tales como el del mar de las Indias y el del mar de Coral, esa fuerza, menos visible en otros sitios, se aparece como es: inmensa.
«Cada uno de esos imperceptibles--dice Maury,--cambia el equilibrio del Océano; todos le armonizan y son sus compensadores.»--¿Con esto está dicho todo? ¿Acaso no serían esos motores esenciales los que han creado las grandes corrientes y puesto en movimiento la máquina? ¿Quién sabe si ese _circulus_ vital de la animalidad marina no es la rueda motora de todo el _circulus_ físico; si el mar animalizado no da la oscilación eterna al mar animalizable, por organizar aún, si bien sólo aguarda la ocasión de serlo fermentando de vida cercana?
VI
Las tempestades.
«El mar experimenta de vez en cuando conmociones que parecen tener por objeto asegurar las épocas de sus trabajos. Tales fenómenos pueden considerarse como los espasmos del mar.» (Maury).
El ilustre autor se refiere especialmente á los bruscos movimientos que al parecer proceden de debajo, y que en los mares asiáticos equivalen á verdaderas tempestades. Diversas son las causas que les señala: 1.º El encuentro violento de dos mareas, de dos corrientes; 2.º La súbita superabundancia de aguas pluviales en la superficie; 3.º La ruptura y rápido derretimiento de los hielos, etc. Otros añaden la hipótesis de los movimientos eléctricos, las conmociones volcánicas, que pueden sobrevenir en el fondo.
Es, con todo, verosímil que el fondo y la gran masa acuática sean asaz pacíficos; de lo contrario, el mar no sería apto para llenar su gran función de madre y nodriza de los seres. Maury le llama, no recuerdo dónde, un gran _criadero_. Un mundo de seres delicados, más frágiles que los de la tierra, son mecidos, amamantados con sus aguas. Esto da una idea muy apacible de su interior, y mueve á creer que no son frecuentes en él las agitaciones violentas.
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Por naturaleza el mar suele ser puntual, estando sometido á grandes movimientos uniformes, periódicos. Las tempestades son pasajeras violencias que le promueven los vientos, las fuerzas eléctricas ó ciertas crisis violentas de evaporación. Estos accidentes se verifican en la superficie, no revelando de ningún modo la verdadera, la misteriosa personalidad del mar.
Juzgar de un temperamento humano por algunos excesos de fiebre, sería una insensatez. Y con más razón seríalo juzgar el mar por sus movimientos momentáneos, externos, que, al parecer, sólo afectan á capas de algunos centenares de pies.
Donde el mar es profundo, su vida está equilibrada, perfectamente contrapesada, tranquila y fecunda, enteramente entregada á sus reproducciones. No siente los pequeños accidentes que sólo ocurren arriba. Las grandes legiones de sus hijos que viven (á pesar de cuanto se ha dicho) en el fondo de su tranquila noche y no suben más que una vez al año, á lo sumo, hacia la luz y las tempestades, deben adorar á su gran nodriza como la verdadera armonía.
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Sea como fuere, esos accidentes interesan en alto grado á la vida del hombre para que no ponga el mayor cuidado en observarlos. No es esto muy fácil, pues no sabe conservar su serenidad de ánimo. Las más serias descripciones sólo nos dan rasgos vagos y generales, y muy poco de lo que constituye la parte original de cada tempestad, de lo que la individualiza como resultante imprevisto de mil circunstancias obscuras, imposibles de desembrollar. El observador colocado en sitio seguro y que contempla desde la playa, ve indudablemente más claro, puesto que nada tiene que temer por su persona. Empero, ¿puede juzgar del conjunto lo mismo que aquel que se encuentra en el centro del torbellino y goza por todos lados del sublime panorama?
Los profanos en el arte de navegar debemos á los marinos la atención de escuchar con gran benevolencia los hechos que relatan, como actores y víctimas que han sido. Me ha disgustado siempre la ligereza escéptica con que los sabios de bufete suelen acoger lo que los marinos nos dicen, por ejemplo, de la altura de las olas. Búrlanse de los navegantes que las hacen ascender á cien pies. Algunos ingenieros han creído poder medir una tempestad, y de sus cálculos resulta que el agua no se eleva á más de veinte pies. Un excelente observador nos afirma, muy al contrario, haber visto sin ningún género de duda, desde la playa y en lugar seguro, montones de olas más altas que las torres de Nuestra Señora de París y hasta que el mismo Montmartre.
Es evidente que se trata de cosas distintas: de ahí la contradicción. Si se refiriesen á lo que forma como el campo de la tempestad, su lecho inferior, si se quiere hablar de las largas filas de olas que ruedan alineadas guardando cierta regularidad en su furor, la opinión de los ingenieros no puede ser más exacta. Con sus crestas redondas y los valles alternados que presentan una y otra vez, revientan á lo sumo á la altura de veinte á veinticinco pies. Pero las olas que se entrechocan y no ruedan juntas se elevan mucho más: al topar adquieren una prodigiosa fuerza de ascensión, se lanzan, y caen con una pesadez increíble, capaz de maltratar, de hundir, de hacer trizas la embarcación. Nada tan pesado como el agua de mar. A esas olas en lucha, á esas espantosas montañas de agua se refieren los marinos, fenómenos cuya verdadera grandeza no es dado al hombre calcular.
Cierto día, no tempestuoso, sino un poco conmovido, en el cual preludiaba el Océano por medio de agrestes alegrías, me encontraba tranquilamente sentado sobre un bello promontorio de unos ochenta pies. Entreteníame en ver el mar, en una línea de un cuarto de legua, asaltando mi roca, redondear la verde melena de su dilatada onda y empujarla como á la carrera. Azotaba con fuerza, haciendo retemblar el promontorio: tenía el trueno bajo mis plantas. Mas, esa regularidad se desmintió de repente. Ignoro qué ola del Oeste vino de través á herir traidoramente mi gran ola que con la mayor regularidad llegaba del Mediodía. En medio de ese conflicto, de improviso dejé de ver el sol; mi elevado promontorio fué invadido, no por un vapor erizado de espuma, sino por una enorme ola negra que, cayendo pesadamente sobre mí, me empapó de pies á cabeza. Allí hubiera querido ver á los señores académicos é ingenieros que miden con tanta precisión los combates del Océano.
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Nadie debe, sentado en su bufete, poner en cuarentena con tal ligereza la veracidad de tanto hombre intrépido, encallecido por el trabajo y resignado, que ve con demasiada frecuencia la muerte á su lado para tener la pueril vanidad de exagerar sus peligros. Tampoco hay que comparar las tranquilas narraciones de los navegantes de profesión que corren las grandes vías trazadas, con las descripciones, á veces conmovedoras, de los audaces descubridores que las visitaron por vez primera, que señalaron, describieron los arrecifes, los escollos, atentos por ver de cerca y estudiar el peligro, al paso que el marino vulgar, el rutinario, trata de evitarlo. Los Cook, los Perron, los d'Urville y otros descubridores, corrieron peligros reales en las aguas, entonces apenas frecuentadas, del mar de Coral, de la Australia, etc., obligados á afrontar de cerca bancos que cambian incesantemente de sitio, corrientes contrariadas que se cruzan y producen horrorosas luchas interiores en los pasos estrechos.
«Sin tempestad, y sólo con el balance, soplando el viento directamente por la popa, una ola de través produce tan fuerte sacudida, que la campana del buque toca por sí sola, y si durase el balance con sus falsos movimientos, la embarcación sufriría averías y aun se iría á pique.
«En los ácoros del banco de las Agujas--añade d'Urville,--las olas llegaban á la altura de ochenta y hasta cien pies. Nunca había visto el mar tan enfurecido. Afortunadamente que esas olas sólo esparcían sobre nosotros el líquido de sus crestas, ó si no, la corbeta habría sido tragada... En tan terrible combate quedó inmóvil, no sabiendo á quién obedecer. Los marineros que permanecían sobre cubierta, á cada momento quedaban anegados. ¡Espantoso caos que duró cuatro horas y de noche... un siglo, lo bastante para hacer criar al pelo canas!...--Así son las tempestades australes; tan terribles, que hasta en tierra los naturales que las presienten se llenan de pavor y se esconden en sus cavernas.»
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Por más interesantes y exactas que sean esas descripciones, no me siento con ánimo para copiarlas. Ni mucho menos me atrevo á imaginar ó arreglar lo que no han visto mis ojos. Sólo referiré sucintamente las tempestades que he presenciado: siquiera en éstas interpreté, á lo menos así lo creo, los distintos caracteres que distinguen el Océano del Mediterráneo.