El Mar

Chapter 11

Chapter 113,825 wordsPublic domain

Parece que la Naturaleza favorece de un modo especial á tan útiles servidores. Contra su infinito fecundo, posee en los crustáceos un infinito de absorción. Vense en todas partes, en todas las costas, tan variados como el mar. Sus buitres groenlandios, sus gaviotas, comparten con los crustáceos la función esencial de agentes de la salubridad. Si encalla un animal grande, al instante el ave por encima y el cangrejo por debajo y en el interior, trabajan para que desaparezca.

El cangrejo ínfimo y saltón que tomaríamos por un insecto (talitro) ocupa las playas arenosas, habitando debajo. Cuando un naufragio arroja cantidad de medusas ú otros cuerpos, veréis ondular la arena, moverse, cubriéndose en seguida de nubes de esos sepultureros bailadores, que hormigueando, dando brincos, limpian alegremente la playa, esforzándose para dejarlo todo barrido entre dos mareas.

Grandes, robustos, astutos hasta lo sumo, los cangrejos ó gámbaros constituyen un pueblo de combate, siendo tal su instinto guerrero, que hasta saben valerse del ruido para atemorizar á sus enemigos. En actitud amenazadora encamínanse al combate, levantadas sus tenazas y haciendo resonar sus pinzas. Y con todo, no dejan de ser circunspectos ante fuerzas superiores. Veíalos yo durante la baja mar de lo alto de una roca, y á pesar de encontrarme muy elevado, al observar que los miraba, la asamblea emprendía su retirada, corriendo de través los guerreros y metiéndose en un instante cada cual en su garita. Ellos no son ningunos Aquiles sino más bien Aníbales. Sólo atacan cuando se sienten fuertes, devorando á vivos y muertos. El hombre herido no debe fiarse de aquellos roedores. Cuéntase que en una isla desierta se comieron á varios de los marineros que llevaba Drake, los cuales se vieron asaltados, vencidos por sus bullidoras legiones.

Ningún ser viviente puede vencerlos con armas iguales. El pulpo gigantesco que ahoga al más pequeño crustáceo, peligra dejar sus tentáculos entre las garras del cangrejo, y el pez más glotón titubea antes de engullirse un ser tan espinoso.

Desde que crece el crustáceo es el tirano, la pesadilla de los dos elementos. Su inabordable armadura encuéntrase dispuesta para todo ataque. Multiplicaríanse hasta lo increíble, destruirían el equilibrio de los seres, si no fuese su propia armadura su estorbo y su peligro. Fija y dura, no prestándose á las alternativas de la vida, es para el cangrejo una cárcel.

Para abrirse al través de aquel muro el paso de la respiración, tuvo que colocar la puerta en un miembro casual que pierde con frecuencia: la pata. Y para dar lugar al crecimiento, á la extensión progresiva de sus órganos interiores, necesita (cosa peligrosísima) que la coraza, reblandecida por momentos y fofa, no sea más que piel; y sólo admite este cambio desnudándose, pelándose, rechazando una porción de la misma. Muda completa. Los ojos, las branquias, que desempeñan las funciones de los pulmones, la sufren como el resto.

Es un espectáculo bien curioso el que ofrece el cangrejo volteándose, agitándose, atormentándose para arrancarse su mismo ser: la operación es tan violenta que, á veces, se le rompen sus patas, quedando sin fuerzas, débil, muelle.

En dos ó tres días, reaparece el calizo y constituye la coraza de la piel. El cangrejo no sale librado á tan poca costa de su metamorfosis, sino que necesita mucho tiempo para recobrar su cáscara; y hasta este momento sirve para el pobre de ralea á los seres más débiles. En este punto la justicia y la igualdad muestránse inexorables. Las víctimas tienen el desquite. El fuerte sufre la ley de los débiles, cae á su nivel, como especie, en la alternativa de la muerte.

Si sólo muriésemos una vez aquí abajo, no habría tanta tristeza. Empero todo ser que vive debe morir un poco diariamente, es decir, mudar, sufrir la muertecita parcial que renueva y da vida. De ahí un estado de debilidad á la par que de melancolía que nos cuesta confesar. Mas ¿qué hacer? El pájaro que muda su pluma cada estación, está triste, y más triste aún la pobre culebra al cambiar de piel. El ser racional muda también la piel y todos sus tejidos cada mes, cada día, á cada instante, perdiendo un poco de sí mismo incesantemente, con suavidad. No está abatido, sino algo debilitado, en un momento vago y de ensueño en que palidece la llama vital para reaparecer más lúcida.

¡Cuánto más terrible es esto entre los seres do todo debe cambiar á la vez, desencuadernarse el armazón, descartarse, arrancarse la inflexible envoltura! Encuéntrase cansado, rendido, desfalleciente, ausente de sí mismo, á merced del primero que se presenta.

Hay crustáceos de agua dulce condenados á morir de esta suerte veinte veces en el transcurso de dos meses; otros (los crustáceos chupones) sucumben á tanta fatiga, no pueden rehacerse, sino que se deforman y pierden el movimiento, dando, digámoslo así, su dimisión de seres cazadores y buscando cobardemente una vida holgazana y parásita, un vergonzoso abrigo en las visceras de los grandes animales que, á su pesar, los sustentan, se extenúan en su provecho, ventean y trabajan para ellos.

* * *

El insecto, en su crisálida, parece olvidarse de sí mismo, ignorarse, permanecer extraño á los sufrimientos; diríase más bien que disfruta de esa muerte relativa, como un niño de teta en la templada cuna. Empero el crustáceo durante la muda se ve, tiene conciencia de sí: sábese precipitado repentinamente de la vida más enérgica á una deplorable impotencia. Parece atolondrado, perdido. Lo único que sabe hacer es instalarse debajo una piedra y aguardar tembloroso. No habiendo encontrado jamás enemigo serio ni obstáculo alguno, dispensado de toda industria por la superioridad de sus armas terribles, el día que éstas le faltan no le queda ningún recurso. Tal vez podría protegerle la asociación si la muda no fuese común á todos y no estuvieran sus compañeros desarmados como él, é incapaces de auxiliar á los enfermos, pues también lo están ellos. Dícese, sin embargo, que hay ciertas especies en que el macho quiere proteger á la hembra, la sigue, y si es aprisionada, no hay más remedio que aprisionar á los dos.

* * *

Esa terrible servidumbre de la muda, la áspera vigilancia del hombre (que de día en día adquiere más imperio sobre las playas), y, finalmente, la desaparición de especies antiguas que les procuraban abundante alimento, han debido producir cierta decadencia entre ellos. El pulpo, que no sirve para nada, ni se pesca ni se come, ha disminuido bastante en tamaño y en número. ¡Cuánto más, pues, el crustáceo, cuya carne es tan suculenta y que agrada á toda la Naturaleza!

Diríase que lo saben. Los más débiles entre ellos inventan, no diremos artes para resguardarse, pero sí pequeñas mañas groseras, ingeniándose é intrigando. Esta última palabra les es aplicable, pues hacen el efecto de unos intrigantes, de gentes desclasificadas que, sin oficio conocido, viven de expedientes, de recursos poco dignos. Factótums bastardos, ni carne ni pescado, acomódanse un poco de todo, de los muertos, de los moribundos, de los vivos, y en ocasiones hasta de los animales terrestres. El oxistomo fabrícase una careta, una visera y vuela entre tinieblas. El birgo, llegada la noche, abandona el mar, merodea, se encarama hasta en los cocoteros, y come frutas si no encuentra cosa mejor. Las dromias se disfrazan con el traje de un cuerpo extraño. El Bernardo-Ermitaño, que nunca ve dura su cáscara, imagina, para mejor resguardar la parte blanda, convertirse en falso molusco; al objeto apodérase de una concha que le venga bien; devora á su dueño, y se acomoda en la casa robada, arrastrándola consigo. De noche, con este disfraz, va á caza de víveres: óyesele y se reconoce al peregrino al ruido que mueve con su concha, pues sólo consigue arrastrarla cojeando y dando tropiezos.

Otros, en fin, más honrados, descorazonados del movimiento y de sus luchas con el mar, prefieren la tierra, no tan aguerrida y agitada. En invierno (y también en las otras estaciones) la habitan casi siempre y fabrican madrigueras. Tal vez cambiarían por completo y se trocarían en insectos si no les fuese tan caro el mar, como patria de sus amores. Así como una vez al año las doce tribus de Israel encaminábanse á Jerusalén para celebrar la fiesta de los Tabernáculos, vese en algunas playas á esos fieles hijos del mar que se dirigen en grupos de población, á rendirle sus homenajes, á confiar sus tiernos huevos á la grande y buena nodriza, encomendando sus pequeñuelos á aquélla que meció sus antepasados.

XI

Los peces.

El libre elemento, el mar, debe tarde ó temprano crearnos un ser á su semejanza, un ser eminentemente libre, escurridizo, onduloso, flúido, que se deslice á imagen de las ondas, pero en quien la movilidad maravillosa proceda de un milagro interior, todavía más grande, de una organización central, fina y sólida, muy elástica, no parecida á la de ninguno de los seres conocidos hasta el día.

El molusco que se arrastra sobre su abdomen fué el pobre siervo de la gleba. El pulpo, con todo su orgullo, su hinchazón, su ronquido, mal nadador y andarín nulo, no deja de ser por eso el siervo de la casualidad: sin su potencia de embotamiento no hubiese podido vivir. El bélico crustáceo, sucesivamente tan grande y tan pequeño, ya terror, ya irrisión de los demás, sufre las muertes alternativas en que hace el papel de esclavo, de presa y aun de juguete de los más débiles.

Enormes y terribles servidumbres. ¿Cómo librarnos de ellas?

* * *

La libertad está en la fuerza. Desde el origen, buscando la vida, aunque á tientas, á la fuerza, parecía soñar confusamente con la futura creación de un eje central que haría del ser uno, decuplicando el vigor del movimiento. Así lo presintieron los radiosos y los moluscos, y bosquejaron algunos ensayos. Empero traíalos harto distraídos el abrumador problema de la defensa exterior. La corteza, siempre la corteza: he aquí lo que preocupaba grandemente á esos pobres seres. En dicho género fabricaron obras maestras: bola espinosa del esquino, concha abierta y cerrada á la vez del haliótido, en fin, la armadura del crustáceo compuesta de piezas articuladas, perfección de la defensa, y terriblemente ofensiva. ¿Qué más se quiere? ¿Hay algo que añadir? Parece que no.

¿Que no? Mucho que sí. Necesítase un ser que todo lo fíe al movimiento, un ser audaz que desprecie á todos los mencionados como enclenques ó tardígrados, que considere la corteza como cosa subordinada y concentre la fuerza en sí.

El crustáceo rodeábase de una especie de esqueleto exterior. El pez háceselo en el centro, en su íntimo interior, sobre el eje donde los nervios, los músculos, todos los órganos, en fin, se reunirán.

Invención fantástica, al parecer, y contraria al buen sentido: colocar lo duro, lo sólido, precisamente en el sitio que tan bien resguarda la carne. El hueso, tan útil al exterior, instalado en un punto donde de poco ó nada servirá su dureza.

Reiríase el crustáceo cuando vió por primera vez un ser blando, grande, rechoncho (los peces del mar de las Indias) que, ensayándose, se deslizaba, corría, sin cáscara, armadura ni defensa; teniendo concentrada interiormente toda su fuerza, protegido tan sólo por su fluidez viscosa, por el exuberante _mucus_ que le rodea, y poco á poco se transforma en escamas elásticas. Blanda coraza que se presta y se pliega, cediendo sin ceder del todo.

* * *

Fué una revolución análoga á la de Gustavo Adolfo cuando aligeró á sus soldados de las pesadas armaduras de hierro, cubriendo el pecho con una coraza de sólido cuero de camello, aunque poco pesado y suave.

Revolución atrevida, pero prudente. No estando nuestro pez cautivo en su armadura como el cangrejo, vese libre al mismo tiempo de la condición cruel á que estaba sujeta dicha armadura, la _muda_, del peligro, la debilidad, el esfuerzo, el desperdicio enorme de fuerza que hay en aquellos momentos. El pez muda poco y con lentitud, lo mismo que el hombre y los grandes animales, economizando, amontonando la vida, creándose el tesoro de un poderoso sistema nervioso dotado de innumerables alambres eléctricos que resuenan en la espina y el cerebro. Aunque carezca de hueso ó sea éste muy blando, si el pez tiene aún la apariencia embrionaria, no por eso está desposeído de su grande armonía merced á su rica madeja de hilos nerviosos.

No tiene el pez las debilidades elegantes del reptil y del insecto, tan esbeltos que puede cortárseles como un hilo por ciertas partes de su cuerpo. Está segmentado como ellos, mas esos segmentos los tiene debajo, perfectamente ocultos y resguardados, valiéndose de los mismos para contraerse, sin exponerse cual el reptil y el insecto á ser dividido fácilmente.

Lo mismo que el crustáceo, prefiere el pez la fuerza á la belleza, y para conseguirlo ha suprimido el pescuezo. Cabeza y tronco no constituyen más que una masa. Principio admirable de fuerza, que hace que para cortar el agua, elemento tan divisible, tenga que azotarla con mucha violencia, y si le place, mil veces más de lo necesario. Entonces conviértese en un dardo, una flecha, en la rapidez del rayo.

El hueso interior, que apareció único é informe en la sepia, aquí es un gran sistema _uno, pero muy múltiple_--uno por la fuerza de unidad,--múltiple por la elasticidad, por apropiarse á los músculos que, contraídos, dilatados sucesivamente, forman el movimiento. Maravilla, verdadera maravilla esa estructura del pez, tan compacta (vista desde afuera), y tan contráctil por dentro, esa carena de esbeltas y flexibilísimas costillas (en el arenque, en el sábalo, etc.), donde están unidos los músculos motores que empujan con choque alternativo. Así, pues, por afuera sólo expone remos auxiliares, cortas nadaderas que poco arriesgan, las cuales, consistentes, punzantes y viscosas, hieren, eluden, se escapan. ¡Cuán superior es esto al pulpo ó á la medusa, que ofrecen á todo el mundo blandos tentáculos de carne, apetitoso bocado para el hambre devoradora de los crustáceos y de los marsuinos!

En suma, ese verdadero hijo del agua, tan movible como su madre, se desliza á través por su _mucus_, divide con su cabeza, hiere con sus músculos (contraídos sobre sus vértebras, sobre sus esbeltas costillas ondulosas), y, finalmente, con sus sólidas nadaderas corta, rema y dirige.

Bastaría la más ínfima de esas potencias: él las reune todas, tipo absoluto del movimiento.

Hasta el pájaro es menos movible, supuesto que necesita posarse, y de noche está tranquilo. El pez nunca para: dormido y todo, flota.

Movible hasta tal punto, es al propio tiempo robusto y vivaz en el más alto grado. Por doquiera que hay agua, seguros estamos de encontrarlo: es el ser universal del globo. En los más elevados lagos de las cordilleras y de las montañas asiáticas, donde está tan rarificado el aire, donde cesa la vida de todos los seres, allí sólo el pez se obstina en vivir rodeado de soledad. En efecto, encuéntrase el gubio (pez colorado), á quien cabe la gloria de ver tendida á sus plantas toda la tierra. Del mismo modo en las grandes profundidades, bajo un peso espantoso, habitan los arenques, los abadejos. Forbes, que dividió el mar en diez capas ó pisos superpuestos, hallólas habitadas todas, y en la última, al parecer tan sombría, encontró un pez provisto de unos ojos admirables, que, por lo tanto, ve y tiene bastante luz en un sitio que nosotros nos imaginamos rodeado de tinieblas.

Vaya otra libertad de los peces. Un buen número de especies (salmones, sábalos, anguilas, esturiones, etc.), soportan lo mismo el agua dulce que la del mar, alternan, y regularmente pasan de la una á la otra. Varias familias de peces cuentan especies marinas y especies fluviales (ejemplo, las rayas, los barbos).

Con todo, tal grado de calor, tal alimento, tal hábito, parecen fijarlos, acorralarlos en tan libre elemento. Los mares cálidos son como una muralla para las especies polares, que los encuentran inabordables: al contrario, los de los mares cálidos son detenidos por las frías corrientes del Cabo de Buena Esperanza. Sólo se conocen dos ó tres especies de peces cosmopolitas, y contadísimos son los que frecuentan la alta mar. La mayor parte son litorales y no se placen más que en ciertas costas. Los peces de los Estados Unidos pertenecen á otras especies que los que habitan en Europa. Añadid ciertas especialidades de gusto que aunque no los encadenan del todo, los retienen. La raya chapucea en el fango y el lenguado en los fondos arenosos, el coto se encarama sobre los bajo-fondos, la morena se place encima de las rocas, y la pértiga sobre los arenales, la ballesta en el agua poco profunda sobre un lecho de madréporas. La escorpena unas veces nada y otras vuela; perseguida por los otros peces se lanza, sostiénese en el aire, y si le dan caza las aves, se zambulle en seguida en el mar.

* * *

El proverbio popular: «Feliz como el pez en el agua,» expresa una verdad. Durante la calma, un globo de aire más ó menos cargado y que le permite graduar su peso, le hace navegar á su sabor suspendido entre dos aguas. Se adelanta tranquilo, mecido, acariciado por la onda, y mientras camina, duerme si quiere. Hállase á la vez ceñido y aislado por la sustancia untuosa que hace su piel y sus escamas escurridizas é impermeables. Su temperatura es poco variable, casi siempre la misma, ni muy fría ni muy caliente. ¡Qué terrible diferencia entre una vida tan cómoda y la que nos es dado gozar á nosotros, habitantes de la tierra! A cada paso que damos encontramos alguna aspereza, algún obstáculo. La ruda tierra nos pone piedras al paso, nos fatiga, nos aniquila, obligándonos á subir, á bajar y á volver á subir sus cuestas. El aire cambia según las estaciones, y á veces con harta crueldad. El agua, la fría lluvia cae despiadadamente días y noches enteros, penetra nuestro cuerpo, nos constipa, en ocasiones hiela nuestros cabellos y nos asedia calenturientos con las agudas puntas de sus cristales.

La felicidad del pez, su muy afortunada plenitud de vida se expresan bajo los trópicos por el lujo de sus colores, y en el Norte se traduce por el vigor de sus movimientos. En la Oceanía y el mar de las Indias juguetean, erran y vagamundean, bajo las formas más originales y los más fantásticos atavíos; teniendo sus alegres pasatiempos entre los corales, sobre las flores vivas. Nuestros peces de los mares fríos y templados son los grandes veleros, los remeros poderosos, los verdaderos navegantes: sus formas prolongadas y esbeltas conviértenles en flechas por su rapidez, pudiendo dar lecciones al mejor constructor de buques. Los hay que tienen hasta diez nadaderas, las cuales, remos ó velas á voluntad, pueden mantenerse abiertas ó á medio plegar. La cola, notabilísimo timón, es también el remo principal. La de los mejores nadadores es ahorquillada; toda la espina termina en ella y, contrayendo sus músculos, hace avanzar al pez.

La raya tiene dos nadaderas inmensas, dos grandes alas para azotar las olas; su cola, larga, flexible y desligada, es una arma para golpear, un látigo para hender y dividir la densidad de la ola. Delgada y desviando tan poca cantidad de agua, enfilando en sentido oblicuo, vese por lo tanto fácilmente mecida y le sobra la vejiga que sostiene á los peces densos. Así que, todos poseen aparatos apropiados á su centro. El lenguado es ovalado, plano, á fin de que pueda deslizarse entre la arena; la anguila, para poder revolcarse en el cieno, toma formas serpentinas y se convierte en larga cinta; las balderayas, que suelen vivir agarradas á las rocas, tienen nadaderas-manos que las asemejan más á la rana que al pez.

* * *

La vista es el sentido del pájaro, el olfato el del pez. El halcón lanzado en el espacio lo abarca con una sola mirada y divisa la casi invisible caza; así la raya desde las profundidades del Océano, al olor de una presa tentadora sube diligente en su busca. En ese mundo semi-obscuro, mundo de luces dudosas y engañadoras, sus habitantes fíanse en el olfato y en ocasiones al tacto. Los que, como el esturión, excavan el fango, tienen un tacto exquisito. El tiburón, la raya, el abadejo (con sus ojazos separados) ven mal, mas huelen y sienten: es tan sensible el olfato en la raya que tiene un velo exprofeso para taparlo á voluntad y anular su potencia, que indudablemente la importunaría y atacaría el cerebro.

A tal potencia media de caza añadid unos dientes admirables, acerados, á veces en forma de sierra, multiplicados en algunos de ellos en varias hileras, al extremo de solar la boca, el paladar y la garganta, y hasta la lengua está armada con ellos. Esos dientes, delicados y frágiles, tienen otros detrás dispuestos á reemplazarlos si llegan á romperse.

Lo hemos dicho al comenzar este libro segundo: el mar ha tenido que producir esos seres terribles, esos destructores omnímodos, para combatir y curar por sí mismo el extraño mal que le trabaja, su exceso de fecundidad. La Muerte, cirujano caritativo, por medio de una sangría perseverante, de abundancia inmensa, le alivia de esa plétora que le hubiese aburrido. El espantoso torrente de generación que allí se produce, el diluvio del arenque, los miles y millones de huevos del abadejo, tantas y tan horrendas máquinas de multiplicación que, decuplicando, centuplicando, llenarían los océanos, ahogarían la Naturaleza, encuentran una barrera en el rápido devoramiento de la máquina de muerte, el nadador armado, el pez.

Bello espectáculo, grande, conmovedor. El combate universal de la Muerte y del Amor no parece nada sobre la tierra cuando se le parangona con el que existe en el fondo de los mares. Allí, inconcebible en su grandeza, horroriza por su furia, empero contemplándolo más despacio vésele muy armónico y de sorprendente equilibrio. Este furor es necesario. Ese cambio de la substancia, tan rápido (¡ hasta el punto de deslumbrar!), esa prodigalidad de la muerte, es la salvación.

Nada de tristeza; una alegría salvaje reina al parecer en todo aquello. De la vida del mar, áspera mezcla de las dos fuerzas que parecen destruirse entre sí, brota una salud maravillosa, una pureza incomparable, una belleza terrible y sublime á la par: ella triunfa lo mismo de vivos que de muertos. Sin gran predilección ni por los unos ni por los otros, les presta y vuelve á tomarles la electricidad, la luz, extrayendo ese fuego de chispas y ese infinito de pálidos resplandores que, hasta bajo las noches polares, constituye su magia siniestra.

La melancolía del mar, en su indolencia no tiene por tarea multiplicar la muerte, sino que, impotente, tiende á conciliar el progreso con el exceso de movimiento.

Es cien y mil veces más rico que la tierra, más rápidamente fecundo. Edifica y fabrica. La extensión que toma la tierra (hémoslo visto en los corales), débela al mar, y sólo al mar, no siendo éste otra cosa que el globo en su obra de construcción, en su más activa concepción. Su único obstáculo consiste en esa rapidez, y su inferioridad parece ser la dificultad que tiene (él tan rico en generación) para la organización del Amor.

Caúsanos tristeza al recordar que los miles de millones de seres que habitan el mar sólo poseen el amor vago, elemental, impersonal. Esos pueblos que, cada uno á su turno, suben y van en peregrinación hacia la dicha y la luz, dan á raudales lo más sustancioso de ellos mismos, su propia vida, el desconocido azar. Aman, y sin embargo nunca conocerán al ser amado do se encarnara su ensueño, su deseo. Paren sin serles dada la felicidad de renacer que se encuentra en su posteridad.