El Manuscrito De Mi Madre Aumentado Con Las Comentarios Prologo
Chapter 9
¡Qué horribles angustias hemos pasado! Basta decir que Mâcón ha sido tomado a mitad de la noche, que yo desperté a las dos de la madrugada entre el espantoso estruendo de los cañones, obuses y fusilería, vivísimo en todas las calles, y los más siniestros gritos de desesperación y de dolor. Nos creíamos todos perdidos. Me levanté de la cama e hice levantar a Cesarina, la única de mis hijas que se encontraba conmigo a la sazón, y una y otra, puestas de rodillas ante un Santo Cristo, esperábamos el momento del sacrificio ofreciendo nuestras almas a Dios.
Luego pareció irse calmando todo. Los austriacos quedaron triunfantes, pero no abusaron de la victoria; hubo algunas casas saqueadas pero fueron aquellas en que se defendió el enemigo. Nosotros no recibimos el menor daño personal, gracias a Dios, pero materiales, ¡tenemos ya sufridos tantos!
He aquí lo que me ocupó después del día 17 de septiembre: Cecilia, hace como cinco semanas, tuvo una niña que cría ella misma y se llama Celenia. Todo marcha muy bien. Alfonso sigue en París aún. Tanto como deseamos las mujeres ser madres, y ¡ay! el serlo en estos tiempos hace temblar al espíritu más fuerte.
XCIV
Nuevamente sonríe a mi madre la dicha, y sólo satisfacción y contento rebosan sus escritos. El día 13 de octubre de 1815 se publicaron los esponsales de su segunda hija Eugenia, con M. Coppens de Hondschoote, joven oficial, teniente coronel del regimiento que guarnece Mâcón, hijo del antiguo señor de la villa de Hondschoote en Flandes. Una simpatía mutua condujo el asunto rápidamente a su desenlace. Celebrose la boda en Mâcón en el mismo día en que se inauguró una iglesia nueva. En la descripción de esta ceremonia de familia se adivina una alegría maternal inexplicable.
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Acordose que la boda se celebraría en la iglesia nueva que debía bendecirse en igual día; pertenecíamos a esta parroquia y estaba muy cerca de nuestra casa. Luego, después de la bendición nupcial, que atrajo mucha gente a la iglesia, nos retiramos. Todos mis hijos venían junto a mí; Cecilia y Alfonso habían llegado hacía poco; mi pequeñita Alicia estaba también; el tiempo era precioso: nos acompañaba toda la oficialidad con su música tocando alegres aires. Eugenia estaba encantadora: llevaba un vestido de tul bordado, un velo de raso blanco, una guirnalda de lirios y rosas blancas y un ramo de las mismas flores; estaba verdaderamente hermosa. Su marido, que tiene una arrogante figura, iba radiante de satisfacción. Las calles estaban atestadas de gente, así como la iglesia y sus alrededores; al volver, tuve muchísimo miedo de que hubiese alguna desgracia, pero se tomaron muchas precauciones para evitar los accidentes que la aglomeración de gentes pudiera ocasionar.
Casi todo el pueblo estaba invitado a pasar la velada en nuestra casa. Como es natural, hube de trabajar mucho para preparar el recibimiento a tan numerosa concurrencia. Había dispuesto la sala comedor, que es muy grande, para salón de baile; la hice tapizar de un tejido verde, e iluminar muy bien. El coronel nos mandó la música del regimiento, que fue colocada en una habitación contigua, produciendo muy buen efecto, combinada con el salón; mandé quitar la cama de mi cuarto que es muy espacioso, e hice colocar una mesa para setenta cubiertos aproximadamente, y otras dos en las que podían acomodarse otros tantos entre una y otra. En un gran gabinete situado junto a mi dormitorio, había igualmente otra mesa para que los caballeros pudieran cenar a media noche con toda libertad. Todo esto me dio mucho trabajo ciertamente, pero yo lo hice con mucho gusto y todo salió perfectamente. Todo el mundo se retiró a la hora conveniente; estuve bastante agitada y no fui yo seguramente la única. Cesó la algazara, acompañamos a los novios al dormitorio y yo me retiré igualmente, después de rogar a Dios por mis hijos y por mí.
Al día siguiente, asistí a la misa mayor, en que oí un buen sermón pronunciado con motivo de la inauguración de la nueva iglesia.
XCV
19 de junio de 1817.
Mi hijo Alfonso se encuentra en este momento viajando en la Saboya, acompañado de la familia Maistre, cuyo sobrino, M. Luis de Vignet, persona distinguidísima, es muy amigo de él. Este joven, de grande ingenio y mucho talento, como el que yo supongo en mi hijo, tiene como él también un carácter algo melancólico. Me recuerda la figura que yo atribuí en mi juventud a Werther, de Goethe; pero él es, como su familia, muy cristiano.
Esta amistad, bajo esta correspondencia, me satisface por mi hijo, que tiene necesidad de buenos ejemplos de fe positiva, porque su religión, demasiado libre y demasiado vaga al mismo tiempo, me parece producida por el sentimiento y no por la fe.
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Como ya tengo indicado, mi hijo solicita un empleo diplomático; mi hermano mayor y yo hemos despertado en él este deseo que le cuesta buenos disgustos. Como quiera que en París no tenemos una protección directa para abrir las puertas de las personas influyentes, y nuestro nombre, aunque digno, no es de gran resonancia para llamar la atención de los ministros, perdemos el tiempo. Alfonso se cansa e impacienta, no pudiendo obtener una ocupación activa para su espíritu; y sus disgustos recaen sobre mí y me afligen mucho.
XCVI
20 de junio de 1817.
Hoy me han hecho una proposición de matrimonio para mi hija tercera, Cesarina. El joven que ha pedido su mano, creo yo que le conviene bajo todos conceptos; a mí me agrada mucho. Se llama M. de***, y pertenece a una conocida familia parisiense, ligada ya de antiguo con la mía. Cesarina posee una belleza deslumbradora, completamente italiana; muchos dicen que los rasgos de su fisonomía son los de una creación del pintor Rafael de Urbino, que se conoce por la _Fornarina_. Yo no sé lo que en esto habrá de cierto, pero sí sabré decir, que es una hermosa criatura físicamente considerada, y lo que es algo mejor, muy franca, sencilla, y altamente simpática a todo el mundo.
Mi cuarta hija, Susana, será más hermosa aún, pero el género de su belleza será completamente distinto; es la estatua del candor y la virginidad.
Sofía, menos seductora a primera vista, promete, sin embargo, atesorar también grandes atractivos y ciertas cualidades de alma por complemento superiores a todos los hechizos. ¡Oh! ¡qué hijas me ha concedido Dios! ¡Parece que la Providencia y la Naturaleza se hayan puesto de acuerdo para favorecerme con sus dones! ¡Qué cuentas deberá rendir esta madre al Señor de cielo y tierra!
XCVII
Junio de 1818.
Mucho trabajo me cuesta el favorecer las inclinaciones hacia el apreciable joven M. de***, a quien estimo en mucho a causa de sus excelentes cualidades y lo quisiera para esposo de mi hermosa Cesarina.
La familia de mi marido se opone a este matrimonio por razones sociales de bien poca monta por cierto, pero yo tengo la seguridad de que habrían de ser felices uno y otro. El no tiene fortuna, es verdad, pero yo les tendría en mi casa. Estoy obligada a esconder a la familia de mi esposo la inclinación que siento por esta alianza, pero si yo hiciese, al parecer, cierta violencia, no podría llegar jamás a conseguir la unión de estas pobres criaturas. Entretanto me está ello pesando en la conciencia; tal vez he cometido un error dejando entrever a estos tiernos corazones que al fin se unirán. He consultado sobre este particular con un hombre que merece toda mi confianza y me lo ha aprobado. ¡Dios mío! haced que resplandezcan mis intenciones: Vos sabéis que son buenas.
El joven de***, se muestra más cariñoso y solícito que antes; son sus visitas tan frecuentes que temo despierten recelos en la familia; no obstante, cuando creo que sus visitas pueden llamar la atención, le recibo con alguna frialdad; y él, comprendiendo mis indicaciones perfectamente, obra como hombre discreto que es y de virtud irreprochable. ¿Qué es lo que sucederá? ¡cuántos tormentos ocasiona eso de haber dos espíritus distintos en una misma familia, sobre motivos de trascendencia! Encuentro que no se consulta lo suficiente al corazón en nuestra sociedad francesa, cuando se trata de un acto tan importante como es el del matrimonio. Por suerte para mí, mis parientes dejaron que hablase el mío; y gracias a la condescendencia de mis buenos padres, soy feliz actualmente.
XCVIII
18 de julio de 1818.
M. de Vignet, el amigo de mi hijo, ha estado aquí unos días, acaba de ser llamado a París por el embajador de Cerdeña, marqués de Alfieri, a quien Alfonso conoce muchísimo. Esto es buen augurio para el porvenir diplomático de este joven, quien empezaba ya a descorazonarse. ¡Ah! ¡cómo quisiera yo ver a mi hijo entrar pronto en una carrera tan digna de él! Observo que mi salud va languideciendo de algún tiempo a esta parte; yo creo que la causa de ello son los sufrimientos del corazón y del espíritu, ocasionados por los contratiempos que mis hijos están sufriendo. Es preciso que sobre esto reflexione detenidamente. Pronto cumpliré cincuenta y dos años, y como quiera que no he sido de complexión fuerte, necesito de mayores cuidados que muchas otras; eso debería aumentar mi piedad y hacer que me ocupase solamente de Dios. En lugar de esto, parece que mi alma participa de las debilidades de mi cuerpo, porque encuentro que me faltan o se debilitan en mí aquellos sentimientos vivos que penetran el alma y la elevan al cielo, haciéndonos felices en todas las situaciones de la vida; me siento fría, e insensiblemente arrastrándome sobre la tierra. ¡Oh! no es esta la vejez que se necesita para preparar el alma. Entretanto, ¡Dios mío! mi voluntad se dirige todavía hacia Vos, sostenedme y haced que pueda daros todo lo que me resta... ¡Ay! ¡qué pobres e indignas de Vos son mis ofrendas!
XCIX
25 de julio de 1818.
Nos hallamos en la casa de mi buen cuñado el abate Lamartine, que se encuentra enfermo. Continuamente está haciendo regalos a mis hijas, y para después de su muerte ha legado a Alfonso esta propiedad de Montculot, que aun con un gravamen de doscientos mil francos, le servirá acaso de ayuda el día que necesite casarse.
C
4 de agosto.--En el parque de Montculot, al lado de la fuente Fayard.
Esta fuente, pintoresca y apacible como una de la Arcadia, fue celebrada en mis composiciones tituladas _Armonías_ con el nombre de
LA FUENTE DEL BOSQUE
¡Oh! fuente cristalina--Que saliendo de la roca--Formando hermosa cascada--Bañas el florido prado--Y en el mármol de Carrara--Murmuras con impaciencia--Por salir a la pedrera.--El delfín que oculto entre la hiedra--Arrojaba por la nariz la blanca espuma, ha desaparecido. Centenarias hayas que prestan su sombra--Al lecho por donde juegas en ondas--Te sirven de templo--Y de corona, las hojas secas de otoño y el verde musgo.--La vieja pila de mármol ha sido destrozada--Pero tú, siempre generosa--Devuelves bien por mal a los que te ofendieron--Ofreciéndoles la frescura de tus aguas, limpias como el cristal.--Cuando veo filtrarse cual rocío entre los guijarros--Las gotas cristalinas formando mil colores--Las ideas de mi niñez vuelven a mi imaginación--Y los recuerdos del pasado, me llenan de tristeza.--¿Cómo quieres que no busque a tu lado alegrías y tristezas?--Mudo testigo que recuerdas hechos y edades pasadas--¡Cuántos lances has mezclado en tus murmullos!--¡Cómo han corrido mis pensamientos tras de tus ondas!--Aquí me tienes otra vez, fuente deliciosa.--Yo soy aquél que en otro tiempo turbaba tu tranquilidad, con regocijo infantil. Yo soy quien a la sombra de los árboles que te rodean, soñé con la gloria cuya senda veo hoy oculta por negros nubarrones.--Mientras lloro ausencias y muertes--Reclina la cabeza sobre las piedras que te circundan.--Yo soy aquél, que rendido de cansancio--Llegó a ti, con el rostro oculto entre las manos--Derramando lágrimas que empañan tu pureza cristalina--A confiarte tu pesares; porque tú sola contestas a tus lamentos.--A escuchar las armonías que producen tus cascadas.--Pero ¡ah! que no pueden tus olas seguir a mis ideas--Rápidas como el viento que arrebata la hojarasca que se extiende a tus pies.--Algunas veces, trepando por la escarpada pendiente--Llego al punto donde tienes tu nacimiento--Y te contemplo cual hija de las nubes, flotando entre vapores.--Fuera imposible sin ti, la vida en estas soledades.--Calmas la sed del césped que, al besarte, bebe tus cristales gota a gota.--Y aunque el duro pedernal intente devorarte en su seno--Te alejas juguetona, y corres a llevar tus virginales perlas--A los más profundos huecos de las montañas.--Reflejando en el camino el hermoso transparente del cielo--El desierto se anima con tu presencia--Y a un aliento de tus aguas--Se inclina el árbol añoso--Cobijándote en sus ramas.--A tu lado, los alegres pajarillos cantan sus amores--Y los hombres han de arrodillarse para beber de tus aguas.--«Aquí beberá el caminante», dijo una voz. Y tú, fiel a esta consigna--Avisas al hombre cuando por tu lado pasa--Con el sordo murmullo que produce el líquido, al caer en el recipiente.--Y al que se detiene a contemplarte--Le dices satisfecha:--Este prodigio que admiras, obra de Dios es.--Mis murmullos son el himno que constantemente elevo al autor de la Naturaleza. Yo siento en el corazón, ¡oh, fresca fuentecilla!--Tantas ideas como ondas tiene tu pilón.--Y al aproximar mis labios a tus aguas--Brotar de mi pecho el amor, y escaparse el ruego de mi boca con acento rápido--Y exclamo: Señor, te adoro, acepta mi triste llanto.--Hoy contemplo tus riberas--Bien distintas por cierto de ayer.--El viento se ha llevado las hojas, y hasta el cisne ha cambiado su blanco plumaje.--No tardará mucho tiempo en ver caer mis blancos cabellos sobre ti--Cuando vengas a visitarme, apoyándote en los troncos de las hayas tus eternas compañeras.--Entonces, contemplándote de nuevo, reflexionaré todo lo pasajero de esta vida.--Comparándola con tus gotas que convertidas en olas--Mueren en el mar después de haber corrido alegres el camino--Cubierto de flores unas veces, de espinas otras.--Y así es la vida, ¡Dios mío!--Tras de la noche la aurora.--Y las olas corren siempre--Cual la vida seductora.
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Posteriormente he visto que mi pobre madre también meditaba sobre la fuente del Bosque y por cierto, más cuerdamente que yo.
Continuemos el _diario_.
4 de agosto de 1818.
Es la una de la tarde, y vengo de dar un paseo por la fuente Fayard: es un sitio delicioso en extremo: me gusta ir allí a reflexionar y rezar al mismo tiempo porque lo uno es consecuencia de lo otro. Doy gracias a Dios por los beneficios que me hace, que son muchísimos. Al fin vuelvo a encontrar los mismos sentimientos de otros tiempos. Tengo observado que cuanta mayor es mi soledad y mi retraimiento del mundo, soy más piadosa y feliz. Pero no hay remedio; debo alejarme de aquí: debo volver a mis tareas ordinarias, a mis deberes, a mis incertidumbres.
Tened piedad de mí, Dios mío; tiemblo por lo que he de sufrir yo y por lo que habrán también de sufrir mis hijos Alfonso y Cesarina y mi buena amiga madame Paradis que necesita de mí en estos momentos. Valor y prudencia.
Esta mañana, durante el paseo, recordaba las veces que he estado aquí, y son seis, y he pensado que mi _diario_ me es de mayor utilidad que a otras muchas personas, porque tengo poquísima memoria, y al mismo tiempo, porque gusto de ir recordando todo lo que me ocurre en diferentes circunstancias en que me voy encontrando; veo también, que no es de menor utilidad para mi alma.
Estoy leyendo los sermones de Massillón y la _Odisea_; mis hijas leen la historia antigua.
¡Pobres hijas mías! Se están portando como quienes son: alegres y buenas por todo extremo.
Mas, ¡ay! ¿las dirijo yo como debo? ¿No tengo que echarme algo por ello en cara? ¿Tendré la culpa de las dificultades en que me encuentro por causa de Cesarina? ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Vos sois mi única esperanza; no me abandonéis en manera alguna; reparad mis faltas; apiadaos de mis hijos y de mí.
CI
15 de agosto de 1818.
Los disgustos que he sufrido por causa de mis hijos, acortarán mi existencia y acabaré por sucumbir bajo el peso de tanto sufrimiento. Yo he sentido sus penas con mayor fuerza que ellos mismos. La ociosidad de Alfonso me consume. ¿Por ventura ha nacido para esto? Me lo he encontrado solo en Milly donde se quedó antes, tranquilo, pero triste, y tanto o más que nunca viviendo entre sus libros, y de cuando en cuando escribiendo versos que no enseña jamás. Algunas veces, sus amigos, M. de Vignet y M. Virieu, me hablan de él con especial entusiasmo; pero ¿de qué le sirven sus talentos así encerrados, en el supuesto de que verdaderamente lo sean? Por otra parte, ¿qué ha de ser esta poesía que reconcentra sus ecos en un joven devorado por el deseo de actividad?
La causa de mi excesiva alegría por la vuelta de los Borbones, fue porque esperaba que la familia no se opondría entonces a esta necesidad de obrar, y que estos príncipes, a quienes habíamos servido en la desgracia, emplearían a mi hijo en alguno de los muchos cargos de que ha de ser capaz; ¡pero después de tres años no hemos tenido de ellos ni una sola mirada!
No dejo de comprender que, así los príncipes como los ministros, están abrumados de solicitudes a su alrededor, y que no pueden dirigir sus miradas hasta el fondo de las provincias para ir escogiendo y clasificando los talentos jóvenes y desconocidos. Es preciso resignarse al olvido. Al fin y al cabo esto no vale la pena de disgustarse; pero ¡ah! que mi hijo está en la edad de las ilusiones, que son para él lo que para mí las realidades. Acaso el sentimiento secreto que en él adivino procede de este desengaño sufrido. Porque no es natural ni corriente que un joven de su imaginación y de sus años, se abandone y encierre en la soledad más absoluta; aparece como que haya perdido por la muerte o por otra causa cualquiera, algún objeto querido, cuya falta ocasiona en él tristeza tan profunda.
CII
12 de septiembre de 1818.
Alfonso recibió ayer un paquete de cartas de su mejor y más íntimo amigo, M. de Virieu, quien le llama a París inmediatamente. El ha vendido su caballo para hacerse con cien pesos; yo le he dado además todas las economías que poseo. Ya ha partido. M. Virieu, quien ha ingresado en la carrera diplomática y se interesa por Alfonso tanto como él mismo, le decía en sus cartas que el conde de Lagarde, nuestro embajador en España, estaba decidido a llevarle consigo a Madrid. ¡Quiera Dios que este proyecto se realice!
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Todo ha fracasado. Alfonso acaba de volver más descorazonado que nunca por los acontecimientos que le vuelven a sepultar nuevamente en la inacción y la oscuridad. M. de Lagarde, que le conoce, y que hubiera deseado llevarle consigo, no le ha sido posible, y ha partido, para Madrid, dejando a mi pobre hijo en el mayor desconsuelo.
¡Si yo pudiera obtener para mi hijo la resignación que yo poseo! Pero el es joven y es natural que sus pensamientos sean distintos a los míos.
El proyectado casamiento de mi Cesarina, resulta decididamente irrealizable, me he visto obligada a decírselo así a este pobre joven. La familia se ha obstinado en la negativa más absoluta; estoy desesperada y he llorado mucho; el pobre joven parece resuelto a esperar aún contra toda esperanza. También Cesarina está muy triste, pero bien penetrada de su deber; teme, dice, que si fuerza por sí misma las repugnancias, el descontento de aquellos de quienes nosotros dependemos recaiga sobre mí. ¡Lástima grande que así se rompan las esperanzas de dos almas puras que sentían una hacia la otra cierta inclinación natural, por cierto bien inocente! Afortunadamente, el tal efecto no constituía para Cesarina una pasión absoluta, y si únicamente una simple disposición amorosa, y el reconocimiento natural en quien se ve amada con vehemencia. ¡Pobre muchacho!
Me han hablado de otro matrimonio para mi hija con un hombre de mucho mérito que ha pedido su mano; he conferenciado con ella sobre el particular, y parece que se presta a la realización de dicho proyecto; creo que ha reflexionado y está resuelta. No he podido comprender si ella se ha manifestado condescendiente por sacarme de apuros o si ve alguna razón de conveniencia particular: yo procuraré estudiar este asunto con detenimiento. Alfonso me dice (y tiene mucha razón), que no haga violencia alguna contra los sentimientos y afecciones que pueda profesar a otra persona.
Me dice también mi hijo, que si es necesario él me apoyará contra todas las oposiciones de la familia, hasta el momento en que sea completamente libre de seguir sus inclinaciones naturales; Cesarina, al oír esto ha contestado que no había experimentado más que el natural sentimiento en toda persona reconocida a otra a quien ha inspirado una pasión, y que seguiría sin pesar alguno la voluntad de la familia, que se uniría sin repugnancia al hombre apreciable que se le destinaba; parece, por lo tanto, que hay en ello tanta reflexión como simpatía. ¡Feliz el marido a quien la Providencia le depare tan angelical criatura!
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Al poco tiempo, o sea el 21 de febrero de 1819, se ve que la obediencia de Cesarina se trocó en verdadera felicidad, al menos en apariencia.
CIII
Domingo, 21 de febrero de 1819.
El día 17 hemos llegado a Chambery; están los caminos intransitables y hemos hecho el viaje en largas jornadas. La mayor parte de la familia nos esperaba con impaciencia; hemos sido recibidos como príncipes. Cesarina parece estar en su elemento, simpatizando con las gentes de este país, que son buenas y sencillas; nos colman de atenciones, que verdaderamente puedo calificar de amistosas.
Felicítome mucho todos los días por este casamiento, que tantos disgustos me ha costado figurándome que había dificultades de verdadera monta para realizarlo.
La figura de M. de Vignet no es muy notable; su fortuna es mediana; temí muchas veces cometer un disparate; ¡y he sido yo quien lo ha hecho todo! Rogué muchísimo a Dios que me diera acierto y que aclarase mis dudas, y veo ahora con satisfacción que todo lo que pueda llamarse verdaderamente cuerdo y razonable, se encuentra en este matrimonio. He podido comprender que Cesarina no ha encontrado la menor repugnancia en la figura de M. de Vignet; estoy segura de que le amará... Tengo la satisfacción de ver que no me he equivocado; Cesarina le ama en efecto.
La reputación de M. de Vignet está bien cimentada y es hombre de grande ingenio, muchos conocimientos y méritos de toda especie; su familia es de las principales de este país, y es seguro que llegará a ocupar los puestos más eminentes a que pueda aspirar, dada la carrera que tiene, así por propios méritos como por el apoyo de su tío el conde de Maistre, actual canciller. Tiene una hermana, buena y amable, que vive con él, y un hermano, antiguo amigo de Alfonso, el cual ha resultado ser la principal causa de este matrimonio.
Soy, por lo tanto, muy dichosa en haber encontrado una salida tan honrosa para reparar todas las imprudencias que a causa de mi debilidad, había cometido. ¡Cuántas veces yo misma me he reprochado aquella conducta!
Pero en medio de la satisfacción que siento, recuerdo con honda pena al joven que tan enamorado estaba de Cesarina y al cual apoyaba en sus pretensiones. ¡Pobre joven! ¡Cuánto habrá sufrido!... Puesto que no queda ya ninguna esperanza, es preciso, pues, romper del todo, lo antes posible; Dios me ayudará como me ayuda siempre, y yo no me cansaré de repetirle millones de veces mi reconocimiento por los beneficios que me concede.
Con gran lucimiento hemos celebrado la boda aquí y en Mâcón.
CIV
Martes, 9 de marzo 1819, en Saint-Amour en el Franco Condado.