Chapter 10
De modo que, prudente, acorazado, trata de prolongar su existencia cuanto puede. Terminado su trabajo diurno, ¿estará seguro de noche en un sitio abierto por todos lados? ¿Los indiscretos no fijarán en él su mirada escudriñadora? ¡Quién sabe! Tal vez hinquen el diente en sus carnes... El ermitaño reflexiona y emplea toda su industria para que así no suceda; mas, sólo puede valerse de su pie, útil para todo. De ese pie, con el que intenta cerrar la entrada de su casa, se despliega á lo largo un apéndice resistente que hace las veces de puerta. Colócalo en la abertura y helo ahí encerrado dentro de su morada.
Con todo, la dificultad permanente, la contradicción que se observa en su naturaleza es, que al paso que debe quedar resguardado necesita estar en relación con el mundo exterior, pues no puede aislarse como el esquino. Sus educadores, el aire y la luz, son los únicos capaces de dar consistencia á un cuerpo tan blando, ayudarle en la formación de los órganos; empero necesita adquirir sentidos, el oído, el olor, guía para el ciego, la vista, y, sobre todo, necesita respirar.
¡Grande é imperiosísima función! Nadie se acuerda de ella cuando se practica con facilidad; mas, si se detiene un instante, ¡qué terrible desorden! Si nuestro pulmón se infarta, si la laringe se embaraza tan sólo en el transcurso de una noche, la agitación, las angustias son extremas, no pueden soportarse, soliendo acontecer que, sin cuidarnos del peligro á que nos exponemos, mandamos abrir todas las ventanas de nuestra casa. Nadie ignora que en las personas asmáticas es tan grande ese tormento, que no pudiendo valerse del órgano natural, se crean un medio suplementario de respiración.--¡Aire!, ¡aire!, ¡ó la muerte!
La Naturaleza así hostigada es terriblemente inventora; por lo tanto, no debe sorprendernos si aquellos pobres encarcelados, ahogándose bajo el techo de su casita han hallado mil aparejos, mil géneros de válvulas que les alivian un tanto. Los unos respiran por unas laminillas que corren alrededor de su pie, otros por una especie de peine: los hay que por un disco, un broquel; otros por hilitos prolongados. Algunos poseen al costado lindos penachos ó sobre el lomo un gracioso arbolillo que se mueve, adelanta, retrocede, respira.
Tan sensibles órganos y que tanto esmero ponen en no ser heridos, afectan formas encantadoras; diríase que quieren agradar, enternecer, y piden perdón. En su inocencia desempeñan todos los papeles de la Naturaleza y toman mil variadas formas y colores. Esos pequeños hijos del mar, los moluscos, festéjanlo eternamente y son su adorno merced á su gracia infantil y á su riqueza de matices. En medio de su austeridad, el terrible elemento no puede menos de sonreirse al contemplar sus gracias naturales.
Además, la vida tímida está llena de melancolía. No es dado creer que no sufra la hermosa entre las hermosas, el hada de los mares (haliótido), con su severa reclusión. Posee el pie para arrastrarse, mas, no se atreve. «¿Quién te lo impide?--Tengo miedo... el cangrejo me acecha; si me entreabro, se cuela en mi morada. Un mundo de peces voraces flota sobre mi cabeza; el hombre, mi cruel admirador, me da el castigo á que me ha hecho acreedora mi belleza. Perseguida en los mares de la India, hasta en las aguas del polo, he sentado mis reales en California, y se me exporta á toneladas.»
No atreviéndose á salir la infortunada, ha encontrado un medio sutil para que llegue hasta ella el aire y el agua. Fabrica en su casa pequeñísimas ventanas que conducen á sus pulmoncitos. No obstante, el hambre oblígala á aventurarse: al anochecer se encarama un poco por la vecindad y pasta alguna planta, su único sustento.
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Observaremos como de paso que esas maravillosas conchas, no sólo el haliótodo, sino también la _viuda_ (blanca y negra), _boca de oro_ (nácar dorado), son pobres herbívoras muy sobrias en el comer.--Viva refutación de los que en el día creen ser la belleza hija de la muerte, de la sangre, del asesinato, de una brutal acumulación de sustancia.
Esas conchas necesitan muy poca cosa para vivir. Su principal alimento consiste en la luz que beben, que las penetra y con la que colorean é irisan el interior de su vivienda, escondiendo asimismo el amor solitario en aquella mansión. Todas son dobles: en cada una de ellas hay amada y amante. Así como los palacios orientales sólo presentan en el exterior muros descarnados, disimulando sus maravillas internas, aquí lo de afuera es rudo y el interior deslumbra. El himeneo se produce al resplandor de un pequeño mar de nácar que, multiplicando sus espejos, da á la habitación, cerrada y todo, el encanto de un crepúsculo hechicero y misterioso.
Gran consuelo es poseer, si no el sol, á lo menos una luna propia, un paraíso de suaves matices, que, cambiando siempre sin cambiar, da á esa vida inmóvil la poca variedad que necesitan todos los seres.
Los niños empleados en las minas piden á los curiosos que las visitan, no víveres ni dinero, sino «algo con que producir la luz.» Otro tanto acontece con esos niños, nuestros aliótidos. Diariamente, aunque ciegos, sienten venir la luz, ábrense con avidez, recíbenla, contémplanla con su cuerpo transparente, y cuando ha desaparecido, la conservan y la cobijan con su amoroso pensamiento. La aguardan, la acechan, constituyendo esa espera una de sus más inefables delicias. ¿Quién es capaz de dudar que á su vuelta no sientan como nosotros el arrobamiento del despertar, y con más fuerza, distraídos como estamos por la vida, tan múltiple y variada?
Para aquellos seres, la eternidad transcurre en sentir y adivinar, en soñar y echar de menos al gran amante: el Sol. Sin verlo como nosotros, no dejan de notar que ese calor, esa gloria luminosa les viene de afuera, de un gran centro poderoso y suave. Y los pobres aman ese otro Yo, ese gran Yo que les acaricia, les ilumina de gozo, inúndales de vida. No cabe duda que si pudieran se ostentarían á la luz de sus rayos. Siquiera, pegados á su mansión, como brahman meditando á la puerta de la pagoda, ofrécenle silenciosamente... ¿qué? la felicidad que da, y ese suave movimiento hacia él.--Flor primera del culto instintivo. Amar y orar es pronunciar la palabrita que un santo preferiría á cualquiera otra oración, el «¡Oh!» con que se contenta el cielo. Cuando el indio pronúnciale al despuntar la aurora, sabe que ese mundo inocente, nácar, perlas, humildes conchas, hace coro con él desde el fondo de los mares.
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Comprendo perfectamente que en presencia de la perla, el alma ignorante y encantadora de la mujer, sueñe y se conmueva sin saber por qué. Dicha perla no es ni persona ni cosa: hay en ella todo un mundo de conjeturas.
¡Qué blancura tan admirable! (candor quise decir); ¿virginal? No: mucho mejor que eso. Las vírgenes y las niñas, por dulces que sean, tienen poco más ó menos lo que podemos llamar el _verdor de la juventud_, mientras que el candor de nuestra perla aseméjase más bien al de la inocente desposada, tan pura, aunque sumisa al amor.
No tiene la menor ambición de brillar, suavizando, y apagando casi sus matices. A primera vista no se observa más que un blanco mate, y sólo al contemplarla de nuevo se empieza á descubrir su iris misterioso, y, como se dice, _su oriente_.
¿Dónde vivió? Preguntádselo al profundo Océano. ¿De qué vivió? Que responda el Sol. Vivió de luz y de amor de la luz, cual si hubiese sido un espíritu puro.
¡Gran misterio! Mas, ella misma bastante lo da á comprender. Presiéntese que tan caro ser ha vivido largo tiempo inmóvil, resignado, en la quietud que hace _esperar_, _esperando_, y nada hace ni quiere sino lo que apetece el ser amado.
El hijo del mar había puesto toda su dicha en la concha, ésta en el nácar, el nácar en su perla, que no es otra cosa que el mismo nácar concentrado.
Empero esa concentración sólo se alcanza (dícese) por medio de una herida, de un sufrimiento permanente, de un dolor cuasi eterno, que atrae, absorbe todo el ser, aniquila su vida vulgar en esa poesía divina.
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He oído decir que las verdaderas damas de Oriente y del Norte, mucho más delicadas que las palurdas cubiertas de riquezas, evitaban el contacto abrasador del diamante, no permitiendo que tocara su fino cutis más que la suave perla.
Realmente, el brillo del diamante perjudica al resplandor del amor. Un collar, dos brazaletes de perlas, es la armonía de una mujer,[1] el verdadero adorno femenino, que en vez de divertir, conmueve, enternece á la ternura. Ello dice: «¡Amemos! ¡Silencio!»
La perla parece enamorada de la mujer y ésta de aquélla. Las citadas damas del Norte, cuando se las han puesto una vez ya no las abandonan, llevándolas día y noche escondidas bajo sus ropas. En ocasiones solemnes, á través de las ricas pieles forradas de raso blanco, se transparenta la joya afortunada, el inseparable collar.
Es como la túnica de seda que la odalisca viste interiormente y á la que tiene tanto apego, no dejándola hasta que está usada, rota y completamente fuera de combate, sabiendo como sabe que es un talismán, el aguijón infatigable del amor.
Otro tanto acontece con la perla: como la seda, se impregna de lo más íntimo y bebe la vida. Una fuerza desconocida transmítese á ella, la virtud de la amada. Cuando ha reposado tantas noches sobre su seno, respirando su calor; cuando ha adquirido el aroma de su piel y los blondos tintes que hacen delirar el corazón, la joya ya no es joya, sino una parte integrante de la persona que no debe contemplarla con ojos indiferentes. Sólo un ser tiene derecho á conocerla y sorprender á través de aquel collar los misterios de la mujer querida.
IX
El ladrón de los mares (pulpo, etc.)
Las medusas y los moluscos han sido, por lo general, inocentes criaturas, podríamos decir muchachos, y yo he vivido con ellos en un mundo apacible. Hasta ahora hemos visto pocos carnívoros. Aun aquéllos obligados á vivir así, sólo destruían para sus imprescindibles necesidades, y la mayor parte vivían á expensas de la vida apenas comenzada, de átomos, de jalea animal, inorgánica. Por lo tanto no se conocía el dolor; no había crueldad ni cólera en ellos. Sus almitas tan suaves, no dejaban de tener un rayo, la aspiración hacia la luz, hacia la que nos llegaba del cielo y hacia la del amor, revelada en llama cambiante que de noche es el encanto de los mares.
Ahora tengo necesidad de penetrar en un mundo mucho más sombrío: la guerra, el asesinato. Debo confesar que, desde el principio, desde la aparición de la vida, apareció la muerte violenta, depuración rápida, útil purificación, pero cruel, de cuanto languidecía, se arrastraba ó hubiera languidecido, de la creación lenta y débil, cuya fecundidad habría llenado el globo.
En los terrenos más antiguos se encuentran dos animales homicidas, el _Tragón_ y el _Chupador_. El primero se nos revela por medio de la huella del trilobito, especie que se ha perdido, destructor extinto de los seres extintos también. El segundo subsiste en un resto horroroso, un pico casi de dos pies de longitud que fué el del gran chupador, sepia ó pulpo (Dujardin). A juzgar por el pico, si el monstruo guardaba proporción con él, debió tener un tronco enorme, brazos-chupones espantosos, tal vez de veinte ó treinta pies de largo, como una prodigiosa araña.
¡Cosa trágica! Esos seres de la muerte son los primeros que se hallan en el centro de la tierra. ¿Indicaría esto que la muerte haya podido preceder á la vida? No, mas los animales blandos que alimentaron á aquéllos se han evaporado sin dejar traza ni huella alguna.
¿Los comedores y los comidos eran, acaso, dos naciones de origen distinto? Lo contrario es lo más probable. Del molusco, forma indecisa, materia apta aún para todo, la fuerza superabundante del joven, su rica plétora, prodigando la alimentación, debió en un principio, desprender dos formas contrarias en la apariencia, pero que llevaban un mismo fin. Hinchó, sopló desmesuradamente el molusco en un globo, en una vejiga absorbente, que, hinchado más y más y cada vez más hambriento (aunque sin dientes al principio), chupó. Por otro lado, la misma fuerza, desarrollando el molusco en miembros articulados, que cada uno de ellos fabricó su concha, endureciendo ese ser encostrado, le dió consistencia, sobre todo en las pinzas y en las mandíbulas, para morder y triturar los objetos más duros.
En este capítulo sólo hablaremos del primero.
El chupador del mundo blando, gelatinoso, lo es él mismo. Haciendo la guerra á los moluscos, mantiénese también molusco, es decir, constantemente embrionario y ofrece el extraño aspecto, ridículo y caricaturesco, sí no fuera terrible, del embrión que va á la guerra de un feto cruel, furioso, blando, transparente pero delicado y cuyo soplo es mortal. No sólo pelea por su alimento, sino porque tiene necesidad de destruir: una vez saciado, y harto hasta reventar, todavía destruye. Aunque carece de armadura defensiva, no por eso es menos inquieto bajo su resoplido amenazador; su seguridad consiste en atacar. Todo ser se convierte para él en enemigo, lanzándole al acaso sus largos brazos, mejor dicho, sus látigos armados de ventosas. Arrójale también antes de entablar la lucha, sus efluvios paralizadores, entorpecedores, un magnetismo que hace innecesario el combate.
Su fuerza es doble. Al poder mecánico de sus brazos-ventosas que enlazan, inmovilizan, añadid la fuerza mágica de ese rayo misterioso; añadid un oído muy fino y el ojo avizor. Miedo cerval se apodera de nosotros al pensar en él.
¿Qué eran esos monstruos de corteza elástica y que tanto daba de sí cuando la riqueza desbordante del mundo primitivo, donde no debían cuidarse de buscar nada, sumidos como estaban siempre en un mar vivo de alimentos, los hinchaban indefinidamente? De entonces acá han decrecido. Sin embargo, Rang atestigua haber visto uno del tamaño de un tonel, y Perón encontró otro de iguales dimensiones en el mar del Sur, que rodaba, roncaba, entre el oleaje con grande estrépito. Sus brazos, de seis ó siete pies de longitud, se desplegaban en todas direcciones, simulando una furiosa pantomima de horribles serpientes.
Ateniéndonos á esos relatos de hombres dignos de crédito, me parece que no ha debido rechazarse con irrisión el de Dionisio de Monforte, que atestigua haber visto un enorme pulpo azotar con sus látigos eléctricos, estrujar, asfixiar á un dogo á pesar de los mordíscos con que éste se defendía, de sus esfuerzos, de sus aullidos de dolor.
El pulpo, máquina terrible, puede, lo mismo que la de vapor, cargarse, sobrecargarse de fuerza, adquiriendo entonces una potencia incalculable de elasticidad, un arranque impetuoso, hasta el punto de lanzarse sobre un buque (d'Orbigny, artículo _Céphal_). Con esto queda explicada la maravilla que valió el dictado de embusteros á los antiguos navegantes. Según éstos, habíanse encontrado con un pulpo gigantesco que, arrojándose sobre el combés, abrazó con sus prodigiosos brazos los mástiles y el cordaje, é hiciera presa de la embarcación devorando á cuantos la tripulaban, si éstos no hubiesen cercenado aquellos miembros á hachazos. Mutilado, volvió á caer al mar.
No faltó entre ellos quien le viera brazos de sesenta pies de largo. Otros sostenían haber divisado en los mares del Norte una isla movible de media legua de ruedo, que sería un pulpo, el espantoso kraken, el monstruo de los monstruos, capaz de envolver y tragarse una ballena de cien pies de longitud.
Esos monstruos, caso que hayan existido, habrían puesto en peligro á la Naturaleza misma, chupándose el globo. Empero, por una parte, las aves gigantes (tal vez el _epiornis_) pudieron hacerles la guerra, y por otra la tierra, mejor regulada, debió debilitar, deshinchar la horrenda quimera reduciendo al gigante comestible, disminuyendo la alimentación.
A Dios gracias, los pulpos de nuestros días no son tan temibles. Sus elegantes especies, tales como el argonauta, gracioso nadador en su ondulada concha, el calamar, buen navegante, la linda sepia de ojos de azur, se pasean por el Océano y sólo atacan á los seres más pequeños.
En ellos se transparenta una idea, una sombra del futuro aparato vertebral (el hueso de sepia que se concede á los pájaros), resplandeciendo su piel con vistosos colores que cambian á cada momento. Pudiera llamárseles con propiedad los camaleones del mar. La sepia tiene el exquisito perfume, el ámbar gris, que sólo se encuentra en la ballena como residuo de las innumerables sepias que absorbe. Los marsuinos hacen también gran carnicería entre ellas. Las sepias son sociables y van á bandadas, y en el mes de mayo dirígense todas á la playa para depositar unos racimos que constituyen sus huevas: allí las aguardan los marsuinos, que se regalan con aquel manjar. Estos señores son tan delicados que sólo se comen la cabeza, sus ocho brazos, trozo tierno y de fácil digestión, rechazando lo más duro del animal, la parte trasera. Toda la playa (como por ejemplo en Royan) vese cubierta de esas miserables sepias así mutiladas. Los marsuinos celebran su festín dando saltos descompasados, primero para intimidarlas y luego para cazarlas: por fin, terminada la comida, entréganse á saludables ejercicios gimnásticos.
La sepia, á pesar del aire singular que le da su pico, no deja de excitar cierto interés. Todos los matices del más variado arco-iris se suceden y desaparecen sobre su transparente piel, según los juegos de la luz y el movimiento de la respiración. Moribunda, os mira todavía con su ojo azur, descubriendo las postreras emociones de la vida por medio de fugitivos resplandores que suben del fondo á la superficie, apareciendo momentáneamente para desaparecer en seguida.
* * *
La decadencia general de esta clase, que tan enorme importancia tuvo en las primitivas edades, es menos notable entre los navegantes (sepias, etc.), y más visible en el pulpo propiamente llamado, triste habitador de nuestras costas. Este no cuenta para navegar con la firmeza de la sepia, edificada sobre un hueso interno; tampoco tiene como el argonauta, un exterior resistente, una concha que preserve los órganos más vulnerables, careciendo asimismo de la especie de vela que secunda la navegación y dispensa de remar. Barbota un poco por la orilla, ó, á lo sumo, puede comparársele al barco costeño que sigue la tierra. Su inferioridad le da hábitos de pérfida astucia, de emboscada, de tímida audacia, si vale expresarse así. Hácese el disimulado, se mantiene quieto en las hendeduras de las rocas. Cuando ha pasado la presa, al instante le lanza su latigazo. Los débiles quiera momentáneamente, tenido miedo ó pasmádogarras. El hombre, al sentirse golpeado de esta suerte mientras nada, no puede atemorizarse de luchar con tan despreciable enemigo: á pesar de su repugnancia, preciso es que lo agarre y (cosa muy fácil) lo vuelva del revés como un guante. Entonces se rinde y perece.
Nos sentimos contrariados, irritados de haber, siquiera momentáneamente, tenido miedo ó pasmádonos ante ser tan baladí.--Hácese preciso decir á ese guerrero que llega soplando, roncando, echando pestes: «Valiente de mentirijillas, nada encierras dentro de ti: eres más bien máscara que ser: sin base, sin fijeza de la personalidad hasta el presente sólo posees el orgullo. Tú roncas, máquina de vapor, tú roncas y sólo eres una bolsa y al revés, un cuero blando y fofo, vejiga agujereada, globo desgarrado, y mañana una cosa sin nombre, un poco de agua de mar disipada.»
X
Crustáceos.--La guerra y la intriga.
Si, después de haber contemplado nuestra rica colección de armaduras de la Edad Media y aquellas pesadas moles de hierro con que se tapujaban nuestros caballeros, nos encaminamos al Museo de Historia Natural para ver las armaduras de los crustáceos, nos causa lástima el arte del hombre. Las primeras son un carnaval de disfraces ridículos, que estorbaban y mortificaban, sirviendo sólo para ahogar á los guerreros y hacerlos inofensivos; al paso que las otras, sobre todo, las armas de los terribles decápodos, son de tal suerte horrorosas que, si tuvieran la altura del hombre, nadie podría mirarlas sin desvío: los más valientes se sentirían turbados, magnetizados de terror.
Allí se ostentan en traje de batalla, bajo aquel temible arsenal ofensivo y defensivo, que llevan con tanta ligereza, sólidas pinzas, lanzas aceradas, mandíbulas capaces de partir el hierro, corazas erizadas de dardos, que basta que os abracen para causaros mil heridas. Es de agradecer á la Naturaleza que los ha creado de ese tamaño, pues á ser más grandes, ¿quién hubiera podido luchar con ellos? Ninguna arma de fuego traspasaría su cuerpo. A su presencia, huiría el elefante, el tigre se encaramaría á los árboles, y el rinoceronte, á pesar de lo consistente de su piel, no estaría en salvo.
Presiéntese que el agente interior, el motor de esta máquina, centralizado en su forma (casi siempre circular), sólo por aquello usó de enorme fuerza. La esbelta elegancia del hombre, su forma longitudinal, dividida en tres partes con cuatro grandes apéndices, divergentes, alejados del centro, lo convierten, por más que se diga, en un ser muy débil. En aquellas armaduras de caballeros los grandes brazos telegráficos, las pesadas piernas colgantes, causan la triste impresión de un ser descentralizado, impotente y vacilante, que un ligero choque bastaba á derribar. En el crustáceo, por el contrario, los apéndices están tan cercanos y unidos á la masa rechoncha, tupida, que el más pequeño golpe que asesta lleva el empuje de todo el cuerpo. Cuando el animal pincha, muerde ó destroza, hácelo con todo su ser, que aun al extremo de su arma conserva completa energía vital.
Tiene dos cerebros (la cabeza y el tronco); empero para tupirse, para obtener tan terrible centralización, el animal ha tomado su partido, esto es, pasarse de cuello metiendo su cabeza en el abdomen. Simplificación maravillosa. Esa cabeza une los ojos, los palpos, las pinzas y las mandíbulas. Desde el momento que su ojo penetrante ha divisado, los palpos palpan, las pinzas aprietan, las quijadas rompen, y en seguida, sin intermediario, el estómago, que en sí encierra una máquina para triturar, desmenuza y disuelve. En un momento todo ha concluido, la presa desaparece y es digerida.
En ser semejante todo es superior.
Ven los ojos por delante y por detrás. Convexos, externos, á facetas, son aptos para abarcar una gran parte del horizonte.
Los palpos ó antenas, órganos de ensayo, de prevención, de triple experimento, tienen el tacto en sus extremidades, y en la base el oído y el olfato. Ventaja inmensa de que estamos privados nosotros. ¿Qué sucedería si la mano humana oliera, oyese? ¡Cuan rápida y simultánea sería nuestra observación! Dispersa entre tres sentidos que trabajan separadamente, la impresión, con frecuencia, es inexacta ó se desvanece.
De los diez pies que tiene el decápodo, seis son manos, tenazas, y además, por su extremidad, órganos de respiración. El guerrero se zafa aquí por un expediente revolucionario del problema que tanto ha embarazado al pobre molusco. «Respirar á pesar de la concha.» A lo que contesta: «Respiraré por el pie, por la mano. El punto débil por do pudiera ser habido, lo coloco en el arma de guerra. ¡Que vengan, pues, á atacarme por ahí!»
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El no teme otro enemigo que las borrascas y las rocas. Pocos son los que viajan en alta mar y pocos en el fondo: casi siempre se mantienen en la orilla acechando alguna presa. A menudo, mientras están aguardando que bostece la ostra para almorzársela, el mar se hincha, apodérase de ellos, se los lleva rodando. En este momento el peligro está en su armadura: sólida, sin elasticidad, recibe todos los golpes en seco, rudamente. Sus puntas aplástanse en las asperosidades de las rocas, estréllanse, se rompen, saliendo mutiladas de aquel combate. Afortunadamente, al igual del esquino pueden repararse, substituir el miembro roto con otro miembro suplementario. Y á tal punto confían en esto, que cuando se les aprisiona rómpense un miembro voluntariamente para adquirir la libertad.