El Manuscrito De Mi Madre Aumentado Con Las Comentarios Prologo

Chapter 7

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Ayer recibí carta de mi Alfonso; está bien de salud; me parece un sabio en la manera de escribir.

LXXI

Milly, 25 de septiembre.

Mi pobre esposo ha sufrido una pérdida de cuatro mil doscientos pesos. El comerciante encargado de vender el vino se ha declarado en quiebra.

Esta gran desgracia mi marido la sufre con la mayor resignación.

Según se dice, el comerciante de vinos, que es de Nuits, resulta ser un desgraciado, pero de una honradez sin límites. Esta mañana ha venido él mismo a anunciarnos la suspensión de pagos, diciendo que va a convocar a todos sus acreedores para que se repartan cuanto le queda, y que no se reserva nada para él. ¿Cómo no apreciar semejante conducta y no compadecer a quien nos arruina tan contra su voluntad? Porque no hay duda que vamos a quedar por ello pobres durante todo el año, ya que sólo contábamos con la suma que se ha perdido. ¡Hágase la voluntad de Dios! Admiro la calma de mi marido después de semejante contratiempo; él sufre, sin embargo, por mis hijos y por mí; pero exteriormente, es decir, en cuanto no nos hiera materialmente a nosotros, es un hombre de bronce.

Alfonso debía regresar el día 17 del colegio; fui a recibirle en Mâcón. Llegó por la noche, solo. Le encontré mucho mejor de lo que esperaba; es ya cuatro dedos más alto que yo, está algo flaco y pálido; parece un buen muchacho: los jesuitas, sus maestros, se admiran de sus facultades; ha venido cargado de coronas, premios, discursos en latín y en francés, versiones y poesías latinas y... a pesar de todo, es modesto sin petulancia alguna. Lo que me ha agradado también mucho es que parece inclinado a la piedad. ¡Dios lo quiera! ¡Porque creo que es lo único que puede hacerle feliz!

Después de su llegada he corrido a la iglesia, llenos los ojos de lágrimas de alegría, a dar gracias a Dios por el gran favor que acaba de hacerme con el feliz regreso del hijo de mi corazón.

* * * * *

Al presentar a Alfonso a toda la familia en Monceau, he sentido un poco de orgullo. Sin embargo, no le encuentro el tono tan dulce como yo quisiera. Creo que debo alejarle de mí, que tanto le amo y que tanto le mimo por añadidura; y por otra parte, he de mimarle por condescendencia. ¡Cuan difícil es formar un hombre!... Tanto mi marido como yo nos encontramos apurados para acertar en lo que debemos hacer con él.

Adora la carrera militar, que es la de su padre: ¡pero esa guerra contra la Prusia devora tantos y tantos jóvenes! y además, la carrera de las armas es mortal de necesidad para la juventud inocente.

LXXII

Mi madre vuelve a la ciudad el 25 de diciembre de 1806.--He aquí lo que se lee en su _diario_ del 2 de enero de 1807:

2 de enero.

Hoy he quedado convencida de que camino aceleradamente hacia la eternidad.

Las virtudes en que yo pienso fijar especialmente la atención este año, son la dulzura y la humildad. Me parece que son las principales. Quiero hablar poco de mí, sobrellevar con paciencia las contrariedades y las humillaciones que pueda soportar sin menoscabo de la dignidad humana, no rebuscar en mi tocado vanidad alguna, no reprender a mis hijos y a otras personas con acritud ni enredarme nunca en discusiones; quiero asimismo no decir jamás una palabra que pueda molestar al prójimo, presente o ausente. Estos son mis proyectos durante este año; si puedo cumplirlos fielmente, habré empleado bien el tiempo.

LXXIII

No hay nada de particular en las anotaciones de este año hasta el mes de septiembre, en el cual se lee:

* * * * *

Vivo sola en Milly con mis hijas y mis libros; esta soledad me encanta. He dado esta tarde un gran paseo por la montaña de Craz, situada detrás de nuestra casa, sobre nuestras viñas. Estoy sola; gusto mucho, durante las horas de la tarde, de irme sola y lejos. Amo mucho el otoño y los largos paseos, sin otro entretenimiento que mis impresiones; éstas son grandes como el horizonte y llenas del espíritu de Dios. La Naturaleza conmueve mi corazón bajo mis reflexiones, y me infunde cierta tristeza que me fascina; no sé lo que es, pero siento una especie de armonía secreta entre nuestra alma infinita y el infinito de las obras de Dios. Cuando vuelvo la vista y observo desde lo alto de la montaña la luz que brilla en el interior del cuarto de mis hijas, bendigo y doy gracias a la Providencia por haberme concedido este nido, casi oculto a la vista de todo el mundo, para dar calor y vida a los hijos de mi alma.

* * * * *

Todos los días, por la tarde, digo una oración de muy pocas palabras: un cántico interior que ninguna persona llegaría a entender; pero vos, Dios mío, vos lo comprendéis muy bien, como entendéis el zumbar de los insectos entre las florecillas de los matorrales y el ruido de la hoja seca, juguete del viento.

* * * * *

En el año 1807 sólo contiene el _diario_ misteriosos exámenes de una conciencia escrupulosa hasta el extremo, y obligaciones de una madre para salvar de todo peligro a sus hijos. De regreso a la ciudad para pasar en ella el invierno de 1808, vuelve a tomar la pluma alguna que otra vez, pero la pluma parece que se resiste a trazar sus ideas. 1808 y una parte de 1809 faltan. Véase, no obstante, lo que sucedió entonces a mi familia.

Había por aquel tiempo en Mâcón una bellísima joven perteneciente a cierta familia muy distinguida; era elegante, hermosa y de espíritu recto y cultivado, quien inspiró a su hijo una de aquellas inclinaciones infantiles e inocentes y puras, que son siempre, mejor que las explosiones, el presentimiento del amor. No obstante las diferencias de edad, temían entrambas familias pudiera traer aquella simpatía consecuencias que no entraban en sus cálculos.

Por este motivo, acordaron alejar de allí por algún tiempo al joven bajo el pretexto de un viaje a Italia. Creíase, no sin razón, que el aire de los Alpes desvanecería aquella fantástica imaginación.

Veamos el manuscrito.

Aquellos pensamientos prudentísimos casi no existen en él: su imaginación se ocupa exclusivamente en buscar el bien para su hijo.

LXXIV

Domingo, 26 de noviembre de 1809.

Me ocupo en leer las _Memorias_ de Mme. Roland, cuyo marido fue ministro al principio de la Revolución, por la cual Mme. Roland fue guillotinada. Hubiera sido esta mujer un gran talento, un carácter, un dechado de virtudes, si durante su juventud no se hubiese penetrado del deslumbrante y falso espíritu que entonces reinaba, arrastrándola en la detestable cima, desde la que derrumbó el mundo, perdiéndose a sí propia; porque fueron sus opiniones las que la condujeron a la guillotina.

Sus Memorias están bien escritas y me han interesado, pero no he leído nada de lo que se trata de religión, puesto que habla de ella bastante mal. No he querido que mi hijo leyera dichas _Memorias_, a pesar de que lo ha deseado mucho. Ya sé yo que él puede hacerse, a pesar mío, con cuantos libros quiera, pero al menos no deberé reprocharme el haberle dado autorización para leerlos y menos proporcionárselos.

He pensado asimismo que el hombre se permite a cierta edad leer cuantos libros se le presentan, bajo el pretexto de que ya no corre peligro; sin embargo, siempre esto es peligroso, ya que la fe puede extraviarse a todas las edades; debe estar siempre prohibido el combatir con el espíritu. El hombre acaba por llenar su cabeza con el abigarramiento de toda especie de lecturas; así es que sólo a la prohibición de aquellas que, aun agradables, pueden ser peligrosas, debe confiarse la conservación de las sanas creencias.

Ha muerto en Mâcón M. Sigorgne, a la edad de noventa años. Como era un sabio, había sostenido correspondencia con J. J. Rousseau sobre la religión y sobre la filosofía. Gran amigo de M. de Lamartine, mi cuñado, dio por amistad lecciones de matemáticas a mi Alfonso. Era uno de estos monumentos antiguos que no quisiéramos jamás ver derrumbados. Amamos el tiempo cuando somos jóvenes, pero al llegar a viejos, el amor se convierte en veneración.

Alfonso irá a pasar este invierno a Lyón para que se vaya acostumbrando, poco a poso, a los usos y costumbres de la alta sociedad.

Ha marchado en compañía de M. de Balathier, persona de excelentes modales; estamos muy contentos de semejante oportunidad, porque ella será causa que le privará de las malas compañías de otros jóvenes de su edad.

Me encuentro sola con mis cinco hijas, todas ellas fáciles de ser conducidas al bien. Nuestra vida aseméjase a la de un monasterio: por la mañana leemos en comunidad algo piadoso, luego estudiamos juntas la historia antigua; me agrada e interesa tanto como a las niñas. Después de comer se trabaja un poco; al caer la tarde rezamos también juntas, y durante la velada, acostumbramos a leer alguna de las comedias de Moliere. Creo yo que no hay en ello ningún mal, pero suprimo las palabras que creo peligrosas. Después de esto, rezamos la oración de la noche; de esta suerte el día pasa ligero. ¡Que nuestras oraciones aprovechen a nuestras almas! Si fuera yo libre, creo que me consagraría completamente a Dios.

LXXV

Mi esposo se halla en Mâcón, en el consejo general del departamento, presidido por M. Denon. M. Denon es hombre de bastante edad, pero joven de ingenio. Este señor ha estado con nosotros unos días y nos ha contado sus viajes a Egipto con el Emperador; dice que diseñaba las batallas durante los combates.

Ha colmado a mi marido de distinciones, y le ha propuesto hacerle nombrar diputado; pero mi marido ha dicho que podría encontrarse, si llegaba el caso, entre su conciencia y su fortuna, y que prefería, por lo tanto, sacrificar toda grandeza mundanal a la oscuridad y paz de su conciencia. Admiro y respeto mucho los motivos que le obligan a obrar de tal manera, aunque mi amor propio disfrazado bajo el color de la fortuna de mis hijos, me conduzca a desear tales honores, y la natural forma y nombradía que lleva consigo un cargo semejante.

LXXVI

7 de enero de 1810.

La peligrosa ociosidad en que se encuentra mi Alfonso me tiene inquieta. En estos momentos, es cuando necesito para él todo el socorro divino que siempre he solicitado.

Sus pasiones empiezan a desarrollarse; temo que su juventud y su vida sean demasiado borrascosas; le veo de continuo melancólico y agitado; no sé lo que pretende. ¡Ah! quisiera encontrar el medio para tenerlo contento. Nos critican por haberle dejado ir a pasar el invierno a Lyón, fiados en su buena fe; pero los que tal hacen desconocen las razones que hemos tenido para ello. Muchas veces conviene dejar que diga el mundo lo que quiera y hacer lo que nosotros creamos mejor. El parece que desea adquirir relaciones y tiene afición al estudio; contando con recursos suficientes, es mucho más fácil en una población grande ocupar el tiempo, huyendo de los peligros de la ociosidad, que en una población pequeña, donde hay que hacer siempre la misma cosa. Por otra parte, estoy muy contenta de que todo el mundo no lo vea así, porque siendo, como es, de aspecto gallardo y elevada estatura, podría también tentar a los agentes del Emperador para que no admitiesen en reemplazo suyo el substituto que le hemos comprado para que sirva en el ejército.

LXXVII

Milly, 11 de abril de 1810.

Desde ayer estoy en este pueblo con Cecilia y Eugenia; el tiempo es magnífico; he querido venir a gozar de una hermosa mañana de primavera, y lo he conseguido por completo. Hoy, desde que me he levantado, he estado en mi jardín por espacio de más de tres horas leyendo, rezando, reflexionando y dando gracias a Dios por sus beneficios, que procuro aprovechar tan bien como es posible. La hora ha sido deliciosa, los árboles están cargados de flores y capullos que perfuman el aire.

Empiezan a brotar las hojas, a cantar los enamorados pajarillos y a zumbar los insectos. Es esta la época en que resucita la Naturaleza de su muerte aparente durante el invierno, y en que más se disfruta de ella en estos solitarios parajes. Por desgracia, tengo necesidad de volver a la ciudad, donde he de permanecer algún tiempo. Será la voluntad de Dios el que yo me aleje de estos sitios; cúmplase, pues, su santa voluntad.

El domingo estuvo a comer con nosotros M. Morel, distinguido dibujante y buen músico; es él quien ha trazado la mayor parte de los jardines ingleses que admira todo el mundo en los alrededores de París. Ha venido aquí para hacer algunos trabajos que le ha encargado M. Rambuteau. He tenido ocasión de hablarle y me ha dicho que había sido muy amigo de mi madre y de mi padre, con lo cual he tenido una alegría grande; en su consecuencia, le he convidado a comer y he tenido la satisfacción de entrar en relaciones con él. Es ya muy viejo, pero conserva perfectamente expedito el uso de todas sus facultades, a pesar de sus ochenta y cuatro años, lo cual se atribuye a su gran sobriedad; dice que jamás ha bebido vino. Esto me ha confirmado en el propósito que yo tengo hecho de no beberlo nunca.

Creo ver mañana a M. Rambuteau, porque dice que ha asistido al casamiento del Emperador y tengo deseos de saber algo de aquella ceremonia tan magnífica, según dicen todos; las iluminaciones parecen haber excedido a todo cuanto se había visto hasta hoy en su género. He aquí una cosa que me hace reflexionar sobre la insignificancia de lo que se ocupan los hombres, puesto que uno de sus mayores placeres consiste en reunir algunos centenares de candilejas colocándolas unas junto a otras, es decir, que podemos exclamar fundadamente: _¡Vanitas, vanitatum!_ un poco de luz, un poco de ruido y otro poco de humo; ¡esta es la gloria a que todos aspiramos! ¡Y pensar que yo la deseo para mi hijo!

LXXVIII

Milly, 17 de abril de 1810.

He pasado sola, en Milly, un día delicioso. Hace un tiempo precioso. Nunca he paseado tanto. He leído el primer volumen de un libro interesantísimo; se titula _Itinerario de París a Jerusalén_, por M. de Chateaubriand. Es una obra excelente.

Ayer fui a Changrenon a hacer una visita a madame Rambuteau, en compañía de la cual se encuentran actualmente M. de Narbonne, su padre, su marido y su hermana. Tenía curiosidad de volver a ver a M. de Narbonne, quien había sido en otra época muy amigo de mi hermano mayor (secretario en la embajada de Holanda y hombre distinguido). He hablado con él, y parece persona muy amable; dicen que goza de la consideración del Emperador. Se habla de él para el ministerio de Relaciones Exteriores. Ha hecho una grande acogida a Alfonso, y le ha comprometido a que vaya a visitarle cuando esté en París; pero tengo para mí que esto puede acarrear más daño que utilidad. Yo no pido para mis hijos las grandezas de este mundo; únicamente deseo para ellos un modesto y tranquilo bienestar, adquirido en el cumplimiento estricto de sus deberes.

LXXIX

11 de octubre de 1811.

Alfonso me escribe desde Roma cartas llenas de entusiasmo sobre los monumentos de esta ciudad célebre; mucho me gustaría estar en su compañía, pero mi pobreza no me lo permite. Los gastos de su viaje nos ayudan a cubrirlos sus tíos. Para este objeto, nos dieron ayer trescientos pesos. Alfonso, si es económico, podrá pasar con cuatrocientos pesos el invierno en Nápoles, pero como es joven y de imaginación viva y ardiente, ¿qué va a hacer entregado a sí mismo en los países lejanos? Yo, que aspiraba a verle partir, aspiro ahora a verle volver; durante el día, lo recomiendo veinte veces a la protección divina, ¡Qué desgracia es tener un hijo desocupado! A pesar de la repugnancia de la familia por verle servir a Bonaparte, deberíamos mejor pensar en él que en semejantes repugnancias; cuando se trata de los hijos conviene hacer caso omiso de las opiniones políticas.

Yo confío en que su amigo M. Almón de Virieu irá a reunírsele; es un bellísimo sujeto, ya entrado en años, y que ha de serle de gran utilidad en algunas circunstancias.

* * * * *

En esta época fue cuando yo abandoné Roma para ir a Nápoles, en cuya ciudad hice la vida errante y poética descrita en el episodio, verdadero en su fondo, titulado _Graziella_. (Véase el primer volumen de las _Confidencias_).

LXXX

Hay aquí una grande interrupción.

El _diario_ no continúa hasta que su hijo ha vuelto de sus viajes, el 24 de julio de 1812.

24 de julio.

Más de quince días hace que me encuentro aquí; fue el 7 de julio el día que vine a establecerme; mi esposo ha estado en la ciudad con Cecilia. Los primeros días creí disgustarme porque no experimentaba el placer ordinario que siento cuando estoy en el campo, pero desde que vine, he ido acostumbrándome poco a poco y me encuentro ya muy bien. Mis paseos solitarios, el trabajo y la lectura en compañía de mis hijas y el cuidado de algunos enfermos, todo ha recobrado para mí su interés ordinario, y yo he estado tan bien como merezco, si puedo estarlo. Solamente Dios sabe cuán escasos son mis merecimientos. Pero esta tranquilidad ha sido turbada por una circunstancia.

LXXXI

10 de agosto de 1812.

Me encuentro ya en la deliciosa morada de mi cuñado el abate Lamartine, en Montculot, en medio de bosques y de fuentes, en una especie de desierto que parece una abadía. Debiera estar aquí en paz, y sin embargo no es así; los cuidados de madre de familia me siguen por todas partes, incluso aquí mismo. ¡Ah! ¡cuántos reproches debo echarme en cara! Soy extremada en todo, toda del mundo, y en la soledad, acaso demasiada austera; los objetos presentes agítanse con violencia sobre mis sentidos; en fin, yo sufro. Ofrezco todas mis penas a Dios, rezo muy poco y leo mucho; estoy excesivamente impresionada por la brevedad de la vida y la necesidad de prepararme para la eternidad. Trato frecuentemente de penetrarme de lo que recuerdo haber escrito una vez, esto es, que yo no quería considerar esta vida más que como un purgatorio, y que todas las penas que Dios me envíe debo encontrarlas dulces en comparación de las que yo merezco. Lo que me hace temblar es el porvenir de mis seis hijas. ¡Cuántos disgustos preveo por esta causa!; pero el tormento que semejante previsión me ocasiona es condenable, porque vengo probando de continuo que el socorro de Dios jamás me ha faltado en circunstancia alguna, y que con mayor fuerza de razón debo yo considerar ser éste el verdadero centro de mi vida.

LXXXII

17 de diciembre de 1812.

Nuevamente he regresado de Milly para instalarme en la ciudad: al pasar por Changrenon he comido en casa de Mme. Rambuteau, lo cual me ha causado un placer grande, porque hemos hablado mucho de personajes de París que conocimos durante nuestra juventud.

LXXXIII

31 de enero de 1813.

Mañana se anuncia, al fin, el casamiento de mi primera hija, con un gentilhombre del Franco Condado, que se llama M. de Cessia. Cecilia es muy bella y más joven que él.

A pesar de la diferencia de edad, él es muy bueno y razonable. A los dieciséis años recibió una herida formando parte del ejército de Condé, y cojea un poco. Vive con su padre; que cuenta ya ochenta y seis años, de carácter imperioso y absoluto, y dos hermanos solteros. Es un excelente casamiento que, aunque me preocupa un poco, espero ha de hacer la felicidad de mi Cecilia.

Alfonso está en París; ha sido muy bien acogido por M. de Pansey, consejero de Estado y presidente del Tribunal de Casación. La prima de Alfonso, madame de Pré, quien vive en compañía de M. de Pansey, es una persona muy amable, aunque de mucha edad. Me admira que en las postrimerías de la vida y cuando vamos a perder ya todo lo que pertenece a este bajo mundo, seamos todavía sensibles a la ambición...

He penetrado en el cuarto de Alfonso y examinado sus libros, quemando aquellos que yo creo perjudiciales: he encontrado el _Emilio_, de J. J. Rousseau; me he permitido leer algunas páginas; no me pesa, porque, los párrafos que he visto me han parecido magníficos, y me han hecho un gran bien, tanto, que voy por mí misma a copiar alguno. Es bien sensible que semejante libro esté envenenado por tantas extravagancias, buenas únicamente para ahuyentar la fe y el buen sentido de los jóvenes. Quemaré este libro, y sobre todo, la _Nueva Eloísa_, más peligroso todavía, porque éste exalta las pasiones al propio tiempo que debilita el espíritu. ¡Qué lástima que un talento tan grande como el de Rousseau enloquezca de este modo!

Yo no temo nada por mí, puesto que mi fe está bien cimentada y es superior a toda tentación; ¿pero y mis hijos, Dios mío?...

Por causa de Alfonso he tenido hoy un gran disgusto: han enviado de Lyón y de Italia a sus tíos y tías gran número de notas por las muchas deudas que ha contraído durante sus viajes; la familia, que sabe que yo le mimo, me hace responsable de sus desaciertos; me han hecho en este sentido muchos cargos, por lo que he derramado lágrimas de amargura. ¡Ah! efectivamente: ¡las faltas de mi hijo son mis faltas! ¿Por qué no hube de ser yo más severa para él desde un principio? El hubiera temido el disgustarme, de esto estoy bien segura: es verdad que no me amaría, tal vez con la misma pasión, y que después, por circunstancias más graves, el temor de afligirme hubiera sido tal vez para él como una segunda conciencia. ¡Todo se pagará; pero antes pagaré yo en reproches fundados y lágrimas amargas las ligerezas de mi pobre hijo!

Ahora se encuentra en París; M. de Larnaud, excelente sujeto, de ingenio distinguido, vive en el mismo hotel y es íntimo amigo de mi cuñado, quien acaba de recibir una carta confidencial de su amigo Larnaud, en la que se le advierte que su sobrino está en peligro, porque, arrastrado por sus amigos, se deja dominar por la pasión del juego; que pasa las noches en casa de M. Livry, casa en la cual puede perder fácilmente toda su fortuna, que si bien es cierto trabaja la mayor parte del día con gran asiduidad, el cansancio del estudio y el poco dormir pueden quebrantar su salud, si no lo alejan de París a todo trance.

Al saber esto, me he puesto en camino inmediatamente para París, en compañía de mi segunda hija, Eugenia, de quien he hecho mi confidente. He tomado de la gaveta de mi marido todo el dinero que dejó en ella cuando salió para Borgoña, donde se encuentra en casa del abate Lamartine. Mi amiga, madame Paradis; mi cuñado, M. de Lamartine, y mis cuñadas, me proporcionarán más. He escrito a mi esposo para prevenirle y evitar al mismo tiempo la escena de reproches que él dirigirá naturalmente a nuestro hijo al saber el género de vida que hace.

Al llegar a París no quise apearme en el mismo hotel donde se aloja Alfonso para no causarle una emoción de sorpresa demasiado fuerte y dolorosa, y porque yo temblaba con motivo de la carta del buen M. de Larnaud, ante el temor de que mi hijo estaría muy cambiado, y que semejante cambio podría afectarme de una manera muy visible a sus ojos, al encontrarme frente a frente sin ningún preparativo anterior.

Determiné, por lo tanto, visitar antes secretamente a M. y Mme. de Larnaud, para que me lo contasen y prevenirlo todo convenientemente. Descendí, pues, ante una fonda de la calle Richelieu, muy cercana a la que él habita; era aún de día. ¡Dios mío! ¡cuánto sufría al retardar hasta el día siguiente el placer de abrazarle, después de visitar a M. y Mme. Larnaud! Estaba yo abatida por la inquietud, llorando y rogando sentada en un canapé, con los balcones abiertos. Eugenia se asomó a ellos para ver pasar los coches que se dirigían a la Opera o al teatro Francés; de pronto lanzó Eugenia un grito, diciendo: «¡Mamá, ven, creo que veo a Alfonso!» Corrí a la ventana y le reconocí efectivamente: iba en un elegante cabriolé que él mismo guiaba, acompañado de otro joven: su aire era alegre y animado, lo cual me quitó gran parte del pesar que me oprimía; acababa de ver que estaba bien. Todas mis inquietudes desaparecieron al verle; no quise en manera alguna interrumpir su diversión de aquella noche.

* * * * *