El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo

Part 5

Chapter 54,023 wordsPublic domain

La algazara de los niños, el ruido que hacen las cabalgaduras al caminar por entre los guijarros de la sierra, el canto de los mirlos, las detonaciones que producen los escopetazos que mi marido y el guarda tiran a las perdices, forman, en conjunto, un ruido semejante al de una caravana a la llegada al oasis. Los pastorcillos debieron tener miedo al sentir aquel ruido, porque al llegar a un pequeño claro que forman los árboles en la falda del monte, encontramos una pequeña manada de corderos y cabras sin pastor y bajo la única vigilancia de dos grandes perros negros, que, al vernos, ladraban con fuerza.

Algo más lejos, observamos las cenizas humeantes de una hoguera entre dos grandes piedras. Junto al fuego había unos zuecos de madera. Desde luego comprendimos que los partorcillos guardianes de los corderos debían de estar cerca de nosotros, y que al ruido de las voces y de los tiros se habrían escondido entre las matas cercanas sin tiempo para recoger el calzado. Tuve entonces una idea que fue muy del agrado de mis niños. Junto a las cenizas de la hoguera apagada, nos detuvimos un momento, y mi marido colocó dentro de cada uno de los zuecos doce sueldos, y mis hijas un puñado de confites que habían guardado para merendar. Hecho esto, emprendimos de nuevo la marcha, gozando en la alegría que los pequeños pastores habían de experimentar, cuando después de haber pasado nosotros salieran de su escondite recelosos e ignorantes de lo ocurrido, y se encontraran con la sorpresa que les habíamos preparado. Seguramente que ellos creerían que las hadas de la montaña les habrían hecho aquel regalo, escondiéndose después entre las sombras del bosque donde ellas viven.

Habíamos caminado un buen rato, cuando oímos el eco de repetidas risotadas y alegres exclamaciones. Eran los pastorcillos que discutían entre el estupor que el hallazgo les hubo causado y la natural alegría que había producido en ellos tan inesperado acontecimiento.

Como habíamos previsto, atribuyeron el hecho a las hadas del bosque, pero al contar a sus padres lo ocurrido, éstos le indicaron la verdad del suceso, que bien pronto adivinaron; tanto es así, que al día siguiente nos pagaron la sorpresa con otra sorpresa, pero de un modo muy delicado, según acostumbran aquellos buenos campesinos.

Cuando un criado abrió la puerta de la casa que da a un patio abierto, se encontró cuatro cestitas de junco llenas de quesos, panecillos de manteca hechos en forma de zuecos y avellanas. Los pastorcillos que habían dejado allí aquellos regalos, se escondieron y pudieron oír también nuestras exclamaciones de asombro; misterio por misterio, ofrenda por ofrenda.

Esta delicadeza de los campesinos nos encantó; no hemos sabido jamás a qué choza pertenecían los autores del anónimo presente.

Aquellos cambios de atención entre los pobres campesinos y nosotros los ricos, según ellos nos llaman, son muy convenientes y ayudan a formar el corazón de nuestros pequeñuelos, enterneciéndolo de tal suerte, que no puedan los años y las vicisitudes de la vida endurecerlo.

XXXIII

22 de julio.

Hemos vuelto de nuevo a Milly, nuestra morada antigua.

Estoy muy lejos de la iglesia y lo siento; pero rezaré con igual fervor que en el templo, dentro de mi casa; Dios acoge la oración que se le dirige con fervor, proceda de donde quiera que sea: rezaré también en el campo. ¡Qué hermoso templo el de la Naturaleza!

* * * * *

Aquí hay muchos detalles exclusivamente domésticos que continúan el _diario_ hasta el día 30. Después sigue de este modo:

30 de julio.

A las diez de la mañana de ayer salimos de Milly para Changrenon, donde vamos a pasar el día con los señores Rambuteau, nuestros vecinos. El señor Rambuteau (hijo) es un joven muy simpático, noble, distinguido, de un trato social muy fino y franco a la vez. La señorita de Rambuteau es hermosísima, y bien quisiera yo que mis hijas se le pareciesen. Esta joven es aquella célebre Madame de Mesgrigny, tan admirada por su belleza en la corte de Napoleón.

Hemos sido obsequiados en casa de estos señores, entre otras cosas, con la ejecución de algunas piezas musicales cantadas al piano con una maestría incomparable por la señorita y su maestro: este profesor tiene una preciosa voz de bajo y se llama Brevaí, quien no desperdicia ocasión para educar a su discípula; ella, en cambio, hace honor a su maestro, pero la palidez de su rostro indica que debe fatigarse demasiado en el estudio.

* * * * *

A la vuelta de Changrenon me encuentro con una carta de mi hermana en la cual me da noticias de mi hijo Alfonso, muy satisfactorias por cierto. Me participa también que uno de sus arrendatarios de Vaux, a quien durante la Revolución le había arrendado las tierras, le ha entregado cuatro mil pesos, después de haber reconocido por sí propio que lo que pagaba no era justo: además, se ha comprometido a pagarle por espacio de veinte años una asignación en frutos de la cosecha. De estos raros ejemplos de honradez y probidad debemos conservar eterno recuerdo.

¡Si todos imitáramos al arrendatario de mi hermana, cuán felices fuéramos en el mundo!

XXXIV

31 de julio.

El día de hoy ha sido funesto para nosotros; una tempestad de granizo ha destruido nuestros viñedos. Esto es más sensible, por cuanto las cepas están cargadas de racimos que han sido destrozados por el furioso vendaval y el granizo que despedía a su paso. Estoy muy triste; pues que además de haber perjudicado nuestro pequeño bienestar, los pobres viñadores de la comarca quedan en la miseria. El sentimiento que en estos momentos agobia mi alma, indica que aun a pesar mío, estoy adherida a las cosas mundanas; creía que las cosas terrenas me eran indiferentes, y observo que al menor contratiempo sucumbo. ¡Oh, Dios mío! Que llegue con vuestra ayuda a comprender lo pasajero e insignificante de este mundo y lo eterno de los bienes del cielo.

XXXV

10 de agosto de 1801.

Me encuentro en cinta, y tanto a mi marido como a mí nos trae esto preocupados y tristes. ¿Cómo, siendo nuestra fortuna tan pequeña, habremos de sostener una familia tan numerosa? Es necesario resignarse; acaso este nuevo hijo que Dios me concede, será entre todos el que me proporcionará mayor satisfacción.

* * * * *

El hijo a que mi madre se refiere, fue una niña que se llamó Sofía. Fue después esposa del conde de Lligonnés, gentilhombre de la Lozare; en este matrimonio tuvo una familia muy numerosa que fue modelo de virtud y de nobleza. Esta familia vive hoy en Mende, respetada y querida de todos.

Las fechas que siguen a ésta, vienen consagradas a circunstancias exclusivamente domésticas, como son: recetas para la cura de enfermedades, observaciones médicas sobre el estado de los aldeanos enfermos que ella había aprendido a curar con ayuda de los libros de M. Tissot.

Después anota algunos acontecimientos de poca importancia, al parecer, pero que en los pueblecitos son acontecimientos verdaderos, como por ejemplo:

26 de agosto.

Ayer ha venido aquí un mercader ambulante. Cuando estas gentes aparecen por aquí, el otoño se acerca. Esto fue un acontecimiento para los niños del lugar.

No pensaba en desgracia alguna, cuando me han avisado que un niño ha caído dentro de la lejía caliente que su madre tenía para limpiar la ropa: ha sido un gran descuido.

Espero salvar a la pobre criatura.

XXXVI

2 de septiembre de 1801.

Estoy enferma de inquietud y sobresalto. Ayer fuimos otra vez castigados por una horrorosa tempestad que ha acabado de destruir nuestras cosechas. Se presentaba un año muy bueno, y apenas nos quedará para vivir y dar de comer a las pobres familias de nuestros trabajadores. Semejante desgracia nos obliga a hacer mayores economías. El proyecto que teníamos hecho de ir este verano a Mâcón con nuestras niñas, se ha frustrado y no sería extraño que hubiéramos de vender nuestro caballo y también el coche.

Si Dios lo quiere así, paciencia; yo procuraré consolarme en mis desgracias, y no teniendo que agradecer nada a este mundo, tendré a él menos afición.

Nada endurece, nada ilusiona tanto como la prosperidad; y lo que a la Naturaleza parece duro, es, acaso, una de las mayores gracias de Dios, que deseando atraernos al verdadero bien, nos priva de todo aquello que sólo es polvo. Si ayer me hubiera hecho estas reflexiones, hubiera sido mejor: me considero, por tanto, culpable de esta falta.

Cuando nos ocurre alguna desgracia, mi marido sufre mucho en el acto, pero después tiene más valor que yo. Esta mañana me decía: «Siempre que ni tú ni mis hijos me falten de este mundo, lo demás poco me importa; mis bienes y mi felicidad están en vuestros corazones.» Después ha rezado conmigo mientras la tempestad bramaba furiosa y rompía las ramas de los árboles. Los pobres aldeanos lloraban en el patio al ver la catástrofe.

He leído esta noche _Un viaje a los Pirineos_, por M. Dusaux. La lectura de este libro me ha interesado mucho, porque precisamente fue escrito en el año 1788, época en que yo debí, en compañía de mi madre, haber hecho un viaje por aquellos lugares; con bastante disgusto mío, hubimos de detenernos en casa de unos parientes que teníamos en Limoges, que tenían unas posesiones a seis leguas de la ciudad; pasamos allí una temporada; llegó la primavera y con ella la noticia de que la duquesa de Orleans necesitaba de la compañía y los consejos de mi madre, pues la Revolución había empezado en París. ¡Lástima grande haberme perdido este viaje a los Pirineos! Esos montes, esos valles, que yo conozco y que nacieron al mismo tiempo que las grandes obras de la creación, deben encerrar grandes maravillas, y las personas sentirán al verlos la aproximación del infinito.

Durante las noches clarísimas, cuando el firmamento aparece cubierto de estrellas y pretendo contar uno por uno aquellos mundos de luz más grandes que el Sol y la Tierra, me consuelo ante aquellas miriadas de mundos de no haber podido visitar las pequeñas porciones de tierra que se llaman los Pirineos, o las insignificantes gotas de agua del Océano.

* * * * *

Hoy hace veinticuatro años que comulgué por vez primera. ¡Cómo se aleja la existencia! Sólo es un sueño la vida, ¡Dios mío! Dadme el sueño tan doloroso como queráis, pero concededme un buen despertar.

XXXVII

11 de septiembre.

Han venido a pasar el día con nosotros mi cuñado y la señorita de Lamartine, su hermana. Me han dicho que mi buen hermano está bien de salud y que mi pobre hijo Alfonso ha ganado dos premios por su aplicación en el estudio, y que sus maestros están muy satisfechos de su comportamiento. Esta última noticia me ha enorgullecido bastante. Ruego a Dios perdone mi vanidad, pues yo no he contribuido en nada a la creación de la bondad que en el fondo del alma de mi hijo existe.

Esta tarde hemos recibido la visita de Mme. de Lavernette, que se ha detenido aquí a su regreso de Lyón: me ha dicho que ha visto a mi querido hijo Alfonso y que sus profesores le han dicho que el pobrecito hace cuanto puede por salir airoso en la carrera.

Su padre disimula la satisfacción que le causa el oír elogiar a su hijo, pero en realidad está más orgulloso que yo. ¿Cuánto durará esta satisfacción? Del niño al hombre hay una distancia grande. Mme. Lavernette me ha hecho entrega de una carta de Alfonso en la cual me dice que desea vivir con nosotros. Yo temo que cuando venga lo encontraré pálido, ojeroso y flaco. Y esto me tiene preocupada.

Las madres no podemos ser felices nunca. Cuando tenemos motivos para felicitarnos, nosotras mismas envenenamos nuestra felicidad con presagios y presentimientos tristes.

XXXVIII

18 de septiembre.

Hoy he ido a Mâcón a recibir a Alfonso.

El corazón me late cuando pienso que de aquí a pocas horas veré a mi querido hijo.

* * * * *

Al fin, aunque algo tarde, ya ha llegado.

He rogado a Dios en el oratorio de las señoras Forcard, religiosas exclaustradas que han hecho de su casa un convento. He calmado mi ansiedad al pie de los altares.

Mi Alfonso ha llegado muy bien.

Yo creo que no ha perdido la piedad que yo he procurado comunicarle; esto me causa mucho temor.

XXXIX

23 de septiembre.

Hoy ha comido con nosotros M. Blondel, antiguo amigo nuestro. En la mesa hemos hablado (tal vez demasiado) de Alfonso. Hemos leído algunos de sus escritos y una composición poética que hizo por encargo de su padre, habiendo quedado todos muy satisfechos y particularmente yo, de las condiciones y el talento que parece poseer mi hijo. Acaso sean estos pensamientos únicamente dictados por el amor de una madre, que siempre ve en sus hijos agrandadas sus buenas cualidades y empequeñecidas las malas.

* * * * *

Sigue el _diario_ conteniendo detalles minuciosos y demasiado íntimos que se relacionan únicamente con la vida doméstica.

XL

6 de octubre de 1801.

¡Cómo pasa el tiempo! Hoy es para mí una fecha memorable. ¡Doce años han transcurrido!

Lo recuerdo perfectamente. Era aquel famoso 6 de octubre, tan fatal para la real familia de Versalles, y yo me encontraba entonces en Chatou junto con mi madre. Las dos regresábamos de Mesnil con intención de llegar hasta París; hubo necesidad de caballos para reforzar el tiro, y a falta de éstos hicimos noche en Chatou, alojándonos en casa de Mme. Duperron, amiga nuestra. Esta interrupción de nuestro viaje fue para nosotras una suerte, porque París bullía entre las agitaciones revolucionarias. En casa de M. Duperron pasamos la noche en continua alarma, pues M. de Lambert, su yerno, se encontraba de servicio militar en el palacio de Versalles. La esposa, los hijos, toda la familia, en fin, temblaban por su vida.

Después de algunos días pasados en Chatou, nos dirigimos a Lyón sin pasar por París, acompañándonos Mme. Montbriand. Esta señora había sido como yo, canonesa de Salles.

Este viaje determinó mi casamiento con el caballero Lamartine. Cierto día nos vimos en el capítulo de Salles, en casa de la condesa Lamartine y desde entonces ya nos amamos siempre.

Nos detuvimos veinticuatro horas en Mâcón, porque hubo necesidad de que arreglaran el carruaje, uno de cuyos ejes estaba roto y tuvimos ocasión de visitar a toda la familia Lamartine, que nos obsequió en extremo. Estaba a la sazón el caballero Lamartine incorporado al regimiento. Durante el día que pasé en Mâcón creí haberme atraído las simpatías de su familia, desapareciendo alguna pequeña dificultad, que a causa de no conocerme a fondo habían puesto para el casamiento. Este quedó concertado.

Me complazco en recordar todos los detalles ocurridos durante aquella semana del mes de octubre, porque a ellos debo mi felicidad.

Doy gracias a Dios por haberme conducido otra vez a Mâcón, donde en compañía de mi marido y de mis hijos soy feliz y afortunada.

XLI

El día 7 de octubre y los siguientes no tienen interés.

11 de octubre.

Mi madre me dice en carta que hoy he recibido, que se dispone a volver de Alemania con la señorita de Orleans; esta joven princesa tiene un miedo terrible al mar y no quiero atravesar la Francia; por estas causas todavía no han resuelto hacer el viaje a España.

Ayer fui en compañía de mi cuñado a un pueblecito de Champagne junto al castillo de Peronne, perteneciente a mi familia. M. de Lamartine me ha enseñado una casita que acaba de edificar en el pueblo, la cual quedará como herencia para nuestros hijos. Mi cuñado habla de ellos como un verdadero padre de familia.

Con todas estas tierras que deben heredar de sus tíos, tendrán mis hijos un buen porvenir. ¡Quiera Dios que sean ricos en honor y piedad, que es lo que constituye la verdadera riqueza!

Diariamente hago leer a mi hijo Alfonso una parte de un libro religioso escrito por un sacerdote alemán: en este libro se aprende a comprender la religión y su emanación de la Naturaleza. La inteligencia de Alfonso me satisface, pero temo haya de darle algún disgusto su carácter demasiado altivo e imperioso, si no se corrige. Con mucha frecuencia se incomoda con sus hermanos, y esto me disgusta.

XLII

9 de noviembre de 1801.

Las ocupaciones no me han permitido continuar este _diario_ hasta hoy.

En este momento llego de Lyón; he ido a acompañar a mi hijo al colegio. Esta nueva separación de mi Alfonso me ha causado hondo pesar. Durante la misa que esta mañana he oído en la capilla del establecimiento, sólo veía los hermosos cabellos rubios de mi hijo en medio de aquella multitud de cabecitas puras como las de un ángel.

¡Qué sensible es, Dios mío, haber de abandonar a manos mercenarias el tierno pimpollo de nuestro corazón!

Al salir de la iglesia he experimentado una profunda melancolía. Ni la isla de Baebey de Fourvieres, las pintorescas montañas del Saona, ni el bullicio de las gentes que bajan por la pendiente de la Cruz Roja y Lyón, han conseguido distraer mi imaginación. Parecía yo al Abraham bíblico cuando vuelve la vista para contemplar a Agar y su hijo, abandonados en el desierto, menos peligroso ciertamente que esta multitud inmensa, donde las madres, obligadas por la sociedad, abandonan a sus hijos.

Todo el día de hoy lo he pasado en compañía de Mme. de Vaux, mi buena hermana, y mezclado mis lágrimas a las suyas, pues también es muy desgraciada.

Ocho días he pasado en Lyón para poder ver alguna vez más a mi Alfonso y con el fin de acostumbrarme a estar separada de él.

El abate Lamartine, que habita en su propiedad próxima a Dijón, nos cede su casita próxima a la calle de Ursulinas en Mâcón, donde pasaremos el invierno. Esta casa está junto al palacio de la familia que habitan mi hermano político M. de Lamartine y sus dos hermanas.

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El día 10 de enero de 1802 está anotado únicamente con acciones de gracias a la Providencia por los beneficios recibidos durante el año pasado.

XLIII

7 de enero de 1802.

Bonaparte ha pasado por aquí en dirección a Lyón, para presidir los «Cisalpinos». ¡Quién sabe lo que resultará de tal reunión!

En este momento acabo de escribir a mi madre que se encuentra en Liorna preparándose para embarcar con dirección a España, acompañando a la señorita de Orleans. Que tenga un feliz viaje y Dios bendiga las aguas que han de atravesar para que no le sucedan las desgracias que tanto teme. M. de Pierreclos ha sido borrado de la lista de los emigrados y nos ha visitado hoy. Viene de Lyón y ha visto a mi Alfonso, que se encontraba con sus profesores en la plaza de Bellecour, de Lyón, presenciando la revista militar pasada por Bonaparte.

* * * * *

Durante el invierno de 1802, sólo contiene el _diario_ las impresiones de un alma que continuamente se perfecciona por medio del examen de ella misma, y que lucha continuamente contra las debilidades que le acosan.

XLIV

El 17 de abril, nuestra madre vuelve al campo y recibe algunas cartas de España.

He recibido estos días una carta de mi madre anunciándome su llegada a Barcelona (España). Me dice que durante el viaje ha sufrido muchos contratiempos, entre otros una tempestad en la travesía de Liorna, al puerto de Rosas, que duró tres días. Momentos después de haber desembarcado en Rosas, se fue a pique el buque que las había conducido.

La entrevista entre la señora duquesa de Orleans y su hija ha sido muy tierna: Once años hacía que la Revolución las tenía separadas.

No me dice mi madre cuándo volverá a Francia.

XLV

5 de septiembre de 1802.

La causa de haber interrumpido por tanto tiempo este _diario_, ha sido porque el día 18 de agosto hube de guardar cama a consecuencia de haber dado a luz una niña, la cual estoy criando yo misma del mismo modo que hice con sus hermanos. Ha venido mi hermana para asistirme.

Hemos establecido en casa la costumbre de rezar todos juntos, amos y criados. Esto ha de ser de mucha utilidad, si se quiere que sea la casa según la escritura dice: «Una casa de hermanos». La comunión de amos y criados arrodillados ante Dios, que no distingue entre pequeños y grandes, levanta el espíritu a elevadas regiones, llamando a los unos a la igualdad cristiana y a los otros al fiel cumplimiento de sus deberes religiosos y morales.

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7 de septiembre.

Mi madre está de vuelta a París, y ya ha salido de España.

XLVI

2 de octubre.

Me encuentro en Saint-Point desde ayer, en compañía de Alfonso, Cecilia y Eugenia; durante el viaje los niños se han divertido mucho. Alfonso, particularmente, estaba embriagado de alegría al verse caballero en una mula.

Hemos cogido las uvas del emparrado, de las cuales sacaremos dos toneles de vino. Mi esposo ha comprado unas fincas con el dinero que su hermano le ha prestado. Estas fincas le han costado diez mil pesos. ¡Dios quiera que hagamos fortuna para poder legar a nuestros hijos una pequeña posición que les permita vivir sin privaciones!

Tengo en mi poder las _Confesiones de San Agustín_, libro que estimo muchísimo; esta mañana he visto con placer que Alfonso lo estaba leyendo.

XLVII

28 de octubre.

Con la mayor tristeza he vuelto a acompañar a mi Alfonso a Lyón. Mi madre me ruega, en todas las cartas que me escribe, que vaya a consolarla: se encuentra en Rieux, pequeño pueblo junto a Mont-Mirail. A su regreso ha encontrado todos sus asuntos tan embrollados, que la pobre está disgustadísima. Iré sola, porque no quisiera agravar sus gastos; fuera muy mal hecho el que yo favoreciera mis comodidades mientras mi madre sufre acaso la pérdida de sus bienes.

Con el objeto de emprender el viaje con entera libertad, he dado a criar mi pequeñita a una robusta aldeana de Milly. El viaje que voy a emprender es largo, pero me siento tan ágil como si tuviera quince años. Ayer fui a oír misa a Bussiers e hice el camino a pie, aunque el trayecto es largo y malo y el tiempo estaba lluvioso, no sentí molestia alguna. Recuerdo mis buenos tiempos de niña y los paseos que hacía en compañía de mi padre y de mi hermana desde el castillo de Saint-Cloud al de Meudon.

Ha muerto mi pobre tía, mi institutriz durante los años de mi infancia. Estoy preocupada por la suerte de la anciana Jacquelina, su camarera y mi segunda madre: temo habrá de encontrarse, después de le muerte de mi tía, completamente sola y en la indigencia acaso.

Yo desearía recogerla en mi casa, pero la familia se opone a ello, y mi marido teme, con sobrada razón, agraviar a sus hermanos, de quienes dependemos, pero me ha propuesto que podemos pagar secretamente una pensión a la pobre Jacquelina, con la cual podrá la viejecita estar al abrigo de la miseria y la soledad. Yo bien quisiera atender a esta mujer como ella seguramente me atendería a mí si me encontrase en su lugar; pero haré cuanto pueda en su favor, librándola desde luego de la indigencia y proporcionándole cuantas comodidades permitan mis pocos recursos.

XLVIII

17 de diciembre de 1802.

Alfonso se ha fugado del colegio con dos de sus compañeros. A unas seis leguas de Lyón los han alcanzado.

Comprendo que la sujeción del colegio se le hace insoportable, y esto me tiene disgustadísima. La independencia de carácter de mi hijo me espanta. Procuraré que escriba a su padre pidiéndole perdón por la falta que ha cometido.

Todos los días leo las _Confesiones_, que procuro imitar en lo posible: trataré de hacer como Santa Mónica, rogando sin cesar por mis hijos.

XLIX

14 de enero de 1803.

He llegado ayer a Rieux, después de un viaje muy penoso y de haberme detenido en París algunos días. Desde Coulomiers a Rieux he tenido necesidad de hacer el viaje montada en un caballo de alquiler, conducido por un muchacho. Hacía un viento norte muy frío, y no creo que en Siberia pueda sufrirse tanto como yo he sufrido al atravesar aquellos montes nevados.

¡Qué alegría ha tenido mi pobre madre al verme!