El Mar

Chapter 2

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Si me asiento sobre una costa rasgada, por ejemplo la de Antifer, veo un espectáculo inmenso. El mar, que hace un momento parecía muerto, acaba de espeluzarse. Ha temblado. Primer indicio del gran movimiento. La marea ha rebasado Cherburgo y Barfleur, dado vuelta violentamente á la punta del faro; sus aguas divididas siguen el Cavaldos, se elevan en el Havre, viniendo hacia mí, en Etretat, Fécamp y Dieppe, para sumirse en el canal, á pesar de las corrientes del Norte. Tócame, pues, ponerme en guardia y observar con atención la hora de su llegada. Su elevación, indiferente casi en los méganos ó colinas de arena que es fácil remontar, impone y llama la atención al pie de las costas rasgadas. Ese dilatado muro de treinta leguas no tiene muchas escaleras: sus estrechas aberturas que constituyen nuestros puertezuelos, están bastante distantes la una de la otra.

Curioso es en extremo observar en baja mar las hiladas sobrepuestas donde se lee la historia del globo en gigantescos registros, do los siglos acumulados ofrecen completamente abierto el libro del tiempo. Cada año se traga una página. Es un mundo que se derrumba, que el mar muerde constantemente por debajo, y las lluvias, los hielos, atacan con más fuerza por arriba. La onda disuelve la parte caliza, se lleva, trae, arrastra incesantemente el sílex que convierte en guijarrillos redondos. Tan rudo trabajo hace de esa costa, riquísima por el lado que mira á la tierra, un verdadero desierto marítimo. Pocas, muy pocas plantas marinas se libran de la trituración eterna del guijarrillo magullado una y otra vez. Los moluscos y las conchas la temen, y hasta los peces se mantienen apartados. Gran contraste de una campiña apacible y tan humanizada y un mar en extremo inhospitalario.

Este, sólo se ve desde arriba. Por bajo, la triste necesidad de moverse sobre un terreno ruinoso, rodadero, cubierto de guijarros cual balas, hace intransitable la angosta playa, convirtiendo el más corto paseo en un violento ejercicio gimnástico. Preciso es vivir en las alturas donde las espléndidas quintas, las magníficas arboledas, los fructíferos campos, los jardines, se adelantan hasta la orilla de la gran muralla, contemplando con satisfacción la majestuosa calle de la Mancha cubierta de barquichuelos y de buques de gran porte, dividida por las dos playas y los dos grandes imperios del orbe.

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¡La tierra! ¡el mar! ¿Qué más puede desearse? Ambos tienen aquí su encanto. No obstante, todo aquel que es aficionado al mar por lo que vale en sí, esto es, su amigo, su amante, irá más bien á buscarlo en sitio no tan variado. Para entrar en relaciones continuadas con él, las grandes playas arenosas (si la arena no es demasiado blanda) son mucho más cómodas, permitiendo paseos interminables. Allí se sueña despierto; allí puede entregarse el hombre á efusiones misteriosas del corazón. Nunca he tenido motivo de quejarme de esas vastas y libres arenas donde otros se fastidiaban; no me encuentro solo en aquel sitio. Voy, vengo, y siempre tengo junto á mí el gran compañero. Si no está muy conmovido, de mal humor, me aventuro á interrogarle, y se digna contestarme. ¡Cuántas cosas nos hemos comunicado durante los tranquilos meses en que la muchedumbre se ausenta á las ilimitadas playas de Scheveningen y de Ostende, de Royan y de Saint-Georges! Entonces se establece cierta intimidad merced á las prolongadas conversaciones tenidas á solas. Requiérese cierto tacto para comprender el gran idioma de los mares.

Uno encuentra triste el Océano cuando, desde las torres de Amsterdam, el Zuiderzée se aparece terroso y con ondas plomizas: cuando, desde los méganos de Scheveningen, divísanse desplomarse sus aguas, dispuestas á cada momento á salvar el dique. En cuanto á mí, encuentro interesante este combate; dicha tierra me atrae, por imponente que sea: es el esfuerzo, la creación, el invento del hombre. Y también me agrada el mar, por los tesoros de la vida fecunda que encierra su seno. Es una de las partes más pobladas del Universo. Llega la noche de San Juan, día en que se abre la pesca, y veis surgir de las profundidades la ascensión de otro mar, el mar de los arenques. La llanura indefinida de las aguas no será bastante grande para contener aquel diluvio viviente, una de las revelaciones más triunfales de la fecundidad sin límites de la Naturaleza. He aquí lo que anticipadamente percibo en ese mar, y en los cuadros do el genio ha señalado su profundo carácter. La sombría _Estacada_ de Ruysdael es el cuadro que siempre ha llamado más mi atención de todos los del Louvre. ¿Por qué? En las rojizas tintas de aquellas aguas electrizadas no siento ni por un momento el frío del mar del Norte, sino la fermentación, el oleaje de la vida.

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Con todo, si se me preguntara qué costa del Océano produce mayor impresión, contestaría: la de Bretaña, particularmente junto á los agrestes á la par que sublimes promontorios de granito que terminan el mundo antiguo, en aquella atrevida punta que desafía las tempestades y domina el Atlántico. En parte alguna he sentido mejor las nobles y elevadas tristezas que constituyen las mejores impresiones del mar. Esto requiere una explicación.

Hay tristeza y tristeza--la del sexo débil, la del fuerte,--la de las almas demasiado sensibles que lloran sus propios males, y la de los corazones desinteresados que siempre están contentos con su suerte y bendicen continuamente á la Naturaleza, empero sienten los males de sus semejantes, y sacan de la tristeza misma fuerzas para obrar ó crear. ¡Con qué frecuencia nuestros males necesitan remojar su alma en ese estado que podemos nombrar melancolía heroica!

Al visitar aquel país treinta años ha, no me daba cuenta del gran atractivo que para mí tenía. En el fondo, el atractivo es su grande armonía. Por otro lado, y sin que uno se lo explique, siéntese discordancia entre el suelo y el habitante. La magnífica raza normanda, en los cantones en que se ha mantenido pura ó donde ha conservado el color rojo, el extraño rojo de la Escandinavia, no tiene la menor relación con la tierra que ocupa por acaso. En la Bretaña, por el contrario, sobre el suelo geológico más antiguo del globo, sobre el granito y el sílex, se pasea la raza primitiva, un pueblo también de granito. Raza ruda, nobilísima, con la finura del guijarro. Todo lo que progresa la Normandía, decae la Bretaña. Imaginativa y dotada de talento, le agrada lo absurdo, lo imposible, las causas perdidas. Empero si pierde en tantas cosas, le queda una, la más rara, el carácter.

Si uno quiere desviarse un tanto del anglicismo insípido y de la vulgaridad con pretensiones de positivismo, en fin, de las tontas alegrías tan tristes, que vaya á posarse sobre las rocas de la bahía de Douarnenez, en el promontorio de Penmark; ó, si la brisa sopla con demasiada violencia, que se embarque en las islas bajas del Morbihan: el mar arrastra hacia ellas una tibia onda que ni siquiera se siente. La Bretaña, donde es apacible, esto de veras. En sus archipiélagos creeríais encontraros mecidos por la ola de la muerte; empero donde se ostenta con fuerza, es sublime.

En 1831 sentí sus tristezas, las cuales forman parte de la historia de mi vida. Entonces no conocía el verdadero carácter del mar. En los más solitarios ancones, entre sus rocas más agrestes es donde se ostenta verdaderamente risueño, quiero decir, vivo y retozón y lleno de vida. Veis cubiertas sus rocas con una á modo de capa de escabrosidades grises; mas aquello son seres animados, todo un mundo asentado allí, que queda en seco durante el reflujo, se cierra y esconde, volviendo á abrir sus ventanillas cuando el bueno del mar, su alimentador, le trae de nuevo el sustento. Allí trabaja también en masa ese apreciable pueblo de pequeños picapedreros, los esquinos, observados y tan exactamente descritos por M. Caillaud. Toda esa muchedumbre juzga exactamente al revés de nosotros. La bella Normandía les espanta; detesta y tiemblan á la vista de los rudos guijarros de las costas bravas, que los triturarían con la mayor facilidad. No menos temor les causan los ruinosos calizos de la Saintonge, disgustándoles fijarse sobre lo que está destinado á desmoronarse el día de mañana. Al contrario, les gusta sentir bajo sus plantas el inmutable suelo de las rocas bretonas.

Tomemos ejemplo de ellos para no creer en las apariencias, sino sólo en lo verdadero. Las más encantadoras riberas de la Flora seductora son aquellas en que se aleja la vida marítima. Su riqueza consiste en fósiles: curiosos para el geólogo, instrúyenle por medio de los huesos de los muertos. El áspero granito, muy al contrario, ve bajo sus pies el mar con sus innumerables peces; encima otra vida, la población interesante, modesta, de los industriosos moluscos, pequeños obreros cuya laboriosa existencia constituye el serio encanto, la moralidad del mar.

«Reina silencio profundo. Ese pueblo infinito es mudo, nada me dice. Su vida es del uno para el otro, sin relación con la mía, y para mí vale la muerte. ¡Soledad! (exclama un corazón femenino). ¡Grande y triste soledad!... No estoy tranquila...»

Mal hecho. Aquí todos son amigos. Esos pequeños seres no se comunican con el hombre, pero trabajan para él. Pónense de acuerdo con su sublime padre, el Océano, que habla por ellos. Hácense oir por medio de su órgano atronador.

Entre la tierra silenciosa y las mudas tribus del mar, entáblase aquí el diálogo grandilocuente, rudo y grave, simpático, la armónica concordancia del grande Yo consigo mismo, ese precioso debate que es todo Amor.

IV

Círculo de las aguas, círculo de fuego. Ríos del mar.

Apenas echó la tierra una mirada sobre sí misma, cuando se comparó y prefirió al cielo. La joven geología luchando contra su hermana mayor la astronomía, reina orgullosa de las ciencias, lanzó un grito titánico. «Nuestras montañas, dijo, no han sido lanzadas _á la ventura, como las estrellas en el firmamento_, sino que forman sistemas do se encuentran los elementos de una ordenación general, _no ofreciendo de ello ningún vestigio las constelaciones celestes_.» Frase tan atrevida y apasionada escapóse de los labios de un hombre cuya modestia iguala á su saber, M. Elías de Beaumont.

Es indudable que aún no se ha desembrollado el orden (probablemente muy grande) que reina en la confusión aparente de la Vía Láctea; empero la ordenación más visible de la superficie del Globo, resultado de las insondables revoluciones de su interior, conserva, y conservará para la ciencia más ingeniosa, sombras y misterios.

Las formas de la gran montaña emergida de las aguas que con propiedad llamamos tierra, ofrecen varias disposiciones asaz simétricas, sin poder ser conducidas aún á lo que parecería un sistema leal. Esas porciones secas y elevadas aparecen más ó menos visibles, según las descubre el agua. El mar, como límite, traza en realidad la forma de los continentes. Toda geografía conviene comenzarla por el mar.

Añadid un hecho culminante, revelado de pocos años acá. Mientras la tierra nos ofrece tales ó cuales rasgos que parecen discordantes (ejemplo, _el Nuevo Mundo extendiéndose de Norte á Sur y el antiguo de Este á Oeste_), el mar, por el contrario, presenta notable armonía, exacta correspondencia entre ambos hemisferios. En la parte flúida que se ha tenido siempre por tan caprichosa, es donde existe la regularidad. Lo que nuestro globo tiene de más ordenado, de más simétrico, es al parecer lo más libre, el juego de la circulación. La osamenta y las vértebras del grande animal presentan las singularidades de que aún no podemos darnos exacta cuenta. Mas, su movimiento vital que produce las corrientes del mar, que convierte de salada en dulce el agua, no tardando en trocarse en vapor para volver al agua salada, ese admirable mecanismo es tan perfecto como el de la circulación sanguínea en los animales más nobles. Nada hay que se asemeje tanto á la transformación continuada de nuestra sangre, venosa y arterial.

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El aspecto del globo es al parecer, mucho más comprensible, si se clasifican las regiones, no por cordilleras, sino por _cuencas marítimas_.

El sur de España parécese más á Marruecos que á Navarra; la Provenza á la Argelia más que al Delfinado; la Senegambia á las regiones del Amazonas más que al mar Rojo; y el Amazonas tiene más analogía con las húmedas regiones del Africa que con sus vecinas del dorso, Chile, el Perú, etc.

La simetría del Atlántico es aún más notable en las corrientes submarinas, en los vientos y brisas de la superficie. Su acción ayuda poderosamente á crear esas analogías y á formar lo que puede apellidarse la fraternidad de las playas.

El principio de unidad geográfica, el elemento clasificador, será buscado más cada día en la _cuenca marítima_, donde las aguas, los vientos, mensajeros fieles, crean la relación, la asimilación de las opuestas orillas. Pediráse más raramente esa idea de unidad geográfica á las montañas, cuyas dos vertientes, á menudo en contradicción, nos ofrecen bajo una misma latitud floras y pueblos completamente distintos; aquí el invariable estío, á dos pasos el eterno invierno, según las situaciones. Raras veces da la montaña la unidad de la comarca, pero sí suele dar su dualidad, su divorcio y sus discordancias.

Esta opinión no es mía, sino de Bory de Saint-Vincent. Los recientes descubrimientos de Maury y las leyes que ha establecido la confirman de mil maneras.

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En el inmenso valle del mar, bajo la doble montaña de ambos continentes, propiamente hablando no existen más que dos cuencas.

«1.º La cuenca del Atlántico.

2.º La gran cuenca del mar Indico y Pacífico.»

No puede darse el nombre de cuenca al círculo indeterminado del enorme Océano Austral, que ni tiene límite ni playa, que sólo hacia el Norte rodea el mar de la India, el mar de Coral y el Pacífico.

El Océano Austral por sí solo, es mayor que todos los mares juntos, pues cubre casi la mitad de la superficie del globo. Según toda apariencia, su profundidad corre parejas con su extensión. Mientras los recientes sondeos del Atlántico indican 10 ó 12.000 pies, Ross y Denham hallaron en el Océano Austral 14.000, 27.000 y hasta 46.000 pies. Añadid á todo esto la masa de hielos antárticos, infinitamente más dilatados que nuestros hielos boreales. No se apartará uno mucho de la verdad, si, simplificando, dice: El hemisferio Austral es el mundo de las aguas, y el Boreal el de la tierra.

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Todo el que parte de Europa para atravesar el Atlántico, habiendo salido sin contratiempo de nuestros puertos, cerrados con harta frecuencia por el viento Oeste, después de haber franqueado la zona variable de nuestros mares inconstantes, no tarda en penetrar en la del buen tiempo, á la eterna serenidad que los vientos de Noroeste, los suaves vientos alisios, dan al mar y la tierra. Todo sonríe: no hay motivo para inquietarse. Mas, al avanzar hacia la Línea, cesa la brisa vivificadora y el aire se vuelve sofocante. Se penetra en la zona de las calmas que dominan bajo el Ecuador y separan inmutablemente los alisios de nuestro hemisferio Boreal de los alisios del hemisferio Sur. El cielo está cubierto de pesadas nubes; á cada momento llueve á mares. El corazón se entristece, nos quejamos; mas, sin ese sombrío cortinaje, ¿podrían resistir nuestras cabezas los ardores solares del Atlántico? Sin el diluvio de agua que asalta la otra cara del globo, el mar Indico y el mar de Coral, ¿sería posible resistir la fermentación producida por los cráteres de sus encanecidos volcanes? Esa negra masa de nubes, antes terror, barrera de los navegantes, esa noche súbita que se extiende sobre las aguas, es precisamente la salvación, la facilidad protectora que suaviza nuestro viaje, y nos conduce como por la mano á disfrutar del espléndido sol, del claro cielo del Sur, de la dulzura de los vientos regulares.

Naturalmente el calor de la Línea eleva el agua en vapores, formando esa sombría faja.

El observador que desde otro planeta contemplara el nuestro, vería cernerse sobre él un anillo de nubes con corta diferencia como observamos nosotros el de Saturno. Y si tratara de indagar su uso, podría contestársele: Es el regulador que, absorbiendo y devolviendo á su vez, equilibra la evaporación, la precipitación de las aguas, distribuye las lluvias y el rocío, modifica el calor de cada comarca, canjea los vapores de ambos mundos, pide prestado al mundo Austral los materiales para formar los riachuelos y grandes corrientes de agua de nuestro mundo Boreal. Solidaridad maravillosa. La América del Sur con sus imponentes selvas, por medio de su respiración condensada en nubes, empapa fraternalmente las flores y los frutos de Europa. El aire que nos renueva es el tributo que un centenar de islas del Asia, que la poderosa flora de Java ó de Ceilán exhaló y confió al gran mensajero de las nubes que da vueltas con la tierra y le vierte la vida.

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Colocaos (hablo en espíritu) sobre una de las islas volcánicas que en tanto número ofrece el mar Pacífico y mirad hacia el Sur. Detrás de la Nueva Holanda veréis el Océano Austral sitiar con una onda circular las dos puntas extremas del antiguo y nuevo continentes. Nada de tierra en el mundo antártico, ó de islitas, ó de pretendidas tierras polares que tan pronto son indicadas por los descubridores como han desaparecido, no siendo tal vez más que hielos. Aguas sin fin, siempre aguas.

Del mismo observatorio do os he colocado, en contraste con el círculo de las aguas antárticas podéis ver hacia el Este, hacia el hemisferio Artico, lo que Ritter llama «el círculo de fuego.» Para hablar con más propiedad, es un anillo suelto, una cadena floja que forman los volcanes, primeramente en las cordilleras, luego en las alturas del Asia, y por último en esos innumerables grupos de islas basálticas que hormiguean por todo el Océano Oriental. Los primeros volcanes, los de América, ofrecen en una longitud de mil leguas, una sucesión de sesenta faros gigantescos, cuyas continuadas erupciones dominan la costa abrupta y las lejanas aguas. Los otros, desde la Nueva Zelandia hasta el norte de las Filipinas, cuentan ochenta que arden y un gran número apagados. Si fijamos la vista hacia el Norte (desde el Japón hasta Kamtschatka), cincuenta relucientes cráteres alumbran hasta de las islas Aleutianas, y los sombríos mares Articos (Leopoldo de Buch, Ritter, Humboldt). Total, trescientos volcanes en actividad que dominan circularmente el mundo oriental.

En la otra cara del globo, nuestro Océano Atlántico ofrecía análogo aspecto antes de las revoluciones que apagaron la mayor parte de los volcanes de Europa, aniquilando por otra parte el continente de la Atlántida. Humboldt opina que esa gran ruina, atestiguada con tal fuerza por la tradición, realmente se verificó. Por mi parte, atrévome á añadir que la existencia de dicho continente era lógica en la simetría general del Universo, para que esa cara del globo fuera armónica á la otra. Allí se levantaban, al lado del volcán de Tenerife, que nos ha quedado, y de nuestros apagados volcanes de la Auvernia, el Rhin, Herefort, etc., los que debieron minar la existencia de la Atlántida. Todos juntos constituían la parte opuesta de los volcanes de las Antillas y demás cráteres americanos.

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De esos volcanes encendidos ó extintos, de la India y de las Antillas, del mar de Cuba, del de Java, se desprenden dos enormes ríos de agua caliente, que corren á calentar el Norte, y podríamos llamar las dos aortas del globo. Ambos están provistos, ó bien de lado ó por debajo, de contracorrientes que, procedentes del Norte, traen el agua fría, compensando la efusión de agua caliente y constituyendo el equilibrio. A las dos corrientes cálidas, que son saladísimas, administran las corrientes frías una masa de agua más dulce, que vuelve al Ecuador, al gran fogón eléctrico destinado á calentarla, á salarla.

Esos ríos de agua caliente, angostos al principio, como de veinte leguas de ancho, y que por largo espacio conservan su vigor y poderosa identidad, poco á poco se cortan, entíbianse, empero se dilatan y se ensanchan hasta mil leguas. Maury estima que el que parte de las Antillas é impele el Norte hacia nosotros, traslada y modifica la cuarta parte de las aguas del Atlántico.

Esos grandes rasgos de la vida de los mares, observados recientemente, eran, no obstante, tan visibles como los continentes mismos. Nuestra poderosa arteria Atlántica y su hermana la arteria Indica bastante se daban á conocer en el color. Por ambos lados se vislumbra un torrente azul, muy azul, que corre sobre las verdes aguas, color de índigo tan sombrío, que los japoneses nombran al suyo: _río negro_.

Vese perfectamente brotar el nuestro, entre Cuba y la Florida: sale hirviendo de su caldera, el golfo de Méjico. Corre cálido, salado, muy visible entre sus dos verdes murallas. Búrlase del Océano; éste lo encajona, lo comprime, mas no puede traspasarlo. Ignoro por qué densidad intrínseca, por qué atracción molecular, sus azuladas aguas se mantienen unidas, tan unidas, que antes que confundirse con el agua azul, se acumulan, forman un muro, una bóveda, con su pendiente á derecha é izquierda, y cualquier objeto que allí se eche lo repele y se desliza, pues es más alto que el Océano.

Rápido é impetuoso, primero corre al Norte, siguiendo los Estados Unidos; mas, al llegar á la punta del gran banco de Terranova, su brazo derecho dirígese al Este y el izquierdo se subordina, cual corriente submarina, yendo á consolar el polo y á crear el mar tibio (entiéndase no helado), que se acaba de descubrir. En cuanto al brazo derecho, desparramado por una inmensa latitud, cuando débil, cansado, llega á Europa, encuéntrase con la Irlanda y la Inglaterra que vuelven á dividir las aguas ya separadas en Terranova. Desfalleciente, perdido en el mar, entibia, no obstante, un poco la Noruega, y halla medio todavía de llevar á las costas de la Islandia las maderas de América, sin las cuales moriría esa pobre isla nevada bajo su volcán.

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Los dos hermanos, el Indico y el Americano, se asemejan en que, salidos de la Línea, del horno eléctrico del globo, arrastran prodigiosas potencias de creación, de agitación. Por un lado parecen la matriz profunda de un mundo de seres vivientes, su suave y apacible cuna; por otra constituyen el centro y vehículo de las tempestades: los vientos, las trombas viajan á la superficie. Tanta dulzura, tanto furor, ¿acaso no es un contrasentido? No: esto prueba únicamente que el furor sólo turba la parte de afuera, las capas externas, poco profundas. De lo interno nada se sabe. Las más débiles criaturas, los átomos conchíferos, las medusas microscópicas, seres flúidos que una nada disuelve, aprovechándose de la corriente, navegan pacíficamente bajo la tempestad.

Muy pocos llegan hasta nosotros: detiénense en Terranova, donde la fría corriente del polo los ataca, los aprisiona, los mata. Terranova no es más que el osario de esos viajeros heridos por el frío. Los más tenues, aunque muertos, quedan flotando, mas acaban por llover cual nevazón en el fondo del Océano, constituyendo esos bancos de conchas microscópicas que, de Irlanda hasta América, constituyen aquel fondo.

Maury llama á los dos ríos de agua caliente, el Indico y el Americano, _las dos vías lácteas del mar_.

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Semejantes en calor, color y dirección, describiendo precisamente una misma curva, no tienen, sin embargo, el mismo destino. El Americano comienza por penetrar en un mar bravío abierto al Norte, el Atlántico, que suelta y manda contra él el flotante ejército de hielos polares, donde gasta su calor. Al contrario, la corriente Indica, circulando primeramente por las islas, llega á un mar cerrado y más preservado del Norte, manteniéndose por mucho tiempo el mismo, cálido, eléctrico y creador, y trazando sobre el globo un enorme reguero de vida.