El Mar

Chapter 17

Chapter 173,828 wordsPublic domain

Un gran escritor popular que da á cuanto pone la mano un carácter de sencillez luminosa y sorprendente, Eugenio Noël, ha dicho: «Puede convertirse el Océano en fábrica inmensa de víveres, en laboratorio de subsistencias más productivo que la misma tierra; fertilizarlo todo, mares, ríos, riachuelos, estanques. Hasta el presente sólo se ha cultivado la tierra; y he aquí que se ofrece el arte de cultivar las aguas... ¡Oídlo bien, pueblos!» (_Piscicultura_).

¿Más productivo que la tierra? ¿Cómo es esto? M. Baude lo explica perfectamente en un importante trabajo sobre la pesca que ha dado á luz. Es el pez, entre todos los seres, el más susceptible de propagarse ayudado por una pequeña cantidad de alimento, bastando muy poco, casi nada para sustentarlo. Refiere Rondelet que una carpa que guardó metida por espacio de tres años dentro de una botella de agua sin darle de comer, aumentó, sin embargo, su tamaño al extremo que no hubiera podido salir de la botella. En los dos meses que el salmón estaciona en el agua dulce, se abstiene casi del todo de alimento y, sin embargo, no perece; su permanencia en las aguas salobres dale por término medio (¡acrecentamiento prodigioso!) seis libras de carne. Esto es muy distinto del lento y costoso progreso de nuestros animales terrestres. Si se amontonara lo que come para engordar un buey, ó siquiera un puerco, sorprenderíanos el ver la montaña de alimentos que necesita para conseguirlo.

De manera que el pueblo en donde la cuestión de subsistencias hase presentado más amenazadora, los chinos, tan prolífico, tan numeroso, con sus trescientos millones de habitantes, tuvo que valerse directamente de esa gran potencia de generación, la más rica manufactura de vida nutritiva. En toda la extensión de sus grandes ríos, muchedumbres prodigiosas han buscado en el agua un alimento más regular que el del cultivo de las plantas. El agricultor está de continuo con el alma en un tris: un ventarrón, una helada, el más pequeño accidente les deja sin nada y produce el hambre en su familia; mientras que, al contrario, la cosecha viviente que crece en el fondo de esos ríos sustenta invariablemente el sinnúmero de familias que los surcan con sus barcas, las cuales, seguras de obtener su provisión cotidiana de pescado, saben al mismo tiempo ser aquél un manantial inagotable.

En el río central del Imperio, hácese en el mes de mayo un comercio inmenso de freza de pescado, comprada por traficantes, quienes la revenden por todo el país á cuantos quieren depositar en sus viveros domésticos el elemento de fecundación. Así todos tienen su reserva, que sustentan sencillamente con los restos de la comida del hogar.

Los romanos obraron de la misma manera, habiendo llevado el arte de la aclimatación al extremo de hacer abrir en el agua dulce las huevas de los peces de mar.

La fecundación artificial descubierta el siglo pasado en Alemania por Jacobi, y practicada en el presente en Inglaterra con el más fructuoso resultado, fué reinventada entre nosotros hacia el año 1840 por un pescador de la Bresse, Remy, y desde entonces hase popularizado así en Francia como en toda Europa.

En manos de nuestros sabios, Coste, Pouchet, etc., esta práctica se ha convertido en ciencia, llegando á descubrirse, entre otras cosas, las relaciones regulares del mar y del agua dulce; esto es, los hábitos de algunos peces de mar que pasan á nuestros ríos en ciertas estaciones del año. La anguila, no importa cuál sea su cuna, desde el momento en que ha adquirido el grueso de un alfiler, apresúrase á remontar el Sena, en tanto número, que forma á lo largo del río una capa blanca. Tal tesoro que, bien cuidado, produciría millares de millones de peces del peso cada uno de algunas libras, vese devastado indignamente, vendiéndose á vil precio y á cubetas esos gérmenes tan preciosos. No es menos fiel el salmón, regresando invariablemente del mar al río do naciera. Aquellos que han sido marcados se presentan nuevamente sin faltar á la lista casi uno solo, siendo tan grande su amor hacia el río natal, que si ven cortado el paso por alguna barrera, aunque ésta sea una cascada, lánzanse por encima de ella haciendo esfuerzos sobrehumanos para saltarla.

* * *

El mar, que dió comienzo á la vida sobre nuestro globo, sería todavía su benéfica nodriza si el hombre supiese respetar siquiera el orden que allí reina y se abstuviese de perturbarle.

No debemos olvidar que tiene vida propia y sagrada, sus funciones enteramente independientes para la salvación del planeta: él contribuye poderosamente á crear la armonía, al mismo tiempo que asegura su conservación y la salubridad. Y todo esto efectuábase tal vez por millones de siglos, antes de que el hombre naciera. La Naturaleza pasábase á maravilla de él y de su sabiduría. Sus antepasados, hijos del mar, llenaban perfectamente entre sí la circulación de substancia, las metamorfosis, las sucesiones de vida, que son el movimiento rápido de purificación constante. ¿Qué puede el hombre con respecto á ese movimiento, continuado á tal distancia de él, en ese mundo obscuro y profundo? Poco para el bien, más para el mal. La destrucción de tal especie puede ser un sensible atentado contra el orden, la armonía de todas las cosas. Que haga una siega razonable de las que pululan superabundantemente: está muy bien que viva á expensas de los individuos; mas, que conserve las especies. En cada una de ellas debe respetar el papel que desempeñan reunidas, el de funcionarios de la Naturaleza.

Hemos atravesado ya dos edades de barbarie.

En la primera, diremos como Homero: «El mar estéril.» Es surcado únicamente para buscar al otro lado tesoros fabulosos ó grandemente exagerados.

En la segunda, notóse que la riqueza del mar consiste sobre todo en él mismo, y quisimos arrancársela, pero de una manera ciega, brutal, violenta.

Al odio á la Naturaleza que tuvo la Edad Media hase añadido la aspereza mercantil, industrial, armada de máquinas terribles, que matan desde lejos, sin peligro, á montones. A cada nuevo progreso en las artes, nuevo progreso de barbarie feroz, progreso de exterminio.

Ejemplo: el arpón lanzado por una máquina rápida cual el rayo. Nuevo ejemplo: la draga, red destructora, usada desde el año 1700, red que arrastra inmensa y pesada, y siega hasta la esperanza, habiendo barrido el fondo del Océano. Nos estaba prohibido; empero llegaba el extranjero y _dragaba_ á nuestra vista. (Véase Tifaigne). Algunas especies huyeron de la Mancha, trasladándose al Gironde; otras dejaron de existir para siempre. Lo mismo va á suceder con un pez excelente, magnífico, el escombro, que es perseguido bárbaramente en toda estación. (Valenc., _Diction._ X, 352). La prodigiosa generación del abadejo no por esto lo pone á salvo de extinguirse, puesto que va en disminución aun en los mismos bancos de Terranova. Tal vez se destierra voluntariamente en medio de soledades desconocidas.

* * *

Preciso es que las grandes naciones se entiendan para substituir condición tan salvaje con otra más humanitaria y civilizada, de suerte que el hombre reflexione mejor y deje de desperdiciar sus bienes, y de perjudicarse á sí mismo. Necesítase que Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, propongan á las demás naciones y las decidan á promulgar, todas juntas, un _Derecho del mar_.

Los vetustos reglamentos especiales de las pescas ribereñas no son adaptables para la navegación moderna. Requiérese un código común de las naciones, aplicable á todos los mares, un código que regularice no tan sólo las relaciones del hombre con el hombre, sino las del hombre con los animales.

Lo que se debe á sí mismo y lo que debe á ellos es: no hacer por más tiempo de la pesca una caza ciega, bárbara, en la cual se mata más de lo que puede aprovecharse, inmolando sin provecho el pescador á los pequeñuelos que, dentro de un año, habríanlo alimentado espléndidamente; y ahorrando la vida á uno habríase dispensado de dar muerte á una infinidad.

Lo que el hombre se debe á sí mismo y debe á ellos, es no prodigar sin motivo la muerte y el dolor.

Los holandeses y los ingleses tienen la precaución de matar inmediatamente el arenque; los franceses, más negligentes lo tiran en el barco amontonándolo y dejando que muera asfixiado. Esta prolongada agonía lo malea, quítale gran parte de su sabor, de la dureza de su carne; vese macerado de dolor, acontécele lo que se observa entre las bestias que mueren de alguna enfermedad. En cuanto al abadejo, nuestros pescadores lo cortan en el acto de agarrarlo: el que se enreda durante la noche en las redes, cuyos esfuerzos y agonía desesperada se prolongan por varias horas, no valen nada en comparación del cortado en el acto (excelentes observaciones de M. Baude).

En tierra están reglamentadas las estaciones de caza, y lo mismo debe hacerse con la pesca, teniendo en consideración el tiempo en que cada especie se reproduce.

Debe ser economizada, como la corta de las maderas, dejando á la producción el tiempo de repararse.

Los cachorros y las hembras preñadas han de ser respetadas, sobre todo en las especies que no abundan mucho y entre los seres superiores no tan prolíficos,--cetáceos y anfibios.

Nos vemos obligados á matar: nuestros dientes, nuestro estómago, demuestran que fatalmente necesitamos inmolar. Preciso es, pues, compensar esto multiplicando la vida.

En tierra, creamos, defendemos los rebaños, hacemos multiplicar muchos seres que no nacerían, serían menos fecundos ó perecerían jóvenes, devorados por las bestias feroces. Es una especie de derecho que sobre ellos tenemos.

En el agua hay aún más vidas tiernas anuladas: defendiéndolas, propagándolas, haciéndolas muy numerosas, nos creamos un derecho de vivir sobre lo inconmensurable. La generación es susceptible de dirección como un elemento aumentado indefinidamente. El hombre, sobre todo en aquel mundo, se aparece como el gran mágico, el promotor poderoso del amor y la fecundidad. Es el adversario de la muerte, pues si bien se aprovecha de ella, la parte que se adjudica nada es en comparación de los torrentes de vida que puede crear á voluntad.

Tocante á las preciosas especies próximas á desaparecer, la ballena más que ninguna, el animal más grande, la vida más rica de toda la Creación, debe dejárselas en paz, á lo menos durante medio siglo. Así podrá reparar sus desastres. No sintiéndose perseguida, regresará á su clima natural, la zona templada, encontrando allí su inocente vida de apacentar la viviente pradera, los pequeños seres elementales. Vuelta á sus antiguos hábitos y á sus propios alimentos, reflorecerá, recobrará otra vez sus gigantescas proporciones, y volveremos á ver ballenas de dos y trescientos pies de largo. Que sus pasados lares do tenía sus amoríos sean sagrados. Esto ayudará no poco á hacerla nuevamente fecunda. En otros tiempos placíase en las bahías de California. ¿Por qué no dejarla en ellas? Así no se encaminaría en busca de los atroces hielos polares, de las míseras guaridas donde locamente se la persigue, impidiéndola juntarse y procrear.

* * *

¡Paz para la ballena franca! ¡Paz para el dugongo, la morsa, el lamantín, especies preciosas que no tardarían en desaparecer! Necesitan muchos años de paz, cual la que tan discretamente hase ordenado en Suiza para el revezo, precioso animal que había sido batido y destruido casi: creíasele perdido, mas no tardó en presentarse de nuevo.

Para todos, así anfibios como peces, requiérese una época de reposo; una _Tregua de Dios_.

El mejor modo de multiplicarlos es ahorrar su sangre en la época de su reproducción, en la hora que la Naturaleza desempeña en ellos su obra de maternidad.

Parece como que los pobres adivinan que son sagrados en aquellos momentos, pues pierden su timidez, muéstranse á la luz del día, acércanse á la playa: diríase que se creen con derecho á ser protegidos.

Están entonces en el apogeo de su belleza, de su fuerza. Sus brillantes libreas, su fosforescencia, indican el supremo resplandor de la vida. En todas aquellas especies cuyo exceso de fecundidad no es amenazante, deben respetarse con religiosidad esos momentos. Que mueran después, no importa. Si hay que matarlos, ¡matadlos! mas, primero, dejadles vivir.

Toda vida inocente tiene derecho á disfrutar momentánea dicha, cuando el individuo, por inferior que sea la escala en que la Naturaleza le haya colocado, rompe el estrecho límite de su Yo individual, quiere una perpetuación de sí mismo, y en medio de su obscuro deseo penetra en el infinito do debe perpetuarse.

Que el hombre coopere á su deseo; que auxilie á la Naturaleza, y recibirá las bendiciones de todos los seres, desde los que pueblan los abismos hasta los que se remontan al firmamento. Dios le mirará compasivo si se constituye con El en promotor de la vida, de la felicidad; si distribuye á todos la parte que, aun á los más pequeños, corresponde aquí abajo.

LIBRO CUARTO

RENACIMIENTO POR EL MAR

I

Origen de los baños de mar.

El mar, tan maltratado por el hombre en esa guerra inhumana, ha pagado el daño recibido con generosidad y benevolencia. Cuando la tierra, su bien amada, la ruda tierra le consumía, agotábale, él, ese mar temible, maldito, la acogía sin odio, alojábala en su seno, devolvíale la savia y la vida.

¿Acaso no es del mar que surgió la vida primitiva? El mar posee para ella todos los elementos en una maravillosa plenitud. ¿Por qué, cuando nos sentimos desfallecidos, no ir á rehacernos al desbordado manantial que nos invita á beber?

El es bueno y generoso para todos, empero más benéfico, al parecer, más simpático para las criaturas menos distantes de la vida natural, para la inocente niñez que sufre los pecados de sus padres, para las mujeres, víctimas sociales, cuyas principales faltas son debidas á su facultad de amar, y que, menos culpables que nosotros, llevan, no obstante, sobre sí la parte más grande del peso de la vida. Teniendo cierto parentesco con ellas el mar, complácese en realzarlas, dando fuerza á su debilidad, disipando sus penas del espíritu, rehaciéndolas y devolviéndolas su belleza, y, jóvenes, prestándoles su eterna frescura. Venus que salió de en medio de sus ondas, renace del mar todos los días--no la Venus enervada, la llorosa, la melancólica,--sino la Venus verdadera, victoriosa, con su poder triunfal de fecundidad, de deseo.

* * *

¿Cómo efectuarse la reconciliación entre esa gran fuerza, saludable pero áspera, salvaje, y nuestra gran debilidad? ¿ Qué enlace podía haber entre dos partidos á tal punto desproporcionados? Cuestión inmensa era ésta: fué preciso para resolverla un arte, una iniciación. Para comprenderlos debe conocerse el tiempo y la ocasión en que ese arte comenzó á revelarse.

Entre dos edades de fuerza, la fuerza del Renacimiento y la de la Revolución, hubo una época de postración, cuando graves signos acusaron una enervación moral y física. El mundo antiguo que desaparecía y el nuevo que tardaba en presentarse, dejaron entre ellos un intermedio de uno ó dos siglos. Concebidas del vacío, nacieron generaciones débiles y enfermizas; al paso que las diezmaba el exceso de goces y el exceso de miseria. Francia, arruinada tres veces de uno á otro extremo en el espacio de un siglo, lanzó las últimas boqueadas en una orgía de enfermos: la Regencia. Inglaterra, que, sin embargo, se engrandecía en aquellos momentos á costa de nuestras ruinas, estaba al parecer tan enferma como su vecina: la idea puritana habíase ido debilitando y no acudía otra á reemplazarla. Aplastada en el reinado de Carlos II, atravesó después el fangoso pantano de Walpole. En medio de la pública postración, salieron á relucir los instintos de la baja plebe: el precioso libro titulado _Robinsón_ deja entrever la aparición inminente del alcoholismo. Otro libro (terrible), en el cual la medicina se prevalía de todas las amenazas bíblicas, denunció el sombrío suicidio de depravación egoísta que rechazaba el matrimonio.

Ideas desordenadas, malos hábitos, vida de holgazanería y nociva á la salud, todo esto se traducía físicamente por la relajación de los tejidos, la postración mórbida de las carnes, las escrófulas, etc. Las mejores encarnaciones ocultaban los males más repugnantes. Ana de Austria, cuyas carnes eran citadas como un modelo de frescura, moría de una úlcera; la Princesa de Subiza, una rubia deslumbradora, se derritió, si vale decirlo así, cayendo sus carnes á jirones.

Un gran señor inglés, harto curioso, el Duque de Newcastle, pregunta cierto día al doctor Russell por qué se altera la raza y va degenerando; por qué aquellos lirios y rosas se cubren de escrófulas.

Muy raro es que una raza empezada á gastar se rehaga; no obstante, en la raza inglesa obróse este milagro. Recobró (durante setenta ú ochenta años) una fuerza extraordinaria y una actividad extrema; debiendo su renovación, primeramente á sus grandes negocios (nada hay tan sano como el movimiento), y al mismo tiempo, preciso es confesarlo, al cambio de sus hábitos. Los ingleses adoptaron alimentos distintos, distinta educación, distinta medicina; todos quisieron ser robustos para obrar, comerciar, ganar dinero.

No se requirió mucho ingenio para esto; las grandes ideas de dicha renovación poseíalas la Inglaterra, y sólo se necesitaba aplicarlas. El moravo Comenius, adelantándose un siglo á Rousseau, había dicho: «Acordaos de la Naturaleza como en otros tiempos y adoptad su sistema para la educación.» Y dijo el sajón Offmann: «Acordaos de la Naturaleza, adoptando su sistema para la medicina.»

Hoffmann había llegado á tiempo, en la época de la Regencia, después de la orgía de los placeres y de la orgía de los medicamentos con que se agravaba á la primera. Aquel sabio dijo: «Huíd de los médicos: sed sobrios y no bebáis más que agua.» Fué una reforma moral. Así, pues, vimos á Priessnitz (1830), después de las bacanales de la Restauración, imponer á la alta aristocracia de Europa la más ruda penitencia, alimentarla con el pan de los campesinos, tener en pleno invierno á las más delicadas señoras bajo las cascadas de agua de nieve, en medio de los pinares del Norte, en un infierno de frío que, por reacción, truécase en uno de fuego. Tan violento es en el hombre el amor á la vida, tan fuerte el temor que le causa la muerte, su devoción por la Naturaleza, cuando espera de ella una moratoria.

Y después de todo, ¿por qué no sería el agua la salvación del hombre? Según Berzelius, no somos más que agua (las cuatro quintas partes de nuestro cuerpo), y el día de mañana convertirémonos en agua. En la mayor parte de las plantas encuéntrase en iguales proporciones que en el cuerpo humano. Y asimismo cubre el agua salada las cuatro quintas partes del globo. Es el agua para el elemento árido una constante hidroterapia que le cura de su sequedad; ella apaga su sed, le da el sustento, hincha sus frutos, sus mieses. ¡Extraña y prodigiosa hada! Con poco, lo produce todo; con poco, todo lo destruye: basalto, granito y pórfido. Ella es la gran fuerza si bien la más elástica, que se presta á las transiciones de la universal metamorfosis. Ella envuelve, penetra, traslada, transforma la Naturaleza.

¡En qué desierto horroroso, en qué selva sombría no vamos á buscar las aguas que brotan del centro de la tierra! ¡Qué culto más supersticioso no profesamos hacia esos temibles manantiales que nos traen las escondidas virtudes y los espíritus del globo! He visto fanáticos que no tenían más Dios que Carlsbad, esa milagrosa reunión de las aguas más contradictorias. He visto devotos de Baréges; y yo mismo tuve el ánimo turbado ante los hirvientes fangos do hormiguea el agua sulfurosa de Acqui, obrando por sí misma con extrañas pulsaciones que sólo se notan entre los seres animados.

Las termas es cuestión de vida ó muerte; su acción es decisiva. ¡Cuántos enfermos se hubiesen consumido lentamente y merced á ellas han pasado con rapidez á la otra vida! A menudo esas poderosas aguas devuelven la salud momentáneamente al paciente, haciendo un temible llamamiento á las pasiones causa del mal. Entonces éstas vuelven á presentarse violentas, á grandes borbotones, como los hirvientes manantiales que las despiertan. Humaredas, vapores sulfurosos, aire embriagador de la comarca, todo esto aseméjase al aura que hinchaba, turbaba á la Sibila y la forzaba á hablar. Es una erupción de nuestro cuerpo que hace salir afuera lo que más empeño se hubiera tenido en ocultar. Nada hay oculto en aquellas _Babeles_ donde bajo el pretexto de la salud, se vive fuera de las leyes de este mundo, adoptando las libertades del otro. Semimuertos y semimuertas véseles en las mesas del juego, pálidos y macilentos, engolfarse en placeres desenfrenados, de los que con frecuencia no despiertan.

* * *

El soplo del mar es otra cosa, puesto que por sí solo purifica.

Esa pureza procede también del aire, y especialmente del cambio rápido que se hace del uno al otro, de la mutua transformación de los dos océanos. Nada de reposo; en ningún sitio languidece la vida ni dormita. El mar la hace, deshácela y la rehace. A cada momento pasa, salvaje y vivaz, por el crisol de la muerte. El aire aun más violento, azotado una y otra vez por el viento, arrastrado por los torbellinos, concentrado para estallar en trombas eléctricas, está continuamente en revolución.

Vivir en la tierra, es el reposo; en el mar, una lucha eterna, pero lucha vivificadora para el que puede soportarla.

* * *

Los hombres de la Edad Media tenían en gran aversión y aborrecimiento al mar, «reino del Príncipe de los vientos.» Así nombraban al diablo. Al noble siglo XVII disgustábale vivir entre la ruda marinería. El castillo de aspecto monótono, con un tosco jardín, estaba casi siempre situado lejos, lo más lejos posible del mar, en algún sitio sin aire, privado de vista, rodeado de húmedas arboledas. Asimismo, el caserío inglés, perdido entre la sombra de copudos árboles y entre la pesada niebla, reflejaba con frecuencia su silueta en el fango de algún insalubre pantano. Lo que hoy llama la atención en Inglaterra, sus numerosas quintas marítimas, la afición á vivir á orillas del mar, los baños hasta en lo más crudo del invierno, todo esto es cosa moderna, premeditada y deseada.

Las poblaciones de las costas que sustenta el mar, eran más simpáticas para el inglés. Su instinto presagiábale en ellas una gran potencia de vida, teniendo en primer término, en su favor, su virtud purgativa. Aquellos habitantes no habían dejado de observar que esa purgación ayudaba á neutralizar los males de la época, las escrófulas y las llagas que son su consecuencia; al paso que su amargor parecíales un excelente antídoto contra las lombrices que atormentan á los niños. También comían sin ningún escrúpulo las algas y ciertos pólipos (_Haleyonia_), adivinando el yodo que contienen y su potencia constrictiva para sanar y consolidar los tejidos. Esas recetas populares llegaron á noticia y fueron recogidas por Russell, abriéndole el camino y ayudándole grandemente á contestar á la grave pregunta que le dirigía el Duque de Newcastle. De su respuesta, hizo un libro importante y curioso titulado: _Tabe glandulari, seu de usu aquæ marinæ_, 1750.

En él se encuentra la siguiente ingeniosa sentencia: «No se trata de curar, sino de rehacer y crear.»

Russell se propone un milagro, pero un milagro hacedero: fabricar carnes, crear tejidos. De suerte que trabaja preferentemente sobre la criatura, que, aunque comprometida desde el vientre de su madre, todavía puede ser rehecha.

Era el momento en que Bakewell acababa de inventar la carne. Las bestias que hasta entonces puede decirse sólo sirvieran para producir leche, iban á dar en lo sucesivo más generoso alimento. El insípido régimen lácteo, debía ser abandonado por aquellos que se lanzaban en acción cada día más.

Por su lado Russell, con gran oportunidad, inventó el mar por medio de su librito, quiero decir, le puso en boga.