El Mar

Chapter 15

Chapter 153,826 wordsPublic domain

El antiguo arte de los augurios, la ciencia de los vaticinios, que no deben despreciarse, vuelve á ponerse sobre el tapete en ese libro excelente.

La puesta del sol no debe mirarse con indiferencia: si es rojo, si las olas del mar reflejan un color de sangre, el otro Océano (la atmósfera), nos prepara una borrasca. Un anillo alrededor del astro diurno, un resplandor rojizo en medio de un círculo pálido, estrellas cambiantes y que parecen que caen, son indicios de un trabajo amenazador en la región superior.

Peor señal es cuando veis, á través de una atmósfera nada limpia, correr cual flechas, nubecillas de un color purpurino obscuro; si masas compactas empiezan á figurar extraños edificios, arco-iris destrozados, puentes ruinosos y otros mil caprichos. Entonces estad seguros de que el drama ya ha dado principio arriba. La calma es completa, mas, en el horizonte, aparecen pálidos relámpagos; á pesar del silencio que reina, óyese por momentos un ruido sordo que parece se detiene. El mar se estrella contra la playa gimiendo y suspirando, y á veces, de su fondo, se escapa un sordo rumor... Prestad atención á esto: _es la llamada del mar_. (Locución inglesa).

Esto basta para poner en guardia al pájaro. Si no está distante de la costa vésele (cuervo marino, goelandio ó gaviota) regresar á la tierra con la mayor rapidez posible, guareciéndose en alguna roca. En alta mar, cualquiera embarcación les sirve de isla y de punto de descanso. Dan vueltas en derredor, y á veces solicitan la hospitalidad con la mayor franqueza, posándose momentáneamente sobre los mástiles. No tardaréis en divisar el sombrío petral, ave de vuelo siniestro, el cual tan hábilmente sabe poner en peligro la embarcación, colocándose entre ésta y el huracán.

Alegraos si truena; la descarga eléctrica hácese arriba. Tanto de ganado á la tempestad. Observación remota y confirmada científicamente por Peltier y por la experiencia de Piddington y de tantos otros.

Si la electricidad acumulada arriba, baja silenciosa, si no llueve, la descarga haráse abajo, creando corrientes circulares. Por lo tanto habrá tromba y huracán.

* * *

A veces la tromba os coge en la rada. En 1698, hallándose el capitán Langford en el puerto, y bien anclado, vió llegar la tromba y al momento se hizo á la vela, poniéndose bajo el amparo del mar. Las otras naves se quedaron creyendo obrar más prudentemente y fueron destrozadas.

En Madrás y en la Barbada hácense señales para avisar á los buques fondeados. En el Canadá, el telégrafo eléctrico, mucho más rápido que la electricidad celeste, hace circular de puerto en puerto el aviso de la tempestad que se prepara á recorrerlos todos.

El gran consejero para el marino que se encuentra en alta mar, es el barómetro. Su perfecta sensibilidad revela los grados exactos del peso con que le oprime la tempestad. Mudo al principio, diríase que duerme; mas, ha recibido un tenue golpe, golpe de batuta que señala el preludio: hele aquí inquieto. Contesta, vibra, oscila; se repliega, baja. La atmósfera elástica, bajo los cargados vapores, pesa; y luego, repentinamente, rebota y sube. El barómetro tiene su borrasca peculiar. Pálidos resplandores se desprenden, en ocasiones, del mercurio, llenando el tubo (Perón hizo esta observación en la isla de Mauricio). En las ráfagas parece como que respira. «El barómetro de agua, en sus fluctuaciones (dicen Daniel y Barlow), tenía el aliento, el resoplido de un animal salvaje.»

Y el _ciclone_ avanza, en ocasiones, desembozadamente, engalanándose en su vasta densidad con todas sus luces eléctricas. Hay momentos en que se anuncia por medio de chorros, de bolas de fuego. En el gran huracán acaecido en las Antillas en el año 1772, en que el mar subió setenta pies, en medio de la obscuridad de la noche, los cerros de la costa viéronse alumbrados por globos inflamados.

Su aproximación es más ó menos rápida. En el Océano Indico, sembrado de islas y de todo género de obstáculos, con frecuencia la tromba sólo recorre dos millas por hora, al paso que en la cálida corriente procedente de las Antillas, su velocidad es de cuarenta y tres millas. Su fuerza de traslación sería incalculable á no tener una oscilación debida á los vientos de adentro y de afuera.

Lenta ó rápida, su fuerza es siempre la misma. Bastó un instante y una sola ola, en 1789, para destrozar todas las embarcaciones abrigadas en el puerto de Coringa y lanzarlas á los llanos; la segunda ola inundó la población, y á la tercera, todos los edificios quedaron convertidos en un montón de ruinas, pereciendo veinte mil personas. En 1822, al contrario, en las bocas del Bengala, vióse á la tromba durante veinticuatro horas, aspirar el aire y subir el agua otro tanto, tragándose cincuenta mil seres humanos.

Ahora, el aspecto cambia. Nos encontramos en Africa. Allí, llámase tornado á la tempestad. Estando la atmósfera calmosa y despejada, se siente cierta opresión en el pecho. Una mancha negra aparece en el cielo, semejante al ala de un buitre: dicha ala se desparrama, se ensancha desmesuradamente: luego, desaparece todo, todo da vueltas. Es asunto de quince minutos. La tierra queda devastada, el mar trastornado; de la embarcación, ni trazas. La Naturaleza no vuelve á recordar lo que por ella ha pasado.

Hacia Sumatra y el reino de Bengala, veréis al anochecer ó á media noche (nunca por la mañana), formarse un arco en el firmamento. De repente se ensancha, y de aquella negra arcada se desprenden pálidas y tristes exhalaciones. ¡Infeliz del que tenga que sobrellevar la primera ventada que de allí parte! Tal vez perezca.

Empero la forma ordinaria que reviste la tempestad es la de un embudo. Un marino que se dejó engañar, dice: «Vime como en la sima de un enorme cráter de volcán; á nuestro alrededor nada más que tinieblas, arriba un rayo de luz.» Es lo que se llama en términos técnicos: _el ojo de la tempestad_.

Una vez metido en la empresa, no es posible volverse atrás; no podéis desasiros. Salvajes mugidos, aullidos plañideros, estertor y gritos de ahogado, crujidos y lamentos de la pobre nave, que vuelve á revivir como cuando estaba en su bosque y se queja antes de exhalar el último suspiro, todo ese horroroso concierto no impide oir el cordaje que se complace en imitar los agudos silbidos de las serpientes. De improviso, silencio completo... Es que pasa furiosamente la masa de la tromba, cual rayo asolador, ensordeciéndoos, privándoos casi de la vista... Y al reponeros, observáis que ha roto en mil pedazos los mástiles, sin que lo hayáis visto ni oído.

Sucede, á veces, que los tripulantes conservan una reliquia largo tiempo, pues se les debilita la vista y vuélvenseles negras las uñas (Seymour). Entonces se recuerda con horror que en el acto de pasar la tromba, á la par que chupaba el agua, chupábase la embarcación, quería bebérsela, la mantenía suspendida en el aire y fuera del agua, abandonándola luego para que se sumiera en los profundos abismos.

Al verla hartarse é hincharse de esta manera, absorbiendo olas y barcos, hanla comparado los chinos á una mujer horrorosa, la madre Tifón que, cerniéndose en el aire y eligiendo sus víctimas, concibe, se llena y queda preñada, preñada de hijos de la muerte, los _torbellinos de hierro_ (Keu Woo).

En China hánsela levantado templos y altares, se la hacen ofrendas, y dirígensela oraciones con ánimo de humanizarla.

* * *

Sin embargo, el intrépido Piddington no la adora: muy al contrario, habla de ella sin contemplaciones, apellidándola corsario demasiado robusto, pícaro pirata que abusa de sus fuerzas y que nadie debe encapricharse en combatir, sino que ha de huirse de su presencia, sin sentirse deshonrado por esto.

Enemigo tan pérfido os tiende á veces un lazo. Valiéndose de un _viento favorable_, os invita á proseguir vuestra ruta, y entonces se apresura á ceñiros con sus robustos brazos. No hagáis caso de ese _viento favorable_ y volvedle la espalda, si es posible. Navegad cuan distantes podáis de tan peligroso compañero. No boguéis en conserva, pues espiará el momento para encadenaros, comprometeros en su vertiginosa danza, engulliros.

Por mi parte, mucho me complacería en no echar en olvido los paternales consejos que da ese hombre excelente. Serían inútiles, si los adversarios, la tromba y el barco, se encontrasen encerrados en un reducido espacio sin salida; pero raras veces sucede así. Casi siempre ese remolino de aire y de agua es inmenso, abraza un círculo de diez, veinte, treinta leguas, lo cual da á la embarcación probabilidades de observar y mantenerse á una respetable distancia. Lo que importa, ante todo, es saber _dónde es central_ la tromba, dónde está su foco de atracción, y luego, conocer su continente y el grado de rapidez con que os persigue.

Mucho ha ganado el marino con poder navegar auxiliado de esas dos antorchas. Por un lado Maury le enseña las leyes generales del aire y del mar, el arte de escoger y seguir las corrientes; dirígele por rutas calculadas, que son á modo de las calles del Océano. Por otro, Piddington, en un pequeño volumen resume y pone al alcance de su mano la experiencia de las tempestades, lo que es preciso hacer para resguardarse de ellas y en ocasiones para que le sirvan de auxiliares.

Esto explica y justifica el precioso dicho de un holandés, el capitán Jansen: «La primera impresión que causa el mar es el sentimiento del abismo, del infinito, de nuestra insignificancia. A bordo del buque más poderoso, uno no deja de reconocer ni por un momento el peligro que le rodea; mas, cuando los ojos del espíritu han sondeado el espacio y la profundidad de los mares, desaparece el peligro para el hombre. Elévase y comprende. Guiado por la astronomía, al tanto de las vías líquidas, dirigido por las cartas de navegar de Maury, traza su ruta por el mar con toda _seguridad_.»

Sencillo y sublime lenguaje. No quiere decirse con esto que se hayan acabado las tempestades; empero lo que sí ha terminado es la ignorancia, la turbación y el vértigo que producen la obscuridad del peligro, y lo peor de todo peligro, el lado fantástico.--A lo menos, si se perece sábese el por qué. Hay ahora grande, muy grande _seguridad_ de conservar el espíritu lúcido, el alma esclarecida, resignada á los efectos que puedan sobrevenir de las grandes leyes divinas del mundo que, al precio de algunos naufragios, constituyen el equilibrio y la salvación.

IV

Los mares polares.

Lo que más tienta al hombre, es lo inútil y lo imposible. De todas las empresas marítimas, aquella en que más ha perseverado, es el descubrimiento de un paso al norte de la América para irse en derechura de Europa á Asia. Las más vulgares leyes del buen sentido hubieran debido indicar anticipadamente que á existir dicho paso, en tan fría latitud, en una zona cubierta de hielos, de nada serviría, puesto que ningún ser humano querría aventurarse en él.

Observad que aquella región no tiene el aplanamiento de las costas siberianas, que se recorren en trineo, sino que es una montaña de mil leguas de extensión horriblemente accidentada, con profundas cortaduras, mares que se deshielan momentáneamente para helarse de nuevo, corredores de hielo que mudan de postura todos los años, se abren y se cierran á nuestro paso. Dicho paso acábalo de descubrir un hombre que, habiendo ido muy adelante, no podía retroceder, y avanzando siempre lo ha franqueado (1853). De suerte que ya sabemos á qué atenernos. He ahí, pues, que han dejado de trabajar las imaginaciones acaloradas, y nadie tiene ganas de seguir sus huellas.

Al decir lo _inútil_, referíame al objeto propuesto, esto es, crear una ruta comercial.--Empero prosiguiendo esa idea loca se han descubierto muchas cosas bastante cuerdas, de gran utilidad para la ciencia, la geografía, la meteorología y para el estudio del magnetismo terrestre.

* * *

¿Qué se intentaba desde un principio? Abrirse un camino corto al país del oro, á las Indias orientales. Inglaterra y otros Estados, celosos de la España y de Portugal, pensaban sorprenderlos de esta manera en el mismo corazón de su lejano imperio, en el santuario de la riqueza. Habiendo en tiempo de Isabel, encontrado ó creído encontrar algunos buscadores de oro unas cuantas partículas de este metal en la Groenlandia, explotaron la antigua leyenda del Norte, el _tesoro escondido bajo el polo_, las grandes cantidades de oro amontonadas y guardadas por los gnomos, etc., y se exaltaron las imaginaciones. Alentada por tan lisonjera esperanza, hízose á la vela para aquellas regiones una flota de dieciséis buques de alto bordo, llevando en calidad de voluntarios á los hijos de las más nobles familias de Inglaterra. Todos se disputaban el privilegio de partir para ese _Eldorado_ polar, y los expedicionarios sólo encontraron la muerte, el hambre, murallas de hielo.

Pero á nadie descorazonó tal desastre. Por espacio de más de tres siglos con una perseverancia que sorprende, los exploradores no cejaron. La lista de los mártires de la codicia es grande. El primero de ellos, Cabot, debió su salvación á habérsele sublevado su tripulación, impidiéndole pasar adelante; Brentz muere de frío, y Willoughby, de hambre. Cortereal pereció con todo lo que llevaba. Los compañeros de Hudson le abandonan en medio del mar en un barquichuelo sin víveres ni velamen, y no se sabe lo que fué de el. Behring, al descubrir el estrecho que separa la América del Asia, perece de cansancio, de frío, de miseria, en una isla desierta. En nuestros días el intrépido Franklin queda perdido en medio de los hielos; el encuentro de su cadáver nos ha descubierto que _reducidos al último extremo_, él y los suyos, tuvieron que apelar al más atroz de los recursos: ¡ á comerse los unos á los otros!

* * *

Cuanto puede desanimar á los hombres hállase acumulado desde que el navegante comienza á penetrar en las regiones del Norte. Mucho antes de ver el círculo polar, una fría niebla pesa sobre el mar, os resfría, os cubre de escarcha. Los cordajes se atiesan: inmovilízanse las velas; la cubierta pónese resbaladiza con el agua-nieve; la maniobra se hace difícil. Apenas se distinguen en tan solemne momento los temibles escollos movibles. En la punta del mástil, metido en su camaranchón cubierto de escarcha, el vigilante (verdadera estalactica viviente) señala de cuando en cuando la proximidad de un nuevo enemigo, de un blanco fantasma gigantesco, que muchas veces sobresale del agua dos ó trescientos pies.

Empero esa lúgubre procesión que indica el mundo de los hielos, ese combate para evitarlos, dan más bien ánimo para avanzar que para retroceder. Hay en lo desconocido del polo cierto atractivo de horror sublime, de sufrimiento heroico. Cuantos han estado en el Norte, aun los que no intentaron atravesar el paso, después de contemplar el Spitzberg la impresión no se les borra tan fácilmente de la memoria. Aquella masa de picos, de cordilleras, de precipicios, muro de cristal de cuatro mil quinientos pies en longitud, es como una aparición en medio del mar sombrío. Sus ventisqueros, formados de nieves mates, reflejan vivos resplandores verdes, azules, purpurinos; viéndose ceñidos de una deslumbradora diadema de chispeantes piedrecitas.

Por espacio de muchos meses la aurora boreal aparece todas las noches alumbrando aquel cuadro con los más siniestros resplandores. Vastos y horrorosos incendios que cubren todo el horizonte, erupción de rayos magníficos; Etna fantástico, que inunda de lava ilusoria la escena de invierno sin fin.

Todo es prisma en una atmósfera de partículas heladas en que el aire se ha convertido en espejos y cristalitos. De ahí sorprendentes escenas de espejismo. Varios objetos vistos á la inversa, momentáneamente aparecen cabeza abajo. Las capas de aire que producen esos efectos están en continua revolución: lo que adquiere más ligereza sube á su vez y cambia el panorama; la más pequeña variación de temperatura hace descender, subir, inclinar el espejo; la imagen confúndese con el objeto, luego se separa de él, se disipa; otra imagen formada ocupa su puesto, y aparece otra detrás pálida, debilitada, que vuelve á ser derribada.

Tal es el mundo ilusorio. Si sois aficionados á soñar, si soñando despiertos os complacéis en seguir la movible improvisación y el jugueteo de las nubes, id al Norte; allí veréis el espectáculo real y no menos fugitivo en la flota de los hielos movibles. En el camino que debe seguirse para llegar hasta ellos, presentan ese espectáculo, imitando todos los géneros de arquitectura conocidos. Estáis viendo el griego clásico: pórticos y columnatas. Luego, aparecen obeliscos egipcios, agujas que se lanzan al firmamento, sostenidas por otras agujas caídas. Más allá se distinguen montañas, Ossa sobre Pelion, la ciudad de los Gigantes que, regularizada, os ofrece murallas ciclópeas, tablas y dolmens druídicos. Debajo ábrense sombrías grutas. Mas, todo caduco; todo, al soplo del viento, ondula y se derriba. No agrada aquel espectáculo, porque nada hay firme. A cada momento, en ese mundo al revés, vese burlada la ley de la gravedad: el débil, el ligero, sostienen al fuerte; parece aquello un arte diabólico, un gigantesco juego de niños que amenaza y puede aniquilar.

Acontece á veces un incidente terrible: á través de la gran armada que, majestuosa, lentamente, baja del Norte, llega con brusquedad del Sur un gigante de base profunda, que, hundiéndose seis ó siete pies bajo el mar, vese empujado con gran furia por las corrientes submarinas. Este lo separa ó lo derriba todo; aborda, llega hasta la llanura de hielos, pero por eso no se siente embarazado. «El banco hízose pedazos en un minuto en una extensión de algunas millas. Crujió, atronó, como si hubiesen sido disparados cien cañonazos; parecía aquello un terremoto. La montaña vino á nuestro encuentro, y el mar vióse cubierto, entre ella y nosotros, de sus despojos. Ibamos á perecer, mas aquella masa desapareció arrastrada rápidamente en dirección Noroeste.» (Duncan, 1826).

En 1818, después de la guerra europea, reemprendióse esa guerra contra la Naturaleza, la investigación del gran paso, iniciándose con un grave y extraño acontecimiento. El intrépido capitán John Ross, mandado con dos buques á la bahía de Baffin, fué víctima de las fantasmagorías de ese mundo misterioso. Habiendo visto una tierra que sólo existía en su imaginación, sostuvo que no se podía pasar más adelante. A su regreso fué objeto de las mayores censuras, diciéndosele que no había osado aventurarse; y hasta se le impidió tomar el desquite y que rehabilitara su honor perdido. Un comerciante de licores de Londres propúsose adelantar al Imperio británico, y, al efecto, dió cien mil francos á Ross, con los cuales armó otra expedición y volvió al polo, resuelto á pasar ó á morir. ¡Ninguna de estas dos cosas pudo lograr! Empero se estuvo no sé cuántos inviernos, ignorado, olvidado en medio de tan terribles soledades. Algunos balleneros que encontraron aquella especie de salvaje lo trasladaron á su país, preguntándole antes si, por casualidad, había visto al _difunto capitán John Ross_.

Su teniente Parry, que tenía la seguridad de poder pasar, hizo al efecto cuatro esfuerzos desesperados, unas veces por la bahía de Baffin y el Oeste, y otras por el Spitzberg y el Norte. Parry llegó á descubrir algo, avanzando atrevidamente en un trineo-barca, que unas veces flotaba y otras recorría los hielos. Pero éstos invariables en su camino del Sur, le llevaban siempre hacia atrás, de suerte que tampoco logró franquear el paso.

El año 1832 un joven valeroso, de nación francés y llamado Julio de Blosseville, quiso que la gloria de ese paso perteneciera á la Francia, y, al efecto, puso á disposición de la empresa su vida y sus caudales, pereciendo en la demanda. Su primera dificultad fué obtener un buque á gusto suyo: diósele el _Lilloise_, que empezó á hacer agua el mismo día de su partida. (Véase el informe de su hermano). Blosseville reparó la embarcación de su propio peculio, empleando en ello ocho mil pesos, y en tan peligroso vehículo acometió la empresa de abordar la Costa de Hierro, la Groenlandia oriental. Todo indica que ni siquiera llegó á verla, pues jamás se ha tenido noticia de aquella expedición.

Las de los ingleses eran otra cosa: hacíanse los preparativos con gran prudencia, aunque el resultado fuese idéntico. En 1845 el malogrado Franklin se perdió entre los hielos. Por espacio de doce años se le buscó, demostrando en ello Inglaterra una obstinación muy honrosa. Todos ayudaron en esta empresa, que costó la vida á americanos, á franceses y á súbditos de otras naciones. Los picos, los cabos de la región desolada, al lado del nombre de Franklin ostentan el de nuestro Bellot y tantos otros que abandonaron el dulce regalo de la vida normal para salvar la de un inglés. Por su lado John Ross habíase ofrecido á dirigir á los nuestros en busca de Blosseville, organizando por sí mismo la expedición. La sombría Groenlandia se engalana con tales recuerdos, que el desierto deja de serlo cuando se leen esculpidos en él esos nombres, mudo testimonio de la fraternidad universal.

Lady Franklin ha demostrado una fe admirable. Nunca llegó á imaginarse viuda; incesantemente solicitó el equipo de nuevas expediciones. Esta señora juraba y perjuraba que su esposo no había muerto, y defendió tan bien su causa, que al cabo de siete años de haberse perdido recibía el título de contralmirante. Tenía razón lady Franklin; su marido vivía. En 1850 viéronle los esquimales (dicen ellos) en compañía de unos sesenta hombres: luego, sólo fueron treinta, privados de andar y de cazar y alimentándose con la carne de los que morían. Si se hubiese creído á lady Franklin, el gran explorador inglés no pereciera en medio de los hielos. Decía la señora (y el sentido común lo indicaba también) que debía buscársele al Sur: que un hombre, en la situación desesperada de su marido, no sería tan loco de agravarla encaminándose hacia el Norte. El Almirantazgo, al cual probablemente inquietaba menos la suerte de Franklin que el famoso paso, indicaba siempre á sus expedicionarios el camino del Norte. Desesperada la pobre señora acabó por emprender ella misma lo que se le rehusaba con tal tenacidad, y equipando con gran desembolso un buque, emprendió el camino del Sur. Mas, era tarde: lo único que se encontró del célebre Franklin, fueron sus huesos.

* * *

Mientras tanto, llevábanse á cabo algunos viajes más largos al par que más afortunados hacia el polo antártico. Aquí, nada de esa mezcla de tierra, mar, hielos y deshielos tempestuosos que constituyen la faz horrible de la Groenlandia; sino un gran mar sin límites, con oleaje fuerte y violento. Osténtase en esa región un inmenso ventisquero mucho más extenso que el nuestro, y poca tierra. La porción de ésta que se ha visto ó creído ver deja en la duda si serán playas variables, una simple faja de hielos continuos y acumulados. Todo cambia allí al compás de los inviernos. Morel en 1820, Wedell en 1824 y Ballerry quince años después, encontraron una sesgadura, penetraron en un mar libre que otros muchos no han podido hallar después.

El francés Kerguelen y el inglés James Ross lograron resultados positivos, encontrando tierras verdaderas.

El primero descubrió en 1771 la gran isla Kerguelen, llamada _Desolation_ por los ingleses. De doscientas leguas de extensión, tiene fondeaderos excelentes, y, á pesar del clima, una vida animal bastante rica en focas y aves, con las que puede aprovisionarse cualquiera embarcación. Este descubrimiento glorioso, que Luis XVI al subir al trono recompensó con un grado, causó la pérdida de Kerguelen, á quien se atribuyeron varios crímenes; ensañándose contra él la furiosa rivalidad de los oficiales nobles, sus émulos declararon en contra suya. Desde el fondo de un calabozo de seis pies en cuadro firmó Kerguelen la narración de su descubrimiento (1782).