Chapter 12
Pocos, muy pocos, de los más vivaces, de los más aguerridos, de los más crueles, procrean á semejanza nuestra. Esos monstruos tan temibles (el tiburón y su hembra), tienen necesidad de juntarse. Hales impuesto la Naturaleza el peligro de darse un abrazo; abrazo terrible y sospechoso. Acostumbrados á devorar, á engullirse á lo ciego cuanto alcanzan (animales, madera, piedras, no importa lo que sea), en aquella ocasión, ¡cosa admirable! moderan sus apetitos. Por sabrosas que puedan ser sus carnes á sus propios ojos, híncanse sus sierras y sus mortíferos colmillos. La intrépida hembra déjase agarrar, acogotar, por los terribles arpeos que el macho le lanza; y, en efecto, sale impune de la lucha. Ella es la que absorbe al compañero y lo arrastra consigo. Confundidos en una sola masa, los furiosos monstruos van dando tumbos semanas enteras, no pudiendo, á pesar del hambre que les devora, resignarse al divorcio, ni desprenderse el uno del otro, y hasta en plena borrasca, véseles invencibles, invariables en su salvaje abrazo.
Preténdese que aun separados prosiguen sus amoríos, y que el fiel tiburón, enamorado de su compañera, la sigue hasta que pare, ama á su presunto heredero, único fruto de aquel enlace, y jamás, jamás se lo come, sino que le acompaña siempre y vigila sus pasos, y, caso de peligro, este padre excelente se lo traga y le da abrigo en su anchurosa boca, pero no lo digiere.
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Si la vida de los mares tiene algún ensueño, un ahinco, un deseo confuso, es el de la fijeza. El medio violento, tiránico, del tiburón, sus acerados asideros, ese arpeo sobre la hembra, la furia de su unión, dan idea de un amor de endemoniados. En efecto, ¿quién sabe si en otras especies, más tímidas y aptas para la vida de familia, quién sabe si esa impotencia de unión, esa fluctuación interminable de un viaje eterno sin objeto, no es causa de tristeza? Esos hijos de los mares enamóranse de la tierra: muchos entre ellos remontan los ríos, aceptan la insipidez del agua dulce, tan pobre y poco nutritiva, para confiarle, lejos de las tempestades, la esperanza de su posteridad. Cuando no, se acercan á las orillas del mar, buscando algún sinuoso ancón, y utilizando su industria, con un poco de arena, de limo, de hierba, tratan de fabricar pequeños nidos. Esfuerzo conmovedor. Ellos carecen de los instrumentos del insecto, maravilla de la industria animal, y están más desprovistos que el pájaro. Sólo á fuerza de perseverancia, careciendo como carecen de manos, de patas y de pico, y únicamente con su pobre cuerpo, llegan á reunir un montón de hierba, y pasando y repasando por medio, logran darle cierta cohesión (véase á Coste sobre los espinosos). Empero ¡cuántos obstáculos tienen que vencer! La hembra, ciega y glotona, turba la obra, amenaza los huevos; el macho no los deja, defiéndelos, más madre que la madre misma.
Tal instinto encuéntrase en varias especies, particularmente entre los más humildes (el gobio), pececillo ni bello ni sabroso; tan despreciado, que nadie se digna pescarlo, ó si se agarra es rechazado. Y con todo, ese ínfimo entre los ínfimos es un tierno y laborioso padre de familia: tan pequeño, tan débil, tan desheredado, es ingenioso arquitecto, el obrero del nido, y con sola su voluntad, su ternura, consigue fabricar la protectora cuna.
Lástima grande, sin embargo, que tal esfuerzo de ánimo no obtenga mejor recompensa, que aquel ser se vea detenido en ese primer fervor del arte por la fatalidad de su naturaleza. Al contemplarlo, se apodera de nosotros nuevo ensueño, presintiendo que ese mundo acuático no se basta á sí mismo.
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Poderosa madre que empezaste la vida y no puedes terminarla; permite que tu hija, la Tierra, continúe la obra comenzada. Ya lo ves: en tu mismo seno y en el momento sagrado, tus hijos sueñan con la Tierra y su fijeza; abórdanla, la rinden homenaje.
A ti te toca volver á empezar la serie de los nuevos seres por un prodigio inesperado, por un bosquejo grandioso de la cálida vida amorosa, de sangre, de leche, de ternura, que tendrá su desarrollo en las razas terrestres.
XII
La ballena.
«El pescador, á quien ha sorprendido la noche en medio del mar del Norte, ve una isla, un escollo, como la espalda de una montaña, que se cierne, enorme, sobre las olas. Allí echa el ancla, y la isla comienza á andar y le arrastra. El escollo se ha convertido en Leviatán.» (Milton).
Error muy natural, que engañó al experto Dumont d'Urville. Veía de lejos una rompiente y alrededor remolinos, y mientras avanzaba, unas manchas blancas indicaban al parecer una roca. En derredor de ese banco la golondrina y el ave de las tempestades (el petral), se divertían, recreábanse y daban vueltas. La roca sobrenadaba, venerable de antigüedad, ostentando una capa gris de corónulas, de conchas y madréporas. Pero la masa se mueve. Dos enormes chorros de agua, que parten de su frente, revelan á la ballena desperezada.
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El habitante de otro planeta que descendiese al nuestro en globo, y de gran altura observase la superficie del orbe, queriendo saber si está poblado, pensaría: «Los únicos seres que me es dado descubrir desde mi observatorio son de un tamaño bastante regular: ciento á doscientos pies de largo y sus brazos sólo tienen veinticuatro, pero en cambio su soberbia cola (treinta pies) se gallardea con majestad real por el mar, le azota, se señorea de él. Merced á su cola esos seres avanzan con una rapidez, una comodidad majestuosa, reconociéndose perfectamente en ellos á los soberanos del planeta.»
Y añadiría: «Lástima que la parte sólida de ese globo esté desierta, ó sólo contenga animalillos insignificantes para poder divisarse. Unicamente el mar está habitado, y por una raza buena y apacible. La familia vese muy honrada allí: la madre amamanta con ternura, y á pesar de la cortedad de sus brazos, sin embargo, durante la borrasca, logra con ellos amparar á su hijuelo.»
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Las ballenas no tienen inconveniente en viajar juntas. Antes se las veía navegando dos á dos, á veces en grandes familias de diez ó doce, por los mares solitarios. Nada tan espléndido como esas grandes masas, iluminadas en ocasiones por su fosforescencia, lanzando columnas de agua de treinta á cuarenta pies, que en los mares polares despedían humo. Se acercaban pacíficas, curiosas, al buque, mirándolo como á un hermano de nueva especie: agradábalas, festejaban al recién venido. Jugueteando se erguían y volvían á caer al agua, produciendo un poco estrépito y formando una hirviente sima. Su familiaridad llegaba al punto de tocar la embarcación, las pequeñas lanchas. ¡Confianza imprudente, que tan cara les costara! En menos de un siglo la grande especie de la ballena ha desaparecido casi.
Sus hábitos, su organismo son idénticos á los de nuestros herbívoros. Como los rumiantes, poseen una sucesión de estómagos donde se elaboran los alimentos; dientes, apenas los necesitan y no tienen. Pacen fácilmente las vivas praderas del mar, quiero decir, los gigantescos fucos, suaves y gelatinosos, las capas de infusorios, los bancos de átomos imperceptibles. No hay necesidad de cazar para la adquisición de tales alimentos. No teniendo ocasión de combatir, háselas dispensado de armarse de las horrorosas quijadas y sierras, esos instrumentos de muerte y de tortura que el tiburón y tantos otros animales débiles adquirieron á fuerza de consumar asesinatos. A nadie persiguen. (Boitard). El alimento más bien acude á su alcance, traído por el oleaje. Inocentes y pacíficas, se engullen un mundo organizado apenas y que muere antes de haber vivido, pasando dormido á ese crisol de la universal mudanza.
No existe la menor relación entre esa apacible raza de mamíferos que, lo mismo que nosotros, tienen la sangre roja y leche, y los monstruos de la edad precedente, horribles abortos del primitivo fango. Mucho más modernas las ballenas, encontraron un agua purificada, el mar libre y el globo tranquilo.
Este había soñado su antiguo sueño discordante de los lagartos-peces, los dragones alados, el pavoroso reino de los reptiles: salía de la niebla siniestra para penetrar en la amable aurora de las concepciones armónicas. Nuestros carnívoros aun no habían nacido. Hubo un momento fugaz (tal vez unos cien mil años) de gran dulzura é inocencia, en que aparecieron sobre la tierra los seres excelentes (didelfos, etc.), tan encariñados con su familia, que la llevan encima y dentro de sí mismos, y, si es preciso, hácenla penetrar en su seno. En el agua aparecieron los gigantes pacíficos.
La leche del mar, su aceite, superabundaba; su cálida grasa, animalizada, fermentaba con inaudito poderío, quería vivir. Hinchóse, pues, tomó forma orgánica en esos colosos, niños mimados de la Naturaleza, dotándolos de fuerza incomparable y de lo que vale más todavía, de preciosa y ardiente sangre roja. Y la ballena fué hecha.
Esta es la verdadera flor del mundo. Toda la creación de sangre pálida, egoísta, lánguida, vegetativa relativamente, parece que no tiene alma cuando se la compara con la vida generosa que hierve en esa púrpura y enciende la cólera y el amor. La fuerza del mundo superior, su encanto, su belleza, es la sangre. Por ella empieza una juventud toda reciente en la Naturaleza, por ella una llama de deseo, el amor, y el amor de familia, de raza que, propagado por el hombre, producirá el divino remate de la vida, la Piedad.
Pero con ese don magnífico aumenta infinitamente la sensibilidad nerviosa, y uno es mucho más vulnerable, mucho más capaz de gozar y de sufrir. Como la ballena no tiene el sentido del cazador, ni el olfato, ni los órganos de la audición muy desarrollados, aprovecha el tacto para todo. La gordura, que la preserva del frío, no la libra, sin embargo, de ningún choque. Su piel, preciosamente organizada con seis tejidos distintos, tiembla y vibra al menor contacto. Las tiernas papilas que tiene son instrumentos de tacto delicado. Y todo está animado, vivificado por un rico caudal de sangre roja, que, aun teniendo en cuenta la diferencia de tamaño, sobrepuja infinitamente en abundancia á la de los mamíferos terrestres. Herida la ballena, inunda el mar con su sangre, enrojeciéndolo gran trecho. Nosotros la derramamos á gotas, mientras que ella prodígala á torrentes.
La hembra lleva en su vientre el fruto de sus amores nueve meses. Su leche agradable, un poco azucarada, tiene la tibia pastosidad de la leche de mujer. Mas, como debe cortar constantemente la ola, si tuviera las mamas colocadas sobre el pecho, expondría al pequeñuelo á chocar constantemente; por lo tanto están un poco más bajas, en sitio más apacible, en el vientre de do salió. Al chicuelo le sirven de abrigo, aprovechándose de la ola ya abierta.
La forma del vaso, inherente á su género de vida, aprieta la cintura de la madre privándola de la admirable cintura de la mujer, ese milagro adorable de una vida sentada, fija y armónica, en que todo se vuelve ternura. La ballena, ó sea la gran mujer de los mares, á pesar de su ternura vese compelida á hacer depender todos sus actos de su lucha con las olas. Por otra parte, el organismo es idéntico bajo esa extraña careta: igual forma, la misma sensibilidad. Pez encima, mujer debajo.
Es la ballena animal extremadamente tímido. Basta en ocasiones un pájaro para espantarla y hacerla zambullir con tanta precipitación, que se lastima en el fondo del mar.
Sometido el amor entre ellas á condiciones difíciles, requiere un lugar do reine profunda paz. Así como el noble elefante teme las miradas profanas, la ballena sólo se encuentra bien en los sitios solitarios. Sus reuniones son hacia los polos, en los desiertos ancones de la Groenlandia, en medio de la bruma del estrecho de Behring, é indudablemente también en el tibio mar descubierto junto al mismo polo. ¿Se volverá á encontrar ese mar? No hay otro paso para llegar á él que á través de los pavorosos desfiladeros que abre el hielo, cierra y cambia todos los inviernos, como si quisiese impedir nuevas visitas importunas. Por lo que toca á las ballenas, créese que pasan por debajo los hielos, del uno al otro mar, por la vía tenebrosa. Viaje temerario. Forzadas á respirar cada quince minutos, aunque tenga hecha provisión de aire que baste para algunos momentos más, se exponen grandemente bajo aquella enorme costra que tiene apenas algunos respiraderos. Si no los hallan á tiempo, es tan sólida y compacta dicha costra, que no hay fuerza capaz ni cabezada que pueda romperla. Allí pueden ahogarse con la misma facilidad que Leandro en el Helesponto. Pero como las ballenas no conocen la historia de ese Leandro, engólfanse atrevidamente en su empresa y pasan.
La soledad de aquellos parajes es grande; teatro singular de muerte y de silencio para esa fiesta de ardiente vida. Un oso blanco, alguna foca, un zorro azul, testigos respetuosos, prudentes, tal vez observan á cierta distancia. Las arañas y girándulas, los espejos fantásticos, no faltan. Cristales azulados, picos, garzotas de deslumbrante hielo, nieves vírgenes, son los mudos testigos que rodean el espectáculo y le contemplan.
Lo que hace conmovedor y grave el himeneo, es que para ello se requiere la expresa voluntad, ya que la ballena carece del arma tiránica del tiburón, de los arpones que se enseñorean del más débil. Al contrario, sus resbaladizos forros las separan, aléjanlas la una de la otra. Se desvían á su pesar y despréndense por aquel obstáculo desesperante. En medio de un acorde tan grande, diríase que macho y hembra se combaten. Hay balleneros que pretenden haber disfrutado de este espectáculo único. Los dos amantes, en sus ardientes transportes, se encaraman por momentos cual las dos torres de Nuestra Señora de París, y con sus cortos brazos y en medio de suspiros tratan de abrazarse. Empero su enorme mole les priva de mantenerse así largo rato, y caen otra vez al agua con grande estrépito... El oso y el hombre huían despavoridos al oírlos suspirar.
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La solución de este drama es desconocida, pues las que se le han dado parecen absurdas. En lo que no cabe duda es, que para todo (el amor, el amamantamiento y aun para su propia defensa), la infortunada ballena sufre la doble servidumbre de su peso y de la dificultad que tiene para respirar, puesto que sólo respira fuera del agua y si no sale al aire libre queda asfixiada. ¿Es, pues, un animal terrestre, pertenece acaso á la tierra? Ciertamente que no. Si, por algún accidente, se para en alguna playa, el enorme peso de sus carnes, de su grasa, la aniquila; sus órganos se rinden y queda asimismo asfixiada.
En el único elemento respirable para ella, la asfixia la mata lo mismo que en el agua no respirable do vive.
Abreviemos razones. De la creación grandiosa del mamífero gigante ha salido un ser imposible, primer retoño poético de la fuerza creadora, que al principio tuvo fija la vista en lo sublime y luego por grados pasó á lo posible, á lo duradero. El admirable animal teníalo todo: tamaño y fuerza, sangre caliente, sabrosa leche, bondad; lo único que le faltaba era la manera de vivir. Había sido formado sin tener en cuenta las proporciones generales de ese globo ni la imperiosa ley de la pesadez de los cuerpos. No le valió haberse fabricado por debajo una osamenta enorme: sus gigantescas costillas no son bastante consistentes para mantener suficientemente libre y abierto el pecho. Desde el momento que se desprende de su enemiga el agua, encuéntrase con otra enemiga, la tierra, y su pesado pulmón le aplasta.
Sus magníficos orificios auriculares, la espléndida columna de agua que lanza á treinta pies de altura, son indicios, testimonios de una organización infantil y bárbara. Arrojándola al firmamento por un tan poderoso esfuerzo, el _soplador soplado_ (éste es el nombre verdadero del género) parece decir: «¡Oh, Naturaleza! ¿por qué me has criado siervo?»
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Su vida fué un problema, y no parecía que el espléndido bosquejo (pero frustrado) pudiera durar. El tan difícil amor furtivo, el amamantamiento en medio de las borrascas, entre la asfixia y el naufragio, los dos grandes actos de la vida convertidos casi en un imposible, haciéndose por medio de un esfuerzo y por voluntad heroicos: ¡qué condiciones de existencia!
La madre no tiene nunca más que un pequeñuelo, y es mucho. Ella y él son importunados por tres cosas: el trabajo de la natación, el amamantamiento y la fatal necesidad de subir. La educación es un verdadero combate. Azotado, arrollado por el Océano, el pequeñuelo mama como al vuelo, cuando la madre puede tenderse de lado, deber que practica admirablemente, pues sabe que si aquél tuviese que hacer el más pequeño esfuerzo para amamantarse, dejaría las mamas. En ese acto en que la mujer se mantiene pasiva, dejando obrar á la criatura, la ballena, por el contrario, es activa. Aprovechando el momento, por medio de un poderoso émbolo le lanza un tonel de leche.
El macho no suele abandonarla, y grande es su embarazo cuando el pescador feroz ataca al ballenato. Se clava el arpón á éste para que sigan los grandes, y, en efecto, hacen esfuerzos increíbles para salvar á su hijo, para llevárselo, subiendo y exponiéndose á ser heridos para traerlo á la superficie y hacerle respirar. Y lo defienden muerto y todo. Pudiendo zambullirse y escapar, permanecen sobre el agua desafiando el peligro para seguir el cuerpo flotante del ballenato.
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Entre las ballenas son comunes los naufragios, por dos motivos. No pueden como el pez, mantenerse durante las borrascas en las capas inferiores y tranquilas; y luego no quieren separarse, siguiendo los fuertes el destino del débil. Se ahogan, pues, en familia.
En diciembre de 1723 zozobraron ocho hembras en la desembocadura del Elba, y cerca de sus cadáveres se encontraron sus ocho machos. Otro tanto aconteció en marzo de 1784 en Audierne (Bretaña). Primero se presentaron despavoridos en la costa buen número de peces y de marsuinos; luego, oyéronse extraños, espantosos mugidos: era una crecida familia de ballenas que la tempestad empujaba, y que luchaban, gemían y se resistían á morir. También en esta ocasión los machos perecieron al lado de sus hembras. En gran número, preñadas y sin defensa contra el implacable azote, unos y otras fueron lanzados á la costa y destruidos por el porrazo.
Dos de las hembras parieron en la playa, lanzando gritos desgarradores, ni más ni menos que nuestras mujeres, y con sus lamentos parecían querer indicar que se preocupaban de la suerte que cabría á sus hijuelos.
XIII
Las sirenas.
Acabo de abordar; heme aquí en tierra. Basta ya de naufragios: yo quisiera razas durables. El cetáceo desaparecerá. Resumamos nuestras concepciones, y de esa poesía gigantesca de los recién nacidos, de las mamas, la leche y la sangre caliente, conservémoslo todo menos el gigante.
Conservemos, sobre todo, la afabilidad, el amor y la ternura de la familia. Esos dones divinos debemos guardarlos cuidadosamente en las razas más humildes, pero buenas, en que los dos elementos mancomunan su espíritu.
Ya presentimos las bendiciones de la tierra: al abandonar la vida del pez, varias cosas de absoluta imposibilidad para él fácilmente se armonizarán.
Así que, la ballena, madre cariñosa, conoció el abrazo y estrechó á su hijuelo, mas no sobre sus mamas: sus brazos estaban muy arriba, y las mamas en ese navío viviente debían estar en la parte posterior, entre los seres nuevos que nadan, pero que al mismo tiempo se encaraman á la tierra (morsa, lamantín, foca, etc.), las mamas, para que no se arrastren y topen, suben hasta el pecho. De suerte que se nos presenta como una sombra de la mujer, forma y actitud graciosa que, de lejos, ilusiona.
Vista de cerca, si exceptuamos la blancura, el encanto, es exactamente la mama femenina, ese globo que, hinchado de amor y de la dulce necesidad de amamantar, reproduce con sus movimientos todos los suspiros del corazón que late debajo, reclamando á la criatura para sostenerla, alimentarla y darla descanso. Todo esto fué negado á la madre que nada; aquel bien es para lo que se posa. La fijeza de la familia, la ternura, que de día en día va echando hondas raíces (más diremos, la Sociedad), esas grandes cosas comienzan desde que el niño duerme en el seno de la madre.
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Mas, ¿cómo se obró la metamorfosis del cetáceo al anfibio? Vamos á ver si acertamos á explicarlo.
Su parentesco es evidente. No pocos anfibios arrastran todavía, por desgracia suya, la pesada cola de la ballena, y ésta (á lo menos una de sus especies) ha escondido en su cola el bosquejo y el comienzo evidente de los dos pies traseros que tendrán los anfibios de un grado superior.
En los mares sembrados de islas, cortadas por lenguas de tierra á cada paso, los cetáceos, detenidos continuamente en su carrera, tuvieron que modificar sus hábitos. Sus contracciones menos rápidas, su vida cautiva, disminuyó su grandor, reduciéndolo de la ballena al elefante. Entonces apareció el elefante de mar. Conservando el recuerdo de las preciosas defensas con que se armaron ciertos cetáceos en su grande vida marítima, nos muestra aún muy sólidos dientes delanteros, si bien poco temibles: ni los dientes de la masticación están en él bien definidos, sea como herbívoros ó como carnívoros, pues se prestan mal á cualquiera de los dos regímenes y deben operar con lentitud.
Dos cosas aligeraban á la ballena: su masa aceitosa que la hacía flotar sobre el agua y la poderosa cola cuyo choque alternativo, golpeando por ambos lados, empujábala hacia avante. Mas todo eso aniquila al anfibio que barbota en la profundidad de las aguas y se encarama por las rocas cual pesado caracol. El ágil pez, ríese de un pez que no puede cazarlo, no siéndole dado apresar más que los moluscos, tan pesados como él. Poco á poco, acostúmbrase á comer los abundantes y gelatinosos fucos, que sustentan y engordan sin dar el vigor del alimento animal.
Así, puede verse en el Mar Rojo, en el de las islas Malayas y las de Australia, arrastrarse, fijarse allí el raro coloso llamado dugongo, que domina el agua con su pecho y sus mamas. Nómbrasele á veces dugongo de los tabernáculos, inerte ídolo que impone, mas apenas sabe defenderse, y pronto desaparecerá entrando en el dominio de la fábula, en el número de esas leyendas reales de las que nos reímos atolondradamente.
¿Quién produjo ese gran cambio, quién crió ese cetáceo terrestre, el dugongo y la morsa, hermana suya? La suavidad de la tierra, en extremo pacífica antes de aparecer el hombre en ella--el atractivo de alimentos vegetales que no se escabullen como la presa marina,--sin duda que también el amor, tan difícil para la ballena y tan fácil en la sosegada vida del anfibio.
El amor deja de ser fuga y azar. Ya no es la hembra ese fiero gigante, que era preciso seguir al otro cabo del mundo: ésta se mantiene sumisa, sobre las algas ondulosas, para obedecer á su señor, convirtiendo su existencia en apacible y voluptuosa. Aquí, apenas se conoce el misterio. Los anfibios viven buenamente de panza al sol, y siendo muy numerosas las hembras, se reunen y constituyen un serrallo para sus machos. De la poesía salvaje hemos venido á parar á los hábitos vulgares, ó si se quiere, patriarcales, de los harto fáciles placeres. El gran patriarca, respetable por su enorme cabeza, sus bigotes y sus armas defensivas, reina entre Agar y Sara, Rebeca y Lía, que ama con ternura lo mismo que á sus hijuelos, los cuales constituyen un pequeño rebaño. En su vida, inmóvil, la gran fuerza de ese ser sanguíneo, empléase por completo en las ternezas familiares; abraza á los suyos con tierno amor, con orgullo, con cólera. Es valiente y está pronto á morir en su defensa. Pero ¡ay! poco le valen sus fuerzas ni su furor: su masa enorme le entrega al enemigo. Avergüénzase, se arrastra, quiere pelear y no puede, ¡aborto gigantesco, frustrado entre dos mundos, pobre Caliban desarmado!
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