Chapter 13
La pesadez, fatal á la ballena, esto todavía más para los seres que nos ocupan. Reduzcamos aún el tamaño, aligeremos su gordura, ablandemos la espina, y sobre todo, suprimamos esa cola, ó más bien, dividamos la horquilla en dos apéndices carnosos que serán de mayor utilidad. El nuevo ser (foca), más ágil, buen nadador, pescador excelente, viviendo del mar, pero celebrando en tierra sus festines amorosos (la tierra es el pequeño paraíso de las focas), empleará su vida en el esfuerzo de volver á ella continuamente y llegar á la roca donde le convidan á estar su mujer y sus hijos, y donde les provee de pescado. Con la caza en el hocico, careciendo de las armas defensivas que ayudaban á trepar á la morsa, pone sus cuatro miembros arriba y abajo, agarrándose á los fucos, dilatando, dividiendo cada uno de ellos según puede, de suerte, que, ramificado á la larga, muestra cinco dedos.
Lo magnífico que tiene la foca, lo que conmueve al ver su cabeza redonda, es la capacidad del cerebro. Ningún otro ser, exceptuando el hombre, lo tiene tan desarrollado (Boitard). La impresión que uno siente es fuerte, mucho más que la que produce el mono, cuyas muecas nos son antipáticas. Nunca olvidaré las focas del Jardín Zoológico de Amsterdam, delicioso museo, tan rico y bien organizado, y uno de los sitios más encantadores que existen en el mundo. Era el día 12 de julio, y acababa de caer una lluvia huracanada: el aire era pesado; dos focas procuraban refrescarse en el fondo del agua, nadando y dando saltos. Al reposarse, fijaron en mí, inteligentes y simpáticas, sus suaves ojos aterciopelados. La mirada era un poco triste: tanto á ellas como á mí, nos faltaba el idioma intermedio para comprendernos. Cuando uno las mira, no puede despegar los ojos de ellas; siente que ha ya aquella barrera eterna entre alma y alma.
La tierra es su patria adorada ó del corazón: en ella nacen, allí tienen sus amores; heridas, á la tierra van á morir. A la tierra conducen sus hembras preñadas, las acuestan sobre las algas y las sustentan con pescado. Las focas son tímidas, excelentes vecinas y mutuamente se defienden; sólo que en la época del celo, se apodera de ellas una especie de delirio y se baten. Cada macho es dueño de tres ó cuatro compañeras, que instala en tierra sobre una roca musgosa suficientemente grande. Aquél es su dominio, no permitiendo que nadie lo usurpe y haciendo respetar su derecho de ocupación. Las hembras son más tímidas que los machos y están indefensas. Si se las daña, no saben más que llorar y agitarse dolorosamente lanzando miradas de desesperación.
Llevan nueve meses en sus entrañas el fruto de sus amores, y amamantan á su hijuelo otros cinco ó seis, enseñándole á nadar, á pescar, á elegir los alimentos más suculentos; y tendríalo más tiempo á su lado si el marido no se volviera celoso: éste le expulsa, temeroso de que la harto débil madre no le dé en él un rival.
* * *
Educación tan corta, ha limitado sin duda los progresos que hubiese podido hacer la foca. La maternidad sólo es completa entre los lamantinos, tribu excelente en que los padres no tienen ánimo para despedir al hijo. La madre lo conserva á su lado durante largo tiempo. Nuevamente preñada, y aun cuando amamanta un segundo hijo, vésela llevar consigo al primogénito, joven macho que el padre no maltrata, que también estima y deja á la madre.
Esa ternura extrema, particular á los lamantinos, hase manifestado en la organización por un progreso físico. En la foca, nadador famoso, y en el elefante marino, tan pesado, el brazo es una nadadera, estando apretado y ligado al cuerpo, y no puede desprenderse. Mas el lamantín hembra, tímida mujer anfibia, _mama di l'eau_, como dicen los negritos de las colonias francesas, produce el milagro: todo se desliga, por un esfuerzo constante. La Naturaleza se ingenia con la idea que la atormenta de acariciar al pequeñuelo, abrazarlo y acercárselo á los pechos. Ceden los ligamentos, se dilatan, desprendiendo el antebrazo, y de ese brazo surge un pólipo aplanado.--Esta es la mano.
De manera que el lamantín goza de tan suprema dicha: con su mano abraza al hijuelo para estrecharlo contra su pecho, y, agarrándolo, colócalo sobre su corazón.
He aquí dos grandes cosas que podían llevar muy lejos á esos anfibios:
En ellos ya existe la mano, el órgano de la industria, el instrumento esencial para el trabajo venidero. Que se ablande y auxilie á los dientes, como entre los castores, y empezará el arte; primeramente el arte de abrigar á la familia.
Por otro lado, hácese posible la educación. El hijuelo colocado sobre el corazón de la madre, empápase lentamente en su vida, permaneciendo mucho tiempo á su lado y en la edad á propósito para aprender; todo esto es debido á la bondad del padre que no rechaza al inocente rival. Y ahí está el progreso.
* * *
Si hemos de dar crédito á ciertas tradiciones, el progreso no quedó limitado á esto. Desarrollados los anfibios, asemejados á la humana forma, habríanse trocado en semihombres, en hombres de mar, tritones ó sirenas. Sólo que, al revés de las melodiosas sirenas de la fábula, éstos hubieron permanecido mudos, impotentes para constituirse un lenguaje, para entenderse con el hombre y moverle á compasión. Talas razas han desaparecido, dícese, del mismo modo que vemos desaparecer al infortunado castor que si bien no puede hablar, llora.
Hase dicho con harta ligereza que aquellas extrañas figuras no eran otra cosa que focas. Mas, ¿cabe engaño en ello? Todas las especies de focas que existen son conocidas desde mucho tiempo atrás. En el siglo VII, en vida de San Columbano, ya se pescaba y se comía su carne.
Los hombres y mujeres de mar de que se hace referencia en el siglo XVI, fueron vistos no sólo rápidamente en medio del líquido elemento, sino que se les trajo á tierra, se les paseó por ella, y vivieron en grandes centros de población tales como Amberes y Amsterdam, en los palacios de Carlos V y Felipe II, y por lo tanto estuvieron bajo las miradas de Vesale y de los primeros sabios de aquella época. Se hace mención de una mujer marina que vivió luengos años en hábito religioso en un convento donde á todos era dado verla. No hablaba, pero sí se entretenía en hilar y en otros quehaceres. Con todo, el agua la atraía y empleaba toda su inteligencia para volver á su querido elemento.
Diráse: Si realmente han existido esos seres, ¿por qué fueron tan raros? ¡Ay! La respuesta nos viene á la mano. Eran raros porque se acostumbraba á matarlos.
Teníase por pecado dejarles la vida, «pues estaban clasificados entre los _monstruos_». Así se expresan las antiguas narraciones.
Todo cuanto se alejaba de las formas conocidas de la animalidad, y cuanto por el contrario se aproximaba á las del hombre, era reputado _monstruo_ y se le daba pasaporte para el otro mundo. La madre, asaz desgraciada para dar á luz un hijo disforme, no podía librarlo: ahogábasele entre los colchones de la cama, suponiéndose ser hijo del diablo, una invención de su malicia para ultrajar á la Creación y calumniar á Dios. Por otra parte, á esos sirenos, demasiado análogos con el hombre, teníaselos con más razón por una ilusión diabólica, y tal era la abominación que causaban en la Edad Media, que su aparición señalábase cual un espantoso prodigio que Dios, en su justa cólera, permite para aterrorizar al pecado. Apenas nadie se atrevía á citarlos, apresurándose á hacerlos desaparecer. El siglo XVI, más atrevido, creíalos todavía «diablos disfrazados de hombre,» indignos de ser tocados más que con el arpón. Cada día se hacían más raros, cuando á algunos descreídos pasóles por la imaginación especular con ellos conservándolos y enseñándolos.
¿Nos ha quedado siquiera algún resto, alguna osamenta de ellos? Sabrémoslo cuando los museos de Europa comiencen á exponer todos sus inmensos depósitos. Falta espacio, no lo ignoro, y nunca habrá bastante, si para ello se requieren palacios. Empero el más sencillo abrigo, un vasto cobertizo (y nada costoso), permitiría poner á la vista de todo el mundo objetos tan sólidos como los de que aquí se trata. Hasta ahora sólo nos ha sido dado contemplar algunas muestras y ciertas piezas escogidas.
Añadamos que la exposición de los anfibios henchidos de paja, para ser verdadera debe presentar esos _monstruos_ tan idénticos al hombre, de lado y en las posturas en que la ilusión sea más completa. Concededles esa honra, que bien merecida la tienen. Que la madre Foca á la madre Lamantina se ofrezca á mi vista sobre su roca cual sirena, en el primitivo uso de la mano y de las mamas, con su pequeñuelo sobre su seno.
* * *
¿Es decir que esos seres hubieran podido ascender hasta nosotros? ¿Acaso fueron los autores los ascendientes del hombre? Así lo supuso Mallet. Por lo que á mí toca, no lo creo verosímil.
No cabe duda que en el mar tuvo principio todo lo creado, empero no es de los animales marinos superiores que salió la serie paralela en las formas terrestres cuyo remate es el hombre. Estaban ya demasiado fijados, eran harto especiales para dar el blando bosquejo de una naturaleza tan distinta; pues habían llevado muy lejos, agotado casi la fecundidad de sus géneros. En tal caso, los primogénitos perecen; y sólo muy abajo, entre los obscuros segundones de alguna clase pariente, surge la nueva serie que ascenderá más arriba. (Véanse las notas al final del tomo.)
El hombre fué, no su hijo, sino su hermano, un hermano cruelmente enemigo suyo.
* * *
Helo aquí, el fuerte entre los fuertes, el ingenioso, el activo, el cruel rey del mundo. Mi libro se ilumina; mas, en cambio, ¿qué va á enseñarnos? ¡Cuántas cosas tristes he de traer á los resplandores de esa luz!
Ese creador, ese dios tirano, ha tenido el talento de fabricar una segunda Naturaleza en la Naturaleza misma. ¿Y qué hizo de la otra, la primitiva, madre y nodriza á la vez? Con los dientes que le diera, mordió su seno.
Tantos y tantos animales que vivían tranquilamente, se humanizaban y bosquejaban las artes; hoy día azorados, embrutecidos, hanse convertido en bestias. Los monos, reyes de Ceilán, cuya discreción tanta celebridad adquiriera en la India, son ahora unos salvajes horrorosos, ni más ni menos; el brahma de la Creación, el elefante, perseguido, esclavizado, queda reducido á una bestia de carga.
Los más libres entre los seres, en otro tiempo alegría del mar, las tiernas focas y las inofensivas ballenas, pacífico orgullo del Océano, huyeron á los mares polares, al temible mundo de los hielos. Empero no todos pueden sobrellevar tan ruda existencia, y no transcurrirán muchos años sin que desaparezcan por completo.
Una raza desgraciada, la de los campesinos polacos, ha visto brotar de su corazón el sentido, la inteligencia del desterrado mudo, refugiado en los lagos de la Lituania, habiendo pasado á ser proverbial entre ellos que «la persona que hace llorar al castor nunca será afortunada.»
El artista ha quedado relegado al rango de una bestia tímida que ni sabe ni puede nada. Los que habitan todavía la América, retrocediendo y huyendo siempre, no tienen ánimo para ninguna empresa. No ha mucho que un viajero encontró uno de esos animalillos que, tierra adentro, muy adentro, hacia los altos lagos, emprendía de nuevo, si bien con timidez, su oficio, quería fabricar el hogar de la familia, cortaba madera. Al divisar al hombre dejó escapar la madera, y ni siquiera tuvo ánimo para huir: sólo supo llorar.
LIBRO TERCERO
CONQUISTA DEL MAR
I
El arpón.
«Al marinero que llega á la vista de Groenlandia, ningún placer le causa aquella tierra,» dice cándidamente John Ross. No lo dudo. Figuraos una costa de hierro, de aspecto asolador, donde el negro granito escarpado no protege ni siquiera á la nieve; y después, sólo se ven hielos. La vegetación es allí desconocida. Aquella tierra ingrata, que nos oculta el polo, parece un país de muerte y de hambre.
En el muy corto intervalo de tiempo que el agua no está helada, la vida sería posible en aquellos parajes, pero el hielo dura nueve meses en el año. Y durante este tiempo, ¿qué hacer?; y los alimentos, ¿dónde hallarlos? No hay que pensar en buscar. La noche dura varios meses, y en ocasiones es tal su obscuridad, que Kane, rodeado de sus perros, sólo los divisaba merced á la humedad del aliento. En tan dilatadas, muy dilatadas tinieblas, sobre esa tierra desolada, estéril, vestida de hielos impenetrables, erran, no obstante, dos solitarios que se obstinan en vivir allí, en medio de los horrores de un mundo imposible. Es uno de ellos el oso pescador, desabrido, vagabundo bajo su valiosa piel y su gordura, que le permite ayunar á intervalos. El otro, de aspecto singular, á cierta distancia parece un pez sentado sobre su cola, pez mal conformado y desmañado, con largas nadaderas colgantes. Este semi-pez es el hombre. Ambos se ventean y se buscan: los dos están hambrientos. Con todo, el oso á veces huye, rehusa el combate, creyendo á su contrario más feroz y más hambriento que él.
El hombre con hambre es terrible. Sin otra arma que una espina de pez, persigue al enorme animal; empero hubiera perecido cien veces á no tener otro alimento que ese compañero terrible. El poder vivir le costó un crimen. No produciendo nada la tierra, buscó hacia el mar, y como éste estaba cerrado, no tuvo más remedio que sacrificar á su amiga la foca; en ella encontraba concentrada la grasa del mar, el aceite, sin el cual muriérase de frío antes que de hambre.
El groenlandés no sueña más que en ir á habitar la luna al término de su carrera, donde hallará leña á discreción, fuego, en fin, la luz del hogar. En nuestro planeta, el aceite la reemplaza, pues bebiéndolo copiosamente calienta su cuerpo.
Gran contraste entre el hombre y los anfibios soñolientos, que aun en dicho clima saben vivir sin padecer mucho. Bastante lo indican los tiernos ojos de la foca. Nodriza del mar, de continuo está en relación con él, y sabe aprovechar todas las ocasiones para aprovisionarse. Aunque generalmente se la cree muy pesada, se encarama con maña sobre un témpano de hielo y hácese conducir de un lado á otro. El agua cubierta de moluscos, de átomos animados, alimenta superabundantemente á los peces, que á su vez sirven de pasto á las focas, las cuales, bien repletas, duermen sobre su roca muy tranquilas, y con sueño tan pesado, que nada es capaz de interrumpir.
La vida del hombre es enteramente distinta. Parece colocado allí contra la voluntad de Dios, maldito, y todo conspira contra él. En las fotografías que tenemos de los esquimales, léese su destino terrible en la fijeza de la mirada, en sus ojos ceñudos y negros como la noche. Parecen como petrificados por una visión, por el habitual espectáculo de un infinito lúgubre.
Aquella naturaleza de terror eterno ha ocultado con una máscara de bronce su elevada inteligencia, rápida, no obstante, y con mil expedientes en medio de una existencia de peligros imprevistos.
* * *
¿Qué hacer? Su familia estaba hambrienta y sus hijos lloraban: su mujer embarazada tiritaba encima de la nieve. El viento del polo azotábales continuamente con un diluvio de escarcha, con ese torbellino de agudas flechas que punzan y penetran, embrutecen, haciendo perder la voz y los sentidos. Cerrado el mar, no había que pensar en la pesca; pero quedaba la foca. Y ¡cuántos peces no encierra una foca! ¡Qué riqueza de aceite acumulado! El pobre animal estaba allí, dormido, indefenso; y aun despierto, no procura huir; al contrario, consiente que se le acerquen, que le toquen. Al igual del lamantín, para que huya es preciso apalearle; y los que se pescan jóvenes, por más que los rechacéis de á bordo, siempre seguirán al buque. La misma facilidad debió turbar al hombre, hacerle titubear, combatir la tentación; pero el frío pudo más que su voluntad y cometió un asesinato. Desde aquel momento era rico y pudo vivir.
La carne de foca alimentó á aquellos hambrientos; el aceite, absorbido á raudales, calentó sus ateridos cuerpos. Los huesos empleáronse en sinnúmero de usos domésticos; con las fibras se fabricaron cuerdas y redes, y la piel sirvió para cubrir las carnes casi heladas de la mujer esquimal. Su marido usa el mismo traje, con una pequeña diferencia en el corte. Aquélla lo adorna, además, con un cintillo de cuero colocado en el borde, para agradar á su compañero y para que la quiera. Pero lo más útil de todo fué que, mañosamente, fabricaron con pieles cosidas á la ligera, á la par que resistente, máquina donde se aventura aquel hombre intrépido y á la que ha dado el nombre de barca.
Vehículo más que mezquino, largo, delgado y que tan poco pesa, está herméticamente cerrado, menos un agujero do se mete el remero, apretando el cuero á su cintura. El que lo ve, apostaría cualquier cosa que tan frágil barquilla va á zozobrar... No hay cuidado. Vuela como una flecha sobre las olas, desaparece, vuelve á aparecer entre los fuertes remolinos producidos por los hielos y en medio de aquellas flotantes montañas.
Hombre y barquilla no son más que una pieza, un pez artificial. Empero, ¡cuán inferior es á los verdaderos peces! Carece del aparejo, de la vejiga natatoria que sostiene al verdadero, haciéndole á voluntad ligero ó pesado. No tiene en su cuerpo el aceite que, más ligero que el agua, se obstina en sobrenadar y subir á la superficie. Y, sobre todo, carece de lo que da al verdadero pez vigor en sus movimientos, la viva contracción de la espina para golpear fuertemente con la cola: lo único que puede imitar el hombre, aunque muy imperfectamente, son las nadaderas. Sus remos no apretados al cuerpo, sino movidos á distancia por un prolongado brazo, son harto blandos, comparados con los del otro, y pronto se cansan. ¿Quién repara todo esto? La terrible energía del hombre, y bajo esa invariable máscara, su viva razón, que cual relámpago resuelve, inventa y halla, minuto tras minuto, un remedio á los peligros de esa flotante piel que sólo le resguarda de la muerte.
A menudo queda obstruido el paso, encontrándose el esquimal ante una barrera de hierro. Entonces, truécanse los papeles. La barca conducía al hombre, y ahora es éste el que conduce la barca; cárgala sobre sus hombros, atraviesa los crujientes hielos y pónelo á flote más lejos. En ocasiones, salen á su encuentro montañas flotantes que no ofrecen otro paso que largos corredores que se abren y cierran repentinamente; allí puede desaparecer el esquimal con su frágil esquife, quedar enterrado en vida; por momentos, dos de aquellas azuladas montañas tal vez se aproximarán aplastando á él y á su vehículo, hasta dejarlos del espesor de un cabello. Tal suerte cupo á un barco de gran porte; dividido por el medio, los dos pedazos fueron destrozados, aplanados.
* * *
Afirman los esquimales contemporáneos nuestros, que sus padres pescaron la ballena. Menos míseros en aquel tiempo, no era tan frío su país: ingeniábanse mejor, y probablemente conocían el hierro. Tal vez lo recibirían de Noruega ó de Islandia. Las ballenas abundaron siempre en los mares de la Groenlandia. Grande objeto de concupiscencia para aquellos á quienes es el aceite artículo de primera necesidad. El pez dalo gota á gota, la foca á raudales y la ballena á mares.
Un hombre mal equipado, peor armado y mugiendo el mar bajo sus pies, entre tinieblas, en medio de los hielos, fué el primero que intentó tamaña hazaña, y solo, enteramente solo, plantó cara al coloso de los mares.
El fué quien tuvo tal confianza en su fuerza y en su ánimo, en el vigor de su brazo, en la aspereza del golpe, en la pesadez del arpón: él quien creyó poder atravesar la piel y la muralla de grasa, la dura carne del animal.
El quien supuso que á su terrible despertar, y á pesar de la tempestad que promueve el herido con sus saltos y sus coletazos, no lo arrastraría consigo al fondo de los mares. ¡Audacia inaudita! Añadía un cable á su arpón para perseguir su presa, despreciaba la horrorosa sacudida, sin reflexionar que el atemorizado animal podía zambullirse bruscamente y darle un mal rato.
Otro peligro tiene esa pesca, y es que en vez de la ballena, puede encontrarse uno con su mortal enemigo, el terror de los mares, el cachalote. No es enorme éste, pues sólo mide de sesenta á ochenta pies; su cabeza tiene de veinte á veinticinco, una tercera parte de la dimensión total. En tal caso, ¡ay del pescador! El es el que á su vez se convierte en pescado, siendo presa del monstruo. El cachalote está armado de cuarenta y ocho dientes colosales y de horribles quijadas capaces de tragárselo todo, hombre y embarcación. Parece ebrio de sangre. Su ciega rabia aterroriza á todos los cetáceos que, al divisarlo, huyen mugiendo, varan en la playa á veces, se esconden entre la arena ó el fango. Lo temen muerto y todo, no osando acercarse á su cadáver. La especie más salvaje del cachalote es el orea ó fisetera de los antiguos, tan temido de los islandeses que ni aun se atrevían á pronunciar su nombre cuando navegaban, creyendo que tal vez los oyera y acudiera á su presencia; al paso que estaban persuadidos que una especie de ballena (la jubarta) los estimaba y protegía, provocando al monstruo para que pudieran ponerse en salvo.
* * *
No falta quien diga que los primeros hombres que afrontaron tamaña aventura necesitábase estuvieran muy excitados y que fuesen _excéntricos_ y _cabezas destornilladas_. Preténdese, además, que los primitivos pescadores de esos monstruos no fueron los discretos hombres del Norte, sino nuestros vascos, héroes del desvarío. Andarines terribles, cazadores del Monte Perdido y desenfrenados pescadores, recorrían en barquichuelos su caprichoso mar, el golfo ó sumidero de Gascuña, dedicándose á la pesca del atún. Notaron aquellos intrépidos navegantes que las ballenas retozaban, y comenzaron á perseguirlas, lo mismo que se encarnizan detrás de la gamuza en los barrancos, los abismos y los más espantosos resbaladeros. A esa pieza de caza (la ballena) muy tentadora por su tamaño y por las vicisitudes que causa el perseguirla, hiciéronla guerra á muerte doquiera que la encontrasen; y sin notarlo, empujábanla hacia el polo.
Allí el pobre coloso creyó poder vivir tranquilo, no suponiendo que los hombres fuesen tan locos que lo persiguieran hasta en aquellas apartadas regiones. La pobre ballena dormía muy sosegada, cuando nuestros atolondrados héroes se acercaron á ella cautelosamente.
Apretando su cinturón colorado, el más fornido, el más ágil saltaba de su barquichuelo, y ya encima de aquella mole inmensa, sin preocuparse del riesgo que pudiese correr su vida, lanzando un ¡han! prolongado, hundía el arpón en las carnes del confiado monstruo.
II
Descubrimiento de los tres Océanos.
¿Quién abrió á los hombres la navegación de alto bordo? ¿Quién reveló los mares, marcó las zonas y las rutas? Finalmente, ¿quién descubrió el globo? La ballena y el ballenero.
Y todo esto mucho antes de que vinieran al mundo Colón y los buscadores de oro, para quienes fué el lauro, hallando otra vez con no poca algazara lo que descubrieran anteriormente los pescadores.
La travesía del Océano, cosa tan celebrada en el siglo XV, habíase llevado á cabo á menudo por el estrecho paso de Islandia á Groenlandia, y aun mar adentro, pues los vascos llegaban hasta Terranova. La travesía era lo de menos para gentes que iban á buscar al otro extremo del mundo ese supremo peligro: la lucha con la ballena. Dirigirse á los mares del Norte, combatir cuerpo á cuerpo con la montaña viviente, en medio de la obscuridad de la noche, y, lo que es más aún, exponiéndose á naufragar con ella; los que esto practicaban tenían el alma asaz bien templada para mirar con indiferencia los peligros anejos á una larga navegación.