El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo
Part 8
Al día siguiente me levanté temprano, con la impaciencia de ver a mi hijo, y preocupada por el efecto que le había de producir mi visita, y el temor de encontrarle delicado, poco dispuesto para venirse conmigo, o acaso enredado en algún mal negocio. Por fin le escribí dándole cuenta de mi viaje y de las razones que lo habían motivado: se presentó inmediatamente y pareció como que se admiraba mucho de vernos, sintiendo y deplorando la conducta que habíamos observado. Su salud me pareció menos mala de lo que yo temía; me dijo que por ser yo quien había ido a buscarle, se vendría a Mâcón, pero que con ninguna otra persona se hubiera venido; me ha pedido algunos días para arreglar sus negocios, y yo le he concedido ocho: estos días los aprovecharé enseñando a Eugenia todo lo más notable que París encierra.
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Sigue el _diario_ con una extensa reseña de París, sus museos y edificios más notables, expresando deseos de presenciar alguna diversión pública, de lo que se abstiene por escrúpulos de conciencia.
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Alfonso nos ha conducido hoy a Saint-Cloud en un cabriolé; es un sitio en el cual pasé la mayor parte del tiempo de mi niñez, cuando mi madre educaba a los hijos del duque de Orleans; en aquellos fui yo extremadamente feliz; salí de allí a los quince años, y desde entonces no había vuelto a ver aquellos lugares, a pesar de que tenía grandes deseos y muy gratos recuerdos de ellos. He paseado todo el parque acompañada de Alfonso y Eugenia; les hacía notar árbol por árbol todos los sitios en donde había yo jugado cuando niña; hubiera querido poder enseñarles las habitaciones, pero esto no fue posible, porque la emperatriz María Luisa las tiene actualmente ocupadas.
He dado a Alfonso todo el dinero que yo me había traído, para pagar las deudas adquiridas en el juego.
Me he dejado llevar a la Opera por M. y Mme. de Larnaud, quienes me han asegurado que semejante espectáculo no viene a ser más que una academia musical, y, por consiguiente, la Iglesia no lo prohíbe. Me he alegrado mucho de verlo, porque tenía de ello una idea bastante exagerada; no me ha producido la extrañeza que yo me figuraba, según lo que había oído decir; antes al contrario, he sentido una impresión de compasión por aquellas gentes y, a la vez, de cuando en cuando, decíame a mí misma: He aquí la reunión de todas las artes, de todas las reputaciones y talentos, ¿y esto es lo que ha concedido la celebridad en todo el mundo? ¿nada más que esto? Me pareció algo así como una gran función de polichinelas; un juego de niños bien combinado, cuatro diabluras, un poco de fuego producido con alcohol, contorsiones de toda especie y máquinas cuyos secretos se adivinan en seguida, ¡esto es todo! ¡hombres! ¡hombres!...
Cuando sentí verdadera compasión por el público, que llenaba el teatro, fue al advertir que muchas personas demostraban fastidio y otras permanecían dormidas desde que dio principio el espectáculo.
He conseguido alejar a mi hijo de aquel abismo de seducciones. He vuelto por Rieux, tierra de mi padre, en donde he pasado quince días al lado de mi hermana. El día antes de mi salida mandé celebrar una misa en memoria de mis padres junto a su tumba, donde descansan sus cenizas.
El recibimiento de mi marido y de la familia ha sido tan tierno para mí, como frío para mi hijo. Hemos vuelto a Milly. Alfonso parece conformado con esta soledad; trabaja, lee, escribe; siempre en su cuarto; por la noche, junto al hogar, se habla con los vecinos de las derrotas de nuestro ejército y de las calamidades que las locuras de Bonaparte han atraído sobre Francia. La Europa entera se ha puesto sobre él: ¿qué será de esta desgraciada Francia, invadida por innumerables ejércitos extranjeros que ha provocado al mismo tiempo, así en España, como en Rusia y Alemania? ¡Dios mío! ¡cuán cara tienen que pagar los pueblos la pretendida gloria de los conquistadores y de los ambiciosos!
Todos los hombres solteros han sido llamados a las armas, los impuestos se han cargado extraordinariamente. Nosotros, por economía, hemos vendido nuestro caballo.
LXXXIV
31 de diciembre de 1813.
Estamos refugiados en Mâcón; todos los días corre la noticia de que los enemigos van a venir; hay quien asegura ya que han pasado por Génova. He ido a Milly para esconder un poco de trigo por lo que pueda ocurrir, que me parece será de importancia. ¡El año que hoy acaba, ha parecido un sueño sangriento de Bonaparte! ¡Qué será, Dios mío, el que empieza mañana! Tengo esperanza de que caerá...
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Estos puntos suspensivos indican bien claro su deseo de la caída de Bonaparte y de la vuelta de los Borbones, los reyes queridos de su niñez.
LXXXV
9 de enero de 1814.
Han llegado los enemigos hasta Besançon junto a Lyón; se espera en este sitio una batalla: no sé si deba preocuparme o no por este esperado acontecimiento: el peligro produce sangre fría y concentra en el corazón todas sus fuerzas. Espero y creo en Dios.
Las gentes están agitadísimas, y cada cual se deja llevar por sus opiniones. Hago esfuerzos para no decir nada en contra del espíritu de paz y caridad que debe reinar entre los verdaderos cristianos, y a pesar de mi excesiva moderación soy criticada. No importa, tengo fuerza de voluntad para sufrirlo todo.
Mis ocupaciones y mis gastos son grandes; tengo poquísimo dinero, puesto que mi viaje me arruinó, y mi marido no quiere reducir nuestros gastos.
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Hasta el día 10 de marzo de 1814 el _diario_ no es más que un confuso relato de maniobras de los ejércitos austriacos y franceses, que toman y vuelven a tomar, cada uno a su vez, la ciudad de Mâcón y demás poblaciones vecinas. La batalla del 10 de marzo entre los soldados de Angereau y los del general austriaco Bianchi, a las puertas de la población, se observa con todas sus peripecias en el hogar desgraciado de la atribulada madre que tiembla por la vida de su familia.
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El día 10 (jueves) han tenido otra batalla; los franceses, en número de doce mil hombres, han atacado para rechazar a los austriacos. El combate ha durado desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde con igual ardor por ambas partes, pero al fin han sido rechazados los franceses. Las pérdidas han sido casi iguales entre ambas partes; el número de muertos y heridos dicen que asciende a cuatro mil hombres. No hemos estado un momento sin oír cañonazos ni ver pasar heridos. ¡Qué horrorosa jornada!
Después de la batalla, la noche que ha precedido al día siguiente, han sido saqueadas casi todas las casas de los alrededores de Mâcón y muchas de la misma ciudad, como la mayor parte de los arrabales de san Antonio y la Barre. Se han cometido muchos excesos de todas clases: He aquí el resultado de esta guerra cien veces maldita. ¡Qué inmensa responsabilidad para los culpables de estas desgracias! Pobres madres que ignoráis en este momento la muerte de vuestros hijos, ¡cuál será vuestro desconsuelo al recibir la infausta noticia!
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Muchas señoras, el señor cura y yo nos hemos presentado al general Bianchi, rogándole cesara el saqueo. Este general nos ha recibido muy cortésmente, pero nos ha dejado ver que no se juzgaba dueño de dominar por completo el pillaje: me parece, sin embargo, que ha tomado alguna medida en este sentido, porque durante la noche han recorrido el pueblo patrullas de soldados a caballo.
LXXXVI
17 de marzo de 1814.
Se encuentra refugiada en mi casa mi hija Cecilia, que ha venido huyendo del Franco-Condado; el día 9 de marzo alumbró entre el tronar de los cañones y los gritos lastimeros de los heridos. Por todas partes hay soldados; estamos abrumados de gentes a quienes alimentar; tenemos un general en casa, y damos de comer a los que le acompañan, en número de veintiocho. Nos tienen arruinados.
Alfonso está en Milly, en donde hay igualmente unos trescientos hombres; cuatro oficiales se alojan en la casa con sus caballos y sus asistentes. Se están temiendo siempre nuevas batallas; sin embargo, creo que se irán alejando de estos contornos, porque las tropas francesas se encuentran junto a Villafranca, y los austriacos entre esta ciudad y sus cercanías.
Mi hijo Alfonso salió el 10, con M. Pierreclos, para asistir a la gran batalla frente a Villafranca. Estuvieron un momento cercados por un cuerpo austriaco que se adelantaba oculto detrás de una montaña. La velocidad de sus caballos les salvó; sin embargo, algunas balas atravesaron sus vestidos y uno de los caballos quedó herido. A pesar de este percance, pudieron llegar a Pierreclos y a Milly, abandonados ya estos pueblos por el enemigo.
Ayer tuvieron otra batalla junto a Villafranca, en la que los franceses fueron rechazados; se dice que las pérdidas han sido grandes por ambas partes. Han entrado gran número de heridos. ¡Dios mío! ¿cuándo se apaciguará vuestra cólera? ¡Perdonad nuestras faltas y haced que nuestros males terminen!
LXXXVII
Domingo, 20 de marzo de 1814.
Toda, la noche hemos tenido alojados algunos oficiales y algunos soldados; cuerpo de guardia y centinelas en toda la casa. Por fin se han marchado. Todo esto nos cuesta grandes tesoros, además de las cantidades que ellos nos exigen en calidad de contribución.
LXXXVIII
Jueves Santo, 7 de abril de 1814.
El domingo, día 20, fue tomada la ciudad de Lyón. El general Angereau, que mandaba las tropas francesas, cesó el tiroteo junto a las mismas puertas de la ciudad; el alcalde capituló, dejando tiempo bastante a las tropas francesas para retirarse, lo cual verificaron por la puerta de la Guillotiere, al mediodía de la ciudad. Ni el menor desorden hubo en Lyón.
Este hecho nos ha causado gran alegría, porque de seguir mucho tiempo este continuo alojamiento de tropas, quedaríamos completamente arruinados.
Ha venido a vernos nuestro hijo Alfonso, que se encuentra en Milly, administrando nuestras propiedades y los pueblos que lo han nombrado alcalde. Los aldeanos lo quieren mucho. Les ha enseñado los medios de hacer economías y contribuido él mismo para realizarlas. Todos dicen que se ha portado muy bien durante su gestión administrativa. Estoy de ello muy satisfecha.
Según se dice, nuestra querida Francia, muerta en la actualidad, resucitará, saliendo de la tiránica opresión en que está sumida dos años hace.
LXXXIX
10 de abril, día de Pascua.
Lyón, Burdeos y París han levantado bandera blanca, y se han puesto la escarapela del mismo color; Bonaparte ha sido declarado indigno del trono que no ha sabido sostener, y dicen que irá a la isla de _Elba_, que le ha sido concedida en soberanía, además de seis millones de renta anual.
Llega en este momento un correo de Lyón con bandera blanca; el Ayuntamiento de aquí se ha reunido para resolver si se declararía la caída de Bonaparte y la soberanía de los Borbones. Mi marido, mi yerno M. de Cessia y Alfonso, han asistido; yo les animé cuanto pude, porque para Francia no hay más salvación que la conciliación con Europa, bajo la salvaguardia de los antiguos reyes que hoy se encuentran desterrados. No creo que sea imprudente declararlo desde luego: el extremado ardor con que yo defiendo lo que creo justo, me está produciendo serias desazones; se me ha tachado de imprudente. Nada sabemos aún de positivo sobre los acontecimientos actuales; se dice que París fue tomado el 31 de marzo, y estamos a 10 de abril sin haber recibido todavía noticias oficiales. Se temía igualmente que hubiera algún trastorno con motivo de los pronunciamientos, y algo debe haber de verdad sobre esto porque anoche hubo en el paseo una intentona.
Hoy hemos pasado sin saber noticias de París, el pueblo estaba excitadísimo, cuando allá sobre las seis de la tarde llegó un correo portador del _Senatus consulto_, que declaraba la caída del imperio. El gozo fue grande. Este aumentó por la noche con las noticias que se recibieron de la abdicación de Napoleón y la exaltación de los Borbones. Todo el mundo estaba en el paseo; éste parecía atestado materialmente, el tiempo era magnífico; hablábanse las gentes sin conocerse apenas. Se reunían, se felicitaban, se abrazaban; era aquello una manifestación general de entusiasmo. Hubo luego iluminación y se prolongó el paseo hasta la madrugada.
Al día siguiente tuvo lugar la solemne proclamación del nuevo orden de cosas, con músicas y luminarias; se dieron gritos de «viva el rey.» He tenido hoy a comer y almorzar a muchos miembros del consejo provincial, que han llegado de Mâcón, donde han sido convocados por el gobernador de la provincia.
He salido para Milly con mis tres pequeñitas. Estoy contenta y necesito pasar aquí algunos días de reposo para ordenar en calma las ideas que agitan mi cerebro.
Mañana procuraré escribir algunas reflexiones que me han sugerido los acontecimientos ocurridos.
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En las reflexiones que vamos a copiar, escritas en su retiro de Milly, se advierte desde luego el sentimiento, tanto tiempo comprimido, que la madre de familia abrigaba contra la dominación militar de Bonaparte, y los deseos de que la Francia estuviera gobernada por un gobierno más pacífico, que ella creía de buena fe había de ser el de los Borbones, a cuya familia amaba desde su niñez. Esta página viene a ser el lirismo de la esperanza, después de la desesperación. Un régimen tan odiado por las mujeres no podía ser por ningún estilo todo lo popular que los historiadores del partido quieren hacernos creer.
Continuemos leyendo las impresiones de aquella madre amantísima.
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Milly, viernes 15 de abril.
Señor, jamás hubo en el mundo una criatura más colmada de vuestros beneficios que esta humilde pecadora. A medida que voy avanzando en edad, me encuentro rodeada cada día de una protección particular de vuestra divina piedad. En medio de todo lo que acaba de suceder, no he sufrido particularmente una sola desgracia. Mis hijos se encuentran todos a mi lado. Conservo a mi único varón, cuando tantos otros padres han perdido los suyos. Su salud se modifica de continuo, tanto, que puede decirse ya que está del todo restablecido. Todo lo que os pido, Dios mío, es que le hagáis un buen cristiano. Combato, por mi parte, todo lo que puedo, todos los impulsos que la ambición pretende encender en mi pecho; todo esto que pido es en bien de mi hijo, de su alma. Pero al pedir en bien del alma (y no deseando realmente más que eso), siento una tristeza y un desfallecimiento que me causa horror. Acaso este será un castigo de Dios por haberme inclinado demasiado a las cosas mundanas; será que se me advierte la pérdida de los goces verdaderos; yo así lo creo, porque antes de ahora, cuando me dedicaba a Dios solamente, era feliz en mi retiro, me alzaba sobre las miserias terrenales y sentía una inexplicable alegría, pero en la actualidad no puedo, sin esfuerzo, alcanzar este entusiasmo celestial. ¿Será que mis sentidos se entorpecen al peso de los años? Sin embargo, mi salud es buena y mejor que otras veces, lo cual es todavía otro de los favores por que debo dar gracias a Dios. Mis hijas están igualmente buenas, creciendo a mi lado en virtud y hermosura, porque sus figuras son simpáticas y su piedad grande: tanto es así, que yo misma, algunas veces, he notado escrúpulos excesivos en ellas que me he visto obligada a combatir. Cecilia y su marido están todavía con nosotros; su hijo, mi nietecito, se está haciendo cada día más hermoso; su madre se lo cría, y hace en esto muy bien; nunca me ha gustado dar los niños a manos mercenarias.
Va mejorando nuestra fortuna. Gozamos de la consideración y aprecio de cuantos nos rodean y esto es una parte de los beneficios que Dios me concede. Siempre debiera estar de rodillas para darle gracias o al menos ocuparme continuamente de mis deberes proclamando su gloria, y empleando por él todos los instantes que me concede y que tan buenos son, entretanto que otros sufren amargamente.
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Dios, porque es eterno, es paciente; esta frase no sé si de Bossuet o de San Agustín, la recuerdo estos días al reflexionar sobre la caída de Napoleón. ¡Qué ejemplo de la divina justicia!
¡Cuántas ambiciones ha despertado el ver este coloso de la gloria elevado sobre el inicuo pedestal de barro! Europa entera parecía humillada bajo su poder; no tenía él más que desear y emprender cualquier cosa, para verla realizada antes de que su misma ambición pudiera apetecer. Mientras fue instrumento divino, nada pudo sostener el curso de sus conquistas, de sus devastaciones, del trastorno general que parecía efectuarse por él, sobre toda la superficie del globo. No podía decirse a cuál virtud lo debía, porque la iniquidad le llevaba encadenado a un desenlace ruidoso y brillante a la vez ciertamente. Pero vosotros, los que, alucinados por esa gloria, admiráis el coloso de la maldad, escuchad; escuchad, sí, un momento; atended un instante y veréis este prodigio disipado, desvanecido, destruido en menos tiempo del que necesitó para elevarse. ¿Dónde encontrar el rastro de su paso? Porque habéis de saber que le servirá de mortaja lo mismo que se ha dado en llamar su gloria, para ser enterrado bajo las ruinas de diversas naciones y de montones de cadáveres sacrificados a su ambición desmedida, a su crueldad sin límites.
Empieza a renacer el reinado de San Luis con la ayuda y bajo la protección divina.
Ensalcemos la bondad de Dios con cánticos de alabanza que resuenen sin cesar sobre la tierra.
¡Que todas las madres enseñen a sus hijos himnos de gloria y de ventura que ensalcen y glorifiquen la paz y la armonía!
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Desde luego se comprenderá que un hijo cuya sangre era la de madre semejante, y que además había estudiado en la historia de la antigua libertad, no fuera jamás partidario de Napoleón Bonaparte.
XC
9 de mayo de 1814.
Ha sido nombrado mi esposo miembro de una comisión que debe ser portadora de la adhesión del consejo general del departamento a los pies del trono; partieron el 28 de abril. Voy a salir inmediatamente para Lyón, pues quisiera estar allí para ver pasar a la señora duquesa de Orleans, que se dice vendrá dentro de pocos días.
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Este viaje no se efectuó, porque mi padre volvió de París después de haber visto los príncipes, a los cuales era y fue invariablemente adicto, pero sin alardear de ello. Se le ofrecieron grados y pensiones a los que tenía derecho y que fueron repartidos entre los oficiales que igual que él se habían separado de sus regimientos por no jurar lo contrario a lo que su conciencia les dictaba. Todo lo rehusó mi padre, pues decía que no quería gravar el estado de la nación cobrando un sueldo que en aquellos momentos no necesitaba, tanto más, cuanto la Francia se encontraba arruinada por el pago de tanta indemnización como los invasores exigían. Léese en el _diario_ de mi madre su admiración vivamente expresada por el modesto y patriótico desinterés de mi padre. Pasadas estas agitaciones, vuelve a la soledad, donde únicamente goza su alma de completa tranquilidad.
XCI
Milly, sábado 17 de junio.
Sólo en este pueblo me parece que gozo de paz y encuentro libre mi espíritu. Aquí solamente puedo darme cuenta de todo lo que pasa por mi alma, sobre todo durante las excursiones solitarias que acostumbro a hacer por la campiña. He estado aquí dos días, y vuelvo a partir esta noche a pesar mío. El campo es delicioso en este tiempo; yo estoy siempre alegre en la época que atravesamos; alegre he dicho, ¡quién sabe si algún grave pesar moral mata mi dicha! A bien que existen pocos pesares y sufrimientos que los deliciosos hechizos de la Naturaleza no consigan hacer olvidar.
Dice Mme. Stäel en un libro que ayer leí, que para compenetrarse con la Naturaleza es preciso amar a la religión. ¡Oh! ¡sí! es indispensable la religión para disfrutar de los beneficios que Dios proporciona. Por otra parte, ¿no llena nuestros corazones por entero? ¿No es todo amor? ¡Oh! ¡cuánto compadezco a las almas heladas y secas, que no han sido calentadas jamás por su divino entusiasmo! Los que poseen estas almas carecen de sentidos. Algunas veces he reflexionado sobre esta idea que tengo: ya no sé si estoy en un error, porque puede ser que haya, tal vez para ellas, en la eternidad otro género de felicidades más tranquilas y menos inefables que las que serán otorgadas a las almas ardientes y sensibles, que parecen haber recibido mayor cantidad de espíritu de vida y de amor; pero así tampoco serán ellas más reprensibles, si desprecian sus tesoros o si los prodigan tontamente a viles criaturas que no pueden dar en cambio otra cosa que la muerte y la nada! ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! yo he probado frecuentemente y con grande amargura este error cruel que se encuentra siempre adherido a todo lo que no sois Vos. Haced que yo renuncie a semejante error, que yo sea vuestra en todo tiempo y lugar. Semejante dicha la he reconocido yo y no ha faltado jamás, siempre que la he buscado en su único origen: en Vos mismo.
Todos los jóvenes de la nobleza y de la clase media realista se han afiliado en la guardia de Corps. Mi hijo Alfonso también pertenece a este distinguido cuerpo, y está muy satisfecho de haber ingresado en el ejército; yo también estoy muy contenta: al menos está ocupado en algo. Cuando no presta servicio en las Tullerías, permanece en Beauvais, y dice que pronto vendrá a pasar con nosotros el correspondiente semestre de licencia. No creo que permanezca mucho tiempo en el cuerpo, a pesar de su ardor de militar, porque tiene la imaginación demasiado viva y el espíritu demasiado inquieto para amoldarse a la disciplina de los tiempos de paz. Su padre, sus tíos y yo estamos muy contentos de que haya dado, como todos, pruebas de fidelidad a los Borbones; siempre será ello pasar algunos años, después... quién sabe lo que ocurrirá. El príncipe de Foix, su jefe, está, según dicen, encantado de su figura. Le han nombrado inmediatamente instructor del picadero; estará en su elemento, porque, después de los libros, lo que más ama son los caballos. Su entusiasmo por la equitación es delirante.
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Por espacio de algunos días se interrumpe la relación del _diario_.
XCII
25 marzo de 1815, día de Pascua.
¡Qué diferencia entre el día de hoy y el de igual fecha del año pasado! Nuestra paz ha sido un sueño solamente.
XCIII
22 de julio de 1815.
¡Con razón decía yo que nuestra paz había sido un sueño solamente! ¡Cuán cruel ha sido el despertar! Otro sueño de desdichas que ha durado tres meses; pero volveremos otra vez, así lo espero, a ser dichosos. ¡Quiera Dios que así sea para todos! La vuelta de Bonaparte nos ha costado muchísima sangre. La Francia está arruinada. Tenemos todavía en nuestro suelo muchísimas tropas extranjeras, y temo que el tratado no esté firmado aún; pero entretanto las condiciones son crueles. Esta es nuestra situación.
No he de repetir aquí todos los acontecimientos surgidos durante estos últimos ocho meses; demasiado escritos quedarán en todas partes. Solamente diré que a los primeros rumores de la vuelta de Bonaparte, Alfonso corrió a París, adonde le llamaban sus aficiones y su deber; que acompañó al rey hasta Bethune en medio de las mayores penas y fatigas; que una vez allí, después de recibir la licencia y las gracias de los príncipes, volvió a reunírseles, rodeado también de grandes peligros; y que algún tiempo después, volvió a salir para Suiza. Pero ocurrió la batalla de Mont-Saint-Jean, regresaron nuestros príncipes y regresó también Alfonso a la patria, dirigiéndose a París, donde actualmente se encuentra, haciendo las diligencias necesarias para obtener un empleo diplomático. Abrigamos muchas esperanzas de conseguirlo.