Chapter 14
Guerra noble, grande escuela de valientes. Aquella pesca no era como ahora una fácil carnicería emprendida prudentemente á lo lejos por medio de una máquina: heríase al monstruo con la mano, arriesgábase la vida á cada paso. Verdad es que era escasa la matanza de ballenas, pero el hombre ejercitábase en la marinería, en actos de paciencia, de sagacidad, de intrepidez. Los balleneros traían de sus excursiones menor cantidad de aceite y mayor dosis de gloria.
Cada nación demostraba en aquella lucha su genio peculiar. Reconocíase á los pescadores en el modo de portarse. Hay mil formas de valentía, y sus variedades graduadas eran como una escala heroica. En el Norte los escandinavos, las razas rojas (desde Noruega á Flandes), con su furor sanguíneo; en el Mediodía, la intrepidez vasca y la locura lúcida que tan bien supo guiarse alrededor del mundo; en el centro, la firmeza bretona, muda y paciente, pero de una excentricidad sublime en el momento del peligro; finalmente, la discreción normanda, armada de la asociación y de la mayor previsión, valor calculado, desafiándolo todo, se entiende cuando está segura del éxito. Tal era la belleza del hombre en esa manifestación soberana.
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Mucho tenemos que agradecer á la ballena: sin ella, los pescadores no se habrían movido de las costas, pues apenas hay pez que no sea ribereño. Ella los emancipó, llevándolos á todas partes. Arrastrados, fascinados por el monstruo, se engolfaron en el Océano y, de etapa en etapa, detrás de él siempre, encontráronse haber pasado del uno al otro mundo.
Entonces, los hielos no eran tan compactos, y aseguran haber llegado al polo (esto es, distaban de él siete leguas). La Groenlandia no les sedujo: ellos no iban en busca de tierras, sino del mar y de los parajes frecuentados por la ballena. Todo el Océano la sirve de refugio, paseándose por él, especialmente en alta mar. Cada especie da la preferencia á cierta latitud, á una zona de aguas más ó menos fría. He aquí lo que trazó las grandes divisiones del Atlántico. La muchedumbre de ballenas inferiores que tienen una nadadera sobre el lomo (ballenópteros) se encuentran en los puntos más cálidos y fríos (la Línea y los mares polares).
En la gran región intermedia, el feroz cachalote se inclina al Sur, devastando las aguas tibias. La ballena franca, al contrario, las teme, mejor dicho, las temía (¡es tan rara al presente!). Sustentada ante todo de moluscos y de otras existencias elementales, búscalas en las aguas templadas, un poco al Norte. Jamás se la veía surcar las cálidas corrientes del Mediodía, lo cual dió margen á que se observara la corriente, y trajo el descubrimiento esencial de _la verdadera ruta de América á Europa_. De Europa á América, uno es llevado por los vientos alisios.
Si la ballena franca abomina las aguas calientes y no puede pasar el Ecuador, tampoco le será dado dar la vuelta á la América. ¿Cómo es, pues, que una ballena herida en este lado del Atlántico es vista á veces en el otro, entre la América y el Asia? _Porque existe un paso al Norte._ Segundo descubrimiento. Vivo resplandor esparcido tocante á la forma del globo y la geografía de los mares.
Por grados la ballena hanos conducido á todas partes. Muy rara al presente, nos obliga á revolver los dos polos, el último rincón del Pacífico en el estrecho de Behring, y el infinito de las aguas antárticas. Existe una región inmensa que ninguna embarcación, ni de guerra ni mercante, ha atravesado todavía, algunos grados más allá de las puntas de América y de Africa. Nadie la huella sino los balleneros.
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A haberse querido, los grandes descubrimientos del siglo XV se verificaran mucho antes. Bastaba ponerse en contacto con los vagabundos del mar, los vascos, los islandeses ó noruegos, y nuestros normandos. Mas, por motivos distintos, se desconfiaba de ellos. Los portugueses sólo admitían en su servicio á hombres de su nación y de sus escuelas que ellos mismos formaran; temían á nuestros normandos, á quienes expulsaban y desposeían de la costa de Africa. Por otro lado, los Reyes de Castilla tuvieron siempre por gentes sospechosas á sus súbditos los vascos, quienes merced á sus privilegios constituían una especie de república, y además pasaban por hombres peligrosos, indomables. Esto fué causa de que se malograra más de una empresa de las ideadas por aquellos Príncipes. Bastará citar una sola, la de la armada Invencible. Había al servicio de Felipe II dos ancianos almirantes vascongados, pero el soberano español quiso dar el mando de la Invencible á un castellano. Sucedió lo que habían predicho los dos marinos vascos: la escuadra se fué á pique.
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Una enfermedad terrible acababa de estallar en el siglo XV: el hambre, la sed del oro, la necesidad absoluta de poseer este metal. Pueblos y reyes, todos deliraban por obtenerlo. Ya no era posible equilibrar los gastos con los ingresos. Moneda falsa ó de baja ley, crueles pleitos y guerras atroces, todo se ensayaba, mas el oro no venía. Los alquimistas prometían hacerlo, pronto, muy pronto, pero era preciso esperar. El fisco, cual furioso león hambriento, devoraba judíos, devoraba moros, y de tan rico manjar no quedaban ni los huesos.
Otro tanto acontecía con el pueblo. Flaco y roído hasta los tuétanos, pedía un milagro que hiciera llover oro.
Todo el mundo ha leído la magnífica historia de Sindbad (_Mil y una noches_), y se recordará cómo empieza, historia eterna que todos los días se renueva. El pobre obrero Hindbad, las espaldas cargadas de leña, oye desde la calle la música y algazara que hay en el palacio del rico viajero Sindbad, y haciendo comparaciones asáltale el demonio de la envidia; pero Sindbad le cuenta cuánto ha sufrido para obtener aquel oro que tanto le deslumbra. Hindbad queda asustado de la narración. El efecto que produce el cuento es exagerar los peligros y al propio tiempo los beneficios de la gran lotería de los viajes, desanimando de paso el trabajo sedentario.
La leyenda que en el siglo XV tenía trastornadas las cabezas de grandes y pequeños, de pobres y ricos, era una reminiscencia de la fábula de las Hespérides, un _Eldorado_, tierra del oro, colocada en las Indias y que se sospechaba ser el paraíso terrenal, subsistente en este mundo de pesares. Sólo faltaba encontrarlo. Nadie se cuidaba de buscarlo al Norte, y he aquí por qué se hizo tan poco caso del descubrimiento de Terranova y de la Groenlandia. Al Mediodía, por el contrario, habíase encontrado (en Africa) cierta cantidad de oro en polvo. No se necesitaba más para cobrar ánimo.
Los soñadores y los eruditos de un siglo pedantesco amontonaban y comentaban los textos; y el descubrimiento, harto fácil en sí, se dificultaba á fuerza de lecturas, de reflexiones, de quiméricas utopías. ¿Era ó no era el paraíso esa tierra del oro? ¿Estaba situada en los antípodas? ¿Existían acaso dichos antípodas?... Al oir eso los doctores, los hombres de sotana, reprendían á los sabios, recordándoles que sobre el particular la doctrina de la Iglesia era formal, habiendo sido condenada expresamente la herejía de los antípodas.
¡Grave dificultad! Nadie se atrevía á pasar adelante.
¿Por qué la América, conocida ya, era tan difícil de descubrir? Porque se quería y se temía á la vez encontrarla.
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El sabio librero italiano, Colón, sabía bien lo que se hacía. Había estado en Islandia recogiendo las tradiciones; y, por otra parte, los vascos le comunicaban cuanto sabían de Terranova. Un gallego había hecho aquel viaje y habitado la tierra, y Colón asocióse con pilotos establecidos en Andalucía, los Pinzones, que se cree eran de la familia de los Pinçon de Dieppe.
Este último punto no deja de ser verosímil. Nuestros normandos y los vascos, súbditos de Castilla, estaban en íntimas relaciones. Estos son los nombrados _castellanos_ que á las órdenes del normando Bethencourt emprendieron la célebre expedición de las Canarias (Navarrete). Nuestros reyes concedieron privilegios á los _castellanos_ establecidos en Honfleur y Dieppe, mientras que los dieppenses poseían factorías en Sevilla. No puede afirmarse que un dieppés haya descubierto la América cuatro años antes que Colón; empero poca duda cabe que los Pinzones de Andalucía eran armadores normandos.[2]
Ni vascos ni normandos habrían logrado hacerse autorizar por el reino de Castilla. Fué menester un italiano hábil y elocuente, un genovés obstinado que prosiguió la empresa quince años consecutivos, que supo aprovechar la hora propicia y descartar todos los escrúpulos. La ocasión oportuna fué cuando la guerra de conquista contra los moros costaba tan cara á Castilla, cuando de todas partes oíase el clamoreo de: _¡oro! ¡oro!_ Fué cuando la España victoriosa deliraba por su gran cruzada y establecía el tribunal de la Inquisición. El italiano se agarró á esta palanca, convirtiéndose en más devoto que los devotos. Obró por la Iglesia misma: representóse á Isabel como un caso de conciencia el dejar tantas naciones paganas envueltas en las sombras de la muerte; fuéla demostrado con toda claridad que descubrir el país del oro equivalía al exterminio del turco y á la reconquista de Jerusalén.
Sabido es que de las tres carabelas que formaron la expedición, dos fueron suministradas por los Pinzones que las comandaban. Ellos tomaron la delantera. Verdad que uno se engañó; mas los otros dos, Francisco Pinzón y su joven hermano Vicente, piloto del barco _Niña_, indicaron á Colón que debía seguirles al Suroeste (12 de octubre de 1492). El italiano, que se encaminaba en derechura al Oeste, hubiese encontrado en toda su fuerza la cálida corriente que de las Antillas se dirige á Europa, y mucho le habría costado salvar aquel líquido muro, pereciendo ó navegando con tal lentitud que su tripulación se revoltara. Los Pinzones, por el contrario, poseyendo tal vez algunas tradiciones sobre aquel viaje, navegaron como si conociesen dicha corriente, no afrontándola á su salida, sino que, declinando al Sur, pasaron sin trabajo y abordaron en el mismo punto donde los vientos alisios empujaban las aguas del Africa hacia la América, en los límites de Haití.
Esto está corroborado por el diario mismo de Colón, que confiesa con franqueza que los Pinzones le guiaban.
¿Quién fué el primero que divisó la América? Un marinero de la tripulación de los Pinzones, si hemos de dar crédito á la investigación hecha por orden del Rey en 1513.
Según esto, era de presumir que una buena parte de las ganancias y de la gloria correspondería á los Pinzones. Armóse un pleito, y el Rey se decidió en favor de Colón. ¿Por qué? Porque (con toda verosimilitud) los Pinzones eran normandos, y España prefirió reconocer el derecho de un genovés sin estabilidad y sin patria al de los franceses, de la gran nación rival, de los súbditos de Luis XII y de Francisco I, que algún día hubieran podido transferir ese derecho á sus soberanos. Uno de los Pinzones murió de pesar.
Fuera de esto, ¿quién había sabido levantar el grande obstáculo de la repugnancia religiosa, empleando toda su elocuencia, su destreza y perseverancia para decidir los ánimos en favor de la expedición? Colón y sólo Colón. El era el único creador de la empresa y fué asimismo su heroico ejecutor. Así, pues, merece la gloria que le ha dado la posteridad.
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Opino, como M. Julio de Blosseville (corazón noble, buen juez de los grandes hechos), opino que lo único difícil que hubo en esos descubrimientos fué el dar la vuelta al mundo, la empresa de Magallanes y de su piloto Sebastián de Elcano.
El acto más brillante, el más fácil, había sido la travesía del Atlántico, al impulso de los vientos alisios, el encuentro de la América, descubierta de tiempo atrás al Norte.
Los portugueses llevaron á cabo una empresa menos extraordinaria que ésta, empleando un siglo en el descubrimiento de la costa occidental de Africa. Nuestros normandos, en poco tiempo habían encontrado la mitad de ella. A pesar de cuanto se ha dicho de la escuela de Lisboa y de la loable perseverancia del príncipe Enrique su fundador, el veneciano Cadamosto da testimonio en su relación de la escasa habilidad de los pilotos portugueses. Cuando tuvieron entre ellos uno verdaderamente intrépido y hombre de genio, Bartolomé Díaz, que dobló el Cabo, reemplazáronlo con Gama, gran señor de la casa real y afamado guerrero. Preocupábanse más los portugueses de las conquistas y de los tesoros que con ellas pudiesen ganar que de los descubrimientos propiamente dichos. Gama fué un modelo de valientes, empero tomó harto al pie de la letra las órdenes que llevaba de no sufrir á nadie en los mismos mares que él recorría. Habiendo pasado bárbaramente á cuchillo una nave cargada de peregrinos que venía de la Meca, levantóse un clamor general contra los de su nación y aumentó en todo el Oriente el horror que inspiraba el nombre cristiano, cerrándose con tal acto más y más las puertas del Asia.
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¿Es cierto que Magallanes había visto el mar Pacífico señalado en un globo por el alemán Behaim? No, ese globo no lo conoce nadie. ¿Habría visto en casa de su amo, el Rey de Portugal, algún mapa que lo indicara? Así se ha dicho, pero nadie lo ha probado. Más probable es que los aventureros que hacía cosa de veinte años recorrían el continente americano, hubieran visto, pero visto con sus propios ojos, el mar Pacífico. Ese rumor que circulaba acordábase muy bien con la idea que daba el cálculo de tal contrapeso, necesario al hemisferio que habitamos y al equilibrio del globo.
No hay existencia más azarosa que la de Magallanes. Constitúyenla combates, viajes á lejanas tierras, huídas y litigios, naufragios, asesinato frustrado, y finalmente, pérdida de la vida en manos de los salvajes. Bátese en Africa; bátese en las Indias; se casa entre los malayos, tan bravos y feroces, y él mismo parece haber sido uno de tantos.
Durante su larga permanencia en Asia recoge todos los informes, prepara su grande expedición, su tentativa de encaminarse por la América á las islas de las especias, las Molucas. Comprándolas en la misma fuente, naturalmente que serían más baratas que sacándolas como hasta entonces del occidente de la India. De manera que en su origen la empresa fué completamente mercantil... (Véase á Navarrete, F. Denis, Charton). Una baja sobre la pimienta fué la inspiración primitiva del viaje más heroico que se ha hecho en nuestro planeta.
Por aquellos tiempos, el espíritu cortesano, la intriga, teníanlo dominado todo en Portugal. Agraviado Magallanes, pasó á España, y el magnánimo Carlos V le dió cinco naves, si bien no osó fiarse enteramente de un tránsfuga portugués, y por lo tanto impúsole un socio castellano. Magallanes partió entre dos peligros: la malevolencia castellana y la venganza de sus compatricios, que querían asesinarle. La tripulación no tardó en amotinarse, desplegando nuestro héroe con tal motivo un terrible heroísmo, indomable, bárbaro. Hizo poner grillos á su compañero, proclamándose jefe único, al paso que los recalcitrantes eran apuñaleados, degollados, desollados vivos.--Y en medio de todo eso sonó la voz de «¡naufragio!» y se perdieron algunos barcos.--Nadie quería seguirle, cuando los navegantes contemplaron atemorizados el aspecto aterrador de la punta de América, la desolada Tierra del Fuego, y el fúnebre cabo Forward. Esa comarca, arrancada del Continente por violentas convulsiones, por la furiosa ebullición de mil volcanes, aseméjase á una tormenta de granito. Hinchada, resquebrajada por un enfriamiento repentino, su aspecto es horroroso. Vense no más que agudos picos, campanarios excéntricos, espantosas y negras mamilas, dientes atroces de tres puntas, y toda esa masa de lava, de basalto, de fundiciones de fuego, está coronada de lúgubre nieve.
Las tripulaciones estaban aburridísimas, pero Magallanes dijo: _¡Adelante!_ y buscó, dió vueltas, desenmarañóse en medio de cien islas, penetró en un mar sin límites, aquel día _pacífico_, cuya denominación ha conservado.
El intrépido navegante encontró su tumba en las Filipinas. Había perdido cuatro buques, y el único que quedaba la _Victoria_, sólo tenía trece hombres, pero contábase entre ellos el gran piloto, el intrépido é invulnerable vasco Sebastián de Elcano, que regresó solo de su expedición (1521), habiendo sido el primer mortal que diera la vuelta al mundo.
Ninguna empresa había más grande que aquélla. Desde ese día, el globo estaba seguro de su esfericidad. La maravilla física del agua tendida uniformemente sobre una bola á la que se adhiere sin desviarse, ese milagro, acababa de ser demostrado. Por fin era conocido el mar Pacífico, el grande y misterioso laboratorio donde, lejos de nuestras miradas, la Naturaleza trabaja profundamente la vida, elaborándonos nuevos mundos, nuevos continentes.
Revelación de gran alcance, no sólo material, sino también moralmente, que centuplicaba la audacia del hombre y le lanzaba á otro viaje sobre el libre Océano de las ciencias, al esfuerzo (temerario, fecundo) de dar la vuelta á lo infinito.
III
La ley de las tempestades.
De ayer sólo data la construcción de buques á propósito para la navegación austral, siendo la oleada tan fuerte y dilatada en aquellos mares, que forma verdaderas montañas. ¿Qué pensar de esos primitivos navegantes, los Díaz y los Magallanes, que se aventuraron á surcarlos metidos en las pesadas y diminutas cáscaras de aquellos tiempos?
En particular, para los mares polares, tanto árticos como antárticos, requiérense buques exprofeso. Valor necesitaban los que, cual Cabot, Brentz y Willoughby, montados en barquichuelos informes, remontando el torrente de hielos, afrontaron el Spitzberg, abrieron la Groenlandia por su fúnebre entrada, el cabo _Adiós_, introduciéndose hasta aquel rincón donde aun en nuestros días han ido á estrellarse doscientos barcos balleneros.
El lado sublime en esos héroes de otros tiempos, es su misma ignorancia, su ciega intrepidez, su resolución desesperada. No conocían el mar, teniendo que desafiar espantosos fenómenos cuya causa ni siquiera sospechaban: la misma ignorancia respecto á las cosas del cielo. Su único norte era la brújula. No había que hablarles de ninguno de esos instrumentos físicos que nos guían y nos dan fórmulas las más exactas, pues iban con los ojos cerrados y envueltos entre tinieblas. Estaban como aterrorizados, confiésanlo sin rebozo, empero no había nadie capaz de desaferrarlos de sus ideas. Las borrascas marítimas, los torbellinos de la atmósfera, los trágicos diálogos de los dos Océanos, las tormentas magnéticas llamadas auroras boreales, toda esa fantasmagoría parecíales la Naturaleza furiosamente turbada é irritada, la lucha de Satanás.
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Durante tres siglos, los progresos fueron lentos. Cook y Perón son un ejemplo de lo difícil, peligrosa é incierta que era la navegación aun en tiempos tan inmediatos á los nuestros.
Al valeroso Cook, hombre de imaginación muy viva, causó impresión aquel espectáculo y dice en su diario: «Es tan grande el peligro, que me atrevo á decir que nadie intentará ir más lejos que yo.»
Y sólo después que los viajes se hicieron más regulares, se traspasaron los límites marcados por él.
Un gran siglo, siglo Titán, el diecinueve, ha logrado observar fríamente esos objetos. Es el primero que osara mirar frente á frente la tempestad, anotar su furia, escribir, digámoslo así, bajo su dictado. Sus presagios, sus caracteres, sus resultados, todo hase registrado. Luego vino la explicación y vulgarización, surgiendo un sistema á que se aplicó un título atrevido y que en otro tiempo hubiérase tenido por una impiedad: _La ley de las tempestades_.
De suerte que lo que se creyera un capricho había de llegar á convertirse en ley. Esos hechos terribles, tomando ciertas formas regulares, perderían en gran parte su potencia de desvarío. Tranquilo y fuerte el hombre, en medio del peligro imaginaríase si acaso no pueden oponérsele medios de defensa regulares también. En una palabra, si la tempestad llegase á constituir una _ciencia_, ¿no podría crearse un _arte_ de salvación? ¿Un arte para evitar los huracanes, y aun _aprovecharse_ de ellos?
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Esa ciencia no pudo iniciarse mientras se estuvo aferrado á las ideas antiguas que atribuían las borrascas «al capricho de los vientos.» Una observación atenta dejó probado que los vientos carecen de caprichos, que son el accidente, á veces el agente de la borrasca, y ésta, por lo general, un _fenómeno eléctrico_ que á menudo se pasa de ellos.
El hermano del convencionalista Romme (principal autor del calendario) sentó las primeras bases. Habían notado los ingleses que, en las borrascas de la India navegaban largo tiempo sin adelantar un paso, encontrándose después de ellas en el mismo sitio donde les habían cogido. Romme reunió todas las observaciones, demostrando que otro tanto sucedía durante las tempestades de la China, del Africa y del mar de las Antillas, y fué el primero en notar que los ventarrones rectilíneos son más raros, que generalmente toda borrasca tiene el _carácter circular_, que es un torbellino.
La tempestad arremolinada de los Estados Unidos en 1815, la de 1821 (este año hubo una gran erupción del Hecla), en que los vientos soplaban de todos los puntos hacia el centro, despertaron la atención de la América y de la Europa. Brande en Alemania, al mismo tiempo que Redfield en Nueva York siguieron las huellas de Romme, estableciendo la ley siguiente: que en general era la tempestad un _torbellino progresivo que avanza dando vueltas sobre sí mismo_...
En 1838, el ingeniero inglés Reid, que de orden superior pasó á la Barbada después de la célebre tormenta que causó mil quinientas víctimas, determinó el doble movimiento de rotación. Empero su gran descubrimiento consiste en haber observado, formulado: _Que en nuestro hemisferio boreal la tempestad va de derecha á izquierda_, es decir, parte del Este, va al Norte, da la vuelta al Oeste y al Sur, para volver al Este. _En el hemisferio austral la tempestad va de izquierda á derecha._
Observación de grandísima utilidad práctica que guía en adelante la maniobra.
De suerte que Reid estuvo muy exacto dando á su libro el pomposo título: _De la ley de las tempestades_.
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Era la ley de su _movimiento_, no la explicación de su causa: no indicaba con esto lo que las produce y lo que son en sí.
Luego, reaparece la Francia. Peltier (_Causas de las trombas_, 1840) estableció por medio de innumerables hechos y con sus ingeniosos experimentos, que las trombas de tierra y de mar _son fenómenos eléctricos_, en que los vientos sólo desempeñan un papel secundario. Hace cien años que Beccaria había sospechado lo mismo. Empero estaba reservado á Peltier penetrar el asunto reproduciéndolo, hacer trombas en miniatura y tempestades de entretenimiento.
Las trombas eléctricas nacen desde luego cerca de los volcanes, en los respiraderos del mundo subterráneo, siendo más comunes en los mares asiáticos que en los nuestros.
El Atlántico, abierto en ambas extremidades y recorrido á lo largo por los vientos, está menos sujeto á trombas, pero en cambio se sienten en él con más frecuencia los ventarrones rectilíneos. Con todo, Piddington cita un sinnúmero de circulares habidos en ese mar.
Durante los años 1840 á 1850 hiciéronse en Calcuta y Nueva York las inmensas compilaciones de Piddington y de Maury. Este último ha adquirido un nombre muy ilustre gracias á sus mapas, sus _Direcciones_ y su _Geografía del mar_, evangelio de la Marina en nuestros tiempos. Piddington, menos artista, pero tan sabio como el norteamericano, en su _Guía del marino_, enciclopedia de las tempestades, da los resultados de una ilimitada experiencia, los medios minuciosos de calcular la proximidad ó distancia del _ciclone_ ó torbellino, de fijar su rapidez, de apreciar la curva que describen los vientos, la naturaleza de las distintas olas. Este sabio ha corroborado los juicios de Peltier, adoptado la causa eléctrica, y refutado las explicaciones que se buscaban en los vientos tomando el efecto por la causa.
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