El Mar

Chapter 16

Chapter 163,843 wordsPublic domain

En 1838 Francia, Inglaterra y América hicieron tres expediciones en interés de las ciencias. El ilustre Duperrey había abierto el camino de las observaciones magnéticas, que se deseaba continuar bajo el mismo polo. Los ingleses confiaron esta misión á una expedición al mando del ya citado James Ross. Fué aquella expedición modelo, donde todo estuvo calculado, escogido, previsto. James regresó á su país _sin perder un sólo hombre ni haber tenido un enfermo siquiera_.

El americano Wilkes y el francés Dumont d'Urville no iban tan bien provistos, de suerte que tuvieron que soportar mil peligros y las enfermedades los diezmaron. Más afortunado James, dando la vuelta al círculo antártico, penetró en medio de los hielos y halló una tierra real. El mismo confiesa con notable modestia, que el éxito de su empresa fué debido únicamente al modo admirable con que habían sido preparados los dos barcos que llevaba, el _Erebus_ y el _Terror_, con máquinas de gran potencia, sierras para cortar el hielo, proa á propósito, lintel de hierro, que les permitió navegar á través de la costa rechinante, encontrando al otro lado un mar libre, lleno de focas, aves y ballenas. Un volcán de doce mil pies de elevación, tan grande como el Etna, despedía llamas. Nada de vegetación, ningún punto de reposo: sólo se ofreció á su vista una escarpada masa de granito donde ni la nieve se sostiene. No hay duda que aquello es la tierra. El Etna del polo, al que se dió el nombre de _Erebus_, allí queda con su columna de fuego para dar testimonio de este aserto.

Así, pues, un número terrestre centraliza los hielos antárticos (1841).

* * *

En cuanto á nuestro polo ártico, los meses de abril y mayo de 1853 son para él una fecha notable.

En abril encontróse el paso que durante trescientos años se buscara, hecho que fué debido á un afortunado exceso de desesperación.

El capitán Maclure había penetrado por el estrecho de Behring, y encerrado en medio de los hielos, hambriento, imposibilitado de volverse atrás al cabo de dos años, aventurose á avanzar. Sólo llegó á andar cuarenta millas, mas encontró en el mar del Este algunos buques ingleses. Su atrevimiento le salvó, consumándose de esta suerte el gran descubrimiento.

Casi en el mismo momento (mayo de 1853), salía una expedición de Nueva-York para el extremo Norte. Un marino que todavía no contaba treinta años y ya había recorrido toda la tierra conocida, Elíseo Kent Kane, acababa de proclamar una idea atrevida, pero magnífica, que había exaltado vivamente la ambición americana. Así como Wilkes prometiera descubrir un mundo, Kane se comprometía á encontrar un mar, un mar libre bajo el polo. Mientras los rutinarios ingleses exploraban de Este á Oeste, Kane se proponía remontar en derechura al Norte y tomar posesión de aquella concha inexplorada. Su proyecto llamó la atención general. Un armador neoyorkino, Mr. Grinell, dió generosamente dos embarcaciones, auxiliando la empresa las sociedades científicas y el público todo. Las señoras trabajaban con sus propias manos en los preparativos, animadas de religioso celo. Elegidas las tripulaciones, que las formaron voluntarios, juraron tres cosas: obediencia ciega, abstinencia de licores y de todo lenguaje profano. El mal éxito que tuvo la primera expedición no logró desanimar á Mr. Grinell ni al público norteamericano; organizóse otra con los socorros prestados por ciertas sociedades de Londres que tenían en mira, ó la propagación bíblica, ó una postrera investigación respecto al malogrado Franklin.

Pocos viajes hay más interesantes que éste, y se explica á maravilla el ascendiente que el joven Kane había ejercido sobre todos. A cada paso estaba indicada su fuerza de voluntad, su vivacidad brillante y su maravillosa potencia de _¡avance!_ El lo sabe todo, está seguro de lo que emprende, es ardiente en sus cosas, pero positivo. Presiéntese que no flaqueará, ni le arredrarán los obstáculos, sino que irá lejos, tan lejos como puede irse. Es curiosa la lucha entre ese carácter y la desapiadada lentitud de la Naturaleza del Norte, murallas de obstáculos terribles. Apenas ha abandonado el puerto de partida cuando le acosan los fríos, viéndose precisado á invernar por espacio de seis meses entre hielos. Y en plena primavera marca el termómetro en aquellas latitudes ¡setenta grados bajo cero! A la aproximación del segundo invierno (día 28 de agosto), encuéntrase poco menos que abandonado, pues de diecisiete hombres no le quedan más que ocho. Empero, á medida que disminuyen sus hombres y sus recursos, más severo y duro en las fatigas se muestra, queriendo--dice,--hacerse respetar mejor. Sus buenos amigos, los esquimales, que le procuran provisiones de boca, y de los que se ve obligado á aceptar algunos objetos de poca monta (p. 440 de su narración), se han apropiado tres vasijas de cobre suyas, y Kane, en represalias, se apodera de dos de sus mujeres. Castigo excesivo, salvaje. No era prudente traerlas entre los ocho marineros que le quedan y en los cuales la disciplina comenzaba á relajarse: además, aquellas pobres criaturas eran casadas. «Sivu, mujer de Metek, y Aningna, consorte de Marsinga,» estuvieron llorando por espacio de cinco días. A Kane aparenta divertirle esto, y hace asomar la risa á nuestros labios cuando nos lo cuenta: «Lloraban--dice,--y entonaban todo género de lamentos, mas, no perdían el apetito.» Los maridos, los padres de los rehenes, devuelven los objetos sustraídos y toman la cosa buenamente, cual hombres inteligentes que no tienen para oponer á los revólvers norte-americanos otras armas que huesos de pescados. Así, pues, se pliegan á todo, prometen amistad, alianza; pero, al cabo de algunos días, huyen, desaparecen, ¿Qué sentimientos les animan respecto á los exploradores? No es difícil adivinarlo. En su camino irán diciendo á las tribus errantes cuánto hay que desconfiar del hombre blanco. De esta manera se cierran las puertas del mundo.

Lo que sigue es bien lúgubre. Las fatigas hácense tan crueles, que unos mueren, los otros quieren volverse á su país. Kane se mantiene firme; ha ofrecido un mar, y preciso es que lo encuentre. Conspiraciones, deserciones, actos de traición, vienen á hacer más horrible la existencia de aquellos desgraciados. Durante el tercer invierno, falto de víveres y de combustible, habría perecido si otros esquimales no lo alimentaran con su pesca; en cambio Kane cazaba para ellos. Mientras tanto, algunos de sus hombres enviados á explorar, tienen la buena suerte de descubrir el mar que así le preocupa. A su regreso cuenta haber visto una gran sábana de agua, libre de hielos, y alrededor aves, que al parecer hallaban abrigo en ese clima no tan rudo.

Era cuanto se necesitaba para hacer cobrar aliento al célebre navegante. Salvado Kane por los esquimales, que no habían sabido abusar de la fuerza que les daba el número, ni de la miseria extrema en que veían sumidos á los exploradores, déjales su embarcación en medio de los hielos.

Débil, extenuado, consigue por medio de un viaje, que duró ochenta y dos días, volver al Sur, empero allí encuentra la muerte. Este joven intrépido, que se acercó al polo más que ningún otro mortal, al morir ganó la corona con que adornaron su tumba las sociedades científicas de Francia: el primer premio de geografía.

En su relato, que encierra hechos tan terribles, hay uno conmovedor, el cual da la medida de los sufrimientos inauditos anejos á tal viaje: hablamos de la muerte de sus perros. Llevábalos de Terranova magníficos, y perros esquimales; á todos ellos teníalos por mejores compañeros que al hombre. En sus dilatadas estaciones, cuando las noches se prolongaban meses y meses, los canes vigilaban alrededor de la nave. Al pasearse Kane por entre horrorosas tinieblas, guiábalo el tibio aliento de aquellas fieles bestias, que calentaba sus manos. Primero, enfermaron los de Terranova, lo cual atribuía Kane á la falta de luz: si se les ponía ante los ojos una linterna encendida se aliviaban: mas, poco á poco fué consumiéndolos extraña melancolía y se volvieron locos. Los perros esquimales siguieron sus huellas, y hasta su perra _Flora_, «la más discreta,» la que reflexionaba mejor, comenzó á delirar como sus compañeros y sucumbió. En toda la áspera relación de sus aventuras no hay un solo pasaje, si no me engaño, exceptuando éste, en que su corazón se sienta conmovido.

V

Guerra á las razas marinas.

Recapitulando lo que antecede y la historia de todos los viajes, experiméntanse dos encontrados sentimientos:

1.º Admiración por la audacia y el ingenio con que el hombre ha hecho la conquista de los mares, subyugando su planeta.

2.º Sorpresa al ver su inhabilidad en cuanto se refiere al hombre mismo: al notar que, para la conquista de las cosas, no ha sabido emplear las personas; que por doquiera el navegante hase presentado cual enemigo, aniquilando los pueblos nuevos, los cuales bien llevados, hubieran llegado á ser, cada uno en su reducida esfera, un elemento especial para valorarla.

Ya tenemos al hombre en presencia del globo que acaba de descubrir; veisle cual músico novicio ante un órgano de grandes dimensiones, del que apenas hace brotar algunas notas. Salido de la Edad Media, reino de la teología y la filosofía, encuéntrase poco menos que salvaje; del sagrado instrumento sólo ha sabido romper las teclas.

Hase visto que los buscadores de oro comenzaron no queriendo más que oro, oro y siempre oro, y destruyendo al hombre. Colón, á pesar de ser el mejor de todos ellos, en su _Diario_ nos indica lo que acabamos de manifestar con una candidez terrible que, anticipadamente, entristece el ánimo pensando en lo que harán sus sucesores. Desde el momento en que pone la planta en Haití: «¿Dónde está el oro? ¿Quién tiene oro?» son sus primeras palabras. Los naturales se sonreían, estaban como atontados de esa hambre de oro, y prometíanle buscarlo, deshaciéndose en el acto de sus sortijas para satisfacer cuanto antes apetito tan apremiante.

El almirante nos ha dejado un retrato conmovedor de aquella raza infortunada, de su belleza, su bondad, su ilimitada confianza. Y con todo, el genovés ha de satisfacer su avaricia, sus rudos hábitos. Las guerras turcas, los atroces galeones y sus forzados, las ventas de seres humanos, era la vida común de aquellos tiempos. El espectáculo de ese mundo tan joven é indefenso, aquellos pobres cuerpos de niños, de inocentes y lindas mujeres sin abrigo, todo esto sólo le inspira una idea mercantil, triste es decirlo, la idea de trocarlos en esclavos.

Sin embargo, no quiere Colón que sean arrebatados de sus hogares, «puesto que son propiedad del Rey y de la Reina.» Empero de sus labios se escapan estas palabras, harto significativas: «Son seres tímidos y nacidos para obedecer; harán cuantos trabajos se les manden. Bastan tres de los nuestros para poner en dispersión á mil de los suyos. Si Vuestras Altezas me ordenan traérselos ó avasallarlos aquí, nadie se opondrá: para ello son suficientes cincuenta hombres.» (14 octubre y 16 diciembre).

No tardará en llegar de Europa la sentencia general de ese pueblo. Ellos son los siervos del oro, los que tienen obligación de buscarlo, estando sometidos todos á trabajar por la fuerza. El mismo Colón nos hace saber que doce años más tarde habían desaparecido las siete octavas partes de la población, y Herrera añade, que al cabo de veinticinco años quedaba reducida de un millón á catorce mil almas.

* * *

La continuación, todo el mundo la sabe. El minero y el plantador exterminaron un mundo, repoblándolo incesantemente á costa de la sangre negra. ¿Y qué ha sucedido? Que sólo el negro vivió y vive en las tierras bajas y cálidas, fecundísimas. La América está destinada á ser su patrimonio exclusivo, ya que la Europa obró precisamente al revés de lo que pensara.

Su impotencia colonial descuella por todas partes. El aventurero francés llegaba sin familia á aquellos países, con sus vicios, confundiéndose con la masa salvaje, en vez de civilizarla; el inglés, exceptuando dos países templados adonde se dirigió en masa y con sus familias, tampoco se fija al otro lado de los mares, y dentro de un siglo la India no guardará memoria de que haya vivido en ella. El misionero protestante, el católico, ¿tuvieron alguna influencia? ¿Convirtieron _un solo_ salvaje al cristianismo? «_Ninguno_,» decíame Burnouf, tan bien enterado de estos asuntos. Hay entre ellos y nosotros treinta siglos, treinta religiones. Si se quiere forzar su inteligencia, sucede la que Mr. de Humboldt observó en los pueblos americanos llamados todavía _las Misiones_: habiendo perdido la savia indígena sin tomar nada nuestro, el cuerpo vivo pero muerto el espíritu, estériles, inutilizados para siempre, son toda su vida niños grandes, embrutecidos, idiotas.

Las excursiones de nuestros sabios, que tanto honran á la generación presente, el contacto de la Europa civilizada que va á todas partes, ¿en qué han aprovechado á los salvajes? No sé verlo. Mientras las razas heroicas de la América del Norte perecen de hambre y de miseria, las razas perezosas y afables de la Oceanía se consumen, con gran vergüenza de nuestros navegantes que allí, al extremo del mundo, arrojan la careta de la decencia, no conteniéndose más. Población cariñosa y débil, en la que notó Bougainville el exceso del abandono, y entre la cual los mercaderes apóstoles de la Inglaterra ganan dinero pero no almas, se extingue míseramente devorada por nuestros mismos vicios y nuestras enfermedades.

La dilatada costa de la Siberia estuvo habitada en otro tiempo. Bajo aquel durísimo clima vivían tribus nómadas, cazando los animales de preciosa piel, que les procuraban sustento y abrigo. La pérfida y mañosa política obligóles á establecerse ó á convertirse en agricultores en un país donde no es posible el cultivo. Así es como la muerte se ceba en ellos, y en particular sobre los varones. Por otra parte el comercio, insaciable, imprevisor, no respetando á los animales en la época del celo, halos exterminado también. Hoy reina el silencio, el más completo silencio en una costa que se extiende por espacio de mil leguas. No importa que silbe el viento, que se hiele el mar, ni que la aurora boreal transfigure la interminable noche: al presente la Naturaleza no tiene otro testigo que ella misma en aquellas antes bulliciosas regiones.

El primer cuidado que se hubiera debido tener en los viajes árticos de la Groenlandia, era entablar relaciones amistosas con los esquimales, dulcificar su trabajosa existencia, adoptar á sus hijos educándolos si no todos, parte de ellos en Europa, formar colonias en aquellos apartados climas, escuelas de descubridores. Tanto en las obras de John Ross como en todas las que se refieren al mismo asunto vese que están los esquimales dotados de inteligencia y muy aprisa se asimilan las artes de Europa. Hubiéranse efectuado enlaces entre sus hijas y nuestros marinos, naciendo de esas uniones una población mixta dueña por derecho propio de aquel continente Norte. Este era el medio verdadero de encontrar sin dificultades, de regularizar el paso tan deseado. Bastaban para ello treinta años: hanse empleado trescientos, y al fin y al cabo nada se ha conseguido, pues atemorizando á esos pobres salvajes que van al Norte y mueren, ¡habéis excluido de allí definitivamente al _hombre de la región_ y el genio de la comarca! ¿Qué importa haber visto ese desierto, si lo hacéis inhabitable é inabordable para siempre?

* * *

Fácil es pensar, que si el hombre ha tratado con tanta rudeza á su semejante, no habrá sido más clemente ni mejor para con los animales. Cebóse furiosamente en las especies más tímidas, convirtiéndolas en salvajes y agrestes.

Todas las relaciones antiguas están contestes en asegurar que, al vernos por primera vez, sólo demostraban confianza en nosotros y una curiosidad simpática. Los viajeros pasaban por entre las pacíficas familias de los lamantinos y de las focas, que se dejaban tocar. Los pingüinos y los mancos seguían á los navegantes, aprovechándose de sus comestibles, y, llegada la noche, guarecíanse bajo las ropas de los marineros.

Nuestros padres estaban creídos, y no sin cierto grado de verosimilitud, que los animales sienten como nosotros. Los flamencos atraían el sábalo con el ruido de las campanillas. (Valenc., 20,327). Cuando se tañía algún instrumento en las embarcaciones, presentábase en seguida la ballena (Noël, 223), siendo la jubarta[3] la que más se complacía con la sociedad del hombre, puesto que jugueteaba y brincaba alrededor del barco.

* * *

Lo mejor de los animales, y que se ha llegado á destruir casi del todo á fuerza de persecuciones, era el _matrimonio_. Aislados, fugitivos, ahora sus amoríos son pasajeros, viéndose compelidos á guardar un mísero celibato, de cada día más estéril.

El _matrimonio_, fijo, real, es la vida de la Naturaleza que se encuentra en casi todas las cosas. El matrimonio, amor único, fiel hasta la muerte, existe entre el corzo, entre la urraca, entre la paloma, entre el inseparable (especie de lindo papagayo), entre el intrépido camique, etc. Respecto á las demás aves, dura á lo menos hasta que los pequeñuelos están en estado de manejarse por sí mismos: entonces la familia vese precisada á separarse necesitando extender el radio donde se procura su sustento.

La liebre en medio de su vida agitada y el murciélago que vive envuelto en tinieblas, son tiernísimos para su familia; y hasta los crustáceos, los pulpos, se quieren y se auxilian: cuando se pesca la hembra, el macho se precipita sobre ella y déjase agarrar.

¡Y cuánto más conocidos son el amor, la familia, la unión ó matrimonio, en la verdadera acepción de estas palabras, entre los tiernos anfibios! Su paso tardo, su vida sedentaria, favorecen la unión fija. La morsa (elefante marino), ese animal enorme y de tan extraña facha, es intrépido en amor: el marido se sacrifica hasta la muerte por su mujer, y ésta por el hijo. Mas, lo que no tiene ejemplo, lo que no se ve en ninguna otra parte, ni aun entre los animales de la escala superior, es que el pequeñuelo, en salvo y escondido por la madre, al verla combatir en defensa suya, acude á defenderla á su vez, y ¡noble corazón! se ensaña contra su enemigo y muere por la que le diera el ser.

Steller vió entre una familia de otarios (anfibios también) una escena casera absolutamente humana:

Una hembra habíase dejado robar su cachorro; furioso el marido, le pegaba, y la pobre se encaramaba, besábale, lloraba á lágrima viva, _al extremo de tener inundado el pecho con el llanto que vertía_.

Las ballenas, que carecen de la vida fija de esos anfibios, van, sin embargo, de dos en dos en sus errantes paseos á través del Océano. Duhamel y Lacépède dicen que, en 1723, dos de estas ballenas que estaban heridas no se separaron nunca, y cuando estuvo muerta la una, la otra se abalanzó sobre su cuerpo lanzando horrorosos mugidos.

Si hay en el Universo un ser cuya sangre debiera economizarse, es la ballena franca, tesoro admirable, donde la Naturaleza ha amontonado tantas riquezas. Ser, además, inofensivo, que á nadie persigue ni vive de especies que sustentan al hombre. Exceptuando su temible cola, carece de armas defensivas. Y no obstante, ¡cuántos enemigos tiene! Todos se atreven con ella; innumerables especies se acomodan en su lomo y viven á sus expensas, llegando su descaro hasta el punto de roer su lengua. El narval, armado de traidoras defensas, las hunde en sus carnes; los delfines saltan y la muerden, y el tiburón, al vuelo, de un golpe de sierra le arranca un sangriento jirón.

Otros dos seres, ciegos y feroces, ensáñanse con el fruto de sus entrañas, haciendo una guerra cobarde á las hembras preñadas; hablamos del cachalote y del hombre. El primero, con su horrible cabeza, que constituye la tercera parte del cuerpo, todo dientes (tiene cuarenta y ocho), todo quijadas, muérdela en el vientre, devora el hijo dentro de su mismo cuerpo, y luego, sin apiadarse de sus acerbos dolores, trágase á la madre. El hombre la hace sufrir más tiempo, pues la sangra, y golpe tras golpe hiérela bárbaramente. Dura en la muerte, en su dilatada agonía la pobre tiembla, hace desesperados esfuerzos y se queja lastimeramente. Muerta y todo, su cola se mueve, no siendo prudente en aquellos momentos acercarse á ella. Los pobres brazos de la desventurada, antes calientes por el fuego del amor, vibran aún; parece que no ha dejado de existir y que está buscando á su cachorro.

* * *

No es posible figurarse lo que fué esa guerra hace cien ó doscientos años, cuando abundaban las ballenas, navegando por familias; cuando las tribus anfibias cubrían todas las costas. Llevábanse á cabo carnicerías inmensas, derramábase la sangre en abundancia, como no se había visto ni en las más grandes batallas. En un solo día llegaban á matarse ¡quince ó veinte ballenas y mil quinientos elefantes marinos! Es decir, que se mataba por el placer de matar; pues ¿de qué aprovecharían todos esos despojos de coloso, uno solo de los cuales da tanta cantidad de aceite y de sangre? ¿Qué se intentaba con diluvio tan sangriento? ¿Enrojecer la tierra? ¿Ensuciar el mar?

Queríase el pasatiempo de los tiranos, de los verdugos; herir, destrozar, gozar de su fuerza y de su furor, saborear el dolor, la muerte. Con frecuencia divertíanse en martirizar, encolerizar, hacer morir lentamente á animales demasiado tardos ó apacibles para defenderse. Perón vió un marinero que se encarnizaba en una foca hembra, la cual lloraba como una mujer, gemía: cada vez que el animal abría su ensangrentada boca, el bárbaro golpeábala con un grueso remo y le rompía los dientes.

Dice Dumont d'Urville que en las Nuevas Shetlands del Sur, los ingleses y los americanos exterminaron las focas en el transcurso de cuatro años. En su ciego furor, degollaban á los recién nacidos y mataban las hembras preñadas. A menudo, sólo las matan para utilizar la piel, desperdiciando enormes cantidades de aceite.

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Tales carnicerías son una escuela detestable de ferocidad que deprava indignamente al hombre, estallando los más abominables instintos en medio de esa embriaguez de carniceros. ¡Vergüenza para la humana naturaleza! Entonces vese en todos (aun entre las personas más delicadas), vese surgir algo de inesperado, de horrible. Un pueblo apreciable, en la costa más encantadora que se conoce, practica una extraña fiesta: reúnense allí quinientos ó seiscientos atunes para quitarles la vida á todos en un mismo día. En un vasto recinto de barcas, la larga red, la almadraba dividida en varios compartimientos, levantada por cabrestantes, hácelos llegar pausadamente y meter en el _cuarto de la muerte_. A su alrededor hay en acecho doscientos hombres de rostro bronceado, provistos de arpones y ganchos. De veinte leguas á la redonda llega el mundo elegante, mujeres bonitas y sus adoradores, quienes se colocan á la orilla del mar y lo más cerca posible para mejor ver la matanza, formando un círculo encantador. Dada la señal, el pescador hiere. Aquellos peces, que parecen hombres, saltan, punzados, atravesados, abiertas las carnes, tiñendo el agua con su sangre por momentos. Su dolorosa agitación, el furor de que están poseídos sus verdugos, el mar que ya no es mar, sino un no sé qué espumoso que vive y humea, todo esto produce el vértigo. Los que han venido sólo por mirar obran, patalean, gritan, y encuentran que la carnicería es demasiado lenta. Finalmente, circunscriben el espacio. La hormigueante masa de heridos, muertos, moribundos, se concentra en un solo punto: saltos convulsivos, golpes furiosos: el agua chorrea, y el rocío enrojecido...

Y esta escena ha hecho subir de punto la embriaguez. Hasta la mujer delira y se olvida de su sexo, vese poseída del frenesí que asalta á los demás espectadores. Cuando todo ha terminado, la más bella mitad del género humano lanza un suspiro rendida de fatiga, mas no satisfecha, y exclama al abandonar aquel sitio: «¡Cómo!, ¿y para esto hemos venido?»

VI

El derecho del mar.