Chapter 18
--¿Qué es eso? ¿No te gusta la cuchara?... Pues, hija, come con ella, que también cómo yo y soy tan buena como tú... ¡Qué te creías, bobalicona! ¿Pensabas que porque te ponían el sombrerito y la camisa de batista eras una señorita... Las señoritas no vienen metidas en un cesto entre trapos sucios...
Y por ahí continuó soltando a chorros sarcasmos e insultos, hasta que al fin la pobre Josefina rompió a llorar. Las demás criadas, menos malévolas, se veían, no obstante, lisonjeadas por aquella humillación. Al fin se pusieron de su parte, trataron de consolarla, mientras Concha, despiadada, más dura y más fría que el mármol, siguió persiguiéndola largo rato con rechifla sangrienta.
Pocos días después, al cruzar Josefina por el cuarto de la plancha para ir al comedor, oyó a Concha decir dirigiéndose a María:
--Di, chica, ¿has planchado ya la ropa de la hospiciana?
Se detuvo, sin saber a quién se refería, y paseó su mirada recelosa de una a otra doméstica, hasta que una carcajada, que ambas soltaron a la vez, le hizo comprender que se trataba de ella.
--¿Por qué me llamáis hospiciana?--exclamó la inocente pugnando para no llorar.--Lo voy a decir a mi madrina.
--¡Alza; corre a decírselo!--replicó Concha empujándola a la puerta.
Desde entonces no se le dio otro nombre entre la servidumbre.
Amalia prohibió que la llevasen por la noche al salón. El conde, que ya no veía a su hija mas que este momento, pidió explicaciones. La dama manifestó que, debiendo levantarse temprano para estudiar sus lecciones, necesitaba más sueño. No se dio aquél por convencido. Comprendía que se trataba de una ruin venganza; pero tuvo la prudencia de callar, temiendo mayor daño.
A Amalia se le ocurrió entonces herirle de modo más directo. La niña, a quien había privado no sólo de sus caricias, sino de todas sus preeminencias en la casa, iba camino de ser una criadita más. En un instante quedó trasformada por completo. La señora dio orden de que se le guardasen todos los sombreros y vestidos y se le pusiese el más pobre y más viejo del guardarropa; que se le hiciesen delantales como a las demás criadas y se la emplease en los menesteres de la cocina que pudiese ejecutar.
Los amores del conde y Fernanda eran cada día más notorios. Aunque en casa de Quiñones se guardaban de hablarse con intimidad, a la celosa valenciana no se le ocultaba lo que entre ellos existía. Sus ojos traspasaban como dos rayos de luz el cerebro de su amante y leían con claridad dentro de él. Luis estaba enamorado de su antigua novia. Las relaciones adúlteras le pesaban en el alma como una losa de piedra. Ella, la amada, la preferida de otros días, le parecía ahora vieja y marchita frente aquella espléndida rosa que acababa de abrirse por completo. Si no la había abandonado ya, era por debilidad de carácter, por el ascendiente poderoso que en siete años de relaciones había logrado adquirir sobre él. Pero no apetecía otra cosa. Lo leía perfectamente en sus miradas huidas; en la preocupación sombría que pesaba sobre él, rota algunas veces por súbita y extravagante alegría; en el temor y en el servilismo, cada vez mayores, con que se acercaba a ella.
Una noche el conde pidió un vaso de agua. Los ojos de Amalia brillaron repentinamente. Había llegado el momento ansiado. Tiró de la campanilla y dijo con singular inflexión a la doncella que acudió:
--Paula, que traigan un vaso de agua.
Pocos instantes después se presentó Josefina, pobremente vestida, con un mandilito de tela burda, calzados los pies con toscos zapatos, soportando trabajosamente entre sus pequeñas manos una bandeja con vaso de agua y azucarillo. Los tertulios quedaron estupefactos. Luis empalideció. Avanzó la niña hasta el medio del salón, mirando tímidamente a su madrina. Esta le hizo seña de que se acercase al conde.
Vaciló el caballero como si estuviese distraído; pero viendo a la criatura plantada delante de él, se apresuró a tomar el vaso y se lo llevó con mano temblorosa a los labios. Los ojos de Amalia se mostraban en tanto fríos, indiferentes; pero en sus labios había imperceptibles estremecimientos que revelaban el gozo cruel que sentía. En la tertulia reinó, mientras se efectuaba esta escena, un significativo silencio.
Luego que Josefina hubo salido, la señora de Quiñones explicó a sus tertulios con naturalidad aquella mudanza. Se trataba de un castigo necesario al orgullo que la niña empezaba a mostrar con los criados. No duraría mucho. Sin embargo, necesitaba vencer a todas horas la voluntad de Quiñones, que se oponía a que fuese educada con tanto mimo.
--La verdad es--concluyó diciendo con acento tan natural, que ninguna actriz lo hallaría más adecuado a la ocasión,--la verdad es que algunas veces no puedo menos de darle la razón en mi interior. ¿Qué bien le hacemos a esta pobre niña colocándola en una situación donde no ha de poder sostenerse? Mañana, que nosotros nos muramos, la pobre necesitará buscarse el sustento trabajando, si antes no encuentra un marido... ¿Y qué marido le vamos a dar a una muchacha con necesidades y sin dinero?
Los tertulios no cayeron en la trampa. En realidad tampoco ella lo pretendía. Todo aquello venía a reducirse a puro convencionalismo, pues a nadie se le ocultaba lo que había debajo. Poco después, no pudiendo dominar la molestia que sentía, el conde se despidió.
--Este negocio de Luis no se presenta nada bien--decía a última hora Manuel Antonio en un grupo que se retiraba por la calle de Altavilla, donde iban María Josefa, el Jubilado y su hija Jovita.--El matrimonio con Fernanda, si es que lo llega a realizar, le ha de costar muchos disgustos.
--¿Crees tú?...--preguntó María Josefa para tirarle de la lengua.
--¡Madre!... ¿Eres tonta, mujer? ¿No conoces a Amalia como yo?
--¿Y qué tiene que partir Amalia en el matrimonio de Luis?--preguntó Jovita, que en su calidad de soltera, aunque hubiese cumplido los treinta y dos, le convenía hacer patente su candor.
--¡Ay! Es verdad que teníamos aquí esta _fanciullina_--exclamó, haciendo cómicos ademanes de susto, el marica.--¡No me hacía cargo!... Nada, monina, nada; sigue adelante, que son cosas de los grandes...
La hija del Jubilado se volvió iracunda al sentir el alfilerazo y replicó con una frase insolente. Pagole Manuel Antonio con otra, y se entabló animada disputa rebosando de palabras amargas e intencionadas que se prolongó hasta casa del Jubilado, no sin que éste hubiese hecho algunos vanos esfuerzos para poner paz entre ellos. La mejor parte la llevó, como siempre, el marica, que poseía para lanzar sus frases el vigor de los hombres y la sutil intención de las hembras.
Al día siguiente el conde logró una entrevista con Amalia y le dio sus quejas por la escena de la noche anterior. La dama se manifestó amable, condescendiente, justificó su conducta por el bien de la niña. Luis observó, sin embargo, que hablaba de un modo particular: creyó percibir en la miel de sus palabras un dejo de amargura e ironía que le sobresaltó. Salió preocupado, inquieto: en algunos días no pudo quitar de sí el malestar de aquella entrevista.
Pero el amor prendía fuego rápidamente en todos los aposentos de su alma y consumió al fin aquel último resto de preocupación. Estaba profundamente enamorado. Y como siempre acaece, a la par que crecía su amor aumentaba también su timidez. Al principio, en sus largas conversaciones con Fernanda, aparecía sereno, galante, no perdonaba medio de demostrar a su ex-novia su admiración y rendimiento. De repente comenzó a perder el aplomo, a huir todo asunto relacionado con sus propios sentimientos, a evitar las frases galantes. Fernanda no se equivocó. Ahora es cuando había llegado aquel amor, tras del cual tanto tiempo había corrido, que tantas lágrimas le había costado.
Sus pláticas, aunque fuesen de asuntos indiferentes, tenían un sabor delicado, exquisito. Hablaban horas y horas, sin cansarse, de las cosas más insignificantes, por el placer de verse tan cerca, de escucharse.
Fernanda charlaba con toda la alegría de su corazón, sin curarse de la timidez de su adorador, al contrario, gozando al ver el empeño pueril con que evitaba el confesar su amor, sabiendo que en cuanto ella diese la señal se entregaría atado de pies y manos.
El momento llegó al fin. Un día la hermosa viuda se resolvió _a declararse ella_. Hablaban del matrimonio; de las segundas nupcias. Luis comenzó a sobresaltarse, a emitir sus opiniones con voz temblorosa, a tratar de huir la conversación. Fernanda dijo de repente con perfecta calma y en tono resuelto:
--Yo no volveré a casarme segunda vez.
Se puso pálido. La cara se le entristeció de tal manera que la joven, reprimiendo a duras penas una sonrisa, repitió con más resolución aún:
--No volveré a casarme segunda vez... a no ser contigo.
El conde la contempló desencajado.
--¿Es de veras eso?--preguntó al fin con voz temblorosa.
--¡Y tan de veras!--repuso ella mirándole sonriente.
--Dame esa mano, Fernanda.
--Tómala, Luis.
Se las estrecharon fuertemente por unos momentos. El conde se levantó sin decir otra palabra. Cuando llegó a casa, le escribió una larga carta de seis pliegos pintándole con los más vivos colores su pasión, dándole fervorosas gracias, llamándose indigno gusano tres o cuatro veces.
El matrimonio quedó concertado para cuando terminase el año de luto. Faltaban dos meses. Decidieron guardar el secreto y que la ceremonia no se celebrase tampoco en Lancia. Unos días antes del prefijado saldría ella para Madrid; poco después se le juntaría él, y en la corte quedarían unidos para siempre.
En los pueblos es muy difícil ocultar cualquier cosa: un proyecto de boda, imposible. Por la intensidad de la mirada cada par de ojos se convierte en cien pares; por su virtud acústica, cada oído en cien oídos. En sus pasos, en sus miradas, en el modo de saludarse y despedirse los ingeniosos lacienses adivinaban como verdaderos magos lo que pensaban, medían exactamente el progreso de aquellas relaciones que les tocaba en lo más vivo del corazón.
Una tarde, al pasar Manuel Antonio por delante de la tétrica morada del conde, vio salir a la doncella con una caja de cartón en las manos. El marica sintió en la nariz olor de caza, tomó vientos un instante, y la siguió.
--Adiós, Laura--dijo pasando delante de ella.
Y volviéndose de repente le preguntó en tono indiferente:
--¿Cómo sigue tu amo?
--El señor conde no está malo.
--¡Ah! Pues me dijeron... Como no le veo hace dos días... ¿Vas de compras para la señora?
--Son camisetas para el señor conde.
--¿De casa de Ramiro?... Déjame verlas, yo también tengo que comprar.
La doncella abrió la caja y el marica se puso a examinar el contenido.
--Son muy finas. Esto es demasiado caro para mí, hija.
--Sí, señor, son caras. Pues el señor conde todavía no las encuentra buenas. Quiere a toda costa que sean de seda, y por más que anduve todos los comercios, no las hay. No tiene más remedio que encargarlas.
--¿De seda? ¡Madre! Entonces se nos va a casar.
--Yo no sé nada de eso, señorito--se apresuró a replicar la criada con señales de turbación.
--¡Quita allá, hipocritona!--exclamó riendo.--Tú lo sabes como yo y como todo el mundo... ¿Y para cuando?
--Le digo que no sé nada.
Pero el marica insistió tanto, se mostró tan expresivo y familiar que al cabo de un rato la criada desembuchó lo que tenía dentro.
--Pues mire, yo no puedo decirle a punto fijo lo que hay, pero creo que se casa y pronto. El otro día oí unas palabras a la señora condesa...
--¿Qué palabras?
--Decía al ama de llaves que, en cuanto su hijo se fuese, iría a pasar una temporada a la Granja. Después, mirando por el agujero de la llave, la vi llorar. Además, Fray Diego estuvo anteayer en casa... pero no sé si debo decirle...
--Vamos, mujer, ¿qué importa? ¿Te figuras que yo soy una gaceta?
--Pues le oí decir al tiempo de despedirse: «Nada, nada; tienen mucha razón; es mucho mejor que lo hagan en Madrid. Éste es un pueblo muy envidioso...»
El gozo que sintió Colón al descubrir la tierra del Nuevo Mundo no fue nada en comparación con el de nuestro marica. No sólo sabía sin género de duda que se casaban, sino dónde había de efectuarse la ceremonia. Embarazado por noticia tan capital y queriendo aliviarse enseguida de aquel peso, se puso a imaginar sobre quién haría más efecto. Su pensamiento fue derecho a Amalia. Hacia el palacio de Quiñones enderezó, pues, sus menudos y graciosos pasos.
Era la hora del oscurecer. Halló a la señora sentada en su gabinete, sin luz, entregada sin duda a una de esas intensas y dolorosas meditaciones que desde hacía algún tiempo la embargaban. Manuel Antonio se mostró jovial y decidor, trató de alegrarla cuanto pudo, atrayendo de nuevo la sangre a aquel corazón ulcerado para que la puñalada fuese más dolorosa. Pidió chocolate, lo tomaron jaraneando lindamente: Amalia llegó a olvidarse de sus preocupaciones. Y cuándo más olvidada estaba ¡zas! la bomba. Pero dejada caer suavemente, con arte infinito, el arte que sólo posee una mujer, reforzado por el ingenio masculino.
Lo único que sintió fue no poder verle la cara. El gabinete estaba ya casi en tinieblas. Pero advirtió bien claramente el destrozo de la explosión en el sonido de la voz, en la frialdad de la mano al despedirse.
Amalia quedó en pie, rígida, inmóvil, largo rato. Apoyose en la cortina de crespón para mirar a la calle y la destrozó. Trató de abrir su escritorio para tomar el pomo de esencia, pero dio demasiada vuelta a la llave y estropeó la cerradura.
Salió de la estancia y vagó, por los pasillos oscuros y escaleras, con incierta planta, como un fantasma. Allá a lo lejos vio un punto luminoso y se dirigió hacia él involuntariamente como una mariposa. Era el comedor, que ya estaba alumbrado. Sentada a la mesa, armando unos pastorcitos de barro, restos de su pasada riqueza, estaba Josefina. La pantalla de la lámpara proyectaba viva luz sobre su cabecita monda y dorada como una naranja. Amalia se detuvo un instante y la contempló con ardiente mirada, devorando con los ojos aquel semblante grave y melancólico que tan fielmente reflejaba el de Luis. Dio un paso y la niña volvió la cabeza. La mirada de sus ojos azules era igualmente dulce y triste; el movimiento de las pestañas, idéntico. La esposa del maestrante salvó de dos pasos la distancia que la separaba y cayó sobre ella como un tigre hambriento. Golpeó, mordió, desgarró. Sus uñas dejaron al instante surcos morados en aquel rostro cándido. La sangre comenzó a brotar. La niña, loca de terror, lanzaba chillidos penetrantes. Apenas tuvo tiempo a ver a su madrina. No sabía qué era aquello. Amalia, insaciable, golpeaba, hería sin cesar. Los gritos de la víctima hacían crecer su furor. Se detuvo rendida al fin.
--Madrina, ¿qué hice?--exclamó la pobre niña huyendo hacia un rincón.
Esta pregunta, la mirada de angustia con que la acompañó, enfurecieron de nuevo a la dama. Volvió a golpearla despiadadamente. La criatura se tapaba el rostro con las manos. Entonces le cogía las orejas, las estrujaba hasta arrancarlas. No satisfecha todavía, irritada de no poder herirla en la cara, tomó un plumero que había sobre la mesa, y con el mango comenzó a sacudirle sobre las manos, dejándolas cubiertas de cardenales.
Al fin consiguió salvarse. Las criadas, que habían acudido y presenciaban atónitas la escena, dejáronla paso y huyó por los pasillos y tomó por la escalera. La puerta de la calle estaba abierta. El cochero, al llevar los caballos al agua, la había dejado así. Josefina salió de la casa y corrió desalada por la calle de Santa Lucía, penetró en la travesía de Santa Bárbara, atravesó la plazuela del Obispo y, bajando por la calle de la Sastrería, salió por la puerta de San Joaquín a la carretera de Sarrió.
Había cerrado ya la noche. Caía suavemente una lluvia menuda, pero espesísima, que en poco tiempo la caló hasta los huesos. La desgraciada criatura corrió todavía algún tiempo y al fin se detuvo jadeante. El pretil de la carretera estaba bajo en aquel sitio y se sentó. Entonces fue cuando sintió el dolor de los golpes. Llevose las manos a la cabeza, después a la cara, por donde sentía correrle un líquido caliente, que al principió pensó sería la lluvia.
Pronto se convenció de que era sangre. ¡Sangre! ¡La cosa en el mundo a que ella tenía más terror! Dominada aún por el susto, no se quejó. Levantó la falda de su vestidito y se secó, o por mejor decir, se lavó la cara, porque el vestido estaba mojado.
Pero lo que más sentía, lo que le dolía de un modo horrible eran las manos. No sabiendo qué hacer para aliviarse, comenzó a soplarlas. Luego las chupó. Pero el dolor era tan recio que exclamó al fin sollozando:
--¡Ay mis manos!
En aquel momento se alzaron ante ella entre las sombras de la noche dos enormes figuras que la dejaron helada de espanto. Una de ellas se abalanzó y la cogió por un brazo.
--¿Qué haces ahí?--dijo con voz bronca.
XII
La justicia del barón.
En una gran sala de la casa solariega de los Oscos, amueblada con cuatro trastos viejos, tapizada con dos dedos de polvo, se encuentran sentados a una antigua mesa de roble dos conocidos personajes de esta historia. Uno es el propio barón, dueño de la casa. El otro, su amigo Fray Diego. Tienen delante un tarro de ginebra vacío, otro a medio vaciar y sendas copas. Ni mantel, ni tapete, ni bandeja; el único adorno de la mesa son las manchas caprichosas que el vino y la ginebra en feliz consorcio con el polvo han ido dejando con el trascurso de los meses y los años. La estancia es lóbrega, porque la calle del Pozo lo es y porque los cristales emplomados, hace años ya que no se han limpiado, y porque la tarde está declinando.
A la poca luz que allí consigue penetrar puede verse la faz de ambos excesivamente roja, tan roja que parece imposible no brote la sangre de sus ojos encarnizados. La del barón ha llegado al límite de su fiera y espantable fealdad. Aquella cicatriz sangrienta que le surca el rostro se destaca ahora con todas sus rugosidades, tan áspera y negra que da grima verla. Sus bigotes cerdosos, unidos a las patillas, son ya más blancos que negros. Viste zamarra negra y cubre su cabeza una gran boina roja cuya borla cae arremolinada, unas veces sobre las orejas, otras sobre las narices, según los movimientos que imprime a su torso de ogro.
Hace largo rato que guardan silencio. Fray Diego de vez en cuando lleva la mano al tarro de la ginebra, llena la copa de su amigo, luego la suya, y gravemente la apura de un trago. El barón no es tan expedito: toma su copa, la sube a la altura de los ojos y hace frente ella una serie de muecas a cual más horrorosa; después la toca con el borde de los labios, vuelve a las muecas, vuelve a tocarla; por fin, después de largos ensayos y vacilaciones, se decide a apurarla.
De esta manera grave y prudente se solazan los dos antiguos soldados de D. Carlos casi todas las tardes del año. El pueblo lo sabe, y hay entre sus jocosos habitantes entabladas varias apuestas sobre cuál de los dos moriría primero de apoplejía.
Fray Diego había servido también en las filas del Pretendiente. Luego se había ordenado, se hizo fraile, estuvo en Filipinas; finalmente, se secularizó y vivía en Lancia como capellán suelto. Mientras la guerra no se habían conocido. Cuando se encontraron en Lancia quedaron unidos con indisoluble amistad por la identidad de ideas, por el recuerdo de las gloriosas batallas a que asistieron... y por la ginebra.
--¡Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!--exclamó después de largo silencio, en que ambos parecían dormitar, Fray Diego. Al mismo tiempo dio un tremendo puñetazo sobre la mesa que hizo bailar los tarros y las copas.
El barón no se conmovió poco ni mucho. Siguió haciendo guiños a la copa que tenía delante y, después de apurarla muy reposadamente y chasquear tres o cuatro veces la lengua, dijo:
--Despacio, despacio, Fray Diego; usted no sabe todavía lo que son los papas.
--¡Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!--volvió a exclamar el cura, dando otro puñetazo más fuerte.
--Cuidado, Fray Diego, que los papas han sido siempre muy ambiciosos.
--¡Señor barón!--exclamó el clérigo con voz enfática de cómico de la legua.--¡Tiene usted el alma tan fea como el rostro!
El barón quedó tan sosegado ante aquel insulto. Después de un rato dijo con perfecta tranquilidad:
--No sea usted botarate. ¿Qué tiene que ver mi cara en estos asuntos? Yo soy católico, apostólico, romano; pero si mañana el rey, nuestro señor (llevose la mano a la boina al decir esto), me manda con un destacamento a Roma, voy a allá como el condestable de Borbón, la saqueo y prendo al pontífice.
--Y yo digo que si Su Santidad me mandase meter una cuarta de bayoneta por el ombligo a ese condestable, tenga usted por seguro que le metía dos.
--No.
--¿Cómo no?--rugió el capellán poniéndose carmesí.
--Porque el condestable ha muerto hace tres siglos.
--Me alegro. Tres siglos hace que arde en los infiernos.
--Todo eso está muy bien, _pater_, pero el rey siempre arriba, ¿estamos? y los demás a callar y obedecer.
--¡El papa no calla nunca, señor barón!
--Pues se le pone una mordaza.
--¡Quisiera yo ver ¡porra! ¡reporra! ¡cien veces porra! quién se la ponía estando cerca Fray Diego de Areces!--gritó el clérigo alzándose convulso y echando fuego por los ojos.
--Siéntese, _pater_, y cálmese y escancie otra copita, que Fray Diego de Areces no es más que un cazuela.
El capellán se serenó repentinamente, vertió delicadamente el licor en las dos copas y apuró la suya con deleite, después de lo cual dejó caer la cabeza sobre el pecho, los párpados se le bajaron y se puso a dormitar. El barón, radiante de alegría, le contemplaba fijamente con ojos socarrones, aprovechándose de su ausencia temporal para escanciarse otra copita, «de nones,» como él decía.
Era constante particularidad de aquellas dulces sesiones el que la ginebra trocase el carácter de ambos. El genio irascible, impetuoso del barón se dulcificaba de modo inverosímil. Hacíase, mientras duraba la benéfica influencia del alcohol, alegre, comunicativo, conciliador; ninguna palabra le molestaba, nada le parecía suficiente motivo para encolerizarse. En cambio, Fray Diego, que en estado normal era un bendito, siempre jovial y chancero, tornábase un diablo disputador y quisquilloso, adquiría de pronto humor guerrero que nadie sospecharía bajo su rostro redondo y plácido de beata ajamonada.
Despabilose al cabo de pocos minutos, miró al barón algunos momentos fijamente con extraña ferocidad y profirió estropajosamente:
--Quisiera, señor barón, que me explicase usted qué entiende por cazuela.
--¡Anda, salero! ¿Ahora salimos con eso? ¿A usted qué le importa que signifique uno u otro?
--Es que yo quisiera... ¡entendámonos!
--Ya nos hemos entendido. Usted tiene dos cuartillos de ginebra entre pecho y espalda y yo otros dos... o algo más--añadió haciendo un número prodigioso de guiños.
--¡No es eso, señor barón, no es eso! ¡Entendámonos de una vez, porra!
--Aquí ya no hay barones ni frailes--exclamó el noble en un arrebato de buen humor alzándose de la silla.--Aquí sólo quedan el tío Francisco, que soy yo, y el tío Diego; que eres tú, ¿estamos?... Vengan esos cinco...
Al avanzar con la mano extendida dio algunos traspiés, pero se mantuvo firme.
--¡Vengan esos cinco, valiente!
El cura se dulcificó. Se estrecharon las manos.
--Ahora un abrazo por el rey legítimo de las Españas.
--¡No me hable usted de abrazos!...--gritó el clérigo enfoscándose de nuevo.--Me acuerdo del abrazo de Vergara, y ¡porra!...
--No te apures, compadre, que ya nos la pagarán.
_¡Ay, ay, ay! mutilá_ _Chapelen gorriá._
Y se puso a cantar roncamente el himno carlista; pero interrumpiéndose de pronto:
--¡Eh, tío Diego, a cantar! Dejémonos ahora de lágrimas...
En efecto, su amigo lloraba en aquel momento lágrimas como avellanas, recordando la traición de Vergara.
--¡Arriba, coracero! ¿A que no te pesaría de que bebiésemos una copita por el exterminio de todos los _negros_?