El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra
Part 9
Terciado había en la conversación Cervantes, y puesto en cuidado a sus dos enamoradas, porque decir le oyeron que él sentía mucho que su compañía de infantería no era de las que habían de embarcarse para ir contra el Turco, sino que se embarcaría para Nápoles; y temían que, según encarecía su deseo de hallarse en aquella grande empresa, al fin no se pasase a una de las compañías que muy presto habían de embarcarse en las galeras que debían zarpar para Mesina.
La comida, de suyo triste, más triste se hizo para ellas con la noticia de que, si no contra el Turco, para Nápoles había de embarcarse Cervantes; y levantados que fueron de la mesa, fuéronse todos a dormir la siesta, que así era uso, aunque nuestro Cervantes y nuestras dos enamoradas no pudiesen conciliar el sueño, combatidos como estaban por sus graves, celosos y tristes pensamientos.
Pero cuando sonaron las Ave-Marías de las tres, levantáronse todos, aliñáronse, y habiendo avisado doña Guiomar que los esperaba en un sombroso cenador del jardín, allá se fueron, y a doña Guiomar encontraron sentada en unos cogines, bajo la sombra de las tupidas enredaderas, de las zarzas rosas y de los jazmines que el cenador cerraban, dejándole en aquella hora, que era la del gran calor, en una media luz y con tal frescura, que allí no se conocía que fuese verano y en el punto más caloroso.
Servida había en una mesa una limonada para el refresco, y tomádole que hubieron, Cervantes y Margarita pusiéronse el uno a un lado y el otro al otro de doña Guiomar, que con voz ya un tanto caneada y lánguida, continuó su relación de esta manera.
XIII
En que se ve que doña Guiomar hubiera hecho muy bien en no contar tan presto su historia a Cervantes y en no amparar a Margarita.
--Decía yo,--dijo doña Guiomar--cuando la hora del comer llegando, suspendió mi historia, que el capitán don Baltasar de Peralta, apareciendo como si le hubiera abortado la tierra, en el punto en que murió mi buen esposo, requiriome de amores, y con tal empeño, y una al parecer tan grande seguridad de la victoria, que yo hube de arrojarle de mi casa con la prohibición de no volver a ella; y aquí empieza la tragedia del alférez Gaspar de Valcárcel, que desesperado y codicioso don Baltasar de mostrarme cuánto me amaba y cuánto por mi honra miraba, aunque él hubiese sido quien, a socapa y permaneciendo oculto en Méjico, hubiese ayudado con dinero y malos consejos a Valcárcel, que no lo necesitaba mucho, para que contra mí la viperina lengua soltase, ya trocadas las cosas por la inopinada muerte de mi marido, y pensando en hacerme su mujer, por aquello de que quien porfía consigue, y de que no hay fortaleza que no se rinda si bien se la asedia, y doliéndole que de la qué, según él creía, había de ser su mujer se dijesen cosas bajas, deshonestas y vergonzosas, por todo esto, un día que encontró a Gaspar de Valcárcel entre otros caballeros extremando contra mí sus calumnias, díjole:
--Cosa seria es, y con la cual los que se precian de hidalgos no se atreven, publicar las debilidades o las liviandades de una señora, puesto que sean ciertas; que hay cosas tales y tan infames, que aun los labios por donde se manifiestan queman; y señal de buen estómago, aparejado para todo, da el que de cosas corrompidas hace pasto, y luego le arroja por la boca en inmundicia, apestando a todo el que a su lado tiene, para lo cual se necesita ser mal nacido y villano; pero cuando no se vomitan podredumbres ajenas, sino de la propia alma de quien las arroja, quiero decir, cuando aquello con que se escandaliza al mundo es ficción traidora, villanía intencionada, puñalada dada a traición, ponzoña administrada a trasmano, como es todo lo que vos decís, alférez, de esa señora, (para hablar, de la qué debíais bañaros la boca con agua rosada, y quitaros el sombrero y arrojar de vuestra boca perlas, que no difamaciones), no es ser ya villano y mal nacido, sino infame y traidor y asesino cobarde, que por la espalda en el corazón hiere a quien debiera honrar y reverenciar; y adviértoos que a lo que digo no admito réplica; y que si no os rompo a bofetones la malvada boca que tales nunca oídas vilezas pronuncia, es por no contaminarme la mano con el veneno asqueroso que de vuestra boca mana.--A lo cual no contestó el alférez, sino que dijo a uno de sus amigos dijese a don Baltasar que tales cosas no podían decírsele a él, no ya públicamente, sino que ni aun en secreto, sin que él cortase, quemase la lengua y arrancase el corazón al que a tanto se había atrevido. Y con esto, aquella noche el alférez, con un su amigo, y don Baltasar con otro, a un lugar apartado se fueron, y allí don Baltasar, con más fortuna, o más valor, o más destreza que Valcárcel, matole, dándole a los primeros embites de la pelea una estocada tal, que el corazón partiole; y el mísero a quien su mala lengua, o más bien la desgracia de encontrarse en el mismo empeño que don Baltasar, había matado, no pudo ni aun decir ¡Dios me valga!
Contomelo al otro día uno que de todo había sido testigo, o por servirme, o tal vez por servir a don Baltasar, que quiso que yo supiese cuánto por mí había hecho, y en qué trance por mi honra se había puesto. Ya sabéis, pues, doña Margarita, a qué mal fin llegó, por sus malos pasos, aquel vuestro amante, y desde ahora, si queréis, podéis continuar vuestra historia, que yo no interrumpí sino para deciros lo que del alférez Valcárcel había sido.
--Ignoraba yo,--dijo Margarita,--que tal fuese el hombre con quien mis padres mi casamiento trataron, y al que no sé si amé; porque ahora conozco que el amor es muy distinto de lo que yo había creído. Y como al decir estas palabras, por más que quisiese disimularlo, se la fuesen los dulces ojos a Margarita hacia Cervantes, mucho tuvo que hacer doña Guiomar para no dar indicios de la enemistad y aun del odio que en aquel mismo punto nació en ella contra Margarita.
Disimuló, no obstante, y dijo:
--Pues que del relato de vuestra historia estamos pendientes, seguidla, que ya veis con cuánta atención y buen deseo os escuchamos.
--No ha de ser sin que vos acabéis vuestro relato,--señora,--dijo Margarita, que lo que del mío queda, aunque sea bien doloroso, es harto breve.
--Pues no falta gran cosa a mi historia,--dijo doña Guiomar,--y sigo en ella por complaceros y porque se acabe la porfía. Y habéis de saber que matando don Baltasar a aquel villano difamador de mi honra, no me favoreció por esto, sino que a peor punto llevó mi fama; que todos dijeron, no que yo era una dama honesta, sino que don Baltasar había cegado de amores por mí, propuéstose había casarse conmigo, y pretendido atajar una maledicencia, que cuando él fuese mi esposo había de alcanzarle; y si antes era el difunto Valcárcel el solo que contra mí vomitaba maledicencias, una vez él muerto, avivado el incendio de la calumnia por el móvil de la envidia, dieron en decir de mí tales cosas a propósito de las músicas y de las rondaduras con que don Baltasar me afligía, que ya abandonada en Méjico de todos, que de mí huían como si hubiese estado apestada, me propuse escapar de aquel no merecido infierno en que me encontraba; y vendidos los cuantiosos bienes de mi marido, que montaron a muchos cuentos de escudos, amen del oro y plata labrada que en nuestra casa había, embarqueme para España y llegue a Sevilla, donde en manos de genoveses puse mi dinero a ganancia, y en la casa de la Contratación las barras de oro y plata que de las Indias truje, y al mesón de la Cabeza del Rey don Pedro acogime, en tanto que casa hallaba en donde morar con la decencia que a mi linaje y a la memoria de mi marido correspondía; y no siempre en el mesón de la Cabeza del Rey don Pedro he estado, que largas temporadas he pasado en una granja que de mis padres era; y así se han pasado bien dos años, y hubiérame quedado en la granja con mi viudez y mi desgano del mundo, lejos del ruido de la populosa Sevilla, a no ser porgue, descubierto mi retiro por el eterno enemigo de mi familia y mío, de tales asechanzas me vi rodeada, que de vivir en despoblado tuve miedo; que aunque mis criados eran muchos y valientes, y fieles, capaz hubiera sido don Baltasar de juntar un ejército de salteadores, y combatir la granja y robarme, cosa que en Sevilla no es fácil, donde hay tanta gente de guerra y de justicia, y toda al servicio del rey, para seguridad de sus buenos vasallos. Víneme, pues, otra vez al mesón de la Cabeza del Rey don Pedro, y sin dejarlo de la mano, casa mandé buscar, y hallaron esta, y visítela y agradome y comprela, y reparada y alhajada que fue, a ella víneme, harto ajena de creer que duende en la casa había, y que por ello la Inquisición había de visitarme, y aparecérseme duende que me perturbara y me pusiera en ocasión en que yo hasta ahora no me he visto, ni pensado verme; y si no fuera por esta bendita medalla que me dejó el familiar que a verme vino, ni aun a pensar me atrevo en lo que de mí hubiera podido ser.
Y como al acabar su relato doña Guiomar sacara del hermosísimo seno la medalla que la noche anterior la había dado el señor Ginés de Sepúlveda, sintió Cervantes un no sé qué de desabrimiento y de celosa rabia, que hubo menester un gran esfuerzo para que de ello al semblante no le salieran los indicios; que antojósele (antojo ocioso y aun calumnioso de enamorado) que doña Guiomar no era una tal y tan honesta dama, ya que no inmaculada doncella, como él había creído, sino que se agradaba de parecer tan rara en lo tocante a la condición en que se hallaba, como era rara en hermosura; y que tal vez todo aquello que de ella se había dicho en Méjico, y que había costado la vida al alférez Gaspar de Valcárcel, y que ella no había tenido empacho en referir, no era sino muy cierto; y que tal vez en él no buscaba marido amante, sino marido pobre y sufrido, que a trueque de sus grandes riquezas y aun de los abandonos de su hermosura, todo se lo sufriese y callase, y su reparo y el nombre de sus hijos ante el mundo fuese.
Y esto lo pensaba Miguel de Cervantes, aunque tenía el alma noble, porque no hay recelos que de una mujer se tengan sin pruebas, que villanos no den; y en este pecado dan los que bien aman, por buenos que sean, y por la misma fuerza de su amor, que a los tristes y desesperados recelos los lleva.
Inocente había sido en contar con tal lisura su historia doña Guiomar, y claras muestras había dado de no conocer el mundo; que el calumniado que de la calumnia de que es víctima habla, es uno más que a la calumnia que le sacrifica ayuda. Y esperárase a lo menos doña Guiomar a que, por ser mujer de Cervantes, este dudar no pudiera de la hasta entonces entera castidad suya, y mejor hiciera, y sobre seguro y sin peligro pudiera contarle lo qué, no habiendo llegado a aquellos términos, era ocasionado a los recelos, que como no podía menos de ser, a nuestro Miguel, que era hombre de una grande experiencia, acometieron.
Imprudente había sido doña Guiomar confiando en su inocencia, y más aún en el amor de su soldado; y si hubiera su corazón visto cuando ella sacó de su seno la medalla del señor Ginés de Sepúlveda, arrepentídose hubiera de su imprudencia; que Cervantes creyó, que si el familiar no la había preso, a causa había sido de algún inapreciable favor con que la rectitud del enviado de la Inquisición doña Guiomar había torcido; y no tuvo la medalla que de su hermosísimo seno doña Guiomar había sacado, sino como recuerdo y prenda de amor por el familiar a ella dejados. Y no había sido otra la intención de doña Guiomar que la de espantar a Margarita, a la que una vez recibida no se atrevía a echar a la calle, para que ella de su _motu proprio_ se fuese, atemorizada al saber que la casa tenía duende, y que para defenderse del mal era necesaria una medalla de la Santa Inquisición, que ella no tenía. Celosa andaba doña Guiomar, porque poco recatado Cervantes, atraído por aquellos dos opuestos polos entre los cuales se encontraba, y aunque más cerca de doña Guiomar, no muy distante de Margarita, había mirado más de una vez a esta con encendido ahínco, y hartas señales había dado Margarita, aunque sin pensarlo, del amor que por Cervantes se había encendido en su pecho; todo lo cual había nublado y ennegrecido los inquietos espíritus de doña Guiomar, y por esto, como se ha dicho, de duendes había hablado y había sacado la medalla, para que de ella, y por su propia voluntad, se apartase aquella su negra enemiga. Y estando en esto, entró en el cenador Florela, ya repuesta en su natural y propio traje de doncella, y arrimose a doña Guiomar y quiso hablarla en secreto, pero ella le dijo:
--Dime alto lo que tuvieres que decirme, que no hay necesidad de que estos, mis buenos amigos, crean que yo tengo algo oculto, y a más que es descortesía.
--Pues, señora,--dijo Florela,--ahí está, y por vos pide, aquel señor familiar que anoche vino, y dice que de graves asuntos tiene necesidad de hablaros.
--Pues que allá voy dile,--respondió doña Guiomar.
Y como Florela se fuese, continuó:
--Cosa es la Inquisición a que no puede cerrarse la puerta ni obligar a espera. Y así vosotros, amigos míos, me perdonaréis si os dejo para ir a ver lo que la Inquisición de mí quiere.
Y doña Guiomar, levantándose con no pequeñas muestras de sobresalto, del cenador saliose llena de celosos cuidados, porque a solas dejaba con Miguel a Margarita; y más cuidosa hubiérase sentido doña Guiomar si en el alma de Cervantes pudiera haber leído; que éste creyó que doña Guiomar se encontraba en la mezquina y dura ocasión de una dama de poco más o menos, que estando al lado de un su enamorado, la visita de otro enamorado con quien tiene grandes respetos, y dejar de asistir a la cual no puede, la anuncian.
XIV
De como hubiera hecho muy bien doña Guiomar en no acudir a la visita que le hizo el señor Ginés de Sepúlveda.
Como Margarita, libre de testigos, a solas con Cervantes se encontrase en aquel cenador sombrío, donde la belleza, el silencio y la frescura al amor convidaban, sin reparar en que los que están rodeados de tupido ramaje no pueden tener la seguridad de no ser acechados, como lo eran ellos, y de cerca, porque la celosa doña Guiomar había diputado a su fiel Florela para que observase, los ojos alzó ella sin miedo y los fijó en Cervantes de una manera tan clara, que él se sintió amado hasta las entrañas, y dolorido por doña Guiomar y contra ella irritado, sus ojos fijó en Margarita con no menos vehemencia y fuego que ella en él fijaba los suyos; y fuésele a ella un suspiro, y él con otro suspiro contestó, y así permanecieron algún tiempo, indecisos, sin hablarse, y mirándose tiernamente, y requebrándose con los ojos, que el diablo andaba por allí suelto y tejía ya una maraña que sin desdichas no habría de desenredarse, y cuando fuese peor el remedio que la enfermedad.
--En verdad, en verdad, señora mía,--dijo Cervantes,--que ni yo sé lo que me pasa, ni dónde estoy, ni a qué atiendo, ni qué deseo, ni de qué hilo he de valerme para salir del laberinto en que perdido me hallo.
Oíalo todo Florela, que a poca distancia estaba, entre el follaje de un bello jazmín escondida, y oyó asimismo que Margarita dijo, con la voz apenada y débil, y tan apasionada, aunque quería ocultarlo, como si su voz hubiera salido de en medio de sus doloridas entrañas:
--¡Ay, señor mío, que yo también estoy espantada de mí misma, porque no debiendo tener ni corazón ni alma más que para la desgracia, que nunca lloraré bastantemente, del fallecimiento de la desventurada madre mía, en cosas pienso que tan lejos están de mi madre como de mi ventura! Y en cuanto a lo que decís del hilo que necesitáis para salir del laberinto en que os encontráis perdido, dígoos que bien podéis valeros del hilo de oro que tenéis en las manos, y él os sacará a buen puerto.
--¿Pero no sabéis, hermosa señora mía,--contestó Cervantes,--que el hilo de oro, cuanto más rico es, por no tener mezcla de ningún otro metal, es más quebradizo? Oro no me deis a mí para que de guía me sirva, que nunca ha sido el oro el imán de la aguja de mis deseos; que si lo fuera, no hubiera yo dado en poeta, que es lo mismo que hacer voto de pobreza perpetua e incurable, y de perpetuo afán e irremediable locura.
--De poetas es,--dijo Margarita,--volverse a lo que más brilla y adorar el sol que deslumbra.
--Pero a veces, señora, cuando más luce el poeta, es cuando la fragancia aspira del humilde lirio que entre la yerba se esconde, y con plácida voz y acordada armonía le canta.
Coloráronse súbitamente las mejillas de Margarita, y un súbito temblor acometió a Cervantes, que en los ojos de Margarita vio algo que, yendo más allá de lo humano, divino parecía, y que le atraía con una no conocida fuerza, y de tal manera, que el uno dio en los brazos del otro, y sus labios se unieron, y ella, desfallecida sobre el hombro de Cervantes, reclinó su hermosa cabeza, y suspirando le dijo:
--Mi esposo sois, que ya de ello con vuestros labios y con vuestro abrazo me habéis dado testimonio; y ved lo que hacéis, señor mío, de mi alma, que aquí de celos fallezco y de espanto me muero; que de vos doña Guiomar está enamorada, y duendes hay en esta casa, y yo no tengo como ella medalla de la Inquisición que de los duendes me defienda.
Selló una y otra vez Cervantes los labios de Margarita, libando la ambrosia de su aliento, y reparándose al cabo y pensando en que de aquel su olvido y arrebato podía haber ocultado cuidadosos testigos la espesura, de sus brazos dulcemente separó a Margarita, y la dijo:
--Vuestro esposo soy; de ello no podéis tener duda, si no es que en duda ponéis mi hidalguía y mis cristianos pensamientos; y puesto que esto no tiene ya remedio, ni yo deseo que lo tenga, ni arrepentido estoy de haber llegado al punto a que me ha convidado mi por vos próspera fortuna, disimulemos, que a vuestra honra y a la mía el disimulo conviene; que no hay para qué de vos se hable ni de mí se diga que no he tenido valor para contener los impulsos de este violento corazón mío, que tan presto, de tal manera y para siempre, habéis hecho vuestro.
--¡Dios sea bendito!--exclamó Margarita, levantando los hermosos ojos, llenos de lágrimas, al cielo,--que en el amargo y negro día en que para mí juzgaba ya cerradas todas las puertas de la esperanza, la felicidad encuentro, no embargante el dolor que siento porque mi desdichada madre no vive, y es testigo y partícipe de mi ventura.
--Cesemos en esto, señora de mi alma,--dijo Cervantes,--y procuremos recobrar la serenidad del rostro, no sea que doña Guiomar vuelva y sospeche, y celosa os injurie, y en trance me ponga de hacer lo que no quisiera ni cumpliría a mi honra; y habladme de los sucesos de vuestra vida que relatar os falta, y más que esposos enamorados, parezcamos buenos amigos hasta que de esta casa salgamos, y habiendo pasado por la iglesia, a la pobre mía os lleve.
Y como aconteciese que Cervantes fuese volviendo en sí de aquel trastorno de sus sentidos, de lo a que él, si no hubiese estado celoso y perturbado, no hubiera llegado, espantose; porque conoció claro que no por haber empeñado él su honra, tomando la de ella, había menguado en un ápice su adoración por doña Guiomar, sino que antes bien, con la nueva dificultad había acrecido; y aquejábale hasta criar dentro de su pecho una rabiosa tormenta, el ver que la visita del familiar con la hermosa viuda continuaba, y que ella no volvía; y mientras esto ponía a Cervantes en una borrasca de confusiones, Florela atisbaba, demudada y pálida, porque a su señora amaba, oculta entre los jazmines, y proponíase todo relatarlo como ella lo había visto y oído a doña Guiomar, para que no fuese más tiempo burlada y engañada, y por la burla y el engaño se vengase.
XV
De como Cervantes oyó el fin de la historia de Margarita entre las cabilaciones que le causaba el no saber adónde le llevaría la historia de sus amores.
Receloso estaba Cervantes, sospechando lo que acontecía, esto es, que testigos había habido de su repentino e inevitable delirio; y no sospechando nada de esto por su inocencia Margarita, y dominando cuanto pudo las huellas que en su semblante quedaban del frenesí de amor que por ella había pasado, con voz dulce y enamorada dijo:
--Pues lo que contar de mis desdichas queda es tan breve, señor de mi alma, que muy presto habré terminado; mucho antes quizá de que doña Guiomar venga; que Dios sabe cuán largos pueden ser los asuntos por los que la Inquisición la busca.
Con estas palabras avivado había Margarita el fuego de la celosa rabia de Cervantes, que se arrepentía más y más de su pasada, pero irreparable debilidad y ligereza.
Mantúvose, sin embargo, sereno, y Margarita continuó: