Chapter 18
El todo se resume en cuatro palabras; mas, esas palabras, son á la vez un sistema médico y de educación: 1.º Débese beber el agua del mar, bañarse en él y comer cuanto produce que tenga concentrada su virtud: 2.º Los niños no deben ir muy abrigados, y tenerlos siempre en contacto con el aire.--Aire, agua, y nada más.
El último consejo es bien atrevido. Mantener á la criatura casi desnuda, bajo un clima húmedo y variable, era resignarse anticipadamente al sacrificio de los débiles. Sobrevivieron los fuertes, y perpetuada la raza sólo por éstos, rehízose más y mejor. Añadid á esto, que los negocios, el movimiento, la navegación, arrancando al niño de las escuelas y emancipándolo temprano, lo libró de la educación sedentaria y de la vida de estropeado, que reservó la Inglaterra únicamente para los hijos de sus lores, para los nobles educandos de Oxford y de Cambridge.
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En su libro ingenioso, en que brilla el instinto popular, Russell estaba muy distante de adivinar que dentro de un siglo todas las ciencias se mancomunarían para darle la razón, y que, revelando cada una de ellas alguna nueva faz del asunto, descubriríase en el mar un tratado completo de la terapéutica.
Los más preciosos elementos de la animalidad terrestre se encuentran superabundantemente en el mar, enteros é invariables, salubres, vivos, en depósito para rehacer la vida.
Así que, la ciencia pudo decir á todos: «Acudid, pueblos, acudid, agobiados trabajadores, acudid, jóvenes mujeres de fuerzas agotadas, criaturas castigadas con los vicios de vuestros padres; acércate, macilenta humanidad, y díme francamente, á presencia del mar, lo que necesitas para reanimarte. Ese principio reparador, sea cual fuere, el mar lo posee.»
La base universal de vida, el _mucus_ embrionario, la viviente gelatina animal de donde nació y renace el hombre, donde tomó y toma sin cesar la jugosa consistencia de su ser, ese tesoro, enciérralo el mar hasta tal punto que es su propia vida. Con él fabrica, satura sus vegetales, sus animales, prodigándoselo ampliamente. Su generosidad hace burla á la mezquindad de la tierra. Ya que dan con tanta abundancia, sabed si quiera recoger sus dones. Su riqueza alimenticia va á amamantaros por torrentes.
«Más--dicen aquéllos;--precisamente carecemos nosotros de lo que constituye el sostén y como la armazón del hombre. Nuestra osamenta se dobla, se encorva, se comprime, gracias al harto débil alimento que sólo sirve para engañar el hambre. Se pone blanda, vacila.» Perfectamente: el calizo que les falta abunda de tal suerte en el mar, que cubre todas sus conchas y madréporas constructoras, hasta formar continentes. Sus peces, la hacen viajar por bancos y por flotas inmensas, tan inmensas, que desparramado por las costas ese rico alimento, sirve de abono.
Y usted, joven enfermiza que, sin ánimo para quejarse, se encamina hacia el sepulcro (¿quién no lo ve?) derritiéndose, yéndose á pique por sus propios pasos; ahí tiene usted (en el mar) la triple potencia tónica, la saludable tonicidad que afirma todo tejido viviente. Tiénela diseminada en sus aguas yodadas á la superficie; se la encuentra en su varech, que, sin cesar, se impregna de ella; la hay animalizada, en su más fecunda tribu, los _gades_ (abadejos, etc.). El abadejo y sus millones de huevas bastarían por sí solos para yodar toda la tierra.
¿Le hace á usted falta calor? El mar lo tiene, y el más perfecto de todos, ese calor insensible que despiden los cuerpos crasos, latente, pero tan poderoso, que si no era repartido, balanceado, equilibrado, derretiría todos los hielos, convirtiendo el polo en Ecuador.
La preciosa sangre roja, la sangre caliente, es el triunfo del mar. Por ella ha animado y armado incomparable fuerza á sus gigantes, tan por encima de toda creación terrestre. Y si fabricó ese elemento, bien puede, en obsequio suyo, fabricarlo nuevamente, hacer adquirir á usted un tinte rosado, reanimarla, pobre flor marchita, descolorida. Ella rebosa, sobreabunda de lo que tanta falta hace á usted. En los hijos del mar la sangre misma es otro mar, que, al primer impulso corre y humea, purpureando á gran distancia el Océano.
He aquí revelado el misterio. Todos los principios que en ti están unidos, esa gran persona impersonal los ha dividido. Ella posee tus huesos, tu sangre, tu savia y tu calor representado cada uno de esos elementos por tal ó cual de sus hijos.
Y ella tiene lo que á ti te falta, la demasiada plenitud y el exceso de fuerza. Su aliento produce no sé qué alegría, actividad, espíritu creador, lo que podríamos llamar heroísmo físico. Y á pesar de su violencia, la gran generadora no derrama por esto en menor grado la agreste alegría, la jovialidad viva y fecunda, la llama de amor salvaje que palpita en su seno.
II
Elección de playa.
La tierra es su médico; cada clima un remedio. La medicina será más y más cada día una emigración.
Pero, emigración previsora. Obraráse para el porvenir; no se permanecerá inerte, cobijando males incurables, sino que se les prevendrá por medio de la educación, la higiene y en especial los viajes--no rápidos y disparatados, perjudiciales, como los que se hacen ahora, sino hábilmente calculados, para aprovecharse de los auxilios, de las poderosas vivificaciones que por todas partes tiene en conserva la Naturaleza.
La fuente de la juventud del porvenir encontraráse en estas dos cosas: _la ciencia de la emigración y el arte de aclimatarse_. Hasta el presente, el hombre es un cautivo como la ostra sobre su roca. Si emigra algunos pasos más allá de su zona templada, sólo encuentra la muerte. No será libre y hombre en toda la acepción de la palabra, hasta que ese arte especial lo constituya en verdadero habitante de su planeta.
Corto número de enfermedades se curan en circunstancias y lugares donde han nacido y adquirido su desarrollo, dependiendo de ciertos hábitos que aquellos sitios perpetúan y hacen invencibles. No hay reforma (física ó moral) para aquel que se mantiene obstinadamente en su pecado original.
La medicina, iluminada por todas las ciencias auxiliares, logrará darnos métodos, direcciones para conducirnos con prudencia á esa nueva ruta. Importa sobre todo, ahorrar las transiciones. ¿Se puede acaso, sin prepararse, sin modificar algún tanto la costumbre, el régimen de vida, trasladarse de un clima central (París, Lyon, Dijon, Strasburgo) á un clima marítimo? ¿Es dado, sin haber respirado por mucho tiempo los aires de la costa, empezar á tomar baños de mar? ¿Puédese, sin poseer algún hábito de prudente hidroterapia, comenzando en el interior, ir á desafiar al aire libre, la constricción nerviosa, la horripilación de una agua fría que lleva uno encima á su regreso y á menudo en medio de un fuerte vendaval? Estas cuestiones previas, llamarán más y más cada día la atención de los iniciados en la ciencia de curar.
La extrema rapidez de los viajes por ferrocarril es cosa antimedical. Ir, como se hace, en veinte horas de París al Mediterráneo, atravesando un clima tan diverso cada sesenta minutos, es el colmo de la imprudencia para una persona nerviosa. Llega ésta ebria á Marsella; agitadísima, poseída del vértigo.--Cuando _madame_ de Sevigné empleaba un mes en ir de la Bretaña á la Provenza, salvaba paso á paso y por grados, la violenta oposición de estos dos climas, pasando insensiblemente de la zona marítima del Oeste á la del Este, en el clima exclusivamente terrestre de la Borgoña. Luego, caminando con paso lento por las alturas del Ródano en el Delfinado, afrontaba con menos trabajo la región de los fuertes vientos, Valence y Aviñon. Finalmente, descansando en Aix (Provenza interior), lejos del Ródano y de las costas, acostumbraba su pecho y su respiración al clima provenzal: y entonces, sólo entonces, aproximábase al mar.
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Francia tiene la admirable ventaja de verse bañada por los dos mares. De ahí la facilidad de alternar según las estaciones, los temperamentos, los grados de la enfermedad, entre la tonicidad salada del Mediterráneo y la tonicidad más húmeda, más suave (salvas las tempestades), que nos ofrece el Océano.
En cada uno de estos dos mares hay una escala graduada de estaciones, más ó menos blandas, más ó menos fortificantes. Es muy interesante observar esa doble gama, y á menudo el seguirla, yendo del tono más débil al más fuerte.
La del Océano, que parte de las aguas fuertes y fortificantes, venteadas, agitadas, de la Mancha, se dulcifica en extremo al Mediodía de la Bretaña, humanizándose todavía más en Gironde, y es muy apacible en la cerrada concha de Arcachón.
La del Mediterráneo, circular casi, tiene su nota más elevada en el seco y penetrante clima de la Provenza y de Génova; dulcifícase hacia Pisa; se equilibra en Sicilia, mientras que en Argel obtiene un grado notable de fijeza. De retorno, gran suavidad en Valencia y Mallorca, y en los puertezuelos del Rosellón, tan bien abrigados por el Norte.
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Dos caracteres hacen agradable el Mediterráneo sobre todas las cosas: su plan tan armónico y la vivacidad, la transparencia de la atmósfera y de la luz. Es aquél un mar azul muy amargo, saladísimo; perdiendo por la evaporación tres veces más de agua que la que le traen los ríos. Sólo sería sal y convertiríase en tan acre como el Mar Muerto, si corrientes inferiores, tales como la de Gibraltar, no lo templaran incesantemente por medio de las aguas del Océano.
Cuanto he visto de sus playas era magnífico, mas un tanto áspero. Nada vulgar. La traza de los fuegos subterráneos que se descubre por todos lados, sus sombrías rocas plutonianas, jamás fatigan, cual sucede con las interminables dunas de arena ó los sedimentos acuosos de las costas bravas. Y si los famosos naranjales parecen un tanto monótonos, en cambio los abrigados recodos do domina la vegetación africana, áloes y cactos, los campos de setos exquisitos sembrados de mirto y de jazmín, por último, las odoríferas landas agrestemente perfumadas, causan vuestra admiración. Verdad es que las más de las veces se ciernen sobre vuestra cabeza calvas y estériles montañas: sus largos pies, sus vastas raíces que van continuando hasta el mar, refléjanse en el fondo de las aguas. «Parecíame que mi barquilla--dice un viajero,--nadaba entre dos atmósferas, como si estuviese impelida por el aire arriba y abajo.» Y prosigue describiendo el mundo variado de plantas y de animales que contemplaba bajo ese cristal en las costas de Sicilia. Menos afortunado yo que él, paseándome por el mar de Génova sobre un agua tan transparente como la descrita, sólo veía el desierto. Las enjutas rocas volcánicas de la playa, de mármol negro ó color blanco todavía más lúgubre, me representaban en el fondo del brillante espejo monumentos naturales, especie de sarcófagos antiguos, iglesias en ruinas. A veces figurábame distinguir ciertas reproducciones de las catedrales de Florencia ó de Pisa; otras, creía ver silenciosas esfinges ó monstruos innominados, ¿acaso ballenas? ¿elefantes? lo ignoro: quimeras de mi fantasía, sí, y sueños extraños. Nada de realidades.
Ese mar, tal como es, con sus climas poderosos, templa admirablemente al hombre, dándole la fuerza seca, la más resistente, y formando las razas más sólidas. Nuestros hércules del Norte son tal vez más fuertes, empero indudablemente no tan robustos ni aclimatables como el marino provenzal, el catalán, el de Génova, el de Calabria, el de Grecia. Estos, curtidos y bronceados, pasan, al estado de metal: rico color que de ningún modo es un accidente de la epidermis, sino una inhibición profunda de sol y de vida. Un discreto médico, amigo mío, mandaba á sus clientes descoloridos de París, de Lyon, á aquellas costas á tomar baños de sol, y él mismo lo desafiaba hora tras hora sobre una roca, no resguardando más que la cabeza; lo restante de su cuerpo adquiría un bello matiz africano.
Los enfermos de veras dirigíanse á Sicilia, Argel, Madera y las Canarias; empero la regeneración de los débiles, de los fatigados, de los descoloridos habitantes urbanos, se efectuará tal vez mejor en los climas más desiguales. Debe esperarse en primer término de los países que han dado al Universo los más altos ejemplos de energía--el acero del género humano, la Grecia,--y la raza de sílex, fina, ejercitada, indestructible, de los Colón y los Doria, los Massena y los Garibaldi.
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Nuestros puertos del extremo Norte, Dunkerque, Boulogne, Dieppe, azotados por los vientos y corrientes de la Mancha, son también una fábrica de hombres que los hace y rehace. Aquel gran soplo y aquel gran mar, en su eterno combate, basta para resucitar á los muertos: y en efecto, allí se operan renacimientos inesperados. El que no tiene lesión grave se recobra en un instante. Toda la máquina humana funciona con fuerza de buen ó mal grado; digiere, respira. La Naturaleza es exigente y sabe el medio de hacerla andar. Los robustos vegetales que forman una sábana de verdura bajo el influjo de los más fuertes ventarrones marinos, nos hacen asomar la vergüenza al rostro cuando los comparamos con nuestra languidez. Cada puertezuelo normando es un agujero de la costa brava por el que se introduce el infatigable Noroeste (el _Norouais_ en buen normando), silbando y haciéndonos revivir. Por supuesto, que no sopla con tanta violencia á la embocadura del Sena, á la sombra de los bosques de manzanos de Honfleur y de Trouville. Al partir el manso río, se desliza suavemente á la izquierda, trayendo el influjo de su carácter agradable y pacífico.
Hase descrito en otro sitio de esta obra el mar vehemente, con terrible frecuencia, de Granville, Saint-Malo, Cancale. Aquella es la mejor escuela para la gente joven. Allí está el reto del mar al hombre, la lucha en que los fuertes conviértense en fortísimos. La grande gimnasia naval ha de verificarse en esos parajes entre normandos y bretones.
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Si, por el contrario, se tratara de una existencia gastada, frágil, de un niño débil y enfermizo, ó de una mujer agotada en las luchas del amor, buscaríamos un sitio más suave para abrigar ese tesoro. Una playa enteramente tranquila con el agua no tan fría, sin engolfarnos mucho al Mediodía, son cualidades de las islitas y penínsulas del Morbihan: todos aquellos islotes forman un laberinto más intrincado que aquel en que un rey ocultó á su Rosmunda. Confíe, pues, usted la suya á ese mar discreto. Nadie lo sabrá, exceptuando las vetustas piedras druídicas que, con algunos pescadores, constituyen los únicos habitantes de sitio tan agreste y bonancible.--«Pero--pregunta nuestra dama,--¿de qué se vive allí?--Sobre todo, de pesca, señora.--¿Y de qué más?--- De pesca.» No dista mucho Saint-Gildas, la abadía adonde, según dicen los bretones, fué Eloísa para reunirse con su Abelardo. Poco les bastó para vivir á los célebres amantes: adoptaron el sobrio y solitario régimen de Robinsón, comida de viernes. En dirección del Mediodía se encuentran algunos lugares más civilizados, agradables y deliciosos, tales como Pornic, Royan y Saint-Georges, Arcachón, etc.
Ya he mentado en otra ocasión Saint-Georges, la dulce playa de los olores amargos. Arcachón es asimismo muy apacible en medio de sus _pinadas_ resinosas cuyos perfumes vivifican. Sin la mundana invasión de la populosa y rica Burdeos, sin la muchedumbre que afluye y se atropella en ciertas épocas, mucho nos agradaría ocultar allí nuestros adorados enfermos, los tiernos y delicados objetos para quienes tememos el bullicio mundanal. Mientras estuvo ese sitio encerrado en su concha interior, ofrecía el contraste de un mar tranquilo y profundo, absoluto, á dos pasos de un mar terrible. Más allá del faro, el furioso golfo de Gascuña; dentro, el agua soñolienta y la languidez de una ola muda, que no causa más estrépito que el que producir puede un piececito sobre la elástica almohada del alga marina con que se afirma una capa de arena muy reblandecida.
En un clima intermedio que no es ni Norte, ni Mediodía, ni Bretaña, ni Vendée, he visto y vuelto á ver con alegría el precioso y grave abrigo de Pornic, sus excelentes marinos, sus agraciadas muchachas, encantadoras bajo sus gorras puntiagudas. Es un lugarcillo de reposo, que teniendo enfrente la dilatada isla (península más bien) de Noirmutiers, llégale el mar oblicuamente, de una manera indirecta y con mesura, y apenas ha entrado, se humaniza, hilando por medio de su rizada onda lino, al parecer, ó muer. En aquella concha de algunas leguas de extensión, ha fabricado el mar otras pequeñas, ancones angostos de suave pendiente para las mujeres, ó bañeras para los niños. Esas lindas playas enarenadas, separadas entre sí, ocultas á las miradas indiscretas por rocas respetables, tienen sus pequeños misterios para divertir á los que en ellas se bañan. Vese alguna vida marina, pero mucho más pobre que en otro tiempo: el abrigo es inútil, y también perjudicial. El mundo de las aguas no recibe en esa concha harto tranquila, rica alimentación; por lo tanto, la abandona. Dicho mar se enajena de día en día el gran oleaje del Océano, haciéndose sordo á sus gritos, que sólo se oyen muy debilitados. Semi-silencio que tiene gran encanto. En ningún otro punto he hallado con más dulzura la libertad de soñar despierto, ni el encanto de los mares moribundos.
III
La habitación.
Permítase á un ignorante que, sin embargo, ha adquirido cierta experiencia á costa suya, dar algunos consejos sobre los puntos que no citan los libros, y que hasta el presente han preocupado muy poco á los hombres de la facultad médica. Para que esos consejos no sean tan difusos, los doy á una persona enferma que me pide informes. ¿Es un ser ficticio? No. La persona á quien me dirijo, hela realmente encontrado, y más de una vez, en el transcurso de mi vida.
He aquí á una señora joven, debilitada, enferma ó muy cercana á estarlo, y un niño más débil todavía que la madre. El invierno se ha pasado así, así; la primavera con más dificultad. Sin embargo, no hay lesión grave. Debilidad, anemia; esto es todo: sólo dificultad para vivir. Se les prescribe pasar el verano á orillas del mar.
Gasto exorbitante para una persona de medianos recursos y poco acomodada. Penoso viaje para una ama de casa. Ruda separación, sobre todo, tratándose de dos esposos que se quieren. Entrase en negociaciones: se desearía dulcificar la sentencia. ¿No será bastante un mes? Empero el muy entendido doctor insiste. Cree que una estancia demasiado corta hace más daño que bien. La impresión brusca, violenta, de los baños, sin preparativo de ninguna clase, es más bien propia para trastornar la salud, aun la más robusta. Las personas razonables, al llegar al puerto de mar, lo primero que deben hacer es aclimatarse, respirar: el mes de junio es excelente para el caso--julio y agosto para tomar los baños;--septiembre, y á veces octubre, procuran el descanso de los fuertes calores, dulcifican la excitación producida por la acritud salina, consolidan los resultados, y aun con sus frescos ventarrones acostumbran á los fríos invernales.
Pocos hombres hay libres durante todo el verano: y mucho será si el marido puede pasar junto á su cara mitad uno ó dos meses--agosto y septiembre, por ejemplo.--Por poco dispuesto que se encuentre á sacrificarla los intereses secundarios, en bien de su misma esposa debe quedarse en casa. Hay en la restringida existencia del hombre laborioso cadenas que no puede romper sin gran detrimento de la familia. Así, pues, la señora ha de partir sola. Ya los tenemos divorciados.
¿Partir sola? Nunca lo ha estado. Más tranquila iría si marchaba en compañía de una familia de amigos ricos, que parte sin faltar uno, marido, mujer, niños, criados.--Si me atreviera á dar mi opinión, diría: «Que parta sola.»
La partida en compañía, divertida y agradable al principio, suele tener consecuencias bien distintas. Hay incómodos, pendencias, y los que partieron amigos vuelven enemigos, ó (y esto es peor aún) demasiado amigos. La ociosidad de los baños produce con harta frecuencia resultados imprevistos que hay que lamentar toda la vida. El más pequeño de los inconvenientes que puede resultar (y yo no lo encuentro pequeño), es que gentes que, separadas, habrían sentido mejor el influjo del mar, trayendo muy buena impresión de su viaje, si han de vivir juntas proseguirán el sistema de vida de las grandes ciudades (frivolidad, vulgaridad, falsa alegría, etc.) Cuando uno está solo, se ocupa en algo, medita; en tertulia, se charla, se murmura. Esos amigos ricos y gentes de mundo arrastrarán la joven señora á sus diversiones; de suerte que se sentirá agitada y llevará una vida más intranquila y antimedical que en París. Su misión es enteramente distinta. Reflexione usted lo que la digo, señora; tenga ánimo y sea prudente. Rodeada de soledad, sin más distracciones que las que le procure su hijo, vida inocente, infantil si usted quiere, pero pura, noble, poética, sólo haciendo este género de vida recobrará las fuerzas y la salud perdidas. La justicia delicada y tierna que la hace á usted temer los placeres, mientras otra persona que ha quedado en casa trabaja para la familia, le será tenida en cuenta, no lo dude. El mar la estimará más si no quiere otro amigo que él mientras esté á su lado; y en dicho sitio de reposo la prodigará su tesoro de vida, de juventud. El niño crecerá como un precioso árbol y usted florecerá en la gracia, volviendo á su hogar joven, adorada.
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Resígnase y parte. La estación es indicada y hasta conocida. Se aprecia por el análisis químico el valor real de las aguas. Empero hay un sinnúmero de circunstancias locales, que no pueden adivinarse á gran distancia, y raras veces las conoce el médico. El hombre de las grandes ciudades, tan ocupado siempre, no tiene ocasión ni tiempo para estudiar aquellas localidades.
De las más importantes han sido publicadas guías que no carecen de mérito. Por ellas se sabe el gran número de enfermedades que pueden curarse en la estación recomendada. Mas, pocas, poquísimas, dicen nada sobre lo más esencial que allí se va á buscar, la originalidad del sitio; no atreviéndose á declarar abiertamente lo malo y lo bueno, el lugar que dicho sitio ocupa en la escala de las estaciones. El libro es un elogio general, tan general, que muy poco instruye.
¿Cuál es la situación exacta? Si examinamos el plano, veremos que la costa hace una ligera inflexión al Mediodía. Pero esto no enseña nada. Podrá suceder que tal ó cual curva del terreno coloque la habitación que usted ocupe bajo una influencia demasiado fría; que, por ejemplo, un torrente desembocando en la costa, un valle oculto, pérfido, la traiga el viento del Norte, ó que, merced á un repliegue del terreno, el viento del Oeste se engolfe y la ahogue con su soplo.
¿Hay pantanos en las cercanías? La respuesta es fácil: diciendo sí, casi siempre se acertará. Mas la diferencia es grande si éstos son salados, renovados, saneados por el mar, ó pantanos adormecidos de agua dulce que, después de las sequías, producen emanaciones febrosas.
¿Es puro el mar ó mezclado? ¿Y en qué proporción? Gran misterio que uno no se atreve á esclarecer. Pero para las personas nerviosas, para los novatos que empiezan la serie de baños de mar, los más suaves son los mejores. Un mar un poco mezclado, el aire no muy salado ni acre, una playa risueña que ofrezca las perspectivas del campo, son las mejores circunstancias.
Un punto grave y capital es la elección de vivienda. ¿Quién va á dirigir á usted? Nadie. Preciso es ver, observar por sí mismo. Muy poca luz se saca de los que han visitado la comarca, aunque hayan vivido en ella, pues la elogian ó critican, no según su verdadero mérito, sino conforme á lo que se divirtieron ó á las amistades contraídas. La recomendarán á algún amigo que la recibirá con los brazos abiertos, y al cabo de algunos días palpa usted los inconvenientes. Ve que vive en la casa menos cómoda, y á veces malsana y peligrosa. No importa, está usted ligada; ofendería á la persona que la recomendó y á la amable, excelente y hospitalaria familia que la ha recibido bajo su techo.