El Manuscrito De Mi Madre Aumentado Con Las Comentarios Prologo

Chapter 10

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Al salir de Chambery el jueves, día 4, he realizado mi proyecto de atravesar el monte Chat para venir aquí, en donde me encuentro desde el viernes, día 6, a la caída de la tarde: ha sido una larga jornada por aquellos espantosos caminos y ásperas pendientes. M. de Costa, que posee un castillo al pie del monte, nos ha proporcionado dos caballos para la subida; a pesar de ello me he visto precisada a caminar a pie en varias de las numerosas y casi inaccesibles revueltas de la carretera, donde era preciso contener las cabalgaduras; yo estaba llena de miedo viendo, a una profundidad enorme y espantosa, grandes precipicios y el lago Bourguet, en el cual podíamos sepultarnos al más pequeño descuido.

El descenso a la otra parte de la montaña, es al principio más suave, pero, en Yenne, la pendiente vuelve a empezar de nuevo; viene a ser una limitadísima cornisa sin parapeto, pegada por una parte a las elevadísimas rocas de la montaña y teniendo en la otra, sin el menor amparo, el caudaloso Ródano a tres o cuatrocientos pies de profundidad. A la otra parte del río existen aún las enormes rocas donde estuvieron las célebres prisiones de Pierre-Chatel, cuyo edificio pertenecía al Estado. El paisaje es allí magnífico e incomparable: entre dos rocas enormes hay un desfiladero: después de los días transcurridos, aún temo que aquellas masas de prodigiosa altura se desprendan y nos sepulten entre sus peñascos.

En todo se admira la inmensa pequeñez de los hombres y el poder de Dios. Si reflexionáramos detenidamente lo poco que somos y valemos, siempre estaríamos prevenidos para recibir la muerte, porque cualquier accidente puede ocasionarla: no es así, sin embargo... ¡Oh! el orgullo humano es grande. El hombre no advierte lo que la Naturaleza le muestra constantemente; esto es, la realidad de lo eterno.

¡Cuánto orgullo hay en este bajo mundo!

¡Cuánta demencia!

* * * * *

Me encuentro en casa de mi hija Cecilia, descansando de mis fatigas cotidianas; ella vive completamente dichosa; es adorada de todo el mundo por su dulce carácter, y se ve rodeada de hermosísimos hijos cuyo número aumenta cada año. Este pueblecito de Saint-Amour es delicioso. He tenido ocasión de entregarme a mis reflexiones; tuve un gran disgusto al separarme de mi Cesarina, y ella, por su parte, lo tuvo también al verme partir. Siempre que estoy turbada y abrumada, despejo mi cabeza reflexionando. Pero jamás sabemos de cierto en este mundo cuándo obramos bien o mal: Dios lo quiere así para tenernos humillados siempre en nuestra propia desconfianza. A él recomiendo continuamente aquella hija querida, que dejé rodeada de una familia llena de virtudes de todo género, y particularmente de piedad, dispuesta, al parecer, a amarla más cada día.

Goza su esposo de mucha consideración, y aunque tiene más edad que ella, se aman entrañablemente. Ella alternará con lo mejor de la sociedad del país. Sus haberes, dado el cargo que desempeña su marido, son suficientes a sus necesidades, porque aun cuando en el fondo no sea su fortuna muy considerable, es seguro que la irá aumentando rápidamente. En Chambery abunda poco el lujo, todas las fortunas son limitadas: tengo, pues, motivos para creer que ha de vivir con desahogo y tranquilidad.

La que hoy empieza a ocuparme es mi Susana, belleza de otro género, pero belleza incomparable que llamo la atención de toda la sociedad de Chambery y de la juventud de Piamonte, donde me la llevé cuando fuimos a acompañar a su hermana para el casamiento. No se oían más que elogios para ella, pero es tan cándida y sencilla, que no se preocupa lo más mínimo de su belleza. Se me habló ya de un buen partido para colocarla. ¡Ah! ¡Si yo pudiese casarla más cerca de mí, y casar también a Alfonso! Quién sabe, Dios mío, si de esta suerte olvidaría esta dichosa carrera que le tiene preocupado y que acaso no conseguirá jamás.

CV

Mâcón, 18 de marzo de 1819.

Otra vez me hallo en Mâcón, pero muy intranquila, porque el encono de los partidos políticos se halla en Francia muy excitado. A mi marido y a mí se nos critica porque no participamos de la cólera de nuestros correligionarios los realistas; esto, a mi entender, no es religioso ni realista; que los hombres no creo hayan sido llamados al mundo para injuriarse. Tanto mi marido como yo, nos hemos visto obligados a separarnos de nuestras más íntimas relaciones sociales, encerrándonos en nosotros mismos: nosotros nos contentamos siendo fieles a los Borbones, sin perder por esto nuestra sangre fría, nuestro espíritu de justicia ni nuestras almas. ¿No existen acaso bastantes pasiones a que hacer frente dentro de nosotros mismos, sin necesidad de encender los odios políticos en que arden en este momento los espíritus? Dice mi marido que él dio su sangre a los Borbones el 10 de Agosto y que está dispuesto a derramarla nuevamente: pero que él no abandonará jamás su buen sentido a los furores de sus partidarios. Sin embargo, está triste y sufre mucho. Así, dice él, es como se fomentan las guerras civiles. Los enemigos de los realistas también están excitadísimos, de suerte que nos encontramos en medio de dos partidos y en nuestro propio país proscritos y sospechosos a unos y a otros. ¡Dios mío, derrama sobre todos el espíritu de paz y de justicia! Alfonso ha partido otra vez para París. ¿Qué objeto tendrá su viaje?

CVI

11 de junio de 1819.

He hablado con la señora de ***; es la italiana más bella y simpática que he tenido jamás ante mis ojos; posee una especie de irradiación dulce y viva a la vez, que subyuga el corazón al mismo tiempo que deslumbra la vista: el sonido de su voz, unido a cierto acento extranjero, despiden una emoción y una ternura que atraen y encantan a la vez. Me ha traído noticias de mi Alfonso, a quien dice que ha visto muchas veces en París; me ha recitado versos de mi hijo que yo desconocía por completo; son una especie de cadencias entre religiosas y melancólicas, dentro de las cuales se observa una pasión juvenil que no me atrevo a definir.

CVII

Milly, 4 de junio de 1819.

Ha llegado Alfonso y está muy bien de salud. Encuentro en él algo nuevo que le preocupa mucho. Parece que ha adquirido en Chambery relaciones con una joven inglesa, con quien tiene deseos de contraer matrimonio, y según cuenta, ella también le quiere; y ambos están resueltos, mediante el permiso de sus padres, a seguir adelante con sus relaciones. ¡Cómo se complace la Providencia en realizar mis más puros deseos! Cuando yo me impacientaba y desesperaba viendo a mi hijo sin ocupación, y sin objeto, vagando de un país a otro para distraerse en vanas inutilidades o en devaneos perjudiciales, he aquí cómo esta misma Providencia nos presenta de pronto y como de la mano, a esa extranjera que parece ser una mujer perfecta, y capaz de contener su alma dentro de la felicidad que proporciona una vida honrada. ¿Qué resultará de todo esto? Sea lo que Dios quiera.

La joven inglesa es conocida de Cesarina: esto me ha causado mucha alegría. Sin ser una belleza, muchas veces más perjudicial que útil a quien la atesora, es agradable y graciosa, tiene una figura admirable, y una cabellera como hay pocas; de educación esmerada, mucho talento e ingenio superior; pertenece a una familia notable de Inglaterra muy bien relacionada y emparentada; sin ser rica, su madre, que es viuda, tiene una posición desahogada; la joven es hija única; su padre fue coronel de las milicias inglesas durante las amenazas de la invasión bonapartista.

Habiendo recibido muy bien a los emigrados franceses en su casa de Londres, acogió muy particularmente a una gran dama emigrada de Saboya, conocida por la señora marquesa de la Pierre, a quien tuve el honor de conocer en casa del gobernador de Saboya con motivo del casamiento de Cesarina. Es una persona que ha debido ser de una belleza extraordinaria.

Esta dama pasó todo el tiempo del destierro de los reyes de Cerdeña en Inglaterra, hasta el 1818; tuvo algunas hijas nacidas y educadas en Londres; estas niñas han vivido después de su infancia, como hermanas, con la joven inglesa, su amiguita. A su vuelta a Saboya, hicieron que la amiga viniese con ellas para prodigarle a su vez la hospitalidad que de ella habían recibido; estaban, como es natural, satisfechas de poderle ofrecer su patria, su castillo, cuantas consideraciones gozaban en su provincia y en los dominios que les habían sido restituidos en parte. Actualmente habitan una magnífica quinta con un gran jardín al extremo de uno de los arrabales, situados a poca distancia de Chambery; esta quinta es el centro de reunión de la sociedad más distinguida e ilustrada de aquella deliciosa población. Allí se dibuja, se pinta, se dan conciertos, se monta a caballo; es una especie de cantón inglés transplantado a Saboya. Cesarina va allí muchas veces, y su cuñado, Luis de Vignet, el amigo de Alfonso, está casi siempre; hace versos y se los lee a las señoritas de la reunión; les ha leído también algunos, escritos por Alfonso, que han sido celebrados por la concurrencia: cuando se le interroga sobre su amigo, hace de él un elogio exagerado, le compara a cierto joven poeta inglés, cuyo nombre no recuerdo en este momento: únicamente sé que ha escrito poemas fantásticos que hoy gustan mucho, y les ha prometido presentar a su amigo cuando pasara por Chambery de regreso de Suiza: Alfonso se encontraba entonces en aquel país solo, y habitaba en la cabaña de un pescador a la orilla de un lago.

He aquí cómo ocurrió el caso, que viene a ser por cierto algo novelesco.

La fama adquirida por Alfonso, gracias a las exageraciones de su amigo, hizo que hubiera de presentarse en Bissy, quinta de recreo del coronel de Maistre en Chambery.

Tenían todos grandes deseos de conocer al hermano de Cesarina, y creían que su aspecto había de ser elegante, como sus composiciones poéticas, y simpático como su hermana. No pudo ocultar la joven inglesa su pasión por las poesías del joven francés, y su madre, que hace siempre lo que su hija quiere, sonrió sin disgusto a esta inclinación. Alfonso ha sido por unas semanas el favorito de la casa; y aprovechando esta circunstancia, hizo hablar a Cesarina con madame de la Pierre, para que esta señora lo hiciera a su vez con la madre de la joven inglesa. Pero la gran dificultad que me tiene intranquila ha de venir de nuestra parte, sobre todo de mis cuñadas de aquí; porque la joven de que se trata es protestante. Sin embargo, Cesarina (que tiene también muchas ganas de casar a su hermano), me asegura que la amiga de las señoritas de la Pierre, se ha aficionado a la religión católica, diciendo que ya hubiera abjurado del protestantismo, si no hubiese temido disgustar a su madre. Si ella ha prometido sinceramente a Cesarina entrar en nuestra religión, y educar sus hijos en nuestra fe, creo que habrán terminado con esto los obstáculos.

¡Qué de disgustos me cuesta el ir venciendo las dificultades que se oponen al bienestar de la familia y sobre todo la tranquilidad de mis hijos!

¿Y qué puede haber más antipático a los ojos de los tíos y tías de Alfonso, tan severamente razonadores, que este casamiento tan novelesco con una extranjera? Apenas me atrevo a hablar a mi marido y a sus hermanos, y de no ser así, no puede llevarse adelante el matrimonio. Toda la fortuna de la familia está en sus manos; Alfonso no tiene más que la corta pensión que le asignó su padre, y unos cincuenta mil francos sobre la propiedad de Saint-Point, cuando faltemos nosotros. Todas las heredades de mi padre político son de mis cuñados y cuñadas; si ellos no lo aseguran en el contrato, ¿cómo presentar así un joven sin carrera y sin fortuna a una familia más rica que nosotros? El amor lo compensa e iguala todo para los jóvenes, pero ellos no son los que cierran los contratos.

Estoy tan preocupada que no puedo conciliar el sueño.

CVIII

9 de noviembre de 1819.

Todo ha terminado. Alfonso está de vuelta. La madre de la joven inglesa se ha llevado su hija a Turín para alejarla de él, pero tengo la seguridad de que ellos se escriben de cuando en cuando. Estoy muy triste. Mi marido, disgustado por nuestra pena, por la pérdida de las cosechas, y por las deudas de su hijo que es preciso pagar antes de que se case, para que la familia a quien se una no resulte engañada; mi marido, digo, desea vender la casa de Mâcón y retirarse al campo; quiere vivir completamente aislado de las gentes. Si lo hace así, ¿cómo voy a colocar las dos hijas solteras que me quedan? ¿Quién vendrá por ellas al fondo de una pobre aldea? Semejante conversación con mi esposo y el temor de que venda la casa, me ha hecho derramar muchas lágrimas esta noche. Mis dos hijas pequeñas me han visto llorar, y en seguida han corrido ambas a encerrarse sin ruido en el gabinete de las Musas, junto a mi alcoba (en este gabinete están esculpidas en la madera de los arrimaderos, las nueve Musas). Al entrar yo en el referido gabinete, he sorprendido a las dos arrodilladas, rogando y llorando ante Dios para que me consuele. ¡Qué dichosa me he considerado al ver la ternura y la sensibilidad de mis piadosas hijas! Pero ¡ay! ello no hace sino disgustarme más al ver que no puedo ocuparme como debo del porvenir a que son acreedoras, por las virtudes que atesora su corazón.

CIX

25 de diciembre de 1819.

Esta mañana ha marchado Alfonso: he notado que estaba muy triste. El señor barón de Mounier, que le aprecia mucho, le ha escrito que vaya inmediatamente a París, porque tiene alguna esperanza de hacerle entrar.

CX

6 de enero 1820

Nada de nuevo, si no es que me ha escrito diciéndome que Alfonso ha sido bien recibido con mucha distinción entre personas de la mayor concurrencia, donde su personalidad y sus talentos produce, según la expresión de Mme. Vaux, mi hermana, un tipo de entusiasmo. Ella me cita los nombres de una multitud de personas entre las cuales he conocido sus madres en mi juventud: la princesa de Talmont, la princesa de la Tréouille, Mme. Raignecourt, la amiga de Mme. Elisabeth, Mme. de Saint-Aulaire, la duquesa de Broglie, hija de Mme. de Staël, Mme. de Montcalm, hermana del duque de Richelieu, Mme. Dolomieu a que conocí en la casa de la duquesa d'Orléans; y muchos hombres eminentes que se apresuraron a ofrecerle su amistad, a él antes tan oscuro; el joven duque de Rohan, el virtuoso M. de Montmorency, M. de Molé, M. Lainé, de quien se dice ser un gran orador, M. Villemain, discípulo de M. de Fontanes, que conoció en casa de M. Decazes, el favorito del rey, y otros más que no recuerdo. Puede decirse que es ya conocido de todo el mundo; empieza a sentirse una especie de rumor sordo precursor de la gloria. ¡Qué satisfacción para una madre ver a su hijo en el pináculo de la fama!... Estoy satisfecha de la inesperada acogida de que ha sido objeto mi hijo, pero pido a Dios antes que la gloria y los honores, que sea un hombre digno, y buen cristiano, como lo es su padre. Todo lo demás, ya lo he dicho otras veces, no es más que vanidad.

CXI

Hay aquí una interrupción: el manuscrito no continúa. Aquella pobre madre ha hecho un viaje a París. He aquí la causa. Habíanla escrito de allá, que su hijo estaba enfermo de una afección al pecho; púsose en camino la noche del 12 de febrero en compañía de su hija Susana, joven de dieciséis años, más parecida por su belleza a un ángel que a una criatura humana. En sus notas de viaje se observa ligeramente que en Chalón-sur-Saona tuvo el disgusto de encontrarse con una mascarada grotesca, en la cual todos los objetos de su devoción, esto es, la piedad, la religión, la monarquía y el pudor, estaban groseramente ridiculizados; su alma se contrajo dolorosamente bajo este que le pareció funesto augurio, presintiendo alguna catástrofe; al pasar por Auxerre, una voz salida del fondo de un coche público, gritaba con voz de trueno: «El duque de Berry ha sido asesinado». Aquella buena madre llegó a París tristemente emocionada, pero sin ver cumplidos los fatales augurios. Su hijo había entrado en el primer período de convalecencia y había sido asistido cuidadosamente por sus amigos, los cuales se hallaban a su lado en la pequeña bohardilla que le servía de habitación. Su alegría fue inmensa y pronto olvidó las malas impresiones recibidas durante el viaje, al saber que las primeras poesías de su hijo debían aparecer luego impresas en un pequeño volumen. Esas poesías le habían conquistado en poquísimo tiempo las simpatías generales y un buen nombre. M. de Talleyrand mismo, este juez desdeñoso e infalible, acababa de dar la señal de admiración. La dichosa madre recibió una carta al día siguiente de la publicación del tomo de su hijo. El diplomático decía a la princesa*** que le había proporcionado el volumen: He pasado la mayor parte de la noche leyendo. Mi insomnio es una sentencia. No soy profeta, no puedo deciros cuál será el efecto que produzca en el público, pero el público mío, que lo componen mis impresiones, y que se oculta bajo mis blancos cabellos, oigo que dice: «Aquí hay un genio». Ya tendremos ocasión de hablar más despacio.

No es esto todo; los amigos de su hijo, confirmándose en la benevolencia del aplauso público, hombres y mujeres, aprovecharon este momento de calor para abrumar a solicitudes al ministro de Negocios Extranjeros. M. Pasquier, literato también al mismo tiempo, nombró inmediatamente al joven poeta secretario de la embajada de Nápoles. M. Simeón, ministro del Interior e Instrucción pública, le remitió de parte del rey Luis XVIII una colección de los clásicos latinos de _Lemaire_ con el lisonjero testimonio de la satisfacción de S. M., quien le concedía espontáneamente una pensión literaria, con cargo al presupuesto del fomento de la literatura; cuya pensión venía destinada a suplir en parte el pequeño sueldo que disfrutaba en la diplomacia.

La vida, la fortuna, la ambición, la gloria, y, sobre todo, el favor general, estallaron al mismo tiempo sobre aquella existencia por tanto tiempo retraída y desesperanzada. El corazón de la madre se inundó de alegría. La celebridad de su hijo, la admiración que causó en París la extraordinaria belleza de Susana, su hija idolatrada: las presentes alegrías, las halagüeñas esperanzas del porvenir y sobre todo la esperanza de que su hijo podía más adelante enlazarse con la joven inglesa, de tal manera excitaron la mano temblorosa de la madre, que durante tres meses, se observa en las páginas del _diario_ un embriagador entusiasmo.

Estas páginas son demasiado íntimas; permita el lector que sobre ellas guarde secreto. Existe una, sin embargo, que debo hacerla pública por la extraña coincidencia profética de sus leyes, y de los sentimientos entre el destino de la madre y el del hijo.

La noche del día de Pascua de 1820, escribe ella, se sintió «como ahogada por su propia dicha y por la de sus hijos», y tuvo necesidad de ir, a la caída de la tarde, a reponer su corazón demasiado lleno de gracia y de lágrimas, a la iglesia de San Roque, donde ella iba a orar frecuentemente en los primeros años de su juventud. Entra en el templo acompañada de su hija Susana, y se arrodilla al lado de uno de los pilares de la iglesia para dar gracias a Dios por los inmensos favores que acaba de recibir. Aquellas oraciones, o mejor dicho, aquel himno que dejó escrito, surge de su _diario_ envuelto en las últimas lágrimas de júbilo y de piedad que derramó sin duda en medio de aquel éxtasis de concentración ante Dios. ¡Todos los hijos deberían poder leer líneas parecidas, para que, observándolas, como depende de ellos, casi siempre, no amargar con desdichas, y sí llenar de felicidades, los corazones de sus madres!

CXII

De nuevo vuelve mi madre a abrir su _diario_, interrumpido por algunas semanas, transcurridas entre viajes y ocurrencias de géneros diversos.

* * * * *

Mâcón, 3 de julio de 1820.

Desde el día 31 de mayo han sido tales mis ocupaciones, que no me ha sido posible consignar en este _diario_, un hecho altamente interesante y que es de los más importantes de mi vida.

El casamiento de mi hijo Alfonso ha tenido lugar el 6 de junio en la iglesia propiedad del gobernador de Chambery. Mi hija política pasó en el retiro más completo los días que precedieron al de la boda. La ceremonia tuvo lugar a las ocho de la mañana, habiendo asistido a ella el gobernador y su esposa, el ayudante de campo del gobernador, la marquesa de la Pierre y sus cuatro hijas, el señor conde de Maistre, M. de Vignet y la señorita Olimpia, su hermana, y monseñor el obispo de Annecy; celebró la misa y consagró el matrimonio el abate de Etioles. Mi nueva hija vestía con toda la seriedad y elegancia imaginables; llevaba un magnífico vestido de muselina bordada, y un riquísimo velo de encaje que la cubría casi por completo; imposible imaginar otra presencia tan llena de dignidad, de gracia y de modestia. ¡Qué modales tan elegantes y tan llenos de naturalidad!... Yo estaba afectadísima y no me es posible referir todo lo que pasó por mí al ver llegado para mi hijo el momento más solemne e importante de su existencia; he rogado a Dios con mucho ardor, pero debo reprocharme, como me reprocho todavía, el no haber rogado lo bastante; ¿cómo puede una madre dar gracias suficientes por las alegrías de su corazón, cuando llega a tocar para su hijo el colmo de cuanto podía desear? La misión de las madres sobre la tierra, termina con el día en que ven asegurada la dicha de aquellos que son sangre de su sangre.

Espero rezar al pie de estos mismos altares, por iguales ceremonias, alguna vez más, porque hoy me han hablado de un buen partido para mi hermosa Susana; ¡dichoso, dichoso aquél a quien Dios tenga destinada la posesión de semejante ángel!

Alfonso, su esposa y su madre política, han partido para Italia después de la ceremonia, yendo a ocupar en Nápoles su puesto junto al duque de Narbona.

Me he llevado conmigo a mi pobre Cesarina hasta. Mâcón, a fin de consultar por su salud con los médicos de Lyón; se encuentra algo enferma: Dios parece que quiere mandarme algunas penas proporcionadas a mi felicidad. He encontrado igualmente a mi buena amiga, Mme. Paradis, mi segunda hermana en todo conceptos, muy enferma también. ¡Ah! he estado junto a ella más de quince días, cuidándola día y noche; la pobre no tenía tranquilidad, aparente a lo menos, sino al verme a su lado: ¡ha muerto en mis brazos! ¡Qué amiga tan santa he perdido en ella! Yo tuve la fortuna de inspirarle una fe y una resignación que ella no sentía como yo, al nacer la amistad que nos ha unido; pero ha muerto en la esperanza y, creo poder asegurarlo, en gracia de Dios. ¡Qué vacío ha dejado junto a mí semejante pérdida! Vivía en Mâcón, frente a mi casa, y al ver la menor señal de turbación o de dolor en mi semblante, corría a mi lado a consolarme y compartir conmigo las penas. Al morir quería legarme toda su fortuna, pero yo no lo he consentido: únicamente, y como recuerdo de amistad, he consentido en admitir algo de lo que constituía su fortuna, que no era escasa. Consiste este recuerdo en una pequeña propiedad que poseía en Saint-Clement, al lado de la puerta de Mâcón, hoy en mi dominio.

Sin esta incomparable amiga, que buscaba mis tristezas y mis necesidades cuando yo las sufría por mis hijos, en el fondo de mi corazón; que se olvidaba de sí propia para venir en mi socorro y que hacía frecuentemente más de lo que podía, no sé muchas veces lo que hubiera sido de mí.

¡Ah! ¡que nuestro afecto dure y se eternice allá en el cielo como yo deseo! No dejaré pasar ni una noche ni una mañana sin rogar por ella, y cuando vea delante de mis ventanas, a la otra parte de la calle, aquella ventana cerrada para siempre, o encuadrando otras caras, ¡cómo se partirá mi corazón de tristeza y de pesar, sino la entreveo a ella... allá en el cielo!...