El maestrante

Chapter 2

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Al llegar a los cuarenta años, poco más o menos, casó con una señora aristócrata también, que habitaba en Sarrió. Murió su esposa al año, a consecuencia del parto. Tres años después contrajo de nuevo matrimonio con Amalia, dama valenciana algo emparentada con él. Apenas se conocían. D. Pedro la había visto en Valencia cuando ella contaba catorce años. El matrimonio que se realizó diez años después pactose por medio de cartas, previo el cambio de retratos. Se daba por seguro que la voluntad de la novia había sido forzada, y aun se decía que durante algunos meses se había negado a compartir el tálamo con su marido. Todavía más. Se contaba en Lancia con gran lujo de pormenores el viaje que por consejo de un canónigo hizo don Pedro con su esposa para inspirarla confianza y acortar, entre las peripecias del camino y la descomodidad de las posadas, la distancia moral y material que los separaba. Cumplidas las profecías del astuto capitular y realizados todos los fines del matrimonio, el cielo no quiso sin embargo bendecirlo. Poco tiempo después D. Pedro experimentó el terrible ataque apoplético que le paralizó de medio cuerpo abajo, y desde entonces no hubo términos hábiles para la bendición, aunque la Providencia estuviese animada de los mejores deseos.

--Nos hace falta un cuarto--dijo apretando con efusión la mano del conde.

--Sí, sí, a ver si cambia la suerte... Moro nos está llevando el dinero bravamente--dijo un viejecito de cara redonda, fresca, rasurada, el pelo blanco y los ojos claros y tiernos. Tenía marcado acento gallego. Se llamaba Saleta y era magistrado de la audiencia y tertulio asiduo de la casa de Quiñones.

--¡No tanto, Sr. Saleta, no tanto! Sólo gano doscientos tantos. Faltan trescientos para desquitarme de lo que he perdido ayer--manifestó el aludido, que era un joven de fisonomía abierta y simpática.

--¿Y por qué no han llamado ustedes a Manín?--preguntó el conde dirigiendo una mirada risueña al célebre mayordomo, que, con su calzón corto, zapatos claveteados y chaqueta de bayeta verde, dormitaba en una butaca.

Las miradas de los tres se volvieron hacia él.

--Porque Manín es un bruto que no sabe jugar más que a la _brisca_--dijo D. Pedro riendo.

--Y al _tute_--manifestó el gañán, desperezándose groseramente, abriendo una boca de a cuarta.

--Bueno, y al tute.

--Y al _monte_.

--Bien, hombre, y al monte también.

Y se pusieron a jugar sin hacer más caso de él.

Pero al cabo de un momento volvió a decir:

--Y al _parar_.

--¿Al parar también?--preguntó en tono de burla el conde de Onís.

--Sí, señor, y a las _siete y media_.

--¡Vaya! ¡vaya!--exclamó aquél distraídamente, abriendo el abanico de cartas y examinándolo atentamente.

Y siguieron jugando con empeño, absortos y silenciosos. El mayordomo les interrumpió de nuevo, diciendo:

--Y al _julepe_.

--¡Bueno, Manín, cállate!... No seas majadero--exclamó ásperamente D. Pedro.

--¡Manjadero! ¡manjadero!--masculló el aldeano con mal humor.--Otros hay tan manjaderos; pero como tienen dinero no hay quien se lo llame.

Y dejó caer de nuevo sus formidables espaldas en el sillón, estiró las patas y cerró los ojos para roncar.

Los jugadores levantaron la vista hacia don Pedro con sorpresa e inquietud. Este la clavó colérica en su mayordomo; pero, al verle en aquella tan sosegada postura, cambió repentinamente, y alzando los hombros y convirtiendo de nuevo los ojos a las cartas, exclamó con sonrisa, alegre:

--¡Qué bárbaro! ¡Es un verdadero suevo!

--¡Alto, Sr. Quiñones, alto!--dijo Saleta.--Los suevos han acampado solamente en Galicia. Ustedes no son más que cántabros... Precisamente yo debo saber bien eso...

--¡Claro! ¡Uzté ze lo zabe too!--manifestó un caballero no tan viejo, si bien pasaría de los cincuenta, que entraba a la sazón. D. Enrique Valero, magistrado de la Audiencia también, hombre de agradable porte, de rostro fino y expresivo, aunque extremadamente marchito por la vida alegre que había llevado. Como lo denunciaba su acento, de lo más cerrado y ceceoso que puede oírse, era andaluz y de la provincia de Málaga.

--No lo sé todo, amigo Valero--repuso con calma Saleta;--pero conozco perfectamente la historia de mi país y las particularidades referentes a mi familia.

--¿Y qué tiene que ver zu familia con ezo de lo zuevo, compañero?

--Porque mi familia desciende de uno de los caudillos más principales que penetraron en la provincia de Pontevedra cuando la irrupción, según consta de varios documentos que se conservan en el archivo de mi casa.

Los jugadores cambiaron una risueña mirada de inteligencia con Valero.

--¡Ajá!--exclamó éste entre alegre e irritado.--Ahora rezulta que el amigo Zaleta ez un zuevo como una catedral.--¡Quién lo había de penzá, tan rebajuelo y tan chiquitín!

--Sí, señor--prosiguió el otro, como si no hubiera oído, hablando con lentitud y firmeza.--El caudillo que dio origen a nuestra familia se llamaba Rechila. Era hombre al parecer feroz y sanguinario. Gran conquistador; extendió sus dominios muchísimo, y hasta me parece que llegó en sus correrías hasta Extremadura. Un día, siendo yo niño, se encontró su corona enterrada entre los cimientos de la antigua capilla de nuestra casa...

--¡Pero, hombre! ¡pero, hombre!--exclamó Valero mirándole fijamente con una cómica indignación que hizo soltar la carcajada a los demás.

Saleta prosiguió imperturbable describiendo el hallazgo, la forma, el peso, cada uno de los adornos; no se le olvidó un pormenor.

Y Valero mientras tanto no apartaba de él la mirada, sacudiendo la cabeza con creciente irritación.

Todas las noches pasaba lo mismo. El descarado mentir de su colega provocaba en el magistrado andaluz una indignación a veces fingida, otras real, que siempre alegraba a la compañía. Era tan insólito que un gallego se atreviese a bravear de exagerado y embustero delante de un andaluz, que éste, herido en su amor propio y en los fueros de su país, llegaba en ocasiones a enfadarse, dudando si Saleta era un tonto o por tales tenía a los que le escuchaban. En realidad el magistrado de Pontevedra mentía con tan poca gracia y al mismo tiempo con tal firmeza, que era cosa de pensar si sería un pícaro redomado que se gozaba en impacientar a sus amigos.

--¿Ha dicho uzté que eze antepazao zuyo ha llegao a Eztremadura?--preguntó al fin Valero en tono decidido.

--Sí, señor.

--Pue me parece, compare, que eztá uzté equivocao, porque eze zeñó Renchila...

--Rechila.

--Bueno, eze Rechila ha ido máz allá, ha corrío hazta la provincia de Málaga; pero allí le zalío al encuentro una partía de vándalos de la cual era jefe uno de miz azcendiente, que ze llamaba zi mal no recuerdo... ezpere un poco... ze llamaba Matalaoza. Pue bien, ezte Matalaoza, que era un tío mu bragao y mu soso, le derrotó completamente, le hizo prizionero y le tuvo tirando de una noria hazta que ze murió. Todavía ze conzervan en lo zótano de caza alguno peazo de la maquinita.

D. Pedro, Jaime Moro y el conde de Onís habían suspendido el juego y reían sin rebozo alguno.

--No puede ser. Rechila no ha pasado de Mérida, que ha conquistado después de un corto asedio--manifestó Saleta sin turbarse poco ni mucho.

--Dispenze uzté, amigo; en el archivo de mi caza hay documentoz que acreditan que el zeñó Renchila ha entrao una mijita por la provincia e Málaga, y que el zeñó Matalaoza, mi abuelo, por la línea de madre, ni pa Dioz quizo deharle seguí ma adelante.

--Permítame usted, amigo Valero; me parece que está usted en un error. Ese Rechila debe de ser otro. Entre los suevos ha habido varios Rechilas...

--No zeñó, no... El Rechila que ha derrotao mi abuelo era el antepazao de uzté... Eztoy zeguro... De la provincia de Pontevedra... Ze le conocía enzeguidita por el acento.

Y afectaba gran seriedad al proferir estas frases. La alegría de los jugadores era cada vez mayor. Saleta, acostumbrado a las burlas de su colega, no se amoscaba ni perdía un punto de su irritante flema. La desvergüenza de este hombre para mentir y sostener luego sus mentiras era inaudita.

Cuando vio la inutilidad de seguir disputando, atendió nuevamente al juego. Los demás hicieron lo mismo, aunque de vez en cuando se les escapaba por la nariz el flujo de la risa.

Jaime Moro seguía ganando. Y se mostraba alegre y charlatán, comentando cada una de las jugadas con prolijidad. Era un guapo joven de barba negra recortada, facciones correctas, ojos rasgados sin expresión y tez suave y sonrosada. Su padre, administrador diocesano que había sido en aquella provincia, se murió el año anterior, dejándole una regular hacienda, setenta u ochenta mil duros, según los bien enterados. Este capital en Lancia le hacía un verdadero potentado. No hay para qué decir que fue el blanco de todos los tiros de las niñas casaderas, su ideal, su sueño dorado. Moro parecía poco inclinado al sexo femenino. Amaba infinitamente más a Mercurio que a Venus. Su afición al juego, a toda clase de juegos, era tan desmedida que bien podía decirse que su vida entera estaba consagrada a ella, que había nacido para jugar. Vivía solo, con ama de llaves, criado y cocinera. Levantábase de diez a once de la mañana, y después de acicalarse se iba a la confitería de D.ª Romana, donde hallaba sabrosa compañía que le enteraba de todos los cuentos que corrían por la población. Así que echaba a un lado esta tarea metíase en la trastienda oscura, grasienta, pringosa, con un olor a hojaldre que derribaba, y sentándose a una mesa que correspondía en un todo al decorado del recinto, se ponía a jugar la copa de Jerez y los pasteles al dominó con su íntimo amigo D. Baltasar Reinoso, uno de los muchos propietarios de cuatro o cinco mil pesetas de renta que residían en Lancia. A las dos a comer. A las tres al Círculo Mercantil a comenzar con tres de los indianos, que formaban el núcleo de aquella sociedad de recreo, el clásico chapó, que se prolongaba ordinariamente hasta las cinco. Y vamos corriendo a casa del muy ilustre señor deán de la catedral basílica, donde nos espera este señor en compañía del maestrescuela y del cura de San Rafael para ventilar el tresillo cotidiano. Cuando el chapó se prolongaba algo más de lo acostumbrado, solía venir un monaguillo al Círculo para avisarle de que sus compañeros estaban reunidos. Y entonces Moro se apresuraba a dar los tres o cuatro tacazos definitivos, y entre uno y otro se hacía poner el abrigo por el mozo para no perder tiempo, y pagando o cobrando con mano nerviosa el saldo de su cuenta, corría desalado con la lengua fuera hasta casa del deán. El tresillo de éste duraba hasta las ocho. A casa a cenar. A las nueve, escapado a la de D. Pedro Quiñones, a empalmarlo. Otras noches a la de D. Juan Estrada-Rosa a lo mismo. A las doce al Casino, donde se reunían unos cuantos trasnochadores y jugaban al monte o la lotería un rato. Por último, a las dos o las tres de la madrugada Jaime Moro caía en su lecho rendido de tan laboriosísima jornada, para comenzar al día siguiente otra enteramente igual.

Ni se piense que era un joven codicioso. Nada de eso. Su liberalidad era conocida y loada por toda la ciudad. No le arrastraba a jugar el ansia del dinero, sino una decidida y desinteresada vocación que se había sobrepuesto en él a todas las demás aficiones. Era el suyo un temperamento excesivamente activo, sin inteligencia ni voluntad para darle un fin serio y útil. En sus cortos momentos de ocio aparecía como hombre sosegado, indiferente, linfático; pero así que tenía las cartas en la mano, o el taco, o las fichas del dominó, adquiría su figura brío inusitado, el rostro se le mudaba, las manos se estremecían como potros refrenados, los ojos expresaban la energía recóndita de su alma. Inspiraba generales simpatías en la población y las cercanías. No había hombre más dulce, más inofensivo en su trato. Jamás se le oyó hablar mal de nadie. Los que ven siempre la parte negra de las cosas de este mundo y el lado flaco de los caracteres, que van siendo cada vez más, por desgracia, sostenían que si no murmuraba era porque no sabía, que era tan bueno porque no podía ser otra cosa. ¡Como si no hubiera necios perversos! Un defecto tenía Moro, hijo de su misma afición. Se consideraba insuperable en todos los juegos a que se dedicaba. No se le podía negar gran maestría en ellos; pero de aquí a no tener rival hay mucha distancia, y Moro la salvaba. De esto procedían los prolijos, eternos comentarios con que sazonaba cada jugada, y que ya habían llegado a ser proverbiales en Lancia. Daba un tacazo en el billar. Las bolas no rodaban como se había propuesto. Se llevaba la mano a la cabeza con desesperación.

--¡Un poquito menos de bola, y la mía hubiera entrado por los palos!... Pero me veía obligado a tomar mucha bola, para que el mingo bajase; porque si no baja el mingo, ¿sabe usted? él me hace villa y se mete en casa... ¡Y a mí no me conviene eso!

Si los circunstantes asentían, aunque perdiese todas las mesas no le importaba nada. Salvada su honra profesional, el dinero era lo de menos. Vuelta a dar otro tacazo, y vuelta a comentarlo. No cesaba de hablar. Pues otro tanto pasaba en el tresillo; pero, al revés de lo que suele acaecer en este juego, se abstenía de reprender a sus compañeros y de mostrarse enojado. Hablaba, sí, y mucho; pero siempre para aclarar o glosar cualquier jugada, repitiendo infinitamente los conceptos en tono elocuente y persuasivo, que hacía sonreír a los mirones. «Si no me hubiera fallado el rey... Si hubiera tenido un triunfito más... No me atreví a dar la bola porque me figuré que D. Pedro... ¿Por qué este tres de copas no había de ser de oros?... Con dos estuches siempre ha tirado una vuelta este cura.» Era un compañero ruidoso, pero muy fino y muy desinteresado.

--Oiga uzté, ¿no va uzté a jugar?--le dijo Valero, metiendo la cabeza por entre los jugadores y examinándole las cartas.

--¿Cree usted que se puede?--preguntó Moro vacilante.

--A mí me parece que zí.

--Hay poco de esto y demasiado de esto otro--repuso, señalando discretamente con el dedo los naipes.

--Zin embargo, zin embargo... yo creo...

--Bueno, bueno, jugaremos--replicó Moro con su finura acostumbrada.

Aquel juego se perdió. Moro dirigió una mirada a sus compañeros y alzó los hombros con resignación. En cuanto Valero se apartó un poco, apresurose a decir por lo bajo:

--No quise contrariar a D. Enrique; pero aquel juego no se podía ganar.

Vindicada con estas palabras su fama, quedó tan alegre como si les hubiera dado una bola.

El conde de Onís, que en un principio se había mostrado jaranero, fue quedando poco a poco pensativo y amurriado. Jugaba sin atención alguna; de tal modo que sus compañeros le llamaron al orden más de una vez.

--Pero, conde, ¿qué es lo que tiene usted hoy? Le veo muy preocupado--dijo al fin D. Pedro.

--En efecto, ze noz ha puezto uzté mu triztón--corroboró Valero.

Viéndose interpelado de este modo brusco, se turbó como si temiera que el casco de su cerebro fuese trasparente y leyesen dentro.

--No tiene nada de particular... Me siento bastante molesto de las muelas--respondió, apelando a un inocentísimo recurso.

--Mala enfermedá e, compañero--dijo Valero.

Y todos le compadecieron y se informaron con interés de las particularidades de la dolencia.

El conde se veía apurado y contestaba vagamente a las preguntas.

--Pues contra ese mal, señor conde--apuntó Saleta,--no hay mejor medicina que el hierro. Verá usted... Yo he padecido muchísimo de las muelas siendo estudiante. No me atrevía a sacar ninguna; pero la patrona que tenía en Santiago me convenció de que, atando un bramante a la muela y sujetándolo por el otro cabo al techo, poco a poco iba saliendo sin dolor. Me senté en una silla, ¿sabe usted? y cuando ya la muela estaba bien amarrada, la huéspeda tira de la silla y me deja colgando. ¡Claro, no tenía más remedio que saltar!...

Valero comenzó a sacudir la cabeza de un modo desesperado. Los demás le miran y sonríen. Saleta no lo advierte, o finge no advertirlo, y continúa con la palabra firme y sosegada y el acento gallego que le caracterizaban:

--Después perdí enteramente el miedo. En la Coruña me sacó un dentista cinco seguidas. Siendo juez en Allariz, tuve un fuerte dolor, y como no había dentista, el promotor me sacó tres con unas tenacillas de rizar el pelo su señora. De resultas de eso me atacó una inflamación terrible en la boca, ¿sabe usted? Fui a Madrid, y Ludovisi, el dentista de la reina, me quemó las encías con un hierro candente y me sacó siete buenas...

--Van quince--murmuró Valero.

--Y me quedé perfectamente, hasta que hace cuatro años, en un pueblecillo de la provincia de Burgos, estando de temporada en casa de un amigo, me volvió el dolor, ¡qué dolor! No había ni médico, ni cirujano, ni nada. Pero llegó casualmente por allí un charlatán que sacaba las muelas montado a caballo. Me vi tan apurado, que no tuve más remedio que apelar a él; me sacó dos con el rabo de una cuchara.

--¡Compañero, qué rozario!--exclamó Valero en el colmo de la indignación.--¿Le quea a uzté todavía algún novenario en la boca?

Con la algazara que se armó despertose Manín, desperezose bárbaramente, abrió una bocaza de media vara, dejando escapar un aullido formidable, que impresionó al auditorio. Luego volvió el ciclópeo torso de medio lado y se dispuso a empalmar el sueño.

--¿A tí no te habrán dolido nunca las muelas, eh, Manín?--preguntó el maestrante, que no podía estar un cuarto de hora sin comunicarse con su mayordomo.

--¡Quiá!--exclamó el gañán sin abrir los ojos siquiera.

--¡Es una roca!--manifestó el caballero con verdadero entusiasmo.

Pero Manín se incorporó un poco en la butaca y dijo restregándose los ojos con los puños:

--Nunca tuve más que un dolor en la paletilla. Me dio cargando un carro de hierba y me duró más de un mes. No probaba bocado. Parecía que tenía allá dentro una gafura que me iba royendo el cuajo. Se me quebraban las costillas, se me hundían los costados, me tiraba a las paredes, daba corcovos y regañaba los dientes como un basilisco. Estaba tan amarillo como la paja segada. Un día me dijo el señor cura:--Manín, tú careces del pecho.--¡Yo carecer del pecho, señor cura! ¡No me conoce usted bien! Apalpe aquí por su vida; más recia tengo la entraña de lo que usted piensa.--Pues no hay más remedió, Manín, tienes que llamar al mélico.--Que no, señor cura, que no quiero yerbatos ni cataplasmas.--Que sí, Manín, si no lo llamas tú lo llamo yo.--En fin, después de mucho gravitar, aunque yo tiraba siempre pa atrás, allá vino don Rafael, el mélico de las minas. Me mandó quitar hasta la camisa y me tumbó de espaldas sobre la masera. Enseguida comienza a darme unos golpecicos en el pecho con los nudillos, como quien llama a la puerta. Pega aquí, pega allá, y ascucha que ascucharás con la oreja arrimada a la carne. ¡Na! Yo decía:--¡Gravita, gravita, probiquín! ¡Busca el puzcalabre! Más de media hora llamando con los nudillos y ascuchando. Hasta que al fin se cansó de no oír na que le emportase...--¡Ay, amigo del alma!--me dijo santiguándose,--tienes un pecho ¡líquido! ¡líquido! que en mi vida he visto otro igual...--Eso ya lo sabía yo, D. Rafael...

Al llegar aquí se detuvo repentinamente, y paseando una torva mirada por el auditorio, masculló sin que le oyesen:

--¿De qué se reirán estos burros?

Y dejando caer de nuevo la cabeza poblada de greñas sobre la butaca, cerró los ojos con soberano desprecio.

Los tertulios del maestrante volvieron su atención al juego, sin dejar de reír. Pero el conde quedó muy pronto pensativo y distraído otra vez. Al cabo, no pudiendo reprimir el desasosiego de sus nervios, levantose de la silla.

--Vamos, D. Enrique, ocupe usted mi puesto. Este dolor me molesta mucho y necesito moverme.

II

El hallazgo.

Cuando el conde puso de nuevo el pie en la sala, justamente se disponían los pollos a bailar un rigodón. Una de las chicas del _Jubilado_ estaba ya delante del piano. D. Cristóbal Mateo, a quien apodaban de este modo en el pueblo, era un antiguo empleado que había servido muchos años en Filipinas, y que estaba jubilado hacía ya algunos, con treinta mil reales. Tenía porte militar, una figura realmente marcial con sus bigotazos blancos, ojos saltones, cejas espesas y velludas manos. Sin embargo, en todos los dominios españoles no existía hombre más civil. Había hecho su carrera en las oficinas de Hacienda, y toda la vida había profesado ideas contrarias al predominio de la milicia. Sostuvo siempre que las sanguijuelas del Estado no eran ellos, los empleados, sino el ejército y la marina. Para demostrarlo aducía datos, exhibía notas sacadas del presupuesto, se perdía en divagaciones burocráticas. Decía que el presupuesto de guerra «era la sangría suelta por donde se escapaban las fuerzas vivas de la nación,» frasecilla que había leído en el _Boletín de Contribuciones Indirectas_, y que había hecho suya con extremada fruición. Llamaba vagos a los soldados y profesaba rencor inextinguible a los galones y charreteras. Cuando el ayuntamiento de Lancia trató de pedir al Gobierno que enviase un regimiento para guarnecer la ciudad, se opuso, como concejal, tenaz y enérgicamente a ello. ¿A qué traer una caterva de zánganos? En cambio de los beneficios que la estancia del regimiento podría reportar, ¡eran tantos los daños! El mercado se encarecería: los jefes y oficiales gustaban de tratarse bien y llevarse a casa los alimentos más caros (¡para el trabajo que les costaba ganarlo!). Luego eran todos jugadores y su mal ejemplo contagiaría a los jóvenes de la población, que fuera de la época de ferias, se abstenían de los juegos prohibidos. Como estaban siempre ociosos (D. Cristóbal creía firmemente que un militar no tiene absolutamente nada que hacer), por fuerza habían de pensar en picardías y ruindades. En resumen, que el regimiento sería causa de perturbación en el pueblo y un elemento corruptor. Prevaleció su deseo, aunque no por serlo de él, sino porque al ministro de la Guerra no le plugó mandar soldados a Lancia, considerando quizá la condición mansa de sus habitantes.