El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

Part 9

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Picaluga fué declarado enemigo de la patria, y condenado á muerte por el almirantazgo de Génova, en 28 de Julio de 1836; pero bergantín y capitán desaparecieron como si un monstruo del Océano los hubiera devorado. La existencia de Picaluga es en efecto un misterio. Unos dicen que se le ha visto años después en las calles de México; otros que se hizo mahometano y vive en un serrallo de Turquía, y otros aseguran que varios mexicanos le han visto en un convento de la Tierra Santa, con una larga barba y un tosco sayal, haciendo una vida de penitencia para expiar en esta tierra el horrendo crimen que cometió, y que el Señor misericordioso pueda á la hora de su muerte abrirle las puertas del cielo.

_Manuel Payno._

OCAMPO

I

Una noche, cerca de las once, Don Melchor Ocampo salía de la casa de una persona con quien tenía íntima y respetuosa amistad, y que entonces vivía en la calle de ***

Cuando cerró tras sí la pesada puerta del zaguán, un hombre, embozado hasta los ojos con un capotón negro, pasó rápidamente, y después otro. Ocampo no hizo caso, y siguió lenta y tranquilamente hasta la esquina. Atravesó la bocacalle, y entonces advirtió que los dos embozados se habían reunido y marchaban delante á pocos pasos, á la vez que otros dos venían detrás, á algunas varas de distancia. Comprendió, aunque tarde, que había caído en una emboscada. Si retrocedía á la casa de donde salió, ó seguía, á la suya, se hallaba siempre en el centro. Registró maquinalmente sus bolsas, y encontró que no tenía armas; pero sí un reloj de oro, unas cuantas monedas y un lapicero. Siguió su camino derecho, pero muy despacio y sin dar muestras ningunas de que había observado á los que le seguían, y decidido á entregarles el reloj y el poco dinero que traía.

¡La rara casualidad! En todo el largo tránsito que la vista podía abarcar, no había ningún _sereno_, ni una alma se encontraba en la calle. En este orden, Ocampo y los embozados caminaron dos ó tres calles, y Ocampo se creyó en salvo cuando divisó ya á pocos pasos la luz de su habitación. Llegó por fin á la puerta, tocó, y con la prontitud que acostumbraba el portero le abrió; pero notó, con la poca luz que pudo entrar de la calle, que el portero estaba también embozado. Esto podía ser una casualidad. Ocampo vivía solo, y aunque preocupado y curioso, subió á su habitación sin miedo alguno. Al entrar en el pequeño salón encendió una luz y se encontró sentados en el sofá á otros dos embozados. Ocampo sonrió entre resignado y colérico.

--Señores, si es para broma, basta ya, les dijo. Yo no he gastado bromas con nadie; pero bien se puede permitir á los amigos que se diviertan alguna vez; y si es alguna otra cosa, acabemos también. La casa y todo está á disposición de los que no tienen valor para descubrirse la cara.

Al decir esto, echó á los pies de los embozados un manojo de llaves pequeñas, arrimó un sillón y se sentó.

Uno de los embozados se inclinó, tomó las llaves, encendió otra vela y se dirigió á la alcoba y á las demás piezas de la casa. A este tiempo los embozados de la calle se presentaron en la puerta del salón.

--Lo había adivinado, dijo Ocampo con voz firme. Este es un golpe de mano, de acuerdo con el portero. Lo siento, porque le tenía yo por hombre honrado. Advertiré á vdes., continuó dirigiéndose á los embozados, que sin duda han recibido malos informes de mi portero, y se han pecado un buen chasco. Yo no soy hombre rico, y aunque lo fuera, aquí no tengo gran cosa. Encontrarán vds. cincuenta ó sesenta pesos, alguna ropa que no vale mucho, y libros que no han de servir á vdes. de nada, porque si tuviesen amor á la lectura, seguramente no tendrían afición al robo. Acaben, pues, no vale la pena de que pierdan así su tiempo ni me desvelen. Tengo sueño.

Los embozados contestaron con una respetuosa cortesía, y se sentaron; solo uno de ellos se dirigió á las otras piezas. Al cabo de algunos minutos, los dos hombres que habían entrado á registrar salieron con un baulito de viaje y un legajo de papeles.

Ocampo volvió á sonreír.

--Otra equivocación tal vez, les dijo. Creerán que yo tengo papeles reservados. ¡Qué error! Todo lo que vds. traen no contiene más que apuntes sobre diversas plantas de Michoacán, y sentiré mucho que se extravíen.

Los embozados, al oír esto, descansaron el baul en el suelo, le abrieron y metieron cuidadosamente los papeles.

--Esto sí es singular, pensó Ocampo; y luego, dirigiéndose á ellos, les dijo: Como habrán vdes. observado, no soy hombre que tengo miedo, ni menos trato de armar escándalos ni de procurar que la policía intervenga. Esto sería lo más molesto para mí. Deseo únicamente que vdes. me digan lo que tengo yo que hacer, y que vdes. hagan breve lo que les convenga, y me dejen en paz. Les aseguro que en el acto que se marchen, me acuesto en mi cama y no vuelvo á ocuparme más de lo que ha pasado.

Uno de los embozados se descubrió. Era un hombre de una fisonomía dura, y se podía reconocer al momento, que lo que dijese lo llevaría á cabo irremediablemente. Ocampo le examinó de pies á cabeza con mucha sangre fría, y no pudo reconocer quién era, si bien recordaba haber visto quizá esa misma figura alguna otra ocasión.

--Supongo que no me he equivocado, y que vd. es el Sr. D. Melchor Ocampo, le dijo el hombre misterioso.

--Jamás he negado ni negaré mi nombre en ninguna circunstancia de mi vida; pero ahora me permitiré saber por qué razón me veo asaltado por gentes que se cubren el rostro. ¿Se trata de algún atentado?

--Tiempo hemos tenido para cometerlo, le respondió el desconocido con alguna dureza.

--¿Pues entonces?

--Aquí están las llaves de los roperos. Hemos encontrado un baul á propósito y hemos únicamente acomodado en él la ropa necesaria. El dinero que estaba en una tabla del ropero, y todo lo demás, queda en el mismo estado y tendríamos mucho gusto si el Sr. Ocampo pasa á cerciorarse de que lo que digo es la verdad.

--Me doy por satisfecho.

--Entonces, dijo el hombre misterioso, el Sr. Ocampo tendrá la bondad de seguirme.

--Y si no es mi voluntad, ¿qué sucederá? preguntó Ocampo con calma.

--No quisiera yo que llegáramos á ningún extremo, y sentiría de veras hacer cualquiera cosa que pudiera ofender á vd.

Ocampo se puso un dedo en la boca, bajó la cabeza y se quedó pensando un rato, y luego dijo:

--Creo comprender perfectamente, y como un caballero protesto que sin oponer resistencia alguna estoy decidido á seguir con toda calma esta aventura. Vamos.............. ¿supongo que se me permitirá tomar un abrigo?

--Había ya pensado en ello, pues que la noche está un poco fría, respondió el hombre presentándole una capa que tenía en el brazo.

Ocampo se embozó en ella, entró á sacar á su ropero el dinero que tenía, y tomando la delantera bajó el primero. En el patio estaban los otros hombres embozados, y el cuarto del portero oscuro y silencioso.

Echaron á andar por las calles solas y lúgubres, desperdigándose y colocándose á ciertas distancias los embozados, mientras el hombre con quien Ocampo había tenido el diálogo que acabamos de bosquejar, le tomó del brazo y marchaba unido con él, como si fuera su íntimo amigo. Así llegaron hasta el barrio escampado y triste de San Lázaro, sin haber atravesado una sola palabra en todo el camino. Cerca de la garita estaba un coche con un tiro de mulas. La portezuela se abrió, y Ocampo, el hombre misterioso, y dos más, subieron al carruaje. Contra las prevenciones usuales de la policía y de la aduana, las puertas de la garita se abrieron y el coche pasó, tomando el camino de Veracruz. En el tránsito Ocampo recibió todo género de atenciones de sus compañeros, que se descubrieron naturalmente, pero á los cuales no pudo reconocer. Los alimentos eran buenos, dormían en las mejores posadas; pero evitaron la entrada á Puebla y á Jalapa. Llegaron á las afueras de Veracruz una tarde á la hora del crepúsculo. Se dirigieron á pie al muelle, é inmediatamente se transladaron á una barca que estaba ya con las velas henchidas y el piloto á bordo. Antes de anochecer sopló un viento favorable, y á la media noche apenas distinguían ya el faro de San Juan de Ulúa. A los sesenta y cinco días llegaron á Burdeos.

--Antes de que nos separemos, dijo el hombre misterioso á Ocampo, quiero pediros perdón. He tenido que cumplir un encargo difícil, y lo he hecho de la mejor manera posible. Ninguno de nosotros ha traspasado los límites de la buena educación, y me atrevo á creer que nuestra compañía no ha sido tan molesta como era de esperarse, atendida la situación rara en que nos hemos encontrado.

--Los viajes y los matrimonios deben hacerse repentinamente, dijo Ocampo con cierto acento irónico; pero en verdad, yo no estoy enfadado con ninguno de vds. Me resta preguntar qué es lo que me falta que hacer, y si la compañía de vds. debe aún continuar algún tiempo más.

--Aquí nos debemos separar, y solo espero que en cambio de nuestros cuidados nos prometa vd. no pasar á tierra sino hasta que haya salido aquel barco que cabalmente comienza á levantar sus anclas. Aquí está una cartera que suplico á vd. reciba y no abra ni examine hasta que se halle instalado en la posada que elija en Burdeos.

--Prometí seguir lo que los mahometanos llaman el destino, y á nada me opongo, contestó.

Los hombres estrecharon cordialmente la mano de Ocampo, y con sus ligeros equipajes se trasladaron al barco que habían indicado, el cual antes de dos horas había ya salido del puerto y perdídose entre las ondas y el horizonte de la mar. Ocampo entonces desembarcó y se dirigió al hotel que le pareció más modesto y apartado del centro. Allí abrió la cartera y se encontró con una orden de una casa de comercio de México á otra de París, para que pudiese disponer de una mesada equivalente á 250 pesos. La cartera, además, tenía otro papel de una letra que quizá no fué desconocida para Ocampo, en que se le aconsejaba que viajase, que observase el mundo y que no volviese á México sino cuando personas que se interesaban sinceramente por él, se lo indicasen.

Esta aventura la refirió á mi padre una persona respetable y formal, y yo no he hecho más que evocar recuerdos que, aunque de época lejana, se conservan frescos y vivos en mi memoria. No salgo garante de la verdad, y de la cual tuve el mayor empeño en cerciorarme.

Muchos años después, y platicando yo familiarmente con Ocampo, hice rodar la conversación sobre los viajes, y me atreví á preguntarle si era cierto lo que había oído referir respecto á su primer viaje á Europa. Ocampo sonrió de la manera triste y sarcástica que le era peculiar, y desvió la conversación preguntándome si conocía yo una flor que, aunque se la daban por nueva, era originaria de México y muy conocida de todo el mundo. Comprendí que no debía instarle más; pero sí me llamó la atención el que no me dijese que era una fábula lo que se contaba: así, ni negó ni confirmó la narración.

El hecho fué que Ocampo permaneció muchos meses en Francia, que probablemente no hizo uso de la carta de crédito, pues vivió no sólo con economía, sino hasta con miseria, y se dedicó á estudiar las ciencias naturales, y con especialidad la botánica, en lo que fué muy notable.

Otra anécdota ha llegado á mi noticia, y quien pudo conocer el carácter de Ocampo, no dudará de ella. Entró una noche en Burdeos á un café donde acostumbraba tomar un frugal alimento. Sabía ya y entendía perfectamente el francés, y habiendo oido decir algo de México, fijó la atención en un grupo que se hallaba á poca distancia. Entre otras cosas graves é injurias relativamente á México, uno de los tertulianos fijó esta proposición general: _Los mexicanos todos son ladrones_.

Ocampo se levantó de su asiento, y dirigiéndose al grupo, dijo en muy buen francés:

«Señores, alguno de vds. ha dicho que todos los mexicanos son ladrones. Yo soy mexicano, y con mi conciencia les aseguro que no soy ladrón; en consecuencia, el que ha sentado tal proposición, _¡miente!_»

Ocampo se retiró lenta y tranquilamente á su asiento y siguió tomando su café.

Entre los del grupo hubo un momento de silencio y de estupor, pero á poco comenzaron á discutir y á vociferar. Ocampo les volvió la espalda en señal del más soberano desprecio. Ya no pudieron sufrir, y uno se levantó, y dirigiéndose á Ocampo, le dijo:

--Espero que mañana, antes de las seis, os presentareis aquí con vuestros testigos.

--Ahora mismo es mucho mejor, y dos de los señores serán mis testigos.

Dos de los concurrentes se levantaron, estrecharon la mano á Ocampo y se pusieron á su disposición.

--¿Cuáles son vuestras instrucciones?

--Todo lo que queráis convenir lo acepto sin observación ninguna.

Al día siguiente, en un lugar aislado y apartado de Burdeos, tuvo lugar el duelo. Ocampo, que era menos diestro en la esgrima, salió herido y tuvo que estar en cama cerca de un mes. Su adversario le visitó y le satisfizo amplia y públicamente. Otros refieren que hubo un segundo encuentro, en que el adversario recibió una herida grave; pero de una manera ó de otra, Ocampo dejó bien puesto su honor y el de la patria. No vaya á creerse que era espadachín, pero sí hombre muy pundonoroso y delicado, y cuando creía tener razón y obrar conforme á su conciencia y á su deber, no conocía el miedo.

II

Algo más hay que contar de la vida privada de Ocampo. Tocóle en herencia una grande y productiva hacienda de campo en el Estado de Michoacán, que se llamaba Pateo. Era aún muy joven, y de pronto no se le juzgó á propósito para la dirección de sus propios negocios. A los pocos días de haber recibido sus bienes dió pruebas evidentes de su aptitud, y más que todo de su rara probidad.

La finca era extensa y valiosa; pero reportaba muchos gravámenes, y había, además, una cantidad de deudas pequeñas que satisfacer. La primera providencia de Ocampo fué llamar á todos sus acreedores.

--Esta hacienda, les dijo, es más bien de ustedes que no mía. Examínenla á su gusto, y convengamos en la parte de ella que cada uno quiera tomar para pagarse su deuda.

La mayoría de sus acreedores consentían en renovar las escrituras. Ocampo rehusó y quiso pagar. Los acreedores eligieron convencionalmente las fracciones que les pareció, y quedó á Ocampo un potrero sin casa ni oficinas. Sus acreedores se mostraron satisfechos y fueron pagados, y él comenzó materialmente la vida ruda y laboriosa del colono.

Fijó su residencia debajo de un grande y frondoso árbol que todavía existe, y ayudado personalmente de los sirvientes que le eran adictos, comenzó á levantar una casa pequeña, á cavar las zanjas, á formar las cercas, á establecer las tierras de labor, á formar, en una palabra, de una tierra salvaje una hermosa propiedad que literalmente regó con el sudor de su frente. En el discurso de pocos años había ya una casa modesta, pero cómoda; un jardín cubierto de las flores más exquisitas, y unas tierras de labor benditas por Dios, y abonadas con el sudor y el trabajo de un hombre honrado, y no sólamente admirador de la naturaleza, sino muy inteligente en la agricultura. A esta nueva propiedad le puso por nombre _Pomoca_, anagrama de su apellido.

III

Vulgarmente se decía: «Ocampo es un hombre raro.» En efecto, no era común, y en este sentido había razón para calificarle así. Tenía un sistema de filosofía peculiar que no pertenecía realmente á ninguna de las escuelas antiguas ni modernas. Era el conjunto de todas ellas, modelado en su propio cerebro, con independencia de toda preocupación. Ocampo pensaba en la misión del hombre sobre la tierra, y para él, esta misión era la de hacer el bien y propagar la libertad en toda su mayor y más aceptable latitud; así, la política tenía necesariamente que formar parte de sus creencias íntimas. ¡Pueden hacer tanto bien los gobiernos! ¡Pueden proporcionar una suma de libertades tan apetecibles y preciosas! El constituir una parte de esa entidad que podía dispensar los más grandes beneficios á la sociedad, era para un ciudadano un grande honor y un motivo de legítima aspiración. He aquí el aspecto bajo el cual Ocampo miró siempre las cosas públicas; y no hacemos más sino recordar hoy muchas de las conversaciones que tuvimos con él.

Con unos precedentes tan sinceros y generosos, jamás pudo entrar, ni aun remotamente, en sus ideas, ni la consideración de un sueldo, ni el deseo del mando, ni la necia vanidad de figurar. Desde el momento que se persuadía que no podía hacer el bien en un puesto público, lo dejaba positivamente, y omitía esas fórmulas y esas ceremonias propias de los que no obran con la firmeza de una conciencia ajena de todo interés.

Ocampo escribió para el público menos que Otero, que Rosa, que Morales y que otros muchos hombres distinguidos del partido liberal, y sin embargo, ejerció en su época mayor influjo que ellos en la marcha de las cosas políticas. Cuando se establecía en México el gobierno conservador y dictatorial, Ocampo, ó era perseguido y desterrado, ó desaparecía de la escena pública y se encerraba en su hacienda á leer ó estudiar, y á cuidar sus pocos intereses, que tenía en un perfecto estado de orden. Cuando triunfaba el partido liberal, inmediatamente era llamado á ocupar algún puesto distinguido. Se prestaba á servir los cargos populares ó políticos; jamás quiso recibir ningún empleo, aun cuando le instaron para que aceptara muchos y muy buenos, entre ellos el de director del Montepío.

Así, fué gobernador de Michoacán, cuyo Estado ha añadido el nombre de Ocampo á su antigua denominación Tarasca. Gobernó bien, estableció prácticamente sus doctrinas de libertad; fué, como en todos los actos de su vida, nimiamente honrado y delicado, y se puede asegurar que jamás tomó un solo peso que no fuese adquirido con su personal trabajo.

Fué llamado al ministerio de Hacienda en Marzo de 1850, durante la administración del general Herrera.

En Octubre de 1855 entró á desempeñar el ministerio de Relaciones, siendo presidente el general Don Juan Alvarez.

En 1858 volvió á desempeñar el mismo ministerio, siendo presidente el Sr. Juárez, y en 1859 y 1860 estuvo encargado al mismo tiempo de los ministerios de Guerra y Hacienda. Fué en esta última época cuando desplegó Ocampo toda la energía de que era capaz, y participando de los inconvenientes y peligros de toda la época tormentosa de la guerra de la Reforma, firmó en Veracruz el célebre manifiesto del gobierno constitucional, y las leyes se expidieron una tras otra hasta completar la serie de providencias y circulares necesarias para consumar la obra que había costado tanta sangre y tantos trastornos en los últimos años.

IV

Triunfante el gobierno del Sr. Juárez, volvió con él á México el Sr. Ocampo; pero á pocos días fué organizado otro Gabinete, y el infatigable Ministro de la Reforma, sin ninguna aspiración, sin llevar un solo peso, sin pretender, y antes bien rehusando todas las posiciones que se le brindaron, se retiró á su hacienda de Pomoca, donde se ocupaba de poner en orden sus negocios, y en cultivar sus hermosas flores, que fueron el encanto de su vida.

Llevó á su hogar sus manos limpias. Ni el dinero ni la sangre les habían impreso algunas de aquellas manchas que, como dice Shakespeare, no pueden borrar todas las aguas del Océano.

Los restos del ejército reaccionario, pasados los primeros momentos, volvieron á aparecer con las armas en la mano; y en la República, que por un momento pareció tranquila, volvió á aparecer la guerra civil.

En la hacienda de Arroyozarco había un español llamado Lindoro Cajiga. Por motivos más ó menos fundados, que no es del caso calificar, se separó del servicio de los Sres. Rosas, y reuniéndose con una colección de hombres desalmados, formó una de esas temibles guerrillas que han sido el espanto de las poblaciones pequeñas y de las haciendas de campo.

Un día, el menos pensado, se presentó Cajiga en Pomoca y encontró á Ocampo desprevenido, inerme, confiado y tranquilo, en medio de sus hijas y de sus sirvientes. Bruscamente le intimó que se diera por preso; y á pie, y según se dijo con generalidad, tratándole de una manera indigna, le condujo hasta donde había una fuerza mandada inmediatamente por D. Leonardo Márquez, y que también estaba á las órdenes de D. Félix Zuloaga, que se decía Presidente de la República. Lindoro Cajiga obró de su propia cuenta, ó fué enviado expresamente por Márquez ó Zuloaga? El caso fué que, apenas este hombre respetable cayó en manos de estos jefes militares, cuando determinaron que fuese fusilado.

Ocampo no suplicó, no pidió gracia, ni aun algunas horas para disponer sus negocios; recibió con una completa calma la noticia de su próximo suplicio.

Pidió únicamente una pluma y una hoja de papel, y escribió, en pocas líneas, el testamento que ponemos á continuación, con una mano tan firme y un carácter de letra tan regular y tan correcta como si en medio de su vida tranquila del campo hubiese estado describiendo las maravillas de la naturaleza.

Fué fusilado y colgado en un árbol el día 3 de Junio de 1861, frente á la hacienda de Caltengo.

TESTAMENTO

«Próximo á ser fusilado según se me acaba de notificar, declaro que reconozco por mis hijas naturales á Josefa, Petra, Julia, i Lucila, i que en consecuencia las nombro mis herederas de mis pocos bienes.

«Adopto como mi hija á Clara Campos, para que herede el quinto de mis bienes, á fin de recompensar de algún modo la singular fidelidad i distinguidos servicios de su padre.

«Nombro por mis albaceas á cada uno in solidum et in rectum á D. José María Manzo de Tajimaroa, á D. Estanislao Martínez, al Sr. Lic. D. Francisco Benítez, para que juntos arreglen mi testamentaría i cumplan esta mi voluntad.

«Me despido de todos mis buenos amigos i de todos los que me han favorecido en poco ó en mucho, i muero creyendo que he hecho por el servicio de mi país cuanto he creído en conciencia que era bueno.

«Tepeji del Río, Junio 3 de 1861.--_M. Ocampo._

«Firman este, á mi ruego, cuatro testigos, i lo deposito en el Sr. General Taboada, á quien ruego lo haga llegar á mis albaceas ó á D. Antonio Balbuena, de Maravatío.

«En el lugar mismo de la ejecución, hacienda de Jaltengo, como á las dos de la tarde, agrego, que el testamento de Dª Ana María Escobar está en un cuaderno en inglés, entre la mampara de la sala i la ventana de mi recámara.

«Lego mis libros al Colegio de San Nicolás de Morelia, después de que mis señores albaceas i Sabás Iturbide tomen de ellos los que les gusten.--_M. Ocampo._--_J. I. Guerra._--_Miguel Negrete._--_Juan Calderón._--_Alejandro Reyes._»

Así terminó su carrera, á la edad de 54 á 56 años, uno de los hombres más distinguidos, más honrados y mejores de la República[1].

_Manuel Payno._

LEANDRO VALLE

Amigo: te felicitamos por haber dado á tu fe republicana hasta el último aliento de tu vida, hasta el último latido de tu corazón. Te felicitamos por haber sufrido, por haber muerto.

_V. Hugo._

I

Leandro Valle es una de las figuras más prominentes de la revolución progresista.

Esa figura, que yace alumbrada por la luz de la historia, dice á la actual generación que surge la juventud en la tormenta revolucionaria, como el rayo que va á incendiar los escombros del pasado, para echar los cimientos del porvenir.

Valle apareció en la revuelta arena de nuestro anfiteatro guerrero bajo los estandartes de la REFORMA, cuando el clero era una potencia y parapetaba en sus ciudadelas á sus soldados para defender sus tesoros y prominencias.

Cuando para escándalo del siglo y vergüenza de la historia, nos encontrábamos como en la Edad Media, en pleno _feudalismo_, las escuadras invasoras arrojaban sobre la ciudad heroica sus primeras bombas en 1847, y la capital se envolvía en las llamas de la guerra civil, á la voz de _Religión_.

Valle combatía por primera vez al lado de los reformistas, arrebatado por ese espíritu gigante, que no le abandonó ni en los últimos instantes de su existencia.