El Manuscrito De Mi Madre Aumentado Con Las Comentarios Prologo

Chapter 12

Chapter 124,106 wordsPublic domain

Vino el señor cura y le dijo ella en voz baja: «Comprendo que deseo la muerte más de lo que debiera, porque me siento perfectamente preparada y llena de fe, como no creo poder estarlo nunca más; si mi vida se prolonga, tendré que volver a empezar estos preparativos y temo... ¿Será pereza, señor cura? ¿me perdonará Dios estos deseos?»

Alfonso estuvo solo con ella unos instantes, después que nosotras, y procuraba disimular sus lágrimas y la emoción de su voz; ella le dijo algunas palabras, y le tendió la mano; luego bendijo desde su lecho, pero sin verle, a su tierno hijo. ¡Ah! que se le eduque--dijo la pobre,--en la fe que me ha de volver todos los seres de quienes, sin ella, no podría separarme tranquila.

No puedo expresar el efecto que producían en mis ojos, los de la pobre enferma cuando nuestras miradas se encontraban; parecíame que veía aclararse de súbito aquella figura, antes radiante de vida, y ahora completamente cambiada.

Algunos ratos, los pasaba yo rogando en alta voz junto a su lecho: su hermano, arrodillado en el umbral de la puerta, parecía escuchar el rezo. ¡Qué espectáculo más triste el que presentaba aquella habitación!

A eso de las siete, empezaron a prolongarse los desvanecimientos, luego pareció como que quisiera descansar; yo me acosté para aprovechar algunos momentos de reposo, que bien lo necesitaba después de tan continuos desvelos; a los pocos minutos me desperté al ruido de una violenta tempestad; corrí a escuchar junto a la puerta de la alcoba, no atreviéndome a abrir, por miedo de turbar el sueño a Susana; feliciteme de que la tempestad no la hubiese despertado; a las cuatro de la madrugada volví a escuchar otra vez; el mismo silencio e igual tranquilidad; hice entonces un poco de ruido para que alguien notara mi presencia y me preguntaran alguna cosa; así sucedió en efecto; una de las sirvientas se acercó a mí diciéndome: «Susana ha pasado la noche con la mayor tranquilidad, en este momento descansa y no necesita nada...» ¡Ah! triste de mí: ¡efectivamente que descansaba y no necesitaba de cuidados! Yo interpreté literalmente las palabras de la sirvienta y me acosté relativamente tranquila.

A las cinco de la mañana, no pude permanecer en el lecho y me levanté a impulsos de un fúnebre presentimiento; entré en el cuarto sin que se apercibieran, y vi a la pobre muchacha de que antes hablé (Filiberta), de rodillas al pie del lecho de muerte. Sin poder convencerme de la verdad llegué a creer que estaba orando por habérselo así pedido la enferma; pero Sofía y Alfonso me arrancaron amorosamente de la estancia, y desvaneciéndose mi estupor, comprendí entonces que todo había concluido.

Se llevaron de allí a su desconsolado esposo, incapaz de sobrellevar el peso del dolor. Yo corrí a abrazar, en su cuna, a su pobre hijo Carlos, que estaba durmiendo apaciblemente, bien ajeno de comprender que acababa de experimentar una pérdida que algún día sentirá de todo corazón.

Alfonso quedó solo en la casa, para cuidar de que se cumpliesen los últimos deberes para con su hermana.

La sirvienta Filiberta me contó después lo sucedido en aquella noche fatal. Los últimos momentos, decía, fueron tan dulces como apacibles; no sufrió un solo minuto de agonía; algunos instantes después de haberme yo retirado, dijo a la asistenta: «¿Por qué no os acostáis?» Ella entonces hizo ver que la complacía, ocultándose detrás de la cama; desde allí pudo observar perfectamente cómo besaba Susana el pequeño crucifijo; luego oyó algunos suspiros, más profundos que los anteriores; fueron los últimos... Serían como las diez, pero las sirvientas acordaron no decir nada en toda la noche, puesto que la pobre Susana ya para nada necesitaba nuestros consuelos, estando, como debía estar, en la mansión de los justos.

Más de un año hacía que esperaba un fatal desenlace, y por eso mi dolor no ha resultado tan acerbo. Ahora ya no lloro; es verdad que me encuentro bajo el atontamiento de los primeros momentos, en los cuales no se siente el golpe, por lo fuerte que resulta. ¡Dios mío! ¡Llevadme también a vuestro seno, yo no quiero vivir sino para este cielo que yo enseñé a mis hijas, desde el cual me están llamando, y en que me introducirán cuando llegue mi hora! ¡Ay! ¡las familias, acá en el suelo, se forman y deshacen, pero se reúnen después para siempre en el centro común donde mora Dios!

Guardo el pequeño crucifijo que tuvo en sus manos últimamente y recibió sus postreros besos; yo venero y beso de continuo esta santa reliquia, que llevaré conmigo hasta la huesa.

Estoy en Saint-Point, en casa de mi hijo; leemos en familia, a Fenelón: dado el estado de nuestros espíritus, no pueden leerse otros libros que los que hablan de lo divino; todos los demás resultan vanos e insuficientes... ¿Qué haría yo sin mi Sofía? (su última hija). Ella se afana para llenar el vacío que han dejado las que se fueron.

* * * * *

Efecto de las separaciones de algunos miembros de la familia y por la quebrantada salud de mi padre, hay una larga interrupción en el _diario_.

CXXII

Martes, 4 de diciembre de 1824.

Alfonso ha vuelto de París, sin haber conseguido ser nombrado miembro de la Academia Francesa; ha sido elegido en su lugar M. Droz. Estoy disgustada conmigo misma por haber animado a mi hijo a que se presentase, y lo estoy aún mucho más por mi marido, quien daba grandísima importancia a este suceso; en fin, Dios y los hombres no lo han querido; es preciso aceptar ese desencanto sin acritud ni murmuraciones; por más sensible que ello sea, no puede compararse a otras desgracias que se incrustan en el corazón para no separarse jamás.

CXXIII

Martes, 4 de enero de 1825.

Los cambios de tarjetas, las visitas, las felicitaciones, las alegrías, el movimiento, en fin, de primero de año me han hecho mucho daño; yo no puedo hacer más que llorar cuando alguien me dirige sus recuerdos; ¡mis recuerdos están en lo pasado! ¿Y qué es lo que el pasado me recuerda? Tuve un momento de esperanza al ver un segundo a Alfonso, el hijo del mío, y desapareció esta esperanza; ahora tengo una satisfacción con lo que de él poseo, es decir, por el cariño que me tiene, no por eso que llaman la fama, el renombre, la gloria; él me ama, y eso es lo que deseo, y eso es para mí su gloria mejor; ¡ojalá pudiese amar lo que amo yo, las creencias que me dan la paz acá en la tierra, y la verdadera inmortalidad en perspectiva! Estoy muy contenta de tener a su esposa y a él en mi compañía todo este invierno, y me aflijo ya con la idea de la inevitable separación, pero su destino le lleva a vivir lejos de Francia; respetemos los altos designios de Dios.

Los últimos momentos de Bonaparte en Santa Elena, me han hecho reflexionar mucho sobre el camino que Dios ha trazado, y que conduce de las glorias mundanales al panteón de la nada. Algo más cerca ha herido mi corazón la muerte del célebre poeta inglés lord Byron. Llorosa y conmovida he notificado a mi hijo la muerte de este joven poeta, lo mismo que si se tratara de una desgracia ocurrida en la familia. ¿No es, por ventura, la humanidad una misma familia? ¡Tal vez otro día, una madre temblando como yo, llorosa, anunciará a su hijo la muerte del mío!

Alfonso ha escrito un poema titulado «Childe Harold» en el cual se refiere la heroica muerte de lord Byron defendiendo la independencia de los helenos; hay en él estrofas que me llenan de dolor, porque temo mucho que sienta un entusiasmo peligroso por las ideas de la moderna filosofía y de la Revolución, contrarias al trono y al altar, estos guías que yo he encontrado siempre en mi camino y fuera de los cuales sólo veo confusión y peligro, y sobre todo, el abismo sin fondo de la incredulidad.

Yo he conocido estos famosos filósofos nuevos durante mi juventud; haced, ¡Dios mío! que mi hijo no se les parezca en nada; no dejo yo de hacerle ciertas consideraciones sobre el peligro de las ideas nuevas, pero el «espíritu surge donde él quiere», como dice la Sagrada Escritura. En cuanto una madre ha puesto en el mundo un hijo, y le ha inculcado su propia fe, ¿qué le resta hacer ya? ¡Como no sea poner todos los días su débil mano entre la llama de esta fe y el viento del siglo que pretende apagarla! ¡Ah! yo me he sentido algunas veces orgullosa de ser madre de hijo semejante pero su independencia de espíritu me ha hecho sufrir mucho. Yo opino que toda la ciencia se encierra o debe encerrarse en esto: «Obedecer y creer»; tal vez se me dirá que esto es poco poético, pero tengo para mí que existe tanta poesía en la sumisión del espíritu como en la rebelión.

¿Son, por ventura, los ángeles fieles, menos poéticos que los ángeles que se rebelaron contra Dios? Yo preferiría que mi hijo no tuviese ninguno de esos vanos talentos mundanos, a que se rebelara contra los dogmas que han sido fuerza, luz y consuelo de mi existencia, y por los cuales he sufrido resignada todas las adversidades de este mundo.

CXXIV

20 de febrero de 1825.

Hago la misma solitaria vida bajo el mismo techo, envuelta en mi propia tristeza y leyendo en compañía de Alfonso, su esposa y mi Sofía, cuya educación no me da cuidado porque parece ya haber salido instruida y piadosa de la cuna. Leemos por las noches en compañía de mi esposo y mis hijos, junto al hogar, cuantos libros pueden alimentar sanamente el alma y el espíritu. Mi marido parece aficionarse mucho a esta vida retirada, cuyas principales emociones están en los libros. Ha llegado a la edad en que los hombres se retiran del sitio grande o pequeño que hayan ocupado, y se convierten en simples espectadores que observan con indiferencia la comedia que en el mundo se representa; entonces, son los libros su distracción, su recreo; constituyen, en fin, parte de su existencia. En los libros de historia se aprecia la vida real; en la novela el mundo imaginario. Vienen los libros a ser, irremisiblemente, la vida de aquellos seres, que, prontos a dejar de vivir, desean vivir en otras edades.

CXXV

Domingo, 26 de junio de 1825.

¡Qué largo tiempo transcurrido sin escribir una sola línea en este libro! Es que a causa de mis sufrimientos llegué a dudar de mi vuelta al camino de la virtud; luego, entreveo con horror la muerte, porque aún no me creo bien preparada... ¿Llegaré a estarlo? No pido la prolongación de mi vida más que el tiempo necesario a prepararme y purificarme: y nada más. Dios me ha hecho esta gracia. Pero al llegar a la convalecencia me mandó un nuevo dolor, y luego me lo ha quitado de nuevo y sin preparación.

En un pequeño poema que ha escrito Alfonso sobre la consagración del rey, no decía una palabra del duque de Orleans, de quien no es partidario, porque tiene sobre este príncipe las prevenciones de su padre y de toda la familia de los Lamartine: encuentra algunos puntos oscuros e inconvenientes en la conducta de un príncipe de la familia real, cuyo padre cometió la fatalidad de condenar a muerte a su pariente y a su rey, al desgraciado Luis XVI, y que después de esto ha sido colmado de honores y perdonado por los Borbones, dando en lugar de un testimonio de agradecimiento, pruebas de deslealtad para halagar a sus partidarios. Alfonso habla con cierta amargura contra lo que llama su deslealtad, y esto me mortifica, porque yo creo bueno a este príncipe e inocente del crimen de su desventurado padre. Hubiera yo preferido, sin embargo, que el tal hubiese hecho una oposición menos abierta que los demás, sin que para ello se hubiese rodeado de todos los ambiciosos y descontentos, revolucionarios o bonapartistas, que han formado eso que llama él un partido; pero es preciso atacar o conjurar las intenciones, antes que acusar temerariamente a nadie.

Cuando me leyó Alfonso los versos de su poema, donde ensalza todos los guerreros y todos los príncipes de la familia real, y observé que ni una sola palabra decía del duque de Orleans, tuve un disgusto tan grave que me hizo derramar lágrimas; entonces le supliqué que no dejara desairado con semejante silencio a un príncipe en cuya casa pasé yo mi niñez, y cuya madre y hermana nos habían colmado de bondades. Resistiose obstinadamente, y me dijo que todo lo más que podía hacer por el duque de Orleans, era no pronunciar su nombre, mientras que se honraba nombrando a los reyes Luis XVIII y Carlos X, a quienes había tenido el honor de servir en el ejército y en la diplomacia, y que él había heredado de su padre el cariño a estos príncipes desgraciados, y para sus enemigos, la repugnancia y el desprecio. A pesar de esto, conseguí a fuerza de lágrimas, que recogió con respeto, el que pronunciara de una manera conveniente el nombre del duque de Orleans, en aquel homenaje a los Borbones. Hízolo, pero resultó desgraciado al querer expresar un sentimiento que su corazón no sentía. Los párrafos que aludían al 21 de Enero y a la muerte de Luis XVI, parecieron un insulto al duque de Orleans, y no sé cómo, pero es el caso que este príncipe tuvo conocimiento de lo sucedido por el librero, sin duda, antes de que fuesen publicados, e hizo escribir una carta a mi hijo por nuestro pariente M. Henrion de Pansey, presidente de su consejo. M. de Pansey, en nombre del príncipe, pedía a mi hijo, en términos corteses, la supresión de los versos en que era aludido.

Alfonso contestó en seguida, con mucha cortesía por cierto, que él no había tenido la menor intención de mortificar la personalidad de un príncipe, de cuya casa tantos beneficios había alcanzado su madre, y que en aquel momento escribía al impresor para que se suprimiesen los versos que pudiesen molestar al señor duque de Orleans. El escribió, efectivamente, al editor, para que fuesen retirados los párrafos en cuestión.

Todo parecía haber terminado aquí; pero el duque de Orleans, ignorando que Alfonso hubiese condescendido a sus deseos, y más impaciente de lo que convenía por semejante supresión, mandó escribir una segunda carta, en la cual se hacían amenazas contra el crédito de que mi hijo gozaba en la corte, advirtiéndole, que en el caso de no acceder a sus deseos, tenía un príncipe real sobrados medios para hacer sentir a quien intentara solamente ofenderle, el peso terrible de sus resentimientos y de su indignación. Cuando Alfonso recibió esta segunda carta, su natural dignidad ofendiose de tal suerte, que no quiso en manera alguna acceder a los deseos de Orleans y escribió inmediatamente a su editor que no retirara una sola palabra del original. Sin embargo, por no hacer una ofensa, sin previa explicación, al duque de Orleans, le escribió el mismo día en que habían ya los periódicos publicado esta carta de intimidación que no podía ser conocida más que por una indiscreción palaciega, diciéndole que la supresión del párrafo por los periódicos adictos a su corte, no podía atribuirse más que a una ligereza de su carácter, y se veía él obligado a dejarlo en suspenso; decíale también al príncipe que, apreciando debidamente esta necesidad de honor, confiaba no lo atribuiría a la intención de ofenderle. El príncipe fue justo, y contestó inmediatamente haciéndose cargo de esta exigencia de honor, desde el momento en que la publicidad hecha en los periódicos liberales, había colocado a mi hijo en una situación tan especial. El párrafo apareció según Alfonso lo escribiera al principio.

Pero, eso fue para mi corazón una flecha que lo atravesó de parte a parte, tanto más, cuanto no me atreví a decírselo jamás a mi esposo ni a mi hijo; porque yo había sido colmada, durante mi infancia, de todas las bondades de aquella augusta casa, cuyo nombre habíame mi madre enseñado a venerar desde mi niñez. En las circunstancias dolorosas para mi madre y para otros varios miembros de la familia, la señorita de Orleans nos había favorecido con cariñosa solicitud y con una generosidad sin límites: yo no podía ni puedo olvidar los bienes recibidos de esta augusta familia, y mi marido y mi hijo ignoraban estos transportes íntimos que yo no podía tampoco confiarles. ¡Júzguese de mi asombro y de mi aflicción, al considerar que esta excelente princesa pudiese atribuir mejor que a un error, a ingratitud u olvido, una ofensa al nombre de su casa salida de la mano de mi hijo! Pasé muchas noches derramando lágrimas. Escribí a la señorita de Orleans para desengañarla y manifestarle todo mi pesar; ella me contestó mejor como amiga que como princesa, comprendiendo perfectamente la situación en que me encontraba. A Dios gracias, todo ha terminado; temo solamente que lo ocurrido ocasione entre la princesa y mi hijo una frialdad y una irritación secreta que vaya alejando poco a poco su amistad de aquella casa, en la cual hubiera tenido unos protectores desinteresados. Las prevenciones de los nobles realistas contra el nombre de los Orleans, son injustas, extremadas y, como si dijéramos, han sido infiltradas en la sangre de padres a hijos. Tuve todavía un gran pesar, que de tan vivo y doloroso, no puedo confiárselo a nadie; la susceptible altivez de mi esposo no le dejaba comprender que existiera correspondencia entre la señorita de Orleans y yo, ni las gracias que mi familia recibió de ella, en muchas y determinadas ocasiones.

* * * * *

Dice Alfonso que cree habrá de partir para Alemania, y por lo tanto, que estará ausente de nosotros por mucho tiempo. Cuando pienso en su separación no hago otra cosa que llorar. ¡Ah, Dios mío! ¡Cuán solitaria va quedando esta casa, antes tan alegre y tan llena de vida! Cuantas veces reflexiono en nuestra soledad, recuerdo los muchos nidos que tantas veces he visto durante el otoño bajo los álamos del patio de Saint-Point; en lugar de los pequeñuelos hay nieve, y el viento se va llevando sus pajas, ¡una a una! Así es nuestra casa en la actualidad.

CXXVI

18 septiembre de 1825.

Hoy han salido mis hijos para Italia, donde fijarán su residencia. ¡Ay! ¡cuán sola he quedado en este retiro de Saint-Point! No puedo adivinar cuánto tiempo durará esta situación.

* * * * *

Ya estamos en la ciudad; no pudiendo dedicarse a la caza, mi marido no está bien en el campo. Estoy muy disgustada, pero en medio de mi tristeza me encuentro aquí mejor; Nicole me acompaña por la mañana; sus «Ensayos de moral» me llegan directamente al alma, y por las noches leo a Mme. de Sevigné, mi confidente favorita; después... pienso mucho en los ausentes. ¡Ay! ¡y en los muertos que no volverán!

Ayer recibí una visita del excelente, amable y resignado M. de X... Aquél que tanto hubiera deseado casarse con Cesarina. No hemos hablado de nada, puede decirse, pero su sola presencia y su ternura expresaban muchísimo; he llorado mucho; todas aquellas personas, todos aquellos objetos que amaron o fueron amados por mis hijos, despiertan en mi corazón recuerdos de tristeza. ¡Triste de mí!... esta época tan lúgubre de mi vida la lloraré siempre, ¿no habrá para mí consuelo? creo que sí; y hasta tengo la certeza absoluta de volver a ver a los seres queridos que murieron para este mundo. ¡Qué dicha la de poseer una fe como la mía! Aun cuando la religión no nos diera más que esta fe en el renacimiento del pasado, deberíamos bendecir a ella y a su fundador. ¡Y quién no tiene en este mundo seres queridos que espera ver en el otro!

CXXVII

24 octubre de 1825.

Me encuentro sola en la casa, arreglándolo todo y disponiendo su cierre. Ayer salieron todos para la ciudad acompañando a mi esposo. He ido a Saint-Point, montada en una mula, y acompañada del jardinero, al objeto de arreglar y ordenar los libros, los naranjos y las macetas de flores que mi nuera Mariana me recomendó muy especialmente al partir para Italia. He estado detenida por las lluvias en este viejo, querido y desierto castillo, y admirablemente servida por María Litaud, una santa mujer que está encargada de gobernar la casa durante la ausencia de sus dueños. Creo que hice su felicidad cediéndola a mi hijo. Aquí me encuentro, junto a la iglesia que tanto adoro por los muchos recuerdos de las oraciones que he dirigido a Dios bajo su bóveda, en compañía de mis pequeñitas (que están en el cielo), cuando veníamos a rogar en ella todas las noches; estoy también rodeada de libros, demasiado tal vez. Gozo en este silencio y en esta soledad junto a la gran chimenea del salón, y allí me recojo, abstraída en los dulces pensamientos de la eternidad, antes de sumergirme de nuevo en el movimiento y las vanidades del mundo. He tenido muy buenas noticias de Florencia, en donde se ha establecido mi hijo con su esposa. Cuantas reformas hicieron aquí me parecen muy bien; han convertido esto en una especie de casa de retiro para su vejez, donde vivirán recordando nuestra existencia en estos lugares. En un artículo escrito por Mme. de Genlis, he visto que esta escritora atacaba vivamente las poesías de mi hijo: es esto una guerra hereditaria de familia a familia; Mme. de Genlis y mi madre representaban dos tendencias opuestas en el Palacio de Orleans. Estas heridas a la fama de mi hijo me han sido bastante dolorosas; yo hubiera querido que él replicara; esto era natural en la vanidad materna, pero prefirió aceptar el ataque sin manifestarse resentido. ¿De qué serviría entonces la caridad si no se perdonaran siquiera semejantes ofensas? ¿para quién deseará ella la superioridad en todo? ¿para sí o para sus hijos? Si uno la tiene, el deber está en no darle importancia, y si no se tiene, está el deber en no envidiársela a los demás; los dones de Dios son gracias, pero no méritos. Habré de acostumbrarme a los denigrantes ataques que ciertos periódicos, especialmente los orleanistas y bonapartistas, dirigen a Alfonso. Creo que tengo demasiado amor propio colocado sobre su cabeza, que puede no ser sino un disfraz del mío; pero soy su madre, y justo será que me lo perdone.

CXXVIII

1.º de febrero de 1826.

No puedo dedicar mucho tiempo a escribir, porque los cuidados de los pobres, durante este frío invierno, me absorben la mayor parle del tiempo; además de esto, me han encargado de la presidencia de la junta de caridad establecida en esta población; no me es posible cumplir con exactitud mis obligaciones a pesar del auxilio que para ello me presta Mme. de Villeneuve, la esposa del Gobernador de la provincia, joven muy amable, a quien considero como si fuese una hija; yo no sé por qué las jóvenes sienten por mí tanta predilección; será sin duda porque yo, acostumbrada a amar a mis hijas, siento una ternura grande dentro de mi corazón y una inclinación irresistible hacia las jóvenes con quienes tengo tratos. Mme. de Villeneuve me ha pintado unas elegantes pantallas de chimenea, dibujando en cada una, la vista de diferentes casas o castillos habitados por Mme. de Sevigné; esta buena señora es para mí la abuela del corazón y del espíritu; Mme. de Villeneuve ha creído que estos recuerdos serían a mis ojos una especie de ilustración de las obras que practico continuamente en cumplimiento del deber que la caridad me impone. ¡Qué buena y dulce es la caridad! Ella parece que nos aproxima, insensible y dulcemente, al trono donde el Altísimo tiene su asiento.

CXXIX

27 de abril de 1826.

Mi cuñado, el abate Lamartine, ha muerto; hacía bastante tiempo que su vida era una prolongada espera de este momento. Espero que Dios habrá sido misericordioso para el hombre que tanto lo había sido para su prójimo. Fue lanzado contra su voluntad a la carrera eclesiástica, hacia la cual no sentía la menor disposición, y se concretó a vivir solitario en su magnífica finca de Montculot, la cual ha quedado propiedad de Alfonso, con la obligación de entregar cierta cantidad a la hermana del difunto y pasar una pensión a mi esposo. Le he escrito para que mande poderes para tomar posesión, en su nombre, de aquella magnífica casa y de las tierras que la circundan.

CXXX

24 de mayo de 1826.