El maestrante

Chapter 7

Chapter 73,968 wordsPublic domain

No se sabe si por orgullo o porque realmente su temperamento ardiente y borrascoso le solicitase a ello, mostrose desdeñosa con los jóvenes ricos que galantemente la requebraban sin decidirse a pedir su mano, y entregó el corazón a un muchacho humilde, a un escribientillo del gobierno político con cuatro mil reales de sueldo, hijo de un maestro de escuela. La sangre azul de los Sanchiz brincó de cólera en las venas de D. Antonio, de Antoñito, de sus hermanas y hasta en las del banquero, su cuñado, que no la tenía. Hubo de sufrir activa y feroz persecución. Pero como no le faltaban ánimos y estaba dotada además de un espíritu ingenioso y travieso, fértil en toda clase de diabluras, es lo cierto que se burló de ellos largo tiempo, que de nada valieron los ruegos, las amenazas, ni la temporada que la tuvieron recluida en un convento. Si el escribiente no llega a morirse de una tisis que le concluyó en pocos meses, es casi seguro que la muy noble y necesitada casa de los Sanchiz sufriera el baldón de emparentar con el hijo de un maestro de escuela.

Después de esta aventura, Amalia quedó bastante desprestigiada en la población. Pero ella bien sabía que, aunque hubiera mantenido incólume su prestigio, sería lo mismo. Los hombres no se casan por el prestigio, sino por el dinero. No se le ocurrió, pues, sentir remordimientos por lo pasado. Vivió triste y resignada dos años más, mostrándose indiferente a los placeres propios de su edad, sin hacer nada para granjearse la voluntad de los jóvenes y ganar un marido. Cuando ya iba cerca de los veinticuatro abriles, y podía darse por perdida la esperanza de matrimonio, fue cuando a D. Pedro Quiñones, su tío tercero o cuarto, se le ocurrió acordarse de ella. Resistió el casarse con aquel señor, que sólo había visto de niña dos o tres veces, viudo hacía poco tiempo, y cuyas extravagancias conocía por oírselas narrar entre carcajadas a su padre y hermano, ¡los mismos que ahora la apretaban para que le aceptase por marido! No fue muy tenaz, sin embargo, en su resistencia. Estaba tan desengañada, vivía enmedio de un aburrimiento tan plomizo, de una indiferencia tan soñolienta, que así que vio a su padre colérico, después de haberla suplicado con vivas instancias, se dejó arrancar el sí. Decían todos que aquel matrimonio era la salvación de la familia. No se metió a averiguar si era verdad o pura ilusión. Después de casada supo que todo lo que su padre pudo sacar de D. Pedro fue una exigua pensión, con la cual a duras penas podía comer.

El noble vástago de los Quiñones de León se enamoró perdidamente de aquella estatua de hielo. En el viaje que hicieron desde Valencia a Lancia, la esposa se mostró tan fría, tan circunspecta y tan cortés al mismo tiempo, que D. Pedro no osó reclamar ninguno de sus derechos. En Lancia, ya sabemos por la voz pública, digna de creerse en este caso, lo que pasó.

La negativa persistente, los desprecios infinitos con que le regaló por mucho tiempo, lejos de enfriarle, encendieron más su pasión. Era Quiñones, como ya sabemos, hombre fogoso, terco, de voluntad indomable. Los obstáculos le irritaban, llegaban a enloquecerle. Quiso vencer el corazón de su esposa y no perdonó medio para ello: la colmó de atenciones, mimó sus gustos más insignificantes, viviendo por varios meses en perpetua congoja, en una verdadera fiebre de esperanzas, tan pronto vivas como muertas. Nada hubiera logrado, sin embargo, sin la astucia de su amigo el canónigo. Aquel aconsejado viaje por las montañas, lleno de sustos y peripecias, le conquistó, si no el amor de su esposa, por lo menos sus favores.

En los dos primeros años de matrimonio Amalia hizo una vida retraída, sin salir apenas del churrigueresco palacio de la calle de Santa Lucía. Vivía a solas con su aburrimiento, complaciéndose en hacerlo más insoportable, agitada por una cólera sorda que amenazaba estallar a cada instante: en la apariencia tranquila, aceptando gustosa su papel, tratando con superioridad cortés a los que se la acercaban. El desgraciado accidente sobrevenido a su esposo distrajo un poco su hastío e infundió en su corazón momentáneo sentimiento de piedad. Durante algún tiempo se creyó llamada a desempeñar cerca de él los oficios de hermana de la caridad, a cuidarle con afectado cariño para hacerle menos insoportable aquel terrible castigo. No tardó mucho en fatigarse. Poco a poco se fue aficionando a la tertulia que por las noches se formaba en torno de su esposo, comenzó a interesarse en las conversaciones de política local y a intervenir en ella más o menos directamente. D. Pedro era el arbitro de la provincia mientras se hallaba en el poder el partido moderado. Ahora, que estaba debajo, conservaba no obstante muy alto prestigio y no poca influencia, en el temor de que no tardaría en ponerse encima. Para aumentar este prestigio y esta influencia y dar mayor realce a la riqueza y poderío de la casa, Amalia, que halló aquí medio de distraerse, abrió sus salones a la sociedad laciense, que hasta entonces había tenido siempre alejada; algunas visitas de cumplido y nada más. Dio conciertos, menudeó las reuniones de confianza, y de vez en cuando, en ciertas solemnidades, organizó grandes bailes de etiqueta. Con esto recobró su perdida energía, aquella graciosa y simpática movilidad que la caracterizaba; volvió la sonrisa a sus ojos, la frase aguda a sus labios. Nadie supo jamás honrar con más amabilidad y más gracia a sus tertulianos. Fue modelo de gentileza y cortesanía. Se hizo adorar de la juventud, a quien proporcionó gratísimo recurso para matar las interminables noches del invierno.

Fernanda Estrada-Rosa fue uno de los más bellos ornamentos de sus conciertos y saraos. En pos de ella vino el conde de Onís, su novio. El conde era visita de la casa de Quiñones, pero sólo iba de tarde en tarde, con motivo de algún cumpleaños, entrada de año, etc. Sin embargo, Quiñones alimentaba por él profunda simpatía. Bastaba que perteneciese a la nobleza para que el linajudo hidalgo le juzgara superior en todos conceptos a los demás seres de la población. Amalia, que apenas le conocía, comenzó a observarle con viva curiosidad. Tanto se le había hablado de él, del cariño y respeto que profesaba a su madre, de su humor melancólico, de sus habilidades, de su piedad exagerada, que deseaba tratarle con intimidad; quería penetrar en el alma de aquel mancebo tan apuesto y tan inocente. No tardó en convencerse de que el amor aún no había prendido en ella. Observando con atención sus relaciones con Fernanda, percibió en ellas un dejo de frialdad que no venía ciertamente de la rica heredera. Conoció que el conde se engañaba a sí mismo haciendo esfuerzos por quedar enamorado, y aún más por aparecerlo. Tomaba sus amores como una obligación honrosa que le exigían sus años y posición. El joven más principal de Lancia debía amar a la niña más rica y más bella. Por otra parte, parecía como si quisiera demostrar a la población que no era un extravagante o un maniaco, como alguna vez había oído insinuar. Por eso se le veía cumpliendo estrictamente los deberes del perfecto galán, paseando un par de horas por la mañana en la calle de Altavilla, donde vivía su novia, acompañándola los domingos en el paseo, sentándose a su lado en la tertulia de las señoritas de Meré o en la de Quiñones, y bailando con ella todos los rigodones en los saraos del Casino. Pero al mismo tiempo Amalia echaba de ver que sus pláticas eran frías, que el conde estaba taciturno y distraído muchas veces, mientras ella, con visible interés, hacía el gasto de la conversación y procuraba mantenerla viva.

Aquellos amores le fueron interesando cada vez más: buscó las confidencias de ella y también las de él. Al poco tiempo su alma ardiente, sagaz, voluntariosa, simpatizó con la de Luis, tímida, infantil, llena de piedad y ternura. Más maestra en el arte de hacerse amar que la niña de Estrada-Rosa, logró pronto inspirar al conde confianza y afecto; le envolvió en una malla espesa de confidencias, no sólo referentes a sus amores, sino de toda la vida. Le confesó tan bien como el más hábil jesuita. Luis, seducido por tanto interés, le fue abriendo su pecho dándole cuenta primero de sus costumbres, luego de los actos de su vida pasada, por último de sus sentimientos más recónditos, de aquellos que sólo se confiesan a un hermano. A Amalia no le sorprendían en la apariencia tales originales y morbosas psicologías; las aceptaba como cosas naturales, daba su opinión acerca de ellas y se autorizaba cariñosamente el aconsejarle, reprenderle a veces, guiarle en ciertos asuntos de la vida, cuyo complicado mecanismo ignoraba el conde por Completo. Alentado por este juego habilísimo, se iba confiando cada vez más, se entregaba por completo, feliz con desembarazarse de tanto pensamiento ridículo, con confesar aquella extraña y dolorosa timidez que le atormentaba.

Amalia supo ahuyentar la suspicacia de Fernanda haciéndose confidente y protectora decidida de sus amores. Si mantenía ratos larguísimos de conversación particular y animada con el conde, no menos largos y animados los gastaba con la chica. Ésta le agradecía profundamente aquella protección, que se traducía en ocasiones buscadas por la dama para que los novios pudieran verse y hablarse, para reconciliarlos cuando estaban reñidos, etc., etc. Mas sin que la inocente niña lo sospechase, sin que el mismo conde se diese cuenta de ello, la dama valenciana iba ganando a paso de carga el corazón de éste. Si en juventud, en hermosura y gallardía era, sin disputa, inferior a la rica heredera, la aventajaba mucho en la gracia expresiva del rostro, en el atractivo de su conversación y en la finura de su inteligencia. De confidencia en confidencia, Luis llegó a mostrarle cuál era el verdadero estado de su corazón respecto a Fernanda. La astuta señora supo sacar partido de tales confesiones para hacerle ver que lo que sentía era sólo admiración de aficionado a las obras bellas de la naturaleza, un deseo vanidoso de hacerse amar por la joven más linda y más rica de la ciudad, necesidad de distraer el aburrimiento, cualquier cosa, en suma, menos el verdadero amor. Éste se alimenta de tristezas negras, de alegrías inefables, de insomnios, de zozobras, de una agitación dulce y amarga a la vez que constantemente llevamos dentro del pecho. Luis se convenció pronto. Pero ella encontraba su frialdad injustificada, no comprendía cómo un hombre de tan buen gusto no había logrado enamorarse perdidamente, le reñía, le embromaba, subiendo hasta las nubes las cualidades de la gentil heredera.

Mientras esto decía con los labios, sus ojos pregonaban otra cosa. Aquellas pupilas negras llenas de fuego e inteligencia se clavaban en él con expresión unas veces lánguida, otras maliciosa, concluyendo por fascinarle. Al mismo tiempo sus manos breves, delicadas, de aristócrata aprovechaban cualquier coyuntura para rozar las suyas; al despedirse le apretaban con tenacidad nerviosa. Si alguna vez se inclinaban ambos para contemplar cualquier objeto y sus cabezas se tocaban, Amalia no separaba la suya, dejaba que el conde aspirase la fragancia de ella largo rato cual si tratase de envenenarle. Se preocupaba de sus trajes y le imponía sus gustos. No debía ponerse levita; el frac azul le sentaba admirablemente. ¿Por qué gastaba guantes oscuros? Le prohibió, riendo, que se los pusiera más. Para las corbatas confesaba que tenía mucho gusto, pero le sentaban mejor las de lazo que las chalinas. ¿Por qué no se encargaba a Madrid los sombreros? Los que llegaban a Lancia eran todos rancios y ridículos. Y el conde obedecía gustoso sus insinuaciones, se iba dejando dominar por el ascendiente de aquella mujer tan débil de cuerpo como fuerte de voluntad.

Una noche en que llegó a casa de Quiñones cuando aún no había nadie, le dijo la dama bruscamente:

--¿Quién le ha puesto a usted ese clavel en el ojal, Fernanda?

El conde, sonriendo ruborizado, hizo signo afirmativo.

--Pues que me dispense, pero tiene un color muy feo... Verá usted, voy a ponerle otro más bonito.

Y diciendo y haciendo, fue derecha a uno de los floreros del salón y, después de escoger algún tiempo, sacó un magnífico clavel rojo. Volvió adonde estaba el conde y con gran desenvoltura, con cierta afectación aún, propia del que pretende mostrar su dominio, le arrancó el clavel que traía y le puso el nuevo. Sufrió él esta sustitución en silencio, inquieto y sorprendido. Ella, fingiendo no advertir esta sorpresa, se echó un poco hacia atrás y exclamó con intención:

--¡Ya lo creo que está mejor!

Hubo después algunos instantes de silencio embarazoso. Ella se puso a jugar con el clavel de Fernanda, azotándose las rodillas, mientras lanzaba frecuentes miradas al conde, que permanecía confuso sin saber qué decir ni dónde poner los ojos. Por último, los de uno y otro se encontraron y sonrieron. En los de ella ardió una chispa maliciosa, y con ademán súbito y desdeñoso arrojó el clavel que tenía en la mano debajo de las sillas. El conde se puso repentinamente serio; sus mejillas se colorearon. En aquel momento entró Manuel Antonio. La conversación se entabló alegre, indiferente. El conde guardaba, sin embargo, un resto de turbación. Cuando llegó Fernanda y con visible disgusto, le preguntó por su clavel, se vio en grave aprieto, perdiose en un laberinto de explicaciones. El chico de su jardinero, a quien fue a dar un beso, se lo había arrancado, luego en una maceta que había hallado en el gabinete de su madre había tomado otro. Pero Amalia, implacable, le puso poco después en un conflicto preguntándole en voz alta con sonrisa maliciosa:

--¿Quién le ha dado a usted ese clavel tan lindo, Fernanda?

--No, yo no--se apresuró a responder ésta.

Y el conde, otra vez turbado y rojo, volvió en voz alta a la explicación que acababa de dar en secreto. Aquella pequeña traición los ató con nudo más fuerte, estableció entre ellos una relación singular que el conde no se atrevía a definir en su pensamiento, medroso de resbalar en un abismo. Siguió festejando con la misma asiduidad, quizá con alguna más, a la heredera de Estrada-Rosa, pero no podía hablar a la señora de Quiñones sin sentirse turbado; las miradas que se dirigían eran largas, intencionadas; sus apretones de manos vivos, impregnados de cariño. Ambos disimulaban delante de Fernanda como si fuese ya la esposa ultrajada. ¡Y aún no se habían dicho una palabra de amor! Pero Luis estaba convencido de que faltaba a su novia, de que era un criminal hacia D. Pedro, su amigo; no sabía por qué ni cómo, pero lo sentía allá dentro en el fondo de la conciencia. Sin embargo, reflexionaba algunas veces que por su parte no había dado un solo paso hacia el crimen, que se veía enredado en aquellas extrañas relaciones, en las cuales existía amor; inteligencia, traición, todo tácito, sin saber cómo había sido.

Trascurrió más de un mes de esta suerte. Amalia no sólo le hablaba de amor con los ojos, pero le imponía su voluntad, le hacía ejecutar todos sus caprichos, a veces le reprendía ásperamente. Anunciaba, por ejemplo, que se iba a marchar: al volver los ojos se encontraba con los de Amalia que le decían que se quedase, y se quedaba. Trataba de bailar con Fernanda, y una mirada severa bastaba para retenerle. Un día anunció que iba a pasar seis u ocho en sus posesiones de Onís: Amalia le hizo signo negativo con la cabeza, y desistió de su viaje. ¿Por qué? ¿Con qué derecho contrariaba sus determinaciones, se introducía en su vida y la gobernaba? No lo sabía, pero experimentaba sensación gratísima al obedecerla. Vivía en una inquietud dulce, anhelante, esperando algo hermoso, algo inefable que no quería formularse en su cerebro. Mientras, ella con su eterna sonrisa misteriosa le observaba tranquilamente, segura de conocer ese algo y de llegar a él cuando le viniera en apetencia.

Una tarde del mes de Junio se hallaba el conde en la Granja inspeccionando el trabajo de algunos obreros, que tenía ocupados en abrir una acequia más ancha para el molino. El mozo encargado del ganado vino a decirle que una señora preguntaba por él.

--¿Una señora?--exclamó sorprendido.--¿No la conoces?

El criado le miró estúpidamente, sin contestar. ¿Cómo la había de conocer, él, que había pasado la vida detrás del ganado, y sólo iba a Lancia algún día de mercado a comprar o vender una vaca? El conde se hizo cargo de esto y preguntó enseguida:

--¿Es bajita?

--No es muy alta, no, señor.

--¿Ojos muy negros y vivos? ¿color bajo? ¿el andar muy suelto y elegante?

Y antes de que el criado pudiera contestar a estas preguntas, que no había entendido, echó a correr en dirección a la casa con el corazón palpitante, henchido de emoción por el presentimiento de que era _ella_.

--¿Dónde está?--gritó sin dejar de correr.

--En la corrada, a la puerta del jardín--le contestó también a gritos.

Llegó a la corrada sin respiración. Antes de abrirla se detuvo un instante, avergonzándose de su presunción. ¿Cómo había llegado a suponer... ¿Pero por qué diablo se le había metido en la cabeza?... Y, sin embargo, no podía desecharla. Era _ella_, era _ella_; no le cabía duda alguna. Levantó el pestillo de la gran puerta de madera pintada de verde, y entró. La corrada era grande. Veíanse arrimados a la pared varios enseres de labranza. Debajo de un tendejón yacían algunos carros. En una caseta de madera, toscamente labrada, estaba amarrado un enorme mastín que quiso romper la cadena dando furiosos saltos por venir a acariciarle. Allá en el otro extremo, cerca de la puerta enrejada que comunicaba con el jardín, _la_ vio, en efecto, con la frente pegada a las rejas, contemplando las flores. Estaba de espalda. Traía vestido claro de rayas blancas y rojas y llevaba en la cabeza sombrerito de paja con flores rojas también. Con la mano izquierda se apoyaba en una sombrilla que hacía juego con el traje y en la derecha apretaba unos guantes de seda, ¡Qué bien impresos le quedaron estos pormenores! Jamás en la vida se le borraron de la memoria.

--¿Usted por aquí?--le preguntó afectando una serenidad que estaba muy lejos de sentir.--¿Quién había de presumir que fuese usted la señora que el criado me acaba de anunciar?

--¿De veras no lo ha presumido usted?--preguntó ella mirándole fijamente.

--No, no, señora.

Y se puso colorado al decirlo. La dama sonrió con benevolencia.

--Bien, enséñeme usted esas rosas de _malmaison_ de que me ha hablado.

El conde abrió la puerta del jardín y ambos pasaron adentro. Era muy grande, y estaba bastante descuidado. Desde que la condesa había dejado de venir a la Granja casi en absoluto, los criados apenas tocaban en él. Luis era más dado a hacer ensayos de nuevos cultivos, a criar ganado, a desecar terrenos, que a las flores. Así y todo, del tiempo en que su madre venía todas las tardes y le atendía, existían allí muchas plantas de flores, grandes arbustos que con el tiempo y con aquel suelo feraz se iban trasformando en árboles frondosos.

Mientras recorrían caminos arenosos, de los cuales el césped se iba apoderando por falta de limpieza, la condesa explicaba en voz alta cómo había llegado hasta allí. Se le había antojado dar un paseo hasta Bellavista; pero al pasar por delante de la carreterita que conducía a la Granja se acordó de las dichosas rosas, y dio orden al cochero de que siguiese por ella. No había visto nunca la posesión. Aquella frondosidad, aquel verde tan intenso la entusiasmaban. En su país la vegetación era más pálida.

--Pero más fragante... como las mujeres--dijo el conde con galantería.

La dama se volvió para dirigirle una sonrisa de gracias, y siguió loando la belleza de los rododendros, de las azaleas, de las camelias gigantescas que encontraban al paso.

Luego que vieron los rosales y que el conde le hizo elegir algunos para mandárselos al día siguiente, tornaron por senderos distintos hacia la puerta de entrada.

--¿Usted está seguro de que yo he venido únicamente a ver estos rosales?--dijo Amalia parándose súbito y mirándole con fijeza.

Al conde le dio un vuelco el corazón y comenzó a balbucir lamentablemente:

--Yo no sé... La verdad que esta visita... Me alegraría que los rosales...

Pero la dama, compadecida, no le dejó terminar.

--Pues, además de los rosales, vengo a ver toda la finca, y particularmente el bosque. Conque ya puede usted ir enseñándomelo--dijo agarrándose resueltamente a su brazo.

El conde volvió a experimentar nueva y violenta emoción, primero de pena, después, al sentir la mano de la dama en su brazo, de vivísimo gozo. Y, turbado hasta lo profundo de su ser, fue mostrándole lo digno de verse que tenía la finca, las grandes y hermosas praderas, las cuadras, la nueva maquinaria del molino, el bosque por último. Ella le observaba con el rabillo del ojo. A veces se dibujaba en su rostro una levísima sonrisa burlona. Se enteraba de todo con interés, loaba los trabajos que se habían llevado a cabo, proponía otros nuevos. Y al ir y venir soltaba el brazo unas veces, otras lo tomaba, despertando en el alma del conde sensaciones diversas, pero todas vivas y anhelantes. Cuando observaba que iba adquiriendo aplomo le disparaba repentinamente alguna maliciosa insinuación que de nuevo lo atortolaba, lo dejaba confundido y ruborizado.

--Vamos, conde, a que cuando usted me vio dijo para dentro: «Amalia está enamorada de mí: no pudo resistir al deseo de venir a visitarme.»

--¡Amalia, por Dios!... ¿Qué disparate está usted diciendo?... ¿Cómo me había de atrever...

Pero la dama, como si no advirtiera su turbación ni concediera importancia a sus propias palabras, saltaba inmediatamente a otro asunto. Parecía que tenía gusto en sofocarle, en mantenerle agitado y trémulo. Y en las miradas fugaces que de vez en cuando le lanzaba reflejábase un sentimiento de superioridad, la benévola ironía del que está jugando a otro una burla que ha de terminar en bien. El conde presentía algo grave debajo de aquella sonrisa enigmática, comprendía que estaba haciendo un papel desairado, que se estaban riendo de él y hacía esfuerzos heroicos para recobrar su sangre fría, sin conseguirlo.

El bosque admiró y entusiasmó a la dama por encima de todo. Era una masa de robles añosos donde no penetraba jamás un rayo de sol. El suelo estaba limpio de abrojos, tapizado de césped que convidaba a reposar. Ninguna otra finca de recreo de la provincia poseía aquel regalo, procedente quizá de la primitiva selva donde se había fundado el monasterio que dio origen a Lancia. Quiso descansar un instante debajo de aquella bóveda verde por donde la luz se cernía trabajosamente. Reinaba una paz, un amable sosiego que impresionaba como el silencio y la luz dormida de una, catedral gótica, pero con emoción más dulce. Apoyó la espalda en un árbol y paseó largo rato su mirada asombrada por la espesura. El conde estaba en pie algo más lejos. Ambos permanecieron mudos largo rato. Por fin el caballero sintió, sin verlo, que los ojos de la dama estaban posados sobre él. Resistió algunos momentos la atracción magnética de aquella mirada. Cuando al cabo volvió la suya vio que en efecto le contemplaba de hito en hito con expresión risueña y audaz que le hizo bajar la vista. Amalia soltó una alegre carcajada. Él, sorprendido, confuso, algo irritado sintiéndose en ridículo, viendo que las carcajadas no cesaban, le preguntó con sonrisa forzada:

--¿De qué se ríe usted, amiga mía?

--De nada, de nada--respondió llevándose el pañuelo a la boca.--Lléveme usted a ver la casa.

Y se colgó nuevamente de su brazo.