El Mar

Chapter 21

Chapter 213,597 wordsPublic domain

No es dado ocultar la profunda alteración de que están visiblemente atacadas nuestras razas del Occidente. Las causas de esto son muchas: la más notable de todas, es lo inmenso, la rapidez siempre creciente de nuestro trabajo. El hombre casi siempre vese forzado, subyugado por el oficio; y aun aquellos á quienes no sojuzgan sus quehaceres, se libran raras veces de la furia general. No sé qué ardor para ir más y más aprisa se ha apoderado de nuestro temperamento, del humor, de la acritud de nuestra sangre. Comparados al actual, todos los siglos fueron perezosos, estériles. Nuestros resultados son inmensos. De nuestro cerebro se derrama infinito raudal de ciencias, artes, inventos, ideas, producciones con que inundamos el globo, el presente, y hasta el porvenir. Mas, ¿á qué precio hacemos esto? Al precio de una efusión espantosa de fuerza, de un despilfarro cerebral que enerva más y más la actual generación. Son prodigiosas nuestras obras y nuestros hijos enclenques.

Notad que ese gran esfuerzo, esa excesiva producción, es obra de un corto número. La América da poco, el Asia nada. Y, aun en la misma Europa, todo es producto de algunos millones de hombres del extremo Occidente. Los demás, al ver cómo se gastan aquéllos, piensan poder reemplazarlos algún día. ¡Ignorantes! ¿Creéis acaso que tal ó cual ruso ó emigrante de los Estados Unidos del Oeste será mañana un artista, un maquinista de Inglaterra ó un óptico de París? Esto sólo lo hemos alcanzado merced al refinamiento y educación de los siglos. Existe en nosotros una dilatada tradición. ¿Qué sucederá si llegamos á fenecer? No han nacido aún los que deben reemplazarnos.

Ese trabajo exterminador, ese suicidio de fecundidad, si nos place aceptarlo en interés del género humano, en conciencia no podemos querer perder por causa suya nuestros hijos y enterrarlos con nosotros. Y, sin embargo, es lo que sucede. Nacen dispuestos para el caso, pues tienen inoculadas nuestras artes en la sangre, y también nuestro cansancio. Dotados de maravillosa precocidad, saben, pueden, harían. Pero nada hacen, puesto que se mueren.

La infancia del hombre, así como la de las plantas y de todo lo criado, necesita descanso, aire, libertad suave. Aquí, todo es lo contrario, lo mismo nuestros méritos que nuestros vicios. Todo parece combinarse para asfixiar á la adolescencia. ¿Estimamos nuestros hijos? Sí, no hay duda; y á pesar de eso los asesinamos. Una sociedad tan agitada, tan violenta como la nuestra, es (no importa si lo sabe ó lo ignora), una verdadera guerra que se hace á la infancia.

Hay momentos, sobre todo en su desarrollo, crisis en que ella pende de un hilo. La vida parece titubear y preguntarse: ¿Duraré mucho? En aquellos instantes decisivos, nuestro contacto, la estancia en las ciudades y la vida de las muchedumbres es la muerte para aquellas criaturas vacilantes. O lo que es peor, conviértese en principio de una dilatada carrera de enfermedades. Un mísero ser cae, se levanta, vuelve á caer, y las tres cuartas partes de su existencia tendrán que deslizarse al cuidado de la caridad pública.

Es preciso acabar de una vez con semejante estado de cosas. Hay que prever. Débese sacar á la criatura de ese centro funesto, quitársela al hombre, darla á la Naturaleza, hacerle aspirar la vida envuelta por el hálito del mar. El niño enfermo sanaría; desarrollaríase el expósito. Robustecido, ágil, más de uno y más de dos se dedicarían á la Marina; y en vez de un débil obrero, de un parroquiano del hospital, tendría el Estado un robusto y atrevido marino.

Por otro lado, ¿por qué ha de dejarse todo á la iniciativa del Estado? Florencia nos ha demostrado que un corazón real vale tanto como la realeza. La mujer es reina; de consiguiente, á ella toca mandar.

Si yo fuese una señora joven y bella, sé muy bien lo que haría. Viviría rodeada de magnificencia, de lujo, y algún día, en uno de esos momentos en que el amor atestigua, protesta, jura, siente la necesidad de dar, diría á un galán: «Os cojo la palabra. Empero no creáis halagarme con los presentes acostumbrados. Detesto vuestros preciosos cachemires fabricados en la India con dibujos de Londres; poco me importan los diamantes, pues cercano está el día en que irán tirados por la calle. M. Berthelot, que rehace la Naturaleza por partida doble, y tantas cosas vivas crea, con mayor facilidad que todo esto prodigarános los diamantes.

»Me gusta lo sólido. Quiero, pues, una buena casa en la costa algo abrigada y que la dé el sol, para alojar en ella cuarenta ó cincuenta niños. No se necesita gran mobiliario. Una vez establecidas allí las criaturas, su subsistencia está asegurada. No habrá una sola señora de cuantas acuden á los baños de mar que no auxilie mi empresa de todo corazón. Si las Beatrices de Florencia han fundado asilos parecidos, ¿por qué hemos de ser menos las de Francia? ¿Acaso nos ganan en belleza y son nuestros galanes menos enamorados?

»Si el mar me ha embellecido, como oigo deciros á todas horas, debéisle un recuerdo á su playa. Y, si me amáis, supongo que os sentiréis dichoso de ir á medias conmigo, empezando juntos una cosa, creando mancomunados ese pequeño mundo de niños al lado de la gran nodriza. ¡Que conserve una prenda duradera de ternura y de amor purísimo! ¡Que dé testimonio, por medio de una obra viva, que ante el infinito estuvimos unidos con una idea santa!»

* * *

Bastaría que empezara una mujer esa obra para que otra, madre común (la Francia), la continuara.

Ninguna institución más útil; ningún sacrificio mejor empleado. Y no se requeriría gran cosa, bastando con trasladar á la playa algunos establecimientos del interior; y habiéndolos que acarrean enormes gastos sin ningún beneficio, sería conveniente convertirlos en fábrica para enfermos que, de otra suerte tendrán que mendigar, mientras vivan, nuevos socorros.

Los romanos no sabían escatimar nada por lo que toca á la salud pública y á la vida de los ciudadanos. Cuando se ve su munificencia, las obras emprendidas para traer aguas saludables aun á las poblaciones secundarias, sus prodigiosos acueductos, sus Pont-du-Gard, etc., sus inmensas termas, donde el pueblo tenía derecho á bañarse gratis (á lo sumo por un óbolo), reconócese su alta sabiduría. También tenían piscinas de agua de mar para nadar. Y lo que hicieron ellos para una plebe ociosa ó improductiva, ¿titubearemos en hacerlo nosotros cuando se trata de salvar la raza de criaturas sin segundo que constituyen el progreso del orbe?

No me refiero aquí sólo á los niños, sino á todo el mundo. Cada ciudad tiene hoy en su seno otra ciudad siempre repleta (el hospital), en la que entra y sale continuamente el desfallecido obrero. Esto ocasiona un gasto enorme; y ¿quién lo paga? Los otros obreros que en último resultado son los llamados á sufragar las cargas de la cosa pública. El obrero muere joven, dejando por obligación á sus compañeros mantener á su familia. Mucho más conveniente y económico sería, pues, preservar que curar. Más debe hacerse por el sano próximo á caer enfermo, agotadas ya sus fuerzas, que por el enfermo. Diez días de reposo á orillas del mar le reharían, dándole robustez y fuerzas para el trabajo. El viaje, el sencillísimo abrigo de tan corta temporada veraniega, una mesa pública á bajo precio costarían muchísimo menos que una larga estancia en el hospital. Y el hombre se salvaría, así como la familia y los hijos: pérdida á menudo irreparable, pues, lo he dicho y lo repito, cada uno de esos hombres es la tardía producción de una prolongada tradición de industria; siendo en sí una obra artística, de arte humano, tan poco conocido, donde la humanidad va elevándose, formándose, como potencia de creación.

¡Qué placer tan grande sería para mí ver á esa flor de la tierra, á esa muchedumbre de pueblo inventor, creador y fabricante que suda y se gasta para el mundo, recobrar inmediatamente sus fuerzas en la gran piscina del Creador! Toda la humanidad se aprovecharía de ello, ya que florece con la labor enorme de la clase obrera. A ésta debe sus goces, su elegancia, todas sus luces; y prospera con sus utilidades, y vive de su médula y de su sangre. Por lo tanto, el dar á esos seres la renovación de la naturaleza, un poco de aire, el mar, un día de descanso, sería justicia y nada más que justicia, un beneficio para todo el género humano, á quien son tan necesarias y que mañana, á causa de su muerte, encontraráse en la orfandad.

Compadeceos de vosotros mismos, pobres hombres de Occidente; pensad seriamente en ayudaros, en contribuir á la común salvación. La tierra os pide que viváis, ofreciéndoos lo mejor que posee, el mar, para rehabilitaros. Ella se perdería si llegase á perderos, pues sois su genio, su alma inventora. Vive nuestra propia vida, y al moriros la arrastraréis á la muerte.

FIN

* * * * *

NOTAS

«El gran animal la Tierra, cuyo corazón es imán, posee en su superficie un ser dudoso, eléctrico y fosforescente, más sensible que él mismo, é infinitamente más fecundo.

«Este ser, llamado Mar, ¿es, acaso, un parásito del gran animal? No. El mar no tiene una personalidad distinta y hostil: fecundiza, vivifica la Tierra con sus vapores; parece ser la misma Tierra en lo que tiene de más productivo, por otro nombre, su órgano principal de fecundidad.»

Diráseme: ensueños alemanes. ¿Quiero decir esto que todo ello son ensueños? Más de un hombre de gran talento, sin ir tan lejos, parece admitir para la Tierra y el Mar una especie de personalidad obscura. Riter y Lyell han dicho: «La Tierra se atormenta á sí misma. ¿Sería impotente para organizarse? ¿Cómo suponer que la fuerza creadora que existe en todo ser del globo haya sido rehusada al globo mismo?»

Mas, ¿cómo obra el globo? ¿De qué manera crece al presente? Por medio del Mar y de la vida marina.

La solución de tan elevadas cuestiones supondría un estudio profundo de fisiología, que aun está por hacer. No obstante, desde hace veinte años, las cosas gravitan de este lado.

1.º Se ha estudiado la parte irregular, exterior, de los movimientos del mar, y buscado la _ley de las tempestades_.

2.º Hanse profundizado los movimientos propios del mar, _sus corrientes_, el juego de sus arterias y de sus venas, lanzando las primeras el agua salada del Ecuador á los polos, y las segundas tráenla desalada del polo al Ecuador.

3.º La tercera cuestión, la más interna, que esclarecerá sin duda la moderna química, es la de la naturaleza propia del _mucus_ marino, esa liga gelatinosa que por doquiera ofrece el agua de mar, siendo al parecer un líquido con vida.

Hasta hace poco desconocíase el _fondo_ del mar, y ahora se sabe algo gracias á la sonda de Brooke y especialmente á los sondajes del cable trasatlántico.

¿_Está poblado_ en sus profundidades? Negábase el hecho: Forbes y James Ross encontraron vida por todas partes.

Antes de estos magníficos descubrimientos, que no datan de veinte años, nadie era osado á escribir el libro del Mar. El primer ensayo fué el de M. Hartwig.

En cuanto á mí, lejos estaba de pensar en tamaña empresa, cuando, en 1845, mientras preparaba los materiales para mi libro, _El Pueblo_, comencé en Normandía el estudio de la población de las costas. En los últimos quince años ese asunto vasto y difícil fué ensanchándose á mis ojos y me ha acompañado de playa en playa.

El libro primero, _Ojeada á los mares_, es, como indica su título, un paseo previo. Todas las materias importantes serán pasadas en revista en los libros siguientes.

Hago excepción de dos de éstas, las _Mareas_ y los _Faros_. Aquí, mi principal guía ha sido M. Chazallon, ó sea su importante _Anuario_, que hoy día forma veintiocho volúmenes. El primero apareció en 1839. Si se diese una corona cívica á todo el que salva la vida á un ser humano, ¡cuántas no hubiera recibido el autor del _Anuario_! Hasta su aparición, los errores sobre las mareas eran enormes; y merced á un trabajo inmenso, M. Chazallon ha rectificado las observaciones para unos quinientos puertos desde el Adour hasta el Elba.--Los más exactos informes sobre los faros encuéntranse en su _Anuario_. Reunid á éste la exposición clara y agradable que M. de Quatrefages (_Recuerdos_) ha hecho del sistema de alumbrado de Fresnel y Arago. El admirable invento de los faros á eclipse se debe á Descroirilles y á Lemoine, ambos hijos de Dieppe (V. M. Ferey.).

Para los distintos nombres del mar (cap. I, p. 7), véase Ad. Pictec, _Orígenes indo-europeos_.--Respecto del agua, Introducción del _Anuario de las aguas de Francia_ (por Deville); Aimé, _Anales de química_, II, V, XII, XIII, XV; Morren, _ibidem_, I, y Acad. de Bruselas, XIV, etc.--Tocante á la salobridad del mar, Chapmann, citado por Tricaut _An. de hidrografía_, XIII, 1857, y Thomassy _Boletín de la Sociedad geográfica_, 4 junio 1860.

Página 18. _S. Michel-en-Grève._ No me hice cargo como es debido de esta playa y de los asuntos á ella anejos sino después de haber leído en la _Revue des Deux Mondes_ los magníficos artículos de M. Baude, tan instructivos, llenos de detalles, y de ideas elevadas. En otro sitio me he ocupado de sus excelentes conocimientos sobre la pesca.

Al hablar de la Bretaña (cap. III, p. 23), hubiera debido encomiar el libro de Cambry, al que debo mis primeras impresiones sobre aquel país. Ha de leerse la edición que Souvestre ha enriquecido (y doblado su valor, no hay que dudarlo) con notas y comentarios excelentes que hicieron prever desde aquel momento _Los últimos Bretones_, del mismo autor. En varias novelitas, de una exactitud admirable, nos ha dado Souvestre los mejores cuadros que se poseen de nuestras costas del Oeste, especialmente tocante al Finisterre y á las comarcas inmediatas al Loire. Gran satisfacción hubiera tenido en citar algún pasaje de escritor tan galano é inolvidable amigo; empero hice el propósito de no hacer ninguna cita literaria en mi obrita.

La notable frase de Elías de Beaumont (cap IV, p. 26) se encuentra á la cabeza de un artículo que constituye un gran libro, su artículo _Terrenos_, en el Diccionario de M. d'Orbigny.

CAP. VII, p. 51. Lo que digo de Royan y Saint-Georges, encontraráse más elegantemente expresado en los eruditos libros de Pelletan, _Nacimiento de una población_ y el _Pastor del Desierto_. Sábese que ese pastor es el abuelo de Pelletan, el ministro Jarousseau, admirable y heroico para salvar á sus enemigos. La casita que aun existe es un templo de la humanidad.

NOTAS DEL LIBRO SEGUNDO. _Génesis del mar._--CAP. I.--_Fecundidad._--Sobre el arenque, véanse el anónimo holandés traducido por De Resto, tomo I; Noël de la Morinière, en sus excelentes obras, impresas é inéditas: Valenciennes, Peces; etc.

CAP. II. _Mar de leche._--Bory de Saint-Vincent. _Dic. clásico_, artículos _Mar y Materia_; Zimmermann, _el Mundo antes de la creación del hombre_. Este precioso libro popular corre en manos de todos.--En la pág. 87 sigo la obra de M. Bronn, premiada por la Academia de Ciencias.--Sobre la innocuidad de las plantas del mar, véase la Botánica de Pouchet, libro de primer orden. Para las plantas metamorfoseadas en animales, Vaucher, _Confervas_, 1803; Decaisne y Thuret, _Anales de las ciencias naturales_, 1845, tomos III, XIV, XVI y _Cómputos de la Academia_, 1853, tomo XXXVI; artículos de Montagne, Dic. d'Orbigny.--Sobre los volcanes, véanse Humboldt, _Cosmos_, parte IV, y Ritter, traducción de Elíseo Reclus, _Revista germánica_, 30 noviembre 1859.

CAP. III. _El Atomo._--He citado en el texto los maestros, Ehrenberg, Dujardin, Pouchet (_Heterogenia_). A la larga, vencerá la generación espontánea.

CAPS, IV, V, VI, etc. Para remontarme en todo este libro á la vida superior, he tomado por hilo conductor la hipótesis de la metamorfosis, sin intentar construir seriamente una _cadena de seres_. La idea de metamorfosis ascendente es natural al ánimo, siéndonos impuesta en algún modo por la fatalidad. El mismo Cuvier confiesa (fin de su introducción á los Peces), que si esta teoría carece de valor histórico, á lo menos «es lógica.»--Sobre la _esponja_, véanse Pablo Gervais. Dic. d'Orbigny, V, 325; Grant. en Chenu, 307, etc.--Sobre los _pólipos_, _corales_, _madréporas_ (capítulos IV y V), además de Forster, Perón, Darwin, consúltense asimismo Quoy y Gaimard; Lamouroux, Pólipos flexibles; Milne Edwards, Pólipos y ascidias de la Mancha, etc. Véase también sobre el calizo las dos geologías de Lyell.

CAP. VI. _Medusas_, _fisalios_, etc.--Léanse Ehrenberg, Lesson, Dujardin, etc. Forbes demuestra por medio de las analogías vegetales que esas metamorfosis animales son un fenómeno muy sencillo; _Anales de Historia natural_ (en inglés), diciembre de 1844. Véanse asimismo sus excelentes disertaciones: _Medusæ_, en 4.º, 1848.

CAP. VII. _El Esquino._--Véanse en primer término las curiosas disertaciones donde M. Caillaud ha consignado su descubrimiento.

CAP. VIII. _Conchas_, _nácar_, _perla_ (_Moluscos_).--La obra capital es la _Malacología de Blainville_. Sobre la perla, Moebius de Hamburgo, _Revista germánica_, 31 julio 1858. He consultado con gran provecho en esta materia á nuestro célebre platero M. Froment Deurice. Si he hablado de la perla como adorno especial de la mujer, es por haberse descubierto la manera de fabricarlas artificialmente. No me cabe duda que dentro de poco, no habrá mujer, por pobre que sea, que no pueda comprarlas.

CAP. IX. _El Pulpo._--Cuvier, Blainville, Dujardin, _Anales de las ciencias naturales_, primera serie, tomo V, p. 214, y segunda serie tomos III, XIV, y XVIII; Robín y Second, Locomoción de los cefalópodos, _Revista de zoología_, 1849, p. 333.

CAP. X. _Crustáceos._--Además de la grande obra capital y clásica de M. Milne Edwards, he consultado á d'Orbigny y á diversos viajeros. Véase el precioso Atlas de Dumont d'Urville.

CAP. XI. _Peces._--La Introducción de Cubier, Valenciennes, artículo _Peces_ (Dic. d'Orbigny), que constituye un libro completo, lleno de erudición y excelente. Sobre la anatomía véase la célebre disertación de Geoffroy. Lo que referí sobre los nidos de los peces, lo debo á los señores Coste y Gerbe.

CAPS. XII y XIII. _Ballenas_, _anfibios_, _sirenas._--Lacépède es muy elocuente é instructivo en esta parte. Nada mejor que los artículos de Boitard (Dic. d'Orbigny).

NOTAS DEL LIBRO TERCERO. _Conquistas del mar._--Todo este libro ha brotado de mi pluma gracias á la lectura de los viajeros, desde la primitiva historia de Dieppe (Vitet, Estancelin), hasta los descubrimientos más recientes. Véanse sobre todo, Kerguelen, John Ross, Parry, Weddell, Dumont d'Urville, James Ross y Kane; Biot, _Gaceta de los Sabios_, y el juicioso á la par que luminoso compendio que de sus viajes ha publicado M. Laugel en la _Revue des Deux Mondes_.--Sobre la pesca, además del gran trabajo de Duhamel, véase Tiphaigne, _Historia económica de los mares occidentales de Francia_, 1760.

CAP. III. _Ley de las tempestades._--Añadid á los libros citados en el texto el excelente resumen de M. F. Julien (Corrientes, etc.), y el curioso sistema de M. Adhémar, sobre una mutación del mar que sobrevendría cada diez mil años.

NOTAS DEL LIBRO CUARTO. _Renacimiento por el mar._--Desde 1725, Marsigli parece haber sospechado la presencia del yodo. En 1730 publicóse una obra de autor anónimo, _Comes domesticus_, en la que se recomiendan los baños del mar.

La bibliografía del mar no tendría fin. Todas las bibliotecas me han procurado datos. Complázcome en citar entre otros libros excelentes, los _Manuales y Guías_ de los señores Guadet, Roccas, Cochet, Erns, etc. Helos encontrado rarísimos (por ejemplo Russell) en la Escuela de Medicina; muchos especiales, en lengua extranjera, en el Depósito de la Marina (tales como el _Mediterráneo_, de Smith, 1854). Nunca me cansaré de elogiar las atenciones que me prodigaron tanto el director coco el bibliotecario, quien me señaló varias veces obras poco conocidas.

Sobre la degeneración de las razas, véanse Morel (1857); Magnus Huss, Alcoholismus (1852), etc.

A mi ilustro amigo Montanelli y á los preciosos artículos de M. dall'Ongaro debo el tener noticia del folleto del doctor Barrellay (_Ospizi marini_).

Mi sabio amigo el doctor Lortet, de Lyon, al acusarme recibo de un ejemplar de la primera edición de mi libro, me escribe: «En los niños lánguidos y descoloridos he obtenido buenos resultados por medio de una exposición prolongada á la luz (luz viva, excitante), Convendría una playa mediterránea, donde el niño pudiera vivir desnudo, sin otra cosa abrigada que la cabeza, y unos calzoncillos, y que rodara por el mar y sobre la cálida arena. Junto á la orilla un sotechado, una especie de invernadero que, con ventanas para cerrarse los días fríos, recibiese el sol por todos costados.»

P. S. Acabo de saber con alegría que la administración parisiense de la Asistencia pública ocúpase en este momento en crear un establecimiento de la clase antedicha. Séame permitido, pues, explanar mis súplicas.

La primera es, que no se centralice á los niños en un mismo sitio; que no se haga un Versalles, una fundación ostentosa, sino varios pequeños establecimientos en estaciones distintas, donde puedan repartirse los jóvenes enfermos según sus diversas enfermedades y temperamentos.

Mi segunda súplica se reduce á que esa instalación, para ser duradera, aproveche al Estado en vez de serle onerosa; que los niños expósitos que en ella se asilaran, los convalecientes válidos, los enfermos restablecidos, sean ocupados, según los lugares, en los trabajos menos penosos de los puertos y de la navegación, en los oficios que de ellos dependen, tomando los hábitos y el gusto á la vida del mar. Cuando míseras poblaciones, asaz pobladas de pescadores y marineros, apartan los ojos del mar, hácense industriales, necesario es reemplazar á los desertores. Débense criar hombres nuevos, que no hayan oído discutir en la choza paterna el provecho y ventajas de la vida prudente, abrigada del interior.

Preciso es que la adopción de la Francia cree un pueblo de marinos que, adicto anticipadamente á su heroico oficio, lo profiera á otro cualquiera; y el cual, desde los primeros años, mecido por el Mar, no ame más que á esa gran nodriza, y no sepa diferenciarla ni aun de la misma Patria.

NOTAS:

[1] Véase la nota al final del tomo.

[2] Recientemente hemos leído que en una traducción del Hoel-Schein de C. F. Neumann, se da como positivo el descubrimiento de la América por unos monjes benedictinos en el siglo V, ó sea unos mil años antes de la gran empresa de Colón. Para nosotros es innegable que toda la gloria de tan portentoso hecho recae sobre el ilustre genovés y los magnánimos monarcas españoles que ayudaron á su realización. Cuanto se diga en contrario no se funda en nada sólido, son meras hipótesis.--(_N. del T._)

[3] Especie de ballenato ó ballena desdentada.--(_N. del T._)

FIN DE LAS NOTAS