El maestrante

Chapter 23

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Hizo un esfuerzo supremo para alzarse del asiento y lanzarse sobre el ladrón de su honra, consiguiolo a medias, y cayó al fin de nuevo, privado de sentido, torciendo la boca.

Los tertulios se habían levantado todos y acudieron al gabinete. Las señoras gritaban aterradas. Los hombres preguntaban a los de dentro lo que ocurría. El conde de Onís paseó una mirada de extravío por ellos, se dirigió al sitio donde yacía Josefina, alzola del suelo y, con ella en brazos, trató de abrirse paso. Amalia se le puso delante.

--¿Adónde va usted?

Y quiso arrancarle la niña. Pero Luis extendió la mano, agarró a la valenciana por los cabellos y, después de sacudirla tres o cuatro veces con fuerza, la arrojó lejos de sí y se lanzó a la puerta del salón.

Bajó la escalera a saltos, salió a la calle, donde esperaba el coche, y brincando en él con su preciosa carga dijo al cochero:

--¡A escape, a la Granja!

El pesado vehículo rodó con estrépito por las calles mal empedradas. No tardó en salir a la carretera.

La luna brillaba en lo alto del firmamento. De vez en cuando, grandes nubes espesas, flotantes tapaban su disco, pero al instante volvía a lucir. En las regiones superiores de la atmósfera soplaba un viento huracanado. Abajo parecían reinar el silencio y la paz.

Josefina no salía de su desmayo. El conde le limpiaba con su pañuelo la sangre. Después trataba de reanimarla imprimiendo largos, apasionados besos en su rostro de alabastro.

Al fin se entreabrieron sus ojos, contempló con extraña fijeza al conde y relampagueó en ellos una dulce sonrisa.

--¿Eres tú, Luis?

--Sí, vida mía, yo soy.

--¿Adónde me llevas?

--Donde tú quieras.

--Llévame lejos, ¡muy lejos!... Llévame a tu casa... Llévame aunque no me des de comer. Estando contigo no me importa morir.

El conde la apretó contra su seno y la cubrió de besos.

--Sí, sí, a mi casa vas--exclamó mientras las lágrimas bañaban sus mejillas.--De allí no saldrás ya nunca, porque para arrancarte necesitarán antes arrancarme la vida... Escucha, Josefina, voy a decirte una cosa. Procura entenderla. Haz un esfuerzo y lo conseguirás... Yo soy tu padre... Los señores de Quiñones te han recogido en su casa... pero yo soy tu padre... ¿lo entiendes?

--Sí, Luis, te entiendo.

--Te han recogido, porque yo soy tan malo que te he entregado a ellos en vez de tenerte conmigo.

--Ahora no te entiendo, Luis. Tú no eres malo. Tú eres bueno y me quieres.

--Sí, hija de mi alma, te quiero más que a mi vida... Perdóname.

--Yo también te quiero a tí... ¡A ellos no! Antes quería a madrina, pero ahora no... ¡Me ha pegado tanto! ¡Si supieras!... Me mordía, me arañaba, me arrastraba por el suelo, mandaba a Concha que me azotase con la ballena, me ataba con una cuerda como a los perros...

--¡Calla, calla, que me matas!--profirió Luis sollozando.

--¡No llores, Luis, no llores!... ¿Ves cómo eres bueno? Estás llorando por mí.

--¡No he de llorar por tí si eres mi hija! Llámame padre... ¡Yo soy tu padre! ¿Lo sabes, lo sabes?

--Sí, lo sé... Tú eres mi padre y yo soy tu hija... Tengo sueño... Déjame dormir sobre tu pecho.

Y dejó caer sobre él la cabecita blonda. Inclinó la suya el conde para darle un beso en la frente y sintió sus labios abrasados por el calor de la fiebre.

Gozó la criatura algunos momentos de sueño letárgico. Corrían de vez en cuando por su tierno cuerpo vivos estremecimientos. Despertó al fin dando un grito.

--¡Luis, que me llevan!... ¡Míralos, míralos... ahí están!

Sus ojos expresaban un terror pánico.

--No, hija, no; son los árboles del camino que extienden sus ramas hacia nosotros.

--¿No ves a D. Pedro que me amenaza? ¿No oyes lo que me está diciendo?

--Sosiégate, mi alma; es el mugido del viento.

--Tienes razón. Ya se fueron. ¡Mira cómo brilla la luna! ¡Mira qué campos tan hermosos y cuántas flores!... Un palacio de cristal... Delante hay una niña jugando con un gatito blanco... ¡Qué precioso!... Es más bonito que el Rojo... Déjame jugar con ella, Luis...

--Jugarás cuanto quieras, y te compraré un gatito y una palomita blanca que venga a comer a tu mano.

--No, no quiero que gastes dinero. Estoy contenta con que no me separes de ti.

--Nunca ya. Vivirás conmigo siempre, porque eres mi hija. Duerme, mi vida.

--¡Otra vez la oscuridad!... ¡Ya vuelve! ¡Échalos, Luis, échalos, por Dios! ¡Que me agarran!

--No temas; estás conmigo... Mira la luna otra vez... ¿Ves cuánta luz?... Duérmete, corazón.

--Es verdad... ya veo los campos llenos de flores... ya veo el gatito blanco... La niña no está... ¿Dónde se fue, Luis?

--Está en mi casa, esperándote para jugar. Estamos muy cerca ya. Duérmete.

--Sí, Luis, voy a dormir. Tú me lo mandas, ¿no es cierto? Yo debo obedecerte porque soy tu hija... Tengo frío... Apriétame más.

Apretola más y más contra su pecho. Josefina se durmió al fin. El carruaje rodaba por la carretera desierta al través de los campos esclarecidos por la luz de la luna. Las nubes volaban también dispersas por los aires. El viento mugía sordamente a lo lejos. Los árboles comenzaban a agitar sus penachos.

Ya se divisaba el cercado de la Granja. Luis inclinó la cabeza para despertar a la niña; pero al darla un beso sintió en sus labios el frío de la muerte. Alzola vivamente, sacudiola con fuerza varias veces, llamándola a gritos.

--¡Josefina!... ¡Hija! ¡hija! ¡hija!... ¡Despierta!

La blonda cabeza de la niña se doblaba a un lado y a otro como una azucena que tuviese quebrado el tallo.