El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo

Part 1

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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

A. DE LAMARTINE

EL MANUSCRITO DE MI MADRE

AUMENTADO CON LOS COMENTARIOS, PRÓLOGO Y EPÍLOGO

Dios no ha confiado a nadie sus propósitos; la Naturaleza y el tiempo no lo comprenden, y si deja transpirar algo de sus misterios, busquémoslo sólo en Él ¡porque en Él se basa todo!

BUENOS AIRES

1911

ADVERTENCIA

Una circunstancia especial que es inútil dar a conocer al público, ha hecho entregar este libro a la imprenta. De intento y por su naturaleza, había de ser siempre un manuscrito; todo lo más, debía figurar en uno de estos archivos íntimos de familia, colección de documentos que eslabonan la generación presente con las que han dejado de existir; documentos que, en su manía escudriñadora, suelen encontrar en las arcas viejas los muchachos, los parientes, quienes se entretienen hojeándolos durante las tardes ociosas del otoño.

Ya que ha escapado, a pesar nuestro, de la semioscuridad del rincón casero y va a someterse a las miradas del lector desapasionado, lo dedicamos únicamente a la familia de la hermosa y tierna madre que inundó estas páginas con las efusiones de su corazón, sin prever que en la última hora de su vida le faltaría tiempo para quemar estos papeles. A los demás les rogamos que no lo lean: nada hay en él de lo que se busca en los libros; éste sólo tiene interés para aquellos a quienes esta mujer virtuosa ha de transmitir su sangre a la afinidad de su alma.

No podemos olvidar en nuestra dedicatoria a los amigos de la comarca donde vivió ella, los servidores ya viejos que no pronuncian su nombre sin verter una lágrima, ni a los labradores, cuyas pisadas desde hace veintiocho años, han privado de crecer hierba en el camino que conduce a su sepultura.

Saint-Point, 2 de noviembre de 1858.

EL MANUSCRITO DE MI MADRE

I

Hoy es el 2 de noviembre, día llamado _de difuntos_. Cuando estoy desocupado paso este día en Saint-Point con el mayor recogimiento, lo más cerca posible del pequeño cementerio del pueblo, con el cual comunica una puerta falsa de mi jardín.

Allí reposa, en aquella tierra que tanto amaba, mi madre, en un ataúd al lado de otro más pequeño que el suyo, y al cual parece que atrajo, al igual que se derrumba el nido que consigo arrastra la rama caída... Mi imaginación no quiere levantar el velo que cubre a éste, por miedo de ver... ¡lo que no quiero ver más que en el cielo!

II

Durante este conmovedor y breve día de otoño, me esfuerzo para que el trato de los vivos no me distraiga en modo alguno de mi trato con las almas de los que no existen. Con placer me interno por los senderos menos frecuentados del bosque, donde los árboles conservan todavía tanta cantidad de hojas amarillentas que interceptan los pálidos rayos del sol, de las cuales también como lluvia constante tantas van cayendo, hojas muertas que pisamos, que nos dicen que todo está muerto, que todo muere, que todo morirá. La Naturaleza es durante este mes una inmensa elegía que se asocia íntimamente con la eterna elegía del corazón humano.

* * * * *

Voy y vengo por la hierba húmeda sin otro objeto que pisar las huellas de los seres queridos que no hace mucho iban delante de mí, detrás de mí o a mi lado por esta senda. Mis pies se paran por sí mismos como si a cada instante se clavaran en el suelo, delante de los añosos árboles aislados por el lindero del bosque, debajo de los cuales, por casualidad o por costumbre, se reunían de ordinario los ancianos, las madres, los niños, parientes y amigos, cuyas voces creo oír aún, confusas, tiernas o infantiles entre el murmullo ya sordo, ya argentino del arroyo inmediato. ¡Ay de mí! no volverán a sentarse en estas raíces, pero han dejado tal multitud de recuerdos, que hay momentos en que me parece que sólo están alejados de mí algunos pasos, que he equivocado el árbol o el claro del bosque para reunirme con ellos, y que voy a verles y oírles al doblar la senda.

III

Hay especialmente uno de estos lugares, donde mis ojos no se cansan de buscar a los que no volverán jamás. Está a algunos centenares de pasos de la casa. Para ir al bosque se sigue un camino con espinos por ambos lados, que atraviesa un gran campo pedregoso y un prado en declive, donde grupos de bueyes reflejan en sus marmóreos lomos los rayos del sol de estío. Esta senda sin sombra ni hierba, hace desear la fresca y sombreada bóveda del bosque que se ve mecido por la brisa en la ladera de la montaña, al extremo del campo árido. Bastante fatigado se llega a los primeros álamos y alisos de la plantación, cuyas raíces humedecen constantemente las filtraciones y los regueros de la colina. La humedad que se nota en este sitio, recuerda las inmediaciones de los arroyos. Pronto desaparecen los alisos, a medida que el suelo se eleva o caldea: los viejos troncos agujereados; las hayas, cuya corteza tigrada como tejido parece de musgo dorado; los castaños, con sus ramas extendidas como los cedros, con hojas agudas cual lanzas, bordan el camino. Este se corta repentinamente junto a una pendiente brusca, inundada de luz, deslumbradora y ardorosa. Hay allí una cañada muy honda, cuya pendiente es muy rápida; penetra por un lado en la oscuridad del bosque y continúa por la otra parte entre los campos cultivados y la hermosa pradera.

La vegetación silvestre, rumiada de continuo por las cabras y los carneros, crece allí fina y dorada como el raro plumón que el viento siembra y también él derriba en las yermas y escabrosas rocas de los Alpes. Las flores de este campo no crecen más de lo que alcanza el vellón de un carnero; es menester bajarse para verlas; pero su aroma es delicioso, y cuando se cogen para desenrollar sus hojas con los dedos y examinar su textura, sus corolas, sus estambres o sus colores, el corazón admira a la Providencia, que se ha tomado tanto cuidado para estas germinaciones del musgo como para los vegetales gigantescos de las selvas. Las abejas, los zánganos, las mariposas y tantos insectos alados sin nombre que las chupan al calor del sol, se complacen revoloteando en el ambiente perfumado de la cañada, llena de vida, de movimiento y de zumbidos.

IV

En la pendiente opuesta al camino, interrumpido por este espacio, cuarenta y cinco encinas seculares, olvidadas por los leñadores, forman un grupo sin orden y a bastante distancia una de otra, cerca de la torrentera. Los brezos de color rosado, violeta y blancos, tapizan con un tejido tan aterciopelado y variado como la lana de Esmirna los espacios que hay entre las matas. Sus copas, agitadas durante tantos años por el viento Sur, están algo calvas; sus ramas inferiores, especialmente las de las encinas de en medio del grupo, se ennegrecen y secan; cuelgan de ellas en su extremo un manojito de hojas amarillentas que van cayendo poco a poco con las ráfagas del viento equinoccial, produciendo un ruido seco y repentino, que hace huir y chillar de espanto a los grajos y los mirlos. Sobre el borde del barranco se inclinan las siete encinas que forman la fachada del bosque, cuyos troncos fuertes y robustos las denuncian por las más viejas; sus ramajes, los más espesos, carecen de aquellas saetas negras, preferidas por los tordos, que sirven de atalaya a los pájaros y atestiguan la senectud de los árboles; extienden sus ramas acodilladas en la pendiente de la cañada, y sus raíces, casi a flor de tierra, hinchan el césped y el musgo que las cubre.

V

Al pie de la más corpulenta de aquellas encinas, la más inmediata al bosque, yo encendía hogueras en mi infancia; a pesar de tantas lluvias de invierno, el humo ennegrece aún aquella corteza ruda. Siendo joven, allí escribí con lápiz muchas melodías poéticas que cruzaron mi imaginación conmoviéndola, como la tibia brisa primaveral hacía mover las ramas armoniosamente sobre mi cabeza. Allí, en días más dichosos, estábamos con los viejos y los niños de la familia pasando felizmente las horas caldeadas del día como en un salón de verano. Nada faltaba allí para el mueblaje natural de un lugar de reposo y de delicias; ni los pilares rústicos, formados por las cuarenta y cinco encinas diseminadas por la pintada alfombra, ni el artesonado inimitable del follaje agitado por el hálito intermitente que reanima al caminante, ni la melodiosa música de ruiseñores y pinzones que cantan cerca del nido donde empolla la hembra, ni el blanco cojín de musgo seco formado junto al tronco de los árboles, ni el sonoro curso del arroyo filtrando entre las matas tiernas de los juncos, tanto más lustrosos cuanto más oscuros, para ir a perderse entre los prados, ni el vapor que rodea las montañas, agrupadas como panorama griego, que vistas entre las ramas, parece que se admira un cuadro desde una ventana abierta entre ondulantes cortinas.

VI

Una escena de este delicioso sitio y de aquel dulce tiempo está fija en mis ojos y en mi corazón, cada vez que veo amarillear con el último rayo de sol las ramas medio desnudas del bosque de encinas.

En las raíces del árbol más viejo, que es también el más inclinado que forman los de la orilla, está sentada una mujer anciana, doblada por los años cual el árbol, sus manos hilan maquinalmente con la rueca llena de lana más blanca que sus cabellos. De vez en cuando, cambia algunas palabras con una joven en lengua extranjera. Su fisonomía revela la tranquilidad de un día sereno que acaba, aguardando del cielo su salario y renace en la tierra contemplando otras generaciones.

Otra mujer, joven aún, tiene en sus manos un libro medio cerrado, que abre a menudo para leer un breve rato y volverlo a cerrar como si reflexionara lo leído. En la expresión de su fisonomía se observa que aquel libro ocupa su imaginación en las cosas eternas: la meditación piadosa hace bajar a ratos sus párpados, largos y casi transparentes, luego dirige hacia el cielo el globo pensativo de sus ojos. Su cara, un tanto ascética, está pálida; hay en ella las delicadas líneas de una perfecta hermosura moral.

Mejor que un cuerpo es la envolvente de un alma; los trazos de una sonrisa tierna y graciosa moderan su austeridad hasta cuando ora. Su mirada, irradiación de celeste luz, se dirige hacia cuanto la rodea, y cuando la dirige hacia mí, se detiene y se enternece. Se comprende que es una madre contemplando la felicidad de su hijo.

VII

Más abajo, sobre la hierba que ostenta hermosas manchas de sombra y de luz, una joven con cabellera rubia y ojos azules, de talle esbelto y flexible cual las que se mecen al rumor del Océano, dibuja en un libro que apoya en sus rodillas; reproduce una parte del paisaje que se ofrece a sus ojos, vivificado por hermosos tonos de sombra y de luz, por el humo de las cabañas, por el grupo de cabras que hay en lo alto de los riscos. A cada rasgo la distrae con sus gritos de alegría una hermosa niña de cuatro años. Esta criatura se deleita descubriendo y cogiendo para su madre un ranúnculo de botón de oro entre el musgo; viene luego a esparcir su cosecha a puñados sobre la hoja dibujada para recibir en recompensa un beso, y corriendo, vuelve a buscar flores entre la hierba, y cuando se arrodilla para coger una mariposa posada en una flor, ocultándose enteramente su cuerpo bajo el flotante velo de sus cabellos dorados por el sol, en su lugar, en vez de un cuerpo infantil, creeríamos que hay una madeja de seda puesta al sol como hacen las lavadoras de capullos.

En la semioscuridad del fondo más espeso del encinar, un joven observa de lejos esta escena campestre de esparcimiento doméstico; con paso desigual va de una encina a la otra sin que el césped deje percibir el ruido de sus pasos; tiene en sus manos un libro en blanco deteniéndose a intervalos para borronear en él algunas líneas.

Lo que yo escribí aquel día, helo aquí: ¡Dios mío, quién creyera que estos versos habían de trocarse tan pronto en lágrimas!

LO QUE PIENSAN LOS MUERTOS

Mirad las hojas secas corriendo por el suelo.--Entre gemidos, por el valle las arrastra el viento.--La golondrina roza sus alas por el quieto pantano.--El niño de la cabaña, va cogiendo leña entre los brezos.--Ya no susurran las olas, que su encanto dieron al bosque.--Enmudeció el pajarillo entre las ramas secas.--¡Junto a la aurora, el ocaso!--El sol, que apenas despunta, brilla pálido un momento al concluir su carrera.--El carnero por las zarzas va dejando su hermoso vellón de lana que servirá de nido al jilguero.--La flauta pastoril ha enmudecido; desapareció su eco; cesó también el encanto de amor y de ventura.--La hoz cruel ya despojó la tierra de aquel verdor que le prestara vida...--Así acaban los años, así van feneciendo los días de nuestra vida.--Éoca en que todo cae.--Al rudo golpe de viento.--Soplo emanado de la tumba que arranca del mundo la vida con la mayor indiferencia.--Como el ave se arranca las plumas cuando observa en sus alas otras nuevas.--Entonces fue cuando vi palidecer y morir a los tiernos frutos que Dios nos dejó madurar.--Aunque joven, ya en la tierra.--Vago errante y solitario.--Y al preguntarme yo mismo.--¿En dónde se encuentran los que adora mi corazón?--La mirada se inclina triste hacia la tierra.--La cuna está vacía.--El niño, arrebatado por la muerte, ha caído del seno de la cuna al frío lecho funeral.--Los muertos, envueltos en el polvo que les cubre, nos dirigen esta voz.--¿Los que gozáis de la vida, pensáis aún en nosotros?--¡Oh! muertos queridos.--¿Dónde estáis?--¿Acaso pobláis un astro fulgurante con luz más eterna que la nuestra?--¿Acaso vagáis entre el cielo y la tierra?--Allá donde os encontréis, ¿jamás podréis oír la dulce voz de vuestros deudos?--¿Habéis vosotros olvidado a los que dejasteis sumidos en la mayor tristeza?--¡Oh, no, Dios mío! si tu gloria.--Les ha borrado el recuerdo humano.--Quitadnos a nosotros la memoria.--Y nuestro llanto no correrá en vano.--En ti, Señor, sin duda está su espíritu.--Mas guarda en su recuerdo el lugar nuestro.--Ampárales, Señor, el don de tu clemencia es grande.--Si aquí pecaron, dales ¡oh, Dios! tu sublime perdón.--Ellos fueron, lo que nosotros somos ahora.--Polos, juguetes del viento.--Frágiles y débiles como la nada.--Si sus plantas resbalaron, y si han faltado por su boca al precepto de la ley.--Perdónalos, Juez Supremo.--Tu poder es grande.--A tu voz desaparecen las cosas todas de los hombres.--Si tocas la luz, tus dedos quedarán empañados.--Las columnas de la tierra y las del cielo tiemblan a tu voz.--Si dices a la inocencia:

«Sube a mi presencia y habla,» aparecerá velada por tus virtudes.--Mandas al sol que alumbre.--Y la luz constante luce.--Dices al tiempo que nazca.--Y dócil la eternidad arroja los siglos por miles.--Los mundos que tú repones se renuevan a tu vista.--Jamás separas del pasado el porvenir.--Las edades desiguales se igualan bajo tu mano.--Nunca tu voz pronuncia estas palabras:--«Ayer, hoy, mañana».--Padre de la Naturaleza.--Manantial de bondad.--Dios clemente y misericordioso.--Suprema virtud, ¡perdón! ¡perdón!

VIII

Cuando el día desciende, entro en mi casa a paso lento; me encierro en mi habitación, la más alta y abandonada de la casa, desde la cual se domina el viejo campanario de la aldea: desde allí se sienten muy bien los ecos de la campana y los silbidos del viento. Parece que la naturaleza y la religión se han puesto de acuerdo en día semejante para dirigir hacia los sepulcros el pensamiento de los vivos.

El infatigable campanero, asido a la cuerda de las campanas, no cesa de tocar desde el mediodía del primero de noviembre hasta el amanecer del siguiente. Aquel célebre clamoreo evoca en los corazones recuerdos de aquéllos sobre cuyos corruptos cuerpos ha resonado muchas veces el azadón del sepulturero. Aquella campana, recalentada por los incesantes golpes del badajo, parece que se agita por la fiebre, y que a cada paso ha de romperse torturada por tanto martilleo.

Tales fueron las impresiones que yo experimenté en día semejante y que me inspiraron las siguientes estrofas:

LA CAMPANA DE LA ALDEA

¡Oh! Cuando toca la campana lentamente.--Esparciendo sobre el valle su voz parecida a un gemido.--Diríase que es la mano de un ángel quien la mueve.--Y que entre la brisa nocturna, derrama sobre la tierra cuanto en él hay de divino.

--Cuando huyen del campanario las negras golondrinas.--Porque el viento hace temblar sus nidos de barro.--Y buscan en los estanques el reposo apetecido.--Cuando la viuda de la aldea se arrodilla sobre los hilos que se desprenden de su rueca.--Pagando con el rezo su tributo a los muertos:

--Siento en mi pecho un canto sonoro, que no es del goce de la vida.--Ni es producido por los recuerdos de mi infancia.--Ni es de amores la primera alborada de la savia primaveral que rejuvenece el campo.--Cuando allá en la pradera.--Suenan las voces virginales que tornan con sus cántaros llenos de agua--Yo no sé lo que es, pero lloro.--Mi triste corazón canta al despertar con un melódico murmullo rociado de ambrosia o yo no sé de qué.--Siento cómo se lleva el invierno mis días felices.--Mezclados con la hojarasca muerta y con el eco sarcástico y burlón de la fama.--Flores tejidas en noche oscura, que jamás arraigan dentro del corazón, aunque exhalen bellísimo perfume--Tiernos capullos cuyas corolas se rompen entre los dedos emponzoñados de la envidia.--En este día, cuando la campana lanza sobre el valle su acento plañidero--Se siente un gemido triste y prolongado que sale del campanario--Es la voz de lo desconocido que llora al ver pasar dos féretros en dirección al cementerio.--De la noche a la aurora, ¡oh, campana! tú lloras con mis ojos y gimes con mi corazón.--Estos gemidos se repiten en el cielo, en el mar, en los aires,--Como si las estrellas llorasen por sus compañeras y los vientos por sus hijos. Desde aquel día que tus sones se juntaron con mi duelo--Creo que un ángel mueve tu badajo y conmueve al mismo tiempo mi alma.--El eco de tu bronce, antes de herir las fibras de mi corazón, ha estremecido las sepulturas donde descansa lo que fue.--Las piedras del campanario tienen gran parecido a las del sepulcro.

No os cause extrañeza si consagro un recuerdo.--Al misterioso sonido de este bronce.--Yo amo su voz precursora de la muerte.--Canta ¡oh! tú, fiel mensajero de la humana tristeza.--Que tus cantos presten vida a tus mármoles, lágrimas a los ojos, oración al descreído y a la muerte poesía.

Cuando yo muera y mis vecinos, después de haber dejado en el campo de la muerte el puñado de polvo que reste de mi cuerpo--No llores por mí; lanza a los horizontes tus alegres sonidos de los días de fiesta.--Quisiera que imitara tu voz de bronce el ruido alegre que produce al romperse la cadena del esclavo o el cerrojo de la cárcel cuando se abre para dar libertad al cautivo.

IX

La época en que el calendario señala el aniversario de los muertos está en consonancia con el duelo y horror de los sepulcros. La Naturaleza gime como los corazones, y los elementos al expirar el año parecen retorcerse entre las convulsiones de una agonía triste.

El prolongado equinoccio renovando durante la noche sus furiosos resoplidos parecidos por su regularidad a suspiros de muerte; las furiosas ráfagas de viento chocando contra los muros; los silbadores torbellinos llevándose consigo ¡Dios sabe dónde! nubes de hojarasca muerta, en medio de las cuales parece que se oyen como gritos de angustia; los graznidos siniestros de los cuervos despertados por el choque de las ramas que van rompiéndose, las bruscas sacudidas de la tempestad conmoviéndolo todo: aseméjanse, en verdad, a espíritus escapados de sus tumbas empujándose, chocando y gimiendo arremolinados por el viento.

¿Quién no ha creído oír muchas veces, entre los bramidos del huracán, voces que nos llaman por nuestros propios nombres? ¿cuántas veces las hemos oído llamar a las vidrieras y a las puertas como para hacerse abrir por la fuerza las habitaciones desiertas en las cuales vivieron sus almas en algún tiempo?

Yo gozo con semejante tumulto recogiéndome en el frío que en mí produce la calentura de la agitación, y medio tendido al calor del fuego del invierno, sobre las mismas losas abrillantadas por las pisadas de aquellos que están tendidos para siempre no lejos de mí, y abrazándome a propósito, durante esta noche de recuerdos, a cuanto me resta de sus vestigios venerados. Dieciocho pequeños volúmenes encuadernados en cartón de diversos colores están esparcidos junto a mí sobre la alfombra; tan pronto entreabro y leo aquel o el de más allá, reflexiono sobre las fechas del principio y el fin de cada uno sin cansarme de leer y releer, llorando o sonriendo tristemente.

Uno de ellos contiene EL MANUSCRITO DE MI MADRE.

Mi madre, según tengo dicho en mis _Confidencias_, no escribía por escribir solamente, menos aún para ser admirada; escribía, digámoslo así, para ella sola con el objeto de encontrar en un registro los acontecimientos domésticos de su vida, un espejo moral de sí misma, donde pudiese verse y compararse frecuentemente con lo que ella misma había sido en otras épocas o era a la sazón, y mejorarse de continuo. Semejante costumbre, observada por mi madre hasta su muerte, dio por resultado la existencia de quince o veinte pequeños volúmenes de confidencias íntimas entre ella y Dios, que he tenido la dicha de examinar; en ellos he vuelto a ver y veo continuamente a mi madre viva cuando siento de nuevo la necesidad de refugiarme en su seno.

No escribió mi madre con esa energía de conceptos y brillantez de imágenes que caracterizan el don de expresar. Hablaba con la sobria y clara sencillez de quien no se rebusca jamás dentro de sí propio, ni pide a las frases otra cosa sino que le den a conocer tal como él es, como no pidió jamás a sus vestidos sino que la vistiesen, sin fijarse en que pudieran servirle de adorno. La superioridad no se observa en su estilo; permanecía en su alma, y ésta residía en el corazón principalmente, lugar en donde la Naturaleza ha colocado el genio de la mujer, puesto que las obras de la mujer son todas hijas del amor. De suerte que únicamente por la simpatía se siente el hombre unido a ellas. Esta superioridad, casi incomprensible e inofensiva, nos subyuga dulcemente.

X

Dueño de estos recuerdos íntimos, he pensado muchas veces en si debía esconderlos en el cajón más profundo de mi secreter o entresacar de ellos un pequeño extracto acompañado de algunas observaciones para la familia, al objeto de que los restos del alma de semejante madre, no se evaporen por completo sin haber sido, cuando menos, leídos de sus nietezuelos.

Este pensamiento ha renacido en mí con mayor fuerza al sentir las vibraciones clamorosas de la campana que llora sobre su tumba y que parece hacerme cargos por mi silencio, cuando el mismo bronce llora para recordármelo.

Acumúlanse los años, la tarde de la vida se acerca, el polvo del tiempo comienza a empañar las hojas con el tinte pálido del otoño. Me hallo en uno de estos momentos de recogimiento crepuscular en los que el pensamiento se detiene ante las inquietudes de la vida activa remontándose a su origen, como agua estancada sin viento que la agite a la cual le es imposible encontrar la corriente; es el momento, en fin, de cumplir con mi piadoso deseo examinando esta reliquia venerada.

Solamente la luz del hogar mismo de mi madre alumbrará estas páginas; y sólo quien haya llorado su muerte encontrará este libro interesante. A pesar de los variados espectáculos que representan a la mirada del hombre sensible y reflexivo la historia y la naturaleza, no existe en su fondo un solo punto más interesante de que haya concurrido en una sola alma, dadas las circunstancias, tal conjunto de alegrías, penas y vicisitudes de la vida, habiendo pertenecido esta alma a una mujer ignorada entre la oscura y tranquila vida doméstica.

Este drama no pertenece a la escena, se encierra dentro del corazón; pero una lágrima, ya sea producida por la caída de un imperio o por el hundimiento de una cabaña, contiene siempre la misma cantidad de agua y de amargura...

XI