El Manuscrito De Mi Madre Aumentado Con Las Comentarios Prologo

Chapter 4

Chapter 44,011 wordsPublic domain

Hay en mi tierra una árida montaña.--Que no produce flores ni frutos, y aparece inclinada, sin duda por el dolor que le causa su estéril situación.--Los despojos de su suelo ruedan hacia el barranco cuando las cabras saltan por las rocas.--Y las piedras desprendidas forman otro monte que crece gradualmente.--Al abrigo de éste, vive alguna cepa, que busca en vano un árbol donde enredar sus sarmientos.--En vano también, el arce crece y se arrastra entre los zarzales.--Donde los chicos del pueblo roban a los pájaros las moras negras como el azabache.--Donde la pobre oveja deja su lana enganchada a los espinos.--Donde no se siente en verano el murmullo de las aguas.--Ni el susurro de las hojas agitadas por el viento.--Ni el canto del ruiseñor, cuyas melodías de paz consuelan el alma.--Bajo los rayos de aquel sol cobrizo, sólo la cigarra ensordece con sus chirridos.--Todo es sombrío en aquella selva, que resguarda únicamente la montaña descarnada, en cuyo muro, azotado por las lluvias y el viento, anotan los años su edad.--Detrás de una colina hay un campo labrado, cuya tierra seca y sin vida deja ver el arado cuando por ella pasa.--Ni capas de verdura, ni rocío en el bosque, ni fuentes murmurantes.--Tan sólo siete tilos que ha olvidado la reja del labrador, adornan aquel pedazo de tierra inculta.--A su sombra soñé yo durante mi infancia.--Hay entre las rocas un pozo que guarda las aguas pluviales, donde el caminante puede saciar su sed.--Sobre el terreno arcilloso de la era, hay en verano abundancia de mieses, donde los gorriones recogen alimento para sus hijuelos.--Aquí, instrumentos de labranza en desorden.--Allá, el aldeano con su pipa encendida esperando que el viento sople para dar principio a la limpia del montón de trigo que, mezclado con paja molida, espera ser aventado.

* * * * *

Nada alegra la vista en esta estéril prisión.--Ni los dorados capiteles, ni las altas torres de las grandes ciudades.--Ni la carretera ni el río bullicioso.--Ni los terrados de las casas abrasados por el sol de Mediodía.

* * * * *

Sólo se divisan allá lejos en la escabrosa pendiente.--Las rústicas techumbres que albergan a los pobres montañeses.--Y la senda tortuosa y prolongada, que serpentea entre las chozas.--Donde el viejo mece a su nieto en la cuna hecha de juncos.--En fin, cielo sin color, sol sin sombra, valles sin verdor... ¡Y es allí donde está mi corazón!--Es allí donde está la casita, las sendas, los ribazos donde he tenido los sueños más felices.--El aspecto de las montañas, cuando el ganado aterido de frío baja a la llanura.--Los espinos, el viento, la hierba seca, tienen íntimas melodías, que sólo el alma comprende.--En todos estos sitios se halla mi corazón; a cada paso encuentra amigos; hasta las piedras y los árboles me conocen y pronuncian un nombre.--¿Qué importa que este nombre, como Thebas o Palmira, no recuerde al viajero la fastuosidad de un imperio?--La sangre humana vertida por causa de los tiranos.--Empequeñece aquella grandeza y convierte los imperios en azote de Dios.--Y sobre los monumentos de los héroes y de los dioses, el pastor pasa silbando sin mirarlos siquiera.

* * * * *

¡Oh! lugares deliciosos y solitarios.--¡Cuántos recuerdos encerráis en mi alma!--Entre vosotros está el banco donde mi padre descansaba.--La habitación donde resonaron sus varoniles acentos, cuando contaba a los labriegos sus hazañas guerreras.--Cuando les preguntaba los surcos que trazaba el arado en una hora.--Cuando contaba las peripecias que ocurrieron a Luis XVI en el cadalso.--Cuando estimulaba a los mozos a seguir la senda del honor y de la virtud.--También está entre vosotros la plaza donde mi buena madre nos hacía llevar pan, vino y ropas para socorrer a los pobres del lugar.--Las cabañas, donde, con mano amiga, dulcificaba los dolores de sus convecinos.--Donde recogía el último suspiro de los moribundos.--Donde socorría a las viudas y enjugaba el llanto de los niños arrodillados ante el cadáver de su padre, mientras les decía estas palabras:--«A cambio del oro que os doy, rezad por su alma.»

* * * * *

Allí está la higuera al pie de cuyo tronco mecía nuestras cunas.--La senda por donde corríamos al oír la campana que nos llamaba a misa primera.--El banco en el que nos explicaba los misterios de la Pasión y nos definía a Dios, enseñándonoslo en el grano de trigo encerrado en sus gérmenes.--En el racimo de uvas chorreando licor.--La vaca transformando en leche el jugo de las plantas.--En la roca que se abre naturalmente para dar paso a las aguas.--En la lana de las ovejas robada por las zarzas para que después con ella puedan hacer los pajarillos su nido.--En el sol que en su marcha regular va repartiendo las estaciones y vivificando los planetas que le rodean.--En todo, en fin, lo que nos rodeaba; hasta en el más insignificante insecto nos enseñaba el poder del Criador.

* * * * *

Viñas, praderas, campos y matorrales.--Sois recuerdo perenne de sombras y de amor.--Entre vosotras jugaron mis hermanitas lanzando al viento sus rubias cabelleras.--Mientras yo encendía hogueras con los espinos y la hierba seca, donde venían a calentarse los hijos de los pastores.

* * * * *

El vigoroso sauce que nos prestaba auxilio cuando el huracán se desencadenaba violento por el valle.--Las rocas, las encinas, el poyo que hay en la puerta del molino.--Todo permanece en pie, todo ocupa su puesto.--Pero, ¡ay de mí... han desaparecido algunos de los que os contemplaban en algún tiempo!...

* * * * *

Como las aristas se dispersan por el aire.--Así se han dispersado los seres de mi hogar querido.--Hasta las golondrinas dejan de fabricar el nido cabe las cornisas del tejado.--Y sube por puertas y ventanas, la hiedra trepadora.--Como queriendo cubrir de luto aquella mansión querida.

* * * * *

Tengo un presentimiento que me hace sufrir horriblemente.--Un desconocido no tardará en llegar al pueblo, y a fuerza de oro, se posesionará de todo cuanto alberga la sombra de mis padres.--Donde están mis recuerdos más santos, mis afecciones más íntimas.--Entonces, hasta los pajarillos huirán espantados ante la figura de seres extraños... ¡Dios mío!... ahuyenta de mí semejantes ideas...

* * * * *

Ruego a mis hermanos y sobrinos que me perdonen si he insertado los versos anteriores en el presente diario.

Yo entiendo que unos y otros no están en disonancia, puesto que son dos frutos de la misma savia.

Continuemos el manuscrito de mi madre.

XXIV

16 de junio de 1801.

Ayer he ido a Saint-Point, y estoy muy fatigada, a pesar de haber hecho el viaje mitad a pie y mitad a caballo sobre un asno. Los caminos están impracticables, y a no ser por el borriquillo, no me hubiera determinado a hacer este viaje, que ha sido, sin embargo, muy agradable, pues hemos paseado mucho. He acompañado a mis hijas a la iglesia y he pedido a Dios que las haga felices. También le he dado gracias por habernos concedido aquellas fincas, con las cuales ni mi marido ni yo contábamos. Da lástima ver los edificios: el castillo está casi arruinado, las paredes interiores están desnudas, y los adornos, los escudos y las chimeneas, destrozados a fuerza de martillazos.

Durante los días de saqueo del año 1789, unos aldeanos, venidos de otros departamentos lejanos, todo lo destrozaron; particularmente los escudos heráldicos, aparecen hechos trizas. Nada puede lisonjear nuestro amor propio. Yo me alegro de ello, porque algunas veces este amor propio lo he tenido con exageración. Todo me sonríe, el país, los parientes, los amigos, los vecinos, que vivían a mi puerta y me saludaban con un jubileo tal, como si hubiese llegado la Providencia. Soy muy feliz, y esto me causa espanto, porque en este mundo lo bueno dura poco. Es indispensable que me mortifique con las buenas obras, y que no me deje arrastrar sino por el reconocimiento hacia el divino Dispensador.

XXV

17 de junio de 1801.

La señorita de Lamartine, mi buena cuñada, a quien adoro en el alma, nos ha convidado hoy a comer en su castillo de Monceau. Este castillo es propiedad de mi cuñada y del hermano mayor de mi marido, que es el jefe de la familia. Los dos permanecen solteros.

M. de Lamartine era el que debía posesionarse de la inmensa fortuna de mi familia: estaba enamorado de la señorita de Saint-Huruge, pero no siendo ésta suficientemente rica, el matrimonio no se llevó a cabo, y él ha preferido el celibato a casarse con otra mujer.

La señorita de Saint-Huruge es hoy demasiado vieja, y no piensa ya en casamientos: es hermana del célebre Saint-Huruge, aquel gran tribuno de los demagogos, que se hizo famoso en las revueltas de París. Fue un buen hombre que se entregó con entusiasmo a la causa de la Revolución. Ella es buena, piadosa y simpática. Mi cuñado y ella se veían en Mâcón en las reuniones de familia, y aun se conservan en amistad sincera y constante. Mi cuñado es un hombre de mucho mérito; puede decirse que es un sabio, porque escribe con talento, posee grandes conocimientos científicos, y es consultado por los principales políticos del departamento.

La nobleza intentó nombrarlo diputado en los Estados generales, pero su delicada salud le impidió aceptar. Los republicanos también deseaban que fuese miembro de la Convención, pero tampoco aceptó.

Cuando salió de la prisión, donde estuvo algún tiempo encerrado por las ideas moderadas, volvió a sus posesiones del castillo de Monceau en unión de su hermana, bella criatura que se ha dedicado a cuidar a su hermano: parece que ha nacido para hacer la dicha de un esposo. Según se dice, esta joven sintió antes de la Revolución ciertas inclinaciones que fueron correspondidas por M. de Marigny, vecino y pariente próximo, buen sujeto, poeta, músico distinguido, que hubo de emigrar el año 1791. Sus bienes fueron vendidos en pública subasta, y murió el año 1799 en un hospital de Mâcón. Después de su muerte, la señorita de Lamartine no quiere ni oír hablar de matrimonio. Parece que una dulce tristeza invade su ser y da a su fisonomía cierta gravedad.

Sus bienes de fortuna, que son bastante importantes, los ha tenido unidos a los de su hermano, empleándolos en buenas obras. La oración, la caridad y el gobierno de la casa son sus ocupaciones. Hace el bien por hacerlo, sencillamente; no hay en sus actos ni un átomo de egoísmo: es una santa mujer: es religiosa sin ser fanática ni supersticiosa. Pasamos el día juntas, me quiere y la quiero mucho.

XXVI

19 de junio de 1801.

Todo el día de hoy he estado reflexionando sobre lo peligroso de las lecturas fútiles. Estoy en la creencia de que si me privo de ellas, será un sacrificio para mí ciertamente, pero evitaré un peligro. He notado que cuando estoy distraída con estas frívolas lecturas, las útiles y serias me disgustan y cansan al momento. Decididamente, si he de adquirir capacidad para educar a mis hijos, me conviene adquirirla y la adquiriré en los libros serios; a ellos me inclino, pues, desde hoy.

Ayer, día 18, he recibido carta de mi madre, en la que me dice que ha llegado de Alemania, sin indicarme dónde se encuentra. Yo creo, sin embargo, que estará con la señorita de Orleans, ocupada en el arreglo del matrimonio de esta princesa. ¡Quiera Dios que sean felices!...

* * * * *

Para mejor comprensión del anterior capítulo, conviene hacer saber que Mme. de Roys (mi abuela), estaba de sub-aya en casa de los duques de Orleans antes de que Mme. de Genlis fuese aya de los infantes.

Muerto el duque de Orleans, o mejor dicho, ejecutado Felipe Igualdad, la familia de éste huyó de Francia, y Mme. de Roys se consagró con el mayor cariño a la viuda duquesa de Orleans, hija del duque de Penthievre. Largo tiempo vivió esta desgraciada familia en España.

La duquesa tuvo alguna sospecha de Mme. de Genlis, y la despidió de su servicio, encargando al mismo tiempo a Mme. de Roys fuese a un convento de Suiza en busca de la señorita de Orleans, donde se encontraba recogida.

Esta princesa, conocida después por el nombre de madame Adelaida, era muy joven, hermosa y excelente de corazón. Durante el reinado de su hermano Luis-Felipe, dícese que ejerció gran influencia política.

Creyó mi madre que se trataba de casar a esta princesa desde el momento que la separaban del convento. Pero no era este el motivo. Tratábase únicamente de separar a la joven de la influencia directa de madame de Genlis y de la acción política del partido orleanista.

La duquesa viuda de Felipe Igualdad jamás quiso asociarse a los manejos revolucionarios de los partidarios de su marido, así como tampoco a las intrigas dinásticas que se desarrollaban en este partido, capitaneado por Dumouriez, hacia donde madame de Genlis conducía poco a poco a su discípula. ¡Lástima grande que las intenciones de madame de Genlis hubiesen triunfado! La virtud y la hermosura hubiéranse mezclado horriblemente con las intrigas palaciegas.

La corte española honró en la viuda de _Igualdad_ a la víctima de la Revolución y de los desaciertos de su marido.

XXVII

3 de julio de 1801.

Ayer quedamos definitivamente instalados aquí, en Saint-Point. El día lo he pasado arreglando mi pequeño ajuar. Estoy muy cansada. A la caída de la tarde he ido a la iglesia que está lindante con nuestro jardín, y he dado gracias a Dios. Para ir al templo, hay que atravesar el cementerio. He visto en él una fosa abierta, que me ha hecho pensar mucho en lo efímero de nuestra existencia. Mientras yo estaba contemplando la fosa se ha verificado el entierro. He presenciado una escena por demás conmovedora.

La hija del hombre muerto, linda joven de unos dieciséis años, se ha desmayado al ver caer la primera porción de tierra sobre el ataúd que encerraba el cadáver de su padre. Yo la he auxiliado con un frasquito de sales y ha vuelto en sí; después me la he llevado a mi casa, donde se ha reanimado un poco después de haber tomado unos bizcochos y algo de vino. Lo que más le ha consolado ha sido el ver que yo lloraba también, y que mis hijos, al verme llorar a mí, lloraban igualmente. Aquel padre ha sido llorado por quien ni de nombre le conocía, mientras su hija balbuceaba algunas palabras que partían el corazón. ¡Pobre hija!

Las gentes del campo se admiran cuando ven que comparten con ellos los sufrimientos personas que por su posición ellos creen de naturaleza diferente.

Ya era de noche cuando acompañamos a la joven hasta su casa. En la puerta estaban sus hermanitos, que al verla le preguntaban si su padre volvería más tarde. ¡Inocentes criaturas!...

Este suceso ha hecho que mis hijas comprendan lo que son estas eternas separaciones de familia que la muerte produce, y que ellas habrán de sufrir tarde o temprano. A los niños no se les debe ocultar estas tristes escenas de la vida. Antes por el contrario, hay que hacer por que las vean. ¿Aprender a sufrir no es, pues, aprender a vivir?

XXVIII

3 de julio de 1801.

Hoy he subido a los altos del castillo con el objeto de hacer una visita a una anciana soltera de ochenta años, que vive gracias a una corta pensión que le han dejado y a haberle cedido, sin pagar retribución alguna, una pequeña habitación bajo el tejado del edificio. Vive en compañía únicamente de una gallina dócil como un perro. Esta viejecita se llama la señorita Felicidad. Sus cabellos blancos como el copo de su rueca y su blanca sonrisa, indican que debió ser en otro tiempo una mujer hermosa. A pesar de las incomodidades que su estancia en el castillo nos pudiera causar, he podido con seguir de mi esposo que continúe en su vivienda, porque son muy peligrosos los traslados de las plantas cuando llegan a ser viejas. A cierta edad, una habitación es un mundo, y el objeto más insignificante es un recuerdo querido que llega a formar parte de nuestro mismo ser. He encargado a Juanita, la esposa de nuestro mayordomo, que la visite y la sirva siempre que se le ofrezca. Esta mujer, que ha servido muchos años en el castillo, sabe todas las historias referentes a él; es muy agradable saber quiénes han vivido y ocupado nuestra casa antes que nosotros.

Algún día, seguramente se hablará de mí como hoy se habla de otros. ¡Acaso este día no está lejano!

Después de comer, o sea a la una de la tarde, me pongo a leer y coser, y después doy lectura al _Evangelio meditado_, teniendo a mis criados por oyentes. Ya anochecido, voy a la iglesia; la oscuridad parece que ayuda al recogimiento y a la piedad. De esta manera paso la vida mientras mi marido se halla ausente.

Mis hijas y yo iremos pronto a tomar el fresco por las orillas del bosque. Esta vida es demasiado dulce y ahuyenta los dolores físicos y morales. ¡Dios mío! os doy las gracias, pero yo no soy merecedora de tanta felicidad.

¡Que las inquietudes de mi espíritu no me impidan reconocer los inmensos beneficios que de Vos recibo!

Cuando era niña creía que no era posible la vida fuera de la corte, del Palacio Real o de los jardines de Saint-Cloud que habitábamos con mi familia; pero, actualmente, pido a Dios que me agraden siempre los lugares que su voluntad designe. Siempre que comparo la casa destrozada, pero sana y bien orientada, situada en un valle ameno como los de Suiza, donde pasé los primeros años de mi casamiento, con esas casas ennegrecidas por el humo, con esas chozas cubiertas de heno y retama, siempre que veo esas mujeres más laboriosas y más resignadas que yo, a pesar de carecer de pan y abrigo para ellas y para sus hijos, me considero demasiado favorecida y privilegiada por la bondad de Dios.

XXIX

9 de julio.

Me encuentro triste y abatida, y no sé a qué atribuir esta situación. Acaso es producida por la ausencia de mi marido. En este miserable mundo, la cosa más insignificante hace cambiar la felicidad; nuestros cuerpos son en extremo impresionables...

Me he vestido de negro: parece que así me encuentro mejor y, sin embargo, no creo que pueda resistir muchos días esta excitación de espíritu.

He leído un libro de madame de Genlis y me ha causado su lectura una impresión de alegría y satisfacción como jamás hubiera creído. Hay en este libro muchos y buenos consejos que aprovecharé para mis hijos. Es muy peligroso dejarse dominar por las impresiones de los otros. Yo había juzgado mal y sin conocer la obra ni a su autor; pero confieso que me equivoqué y me arrepiento de ello.

XXX

10 de julio.

Ayer me dijeron que una pobre mujer carecía de pan y que tenía muchos hijos que alimentar. En seguida me fui a visitarla, pero había muchas personas en la casa y no me atreví a socorrerla por temor a que se creyera que ejercía la caridad con ostentación. Volví a casa con la intención de mandarle alguna cosa; se hizo tarde, y no me atreví a mandar a los criados. ¡Acaso la pobre mujer habrá pasado la noche sin alimentarse ni alimentar a sus hijos! Confieso que he obrado mal, y al amanecer, he corrido a casa de la pobre mujer y la he socorrido. Nadie debe avergonzarse de hacer el bien, cuando en el mundo se hace tanto mal. He resuelto no caer jamás en esta debilidad.

XXXI

14 de julio.

Este día lo he pasado muy apaciblemente. ¡Quiera Dios que lo hayan pasado así todas las personas que conozco!

Continuamente pienso en mi marido: hoy debe estar con mi hijo Alfonso en Lyón. ¡Cuánto me gustaría estar con ellos!

Seguramente que lo habrá sacado del colegio.

Por la mañana, he recibido carta de mi madre, que continúa en Alemania y sigue bien: esto me ha causado una alegría inmensa.

Esta mañana he leído en un libro de Mme. de Genlis: en él se hace una descripción de la vida de los frailes de la Trapa, que me ha impresionado mucho. También me ha sorprendido el leer que estos hombres no encuentran en este mundo, donde viven en las mayores privaciones, un solo punto de desgracia, y ven con gusto aproximarse la muerte. Esto me acaba de convencer de que la felicidad no se encuentra en los mundanales placeres, y sí en el cumplimiento del deber, por penoso que éste sea. Cuando se ha empleado el tiempo en terminar un trabajo cualquiera, se encuentra uno contento, y dentro de las leyes de actividad impuestas por Dios mismo.

El que esté bien convencido de esta verdad, y se deje sin resistencia conducir tranquilamente por las circunstancias y por las personas que tienen derecho a gobernarnos, será más feliz, como yo lo soy desde que me he amoldado a esta manera de ser.

En algún tiempo tuve yo la pretensión de subordinar todo a mi única voluntad, y siempre estaba inquieta: después he reconocido que si mis deseos se hubiesen cumplido, casi siempre eran en perjuicio mío. Hoy vivo completamente entregada a la infinita y soberana sabiduría, y me siento mejor física y moralmente. ¡Bendito sea Dios! El es el único sabio. El únicamente debe gobernar el mundo.

XXXII

19 de julio.

Ha llegado mi marido, y hemos salido con nuestros hijos a dar un paseo por las altas montañas, que parece como si crecieran impulsadas por la poderosa mano de Dios; están pobladas de hayas, abetos y retama, cuyas amarillentas flores aseméjanse a láminas doradas sobre un fondo verde: de trecho en trecho hay grandes matorrales entre hierbas, sobre los que se distinguen algunos carneros; a cada momento se encuentran lindas cascadas que se desprenden de lo alto de las rocas y serpentean sus aguas por entre las hojas y los abetos más verdes que los otros por la continua humedad que reciben. Este grandioso espectáculo expresa el sentimiento y la grandeza del Creador. Nuestra alma es un espejo viviente donde se reflejan todas estas bellezas, y en cuyo centro está Dios siempre que no permítimos colocar nubes ni sombras sobre la Naturaleza y el espejo.

Desde lo más alto de la montaña pudimos ver el Mont-Blanc y la cordillera de los Alpes cubierta por la nieve: mi marido camina a pie en compañía del guarda, y detrás de nosotros mis hijas, montadas en asnos que unos muchachos conducen del diestro. El dueño de los asnos, nuestro antiguo mayordomo, dirige la expedición. Hemos necesitado más de tres horas para llegar a la cima más alta; yo me había figura que subiríamos en media hora, pero las distancias nos engañan como el tiempo en la vida: aunque el engaño es a la inversa: en la existencia, se nos figura el tiempo largo, y es corto: creemos cortas las distancias y resultan largas.

Todo el día lo hemos pasado corriendo con los niños y sentándonos sobre la hierba. El panorama que se desarrolla a nuestra vista es magnífico: las colinas del Mâconnais, blanqueadas por pueblecitos, desde los cuales llegaba hasta nosotros el sonido lanzado desde sus campanarios. Las praderas interminables del Bresse, parecidas a las de Holanda, que yo conocía por las vistas de ellas que mi hermano me mandaba cuando estuvo en aquel país de secretario de la embajada; y allá a lo lejos el Mont-Blanc, que cambia de aspecto según reciben sus nieves los rayos del sol: blanco, violado, negruzco; imitando a un hierro que se colora de rojo o se ennegrece al fuego de la fragua y según las operaciones que el obrero realiza con él.

Hemos tendido sobre la hierba nuestros manteles, y comido juntos, los pastores, nuestros criados y nosotros. Terminada la comida, hemos vuelto a montar en nuestros borriquillos y empezado el descenso de la montaña por diferente camino del que habíamos ascendido, el cual está rodeado de avellanos campestres.