El Manuscrito De Mi Madre Aumentado Con Las Comentarios Prologo

Chapter 3

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La revolución había suprimido también los sueldos que sus padres y sus hermanos disfrutaban en la casa de Orleans. Los príncipes de esta familia escribían alguna vez a mi madre desde el destierro donde se encontraban, y mitigaban, sin duda, los dolores, recordando en las cartas los bellos días de su infancia.

XIX

Jamás creyó mi padre que la Revolución le impidiera guardar fidelidad al honor de su bandera.

Una casita en el campo medio arruinada y quinientos pesos de renta, no eran lo suficiente para sostener con algo de holgura a su esposa y a los muchos hijos que rodeaban la mesa a la hora de comer.

Ciertamente que tenía la satisfacción de su conciencia, el amor de su mujer y su confianza en Dios, pero esto no era suficiente para satisfacer las necesidades materiales de la vida.

Educada mi madre entre el fausto de la corte, contentábase con resignación viviendo alegre en aquella casa sin muebles ni adornos de lujo, y con aquel jardincito cercado de pedruscos.

Más de una vez oí decir, tanto al uno como al otro, que en aquella soledad pasaron los días más felices de su vida.

A pesar de la escasez de medios, mi madre despreciaba siempre la riqueza. Recuerdo que una vez me dijo señalando con el dedo nuestros campos de Milly: «Hijo mío, esto es bien pequeño, pero sabiendo limitar nuestro deseo a lo que poseemos, resulta grande; la felicidad está en nosotros mismos, y ensanchando los límites de nuestros viñedos no conseguiremos la felicidad. No se mide la dicha por la yunta como la tierra; se mide sí, con la resignación que Dios ha dado al pobre como al rico.»

XX

Otra vez encuentro el retrato de mi madre a los treinta y ocho años; helo aquí:

Es de noche; las puertas de la casita de campo están cerradas. Un perro ladra de cuando en cuando. La lluvia de otoño azota los vidrios de las ventanas, y el viento produce al chocar con las ramas de los plátanos intermitentes y melancólicos silbidos.

Me encuentro en una habitación grande, pero casi desamueblada. Hay en el fondo de ella una alcoba con una cama de pabellón formado con tela de cuadros azules y blancos: al lado de la cama se encuentran sobre dos bancos de madera dos cunas, grande la una, pequeña la otra. Es el dormitorio de mi madre y de mis hermanas. En el fondo de la habitación hay una chimenea en la que arden cepas y sarmientos, produciendo un gran fuego. Esta chimenea es de piedra blanca y está medio destrozada a fuerza de martillazos, al igual que los adornos flordelisados de los armarios. En la superficie de uno de ellos había grabadas las armas del rey, y por esta razón está vuelto al revés. Las vigas del techo están ennegrecidas por el humo, y sobre al suelo sin alfombras ni tarimas, hay algunos ladrillos rotos en mil pedazos, en cuyos fragmentos se conocen las señales de los clavos que llevaban en los zapatos los campesinos, cuando convirtieron en sala de baile esta habitación. Las paredes, recubiertas de yeso, dejan ver la descarnada piedra a la manera de un pobre andrajoso que enseña las carnes a través de su vestido hecho trizas.

En uno de los ángulos se halla un viejo clavicordio sobre el que hay papeles de música: es el _Adiós del pueblo_, composición de Juan Jacobo Rousseau. En medio de la sala, una mesita de juego cubierta con un tapete verde apolillado, y sobre ella dos candelabros de latón. Apoyado el codo sobre esta mesa, hay un hombre sentado y con un libro en la mano. Sus miembros robustos indican que aún conserva el vigor de la juventud. Sus ojos son azules y su frente ancha. Cuando se ríe descubre una brillante y blanca dentadura. Su tocado revela algunos restos de antigua grandeza y cierta rudeza de carácter. Suspendidos de un clavo están en una de las paredes los arreos militares: el casco, las placas doradas, el sable, las pistolas de reglamento, como indicando que aquel hombre hizo uso de ellas en algún tiempo, y que ahora está retirado del servicio.

El lector habrá comprendido que este hombre es mi padre.

En un canapé de paja y sentada entre la chimenea y la alcoba, hay una mujer que parece joven a pesar de sus treinta y cinco años cumplidos. Aún conserva su talle la esbeltez de la niña de quince años, y sus ojos negros, la vivacidad y expresión de tiempos pasados. Al través de su piel blanca como la leche, se distingue el azul de las venas y el rojo de la sangre cuando el rubor o la expresión la enciende.

Sus finos cabellos, negros como el azabache, caen sobre los hombros, de suerte que le dan todo el aspecto de una jovencíta. Nadie diría que tiene más de treinta años. La belleza de esta mujer, pura y perceptible en sus detalles, es completa en el conjunto exterior por su gracia natural, y en el interior por aquella belleza de alma que parece iluminar los cuerpos por dentro.

Esta mujer se encuentra medio vuelta de espaldas sobre su asiento, y sostiene en sus brazos a una niña que duerme tranquilamente. A su lado, y sentada también, hay otra niña de algo más edad, cuya cabecita rubia reposa sobre las rodillas de su madre.

Esta mujer es mi madre, y las dos niñas mis hermanas mayores. Las otras dos, que son las más pequeñas, duermen en las cunas colocadas en la alcoba.

XXI

Esta era mi familia, cuando mi madre dio principio nuevamente a la narración de su _diario_, el día 11 de junio de 1801. Tenía, al parecer, desde su infancia, la costumbre de escribir en su libro de notas todos los acontecimientos que tuvieran íntima relación con su modo de ser.

Esta especie de confidencias íntimas empiezan de esta manera:

«Durante los primeros años de mi juventud, empecé a escribir un _diario_ exacto de cuanto me ocurrió a mí, o en torno mío, con todas aquellas reflexiones que los diversos acontecimientos de mi vida me sugirieren. Después de largo tiempo, perdí esta costumbre, y quemé los apuntes que tenía hechos. Siento haber abandonado aquella idea, pues hoy comprendo que si hubiera persistido en mi trabajo, hubiese sido para mí de gran utilidad. Es mi intención empezar de nuevo, con la gracia de Dios, a escribir todos los días (mientras me sea posible), los diferentes sucesos que pueden ocurrirme, y sobre las cosas buenas o malas que yo haga; me parece que esto me ayudará a practicar un diario examen de conciencia, que ha de serme provechoso, porque me facilitará el conocimiento de las disposiciones de mi espíritu.

«Yo creo, asimismo que, si mis hijos leen por casualidad este _diario_, no carecerá para ellos de interés; y además, que les ha de ser útil y provechoso cuando yo falte, porque quiero hablar de todos y cada uno de ellos, así como también de sus diferentes caracteres.

«Tengo cinco hijos actualmente, después de haber perdido uno. Cuatro niñas y un niño llamado Alfonso, que se encuentra en Lyón empezando su educación clásica. Es un muchacho muy bueno: ¡quiera Dios que sea buen cristiano, sabio y dichoso! La niña mayor se llama Cecilia, tiene siete años y medio: es de una viveza extraordinaria, pero muy buena. Su hermana, que se llama Eugenia, tiene cinco años y medio: es muy sensible y de corazón excelente.

«Cesarina tiene dos años, y Susana nueve meses. Sin la ayuda de Dios, sería para mí bastante difícil la educación de estas cuatro niñas.

«En mi casa tengo, además, una parienta, enferma de cuerpo y espíritu, a quien he de cuidar con la misma solicitud que a mis hijos: por manera que son seis criaturas las que tengo que atender. ¡Cuánto necesito, Dios mío, de vuestro auxilio!

«Mi esposo y yo vivimos casi siempre en Milly, y pasamos en Saint-Point algunas temporadas. Es éste un punto muy agradable por el solitario recogimiento que se advierte al abrigo de las montañas. ¡Cuántas gracias debemos dar a la Providencia por los favores que nos concede!

«Mi hermana--Mme. de Vaux,--ha llegado hoy mismo de Lyón. Es una angelical y virtuosa mujer. Me ha contado muchas cosas de mi Alfonso: dice que sus maestros no cesan de hablar de él mucho y bien. ¡Dios le bendiga como yo le bendigo de todo corazón! Mañana empiezo a dar lecciones a mis niñas...

«Después de comer, han venido a decirme que acaba de morir un pobre anciano abandonado en la cabaña del monte donde yo acostumbraba a pasar el rato. Este acontecimiento me ha causado un gran pesar, porque me he reprochado mi negligencia en ir a visitarle durante sus últimos momentos. Ciertamente que yo lo creía ya curado; pero no hube de fiarme en su aparente mejoría y debí tener en cuenta lo avanzado de su edad. Mi obligación era haberme ocupado con mayor solicitud del pobre anciano. Siento por esta causa un gran remordimiento, pero comprendo que no me preocupo lo bastante del poco bien que hago, y que me dejo llevar hacia las distracciones; éstas no serán faltas, pero son ligerezas que no dejan hacer buen uso del tiempo que transcurre. El tiempo es para aprovecharlo en hacer el bien a nuestros semejantes y a nosotros mismos.

«Mi esposo y yo acabamos de dar un paseo por nuestras viñas en flor: hemos respirado un aire embalsamado de dulces aromas. Todo nuestro porvenir está cifrado en estos viñedos; nuestros hijos, nuestros criados y nuestros pobres, también esperan disfrutar de los productos que rendirán estos racimos floridos. ¡La Providencia preserve nuestra pobreza de un pedrisco que podría acabar con nuestra esperanza! Durante el paseo hemos llegado a la choza que hay en la parte alta de las viñas, donde ha muerto esta mañana el pobre viejo.

«Mi esposo no me ha permitido entrar a verle y a rogar a Dios por su alma; sin duda ha querido evitar un disgusto al presenciar el doloroso espectáculo que hubiéramos visto dentro de aquella humilde vivienda. Yo hubiera deseado pedir perdón a su alma por no haber estado junto a su cuerpo moribundo para consolarle con palabras de esperanza y recibir su último suspiro.

«Estaba la puerta de la cabaña abierta, y una cabrita no hacía más que balar y entrar y salir, como si pidiera socorro para su viejo compañero. He conseguido de mi esposo autorización para que mañana mande a buscar la cabrita, para tenerla en compañía de nuestra vaca de leche y de los carneros.»

* * * * *

Estas primeras páginas del _diario_ de mi madre dejan ver que, aunque aquella joven se crió en los palacios del príncipe más rico de Europa, pudo ser trasladada, sin que por esto sufriera la más mínima alteración el amor de su marido, de sus hijos y de sus semejantes, al apartado rincón de una campiña distante de París más de cien leguas. Para tener una idea exacta de la casita de Milly, donde mi madre y nosotros nos encontrábamos relegados en invierno como en verano, puede verse la descripción hecha en mis _Confidencias_ y la composición poética titulada _La tierra natal_.

XXII

Hace ocho años, decía yo en mis _Confidencias_:

Dejando de seguir el curso del río Saone, si os dirigís por las verdes praderas de Mâcón hacia el pequeño pueblo y cerca de las ruinas de la antigua abadía donde murió Abelardo, el infortunado amante de Eloísa, siguiendo una tortuosa senda, veréis a derecha e izquierda blanquear algunos pueblecitos entre los verdes pámpanos de las vides. Dominan a estos pueblecitos montañas incultas que se extienden en rápidas pendientes formando como unas praderas blanquecinas. Coronan estas montañas grandes moles de piedra que surgen de la tierra, y cuyas cúspides dentelladas aseméjanse a las ruinas de antiguas viviendas feudales. Siguiendo el camino pedregoso que se extiende alrededor de la base de estas rocas, se encuentra a la izquierda y a dos leguas de la población un camino estrecho y bien cuidado, adornado de sauces, que llega hasta un riachuelo cuyas aguas mueven las ruedas de un molino. Cuando la corriente del río aumenta por las lluvias, se atraviesa por un pequeño puente y se sube por una pendiente rápida y escabrosa a unas casitas cubiertas de tejas que se ven agrupadas sobre una pequeña eminencia. Un campanario de piedra color gris domina este grupo de casas. Este es mi pueblo.

El camino serpentea por entre las casas, de suerte que los pasajeros que lo siguen han de ver necesariamente, y mientras atraviesan el pueblo, todas las casas de que se compone. Encuéntrase, sin embargo, una puerta algo más alta y otra más pequeña que las demás: éstas son las del patio en cuyo centro aparece escondida la casita de mi padre.

La casa se esconde, en efecto, y no puede verse ni desde las afueras del pueblo. Está construida en un recodo del valle, y dominada en todas direcciones por los árboles, por otras edificaciones y por el campanario. Únicamente trepando por la peligrosa pendiente de una montaña elevadísima y volviendo los ojos, pudiera verse bajo nuestros pies aquella casita baja y maciza que aparece como una piedra negra en un rincón del jardín. Su forma es cuadrangular y consta de un solo piso, con tres grandes ventanas en cada una de sus fachadas. Ni siquiera están cubiertas de yeso las paredes, y las piedras han adquirido con la humedad un color sombrío y secular: parecen los viejos claustros de una abadía.

Se entra en la casa por una alta puerta de madera, asentada sobre una grada de cinco peldaños de piedra, de dimensiones colosales, pero descantilladas por el uso, por el tiempo y por los grandes pesos que en el transcurso de los años habrán sostenido. Al sentarse sobre ellas, murmuran y vacilan sordamente. Crecen en sus intersticios ortigas y parietarias, que sirven de guarida en el verano a los pequeños renacuajos.

Penétrase en seguida en espacioso corredor, cuya anchura queda un tanto reducida por unos grandes armarios de nogal que sirven a los campesinos para guardar la ropa, el trigo y la harina. La cocina se encuentra a la izquierda de este corredor, y su puerta, continuamente abierta, permite ver una mesa de encina y en torno de ella algunos bancos. A cualquier hora del día se encuentran sentados en ellos labradores de la casa o forasteros que comen pan y queso, y beben vino alegremente.

Inmediato a la cocina está el comedor, en el que sólo hay una mesa de abeto, algunas sillas, alacenas y cajones; muebles, en fin, propios de las antiguas viviendas solariegas que el arte busca sin cesar, para construir bajo sus modelos el mobiliario moderno. Al lado del comedor hay un salón con dos ventanas que la una da al patio y la otra al jardín.

Para subir al único piso de la casa, hay que ascender por una escalera que fue en algún tiempo de madera, y que mi padre la reemplazó por la actual, que es de piedra groseramente labrada. En el piso se encuentran hasta diez piezas casi sin muebles que dan a unos corredores oscuros. En el piso y los corredores habitaban entonces mi familia, los criados y los huéspedes. ¡He aquí la casita que por espacio de tanto tiempo nos cobijó bajo su sombría techumbre! ¡He aquí la morada de paz, la Jerusalén, como mi madre la llamaba! ¡He aquí el humilde y caliente nido que por tantos años nos preservó del frío, del hambre, de las lluvias y de las tormentosas tempestades del mundo!... Nido del que la muerte fue arrebatando, primero a mi padre, a mi madre después, y del cual se han alejado también los hijos, cada uno por su lado, los unos a un sitio, los otros a otro... algunos, a la eternidad.

Aun conservo la paja, el musgo, la lana: restos preciosos de aquel nido hoy vacío y sin las ternezas que algún día le animaron a pesar de la frialdad que en él se observa, me gusta recogerme en él de cuando en cuando; la voz de mis padres, los gritos alegres de mis hermanas, los ruidos que producen la alegría y el amor, parece que resuenan bajo las viejas maderas que sostienen el techo.

XXIII

Por la parte exterior del patio de nuestra casa, alcanza la vista los establos, los pajares, las leñeras y los corrales que la rodean, y la puerta que siempre permanece abierta, da a la calle del pueblo, por donde cruzan los aldeanos llevando las herramientas de labranza sobre el hombro, y algunas veces sobre el otro una cuna con un niño dormido; sigue después la esposa con otra criatura de pecho, y después una cabra con su cabrito, que al pasar por la puerta se detiene un momento para jugar con los perros, y se aleja después dando saltos.

Hay en la otra parte de la calle un horno público para cocer pan, donde se reúnen al calor de aquel fuego que nunca se extingue, los viejos, los muchachos y las mujeres. Todo esto es lo que se ve desde una de las ventanas del salón. La otra permite extender la vista hacia el Norte, sobre los tejados de algunas casas bajas y las tapias del jardín, contemplando de esta suerte el horizonte de montañas sembrado por la nubes, en el que, de cuando en cuando, se junta algún rayo de sol que alumbra entre aquella sombra las ruinas de un castillo antiguo rodeado de almenas y torreones, cuya severa figura da carácter al paisaje. Si entre los fantásticos vapores de la bruma, y a la caída de la tarde, dirigimos la mirada sobre este castillo, lo vemos desaparecer entre las sombras. Entonces únicamente queda una montaña negruzca y un barranco amarillento.

Una ruina sobre el monte o una vela sobre el mar, forman y completan un paisaje. La tierra es únicamente la escena; la vida, el pensamiento, el drama están en aquélla que el hombre ha usado o construido. Donde hay vida, allí hay también interés.

Detrás de la casa está el jardín cercado de piedras, desde cuyo fondo empieza la montaña a elevarse. La falda de esta montaña es verde, después árida y desnuda como si en ella no hubiera tierra vegetal. En su cúspide dibujan una especie de dientes enormes dos piedras peladas. Nada hay que anime aquella pedregosa sierra: ni un árbol ni una choza. A causa de esto, sin duda, el jardín produce un encanto misterioso. Aseméjase a la cuna de un niño que la aldeana haya colocado dentro del surco mientras trabaja, y al descorrer la cortina del sueño, no puede ver otra cosa entre las ondulaciones del surco que un estrecho pedazo de cielo.

El jardín no puede compararse al primitivo que Homero describe al diseñar el cercado de las siete piedras del viejo Laeter. Entrando, a la derecha, aparecen ocho cuadros sembrados de legumbres y cercados por árboles frutales y hierba forrajera; de un cuadro a otro hay un paseo sembrado de arena; al extremo de estos paseos, algunos troncos de parra que sustentan un verde artesonado de pámpanos sombreando un banco de roble. En el fondo del jardín hay otro emparrado de vides de Judea que se enredan entre los cerezos; una fuente, un pozo y una cisterna que mi padre mandó abrir a pico en las rocas, para depositar en ella las aguas pluviales. Rodean esta cisterna varios sicomoros y otras plantas de anchas hojas que sombrean aquella parte del jardín.

En otoño estas hojas forman sobre el estanque un tapiz que cubre completamente las aguas.

¡He aquí lo que, por espacio de tantos años, fue el goce, la alegría, el consuelo a las desdichas sufridas por un padre, una madre y ocho hijos pequeños!

Este es el edén de mi juventud, donde se albergan mis sentimientos más tiernos, siempre que desean disfrutar de este consuelo que proporciona el recuerdo de esa infancia; algo de esa aurora boreal que sólo se divisa desde la cuna.

¡Parece que forman parte de mi corazón aquellos árboles, aquellas flores y hasta la tierra del jardín que me parece inmensa! Extraña cosa es que en un espacio tan reducido puedan reunirse tantos y tan dulces recuerdos.

La gradería de madera que conducía allí por la cual nos precipitábamos alegres; las plantas de lechugas que separaban las primeras propiedades de tierra que nos repartíamos entre todos los hermanos, y que cada uno cultivaba por su cuenta; el plátano bajo cuya sombra mi padre se sentaba rodeado de sus fieles perros de caza; los árboles bajo cuya fresca sombra mi madre rezaba el rosario mientras nosotros corríamos tras las mariposas; la pared que da frente al Mediodía, junto a la cual tomábamos el sol alineados como árboles de cercado; los dos viejos nogales, las tres lilas, las fresas coloreando por entre las hojas, las peras, las ciruelas, los melocotones glutinosos y brillantes con su goma dorada por el rocío de la mañana; el emparrado, que buscaba yo al mediodía para leer tranquilamente mis libros, con el recuerdo que dejaron en mí aquellas páginas leídas entre continuas impresiones y la memoria de las conversaciones íntimas tenidas entre este o aquel árbol; el sitio donde oí, y algunas veces di, mil adioses de despedida al abandonar aquellas soledades; el otro en el que nos encontramos al regreso, o que ocurrieron alguna de aquellas escenas tristes propias del drama conmovedor y tierno de la familia, donde vimos nublarse el rostro descarnado de nuestro padre y el de nuestra madre que nos perdonaba cuando arrodillados a sus pies escondíamos el nuestro entre los pliegues de su ropa; donde mi madre recibió la noticia de la muerte de una hija a quien amaba; y donde alzó los ojos al cielo pidiendo resignación... Estas ternezas, estas felicidades, estas imágenes, estos grupos, y, en fin, estas figuras, existen, andan, viven aún para mí en aquel pequeño cercado, vivificando mis días más felices. Quisiera yo que el universo tuviera principio y fin dentro de los muros de aquel pobre pedazo de tierra.

Este jardín conserva todavía el mismo aspecto; únicamente los árboles, algo envejecidos, tapizan sus troncos con algunas manchas mohosas; pero los surcos de rosales y claveles extienden sus lozanos pimpollos sobre la arena de las sendas; y cantan los ruiseñores en las noches de estío entre los emparrados y las enramadas. Los tres abetos plantados por mi madre conservan su follaje y sus brisas melodiosas.

Sale y se pone el sol por entre las mismas nubes, y se disfruta aún de la misma calma interrumpida tan sólo por el sonido de la campana al tocar el _Angelus_ o por el ruido cadencioso de los trillos que baten las mieses en las eras.

Las hierbas parásitas han aumentado; surgen por todos lados zarzas, cardos y malvas azules, agarrándose cruelmente a los rosales, y la hiedra extiende sus brazos por el muro como si quisiera derribarlo; y no se limita a esto su poder, todos los años adquiere más lozanía, y ya empieza a trepar por las ventanas del cuarto de mi madre...

Cuando durante mis paseos por estos lugares me olvido de mí mismo y, ensimismado en profundas cavilaciones, me dejo caer sobre el césped, sólo me arrancan de la soledad las pisadas del viejo podador, nuestro antiguo jardinero, que viene a visitar sus plantas como yo mis tristes recuerdos y mis fantásticas apariciones.

Cuando me encontraba lejos de mi patria y mi imaginación veía la imagen de esta tierra, más poética sin duda cuanto más distante de ella me hallaba, compuse en honor de aquella casita los siguientes versos: