El Mar

Chapter 20

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La maldita casualidad me llevó un día del Havre á Honfleur, á bordo de una embarcación que rebosaba de esos imbéciles. A pesar de lo corto de la travesía, como los señoritos se fastidiaban, organizaron un sarao. Ignoro cuál de ellos (¿algún maestro de baile?) llevaba un pequeño violín en la faltriquera y comenzó á tocar contradanzas á presencia del Océano. Verdad es que no se oían los acordes de su instrumento, pues, la profunda voz del mar, que solemne, formidable, bramaba á nuestro alrededor, ahogaba aquellos débiles sonidos.

Concibo muy bien la tristeza que se apodera de la señora que en el mes de julio, ve turbada la soledad de su retiro por ese enjambre de presumidos, descreídos, confidentas, curiosas, etc. Desde aquel momento cesa la libertad. La más tranquila y apartada mansión pierde su calma nocturna con la algazara que promueven todos aquellos seres, en cafés y casinos. De día, bandadas de petimetres de guante amarillo y bota de charol, hormigueaban en la playa. Han visto á alguna persona que estaba sola. ¿Sola? ¿Por qué lo está? Y empiezan los cuchicheos. Acércanse y tratan de entablar conversación por medio del niño, al cual regalan algunas conchas. En una palabra, la señora, sin saber qué hacer, importunada, permanece en casa ó sólo sale de mañanita. Entonces, todo son comentarios malévolos, llegando á oídos de la madre una que otra frase. Esto no deja de inquietarla. Aquellos importunos, á quienes trata de desviar de su lado, son á veces gentes de influjo que podrían perjudicar á su esposo.

En ninguna parte trabaja tanto la imaginación como en los baños de mar. Las noches de julio y agosto, ardientes, y que se prestan poco al sueño, suelen pasarse agitadas, pensando en esas quimeras. Si la señora se levanta tarde, esto ocasiona más molestia que de costumbre, pues en tal caso, el baño, en vez de refrescar, añade la irritación salina al calor canicular. De manera que no ha recobrado la fuerza de la juventud, sino el hervidero. Débil todavía y en estado nervioso, vese turbada al propio tiempo por esa tempestad interior.

Interior, pero no oculta. El mar, el impertérrito mar, trae y descubre á la piel aquella agitación que no quisiera descubrirse á nadie, vendiéndola por medio de granitos, de ligeras eflorescencias. Todas esas miserias humanas, más comunes en los niños, y que sus madres toman por signo de salud, las afligen y humillan cuando son ellas quienes las sufren, temiendo verse privadas del cariño de sus compañeros. ¡Cuán poco conocen al hombre! Las pobres ignoran que el gran atractivo, el más vivo aguijón del amor, son los percances de la vida y no la belleza.

«Pero ¡y si me encontrara fea!» Esto dice cada mañanita al mirarse en el espejo. La esposa teme, á la par que la desea, la llegada de su bien amado: con todo, encuéntrase muy sola, tiene miedo sin saber por qué, en medio de tanta gente. No se atreve á alejarse, á pasear á cierta distancia. Su agitación crece por momentos. Apodérase la fiebre de todo su ser, métese en cama... Al cabo de veinticuatro horas encuéntrase el esposo á su lado.

--¿Quién le ha avisado? Ella no. Una manecita, con caracteres muy gruesos, ha escrito lo que sigue: «Querido papá: venid cuanto antes. Mamá está en cama. El otro día la oí decir: ¡Si le tuviese á mi lado!»

Helo aquí: ya está buena. ¡Hombre feliz! Feliz de verla restablecida, feliz de ser necesario, feliz de encontrarla tan bella. Verdad es que el sol ha tostado su cutis, pero ¡qué joven está! ¡Qué vida respira su mirada encantadora! ¡Qué dulce reflejo de salud en sus sedosos y magníficos cabellos que ondulan al viento!

* * *

¿Es fábula lo que se acaba de leer? Ese súbito renacimiento de vida, de belleza, de ternura, esa deliciosa aventura de encontrar á su mujer convertida en una joven querida llena de emoción, y tan dichosa de verse al lado de su compañero, ese milagro ¿es ficción acaso? No, sino el agradable espectáculo que se ve muy á menudo. Y si es raro entre los ricos, frecuentemente acontece á las familias laboriosas y esclavas de sus deberes. Sus forzosas separaciones son penosas; las escapatorias que permiten reunirse tienen un encanto que el arte no puede ocultar, ni los esposos se avergüenzan de demostrar su felicidad.

Conocida como es la tirantez prodigiosa de la vida moderna para los hombres del trabajo (es decir, para todo el mundo, excepción hecha de algunos ociosos), causan gran satisfacción estas alegres escenas, en que la familia reunida da expansión, por un momento, á los impulsos de su corazón. Los que lo tienen gastado, dirán que esto es propio de gentecilla, que es muy prosaico. Poco importa la forma, cuando el fondo es tan conmovedor. El negociante cuidadoso que de vencimiento en vencimiento ha logrado salvar la nave do guarda el porvenir de la familia, la víctima administrativa, el empleado que gasta su salud con la injusticia y tiranía de las oficinas, todos esos cautivos han roto sus cadenas, y en tan fugaz descanso, su adorada y tierna familia quisiera resacirles de los trabajos pasados, á fuerza de solicitudes. Gran talento demuestran para ello así la madre como el hijo. Con su alegría, sus caricias y las distracciones que procura el mar, apodéranse del ánimo fatigado, despertando en él otras ideas. Este triunfo les corresponde de derecho: llévanlo á todas partes, á ver su playa, á que contemple su mar, disfrutando con la admiración que producen estos objetos al recién venido. Si se les oye, todo aquello es _suyo_. Hanse posesionado del Océano en que se bañaron y se complacen en ofrecérselo.

La esposa vuelve á presentarse amable, benévola, ante la muchedumbre que hasta hace pocos momentos tanto la inquietaba. ¡Encuéntrase tan bien á su lado; tan en su centro! Siéntese más que segura, muy valiente: está familiarizada con el mar, con las olas, y afirma que va á nadar: «quiere domar el mar.» Ambición un tanto elevada. Primero vese postergada por su hijo, algo más listo y atrevido que su madre. Creyéndose sostenida, nada; en otro caso tiene miedo y se va al fondo.

Ahora se resarcirá á fuerza de baños, pues hase enamorado del mar, lo adora. Y la verdad es que el mar no comprende las pasiones á medias. No sé qué embriaguez eléctrica se encierra en él, que quisiéramos absorber cuanto contiene.

VI

Renacimiento del alma y de la fraternidad.

Tres formas de la Naturaleza dilatan y engrandecen nuestra alma, sácanla de quicio y la hacen bogar en el infinito.

El variable Océano de la atmósfera, con su festín de luces, sus vapores y su claroscuro, su movible fantasmagoría de creaciones caprichosas, con tanta rapidez disipadas.

El Océano fijo de la tierra, su ondulación que seguimos de lo alto de las grandes montañas, los levantamientos, testimonio de su antigua movilidad, la sublimidad de sus cimas, de sus nieves eternas.

Por último, el Océano de las aguas, no tan movible como el primero y menos fijo que el segundo, dócil á los movimientos celestes en su balance regular.

Estas tres cosas forman la gama con que habla á nuestra alma el infinito. Con todo, notemos su diferencia:

Es tan móvil la primera, que apenas la observamos; engaña, embauca, divierte; disipa y esparce nuestras ideas. En ciertos momentos truécanse en esperanza inmensa, creyendo vernos transportados al infinito, estar en presencia de Dios... No, no, todo huye; el alma se entristece, está turbada y empieza á dudar. ¿Por qué haberme hecho entrever ese sublime ensueño de luz? No puedo desecharlo de mi mente, mientras á mi alrededor sólo veo tinieblas.

El Océano fijo de las montañas no huye así de nuestras miradas. Al contrario: á cada paso nos detiene, imponiéndonos muy ruda pero salutífera gimnasia. Compramos su contemplación con la más violenta acción. Sin embargo, la opacidad de la tierra así como la transparencia de la atmósfera, suelen engañarnos y extraviarnos. ¿Quién ignora que Ramond estuvo buscando inútilmente por espacio de diez años el Monte Perdido, el cual, aunque se ve, nadie ha podido llegar hasta su cúspide?

Grande, muy grande es la diferencia entre los dos elementos: la tierra es muda mientras que el Océano habla. El Océano es voz que habla á los lejanos astros, contesta á su movimiento en su idioma grave y solemne. Habla á la tierra, á la playa, con patético acento; dialoga con sus ecos: plañidero unas veces, amenazador otras, ruge ó suspira. Y á quien se dirige, sobre todo, es al hombre. Siendo el crisol fecundo donde empieza y continúa la Creación en todo su auge, posee la viva elocuencia de ésta: es la vida hablando á la vida. Los seres que por miles de millones nacen en su seno, son sus palabras: el mar de leche que los produce, la fecunda gelatina marina, aun, antes de organizarse, blanca, espumosa como es, habla también. Y todo junto es lo que llamamos la gran voz del Océano.

¿Qué es lo que dice? _Dice la vida_, la metamorfosis eterna; dice la existencia flúida. Avergüenza á las ambiciones petrificadas de la vida terrestre.

¿Qué más dice? _Inmortalidad._ En el último tramo de la Naturaleza existe una fuerza indomable de vida. ¡Cuál no será en el más alto, en el alma!

¿Y qué otra cosa dice? _Solidaridad._ Aceptemos el rápido cambio que, en el individuo, existe entre sus diversos elementos; aceptemos la ley superior que enlaza los miembros vivos de un mismo cuerpo: humanidad. Y, sobre esto, la ley suprema que nos hace cooperar, crear, con la grande alma, asociados (en nuestra medida) á la amorosa armonía del Universo, solidarios en la vida del Creador.

* * *

Por medio de sus sonidos que se creen confusos, articula muy claramente el mar sus suaves palabras. Mas, el hombre no oye fácilmente al llegar á la playa, ensordecido como está por los ruidos vulgares, aburrido, reventado, despoetizado. El sentido de la alta vida ha disminuido hasta en el mejor de todos, estando prevenido contra ella. ¿Quién tendrá asidero sobre él? ¿La Naturaleza? Todavía no. Suavizado por la familia, por la inocencia del niño, por la ternura de la mujer, el hombre se interesa primero en las cosas de la humanidad: vese entonces que las almas tienen su sexo y sienten muy diversamente. Ella, ella enternécese más con el mar, con la poesía del infinito; en cambio, el esposo fíjase en el hombre de mar, en los peligros que corre, en el drama de todos los días, en el flotante destino de su familia. Aunque la mujer se conmueva ante las desdichas individuales, sin embargo, no presta tan serio interés á las clases. El hombre laborioso, al llegar á la costa, fija predilectamente su atención en la vida de los seres del trabajo, pescadores, marinos, en esa existencia ruda, llena de contingencias, muy peligrosa y con poco lucro.

Lo estoy viendo mientras se arregla su mujer y visten al niño, pasearse por la playa. Es una mañana fría, y como ha llovido copiosamente toda la noche, una tras otra van regresando las barcas: todo está empapado, yerto; las ropas de aquellas gentes chorrean. Los tiernos niños también han pasado la noche en el mar. ¿Qué traen? Poca cosa. Sin embargo, se ha salvado la vida. Durante el gran ventarrón, las olas invadían la débil embarcación; la muerte ha mostrado su lívida faz. Magnífica ocasión para el hombre que tanto se lamentaba el día anterior, que puede meditar y decir: «Mi suerte es más suave.»

Al anochecer, cuando los dorados rayos del sol desaparecen de sobre la tierra y vuelven bastante siniestro el aspecto del mar unas nubes cobrizas que recorren el espacio, aquellos hombres abandonan de nuevo la playa internándose mar adentro. ¿Tendremos mal tiempo?--les pregunta el forastero.--«Señor, hay que vivir.» Y parten acompañados de sus hijos. Sus mujeres, gravemente serias, les siguen con la vista, y más de una pronuncia en voz baja alguna oración. ¿Quién no ruega en tales casos? El mismo extraño hace votos por aquellos seres, diciendo: «Mala será la noche: sus deudos quisieran verlos ya de vuelta.»

Así es como el mar ensancha el corazón, enterneciendo aun á los seres más rudos. Hágase lo que se quiera, siente uno hervir la sangre en sus venas. ¡Ah! ¡Motivo hay para ello! El infortunio en todas sus formas rebosa entre esas gentes intrépidas, inteligentes, honradas, que son sin ningún género de duda las mejores de nuestro suelo. He vivido largo tiempo en la costa: en ella son comunes las virtudes heroicas que en el interior se tienen por una rareza. Y lo más curioso es que no se conoce el orgullo. En Francia todo el orgullo está concentrado en la vida militar: fuera de eso, los mayores peligros no se tienen en cuenta; créese cosa muy sencilla afrontarlos todos los días sin jactarse de lo que se hace. Jamás he visto hombres más modestos (iba á escribir tímidos) que nuestros pilotos de Gironde, los cuales desafían intrépidamente y sin cesar el gran combate de Cordouan, partiendo de Royan, de Saint-Georges. Allí, como en Granville (y por todos lados), sólo las mujeres hablaban, vociferaban, cuidábanse de todo, negociaban. Los bravos marinos, al poner el pie en tierra, no despegaban los labios, manteniéndose tan pacíficos como eran bulliciosas y magníficas sus esposas, y ejerciendo la autoridad paternal sobre sus hijos. El marido seguía al pie de la letra la sentencia del poeta romano: «Afortunado de no ser nada en mi casa.»

Sus caras mitades, asaz interesadas con el forastero y en todos los tránsitos de la vida ordinaria, en las grandes ocasiones, preciso es confesarlo, demostraban un corazón de rey, magnánimo y generoso. Las de Saint-Georges suministraban cuantos trapos poseían para las hilas de los heridos de Solferino. Habiéndose estrellado cerca de la costa de Etretat tres ingleses, en un sitio inaccesible, todo el pueblo acudió á su socorro, y mientras peligraron sus vidas la ansiedad fué general; así hombres como mujeres dieron muestras de una violenta sensibilidad. Salvados, recibióseles con aclamaciones y lágrimas de gozo, y fueron albergados, provistos de ropas, colmados de regalos y de pruebas de simpatía (abril de 1859).

¡Bien por el pueblo francés! Y, sin embargo, ¡qué vida tan triste y dura no pasa! En el régimen de las _clases_ (tan útil por otra parte y que nos da tanta fuerza), debe abandonar á cada momento las ventajas del comercio por la marina del Estado, cada día más severa. Hace cuarenta años se practicaba la maniobra cantando; hoy es muda. (Jal, _Arch._, II, 522). De la marina mercante han desaparecido las grandes pescas. Las primas de la ballena sólo aprovechaban á los armadores. (Boitard, _Dicc._, art. _Cetáceos_, _Ballena_). El abadejo no es tan abundante, va desapareciendo el escombro y el arenque se aleja. Un libro de pocas páginas, pero preciosísimo (_Histoire de Rose Duchemin par elle-même_) hace un cuadro conmovedor de ese infortunio. El ingenioso Alfonso Karr, que escribió la historia recién salida de los labios de aquella mujer, tuvo el exquisito tacto de no cambiar ni una sola palabra de su narración.

Etretat no es precisamente lo que llamamos un puerto. Asaz bajo, al nivel del mar, defiéndelo únicamente de él una montaña de morrillos, barrera cuyo ingeniero es la tempestad, la cual va amontonando continuamente nuevas capas de guijarros. Nada de abrigo. Por lo tanto, hay necesidad, según la antigua y ruda costumbre celta, de subir todas las barcas que llegan al malecón por medio de una cuerda que se enrolla á un cabrestante. Este, que consta de cuatro barras, tiene que ser movido con harta pena por la familia del pescador, su mujer, sus hijas y sus amigos, pues los muchachos están en el mar. Compréndese lo dificultosa que es esta operación. Al subir la pesada barca choca de morrillo en morrillo, de obstáculo en obstáculo, salvándolos á saltos, cada uno de los cuales y cada sacudida resuena en los pechos de aquellas mujeres, y no es emplear una figura el decir que tan dura ascensión se practica á costa de sus carnes magulladas, de su delicado seno, de su propio corazón.

La primera vez que presencié esta escena quédeme triste, herido en el alma, y tuve impulsos de agarrar una de las barras del cabrestante y ayudar á aquellas gentes. Esto las hubiese extrañado; no sé qué falsa vergüenza me detuvo. Pero, cada día, tomaba parte en la operación, á lo menos con mis votos. Colocábame á su lado y las contemplaba. Esas jóvenes y deliciosas muchachas (rara es la bonita, pero son todas encantadoras) no llevaban el corto jubón colorado, prenda del antiguo traje de las costas, sino vestidos largos; la mayor parte estaban refinadas en raza y en ingenio, y habíalas bastante delicadas, teniendo algo de la señorita. Encorvadas por el peso de aquel trabajo tan rudo (filial y, no obstante, elevado), no carecían de gracia ni de fiereza: su tierno corazón, en medio de tan penoso esfuerzo no dejaba escapar una queja ni un suspiro por do pudiese acusárselas de debilidad.

Aquel maleconcito de morrillos, diminuto como es, tiene, con todo, demasiado espacio. Vi en él algunas barcas abandonadas, inútiles. Hoy día la pesca hase vuelto estéril, pues el pescado huye. Etretat languidece, perece, junto á Dieppe macilento. Cada día ve cortados sus recursos sin que le quede más que el de los baños: lo espera todo de los bañistas, del azar de las habitaciones que, unas veces alquiladas, otras vacías, un día producen y el otro empobrecen. Esa mezcla con París, el París mundano, por caros que éste pague sus goces, es una plaga para el país.

Nuestros pueblos normandos, descubridores de la América, que desde el siglo XIV conquistaron la costa de Africa, cada día van cobrando más aversión al mar. Muchos de ellos dan la espalda á la costa y fijan sus miradas al interior. El descendiente de aquel que en otro tiempo lanzó el arpón, se resigna á las faenas mujeriles, hácese un macilento algodonero de Montville ó de Bolbec.

A la ciencia, á la ley, tocan detener tamaña decadencia. La primera, por medio de su hábil dirección, si se sigue con firmeza, creará la economía del mar y reconstituirá la pesca, escuela de la marina; la segunda, no estando tan exclusivamente influida del interés de la tierra, conservará en la marina á la flor de la nación, mundo aparte, en ninguna manera comparable á las grandes masas de que sacamos nuestros soldados para el ejército terrestre, y que será el verdadero soldado en circunstancias que cortarían el nudo gordiano del orbe.

Estos eran mis ensueños hallándome en el pequeño malecón de Etretat durante el sombrío verano de 1860, mientras la lluvia caía á torrentes y chirriaba el duro cabrestante, y la cuerda gemía y subía lentamente la nave.

La del siglo también se arrastra y sube con pena. Hay lentitud, cansancio, como en 1730. Bueno fuera empujarla y empuñar el barrote. Empero muchos y muchos pierden el tiempo miserablemente, jugando como los niños á conchas, á morrillos.

Cuéntase que Escipión, el vencedor de Cartago, y Terencio, cautivo escapado del naufragio de un mundo, recogían conchas en la playa, amigos excelentes en la indiferencia y abandono del pasado. Ocupados de aquella suerte disfrutaban la dicha de olvidar, de borrar los años transcurridos volviendo á la edad de la niñez. Roma ingrata, Cartago destruida, sus patrias respectivas, poco, muy poco pesaban á su conciencia, no dejando ninguna traza en su corazón, como no la deja el rizo de la onda.

Nosotros no pensamos así: no queremos ser niños, ni tampoco olvidar, sino que con perseverante ardor deseamos auxiliar la penosa maniobra de ese gran siglo fatigado. Queremos hacer remontar la barca, empujando con mano fuerte el cabrestante del porvenir.

VII

«Vita nuova» de las naciones.

Mientras estoy terminando el presente libro (diciembre de 1860), la resucitada Italia, la gloriosa madre de todos, me envía un magnífico aguinaldo. Acabo de recibir una novela, un folleto de Florencia.

Este país suele mandarnos grandes novelas: en 1300, la de Dante; en 1500, la de Amerigo; en 1600, Galileo. ¿Cuál es, pues, ahora la que viene de Florencia?

¡Oh! Aparentemente muy insignificante; pero ¿quién sabe? Inmensa por los resultados. Es un discurso de pocas páginas, un opúsculo médico. No atrae por su título; más bien es repulsivo. Y no obstante, hay allí un germen de consecuencia incalculable, destinado tal vez á revolucionar el mundo.

Frente de la portada veo el retrato de dos niños, muerto el uno y expirante el otro en un hospital de Florencia. El autor del libro es el médico, quien (caso raro) cobró tal cariño á sus enfermos, pobres muchachos desconocidos, que ha querido narrar sus dolores y pesares.

El primero (tendría siete ú ocho años), de rostro bien perfilado y noblemente austero, en el que lleva impresa la huella de un gran destino malogrado, ostenta una flor sobre su almohada, que su madre, demasiado pobre para darle otra cosa, le trajo al visitarlo: la pobre criatura conservaba con tanto esmero y tan religiosamente las flores, regalo de la autora de sus días, que después de muerto le han dejado una por compañera.

El otro, más pequeño, y respirando ternura todo él gracias á su corta edad (cuatro ó cinco años), visiblemente está á las puertas de la muerte, notando sus ojos en el último ensueño. Estas criaturas se habían manifestado mutua simpatía. A pesar de no poder hablar, les agradaba verse, mirarse, y el compasivo médico habíalos mandado colocar frente el uno del otro. En el grabado los ha acercado cual estaban al morir.

Escena es ésta verdaderamente italiana: en otra parte se tendría buen cuidado de mostrarse débil y tierno, pues habría el temor de ponerse en ridículo. En Italia no es así: el doctor escribe ante el público como si estuviese solo; expláyase sin reserva con una superabundancia, una sensibilidad femenina, que hace asomar la sonrisa á los labios y llorar al mismo tiempo. Preciso es confesar, sin embargo, que el idioma contribuye en gran manera á este resultado, idioma delicioso, propio de mujeres y niños, tan tierno y con todo brillante, y bello hasta para expresar el dolor. Es una lluvia de lágrimas y de flores.

Luego, el doctor se detiene y se sincera. Si ha hablado así, no es sin motivo. «Aquellos niños no hubieran muerto _si se hubiese podido mandarlos á bañarse al mar_.» Conclusión: debería establecerse en la costa un hospital de niños.

Esto se llama ser hábil: el doctor ha sabido tocar las fibras del corazón. La observación no pasará desapercibida: los hombres comienzan á reflexionar y se conmueven; las mujeres lloran; rogando, queriendo, exigiendo. Y como no es posible negárselas nada, sin aguardar la iniciativa oficial una sociedad libre funda en el acto los _Baños para niños_ en Viareggio.

Conocido es el lindo camino; el encantador semicírculo que forma el Mediterráneo después de haber abandonado la aspereza de Génova, dejado atrás la magnífica rada de la Spezzia y que se engolfa uno bajo los virgilianos olivares de la Toscana. A mitad del camino de Liorna, una costa conquistada al mar ofrece el solitario puertecito que consagra en adelante la encantadora fundación.

Florencia tomó la iniciativa de la caridad sobre la Europa, creando hospicios antes de la Era 1000. En 1287, cuando la divina Beatriz inspiró al Dante, fundaba su padre el de Santa María Nuova. Lutero, en su excursión, poco favorable á Italia, no puede menos de admirar sus hospitales y las lindas señoras italianas que, sin curarse de la gloria, asistían en ellos á los enfermos.

* * *

La nueva fundación servirá de modelo á Europa, y esto debémoslo á los niños. La vida arrastrada que llevamos, esa vida de horribles trabajos y de excesos todavía más mortíferos, sobre ellos viene á recaer.