El maestrante

Chapter 11

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--¡Carmela, por Dios, que estos señores van a creer que he sido una coqueta!--exclamó con angustia la Niña.

--No creerían más que la verdad, chica--dijo Paco.--¿Ya no te acuerdas que has dado oídos a un procurador eclesiástico llamado don Máximo, y después que éste se iba de tu casa hablabas con el teniente Paniagua por el balcón?

Nuncita sonrió con enternecimiento al recuerdo de aquellos tiempos, y repuso bajando los ojos con graciosa timidez:

--D. Máximo venía a casa todos los días, pero nunca me requirió de amores.

--¡Qué amores ni qué calabazas!--exclamó Paco.--Di tú que quien te gustaba de verdad era el teniente, y concluirás más pronto.

--¿Conque ha estado usted enamorada de un militar?--preguntó con graciosa volubilidad Emilita, dirigiendo al mismo tiempo una mirada provocativa a Núñez.--Pues ha tenido usted bien mal gusto.

El Jubilado se puso repentinamente serio y se le erizaron los bigotes de terror ante aquella salida de su hija; pero se tranquilizó inmediatamente al observar que el capitán, en vez de darse por ofendido, la pagaba con una sonrisa amorosa y lo echaba a broma como todos los demás.

--No es ella sola la que ha tenido ese mal gusto--expresó con marcada intención Carmelita, muy alegre de haber encontrado aquel rasgo de ingenio.

--Y ¿quién era ese teniente?... Algún trasto... ¡cómo si lo viera!...--tornó a preguntar Emilita con la misma adorable ligereza.

--¡Alto, alto, Emilia!--manifestó Paco.--Paniagua era teniente de los tercios de Flandes y muy bizarro.

--No, corazón, no--se apresuró a rectificar Nuncita,--que era de la guardia real.

--¿No era arcabucero?

--No, mi alma; de la guardia real te digo.

D. Cristóbal disimulaba la risa con un flujo de tos. Manuel Antonio y los pollastres reían descaradamente.

--Paniagua era hombre muy notable--prosiguió Paco.--Poseía esa decisión que tan bien sienta a los militares. El mismo día que llegó vio a Nuncia por la mañana al balcón. Por la tarde le entregó en el pórtico de San Rafael, al salir de la novena, un billete de declaración, que empezaba: «Señorita: Entre confuso y medroso, y dudando si en gracia de lo rendido me perdonará usted lo osado, confieso que mi único delito consiste en amar a usted...»

--¡Qué picarón! ¡cómo lo recuerda!--exclamó Nuncita, enternecida de verdad.

Lo cierto era que Paco, a quien la Niña, después de muy rogada, había mostrado las cartas que conservaba de Paniagua, se había aprendido de memoria aquel originalísimo documento y lo recitaba en todas partes para regocijo de sus amigos.

--Eso se llama un hombre resuelto. Así se manifiesta el carácter de la persona. ¡Qué diferencia de los militares de hoy, que antes de declararse a una muchacha la pasean un año la calle y luego tardan otro en decir: «Niña, ¿cuándo nos vamos a la vicaría?»

Pronunció estas palabras mirando al rincón donde estaban Emilita y el capitán. Éste recogió la alusión y se puso serio. La chica se hizo la distraída, pero agradeciendo mucho a Paco en el fondo de su corazón el capote, mientras el Jubilado se atusaba el bigote con mano temblorosa, temiendo que Núñez se enfadara, pero alegre al mismo tiempo por la esperanza de que estos capotazos oportunos le sacaran de su atonía.

Cansados de platicar, los pollastres propusieron jugar un ratito a las prendas. Es un juego donde los hombres de criterio siempre pescan algo. Fernanda consintió en que Granate se sentase a su lado. Los guiños de Paco, que había sorprendido, le habían hecho mal efecto. Era una criatura muy orgullosa, pero en la cual se hallaba arraigado el sentimiento de justicia. No podía sufrir que se burlasen en su presencia de nadie, aunque fuese del ser más ínfimo y despreciable. Podía decirse que el sentimiento de la dignidad, que era en ella tan delicado y vidrioso, la hacía sentir las heridas causadas en la de los otros con más viveza. Aunque aborrecía a Granate, la molestaba que se le mortificase en su presencia, sobre todo si era por su causa; sin perjuicio, por supuesto, de que ella le diese a cada momento descomunales desaires; pero entendía, y no le faltaba razón, que los desdenes de la mujer que se ama, si causan dolor, no resqueman como las burlas. El indiano, que se vio tan honrado, no cabía en sí de gozo, y comenzó con voluntad excesiva y la ordinariez que le caracterizaba a prodigarle mil atenciones. Fernanda las recibió con semblante grave, pero sin repugnancia.

Y vino, como es natural, aquello de las «tres veces sí y tres veces no,» el «contentar a todos los presentes,» «un favor y un disfavor,» etc., etc. La sociedad se recreaba con lo que se habían recreado sus padres y sus abuelos, y con lo que pensaban que se recrearían sus hijos. ¡Inocentes! Había allí un espíritu, sin embargo, que no merecía este calificativo. Paco Gómez jugaba con una condescendencia displicente, como hombre que se adelantaba mucho a su época, cometiendo mil torpezas y desaciertos que demostraban la distracción que caracteriza a los seres superiores. En cambio, Núñez tenía puestos los cinco sentidos. No se vio jamás hombre más erudito en aquellas materias ni que las tratase con más profundidad. Su inteligencia lúcida había penetrado en todos los secretos del juego de prendas y sabía sacar de cada uno el partido posible, extraer todo su jugo, según pedían las circunstancias. Por ejemplo, cuando una señorita debía contentarle, quedaba sordo instantáneamente. La joven se veía obligada a inclinarse más y más, hasta que sus labios de carmín rozaban la oreja del capitán. Si quedaba condenada a hacer el papel de esquina de la Puerta del Sol y, por consiguiente, a sufrir que le pegasen carteles en la cara, que se recostasen contra ella, etc., etc., el profundo Núñez no soltaba la presa en tanto que no pasease las manos por todas las regiones de su cuerpo. Pero cuando dio más claras muestras de su talento portentoso y de los vastos conocimientos que había logrado adquirir en aquel ramo del saber, fue al proponer que la señorita a quien acertase lo que tenía en el bolsillo quedase obligada a darle un beso. Tal seguridad tenían todas de que nada conseguiría, que no vacilaron en aceptar la proposición. Erró, efectivamente, al vaciar con el pensamiento el bolsillo de Carmelita, erró con Fernanda, con María Josefa, con Micaela, y ¡miren qué diablo! fue a acertar precisamente con Emilita. Unas tijeras, un pañuelo, un dedal y tres caramelos. La niña se puso a gritar batiendo las palmas, toda nerviosa: ¡Trampa, trampa! El capitán, sereno, apacible, grandioso como un héroe de la antigüedad, rechazó aquella imputación y demostró hasta la saciedad que allí no cabía trampa alguna.

--...A no ser--añadió sonriendo mefistofélicamente--que estuviera usted convenida conmigo para dejarme ver de antemano lo que tenía en el bolsillo.

La niña protestó aún más ruidosamente contra esta hipótesis indecorosa, se puso agitada hasta un grado incomprensible y, levantándose con viveza, corrió al extremo opuesto de la sala, lo más lejos posible del capitán, como si éste fuese a tomar por la fuerza lo que de derecho le correspondía. Hubo quien se puso de parte de ella (las mujeres) y quien tomó partido por él (casi todos los hombres). Armose en la sala un zipizape de mil demonios. Todos hablaban, reían, chillaban sin acabar de entenderse. Pero la que más gritaba y gesticulaba era, como es fácil de comprender, la interesada. Sin embargo, don Cristóbal, viendo que aquello llevaba trazas de no concluir, y queriendo dejar a salvo la formalidad de su progenie, intervino en la disputa como un dios majestuoso que extiende la diestra para calmar las olas del mar embravecido.

--Emilita--pronunció con firmeza,--juego es juego. Dale un beso a ese caballero.

Adviértase que no dijo «al capitán,» ni siquiera «a ese señor oficial.» Todavía sus labios civiles repugnaban dejar paso a una palabra de orden exclusivamente militar.

--¡Pero papá!--exclamó la hija menor, roja ya como una amapola.

--¡Vamos!...--profirió con la diestra extendida y en la actitud más imperativa que pudo adoptar jamás un dios jubilado.

No hubo más remedio. Emilita, confusa y avergonzada, con las mejillas convertidas en dos brasas, se acercó vacilante al heroico capitán de Pontevedra, fértil en toda clase de astucias, y le rozó con el carmín de los labios la tierra amarillenta de sus mejillas.

Mas hete aquí que, apenas lo hubo efectuado, saltó hecha un basilisco Micaela, la más irascible de las cuatro nereidas que nadaban en las profundidades de la morada del Jubilado:

--¡Qué desvergüenza!... Esos no son juegos decentes, sino suciedades... No me extraña de Núñez, porque los hombres ¿a qué están? Me extraña de tí, Emilita... Me parece que un poco más de pudor y vergüenza no te vendrían mal... Pero ¡cómo la has de tener si los que tienen obligación de ponértela son los primeros en empujarte a lo malo!...

Aquella sangrienta diatriba contra el autor de sus días dejó a éste pálido y clavado al suelo. Hubo un instante de silencio embarazoso. Una nota tan destemplada les sorprendió. Sin embargo, todos se apresuraron a defender a Emilita y a protestar de la pureza y la perfecta inocencia de tales juegos. El argumento que más se repetía, y el que a todos les parecía incontrastable, era que, no habiendo malicia, aquello no valía nada, porque lo importante en estos asuntos es la intención. El beso ¿ha sido dado con intención?--decía uno de los pollastres más dialécticos.--¿No? Pues entonces como si no se hubiera dado. Núñez asentía gravemente, un poco amoscado y mirando de reojo a su futura cuñada. Pero ésta no se rendía a demostraciones tan evidentes y se obstinaba en pedir, cada vez con mayor violencia y más altas voces, un poco de vergüenza para su hermana menor y unas migajitas de sentido para su señor padre. Mas como al cabo nadie se presentaba con estas cosas en la mano a satisfacer sus votos, no tuvo otro remedio que ir bajando el diapasón, hasta que al fin sus coléricas protestas se fueron trasformando poco a poco en murmullo sordo y amenazador como el de los truenos lejanos. Y la tertulia recobró su dulce sosiego habitual.

Pero quedó suspendido por aquella noche el juego de prendas. Nuncita, de quien casi siempre partían las grandes ideas, propuso que se jugase a _la boba_. No se sabe por qué, pero es lo cierto que este juego poseía particulares atractivos para la menor de las señoritas de Meré. Es indecible lo que se placía la ex-novia del teniente Paniagua cuando lograba encajar _la boba_ a alguna de sus tertulianas, la ansiedad y desasosiego que se apoderaba de ella cuando la tenía en su poder y no lograba soltarla. Paco Gómez tomó la baraja y sacó las tres sotas; pero sabiendo la debilidad de Nuncita y queriendo, según su temperamento, mortificarla un poco, hizo una señal a la que quedaba, y luego la fue manifestando al oído a algunos de los tertulios. Resultado de esto fue que _la boba_ iba casi siempre a parar a manos de la Niña, y allí se atascaba, sin que apesar de todos sus esfuerzos consiguiese desprenderse de ella. Con esto, apesar de su apacible natural, se fue impacientando poco a poco. La tertulia reía y ella también, pero más con los labios que con el corazón. Al fin, en un momento de cólera echó a rodar las cartas y declaró que no jugaba más. Carmelita, al ver aquel acto de descortesía, intervino severamente, como siempre que se desmandaba.

--¿Qué arrebato es ése? ¿A qué conduce esa tontería? ¿Qué dirán estos señores?... Dirán, con motivo, que no tienes educación, y que en nuestra familia no ha habido quien hubiera sabido enseñarte... ¡A ver si coges las cartas ahora mismo!

--No quiero.

--¿Qué, qué dices, necia? ¡Tú, tú, tú eres tonta!... ¿Se habrá visto una criatura más díscola?... Co... co... coge las cartas enseguida...

La cólera la hacía tartamudear, saliendo de su boca desprovista de dientes unos ruidos extraños.

--¡Hum!--gruñó Nuncita, torciendo el hocico con mueca de mimo.

--¡Niña, no me enfades!--gritó su hermana mayor.

--¡No quiero, no quiero!--repitió aquella criatura indómita con decisión.

Y al mismo tiempo se levantó de la silla y arrastrando los pies se fue a refugiar en el gabinete.

Mas su hermana la siguió inmediatamente en la actitud más severa y autoritaria que puede nadie imaginarse, dispuesta a corregir aquel principio de rebelión, que con el tiempo podría traer funestas consecuencias. Oyose rumor de disputa, sobresaliendo la voz áspera, irritada, de Carmelita; luego aquella voz se fue dulcificando, haciéndose persuasiva, razonadora, reprendiendo con suavidad. Llegó asimismo a los oídos de los tertulios el eco de un sollozo. Por último, al cabo de buen rato se presentó de nuevo Carmelita, arrastrando los pies todavía más que su hermana, con los ojos resplandecientes de autoridad y el ademán majestuoso que conviene a los que necesitan dictar leyes a los seres que la Providencia les ha confiado. Detrás venía la Niña avergonzada, sumisa, con las mejillas inflamadas y los ojos llorosos. Sentose otra vez a la mesa y, sin osar levantar los ojos a su hermana mayor, que la miraba aún con cierta dureza, tomó humildemente las cartas y se puso a jugar. Pues bien, este ejemplo conmovedor de respeto y de sumisión, en vez de impresionar gravemente a los circunstantes, provocó en casi todos una sonrisa de burla, y en algunos de ellos algunas inoportunas carcajadas que a duras penas lograron sofocar.

Sin embargo, el juego no duró mucho tiempo. Acercábase la hora de diseminarse aquella escogida sociedad.

--María Josefa, hoy he visto a tu ahijada en el paseo--dijo Paco Gómez, mientras barajaba distraídamente las cartas.--La he dado un beso. Está cada día más guapa... ¿Cuánto tiempo tiene ya?

--Pues saca la cuenta. La hemos bautizado en Febrero... Dos meses y medio.

--¿Iba con su madre?--preguntó Manuel Antonio sonriendo de un modo particular.

--No. A su madre la he encontrado después en Altavilla y he echado un párrafo con ella--respondió gravemente y con afectada naturalidad.

La mayor parte de los tertulios le miraban sonrientes con expresión de malicia reservada que sorprendió a Fernanda. Sólo las dos señoritas de Meré y Granate permanecieron impasibles, sin darse cuenta de lo que se hablaba.

--Pero ¿a qué ahijada de usted se refiere, a la niña recogida por los de Quiñones?--preguntó en voz baja la heredera de Estrada-Rosa a María Josefa.

--Sí.

--¿Entonces?... ¿Cómo hablan de su madre?

--Porque esos dos tienen una lengua muy mala. ¡Dios nos libre de ella!--repuso la solterona sonriendo también con alegría maliciosa, mirando al mismo tiempo a la joven con la benevolencia condescendiente con que se mira a las criaturas inocentes.

--Pero ¿quién suponen que es su madre?

--¿Quién ha de ser? Amalia... ¡Silencio!--dijo apresuradamente, bajando más la voz.

Quedó estupefacta. Para ella era la noticia tan nueva, tan sorprendente, que por unos instantes estuvo mirando con ojos pasmados a su amiga como si no hubiese oído. En el estupor que le causaba, no oyó las primeras palabras de Paco. Sólo se hizo cargo al concluir de que estaba loando con calor la belleza de la niña.

--Tiene a quien parecerse--murmuró el marica de Sierra con la misma intención maligna.--Ya ves... su madre... ¡Y su padre!... Su padre se cae de buen mozo.

Fernanda, picada repentinamente por vivísima curiosidad, una curiosidad insana que la puso agitada y anhelante sin saber por qué, se inclinó otra vez hacia María Josefa, y metiéndole la boca por el oído, le preguntó con voz alterada:

--Pero ¿quién es su padre?

La solterona se volvió hacia ella y le clavó una mirada donde se traslucía junto con la sorpresa la misma indulgencia compasiva.

--Pero ¿de veras no sabes?...

La joven hizo signo negativo. Y al mismo tiempo se sintió embargada por terrible emoción. Una corriente de aire frío atravesó su ser interior repentinamente. Quedó pálida, pendiente de los labios de María Josefa, como si de ellos esperase la salud o la muerte. Aquélla advirtió bien su turbación, y dijo después de mirarla un instante fijamente:

--No te lo digo... ¿Para qué?... Acaso sea todo una calumnia.

Fernanda se repuso instantáneamente.

--Está bien--respondió haciendo un gesto de displicencia.--Cálleselo. Después de todo, ¿a mí qué me importa todo eso?

Este gesto hirió a la solterona, que se apresuró a decir con aguda sonrisa:

--Pues precisamente porque a tí te importa es por lo que temo decírtelo.

--No entiendo...

María Josefa se inclinó hacia ella y le dijo:

--Porque dicen que el padre de la criatura es Luis.

Como ya antes había sentido la puñalada, Fernanda quedó impasible y preguntó con indiferencia:

--¿Qué Luis?

--El conde, muchacha.

--¿Y por qué me ha de importar a mí que sea Luis el padre?

María Josefa quedó un poco desconcertada.

--Como ha sido tu novio...

--¡Pero como ya no lo es!--replicó encogiéndose de hombros desdeñosamente.

Y se puso a hablar con Granate, que tenía del otro lado. Aquella indiferencia era pura comedia que su orgullo lograba representar. Una tristeza inexplicable y penetrante cayó sobre su alma y la invadió por completo, sin dejarle fuerzas para pensar ni para hacer nada. Si Granate no fuese un animal, hubiera comprendido enseguida que la sonrisa con que acogía sus barbarismos y barbaridades era una verdadera mueca sin expresión alguna, y que los monosílabos y respuestas incoherentes que dejaba escapar de sus labios denunciaban bien claramente que no le escuchaba a él, sino a Paco Gómez, Manuel Antonio y los demás que seguían charlando de la niña expósita.

¡Con qué interés ardiente recogía todas las palabras que se cambiaban entre aquellos maldicientes! Y a medida que iban poniéndole en claro el suceso y que iban acumulando pormenores, entreverando frases burlonas y reticencias de efecto cómico, su corazón se apretaba, se apretaba poco a poco, como si todos ellos lo fuesen oprimiendo entre sus manos, uno después de otro, para hacerle daño. Pero su rostro permanecía impasible. Ni la más leve contracción acusaba el dolor que la mordía.

La tertulia se deshizo a las doce, como siempre. Fernanda sintió gran consuelo al respirar el aire frío y húmedo de la noche. Tenía ansia de quedarse a solas con su pensamiento y darse cuenta cabal de lo que acababa de aprender.

Había llovido mucho. Las calles, empedradas de grueso guijarro, resplandecían a la luz de los reverberos. Al salir de la casa unos tomaron por la calle abajo; otros, entre ellos Fernanda, hacia arriba en dirección a la plaza. Pocos pasos habían dado cuando sintieron el estrepitoso trotar de unos caballos que doblaban en aquel instante la esquina y bajaban hacia ellos.

--Ahí está el barón y su criado--dijo Manuel Antonio.

Era la hora, en efecto, en que el excéntrico barón de los Oscos salía a dar su paseo habitual por las calles de Lancia. Su famoso caballo las desempedraba haciendo cabriolas, levantando tal estrépito que, aun siendo el corcel de su criado mucho más paciente, parecía que atravesaba la ciudad un escuadrón. Al cruzarse con los tertulios, Manuel Antonio, con el desparpajo que le caracterizaba, gritó: «Buenas noches barón.» Pero éste volvió hacia ellos el rostro espantable, los miró fijamente con sus ojos encarnizados y siguió adelante sin contestar. El marica, corrido, dijo:

--¡Va borracho, como siempre!

Todos asintieron burlando. Pero en el fondo sintieron todos, unos más y otros menos, el mismo estremecimiento al ver aquella figura siniestra. Fernanda, por mujer y por el estado especial de su alma, se inmutó visiblemente: después de pasar siguió todavía con ojos de temor a los dos jinetes hasta que se perdieron entre las sombras.

Al meterse en la cama, con el corazón apretado, quiso analizar la emoción que la dominaba; quiso remontarse a la causa. Sintió vergüenza de ella. Su orgullo le hizo exclamar con rabia y en voz alta:

--¿A mí que me importan esas picardías? ¿Qué tengo que ver con él ni con ella?

Pero acabado de proferir tales palabras sintió las mejillas caldeadas por el llanto. La heredera de Estrada-Rosa se volvió rápidamente y hundió el rostro, cubierto de rubor, en las almohadas.

VII

El aumento del contingente.

Las terribles dificultades que debían de surgir para el matrimonio de Emilita, a causa de las opiniones antibélicas de su padre, se orillaron con más facilidad de lo que podía esperarse. La historia no hablará (aunque mejor razón tendrá que para otros muchos sucesos) de aquel día solemne en que Núñez fue de uniforme a pedir a D. Cristóbal la mano de su hija, de aquel abrazo memorable con que éste le recibió, estrechándole calurosamente contra su pecho civil, de aquella fusión increíble de dos elementos heterogéneos creados para repelerse, y que gracias al amor de un ángel dulce y revoltoso se compenetraban y entendían. Si por casualidad esta página privada fuese objeto de atención para algún historiador, no tendría más remedio que afirmar la grandísima importancia de semejante concordia, que hasta entonces se había juzgado inverosímil, y al mismo tiempo presentar con imparcialidad el reverso, descubriendo a las futuras generaciones en qué modo el benemérito patricio D. Cristóbal Mateo fue víctima de una injusticia social y de la persecución de sus conciudadanos.

Es de saber, que todo el mundo en Lancia se creía autorizado para dar cantaleta a este respetable y antiguo funcionario acerca del matrimonio de su hija. Unas veces directa, otras indirectamente, siempre que tocaban tal punto aludían a las opiniones contrarias al desenvolvimiento de las fuerzas de tierra sustentadas por él hasta entonces. Al matrimonio dio en llamársele «el aumento del contingente,» y algunos llevaron su procacidad hasta darle tal nombre delante de su futuro yerno. Fácil es de concebir cuánta saliva habría tenido que tragar antes de perder, como lo hizo, una molesta y mal entendida vergüenza.

Pero a despecho de todas las diatribas y murmuraciones de los vecinos, que reflejaban, en el sentir de Mateo, más que su naturaleza jocosa, la envidia que ardía en la mayor parte de los corazones, «el aumento del contingente» se abría paso. El plazo fijado para realizarlo fue el mes de Agosto. Cuando llegó el momento había adquirido tal importancia que, como sucede generalmente en los pueblos pequeños, apenas se hablaba de otra cosa. Las relaciones del Jubilado y sus cuatro hijas eran numerosísimas, y todas ellas aspiraban a ser invitadas el día de la boda. Por otra parte, la misma aspiración alimentaban en su pecho algunos dignos y pundonorosos oficiales del batallón de Pontevedra amigos del futuro. No siendo posible reunir tanta gente en el hogar poético del Jubilado, se pensó en celebrar la boda en el campo. La casa más a propósito era la de la Granja por su proximidad a la población. D. Cristóbal se la pidió al conde, con quien tenía extremada confianza, lo mismo que sus hijas, y éste se apresuró a ponerla a su disposición.

En la iglesia de San Rafael se consumó de madrugada aquella venturosa alianza, prenda segura de paz entre el elemento civil y el militar. Bendíjola fray Diego que, por ser el sacerdote más bizarro y el más firme bebedor de anisado de la capital, gozaba de gran prestigio entre la oficialidad. Asistieron al acto más de veinte damas y casi otros tantos caballeros. En cuanto terminó se trasladaron todos a la Granja para pasar allí el día. Por hallarse tan cerca de la población no se necesitaban carruajes. Sin embargo, fueron los del conde de Onís y de Quiñones para trasportar a los novios y a algunas personas de edad avanzada, como las dos señoritas de Meré. Entre los invitados estaba casi toda la tertulia del maestrante, bastantes de la de las de Meré y un número crecido de oficiales.