El Manuscrito De Mi Madre Aumentado Con Las Comentarios Prologo
Chapter 13
Tengo una pena grande, por el triste contratiempo que ha ocasionado a Alfonso un fragmento de su poema «Childe Harold», relativo a Italia. Ha sido mi hijo gravemente herido en desafío con el coronel Hugo; ¡tiemblo tanto por su alma como por su vida! yo no sé quién tendrá razón de entre los dos, pero a los ojos de Dios ambos son culpables; procuraré que Alfonso se arrepienta de la falta cometida; la vida sólo Dios puede quitarla y, es un pecado gravísimo el que los hombres cometen cuando atentan a ella. Se me objetará que el honor es preferible a la vida, pero no somos los humanos quienes podemos juzgar estos asuntos.
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He tenido nuevas noticias de Alfonso que me anuncian su restablecimiento: dicen que está escribiendo unas poesías muy religiosas y que las titula «Armonías», de las cuales me han remitido algunos trozos manuscritos que he leído con sumo agrado. ¡Ah! este es el uso que yo quisiera que se hiciese siempre del talento, divino como su Creador, cuando se eleva hacia El.
CXXXI
Milly, julio 1826.
Hace tres días que estoy en Milly, donde me encuentro perfectamente: yo desearía continuar aquí pero con mi esposo y Sofía. ¡Es muy triste para los unos y para los otros el tener que vivir separados!... ahora parece que siento más que antes la separación; ello debe ser la vejez que avanza rápidamente: ya he perdido, puede decirse, por completo, aquella actividad física y moral que me hacía gozar de la vida aun en la misma soledad; siento, por el contrario, el peso de los sesenta años que voy a cumplir; apenas puedo persuadirme de ello, pero no hay remedio; y sin embargo, no estoy triste, ni mucho menos, pero sí quisiera que Dios me hiciese la gracia de que pudiese emplear bien el poco tiempo que me resta de estar en este mundo, y de no pensar más que en prepararme debidamente para el otro, adonde con tanta ligereza me dirijo. Porque estoy todavía completamente distraída y demasiado ocupada en cosas terrenales; he visto (quién sabe si con demasiado interés), la belleza de nuestros viñedos; ha habido una sequía atroz que los ha perjudicado mucho; pero ahora, sobre todo aquí, han reverdecido un tanto y presentan un hermoso aspecto con sus verdes pámpanos cargados de nacientes racimos. ¡Nuestro porvenir está suspendido de los sarmientos de estas cepas!... Es el hombre exactamente igual que el insecto que roe una hoja, y que muere si la hoja perece. ¡Dios mío... proteged nuestras plantas y sobre todo las de nuestros pobres campesinos!
Alfonso es el encargado de los negocios del rey en Toscana, Lucca y Parma, y como quiera que todos los embajadores están fuera de Italia (excepto el de Roma), le han aumentado la asignación en cuatro mil pesos. Todos están contentos de él, y él parece estarlo también de la posición que ocupa; únicamente que representa a su país con un poco más de lujo del que yo quisiera; pero creo que, a pesar de ello, la Providencia no le abandonará nunca.
Yo me acuerdo mucho de él, pero me paga mi cariño sobradamente, acordándose también de mí; con la mayor ternura y solicitud recuerda y le preocupan mis pequeñas obligaciones, y aquellas penas e intranquilidades que me ocasionaron sus travesuras juveniles. Sería yo una de las mujeres más dichosas si no hubiese perdido aquellas dos joyas de mi maternal corona: ¡ah! ¡qué gran vacío encuentro sin su compañía cuando al caer de la tarde paseo por mi jardín! ¡mis ojos y mis sentidos todos las buscan inútilmente por todas partes! Es preciso irme desprendiendo poco a poco, de buen o de mal grado, de este bajo suelo; ya siento en mí la noche; ¿cuántas horas me faltan contar aún en este negro abismo? Dios lo sabe; yo no he de contarlas, porque estoy entregada a El absolutamente; lo que sí le pido, es que me retenga aquí el tiempo necesario para ganar su estimación.
He dado principio a un trabajo que acaso durará lo que mi vida. Consiste en una alfombra tapizada para el gabinete que Alfonso tiene en Saint-Point. Cuando yo haya muerto, él pensará sin duda, al poner sobre ella los pies, que en cada una de sus mallas iba yo encadenando, en mi tiempo, un pensamiento para él. ¡Ay! este frágil tejido durará, por lo menos, cien años; y tanto mis hijos como yo, habremos ya dejado de existir... Estoy triste, muy triste.
CXXXII
Domingo, 3 diciembre de 1826.
Según parece, existen algunas probabilidades de casar a mi Sofía; si esto se realiza, mi obra quedará terminada: entonces podré decir como el viejo Simeón: «Basta, Señor, relevad a vuestro siervo». El pretendiente es un hidalgo de Mende, en las montañas de Cévennes, llamado M. de Ligonnés. Dicen que es persona de carácter y que posee una fortuna que, sin ser muy grande, será suficiente para que vivan con desahogo: aquel país no es un país de lujo, y mi Sofía es la razón y la piedad misma.
CXXXIII
5 mayo de 1827.
El último domingo, a las once de la mañana, ha muerto mi cuñado, el jefe de la familia Lamartine, a los ochenta años de edad. Su hermana y yo hemos recibido su último suspiro: hasta este momento ha conservado clara su poderosa inteligencia. Su muerte ha sido muy sentida en toda la comarca; era un hombre de talento e ilustración superiores; poseía conocimientos casi universales; su conversación era prodigiosamente interesante y vasta; durante toda su vida fue, puede decirse, el rey de la familia y de esta provincia. Había sido oficial de caballería del rey Luis XV, durante los primeros años de su juventud; su delicada salud le llevó nuevamente a Mâcón, donde se puso al frente de la administración del tan importante como enredado patrimonio de mi padre político, el cual radicaba entre Borgoña y el Franco Condado. Se le tenía como una especie de oráculo: la comarca entera consultábale todo los asuntos, hasta los más íntimos.
Había estado en relación con todos los hombres eminentes de la Asamblea Constituyente, de la ciencia y de la literatura: M. de Buffon, Mirabeau, los economistas y los filósofos. El ocupaba aquí una buena posición y vivía en compañía de sus hermanas, solteras también: ha legado su finca de Saint-Pierre indivisa a Alfonso y a Cecilia, su sobrina Mme. de Cessia; y sus bellas tierras de Monceau a su hermana la señorita de Lamartine, quien, a su muerte, las deja a Alfonso. Nadie resolvía nunca nada en la familia sin él o después de haber dado él su opinión.
Este imperio absoluto sobre la familia, había frecuentemente contrariado mis intenciones, ocasionándome bastantes disgustos; recuerdo los que sufrí cuando el casamiento de mis hijas y al determinar la carrera que habíamos de dar a Alfonso. ¿Quién sabe, si al contrariar mi voluntad tenía razón? Yo opino que sí: en fin, gracias a Dios, todo ha terminado felizmente para todos: acaso de aquella oposición que entonces se hacía a mis proyectos, ha resultado el buen acierto que hemos tenido en su realización.
La hermana de mi cuñado ha quedado muy rica, aunque realmente de nada le sirven las riquezas, porque no disfruta de ellas y las reparte entre los pobres: es la santa más delicada de la tierra que he conocido jamás; no tiene nada en su santidad que moleste ni perjudique a nadie; su piedad, cuando sale de la iglesia o de su oratorio, donde pasa la vida, se convierte toda en dulzura y bondad; tiene la sonrisa de los ángeles en la boca y una transparencia celestial en la mirada; es demasiado escrupulosa para sí misma: no lo fía todo a la generosidad divina y derrama la limosna a manos llenas; las gentes la bendicen y la aclaman como santa.
Los preliminares para la boda de Sofía se han realizado; M. de Morangies, nuestro vecino y pariente a la vez por parte de su esposa, es quien nos ha presentado la demanda y el joven pretendiente.
No me ha desagradado su aspecto modesto y reflexivo, y su porte exquisito, delicado y admirable de todo punto. Creo que es uno de esos hombres rarísimos, que manifiestan a primera vista la seguridad de la dicha que han de proporcionar a su esposa, pero ¡ay! se llevará a mi Sofía muy lejos de nosotros y no vendrán a pasar en nuestra compañía más que seis meses del año. ¿Qué va a ser de mí, sin esta criatura que me quedaba como sombra de todas las demás? Ella, cándida como a los ocho años, y espiritual como a los sesenta; era mi consejera y mi confidente para todo; creo que la costumbre de tener con ella el corazón abierto, ha apresurado su gran madurez de juicio; en cuanto a su piedad, es todo un ángel y sólo temo el exceso, si es que puede llegar a serlo más; parece una madre de familia; no me cabe duda de que, si tiene hijos, los hará hombres de provecho.
CXXXIV
13 de enero de 1828.
¿Hasta cuándo continuaré escribiendo en este libro? Sólo Dios lo sabe. Comprendo que, a pesar de mis años, tengo sobre la tierra deseos y pasiones, y esto me aflige; mi corazón, sin embargo, es de Dios, a quien diariamente suplico se apiade de mí.
El estado actual de Francia me horroriza: los periódicos avivan el voraz incendio, que existe no solamente en la opinión sino en los corazones. Hemos tenido aquí grandes luchas con motivo de las elecciones entre M. Rambuteau y M. Doria; Dios no puede gustar de estos hechos en que se calumnian los hombres mutuamente. M. de Villele ha sido arrojado del ministerio; todo el mundo se encarniza contra la religión, que es mi único cuidado político. No me agrada por ningún estilo esta continua guerra de invectiva entre los periódicos de distintos partidos. ¿Cómo se comprende esta libertad sin límites que la prensa disfruta y que se dice es una necesidad del gobierno constitucional? Yo temo que este gobierno, del cual esperábamos tanto, no produzca más que tempestades, hasta dentro de las mismas familias; es muy frecuente que el espíritu de los hombres, antes que el espíritu de Dios, sea el que sople en estos desgraciados tiempos. Dentro de este sistema de gobierno no se observa más que vanidad, egoísmo, y deseos de realizar actos que tengan mucha resonancia, sean éstos del género que quiera.
M. de la Maisonfort, ministro del rey en Florencia, ha muerto en Lyón de vuelta de Toscana. M. de Vitrolles ha sido nombrado en su lugar; se cree que no irá hasta pasado mucho tiempo a ocupar su puesto; esto va a detener indefinidamente a Alfonso en Italia. Sofía, mi consuelo, mi sociedad única, mi hija querida, marcha este invierno a Mende. ¡Triste de mí!... Mi pobre marido está cada día más delicado, puesto que su dolorosa enfermedad va progresando; yo me consagro completamente a él, procurando hacerle olvidar el tiempo, como quisiera olvidarlo yo también, hasta que vuelva mi hijo de Italia. Se habla de nombrarle ministro de Francia, no sé dónde; ¿qué me va a suceder si es su alejamiento un destierro sin fin? ¡Qué triste es el ocaso de la vida, después de una continuada existencia de temores! ¿Dónde me refugiaré yo, si no es en la oración, que me calma siempre, como la conversación de un buen amigo justo, poderoso y sabio? ¡Ah! ¡qué felices son aquellos que creen en esta comunicación sensible de la criatura con el Creador del Universo!
CXXXV
15 abril de 1828.
Desde esta mañana me encuentro en Milly, pero por breves momentos. Siempre que estoy aquí me hallo dispuesta a escribir algunos párrafos en este _diario_, descuidado por tanto tiempo, y que ya tenía casi abandonado. Ya no tiene para mí el interés de otros tiempos, ni para continuarlo ni para leerlo de nuevo. Los acontecimientos consignados en él se van alejando, todo huye volando: a medida que vamos envejeciendo, vamos penetrándonos de la vanidad de todo y tenemos, por lo tanto, menos interés en conservar los recuerdos. Ya no me interesan sino los que pertenecen puramente al corazón, y éstos no hay necesidad de consignarlos. No obstante, aun quedan algunas épocas que quiero ir marcando debidamente: servirán más bien para mis hijos que para mí. Las últimas de ellas, las que pueden conducir a la felicidad celeste, no pueden descuidarse. Voy convenciéndome cada día más de que he entrado en la vejez, a pesar de que no falta quien me diga que no se apercibe de ello, y que estoy conservada como a los treinta años; pero «crecen los hombres tras de mí», como dice Virgilio, a quien estoy leyendo esta noche en un libro traducido por Boisgermain.
CXXXVI
15 septiembre de 1828.
Mi hijo Alfonso está conmigo; el miércoles 10 del mes corriente llegó aquí, acompañado de su esposa, su madre política y su encantadora pequeñuela, rebosando todos salud y alegría. ¡Gracias mil sean dadas a Dios! Alfonso está, sin embargo, muy flaco, y esto me mortifica, pero es preciso que me acostumbre a ello. He estado muy contenta, muy conmovida y muy ocupada, y a mi edad las grandes agitaciones, sean de alegría o de pena, resultan peligrosas para la salud, ya quebrantada naturalmente; sin embargo, como es necesario conformarse y buscar consuelo, éste se encuentra con facilidad cuando el corazón está contento, lo cual ciertamente es algo difícil en este mundo; a pesar de esto, no me faltan motivos para estar disgustada.
No se puede imaginar una criatura más bonita, alegre e inteligente en todo (con relación a su edad), que mi nieta Julia; es un verdadero tesoro; está perfectamente educada. Su madre va siendo cada día más perfecta, sin la menor afectación, va llenando todos sus deberes religiosos; ha cultivado también mucho su talento y pinta perfectamente; nos ha traído algunas pinturas bellísimas; entre otras, varias que representan fielmente la fisonomía de Julia.
CXXXVII
Milly, 3 octubre de 1828.
Desde el lunes, 22 de septiembre, estoy aquí completamente sola; he venido para presenciar nuestra pobre vendimia. Alfonso, Mariana, su madre y Julia, partieron el miércoles 17 para Montculot, en donde les han hecho un recibimiento como a los antiguos señores de otros tiempos. Fueron a darles la bienvenida las mujeres vestidas de blanco, y los hombres disparando al aire sus fusiles. Ellos han dado una brillante fiesta campestre en los grandes jardines del castillo, pues se confunden con los grandes bosques de las inmediaciones.
Desde Monculot ha salido Alfonso para París, en donde ha sido llamado por sus amigos para consultarle sobre lo que llaman golpe de Estado. Alfonso asegura que fracasarán y que los Borbones, a quienes ama como yo, habrán de sucumbir ante el espíritu público en el caso que acepten la batalla. Acaso tenga razón; muchas veces se ve mejor el estado del país desde fuera que desde dentro.
Por mi parte, estoy aterrada por esta fiebre que veo recrudecerse todas las mañanas en los periódicos de ambos partidos; se me figura que no puede haber nada sólido ni duradero en un gobierno, cuando con sus desaciertos convierte en un caos la opinión pública.
CXXXVIII
7 noviembre de 1828.
Alfonso ha regresado a París, donde fue muy bien recibido por todos, y particularmente por el rey Carlos X. Se le hubiera nombrado inmediatamente primer secretario de Estado en España, si hubiese querido aceptar; él prefiere esperar para ir a Londres, lo cual se le ha prometido para dentro de un año; allí será solamente ministro plenipotenciario. Me ha traído una magnífica araña para mi sala de Mâcón, y bastante dinero, pues ha comprendido que andaba yo algo escasa por mis muchos gastos y recelos de mortificar a mi pobre marido. Estoy muy contenta por que mis hijos quieren pasar el invierno en Mâcón en compañía nuestra; ahora se encuentran en Saint-Point. Alfonso me ha mandado algunos versos que va componiendo, los cuales me han gustado mucho; dice en ellos lo mismo que yo diría si tuviera su talento para expresarlo; es el eco de mi voz, porque yo no dejo de sentir la belleza, pero al pretender expresarla enmudezco. Esto me sucede también en mis horas de recogimiento místico; en mis meditaciones siento como un fuego dentro del corazón, cuya llama no puede salir del pecho; verdaderamente, Dios no necesita de mis palabras para comprender mis intenciones, pero yo desearía que el fuego que pugna por salir del pecho convertido en palabras, se deslizara poco a poco por mi boca en cantos de alabanzas, en acciones de gracias, en himnos y oraciones; y que después pudieran escribirse, para que por siempre fuera su gloria ensalzada como yo lo deseo en los misteriosos secretos de mi corazón. Doy gracias a Dios porque ha concedido a mi hijo lo que yo deseo para mí: su voz será la mía; sus sentimientos iguales que los míos son.
(Hay aquí párrafos que son un himno de reconocimiento para su hijo).
CXXXIX
13 julio de 1829.
En esta fecha voy a narrar mi viaje a París, el cual gracias a mi hijo, ha sido una continua dicha para mí. Tuve una satisfacción inmensa al ver de nuevo aquella ciudad de mi niñez, y al conocer los numerosos amigos con que cuenta Alfonso, todos ellos personajes distinguidos por su nacimiento o sus talentos. Madame Récamier, a quien dicen que me parezco, me he dispensado una acogida excelente; he asistido en su casa a una lectura que ha dado M. de Chateaubriand, quien ha leído una tragedia titulada «Moisés»; la figura de este grande hombre me ha impresionado más que sus versos: tiene el aire majestuoso de un rey en medio de su corte. Me gusta más el aire natural y sencillo de otros hombres de gran talento, que estaban allí, y que yo ya conocía desde mi niñez. No obstante, la gloria tiene para mí grandísimo prestigio; creo que si mi hijo alcanzara algún día la más pequeña parte, estaría altamente satisfecha. Pero yo pido a Dios para mi hijo muchas cosas antes que esa gloria, que muy bien pudiera resultar vana, examinada detenidamente.
CXL
21 septiembre de 1829.
Mi pobre Alfonso es el que me ayuda a soportar los días de mi vejez, de un modo admirable; me colma de obsequios y atiende solícito a mis apuros, sean del género que quieran. Acaba de encargarse últimamente de pagar, por nosotros, la pensión de seiscientos pesos que debemos a mi cuñada Mme. de Villars. Consigno aquí todos esos rasgos de su cariño hacia mí, y renuevo entre las satisfacciones de mi corazón, las mil y mil bendiciones que yo debo a Dios por los buenos hijos que me ha concedido.
Alfonso no se encuentra aquí en este momento; está en su propiedad de Montculot, junto a Dijón; acaba de rehusar el llamamiento que le ha hecho el nuevo ministro, M. de Polignac, con la intención de asociar su nombre a un ministerio que no parece del agrado de la opinión. M. de Polignac ha insistido, y mi hijo le ha contestado que de ninguna manera quisiera él arriesgarse a ser cómplice de un golpe de Estado contra la _Carta_: que este golpe de Estado, en su opinión, derribaría los Borbones; que él sabe perfectamente que M. de Polignac no abriga actualmente la intención de darlo, pero que la hostilidad recíproca entre el ministerio y el país, llevaría mal de su grado a monsieur de Polignac a un resultado fatal; termina rogando a M. de Polignac que se sirva olvidarlo para estos asuntos.
Alfonso me ha mandado esta carta, la cual encuentro, por desgracia, llena de razonamientos que convencen, pero que acaso interrumpirán las relaciones que tiene entre sus amigos, y entorpezcan su carrera diplomática. Yo considero que esto fuera una desgracia para mi hijo, pero, estoy contenta de que obre conforme a sus principios, aunque a trueque de perder su bienestar. La opinión es la conciencia de los hombres políticos. Acaso esta conducta le sea favorable para el porvenir, porque las circunstancias han de cambiar necesariamente.
Hay en este momento una plaza vacante en la Academia Francesa: muchos académicos, entre otros M. de Lainé y M. Royer Collard, han escrito a mi hijo para que se presente candidato, en la seguridad, dicen, de ser esta vez admitido. El ha rehusado con una altivez que no me atrevo a calificar; dice que donde se le ha esquivado la primera vez, no quiere, a ningún precio, solicitar la entrada nuevamente; como no es posible nombrar un candidato que no visite de nuevo a los académicos, no creo, por lo tanto, que se le nombre a él. Mi amor propio ambicioso, sale mortificado con esta su determinación, pero que Dios le humille lo celebro «con toda mi alma».
Es forzoso, por lo tanto, que consigne una gran satisfacción que tuve luego; mi vanidad de madre se manifiesta demasiado, ya lo comprendo, pero... En una sesión pública celebrada por la Academia de Mâcón, hará unas tres semanas, a la cual asistió una multitud inmensa, todo el consejo general, todas las notabilidades de la ciudad y sus inmediaciones, leyéronse muchos e interesantes trabajos; M. de Lacretelle, un capítulo de la «Historia de la Restauración»; M. Quinet, joven gallardo y distinguido por sus conocimientos, un fragmento de un «Viaje a Grecia»; Alfonso debía recitar versos, se le esperaba con impaciencia; cuando llegó su turno, resonó un aplauso general; la concurrencia se puso en movimiento gritando, la mayor parte, que quería verle; colocose en un sitio convenientemente elevado para poder satisfacer los deseos del público, y empezó por una breve improvisación en prosa, suplicando y agradeciendo la benevolencia de sus conciudadanos y manifestando cuánto era su agradecimiento por el anticipado favor que se le dispensaba; este exordio gustó muchísimo y los aplausos se repitieron con entusiasmo. Luego recitó una epístola dirigida a M. de Bienassis, en la cual se encierran trozos de poesía tiernísima; se le interrumpía frecuentemente con murmullos de aprobación; Mariana y yo estábamos verdaderamente emocionadas; luego se nos colmó de felicitaciones y, ¿por qué no decirlo?, de dicha y orgullo; lo cual me parece algo perdonable. Dios lo quiere y El ve y sabe bien, que lo que yo deseo es que el talento de mi hijo sirva para honrar su santo nombre.
Hablemos ahora de mis hijas, cuyas bellas cualidades me enorgullecen igualmente. Me gusta mucho recitar continuamente y con el pensamiento puesto en Dios, desde las arboledas de Milly, bajo la sombra de la casa que ha visto nacer a todos mis queridos hijos, este versículo de los Salmos: «Señor, ya que habéis sido mi tranquilidad y mi esperanza en los días de mi juventud, ¡no me dejéis abandonado, en los de mi vejez! ¡Cuando las fuerzas me faltan, no me retiréis vuestra diestra mano!»
¡Basta! ¡basta!... Yo debo empezar a reflexionar seriamente sobre la decadencia de mi vida; si miro adelante, corta; y larga si dirijo hacia atrás la vista, porque veo los muchos deberes que he debido cumplir.
CXLI
Milly, 21 de octubre de 1829.
¡21 de octubre!... ¡aniversario del nacimiento de mi hijo primero!... me encuentro sola y deseo consagrar este día a las reflexiones que me alientan y fortifican contra la muerte. ¡Cuántas vueltas y revueltas tengo dadas durante mi vida, en estos mis paseos, meditando, con el rosario en la mano unas veces, y otras, plegadas ambas manos, cuando nadie de la casa podía verme, rogando o meditando arrodillada en la hierba! ¡Ay, Dios mío! ¡lo que hubiera pasado por mí, durante mis tribulaciones exteriores e interiores, sin la caritativa bondad de Dios y si su imagen divina no se me hubiese presentado en mis pensamientos y no me los hubiese sugerido más santos y más consoladores que los míos, no es posible adivinarlo! Es una gracia inmensa, lo reconozco, que mis aficiones por el recogimiento en Dios, me hayan hecho robar casi diariamente, durante mi vida, algunas horas o solamente algunos minutos, para ocuparme exclusivamente de El. Hoy es uno de los días en que le he sentido más que nunca, y me he encontrado bañada en llanto, sin darme cuenta de ello, mientras paseaba; parecía que mi vida se rejuvenecía, que mi alma tomaba cuerpo y se disponía a presentarse a mi creador, a mi juez...
¡Ay de mí!; ¡que su juicio, próximo a emitirse, sea indulgente!
Yo me he visto a mí misma como si fuese ayer; jugando, niña inocente, entre las alamedas de Saint-Cloud; luego, más tarde ya, joven canonesa, rogando y cantando en el templo del cabildo de Salles, triste y pesarosa, cuando no emitía la voz como mis compañeras.
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