El Manuscrito De Mi Madre Aumentado Con Las Comentarios Prologo
Chapter 6
Ya estoy instalada en mi querida casita de Rieux, donde he pasado tantos veranos durante mi infancia, pero en estos lugares no se encuentra aquello que en otros tiempos los vivificaba. Al lado de mi madre olvido todas las penas. La pobre está muy desfigurada, efecto sin duda de los disgustos que ha sufrido en viajes y destierros. Ella disfruta contándome muchas veces cosas interesantes que se refieren a nuestra familia y a los viajes que ha hecho acompañando a las princesas. Me admira su resolución, su prudencia ante los grandes peligros y su cautela y firmeza en los actos que realiza. Está muy vieja ciertamente, pero conserva en su espíritu la juvenil frescura de otros tiempos. Es muy sensible encontrarse a su edad en la precaria situación que ella se encuentra. Yo quisiera ser bastante rica para restablecer su fortuna; pero es muy poco lo que puedo distraer de las atenciones de mis hijos. Deseo consignar en este _diario_ cuanto ella me cuente de notable.
Ayer me dijo que nuestra familia desciende de Vivarais, y que una joven de Roys tiene aún como heredera de la rama principal de la casa el feudo de Rubec, en Montfaucon. Después de la actual poseedora, este feudo debe pasar a mi madre: acaso entonces pueda vivir con más desahogo. Por falta de recursos se ha visto obligada a suprimir la camarera, y a su edad esto es muy penoso. Siempre me acuerdo de sus privaciones cuando pretendo quejarme de mi suerte.
¡Que Dios auxilie a esta pobre anciana!
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Mi madre me ha contado esta noche muchas cosas referentes a Mme. de Reyniere, viuda de su arrendador y algo parienta nuestra.
M. de Orsay, también pariente nuestro, contrajo matrimonio con una princesa alemana, parienta del rey de Prusia: un hijo de este matrimonio se ha casado con una princesa italiana.
Durante estas conversaciones sostenidas junto al hogar, recuerdo las personas con quienes he vivido durante mi infancia, y de las cuales quedan muy pocas, después de la terrible sacudida revolucionaria.
Quiero dejar aquí consignada una anécdota muy original, relacionada con Juan Jacobo Rousseau y la mariscala de Luxemburgo, con la cual mi madre estaba unida muy íntimamente.
Era la mariscala de Luxemburgo amiga de Rousseau: por casualidad supo aquélla que la mujer con quien éste vivía estaba en cinta; sin duda, creyendo que Rousseau quería mandar este nuevo hijo a la Inclusa, como había hecho con otros, dirigiose a M. Trouchin, de Génova, amigo de Rousseau, y le encargó que tan pronto la criatura viniera al mundo, hiciera los posibles por mandársela, para ella encargarse de su cuidado. M. Trouchin habló de este asunto con su amigo Rousseau, quien al parecer consintió en que la mariscala fuera satisfecha en sus deseos, los cuales fueron muy del agrado de la madre de la futura criatura. Tan luego esta buena mujer dio a luz, avisó a M. Trouchin, el cual presentose en seguida en la casa, donde le mostraron un hermoso niño. Quedaron convenidos para el día siguiente en hacerse cargo de la criatura, pero tan pronto hubo salido M. Trouchin, su amigo Rousseau, embozado en un capote de paño oscuro, se aproximó al lecho de la recién parida, y a pesar de sus lágrimas, cogió él mismo a su hijo y se lo llevó al Hospicio, perdiéndolo para siempre, pues ni siquiera le puso al entregarlo marca de reconocimiento.
Aquí tienes, hija mía--dijo mi madre,--el hombre sensible como dicen las gentes.
¡Insensato, le llamo yo, cuya enfermedad cerebral le ha destrozado el corazón!
Si el genio no es acompañado del buen sentido, no es genio, es locura; buena prueba de ello son el Tasso y Rousseau.
Si Dios nos envía el genio, bien venido sea, pero una madre solamente debe desear para sus hijos el buen sentido.
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Está nevando copiosamente y hace un frío intensísimo. La campiña se halla cubierta de nieve. Paso el rato leyendo a Tácito y otros historiadores de la antigüedad que tanto gustan a mi madre.
Seguramente, que estas aficiones de mi madre debieron nacer a consecuencia de su trato con los filósofos y literatos que, en otro tiempo, frecuentaban sus salones.
Mi madre tiene en compañía un sacerdote; llámase este venerable abate Chauveau y es hombre de mucho mérito. Esta mañana nos ha dicho misa. En el templo había un bautizo y esto me ha recordado a mis pobres hijos: los bautizos me enternecen siempre.
He visitado hoy a una pobre mujer recién parida, enferma y sin recursos. Al reflexionar sobre su miseria y las atenciones de que yo me hallaba rodeada, he tomado la resolución de no regatear nada, alimentos, ropas, leñas, dinero, todo, en fin, cuanto pueda facilitar con mis economías a esta pobre mujer.
¡Cuánto se sienten los ajenos sufrimientos cuando uno los ha probado! Es muy buena la caridad que se ejerce indirectamente, pero resulta más eficaz aquella que se hace frente a frente, de corazón a corazón. ¡Que Dios me inspire con frecuencia en estas resoluciones, y no permita que olvide el cumplimiento de mis deberes!
La noche pasada he leído a Tácito. Este historiador me entretiene y casi edifica con sus narraciones; los otros solamente me instruyen. Tiene mi padre una biblioteca rica en libros de historia; por fortuna no hay ni siquiera una novela.
Mi madre ha escrito hoy una carta a la señorita de Orleans, que se encuentra en España, y ha querido que yo también le escriba dos renglones. Después de esto, hemos salido a paseo y llegado hasta Mont-Mirail, visitando al mismo tiempo los amigos de la familia. En este pueblo nos han hablado muy bien de los señores de Larochefoucauld-Dondeau, que tienen aquí un castillo en el cual reparten abundantes limosnas a los pobres de la comarca. No hace muchos días que estos señores han perdido la única hija que tenían; solamente les queda un hijo que, según dicen, es un guapo mozo de dieciocho años (hoy duque de Larochefoucauld), del cual se cuentan rasgos de bondad con los aldeanos de estas cercanías.
Ha llegado ayer mi desgraciado hermano y hecho las paces con mi madre. Todo le ha sido perdonado y parece en su aire muy formal. Nos ha dicho que desea marchar a Inglaterra, donde mi madre lo recomendará a los príncipes de Orleans, que estoy segura harán por él cuanto puedan.
L
Vuelve mi madre a Milly durante la primavera y expresa en su _diario_ la alegría que experimentó al ver de nuevo a su marido y sus hijos. Después pasa a Lyón para informarse de los motivos que tuvo su hijo para escaparse del colegio, tomando después de esto la resolución de que termine sus estudios en otra casa algo más religiosa y paternal que la que en la actualidad se encontraba.
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Sigue el _diario_:
Ayer hice en Lyón algunas compras de telas para arreglar mi cama; he gastado poco, pues no quiero gastar lo superfluo mientras hay quien carece de lo necesario.
Estos días se habla mucho de la guerra con Inglaterra: mi hermano me ha escrito desde allí diciéndome que está muy bien colocado; pero si la guerra se declara, ¡quién sabe cuál será su suerte!
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Hoy he comprado un libro nuevo que he leído esta noche; se titula _Genio del Cristianismo_; está escrito por M. de Chateaubriand. Yo no sé si seré competente para juzgar esta nueva obra, pero me encanta su lectura.
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Siguen tres meses cuyas fechas llenan el _diario_ con detalles domésticos y exámenes de sus faltas.
LI
Belley, 23 de octubre de 1803.
He podido conseguir de mi marido y de mis hermanos permiso para trasladar a mi Alfonso del colegio de Lyón al de los Jesuitas establecido en Belley, al lado de la frontera de la Saboya. Yo misma le he acompañado; y después de haberlo dejado bajo la confianza de los padres, he llorado mucho.
LII
27 de octubre.
Esta mañana he visto a mi hijo desde las rendijas que hay en la cerca del patio del colegio. ¡Pobrecito! Estaba allí en medio de sus compañeros y a pesar de esto lo he distinguido en seguida. El también me ha visto y ha venido a decirme que estaba muy contento con sus nuevos maestros y condiscípulos.
He visitado al abate Montuzer, antiguo prior del capítulo de canonesas de Salles.
Al anochecer he partido hacia Mâcón y al pasar por frente al colegio de los Jesuitas, he visto a los colegiales y oído sus gritos alegres: por fortuna, mi hijo no ha salido a la verja para ver pasar el coche; yo me alegro mucho, porque hubiéramos tenido un disgusto grande y no conviene enternecer demasiado el corazón de estos niños que mañana serán hombres y necesitarán en ocasiones dureza de corazón para sufrir las adversidades de la suerte.
Yo he llorado mucho durante el día de hoy.
LIII
29 de octubre.
A mi llegada a Mâcón he recibido tristes noticias de mi pobre madre. Mi hermano se ha visto obligado a dejar el empleo que tenía en Inglaterra, con motivo de la guerra, y otra vez vuelve a ser una pesada carga para mi madre, que está vendiendo lo que resta de nuestra posesión de Rieux para pagar las deudas contraídas durante sus viajes.
Mi hermana me escribe también diciéndome que está muy contenta porque la señorita de Villars la ha prestado sin interés alguno y a devolver cuando pueda, mil escudos; esto le ayudará en sus apuros; la señorita de Villars cumple sus votos de pobreza a pesar de haberle relevado de ellos la Revolución y el Papa al abolir el capítulo. Ella reparte su numerosa fortuna entre su familia y las antiguas compañeras pobres del capítulo de Salles y pasa pensiones vitalicias a seis o siete de ellas que se encuentran en la mayor necesidad. No falta quien critica la economía en que vive, pero Dios y los pobres la bendicen diariamente.
LIV
6 de marzo de 1804.
Hoy hace catorce años que tuve la suerte de casarme con un hombre cuyo corazón es el de un ángel. Siempre me figuré que era generoso y caballero, pero ignoraba que estas condiciones llegaran a la perfección. Solamente vive para mí y para sus hijos, aunque algo inquieto por las dificultades que le ofrece nuestra escasa fortuna para sostener una familia tan numerosa. Yo rogaré a la Providencia que nos asista, y procuraré por mi parte aliviar su pena. Confío en Dios, y esta es sin duda mi única virtud; pues reconozco, por lo demás, las imperfecciones que tengo.
Para solemnizar el aniversario de mi matrimonio, he mandado a mi hermano doscientos pesos; para ello he hecho un sacrificio, pero estoy muy satisfecha de haberlo verificado.
LV
16 de marzo.
Hoy he visto en el cementerio de Bussieres un cuerpo de mujer muy bien conservado, a pesar de haber transcurrido muchos años desde su enterramiento. Debió ser una hermosísima mujer a juzgar por las apariencias. Tiene en el dedo un anillo nupcial y un rosario engarzado en las manos. Parece que está dormida, y espera de este modo el eterno despertar. Tengo para mí que debe ser una santa, cuyo cuerpo ha querido Dios conservar intacto para diferenciarle de los demás.
LVI
20 de marzo.
¡Triste de mí! ¡Qué día tan desgraciado el de hoy para esta pobre mujer! Al llegar hoy a casa he encontrado sobre la chimenea una carta de mi hermana dirigida a mi esposo: la he abierto (pues para ello estoy autorizada), y ¡oh, Dios mío!... he leído en ella que mi hermano ha muerto de una manera trágica. ¿Qué será de mi madre ante esta horrible desgracia? ¡Dios mío! ¡Dios mío! Auxiliad a mi desgraciada madre y tened piedad de mi pobre hermano: perdonadle sus faltas, sed con él misericordioso.
Después de recibir tan infausta noticia, sólo he salido de casa para ir a la iglesia. Yo espero que mi hermano estará en el cielo, porque mi hermana me dice que ha muerto en el seno de la religión cristiana.
Estoy muy desconsolada, y mi alma sólo encuentra alivio en aquello que la aproxima a la Divinidad.
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Estos días hemos celebrado los funerales por el eterno descanso del alma de mi hermano. Me han acompañado a la iglesia cuatro de mis hijas. He llorado al ver las muchachas del pueblo vestidas de blanco, según costumbre en estos casos, entonando cánticos fúnebres, y muchos jóvenes orando con gran recogimiento. Yo espero que Dios habrá oído las plegarias de estas buenas gentes, y se apiadará de nosotros y de mi hermano.
He tenido noticias de que mi madre sufre mucho: en París se ha creído que mi hermano estaba complicado en una conspiración contra Bonaparte. Yo no lo creo, porque ni medios ni voluntad tenía para estas cosas. Sin duda su regreso de Inglaterra ha despertado sospechas e inducido a este error, porque después de muerto han ido a registrar su domicilio, y sólo han encontrado papeles que indicaban sus aficiones literarias.
LVII
21 de marzo.
Esta mañana he leído una novela de Mme. de Genlis, que se refiere a la señorita de La Valliere. La novela tiene algo de histórico y está bien escrita, pero me parece su lectura algo peligrosa para la juventud. Por mi parte, me ha sugerido únicamente reflexiones sobre lo pasajero de las cosas humanas y la insuficiencia del poderío de la tierra para hacer feliz a un alma grande. Lo terreno no puede satisfacerle, y sólo en Dios encuentra reposo a sus agitaciones.
¡Oh, Dios mío! Cada día siento mayor necesidad de consagrarme a Vos únicamente y de sacrificároslo todo. Mi alma, emanación de la vuestra es, y no puede encontrar la paz sin estar unida a lo que es su principio y fin.
¡Perdón, Señor!... Esta mañana he cometido un pecado. A una pobre muchacha que me ha pedido favor, le he contestado con desprecio y he sentido un poco de orgullo al hablar con ella. Me arrepiento de ello, y me impongo la obligación de servir y complacer en cuanto pueda a esta pobre muchacha. Este arrepentimiento y esta obligación que me impongo, debiera hacerla cien veces cada día.
LVIII
24 de marzo.
Empiezan a encanecer mis cabellos. El tiempo se va y yo ignoro lo que he hecho de mi juventud. La eternidad me advierte que debo emplear los días que me restan de estar en la tierra en hacer bien al prójimo.
LIX
Milly, 17 junio de 1804.
Estoy tranquila; he recibido carta de mi hermana, en la que me da mejores noticias de mi madre. Creo que está ya en completa convalecencia; habla asimismo de ir a vivir a Mont-Mirail. Ayer mi marido recibió otra carta de mi hermana que me ha llenado de inquietud. Dice que en dos días la enfermedad de nuestra madre se ha agravado seriamente. Temo un fatal desenlace.
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Esta triste confirmación ha venido en el preciso momento en que la señorita de Monceau y mis hijos iban a regalarme un ramillete. Tan infausta nueva ha envenenado el placer que semejante agasajo nos preparaba. Debía ir yo, por lo tanto, a comer a Monceau, pero no he querido ir, mandando sólo a mis hijos con su padre.
LX
¡Dios tenga compasión de mi madre! su gran caridad, sus bondades y otras mil virtudes que ha practicado durante su vida, pueden haberla tranquilizado en estos momentos. Pero ¡ay! ¡era tan triste su situación! Muchas inquietudes y penas son otros tantos motivos de consuelo. Ha sucumbido a sus penas mejor que a sus años. La triste idea de que no he de volverla a ver en este mundo, me asusta cuando fijo mis ojos en la tierra.
Mi abuela vivió hasta los noventa y dos años, yo esperaba igual longevidad para mi madre. Parece que en su testamento, que no ha podido firmar, ha favorecido a mi hermana. Mi conciencia no estaría tranquila si se dejase de acatar semejante voluntad, manifestada por ella, aunque no escrita. No ha de haber dificultad alguna para que se cumpla, puesto que mi marido piensa como yo sobre este particular.
Escribo esta mañana a la señorita de Orleans esta triste noticia, rogándola se sirva comunicársela cautelosamente a la señora duquesa, su madre.
Mi marido acaba de suscribir la renuncia que yo deseaba en favor de mi hermana. Esta va a comprar la finca de Rieux, donde pasamos tan alegres días durante nuestra niñez.
LXI
14 de septiembre de 1804.
Me hallo en Belley, adonde he ido a buscar a mi Alfonso para las vacaciones. Le he visto en el patio en cuanto he llegado; estaba tan emocionado como yo misma: ha venido corriendo, y tan pálido, que llegué a creer que iba a desvanecerse. ¡Ah! ¡Cómo nos hemos abrazado los dos! ¡Pobre hijo mío!
Mañana ha de pronunciar un discurso, con motivo de los ejercicios con que los jesuitas tienen costumbre de manifestar en público los adelantos de sus mejores discípulos. Esto me preocupa tanto como si fuese yo quien debiese hablar.
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Hay aquí una larga interrupción.
LXII
5 de febrero de 1805.
Hoy he asistido a una toma de hábito de religiosas hospitalarias, en el hospital de Mâcón. En el discurso que en semejantes casos se acostumbra a hacer, se ha dicho que las que acogía la religión, abrazaban para toda la vida un estado de mortificación y penitencia, y ceñían una corona de espinas a su cabeza. Yo he admirado mucho tanta devoción; pero he reflexionado sobre la de las madres de familia, que cumplen sus deberes, y creo que también se aproximan a Dios sin tomar el hábito religioso. Y debe calcularse que, cuando se casa una mujer, hace voto de pobreza, puesto que pone toda su fortuna en manos de su marido, de la cual no puede disponer sin su permiso. Hace también voto de obediencia a su propio marido y de castidad, puesto que tampoco le es permitido dar oídos a la menor palabra amorosa de otros hombres.
Se consagra igualmente a la caridad, que ejerce a la par con su marido, sus hijos y sus criados, a quienes tiene obligación de cuidar en sus enfermedades, e instruirles, dándoles buenos consejos. No tengo, pues, nada que envidiar a las hermanas hospitalarias: yo también cuidaré de cumplir fielmente mis deberes, tan difíciles como los suyos y quién sabe si algo más. Estas reflexiones han endulzado mucho mi espíritu, y he vuelto a renovar ante Dios los juramentos que hice al contraer matrimonio, rogándole me conceda la gracia y fuerzas indispensables para cumplirlos exactamente.
LXIII
Domingo de Ramos de 1805.
Reina por estos contornos un extraordinario bullicio con motivo de la próxima llegada del Emperador. Mi hermana se encuentra todavía a mi lado; ambas estamos muy inquietas porque se nos ha dicho que debemos dar alojamiento a Monseñor de Pradt, obispo de Poitiers, limosnero del Emperador, y más tarde arzobispo de Malines, tan célebre por su adulación y por su ingratitud con Napoleón, después de su caída. Me desagrada tener que hospedar a semejante personaje.
LXIV
Lyón, 26 de abril de 1805.
Mi venida a Lyón ha tenido por objeto ver al Papa.
Estoy aquí en compañía de mi hermana. He visto al santo padre cuando paseaba por el jardín del palacio del obispo. Ayer estuve a oír la misa del Papa en la iglesia de San Juan; vi perfectamente todas las ceremonias, pero me costó mucho trabajo poder llegar hasta su trono para besarle la chinela; sin embargo, tuve por fin esta satisfacción. Este anciano tiene verdaderamente el aspecto de un santo, como también algunos de los prelados que le acompañan.
LXV
12 de mayo de 1805.
Aumenta nuestra fortuna: mi marido acaba de comprar la casa de M. de Ozenay; tiene un jardincito, y es muy espaciosa; la amueblaremos para habitarla este verano, Dios mediante.
Mi marido me entrega ciento veinte pesos mensuales y los frutos naturales que proceden de nuestras dos fincas, para sostener la casa y pagar el colegio de Alfonso, lo cual es más que suficiente. Cada día admiro más las prodigalidades de la divina Providencia para con nosotros.
Mi cuartito está muy bien arreglado, y cuantos nos visitan dicen que es muy bello. Comprendo que estoy demasiado bien en este mundo y que tengo mayores bienes de los que me pertenecen. He leído un tratado místico sobre la dulce virtud de la confianza, que me ha hecho un gran bien. Es el tesoro por excelencia, el dulce abandono a la voluntad celestial.
LXVI
20 de agosto de 1805.
El hermoso cuarto en el cual estoy instalada desde ayer, será probablemente el último cambio de habitación que yo haga; en él moriré, sin duda. (En él murió efectivamente.)
Alfonso llegó ayer. Me preocupo mucho por él y por sus hermanas, pues no veo medio de educarlos fácilmente. Sin embargo, cuando me veo rodeada de estas seis hermosas criaturas, me siento orgullosa y satisfecha. Ruego a Dios me dé las luces necesarias, al objeto de cumplir debidamente mis obligaciones con respecto a mis hijos.
LXVII
9 de noviembre de 1805.
Hemos venido a pasar unos días en el castillo de Monceau, propiedad de mi cuñado. M. de Lamartine, el ángel de la familia, y Mme. de Villars, nuestra Providencia, están con nosotros. Aquí se reúnen los vecinos más distinguidos, y entre ellos se encuentran M. Blondel, el abate Bourdon y el comendador Folin; cada uno de estos ancianos cuenta a porfía instructivas anécdotas. Llevamos una vida deliciosa; el tiempo es precioso y paseamos mucho; durante las veladas, se cuentan historias. Pero no estoy bien de salud: me ha salido como un fuego en la cara, y voy persuadiéndome de que mi tez se agosta; no he de ocultar que siento mucho esta fealdad. No obstante, si hay en ello humillación, puede ser que encierre una gracia que me aparte del mundo alejando de mí sus miradas. Me someto gustosa, pero no sin molestia, pues hubiera querido verme dispensada de la ley común, conservando en mi vejez los atractivos de la juventud. Con frecuencia me olvido de que ya cuento treinta y ocho años, y todo cuanto me lo recuerda me es desagradable. Dios mío, haced que acuda siempre a mí el recuerdo de la nada y tened compasión de esta débil mujer.
LXVIII
Milly, 6 de julio de 1806.
Otra vez estoy en mi retiro, donde me hallo más en paz con mi especial manera de ser. Es cierto que amo al mundo, pero también amo el recogimiento que me proporcionan mi jardín y mi cuartito.
Hemos hecho mis hijas y yo, montadas en asnos, una excursión a las ruinas y lugares vecinos; hemos bebido leche, hemos charlado largamente con los aldeanos que me conocen, y que parece que me quieren por haberles dado consejos y remedios para sus hijos: esto me satisface. Siempre gusta uno de ser amado, y no deja de ser conveniente y agradable el cariño de las pobres mujeres del campo; nunca se pierde el tiempo empleado en hacer el bien y en adquirir simpatías.
LXIX
7 de septiembre.
Mi marido ha vuelto de la posesión que su hermano tiene en Dijón. Nos hallamos nuevamente en Saint-Point, lugar que, a decir verdad, prefiero a todos, a pesar de los destrozos del castillo; quiero encerrarme en un retiro moral aún más profundo. Conviene alguna vez aislar nuestro corazón en la soledad y en el silencio.
LXX
Domingo, 24 de septiembre.
Estos días los he pasado completamente retirada; únicamente el señor cura nos ha acompañado a comer algún día que otro.
El día no resulta bastante largo para todo lo que yo quisiera hacer, y mis fuerzas se agotan antes que la voluntad y el deber.
Voy todos los días a misa a eso de las siete, como me propuse en un principio. Mis hijas me acompañan. Después de la misa nos desayunamos y comenzamos a trabajar, alternando nuestras tareas con la lectura de la Biblia; después y hasta la hora de comer, mis hijas dan lecciones de gramática e historia. Con estas ocupaciones, el tiempo lo encontramos corto. Después de comer tenemos una hora de recreo. Luego volvemos a tomar nuestra labor y alguna lectura amena que yo escojo siempre, procurando que sea tan agradable como instructiva; algunas veces recitamos de memoria algunos párrafos de la historia o de la gramática. Vamos luego a rezar nuestro rosario a la iglesia o a nuestro gabinete; paseamos después hasta la noche, y durante la velada, mientras yo juego al ajedrez con mi marido, las niñas se entretienen aprendiendo de memoria algunas de las fábulas de La Fontaine.
Mientras no ocurra novedad alguna que nos interrumpa, esta es la vida ordinaria que llevo con mis hijas, con las diferencias naturales que exigen las diversas estaciones del año; mi principal objeto es inspirarles mucha piedad, ocupándolas siempre en cosas útiles.