El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo
Part 14
El motivo de no haberme consagrado yo absolutamente a la contemplación de lo eterno, a los cantos del breviario y a las alabanzas del Señor en la soledad de aquel claustro entre lo eterno y mundano, fue... porque vi al que después fue mi marido, joven y buen mozo, vistiendo su brillante uniforme, cuando vino a visitar a su hermana la canonesa Mme. de Villars, en cuya casa había yo sido confiada de tutela, como de mayor edad y más experiencia de la vida.
Entonces, pude observar que el gallardo oficial me distinguía entre todas, y que aprovechaba cuantas ocasiones se le presentaban para venir a visitar a su hermana en el cabildo; yo misma sentía también cierto efecto hacia aquella noble expresión, aquella gracia militar, aquella franqueza de su mirada, y aquel su altivo ademán que no parecía amable más que a mi lado. He sentido también la misma emoción de gozo que experimenté y quedó encerrada dentro del corazón, cuando me hizo, por fin, interrogar por su hermana para saber si consentía yo en que me demandase en matrimonio; después, nuestra primera entrevista delante de su hermana, nuestros paseos por los alrededores del colegio en compañía de las canonesas de más edad, la demanda y los grandes obstáculos de la familia, y las muchas lágrimas vertidas durante los tres años de incertidumbres, mientras rogaba a Dios, para obtener el milagro del consentimiento de su familia, que llegó a parecerme imposible; en fin, los años de dicha y de ventura, en la humilde soledad de Milly, tan humilde entonces como actualmente; mi desesperación cuando, apenas casados, él, sacrificándolo todo, incluso a mí, corrió desesperado a París para cumplir su deber de simple voluntario de la Casa Real, durante el célebre 10 de Agosto; la protección divina que le hizo escapar del jardín de las Tullerías cubierto de sangre; su huida, su vuelta aquí, su encarcelamiento, mis inquietudes por su vida, mis visitas a las rejas de su cárcel, donde yo le llevaba nuestro hijo para que le abrazara al través de los hierros, mis excursiones con mi hijo en brazos por toda la ciudad, tanto en Dijón como en Lyón, para enternecer a los severos representantes del pueblo, donde una sola palabra pronunciada por ellos podía ser para mí la vida o la muerte; la caída de Robespierre, la vuelta a Milly, el nacimiento sucesivo de mis siete hijos, su educación, sus casamientos y la desaparición de la tierra de aquellos dos ángeles, de que los otros... ¡ah! no me consolarán jamás.
¡Y después, el descanso que sigue a tanta fatiga! El descanso, sí, al mismo tiempo la vejez, porque yo voy envejeciendo, todo me lo indica con la mayor claridad; por ejemplo: estos árboles que yo he plantado, estas enredaderas que yo misma planté en la parte norte de la casa, con el objeto de que no mintiesen los versos de mi hijo cuando describe a Milly en sus _Armonías_ y la espesura que cubre actualmente todo el muro desde los sótanos de la casa hasta el tejado; estas mismas paredes que van cubriéndose de musgo, estos cedros que eran altos como mi última hija Sofía a la edad de cuatro años, y que ahora me dejan pasar libremente bajo sus ramas más elevadas que mi frente; todo, todo en fin, me dice con muda y aterradora elocuencia, que voy envejeciendo, y que mi vida es corta. ¡Ah! Sí, Dios mío... Cuando veo las tumbas de muchos viejos vecinos que he conocido jóvenes, y sobre las cuales paso yo ahora cuando voy a misa, pienso con tristeza que mi estancia en la tierra no puede ser eterna, y que no puede tardar en abrírseme la eterna mansión: y las lágrimas se me saltan cuando pienso en lodo lo que debo dejar a mi partida: mi pobre marido, compañero fiel de mi juventud, que si bien no está postrado en el lecho, sufre continuamente y necesita de mí, hoy para sufrir, como ayer para ser dichoso: después mis hijos, ¡los hijos de mi corazón!...
Alfonso y su esposa, a la que considero, por su ternura y por su virtud, como una sexta hija; Cecilia y sus encantadores pequeñuelos, tercera generación de corazones que aman y que han de ser amados; y luego, aquellos que faltan y que me siguen como mi sombra sigue al sol poniente, cuando yo paseo y medito en estas soledades. Mi Cesarina, la que fue mi orgullo por su belleza encantadora, sepultada lejos de mí, detrás de ese horizonte de los Alpes, de donde veo continuamente surgir su recuerdo. Mi Susana, aquella santa que anticipadamente ostentó alrededor de su frente la santa aureola y que Dios me quitó para que yo pudiera ver en su recuerdo la imagen de un ángel de pureza. ¡Muertos los unos, ausentes los otros!...
¡Otra vez sola, como antes de haber producido fruto alguno! ¡Los unos en tierra, como la de estos árboles, los otros han sido llevados, lejos de mí, por el jardinero del cielo! ¡Ah! ¡Qué pensamientos! Cómo me atraen y persuaden dentro de ese jardín, y luego me arrojan de él, cuando han henchido mi corazón y se va su sangre derritiendo en agua. ¡Ese pedazo de tierra es para mí el «huerto de las olivas!» ¡Dios mío! ¡Este fue para mí, el jardín delicioso que Salomón describe en su cantos; y hoy, desierto y despojado de atractivos, sirve para que en él pueda recordar mejor la muerte, con el pensamiento puesto en el Salvador del mundo, a quien me figuro con el cáliz de la amargura en la mano preparándose a desprenderse de este mundo impulsado por su divina gracia! ¡Y cuánto adoro yo a este huertecito! Tanto por los vacíos que la muerte y el tiempo han ido haciendo en torno mío, como cuando al dirigir mi vista allá, en el fondo, bajo los tilos, para ver si alcanzo a distinguir los vestidos blancos de los pequeñuelos, o cuando escucho para ver si oiré, como otras veces, las alegres voces de mis hijos al encontrar alguna flor o algún insecto entre sus espesuras. ¡Qué le he dado yo a Dios para que me diese en propiedad este rincón de tierra y esta casita, de los que algunas veces heme avergonzado por su aridez y su insignificancia, pero que constituyeron el albergue dulcísimo de mi numerosa familia! ¡Ah! ¡Que sea El bendito, mil veces bendito este nido, y que después de mí pueda abrigar aún a todos aquellos que me sucedan!
Dejemos esto: oigo la campana de Bussieres que toca el _Angelus_; vale más rogar que escribir. Secaré mis lágrimas y diré, para mí sola, aquel rosario al cual mis pequeñuelas respondían siguiéndome otras veces, y que oirán hoy solamente los gorriones que se acuestan debajo de las hojas o en las grietas de las piedras. No, no, mil veces no, es un error perjudicial enternecerse, es preciso guardar las fuerzas para los deberes que estoy obligada a llenar; cuando se está sobre el borde de la tumba, las lágrimas, dice, no sé en qué parte, la Escritura, debilitan el corazón del hombre. ¡Hoy necesito del mío como en mis tiempos mejores!...
CXLII
Sigue a lo escrito, un pequeño volumen conteniendo detalles puramente domésticos, cuyo interés para nosotros disminuye en relación a las circunstancias a que se refiere. Todo ello termina con una página que parece un ¡adiós! a su manuscrito y que copio a continuación.
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¿Dios lo dispone así? ¡Hágase su santa voluntad! En resumen: toda sabiduría consiste en resignarse por adoración a su voluntad. Estoy muy ocupada en ordenar mis anteriores _diarios_, lo cual hace que vuelva a leerlos con interés. Esta lectura me llena cada día más de reconocimiento por todas las gracias que he recibido de Dios, y me arrepiento por haber adelantado tan poco en la piedad y el bien, después de las mejores intenciones y resoluciones que yo tomaba frecuentemente con escaso provecho. Pero aún es tiempo, que siempre lo tenemos mientras Dios nos deje la vida; aún es tiempo de aprovecharla para ganar el cielo; esto es lo que yo pido con toda mi alma al terminar este libro, rogándole derrame sobre mí y sobre todo cuanto me pertenece, sus espirituales bendiciones. En cuanto a las bendiciones temporales, ¿para qué he de pedírselas mientras no sean necesarias para el cielo? De todo corazón me entrego a ti, Dios mío, y gustosa acataré tus paternales decretos. ¡Dame tu bendición para mis hijos, y para mis amigas, para aquellos que me aman y a lo que yo tanto he amado en este valle de lágrimas!
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Estas son las últimas palabras que mi madre escribió en la última página de su _diario_.
CXLIII
Esto es lo que resta aquí en la tierra del alma pura de aquella santa y encantadora mujer.
Lo demás está escrito en el alma de sus hijos, en las tradiciones de la humilde aldea en que vivió por espacio de cuarenta años, y en los recuerdos siempre sonrientes como ella, de aquella sociedad verdaderamente ática de Mâcón, donde su recuerdo cuenta tantos amigos como mujeres contemporáneas suyas existen.
El resto del manuscrito de nuestra madre no tiene interés ninguno para la tercera generación de sus descendientes; son bagatelas de su virtud. Cualquiera de los pequeñuelos de hoy, que sienta curiosidad de conocerlas, las encontrará escritas de su puño, entre los dieciocho pequeños cuadernos originales, que les trasmitiré tal como los he recibido, de un inventario de los afectos del corazón. Allí la encontrarán a ella, bajo las mil formas de la madre de los pobres, y de la mujer piadosa, derramando los más íntimos misterios de sus escrúpulos y de sus humillaciones ante Dios.
Aquí se encuentran los ardores y la ternura de su alma, en los ejercicios cotidianos, en el campo o al pie de su cama; allá las asistencias a las ceremonias religiosas, sus exámenes de conciencia la víspera de los días en que debía acercarse purificada a la mesa eucarística; acullá, las diarias y numerosas economías domésticas, hechas para ejercer la caridad que debía sostener con el trigo de sus graneros, el vino de sus viñas, los sarmientos de sus cepas, la leche de sus vacas y los huevos de su gallinero; los precios del pan, la manteca, el azúcar, las legumbres durante este o aquel mes del año; el cálculo continuado para reducir la frugalidad de la mesa a las escaceses de la cosecha, y para poder sufragar constantemente, sobre sus necesidades, la gran parte destinada a los pobres y los socorros furtivos que proporcionaba a su hijo; más lejos, se encuentran recetas cuidadosamente registradas y comentadas contra las enfermedades comunes a las gentes del campo: un tratado completo de medicina rural que ella ejercía a cualquier hora del día y en particular en la entrada de la casa de Milly, siempre llena (sobre todo por la mañana), de imposibilitados, viejos, mujeres y criaturas enfermas, que su fama de bondadosa y entendida atraía de más de veinte aldeas cercanas, y que venían como en romería a visitar aquella santa; en fin, están también allí las noches pasadas a la cabecera de sus hijos delicados o de los enfermos de la aldea, y las apuntaciones técnicas que tomaba durante sus horas de vela de los experimentos y cálculos que hacía sobre los síntomas, los accesos, los recrudecimientos de la fiebre, y las zozobras o esperanzas que producía la enfermedad en el paciente.
¡Cuántas veces, hasta las mismas sábanas de su cama, que tomaba de su armario y rasgaba a medida de la necesidad, servían para vendar las llagas del viejo indigente, que curaba ella con sus propias manos! Otras, venciendo con su pensamiento, toda repugnancia, de igual manera se acercaba al lecho de muerte, que servía las más débiles necesidades del enfermo, descollando siempre por el vigor de su fe, por la energía de su carácter, y por su gran fuerza de voluntad.
Y al terminar sus obras de caridad, lavadas sus hermosas manos, enjutos sus ojos de las lágrimas vertidas por males ajenos, cambiando su vestido de seda gris por otro elegante y sencillo, volvía otra vez entre la sociedad, suelto el espíritu, abierto el corazón, con la graciosa expresión de la dama discreta y sociable, animando las conversaciones, expansionando el corazón ajeno, llevándose con su serenidad las penas y sinsabores de las almas, como se lleva el viento tibio de la primavera entre sus torbellinos, las hojas secas de la noche para dejar en libertad de abrirse a los botones de las nuevas flores. Se la adoraba, sin que ella hubiese pensado jamás en hacerse adorar, en todas las irradiaciones de su carácter y de sus hechos. El rostro de los aldeanos que la veían pasar, acompañada de sus hijas, para ir al templo o viniendo de visitar sus chozas, tomaba una expresión tierna y grave a la par, como si fuera la imagen de la caridad la que pasaba por su lado.
Ella entonces estaba satisfecha; todos los acontecimientos de su vida parecían haber desfilado ante sus ojos, y un prolongado y apacible horizonte se extendía a su vista. La vejez robusta y varonil de su esposo iba venciendo sus enfermedades dolorosas, pero no mortales, viéndose que el Cielo le reservaba para más largos días que a los demás miembros de la familia, alcanzando en efecto, sin decadencia de corazón ni de espíritu, hasta la edad de noventa años. Su hijo, que había sido por mucho tiempo el tormento de su espíritu, se había ya vuelto juicioso; habiendo atravesado las tormentas de su primera juventud sin tocar aún el mediodía de la vida, calmado y satisfecho por un casamiento conforme a su corazón, viviendo en Italia, su país predilecto, por razón de su empleo en la diplomacia, en el lugar más risueño de Europa, satisfecho del rango secundario, pero honorífico que ocupaba; cubierto, además, antes de tiempo, de cierta aureola poética, que solamente refluía en el corazón de su madre, sin excitar la cólera de los envidiosos, estuvo en aquel entonces con licencia en París, llegando a ser nombrado (sin ningún género de intrigas), miembro de la Academia Francesa: gloria oficial de las letras que jamás le alucinó ni engañó a él, pero sí alucinó y engañó agradablemente el corazón de su anciano padre. Este, que se había acostumbrado a mirar desde su provincia el título de miembro de la Academia Francesa, no solamente como una especie de consagración de la gloria de un hombre, sino de una familia, como un sacramento de la fama legítima y contra la cual la posteridad no osaría protestar jamás, estaban en extremo satisfecho. Su madre gozábase, por fin, pudiendo decir a toda la familia de su marido: Ya estáis viendo cómo, eso que llamabais mis ilusiones de madre, no ha sido una quimera, como decíais vosotros; ya veis como yo tenía razón cuando os pedía paciencia y perdón por algunas ligerezas de aquel hijo querido, que ratifica por fin mi ternura honrando vuestro linaje.
Su hijo se ocupaba entonces en hacer el obligado discurso de recepción, que debía por la primera vez presentarle en aquella tribuna literaria, desde la cual ardía él en deseos de elevarse a su tiempo, a la tribuna política, blanco constante de todas sus aspiraciones.
El esperaba defender a la vez, siguiendo las huellas de M. de Serres y de M. Lainé, sus maestros y sus modelos, los Borbones, el ídolo de su padre, y la constitución liberal, satisfacción entonces de su espíritu. Quería él defender las instituciones y sus principios contra las reacciones de la monarquía y contra los impacientes de la república, cuyas aspiraciones habían de empezar a cumplirse después de la revolución de julio de 1830 y la de febrero de 1848, cuya hora no había sonado aún con el toque de rebato de aquellas dos ya expresadas revoluciones.
EPÍLOGO
Nos encontramos a fines de otoño del año 1829.
Así en las esferas gubernamentales, como en los partidos políticos que ansían el poder, existe una pasión que con frecuencia degenera en odio de uno a otro bando. Efecto del delirio y la fiebre que domina los espíritus, la Francia se encuentra en continua zozobra.
El primer ministro, que lo era a la sazón el príncipe de Polignac, habíase propuesto hacer que yo fuese a París a ocupar la dirección de los Negocios extranjeros; continuamente recibía yo cartas amistosas en las que insistía en sus deseos; al fin, sucumbí, pero no para aceptar el cargo que se me ofrecía, sino para explicar franca y terminantemente los motivos que tenía para renunciar el empleo con tanta obstinación ofrecido.
Amaba yo al príncipe, es cierto, pero su política me hacía temblar; hubiera yo querido, cuando hablaba con él, separar a un lado el hombre, al otro el ministro divorciado de la opinión pública.
Bien claramente había yo manifestado, en mi discurso al ingresar en la Academia Francesa, mi resuelta oposición al golpe de Estado contra la _Carta_ y los proyectos que el Gobierno había manifestado tener contra la libertad del pensamiento y contra la independencia que el pueblo debe poseer para elegir sus representantes.
No se esperaba de mí ciertamente aquel discurso político.
Los periódicos republicanos, orleanistas y bonapartistas que me acusaban de reaccionario, acogieron mis declaraciones con entusiasmo, y M. Lainé y M. Royer Collard reconocieron en ellas a su discípulo.
Al abandonar la sala del Instituto, ocupada aún por la inmensa muchedumbre que había concurrido a la recepción, mi antiguo amigo el duque de Rohan me salió al encuentro diciéndome al oído: «Abandonad toda esperanza con respecto al ascenso en vuestra carrera; habéis defraudado nuestras esperanzas y dado fuerza a nuestros enemigos políticos.» ¿Qué me importaban a mí los ascensos en mi carrera cuando veía vacilar a Carlos X en el trono, y al que deseaba separar del abismo que amenazaba tragárselo?
Había el príncipe de Polignac puesto en mí sus esperanzas, y me distinguía con una familiaridad política que acaso no mereciera. En las confidencias con este grande hombre, entreveía un alma real, un espíritu dispuesto ya para la emigración y un corazón alarmado por la conciencia.
Debo hacer constar en honor de Carlos X y del príncipe de Polignac, que las predicciones del duque de Rohan, no se realizaron. Estos personajes no me guardaron resentimiento alguno por mi discurso, y después de haber discutido conmigo larga e inútilmente sobre los motivos, poco fundados según ellos, de mi negativa y de la impremeditación de un golpe de Estado, me ofrecieron el empleo de ministro plenipotenciario en Grecia.
Ocurría esto, cuando la Europa fundaba sobre un pasajero entusiasmo aquella pujanza artificial, germen o ruina de no sé qué grandeza. Participaba yo entonces de la ilusión que todos los liberales tenían sobre los helenos, tan valientes en el combate, como disciplinados en el gobierno.
Las potencias occidentales habían designado para rey de Grecia, al príncipe de Cabourg, viudo de la princesa Carlota, heredera del trono de Inglaterra. Este príncipe se encontraba en París: yo le conocí en Italia durante el tiempo de su viudez, y adquirí con él una amistad tan íntima como sincera. El príncipe de Polignac me presentó a él y le indicó que yo era el francés más simpático a Grecia que, como ministro, podía ofrecerle.
Alegrábame yo de asistir con semejante título y en tan elevadas funciones, a la resurrección de aquel imperio, en el país de los grandes recuerdos y de participar como lord Byron, el heroico poeta, de resurrección tan gloriosa.
La justa previsión de que pudieran ocurrir en aquel renacimiento disturbios y decepciones de gran importancia, hizo que el rey designado se negara a aceptar las responsabilidades que pudieran sobrevenir, y que saliera de París una noche huyendo de su reino y de la felicidad que en él se le prometía.
Al día siguiente, cuando supimos lo ocurrido, apreciamos unánimemente aquella huida del siguiente modo: El príncipe de Cabourg no tiene cabeza suficiente para sostener esta corona; ocúpese la diplomacia en buscar otra frente y sea cauta en la elección para no verse burlada de nuevo. Así se hizo en efecto, y mientras esto ocurría, yo continué de ministro plenipotenciario en situación expectante, recibiendo del príncipe de Polignac cuantas distinciones eran compatibles con mi obstinado empeño de no tomar parte alguna en los trabajos del Gobierno.
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Entusiasmada mi madre por los rápidos ascensos obtenidos en mi carrera diplomática, por mi futuro destino en la hermosa capital de Atenas, y por mi elección para la Academia Francesa, no podía menos de sonreír ante la realización de sus aspiraciones de siempre, del sueño dorado de toda su vida.
Disponíame yo para ir a pasar a su lado el corto tiempo que creía permanecer en Francia, y me hallaba en París con el objeto de ir preparando los regalos que tenía por costumbre llevar a mi madre y a mis hermanas siempre que las visitaba, después de un largo tiempo de ausencia.
¡Pobre madre! ¡qué poco te daba en cambio de tantas privaciones como por mi causa habías sufrido; de las joyas que habías vendido o empeñado para satisfacer mis caprichos y mis viajes, o para ocultar mis faltas ante la severidad siempre justa de mi padre!
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Todo estaba dispuesto: los muebles todos que había en la habitación ocupada por mí en la fonda, estaban cubiertos de cajas, estuches, paquetes de tejidos diversos propios para vestidos, cofrecillos con sorpresas para mis hermanas, un pequeño bazar, en fin, que yo me complacía en mirar, mientras gozaba pensando en las exclamaciones de alegría y reconocimiento que había de oír en la humilde casita de mi madre. Yo me complacía anticipadamente en las sinceras demostraciones de cariño y de satisfacción que había de recibir en su presencia.
Un día (séame permitido no consignar la fecha), entraba yo en el hotel de***, con mi cabriolé atestado de cajitas y muebles propios para el uso femenino; estaba alegre y satisfecho ante la idea de que había de partir al siguiente día; al saltar del estribo y poner el pie sobre la primera grada del vestíbulo observé, que, junto a la habitación del portero, se hallaba mi buen amigo, el verdadero hermano de mi alma, el conde Aymon de Virieu: parecía que la Providencia había destinado a este hombre para que compartiera conmigo la vida.
Juntos habíamos cursado nuestros estudios; disfrutado de las mismas alegrías en las casas de campo de ambas familias; seguido las mismas rutas en nuestras excursiones, idénticas relaciones sociales, y últimamente pertenecíamos los dos al cuerpo diplomático.
Al día siguiente, debía él también salir de París con destino a Alemania, y por esta razón habíamos acordado comer juntos y pasar la velada en mi habitación, con objeto de poder prolongar así nuestra conversación y despedirnos con entera libertad.
Cuando al descender de mi carruaje me disponía a estrechar su mano, noté en su expresiva fisonomía una palidez y una consternación que me dejaron suspenso por unos instantes; sus ojos, siempre alegres y que parecían iluminados por dos chispas salidas de su espíritu un tanto sarcástico, aparecían por vez primera velados por una nube de tristeza.
Después que hubo contestado a mi alegre mirada con otra del mismo género, sus ojos procuraron no encontrarse con los míos, y entonces pude observar bien la tristeza, el recelo y el inexplicable temor de que estaba poseído. Parecía que aquella tristeza aumentaba al verme a mí tan tranquilo y satisfecho; mi calma, sobre todo, le mortificaba horriblemente; quería censurar mi felicidad sin haberme él dicho antes el motivo por el cual debiera estar yo triste.
De pronto, desapareció de mis ojos la alegría, y huyó la sonrisa de mis labios: «Entremos en tu cuarto--me dijo con voz entrecortada;--necesito hablarte de cosas muy tristes, y darte noticias muy poco agradables. Procura tener valor para oírme, concentra todas tus fuerzas morales: subamos.»
Conducido maquinalmente por mi amigo, subí la escalera y llegué hasta mi cuarto: el golpe recibido en medio del corazón me había aturdido; ya en la habitación, me senté sobre el borde de mi cama; mi pobre perro saltaba de alegría al verme; ignoraba el fiel animalito el por qué sus caricias, siempre contestadas con cariño, eran entonces esquivadas con rudeza.
«Habla--le dije a mi amigo Virieu, ocultando el rostro entre ambas manos y preparándome a recibir el golpe fatal.--Habla--repetí,--que este silencio es para mí el peor de los suplicios.»