El Mar

Chapter 19

Chapter 193,872 wordsPublic domain

«Bueno; no me ligaré. Mas al llegar, si encuentro un médico honrado, querido, suplicaréle me guíe.»--¡Honrado! No basta esto; debería ser también intrépido, heroico, para poder hablar con franqueza sobre punto tan capital. Se pondría mal con todos los habitantes del lugar; sería hombre al agua. Todo el mundo le rechazaría, viéndose precisado á vivir como una fiera, y podría darse por muy contento si alguna noche no encontraba quien le jugara una mala pasada.

* * *

Detesto las construcciones ligeras hasta lo absurdo que levanta la especulación para climas tan variables. Como uno llega en la época de los grandes calores, acéptase sin titubear tal vivac: pero con frecuencia se prolonga la estancia durante septiembre y aun todo el octubre, expuestos á la furia de los vientos y las lluvias.

Los propietarios del país que gozan de buena salud, constrúyense para ellos buenas y sólidas casas, perfectamente resguardadas. Y para nosotros, pobres enfermos, edifican albergues de tablas, absurdos _chalets_ (no rellenados de musgo cual los de Suiza, sino abiertos y con las junturas despegadas). Esto sí que se llama burlarse del prójimo.

En esas quintas, de apariencia lujosa, si bien miserables en el fondo, nada ha sido previsto. Salones, piezas de aparato con vistas al mar, pero nada de interior agradable; nada de esas dulces comodidades de que tanto necesita la mujer. La pobre no sabe do guarecerse, viviendo allí como en una semitempestad continua, sufriendo á cada momento bruscas transiciones de temperatura.

Por otro lado, la sólida casa del pescador, y aun del hombre de la clase media, suele ser baja y húmeda, incómoda, inconveniente para ciertas disposiciones. Muchas veces no sólo carece de doble y grueso techo, sino que tiene un sencillo envigado por donde penetra y sube á las habitaciones superiores el aire frío de los bajos. De ahí los constipados y reumatismos, las gastritis y cien otras enfermedades.

Cualquiera de aquellas dos habitaciones que escoja usted, señora, ¿sabe lo que deseo contenga ante todas cosas? Ríase cuanto quiera, no importa. Lo que deseo contenga es, á pesar de hallarnos en el mes de junio, una buena chimenea á prueba de viento. En nuestra hermosa Francia con su frío Noroeste, y lluvioso Suroeste, que en el año que corre ha reinado nueve meses, es preciso poder encender fuego en todo tiempo. En medio de una velada húmeda, cuando su hijo de usted se presenta tiritando y no puede entrar en calor antes de acostarse, debe encenderse un buen fuego.

Dos cosas hay que han de estar previstas anticipadamente en toda habitación: el fuego y el agua--agua potable, cosa bastante rara junto al mar.--Caso de que no pueda beberse, trate usted de suplirla con cerveza ú otra bebida de las usadas en el país.

¡Cuánto daría por poder levantar con la palabra la quinta del porvenir tal como se presenta en mi ánimo! No me refiero á la casa fastuosa, al palacio que quisieran los ricos erigir orillas del mar: hablo de la modesta casa de las fortunas medianas. Es un arte que está por crear todavía, y todos parecen ignorarlo. Los ensayos hechos hasta ahora son copia de tipos en contradicción con nuestros climas y la vida de las costas. Esos kioscos, accidentados de ligeros adornos, son á propósito para lugares abrigados, pero en los nuestros dan miedo: parece que el viento va á llevárselos. Los _chalets_ que, en Suiza, ostentan grandes cobertizos para resguardarse de las nieves y encerrar el heno, tienen el grave inconveniente de quitar mucha luz. El sol (en nuestros mares del Norte) no debe ser desterrado, sino acogido con gran cuidado. Y en cuanto á las imitaciones de capillas, de iglesias góticas tan incómodas para vivienda, dejemos á un lado esas monadas ridículas.

Orillas del mar, el primer problema es una gran solidez, firmeza, espesor de las paredes á prueba de los temblores y conmociones que se sienten cuando uno está metido en una frágil vivienda, fundamentos, en fin, que inspiren confianza; de suerte que en medio de la más horrorosa tempestad tenga la mujer tímida la seguridad de que no hay peligro para ella ni para cuanto la rodea, y pueda dibujarse en su rostro la sonrisa y esa felicidad del contraste que hace exclamar: «¡Qué bien se está aquí!»

El segundo punto es que la pared de la casa que mira á la tierra esté tan bien abrigada, que haga olvidar el mar, y que al lado de aquel continuo torbellino puedan los moradores encontrar el descanso.

Para responder á esas dos necesidades, preferiría la forma que da menos asidero al viento, la semicircular ó de media luna, cuya parte convexa procuraríame por el lado del mar un panorama variado, viniendo el sol á dar la vuelta de una á otra ventana y recibiéndolo á todas horas.

La concavidad de ese semicírculo, el interior, estaría protegido por los picos de la media luna, para que abrazara el lindo parterre del ama de casa. A partir de ese parterre, la inclinación progresiva del suelo permitiría formar un jardín de alguna extensión, resguardado de los vientos marinos. Con frecuencia basta un repliegue del terreno para neutralizar su influencia.

«Flora aborrece el mar,» dícennos. Lo que aborrece es la negligencia del hombre. Desde aquí estoy viendo Etretat, y ante un mar muy enfurecido, en lo más elevado de la costa brava, expuesta á la furia de los vientos, una granja con un vergel y árboles admirables. ¿Qué precauciones han tomado sus dueños? Un sencillo terraplén de cinco pies de alto, dejando crecer encima todo género de vegetación fortuita, un zarzal. Detrás de ese terraplén ha brotado una hilera de olmos bastante robustos que dieron abrigo á los demás. Asimismo hubiese podido tomar ejemplo de otras localidades de Bretaña. ¿Quién ignora la gran cantidad de frutas y de legumbres que produce Roscoff, las cuales llegan á venderse á vil precio hasta en la misma Normandía?

Volviendo á nuestro edificio, lo quiero no muy alto. Bajos y un piso para los dormitorios. Nada de granero arriba, sino alguna pieza baja ó desván que aisle el primer piso del techo.

Luego, la casa pequeña. En cambio, que sea sólida, con dos hileras de cuartos, una habitación mirando al mar y otra á la tierra.

Los bajos, de cara á la tierra, deberían estar abrigados un tanto por el primer piso que sobresaldría sólo unos cuatro ó cinco pies: esto constituiría en esa media luna interior una especie de galería para abrigarse durante el mal tiempo. Los cuartos bajos servirán de comedor, otra piececita, si se quiere, para la biblioteca (viajes, historia natural) y otra para baños. No se habla aquí de una verdadera biblioteca ni una lujosa sala de baños. Lo más esencial, muy sencillo, cómodo, y es todo.

Me gustaría, en los momentos en que la playa es inabordable para los pechos delicados, me gustaría, digo, ver al ama de casa, sentada y bien abrigada, leyendo, trabajando en el _parterre_. Debería estar rodeada de alguna cosa que recordare la vida, flores, pajarera, una conchita llena de agua de mar donde podría llevar todos los días sus descubrimientos, las pequeñas curiosidades que la proporcionarían los pescadores.

Por lo tocante á la pajarera, preferiría fuese la pajarera libre que he aconsejado en uno de mis libros, aquélla en que los pájaros vienen á buscar un albergue para pasar la noche y un poco de alimento. Se cierra al anochecer para preservarlos de los mochuelos, y se abre de mañanita. Los pájaros no faltan á hora fija. Y aun creo que si aquélla fuese grande y se colocara en medio el árbol que les es común, fácilmente harían en él sus crías, bajo su protección, señora, confiándola á usted sus pequeñuelos.

Existencia seria, encantadora. ¡Qué soledad tan agradable en este intermedio de la vida, mientras dura esa rápida viudez! La situación es enteramente nueva: nada de tráfago casero, nada de negocios. Con el hijo al lado, la soledad de la madre es más grande que si estuviese separada de él. Si no tuviese consigo aquel compañerito, ofreceríasele otra compañía, los ensueños, engolfándola en la vida de las vanas visiones. Empero ese inocente guardián, el niño, lo impide: él la entretiene, la hace charlar. Recuerda el hogar doméstico. Junto á su hijo no se borra de su memoria el sentimiento de que es preciso trabajar, y recuerda que en otro punto hay alguien que trabaja para ellos y cuenta también las horas que transcurren.

Floreced, pura, agradable flor. Hoy más rejuvenecida que nunca, se encontrará usted como cuando era niña libre, y con bien dulce libertad, bajo la salvaguardia de su hijo.

IV

Primera aspiración del mar.

Es dar un paso muy grande y brusco el que abandona á París en tan bello momento dirigiéndose á la desierta playa; París, resplandeciente entonces con sus magníficos jardines y sus floridos castaños. Junio se deslizara de un modo encantador en la costa si se encontraban dos personas solas, antes de invadirla la muchedumbre. Mas, cuando uno llega solo, la conversación con el mar y la noble sociedad de aquel gran solitario no dejan de producir cierta tristeza.

En las primeras visitas que hacemos á la playa, la impresión que nos causa es poco favorable: la hallamos monótona, agreste, árida. La inusitada grandeza del espectáculo nos hace sentir, por contraste, nuestra debilidad y pequeñez: el corazón se oprime. El pecho delicado que respiraba dentro de una mala habitación y se encuentra repentinamente en el anchuroso cuarto del Universo, expuesto al sol y el viento, siéntese oprimido. El niño juega, va, viene, corre. La enferma se sienta, é inmóvil, comienza á temblar á impulsos de aquel aire frío, y acude á su memoria la templada atmósfera del abandonado nido. Sin embargo, el hijo se divierte y esto la consuela un tanto.

Todo cambiará, señora. Fortalézcase usted. La impresión será bien distinta cuando, conociendo mejor el mar, lo vea tan poblado. La penosa constricción que usted siente en el pecho desaparecerá por el hábito: debe acostumbrarse á ese aire fresco, pero salado y acre, que lo menos que hace es refrescar. Hay que habituarse á él con lentitud, no querer aspirarlo expresamente. Poco á poco, sin apercibirse de ello, en los abrigados repliegues del terreno, jugando con su hijo, respirará usted libremente y sus pulmones se ensancharán. Empero, al principio, no permanezcan mucho tiempo en la playa, antes bien dirija sus pasos al interior de la comarca.

La tierra, su amiga habitual, la llama á usted. Los pinares rivalizan con el mar en emanaciones saludables: las que le son propias, resinosas, son tonificantes como las que despide el mar, y carecen de acritud. Ellas penetran nuestro ser, se introducen por todos los poros, modifican la sangre, la salubrifican perfumándonos con un aroma sutil. En las landas, detrás de los pinos, los simples y las hierbas un poco fuertes que huella usted, la prodigan su fragancia, no sosa y embriagadora como la que despide la peligrosa rosa, sino agradablemente amarga. Siéntese usted en medio é imítelos, abrigándose en ese suave repliegue que forma el terreno. ¿No se diría que nos encontramos á cien leguas del mar? Aspire usted esos puros espíritus, alma de estas flores silvestres, sus hermanas en pureza. Cójalas usted, si le place, señora: no desean otra cosa las pobres. Son un poco agrestes, no hay duda; mas, ¡tienen tal suavidad! En su virginal perfume se encierra el raro misterio de calmar y consolidar. No tema colocarlas sobre su regazo, al lado del corazón.

* * *

Debemos hacer notar que esas abrigadas landas son ardientísimas á ciertas horas del día, puesto que absorben, concentran los rayos solares. La mujer débil se agostaría; y la joven, rica de vida, se inflamaría, herviría, sentiría fiebres temibles. Su cabeza se perdería por los sorprendentes y peligrosos efectos de espejismo que llegaría á ver. Para pasearse por aquellos sitios han de elegirse los días nublados, húmedos y apacibles, ó bien levantarse temprano, á la hora del fresco matutino; cuando el tomillo conserva aún un poco de rocío, cuando el ágil conejo corre errante por los campos dando saltos y tumbos.

Pero ya es hora de que volvamos á nuestro Océano. Durante la resaca, pone de manifiesto y ofrece en cierto modo la rica vida que sustenta. Seguirle hemos paso á paso, avanzando sobre la húmeda arena, que todavía no se hunde mucho bajo nuestras plantas. Nada tema usted. A lo sumo, la mansa ola vendrá á bañar sus pies. Si observa bien, verá que esa arena no carece de vida, puesto que aquí y allá agítanse buen número de rezagados sorprendidos por el reflujo. Algunas playas esconden ciertos pececillos, y en la embocadura de los ríos se agita la anguila debajo produciendo pequeños terremotos. El cangrejo, muy encarnizado en sus festines así como en la lucha, ha querido, si bien un poco tarde, alcanzar el mar. Al correr, deja en la superficie un extraño mosaico, las torcidas líneas de su marcha oblicua, y donde terminan las líneas veislo encogido que aguarda la pleamar. El solen (mango de cuchillo) se ha zambullido, empero su retirada vese traicionada por el embudo que se reserva para respirar. La Venus esto por un fuco pegado á su concha que sale á la superficie y revela su albergue. Las ondulaciones del terreno os indican las galerías de los anélidos guerreros; su arsenal es una maravilla, y el iris (visto al microscopio) es admirable por sus cambiantes colores.

El espectáculo más sublime se efectúa durante la gran marea. El Océano retrocede tanto más en el reflujo cuanta mayor fué su elevación durante el flujo, dejando entonces á descubierto espacios inmensos, desconocidos. El misterioso fondo del mar, producto de tantos ensueños, se aparece; y allí, sorprendentes, llenas de movimiento, de vida, en el secreto de sus hogares, vense sorprendidas tribus que se creían muy abrigadas y que nunca, casi nunca vieran el sol ni mucho menos habían estado expuestas á la indiscreta mirada del hombre.

Tranquilízate, pueblo tímido. Te están contemplando los ojos curiosos, pero compasivos, de una mujer: no es la mano del pescador, no. ¿Qué quiere aquélla? Sólo veros, saludaros y que os contemple su hijo, dejándoos disfrutar de vuestro elemento natural, y deseándoos salud y prosperidades.

A veces no hay necesidad de errar á mucha distancia: todo lo encontramos en un mismo sitio. Diviértese el Océano fabricando en el hueco de una roca océanos en miniatura que no por ser pequeños dejan de estar completos; esto es, un mundo de algunos pies en cuadro. Uno se sienta y contempla. Cuanto más miramos más existencias descubrimos, primero imperceptibles y que luego se destacan. No nos moveríamos de aquel sitio, si el amo, el imperioso soberano de la playa no nos expulsara por medio del flujo.

Al día siguiente, uno se encamina al mismo punto. Es aquello la escuela, el museo, el insaciable divertimiento para el hijo y la madre. Allí el ojo avizor de la mujer á la par que su tierno corazón, adivinan cuanto pasa sin escapárseles el menor detalle. La maternidad indícale cómo se va creando la vida, formándose. ¿Queréis saber ahora por qué su instinto le revela tan rápidamente la Creación, por qué penetra con paso llano (como entraría Pedro por su casa) en el misterio de la Naturaleza? Porque la mujer es la misma Naturaleza.

En el fondo del agua untuosa vense pequeñas algas, pequeñas sí, pero sustanciosas y nutritivas, y otras plantas liliputienses de finos y apreciados dibujos: pradera paciente para alimentar sus ganados, los moluscos, que ramonean por encima. Lepadas y bocinas, rombos, almejas violadas, telinas rosadas ó color lila, gente tranquila toda, esperarán. Mejor resguardados los balanos merced á su ciudad fortificada, cierran sus cuádruples ventanales. Mañana les veréis todavía en aquel sitio. ¿Acaso en medio de su inercia no sueñan con el movimiento? ¿No tienen una idea confusa y el amor de lo desconocido? ¿Ignoran que algún ser benéfico se aparecerá en ciertos momentos á refrescarles y alimentarles?... ¡Oh, no! piensan en todo esto, y aguardan. Viudas dichas conchas del gran esposo, el Océano, saben que volverá en dirección á la tierra para acariciarlas. Y anticipadamente miran hacia él, y las que tienen casas fijas cuidan muy bien de que la puerta esté en aquella dirección y pronta á abrirse. Si se muestra un tanto violento su regenerador, mejor que mejor, así las mece más cariñosamente.

«Vé, hijo mío, cómo al acercarnos, esos inmóviles se han quedado solos; otros más activos huyeron al oir nuestros pasos, pero ya se tranquilizan. El bullicioso langostino irisa el agua con sus palpos delgados, encargándose de producir las olas y la tempestad á medida de un tal Océano. La araña del mar, lenta é insegura, líbrase por su tímida audacia; sube hacia la luz, á la tibia superficie. Un personaje prudente, agazapado en el fondo del fuco, bajo las violadas coralinas--el cangrejo,--avanza curioso, y después de lanzar una mirada furtiva, se zambulle en su selva.

«Pero ¿qué veo?, ¿qué es esto?: una concha enorme, inmóvil hasta este momento, recobra la vida, prueba á andar... ¡Oh! esto no es natural. ¡Vaya un fraude más grosero! El intruso se vende, gracias á los singulares tumbos que da... ¿Quién queréis que deje de conoceros, preciosa máscara, sir Bernardo el Ermitaño, taimado cangrejo que tratabais de haceros pasar por un inocente molusco? Los peces que cargáis sobre vuestra conciencia os perturban y agitan demasiado.»

Orillas de nuestro Océano, extrañas á esos movimientos, las flores animadas despliegan sus corolas. Junto á la pesada anémona se ostentan y reflejan á los rayos del sol deliciosas hechiceras (los anélidos). De un tortuoso tubo surge un disco, una umbrela blanca ó color lila y á veces color carne. Un tanto ladeada ha desprendido de sí misma cierto objeto que no tiene igual en el mundo vegetal: no hay ninguna que se asemeje á su hermana, siendo inimitables por la delicadeza de su aterciopelado matiz.

He aquí una sin parasol, que deja flotar al viento una nube de tenues hilitos, coposos, teñidos apenas de un gris plateado. Cinco hilitos se desprenden más largos que los otros y de color de cereza; ondulan, anúdanse y se desanudan, y enlazándose á los cabellos de plata, producen en el agua encantador efecto. Esto nada dice á nuestros sentidos groseros; pero habla muy alto para aquella que vive una existencia nerviosa, para el sutil ingenio de la mujer enferma á quien cualquier cosa electriza. A sus rojos y lánguidos colores, paulatinamente se reconoce, siente el soplo vital que se enciende, brilla y vuelve á apagarse. ¡Visión tiernísima! Y otra vez fija su mirada en aquel delicioso océano en miniatura, y entonces penetra mejor la Naturaleza, madre fecunda, pero tan severa, que parece encontrar un áspero gozo en devorarse á sí misma.

Nuestra heroína permaneció sumida en éxtasis, oprimido el corazón por aquella idea. La mujer no sería mujer, es decir, el encanto del Universo, si no poseía ese don precioso: _La ternura que no la deja hasta el sepulcro, la piedad y sus lágrimas, más valiosas que las más ricas perlas de los mares._

La que nos ha dado tema para este capítulo y algunos otros, no lloraba; pero ¡estaba tan próxima á hacerlo! El niño lo vió, y estando dotado, como todos los niños, de una penetración muy rápida, no despegó los labios, de suerte que el regreso al hogar fué silencioso.

Era el primer día en que aquella mujer, para dar gusto á su hijo, comenzó á deletrear con el alma el idioma de la Naturaleza; y de improviso habíale dirigido aquel idioma palabras tan misteriosamente conmovedoras que penetraron al fondo de su corazón.

Declinaba la tarde: el ave marina rezagada aguzaba sus remos, ansiosa de llegar á tierra y á su nido. Subiendo por la costa tajada y por el ya obscuro jardín, dejóse oir un primer chillido siniestro, estridente, de ave nocturna. Pero la pajarera de refugio estaba perfectamente cerrada, durmiendo los pajaritos la cabeza bajo el ala. No obstante, quiso asegurarse por sí misma la señora y vió que no había peligro. Entonces, escapóse un suspiro de lo hondo de su pecho y abrazó fuertemente á su hijo.

V

Baños.--La belleza renace.

Si, como afirman algunos médicos franceses, los baños de mar sólo tienen una acción mecánica, y no dan á la sangre ningún principio nuevo, _siendo simplemente una rama de la hidroterapia_, preciso es confesar que de todas las formas de la hidroterapia, ésta es la más ruda, la más aventurada. Desde el momento en que esa agua, tan rica de vida, no hace más efecto que el agua clara, es una locura practicar tales experimentos al aire libre, expuestos á los azares del viento, del sol y de otros mil accidentes.

Cualquiera, al ver salir del agua á la pobre criatura que toma los primeros baños, pálida, descarnada, atemorizada, con un temblor mortal, presiente lo rudo que ha de ser tal ensayo y el peligro que corren ciertas constituciones. Estad persuadidos que nadie irá á afrontar tan terrible suplicio si puede suplirlo en su propia casa y sin riesgo por medio de una suave y prudente hidroterapia.

Añadid que la impresión, como si no fuera bastante fuerte, se agrava para la mujer nerviosa con la presencia de la muchedumbre. Es una exhibición cruel ante un mundo crítico, ante las rivales encantadas de encontrarla fea una vez siquiera, ante hombres poco circunspectos que de todo hacen burla, observando, gemelos en mano, las tristes peripecias de tocado de una pobre mujer humillada.

Para soportar todo esto, preciso es que la enferma tenga una fe, pero una gran fe en el mar, que crea que no hay otro remedio que pueda curarla, que quiera á toda costa _empaparse_ de las virtudes de sus aguas.

«¿Por qué no?--dicen los alemanes.--Si la primera impresión del baño os _contrae_ y cierra vuestros poros, después se abren por medio de la reacción de calor que se sigue; la piel se dilata y se hace muy susceptible de _absorber_ la vida del mar.»

Estas dos operaciones, son obra casi siempre de cinco ó seis minutos. Un baño más largo suele perjudicar.

Por otra parte, no debe llegarse á la violenta emoción de los baños fríos, sino después de prepararse con el uso de baños tibios que facilitan la absorción. Nuestra piel, formada enteramente de boquitas, y que á su modo absorbe y digiere como el estómago, necesita acostumbrarse á tan fuerte alimento, á beber el _mucus_ del mar, esa leche salada que constituye su vida, con la que hace y rehace los seres. En la sucesión graduada de los baños calientes, tibios y casi fríos, la piel tomará ese hábito, esa necesidad: experimentando sed, beberá más y más todos los días.

Durante la ruda ceremonia de los primeros baños fríos debe evitarse al menos la odiosa indiscreción de las muchedumbres. Que se verifique en sitio seguro, sin más testigo que el indispensable, una persona adicta para auxiliar en caso de necesidad, vigilar, sostener, dar friegas con paños de lana bien calientes, propinar un ligero cordial de un líquido templado en el que se pondrán algunas gotas de enérgico elíxir.

«Pero--se me objetará,--el peligro es menor cuando uno se baña á la vista de todo el mundo. Ya pasaron los tiempos de Virginia que, en un trance extremo, prefirió ahogarse mejor que tomar un baño.»--Error. Somos ahora mucho más nerviosos que nunca, y la impresión á que me refiero es tan viva é irritante (hablo para ciertas personas), que puede producir efectos mortales, por ejemplo un aneurisma, un ataque apoplético.

* * *

Estimo el brazo popular, mas aborrezco las muchedumbres, y sobre todo, las bulliciosas muchedumbres de vividores, que entristecen las orillas del mar con sus risotadas, sus modas, sus ridiculeces. ¡Cómo! ¿No hay bastante espacio tierra adentro, que habéis de venir aquí á hacer la guerra á los pobres enfermos, vulgarizar toda la majestad del mar, la salvaje y la verdadera grandeza?