El Manuscrito De Mi Madre Aumentado Con Las Comentarios Prologo

Chapter 11

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¡Cuánto debo yo a mis buenas amigas! Creo verdaderamente que la amistad es la forma visible de Dios. El mismo corazón divino parece entendernos, hablarnos, comprendernos y abrirse, en el corazón de nuestros amigos. No he tenido privilegiados en ningún lance de mi vida; cuando me han sido arrebatados, no he creído jamás haberlos perdido, ¡tan presentes los tengo! Poseo ahora un cariño extraordinario a la joven y bellísima Mme. Delahante, sobre todo, y a pesar de la diferencia de edades, ella me ha tomado como a su segunda madre; la quiero como si fuera mi hija.

CXIII

Domingo, 16 de julio de 1820.

Hoy he sufrido mucho: unas mujeres del pueblo dicen que han oído decir, que los periódicos hablan del asesinato de Alfonso, en la carretera de Roma a Florencia. Estas buenas gentes han tenido la inocente crueldad de venir a repetir llorando esta noticia. Ignoro quién se ha cuidado de esconder a mis ojos los periódicos que explicaban esta especie de trágica aventura, cuyo origen ignoraba. Por suerte, he recibido esta mañana una carta del mismo Alfonso con fecha posterior al día en que se cuenta que el suceso tuvo lugar; esto me ha consolado un tanto, pero la sola idea de que el hecho haya podido ocurrir, me causa horror. ¿Qué hubiera sido de mí a no haber recibido la carta? ¿y cuántos rumores semejantes, impresos por los periodistas, afanosos de dar noticias sin calcular la trascendencia, habrán matado a otras madres? Espero, llena de ansiedad, otra carta, porque creo de continuo que debiendo reconocer este rumor algún fundamento, puede haber querido Alfonso ocultarme lo ocurrido.

Sé por su amigo, M. de Virieu, que él temía volver a ver en Italia a cierta persona que no le perdonaba el haberse casado; ¿tendrá esto relación con el lance que dicen haber ocurrido?

¡Que Dios le bendiga y proteja como yo deseo! ¡Cuánto tiempo hace que a El le tengo encomendada su existencia!

CXIV

Otra vez en su retiro de Milly se encuentra la pobre madre, después de tantas agitaciones personales, triste y lamentándose continuamente del vacío que se va haciendo a su alrededor con los casamientos de sus hijas y el de su hijo. Luego siente haber de afligirse por esta causa, ya que semejantes ausencias son condiciones naturales que la misma felicidad impone.

Su hijo, le da serias inquietudes porque se encuentra en medio de la revolución de Nápoles. Las agitaciones políticas de Francia, los odios de los partidos que se disputan o arrancan el poder, la devuelven a sus consideraciones políticas. Estas agitaciones apasionadas, la hacen partidaria de la unidad, del poder y la disciplina silenciosa de una monarquía patriarcal, en la cual sueña. Damos aquí sus reflexiones sin juzgarlas. Un hijo, en religión y en política, podrá tener los sentimientos de su madre, pero no sus dogmas. El hijo, al crecer, no se alimenta como el niño, de la leche del ama o de la madre, y sí del pan de los hombres ya formados.

Es imposible, sin embargo, reconocer que la unificación del poder, sea ésta conferida al pueblo en el sistema republicano, o al rey en el monárquico, aparece más lógicamente útil a la sociedad, que estos odios originados por el régimen constitucional, como ahora se llama.

Esta clase de gobierno siempre tiene en guerra los partidos, y la guerra no se concibe sin el odio, ese odio recíproco que es el elemento más funesto para una sociedad: este es en su fondo, el pensamiento de aquella buena mujer, y madre cariñosa.

El odio es el extremo opuesto de la caridad; la caridad es Dios; entonces los gobiernos que constituyen los ciudadanos en estado de guerra permanente, dejan de ser gobiernos, según y conforme quiere Dios. A un instinto verdaderamente piadoso sólo esto se le puede contestar: es que la humanidad está tan mal organizada, que no hay que dar a escoger a los pueblos entre la paz y la libertad, porque es tan de origen divino la una como la otra; la libertad es tan divina como la paz.

* * * * *

Continuemos:

¿Qué clase de gobierno es éste bajo el cual nos hallamos, y al que es preciso respetar, ya que es la voluntad del rey que así sea? Se me figura completamente opuesto a la paz y caridad que debe reinar entre los cristianos; pues no se ocupan sino de juzgarse unos a otros y de revelar todo lo que de malo pueden saber éstos de aquéllos, todos con el mayor ensañamiento. Bajo el pretexto del bien público, parece lícito todo esto y así se forja una conciencia, como se falsifica y se gasta el corazón más noble; ¡cómo son los hombres! por su desdichada naturaleza, atraídos a la malevolencia, lanzándose desenfrenados por el fatal precipicio y la sociedad resulta de esta manera desconcertada; cualquiera se considera capaz, cualquiera se elige a sí mismo, levantándose los unos contra los otros, porque éstos les tienen miedo a aquéllos y aquéllos a éstos; cubiertos con la máscara de la dignidad hablan muchos en contra de lo mismo que sienten, y nadie se atreve a defender los ausentes torpemente ultrajados, por miedo a ser luego tratados como aquéllos, y así van introduciéndose en la sociedad las injusticias.

Yo, que siento viva y dolorosamente todo esto, también me he gastado, y siento debilitado mi afecto; creo que es únicamente contra los malos, pero aquellos a quienes yo condeno se justifican igualmente por la misma creencia. ¡Dios mío! devolvedme mi paz, haced que yo no me mezcle en nada de lo que no deba, y que me separe, en cuanto dependa de mí, de las iniquidades de este siglo que han de ser necesariamente odiosas a vuestros ojos. Mi ideal político tiende únicamente a lo que quepa en mi religión; ésta me hace creer que el gobierno puramente monárquico es el mejor, porque es en él en el que Vos, Dios mío, habéis dado el modelo al mundo; pues aquellos a quienes bien quisisteis, como a los israelitas, de Vos recibieron el encargo de formar un gobierno, cuando después de tantos sufrimientos os pidieron un rey que los gobernara.

Un rey concedido por Vos es absolutamente vuestra imagen, y debe, por lo tanto, conservar todo su prestigio y toda su autoridad: si este rey se asocia con su pueblo y se mezcla en las luchas que lo dividen, formando parte de ésta o de la otra fracción, las pasiones se exaltan más y no cumplirá la misión que de Vos ha recibido, porque la monarquía es una gran familia de la que el rey es el padre, y no es un padre sabio el que hace a cada uno de sus hijos juez de su propia conducta y de todas las razones causadas por todas y por cada una de sus obras; ¿quién le ha dado el derecho de condenarlo todo, de decirlo todo, escribirlo todo, ya sea contra su gobierno, ya contra cada uno de sus hermanos, salvo, empero, el ser castigado, si se equivoca? Lo repito: semejante padre no será nunca un hombre sabio y su conducta no estará en relación con las obras de Dios y con el dogma de la caridad. Ved en esto, poco más o menos, la imagen de un gobierno constitucional. Pero, lo repito, nosotros debemos callar, respetar y rogar; porque lo que existe de peor y más censurable, es el hablar y obrar contra un gobierno constituido; porque al fin, el hombre puede conseguir su salvación en todas partes donde la mano de Dios le destine.

Mis reflexiones no deben tener, por lo tanto, otro objeto para mí, que el de no participar en un solo punto del mucho mal que se está haciendo en este momento. La política consiste en reflexionar mucho, y hoy se reflexiona tan poco como se puede.

Alfonso pasa el verano en una isla llamada Ischia, del golfo de Gaeta, de la que se hacen descripciones deliciosas. Estoy muy inquieta por la salud de Cesarina, y por el casamiento de Susana, que cuenta ya cerca de veintiún años. En este momento, bien pocas riquezas podemos ofrecer a sus pretendientes. ¿Qué mayor riqueza que las virtudes que atesora su corazón y la belleza incomparable de su rostro? Estas gracias naturales, emanadas de Dios, son, a mi entender, lo suficiente para hacer feliz al hombre digno que la tome por esposa.

Tengo la costumbre de ir a la iglesia a oír misa todas las mañanas antes de apuntar el día; me parece que hago bien empezando con la aurora a sacrificar algo al barullo y los placeres del mundo, dando primero a Dios lo que es de Dios, sin dejar de dar luego al César lo que es del César. No ha dejado de ser para mí una mortificación el dejar así, en todos tiempos, la molicie del lecho y de la dulce temperatura de mi cuarto, para ir a oír la que aquí llaman la misa de los pobres y de las criadas; pero, ¿no somos todos por ventura pobres en la gracia de Dios y servidores todos de nuestros padres primero, de nuestros maridos y de nuestros hijos después? Yo, por mi parte, me encuentro después de la misa altamente recompensada por el recogimiento que experimento entre aquellas casi tinieblas, por el mayor fervor en mis oraciones, por la calma y por las fuerzas que me infunde para todo el día el sentimiento de la presencia de Dios y del cumplimiento de mis deberes principales.

Mi gusto sería vivir en el retiro más absoluto, pero cuando pienso en que aún me quedan dos hijas solteras y en la conveniencia de tener que mezclarme por ellas en el mundo, lo suficiente, cuando menos, para que puedan encontrar un partido conveniente, se me figura que cumplo un sagrado deber, cual es el de mirar por el bien de mis hijas, y esto me proporciona la conformidad y la resignación que necesito.

CXV

27 de enero de 1821.

He recibido carta de Alfonso: me escribe desde Roma y me dice que es completamente dichoso. El ser éste un lenguaje al que no me tenía acostumbrada por su parte, me hace creer que ello es verdad. Me manda al propio tiempo una cantidad para su pobre amigo el abate Dumont, cura de Bussieres, a quien ha querido él siempre mucho, y que está continuamente enfermo y pobre. Esta prueba de amistad, venida de tan lejos, y tratándose de un amigo que hubiera podido olvidar fácilmente desde las alturas de su actual bienestar y de sus distracciones, me ha causado una profunda alegría.

CXVI

11 de marzo de 1821.

¡Albricias! Creo poder casar muy cerca de aquí, convenientemente y casi en familia, a mi bella Susana. M. de Montherot, uno de nuestros parientes, hombre de treinta y seis años, persona distinguidísima y de bella presencia, se ha enamorado de sus gracias durante una entrevista que indirectamente él mismo se ha procurado. No dudo que este casamiento nos hará dichosos a todos, tanto por las bellas cualidades del marido como por ser vecino nuestro y ser probable que siempre estemos juntos; sus propiedades están repartidas entre la Borgoña y el Lyonesado; es muy posible que esto salga bien. Mi marido se muestra también muy favorable a ello; Susana ignora aún ser el objeto de estas entrevistas y cuchicheos, pero es tan sencilla, tan pura y obediente, que no dudo bajo ningún concepto de su conformidad tan luego yo le hable del caso.

CXVII

11 de marzo.

Las buenas noticias se aglomeran. Dios concede y da por una parta lo que por otra quita; démosle gracias por sus dones y sometámonos a sus negativas; acaba de nacerme un nietezuelo; la esposa de Alfonso ha dado a luz en Roma, con toda felicidad, un niño, hermoso como un ángel, lo cual acaba de escribirme su padre, añadiendo que se llama como él, Alfonso, que ha sido bautizado en San Pedro de Roma, que fueron sus padrinos un caballero napolitano, llamado el marqués de Gagliati, y la princesa Oginska, polonesa, y que nació el día 8. Esta noticia me ha proporcionado una grande alegría. Dicen que este niño se parece mucho a mí, así es que yo me lo represento como era su padre. Su madre ha empezado a criárselo; hace muy bien, y ojalá pueda, como yo deseo, seguir adelante. Parece que están resueltos a venirse a pasar unos días en nuestra compañía, tan luego la madre se encuentre completamente restablecida.

CXVIII

12 de mayo de 1821.

Susana lo sabe todo: yo se lo he contado, pero ella, que tiene una penetración grande, ya se lo había presumido; ¡pobre hija mía! yo espero que Dios le enviará aquello que puede y debe darle la felicidad, teniendo en cuenta que su imaginación no está desbordada y posee un corazón angelical; ella se dedica a sus deberes sin la menor turbación ni inquietud, con una tranquilidad y una alegría, que me tienen embelesada.

* * * * *

El _diario_ queda interrumpido por espacio de tres años. ¿Será que los cuadernos se habrán extraviado o que los disgustos que han pasado por ella durante estos tres años de amargura por la muerte de Cesarina, fallecida a consecuencia de una anemia ocasionada por el nacimiento de su tercer hijo, o que la enfermedad mortal, al mismo tiempo, de su querida y bella Susana, no le hayan dejado el espacio ni la fuerza moral para registrar sus desventuras?

Durante este tiempo, su hijo y su hija política hicieron un viaje a Francia y otro a Inglaterra, perdiendo también su querido nietezuelo. Nacioles una niña que es el ídolo de su madre y de su abuela, la cual parece renovar en todo su imagen, aquella imagen venerable de la anciana madre, que, a pesar de su edad, conserva en el corazón el fuego santo del amor a sus hijos, a sus semejantes y a Dios.

Hasta el 29 de junio de 1824 no hay en su manuscrito ni una sola línea, y sus páginas primeras no son más que sollozos, trazados a la cabecera del lecho del dolor de su querida Susana, reflejando todas las peripecias de la enfermedad y la esperanza; es una prolongada agonía registrada hora por hora, minuto por minuto, abriendo en la última el cielo a un ángel para dejar entre las sombras de la tierra a una desconsolada madre.

No hago más que extractar unas pocas de estas notas monótonas si se quiere, por el repetido acento del dolor. ¡Pobre madre mía!

CXIX

29 de junio de 1824.

Bien tristemente doy principio a este nuevo libro; mi corazón está destilando sangre por el cruel estado de mi pobre Susana; parecíame que había una pequeña tregua de algunos días, creía que la enfermedad se había detenido en sus progresos; pero ayer, mi desolación llegó a su colmo, al fijarme en la debilidad, en la flaqueza y descomposición de aquella figura, ahora terriblemente transformada hasta el horror... ¡Hija de mi alma! ¡a pesar de todo, se la ve tan dulce, tan tranquila y esperanzada! Su marido está completamente trastornado, porque él es como yo y no puede renunciar a toda esperanza, aunque ya debiéramos haberla perdido hace tiempo, porque los signos son mortales.

Ayer nos visitaron muchos parientes y amigos; yo les agradezco muchísimo el interés y solicitud que demuestran por nosotros, pero confieso que aumentan mis penas con su presencia. Cuando quedo libre de visitas, suspiro como si jamás en este mundo me hubiese sido permitido este desahogo del corazón.

Olvido con harta frecuencia que es ésta un época de prueba. ¡Oh! yo debería ver, por la de mi Susana, cuán necesaria es la purificación de las menores faltas para ganar el cielo. Creo a veces que esta enfermedad es el purgatorio de esta pobre criatura, y si tan inocente ella me parece, y le hace falta sufrir como sufre, ¿qué será de mí? Todo es para ella mortificación y pesar; hasta el tomar alimento la molesta.

Sólo esperamos un milagro; este consuelo siempre lo tienen los que como yo creen en Dios. El día 1.º del mes próximo, celebrará el príncipe de Hohenloe el santo sacrificio de la misa a su intención y todos uniremos nuestros ruegos al suyo, que me parece ha de ser muy eficaz. ¿Conseguiremos de Dios la gracia que con fervor le pedimos?

Alfonso y su esposa están en Suiza; les he escrito que se vengan, para no estar sola y sin apoyo contra esta muerte que yo no puedo creer sin desesperarme, por más que la vea todos los días retratada en las facciones de mi querida y santa hija.

CXX

1.º de julio de 1824.

Hemos dejado ayer la casa de campo de Perrieres, que nuestros buenos amigos los Cortembert nos habían facilitado: está situada sobre la colina que domina Mâcón y el Saona.

La traslación ha sido muy penosa; sin embargo, he creído recuperar a mi hija cuando la he vuelto a ver en nuestra casa de Mâcón; la he colocado, en mi cuarto, está allí muy bien; la temperatura es agradable y por la tarde salimos un ratito al jardín. No recibo visitas, así es que, vivimos igualmente retiradas como en los Perrieres.

Nuestra misa, a la misma hora que la del príncipe de Hohenloe, ha sido edificante, pero todo me dice que no hay nada que esperar, ni de la oración misma. ¡No me atrevo a pensar cómo ha de salir de aquí este ángel, ni por qué lecho ha de trocar el que ahora ocupa!

Alfonso, su esposa y su hijita Julia acaban de llegar; me encuentro perfectamente retratada en la cara de Julia. ¡Qué dicha tan grande es la de vernos revivir y florecer de nuevo, cuando nos sentimos decrecer y perder la flor de la juventud! Es verdaderamente lo que era yo a su edad, ¡yo misma, en mi inocencia y en la apacible edad primera!

Mi Susana, que ya no es más que un ángel, ha recibido a Dios, este último lunes, con el aparato ordinario de esta santa y terrible ceremonia; yo creí que se hubiera trastornado algo, pero, por la gracia de Dios, ni se asustó, ni sufrió su semblante la menor alteración; al contrario, ha redoblado su tranquilidad y su alegría; todo el día pareció transparentarse en su mirada cierto fondo de dicha: la noche antes nos dijo: «Hablemos de mi tranquilidad; yo he hecho cuanto he podido por mi conciencia, y todo lo que he podido por mi salud. Dios hará ahora todo lo que él querrá: yo me abandono a El.»

A pesar de esto, ella no ha perdido la esperanza, y nosotros procuraremos alimentarla, porque fuera muy cruel el hacérsela perder: líbreme Dios de intentarlo siquiera. El tiempo que habrá de vivir, que sea con la mayor tranquilidad posible... Dios, que en la forma del santo viático habita en ella, dispondrá como le plazca de esta tierna planta agostada en flor.

* * * * *

En medio del dolor que el estado de mi hija me proporciona, he tenido una alegría por la visita de Alfonso y su esposa, los cuales se encuentran muy bien: llegaron el jueves 29 volviendo a salir el sábado para Saint-Point. La estancia en la casa de nuevas personas, fatiga siempre a la pobre Susana, a pesar de cuantas precauciones se tomen para evitarlo.

Alfonso volvió el martes, estando con nosotros hasta ayer, y volverá el lunes nuevamente, dejándonos lo menos posible durante estos tristes instantes: su buen corazón me consuela y anima mucho.

CXXI

14 de julio de 1824.

Todo ha concluido: mi hija Susana descansa en el seno de Dios desde anteayer, jueves, a las diez de la noche; quiero, mientras me sea posible, recordar todas las circunstancias de esta muerte edificante, dulce y consoladora para los verdaderos cristianos, y terrible siempre para una pobre madre. En medio de mi acerbo dolor, de mis crueles angustias y de las escenas más tristes, Dios me concedió la gracia de una fuerza, de una resistencia y de una confianza en mí misma, que era, a buen seguro, el fruto de las oraciones que se le han hecho para nosotros, y en las que reconocí particularmente su eficacia, viendo el admirable estado de espíritu de mi pobre hija durante sus últimos momentos.

A pesar del tristísimo estado a que su cuerpo estaba reducido (de que ya hablé el otro día, aunque algo a la ligera), y a pesar de que se agravaba por momentos en su terrible enfermedad, ni una queja, ni una demostración de tristeza; nada, en fin, que pudiera causarnos pesadumbre. El domingo por la mañana, viéndola muy acabada, mandé un recado al señor cura para que se sirviese venir por la noche a visitarla, como cosa suya. Ella se alegró mucho de la visita, y viendo que yo no me movía de su lado, me dijo: «Mamá, ¿quieres que lo diga todo delante de ti? Si es que esto puede causarte pena, no estoy tan enferma que lo crea indispensable, pero me parece a mí que el sacramento de la Extremaunción es una gracia que no debemos descuidar, y que yo desearía recibir.»

Había ya ella, durante el tiempo que estuvimos en Perrieres, y sin que yo lo supiese, pedido al señor cura que no la dejase morir sin darle todos los sacramentos; el buen sacerdote aprovechose entonces de lo que ella volvía a repetirle, y después de haberle hecho entender todas las virtudes que contiene el último sacramento, fuese a buscar lo necesario para el caso y le administró la Extremaunción que ella recibió con gran fe y angelical piedad; pidió que no se dijese una palabra a su marido, que afortunadamente se encontraba fuera en aquel momento. La señorita de Lamartine y Sofía estuvieron presentes y yo escondida en un gabinete junto a la alcoba, llena de dolor y resignación. Muchas veces había pensado en este terrible momento, que creía no poder soportar; pero me encontró completamente transformada después que el sacerdote cumplió su divina misión.

Mi pobre hija estaba sonriente; yo he rogado por ella, la he exhortado, con la misma calma y tranquilidad que si se hubiese tratado de cualquier otro acto natural de la vida; ella ha preguntado por diversas personas:--¿Están enteradas?--decía. A la mañana siguiente pidió una cruz, a pesar de que había en el cuarto un crucifijo de relieve y tenía otro junto a su cama; quería tener otro en sus manos para besarlo continuamente. Encontré por fortuna un pequeño crucifijo de plata, tal como ella deseaba, y desde este momento, hasta el de su muerte, lo tuvo entre sus manos, besándolo a cada paso y elevando sus ojos al cielo; antes de tomar alguna medicina hacía la señal de la cruz y a cada instante me pedía que rogara por ella; yo decía cuantas frases piadosas Dios me inspiraba, leyendo las oraciones que me parecían más consoladoras. Tuvo grandes y continuados accesos de sofocación y fatiga, hasta el punto de que creíamos a cada paso que entraba en la agonía, pero luego transcurrían algunos intervalos en que parecía calmada y consolada por la oración. Los tres últimos días los pasamos en continuo sobresalto, y por la noche descansábamos un poco, porque yo la dejaba entre ocho y nueve con una asistenta que se acostaba en su propio cuarto, y una criada que quiero como una hija; hace ya más de veinte años que está en la casa y duerme en un cuartito junto a la alcoba; tanto Sofía como yo, nos levantábamos varias veces cada noche para ver cómo estaba y cómo seguía; siempre la encontrábamos esperanzada y jamás hablaba de su hijo; estoy segurísima de que ha obrado así sacrificándose. La víspera de su muerte dijo a su marido: «¡Ay, esposo mío! ¡qué felices son los que se encuentran como yo me encuentro, habiendo hecho todo lo que se puede hacer para la paz del alma! ¿Harás tú lo mismo, si tienes que sufrir una larga enfermedad como yo?» Y luego ha dicho con mayor fuerza: «Me lo prometes, ¿no es cierto?»

La víspera de su muerte recibió las últimas oraciones que la iglesia da a los moribundos. ¡Ay! yo le he dado las mías todas las noches desde el lunes al jueves. Me figuraba yo que cada hora que se iba pasando era la última, y cuando llegaba la noche, que había ganado todas las transcurridas creyendo que podía amenguar mi inquietud para una noche más. El jueves por la mañana, había aumentado notablemente la opresión, fue necesario cambiarle la cama; era esto una cosa que se hacía lo menos posible, por el peligro del cansancio que forzosamente le había de producir y por evitarle los desmayos.

Mi pobre Sofía dirigía la operación con una paciencia, una destreza y una dulzura que conservó siempre igual durante toda la enfermedad de su hermana. ¡Oh! Dios la bendecirá indudablemente por todos los cuidados que le ha prodigado. Durante este día, le daban a la pobre enferma frecuentes desmayos; me había dicho por la mañana: «He soñado cosas harto dolorosas para vos, ¿estabais bien?» Le contesté que sí y le apregunté qué era lo que había soñado: «Cosas bastante desagradables...» y no pudo decir otra cosa.