El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra
Part 14
--Señores, ¿qué se diría de Miguel de Cervantes? En todas las ocasiones que hasta hoy en día se han ofrecido de guerra a su majestad, y se ha mandado, he servido muy bien como buen soldado; y así, ahora no haré menos, aunque esté enfermo y con calentura; más vale pelear en servicio de Dios y de su majestad, y morir por ellos, que no bajarme so cubierta; así pues, pónganme en el lugar más peligroso, y en ello me haréis merced.
Y como se sintiesen maravillados todos de su valor y entereza, diéronle doce soldados que mandase, y con ellos combatiese en el lugar del esquife, que era el de mayor peligro.
El disparo de un cañonazo de cada una de las dos capitanas, fue la señal del rompimiento del combate, que se trabó bravamente, y de una manera tan recia y con tal estruendo de arcabucería y de artillería, que no parecía sino que una pavorosa tormenta y espantable, de la mar y del viento habíase enseñoreado. Todo era humo, y fuego, y estrago, y cuerpos muertos que a la mar caían, y sangre que en la mar se vertía y la ponía roja; y acá sonaban los clarines y las trompetas y los atambores, y allá sonaban los añafiles, las dulzainas y las atakebiras; que no podían causar menos fragoroso estruendo en su combate con el turco más de trescientas naves grandes y pequeñas que la mar cubrían en un tan grande espacio como no se había visto desde los tiempos del imperio de Roma; y de estas naos, ciento sesenta y cuatro, y las mejor aprestadas, eran del rey de España; y del pontífice Pío V eran seis galeras y otras tantas fragatas; y llevaban los venecianos ciento treinta y cuatro naos, pero no tan bien armadas ni proveídas como las de España. Asistían allí también las galeras de Génova y de Malta, y no se cuenta gran número de trasportes que con la armada iban, armada inmensa, gente en grandísimo número a morir resuelta, alentada por la fe y por las indulgencias concedidas a los que en aquella empresa se encontrasen, que eran las mismas que se concedieron por otros pontífices a los conquistadores de los Santos Lugares, y que poco antes había llevado el nuncio de Su Santidad monseñor Ondescalco. Y era el orden de batalla: en la vanguardia, seis galeras venecianas; en el cuerno izquierdo iban sesenta galeras, comandadas por el proveedor Barbarigo; Juan Andrea Doria era el general de las sesenta galeras del cuerno derecho, y sesenta y tres galeras formaban el centro de la batalla, llevando en medio de ella la Real, y en ésta el generalísimo don Juan de Austria. A la derecha de la Real iba la capitana de Roma con su capitán Colonna, y la de Venecia con Veniero, a la izquierda.
Llevaba la Real a popa la nao del comendador de Castilla don Luis de Requesens, y con don Alvaro de Bazan, marqués de Santa Cruz, formaban la retaguardia treinta y cinco galeras.
Mayor en número de naves era la armada infiel.
Comandaba su cuerno derecho Mahomet Ciroko, virey de Alejandría; el dey de Argel, Aluch-Alí, comandaba el izquierdo, y el bajá Alí-Pachá se mostraba en el centro de la batalla con un gran número de naves, y otra formidable escuadra formaba a retaguardia.
En media luna avanzaban la una contra la otra las dos formidables flotas. El viento había calmado; el golfo, más que una mar turbulenta, un terso espejo parecía.
Embistió el primero el cuerno derecho de los turcos, a los que resistieron los venecianos.
Aluch-Alí había embestido a las naves del general Doria, y en este primer encuentro y trabazón de la pelea, la capitana de Malta fue cercada, embestida y entrada por muchas galeras argelinas, que pasaron a cuchillo a todos los caballeros, menos al gran prior y otros dos, que casi despedazados por terribles heridas, tuvieron por muertos.
Con no menor saña se embistieron las galeras de don Juan de Austria y de Alí-Pachá, y ya el combate se extendió por toda la línea, sin haber galera que no combatiese.
Se levantó el viento favorable a los cristianos, y como ya se ha dicho, un infierno terrible, que no otra cosa parecía la pelea, que todos peleaban como si hubieran sido inmortales.
Apretada se veía la Real de don Juan de Austria.
Cargaban sobre ella con sus genízaros los dos bajaes Alí-Pachá y Pertew, y a no acudir en su socorro de la capitana el marqués de Santa Cruz, Dios sólo sabe si aquel día hubiera perecido a manos de infieles el gran don Juan de Austria.
Rayo parecía la espada del marqués de Santa Cruz, que firme en la crujía de su capitana con sus arcabuceros españoles, rechazaba una y otra embestida.
A la Real salvó, y voló con sus galeras a socorrer a Andrea Doria, y socorrido éste, a poco rescataba la capitana de Malta y hacía huir aterrado con sus argelinos, y ponerse fuera de combate, al formidable Aluch-Alí.
Todo era proezas y hazañas, todo estrago y muerte.
Indecisa se mostraba la victoria, y es fama que entre la densa nube de humo, y en el punto más formidable de la batalla, apareció un resplandor de gloria sobre la armada de la Liga, y en medio de él la Santísima Virgen del Rosario, a la que acompañaban legiones de arcángeles, que con sus espadas de fuego descendían y se metían en la pelea; milagro que la fe no repugna, pero que bien pudo ser visión de algún soldado devoto que luego lo contó y creyéronlo; que no señales de muerte por fuego del cielo tenían los turcos que muertos se hallaron en las galeras enemigas apresadas, sino de pelota de arcabuz, o de lombarda, y corte de espada, y golpe de pica, y astillazos y aplastamientos, por las entenas y jarcias que la artillería cortaba; y entre este pavoroso estrago, entre este humo, entre este fuego, y poco antes de que la victoria se declarase por los cristianos, un arcabuzazo alcanzó a Cervantes en la mano izquierda, y deshízosela, y otros dos le atravesaron el pecho, dejando en su persona las honrosas señales por las que, acometido por la malevolencia, dijo muchos años más adelante, cuando le injurió aquel Avellaneda, temerario continuador de _Don Quijote_: «Lo que no he podido dejar de sentir, es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan verlos venideros. Si mis heridas no resplandecen sobre los ojos de quien las mira, son estimadas a lo menos en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más bien parece muerto en la batalla que Ubre en la fuga; y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa, que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra y a desear la justa alabanza.»
Tal fue la alta ocasión, como él mismo dice, en que se quedó manco Miguel de Cervantes, y a esta última ocasión lleváronle sus mal aventurados y trágicos amores con doña Guiomar.
Pero no dejemos por terminar el relato sucinto de la batalla.
Sufrido habían los turcos una pérdida irreparable en el bajá Pertew, que acometido por don Juan de Cardona, y habiendo tomado Pablo Jordán Urbina su galera, hubo de arrojarse al mar y llegar nadando a un esquife, en que escapó.
Aluch-Alí se había puesto también en salvo con todas sus galeras de Argel.
Alí-Pachá, que combatía como un león irritado con trescientos genízaros, cayó al fin por una pelota de arcabuz que en la frente le hirió.
Arrojáronse sobre él los castellanos, y un soldado cortole la cabeza, y en la punta de una pica la puso, como guión sangriento y horrible señal de la victoria.
Ya gran número de navíos infieles ardían y se hundían con pavoroso estrago en las ondas.
Gran parte de la armada infiel había sido apresada, y el resto huía proa al Levante.
--¡Victoria, victoria!--sonaba por todas partes.
Ya no se oía el estruendo formidable de la artillería.
El humo se elevaba lentamente, y se disipaba en los aires.
Doscientos veinticuatro bajeles perdieron los musulmanes.
Quedaron ciento treinta en poder de los vencedores, y el resto lo tragó el mar o lo abrasó el fuego.
Veinticinco mil turcos murieron, y más de cinco mil, cautivos quedaron.
Halláronse en las galeras apresadas ciento diez y siete tiros gruesos de artillería y doscientos cincuenta menores, y se libertaron doce mil cautivos cristianos.
Pero no se obtuvo esta gran victoria sino a gran bosta; que se perdieron quince galeras, ocho mil valientes murieron: de ellos, dos mil españoles, del Papa ochocientos, y el resto de Venecia, Génova y Malta.
El Mediterráneo era libre.
Ya las doncellas cristianaste sus riberas no tenían que temer las excursiones de los piratas, ni verse vendidas en los harenes de los infieles.
Ya se podía reposar en aquellas riberas.
Los genízaros del turco no eran ya invencibles, ni, deshecha su poderosa flota, para Europa podía ser una amenaza el poder del turco.
Con razón se enorgullecía Cervantes de haberse hallado en aquella jornada memorabilísima y de las heridas gloriosas que en ella había recibido.
Volviéronse al fin las naves españolas a Nápoles y Sicilia.
Dejó la galera _Marquesa_ en el hospital de Messina a sus heridos, y entre ellos a Miguel de Cervantes, que sanó al fin, pero quedándole mutilada la mano izquierda, por lo cual, cuando la muerte abrió para él la edad de la gloria, al par que se le llamó el príncipe de los ingenios españoles, llamósele también el MANCO DE LEPANTO.
FIN
POST SCRIPTUM
Paréceme oírte decir, bondadoso lector que hasta aquí hayas llegado: ¿Cómo, señor autor, y así nos deja vuesa merced a media miel, sin decirnos lo que fue de Cervantes, de Margarita y aun de Florela?
A lo cual el autor responde:
--Lector benévolo, si este episodio de la vida de Miguel de Cervantes te hubiere agradado, y a otros muchos, lo que yo veré por la venta de los ejemplares, prométote contarte otros episodios de la vida del mismo héroe, y entonces tal vez salga a luz lo que fue de Margarita, y aun lo que fue de Florela. Entre tanto, VALE.