El libro rojo, 1520-1867, Tomo II
Part 8
A los cuatro días, y cuando apenas sus soldados comenzaban á descansar de una marcha de más de 250 leguas por un país desierto, se supo que el jefe español Ordoñez, con una fuerza de 700 á 800 hombres, se dirigía sobre el fuerte. Mina rápido en sus concepciones, resolvió atacarlo, y acompañado de Moreno y del Pachón (Encarnación Ortiz), se puso en marcha, y á la media noche llegó á las ruinas de una hacienda, donde encontró 400 insurgentes armados con unos cuantos fusiles inútiles. Al día siguiente muy temprano continuó su marcha, y algunas horas después se hallaba frente del enemigo con dos columnas de cien hombres, y en menos de ocho minutos Mina derrotó á los españoles, y regresó al fuerte con los cañones, fusiles y dinero ganados en esta batalla donde murieron los jefes realistas Ordóñez y Castañón.
IV
En poco tiempo Mina llenó con su nombre toda la Nueva España. Las gentes, cuando pasaba por algún pueblo, salían á verle con admiración, y el virrey, al acostarse y al levantarse tenía en sus oídos este nombre fatal.
El gobierno colonial desplegó la mayor actividad, reuniendo en Querétaro un cuerpo de tropas escogidas que puso á las órdenes del Mariscal Liñán, y apeló, además, á los medios de costumbre, que fueron declarar al héroe de Peotillos traidor, sacrílego y malvado. Ya en fines de Julio, Mina tenía sobre sí en la provincia de Guanajuato á Liñán, Orrantia, Negrete, Villaseñor, Bustamante (Don Anastasio), y cuantos otros jefes se consideraron capaces de afrontar el ataque rápido y terrible de los atrevidos aventureros que militaban bajo sus órdenes. Las fuerzas españolas se fueron colocando en puntos convenientes, hasta que al fin se acercaron y establecieron un sitio al fuerte del Sombrero. Este lugar dista de Guanajuato 18 leguas, y 6 de la ciudad de León, Mina, con cosa de mil hombres mal armados y unas viejas piezas de artillería, se resolvió á esperar y defenderse hasta el último extremo.
El 1.º de Agosto el enemigo rompió el fuego de cañón, que continuó sin interrupción durante cuatro días. Creyendo Liñán que los defensores estarían ya acobardados, dispuso un asalto por cuatro puntos, y por todos ellos fué rechazado. Entonces se hicieron á Mina proposiciones muy lisonjeras, que rehusó constantemente.
El fuego de cañón comenzó otra vez con más fuerza; la escasa agua que había en un algibe del fuerte se acabó, y las nubes derramaban en las cercanías frescas y abundantes lluvias; mientras los hombres del fuerte morían de sed. Mina, entonces, para contener la desesperación de sus soldados, hizo una salida sobre el campo de Negrete, le mató mucha gente y le tomó un reducto, pero tuvo que retirarse y volverse á encerrar en aquellas rocas secas y fatales.
El 15, Liñán hizo un terrible empuje y arrojó todas sus columnas sobre el fuerte, pero fué rechazado, perdiendo más de 200 hombres que quedaron tirados en las barrancas.
Los independientes no podían, sin embargo, sostener la posición. La sed los hacía rabiosos, y la peste los diezmaba. Resolvieron en una noche obscura abandonar el fuerte, pero al atravesar la barranca fueron sentidos, y las tropas españolas cayeron sobre ellos, y hubo en la obscuridad una horrible matanza de que pocos escaparon. Liñán ocupó el fuerte el 20, y su primera disposición fué mandar fusilar á los enfermos y heridos que habían quedado abandonados en esa noche triste de la Independencia mexicana.
Mina, protegiendo la salida, animando á los débiles, recogiendo á los dispersos, sostuvo la posición hasta lo último; pero ya rodeado de tropas españolas, no le quedó más arbitrio que abrirse paso con cien caballos, logrando escapar de la fuerza enemiga y llegar al fuerte de los Remedios, en el cerro de San Gregorio.
El 27, Liñán con todas sus tropas se presentó delante del fuerte de los Remedios. Mina, dejando sus buenas tropas en esta posición, expedicionó por el Bajío con cerca de 900 insurgentes de caballería. Se posesionó á viva fuerza de la hacienda del Bizcocho y de San Luis de la Paz. Fué rechazado de la Zanja y derrotado por Orrantia en la hacienda de la Caja. No pierde, sin embargo, el ánimo, y con veinte hombres que le quedaron, se dirige á Jaujilla á conferenciar con la Junta, y empeñado en auxiliar á los sitiados en el fuerte de los Remedios, vuelve otra vez á Guanajuato, reune á los insurgentes, toma la mina de la Luz, penetra en las calles, y allí desorganizadas las tropas que eran colecticias, bizoñas é insubordinadas, es completamente derrotado. Con 40 infantes y 20 caballos pasa la noche cerca de la mina de la Luz, y al día siguiente se dirige al rancho del _Venadito_, cuyo dueño era su amigo Don Mariano Herrera.
«Por las noticias que Orrantia adquirió en Guanajuato, supo el lugar donde Mina debería encontrarse, y á las diez de la noche salió con 500 caballos, dejando la infantería en Silao. Mina, á quien había venido á ver Moreno, en la confianza de estar seguro en un lugar tan oculto y con las precauciones que había tomado, se propuso descansar, y por primera vez después de muchas noches se quitó el uniforme y permitió que desensillasen sus caballos.»
Al amanecer del 17, Orrantia llegó al rancho y su avanzada de caballería rodeó la casa y sorprendió á los que todavía dormían tranquilos. Moreno murió defendiéndose, y Mina, hecho prisionero, y llevado delante de Orrantia, fué insultado por éste y maltratado de una manera villana, hasta el extremo de darle de cintarazos.
El 11 de Noviembre, á las cuatro de la tarde, fué conducido Mina al Cerro del Bellaco, donde fué fusilado por la espalda á la vista de los campamentos español é insurgente, que suspendieron las hostilidades para presenciar la muerte del indomable aventurero, que aun no cumplía veintinueve años, y que hizo temblar al antiguo virreinato de la Nueva España.
_Manuel Payno._
GUERRERO
I
Si Mina fué la tempestad y el rayo que hizo temblar al virrey en la silla dorada, Guerrero fué la luz de la independencia. Encendida siempre en las ásperas y ricas montañas del Sur, los mexicanos siempre tuvieron un punto adonde dirigirse, una esperanza que invocar y un representante que abogase siempre por la causa justa, pero al parecer perdida, por las victorias de las armas españolas. Si Guerrero hubiese sido uno de esos romanos que desde la obscuridad del campo se solían elevar hasta la gloria de la República, Tácito le habría consagrado un envidiable escrito como el que le dedicó á Julio Agrícola.
II
No vamos á escribir la biografía de Guerrero. Su vida fué un tejido de aventuras y una serie de rasgos heroicos, que están íntimamente unidos con nuestra guerra de once años. Sería necesario escribir la historia entera, pues Guerrero tuvo la fortuna de sobrevivir á su obra, y la desgracia de ser jefe de la República y de morir á manos de sus mismos compatriotas.
Nació Guerrero por los años 1783, en Tixtla. Su familia era de pobres labradores, restos escapados de la conquista, y que desde esos tiempos quizá buscaron una poca de libertad en las montañas del Sur. Los años primeros de Guerrero se pasaron en la fatiga y en el trabajo. ¿Qué educación, qué literatura, qué ciencias podían penetrar en esas apartadas montañas y en la casa rústica del campesino? El hombre era natural, el árbol con la corteza, la flor con todo y las espinas, el oro con el cuarzo. Pero la alma era en efecto de oro, y la aptitud moral, la inspiración de lo bueno, bastó para conducirle por el camino de la gloria y de la honra hasta los grados superiores de la milicia y hasta el primer puesto de la República.
III
En 1810, como todo el mundo sabe, Hidalgo proclamó la Independencia en Dolores. En 1811 ya encontramos que Guerrero había seguido la inspiración patriótica, figuraba como capitán, y servía á las órdenes inmediatas de D. Hermenegildo Galeana.
El hombre caminaba por una senda derecha, y con rapidez. En Febrero de 1812, Guerrero ya mandaba fuerzas no despreciables, ya se ponía frente á frente con los jefes españoles, ya alcanzaba en Izúcar una victoria sobre las tropas regulares que mandaba el brigadier Llano; ya, en fin, sin saber quizá entonces ni escribir en el papel, había, sin embargo, escrito su nombre en el libro misterioso de la posteridad. Esto es lo que se llama _genio_. Mientras menos son los elementos primitivos, mientras más inculta es la educación, mientras más obscura es la personalidad, más mérito y más gloria refleja en el que abre las puertas de la sociedad, y grita á los tiranos con la justicia en el corazón y con la espada en la mano: _Aquí estoy_.
En 1814, Guerrero había hecho una laboriosa campaña en el Sur de Puebla, había militado á las órdenes del gran Morelos, había pasado muchas aventuras y peligros, y era ya por fin uno de los _jefes_ de la Independencia; pero se hallaba en una singular situación.--Los azares de la guerra y la envidia de sus enemigos, le habían dejado reducido á un soldado asistente, á un fusil sin llave y á dos escopetas. Con estas terribles fuerzas emprendió una tercera campaña. ¡Es singular! Todos esos hombres, es fuerza que tengan algo del Hidalgo de la Mancha en el cerebro. Un sabio, en vez de lo que hizo Guerrero, entierra las escopetas, despide al soldado y se encierra en su casa.
Sin embargo, salió á los pocos días de su situación, de una manera inesperada.
Se presentó por el rumbo una fuerza española al mando de Don José de la Peña, de cosa de 700 á 800 hombres. En cuanto lo supo, imaginó que la Providencia le deparaba un armamento y un material de guerra, tal cual se lo había figurado.
En lo más silencioso y negro de la noche, recorrió el pueblo de Papalotla, despertó á los indígenas, los armó con palos; esas armas son fáciles de encontrar; y un puñado de hombres medio desnudos atravesó en silencio las humildes chozas del pueblecillo hasta la orilla del río. Allí, Guerrero dió el ejemplo, y todos se arrojaron al agua, y aquel cardumen de extraños peces dió en la orilla opuesta sin haber hecho el menor ruido. El campamento del enemigo estaba á poca distancia. Guerrero cae sobre él, y los soldados de España son despertados á garrotazos, quedando algunos muertos, otros atarantados, y los más, presas del pánico, pues no acertaban ni á concebir, como tan de repente tenían á los enemigos encima. Cuando amaneció el día, Guerrero, como lo había pensado, era dueño de 400 fusiles y de un abundante material de guerra.
IV
En la larga campaña que hizo Guerrero en el Sur, habría necesidad de llenar un volumen si nos pusiéramos á referir todos los rasgos de su valor personal. Citaremos, sin embargo, otro, quizá más notable que el anterior.
Un día llegó con una corta fuerza al pueblo de Jacomatlán, y observando que un alto cerro dominaba la población, prefirió ocupar esa posición militar, como lo hizo en efecto, estableciendo su campamento. La tropa estaba cansada; en su larga marcha por las asperezas, se había mantenido con raíces y frutas silvestres, y además, tenían necesidad de bañarse, pues las enfermedades comenzaban á desarrollarse entre aquel puñado de valientes.
Guerrero no pudo desentenderse de estas necesidades, y así, accedió á las súplicas de la tropa, y les permitió que pasasen al pueblo á proveerse de algunos víveres para surtir el campamento, donde pensaba permanecer una ó dos semanas, y los que se hallaban enfermos, se bañasen en un arroyo que á la sazón tenía una hermosa corriente de agua. La tropa, pues, descendió del cerro, se diseminó entre las casas del pueblo, y otra parte de ella se dirigió al arroyuelo. Guerrero quedó solo con el tambor de órdenes y el centinela que cuidaba el armamento.
Así, á las seis de la tarde y cuando Guerrero dormitaba en el recodo de una peña que le había proporcionado alguna sombra, un muchachuelo llegó casi sin aliento.
--Señor, el enemigo ha entrado al pueblo y está matando y haciendo prisioneros á los soldados y á todas las gentes.
Guerrero da un salto, monta en su caballo que tenía ensillado, deja al centinela con orden de dejarse matar antes de entregar las armas, monta á la grupa al tambor, armado de un fusil, y se lanza á todo escape por aquellos breñales.
Pero en vez de huír, como el tambor lo había pensado, Guerrero entra á las calles del pueblo. El tambor se apea y comienza á tirar de balazos sobre los enemigos. Guerrero, con espada en mano, se lanza sobre ellos, y asustados de la intrepidez de un hombre que se atreve solo y tan denodadamente á pelear, dejan el botín que estaban recogiendo, sueltan á los prisioneros y huyen. Guerrero reune entonces á los soldados, y con algunas armas que los españoles habían dejado tiradas, los persigue y los derrota completamente.
Guerrero había peleado contra 400 hombres mandados por un jefe valiente que se llamaba D. Félix Lamadrid.
En pocos días se encontraron dos veces Guerrero y Lamadrid en el campo de batalla, y en Xonacatlán la lucha fué á la bayoneta y cuerpo á cuerpo, como en las guerras de la antigüedad. Guerrero, aunque con fuerzas inferiores, salió siempre vencedor.
Después de estas campañas, Guerrero había aumentado mucho sus tropas, porque su nombre, su fortuna y su trato amable le granjeaban amigos por todas partes. Tenía, pues, necesidad de vestuario, de municiones, de armamento y de multitud de otras cosas necesarias para tener en orden y en servicio á su gente. No tenía más arbitrio sino proveerse á costa de sus enemigos.
Sin dar cuenta á nadie de su designio, se dirigió con mucho sigilo al cerro del _Alumbre_, y allí, al parecer, permaneció ocioso y sin objeto durante muchos días. Una noche puso en movimiento su tropa y la situó convenientemente en la cañada del Naranjo. Una madrugada salió personalmente de Acatlán, á la cabeza de una fuerza, toda decidida y valiente, y antes de que amaneciera el día sorprendió un rico convoy que Don Saturnino Samaniego conducía de Oaxaca para Izúcar, haciendo huír al jefe y á los soldados, que escaparon.
Samaniego se reunió en Izúcar con Lamadrid, el eterno antagonista de Guerrero, y volvieron juntos á la carga, atacándole furiosamente en Chinantla. La acción duró desde que rompió el día hasta muy entrada la noche; pero Guerrero quedó vencedor, y Lamadrid y Samaniego, llenos de rabia, huyeron, dejando en el campo cuantos pertrechos y equipajes tenían.
Guerrero, que al día siguiente examinó todo el botín, volviéndose á sus soldados, les dijo: «nuestros almacenes están ya bien provistos, y nuestros enemigos nos traen los efectos hasta la puerta de nuestra casa, y ni aun el flete tenemos que pagar.»
V
El amor propio de Lamadrid se hallaba excitado al más alto punto; así que buscó nuevos encuentros con Guerrero; pero en todas ocasiones salió derrotado, teniendo á veces que huír, á uña de caballo, como suele decirse.
Los últimos sucesos de esta especie de desafío á muerte entre el jefe español y el caudillo insurgente, fueron en los años de 1815 y 1816. Lamadrid estaba en la orilla izquierda del río Xiputla, y Guerrero llegó y ocupó la derecha. Desde las dos orillas, las tropas se estuvieron tiroteando y prodigando durante dos días toda clase de improperios. Guerrero, en una noche obscura pasó el río, dió furiosamente sobre el campo enemigo y destrozó á su rival. En Piaxtla y Huamuxtitlán, corrió una suerte igualmente adversa Lamadrid, á mediados de 1816.
La prisión y muerte de Morelos, y el indulto á que se acogieron algunos jefes notables, arruinó por ese tiempo la causa de la Independencia. Guerrero era ya un hombre formado en la guerra y en las fatigas, atrevido para las sorpresas é impetuoso para el ataque. El gobierno español conoció su importancia, y llamó al padre de nuestro héroe, le puso un indulto amplio y completo en la mano, facultándole para que hiciese á su hijo todo género de promesas, ya de empleos, ya de dinero.
El anciano se encaminó hacia el rumbo donde creía encontrar á su belicoso hijo, hasta que al fin dió con él.
Abrazó Guerrero con efusión al autor de sus días; pero así que se enteró de su misión, tomó la mano del anciano, la besó respetuosamente, y acaso la humedeció con una lágrima; recibió el papel en que estaba escrito su perdón, quedó un rato pensativo, y después le dobló y le entregó tristemente á su padre.
--He jurado que mi vida sería de mi patria; y no sería el digno hijo de un hombre honrado, si no cumpliera mi palabra.
El viejo abrazó á su hijo, le bendijo y se retiró silencioso, tomando de nuevo el camino, para poner en conocimiento del virrey el mal éxito de su comisión.
En el año de 1817 Mina desembarcó en Soto la Marina, y en pocos días hizo la brillante campaña de que hemos dado idea en nuestro anterior artículo; pero una vez fusilado este caudillo, el desaliento más completo se apoderó del ánimo de los mexicanos.
Un párrafo de la biografía del general Guerrero, que escribió el Sr. Lafragua, pinta perfectamente este período, y da una idea de cuánta era la energía moral del caudillo del Sur.
«La muerte de Morelos, Matamoros y Mina; la prisión de Bravo y Rayón, y el indulto de Terán y otros jefes, habían derramado el desaliento y el pavor en toda la Nueva España, que aunque más cercana que nunca á la libertad, gemía más que nunca atada á la metrópoli.
«Un hombre solo quedó en pie, en medio de tantas ruinas: una voz sola se oyó en medio de aquel silencio. Don Vicente Guerrero, abandonado de la fortuna muchas veces, traicionado por algunos de los suyos, sin dinero, sin armas, sin elementos de ninguna especie, se presenta en ese período de disolución, como el único mantenedor de la santa causa de la Independencia.
«Solo, sin rival en esa época de luto, Guerrero, manteniendo entre las montañas aquella chispa del casi apagado incendio de Dolores, trabajaba sin tregua al poder colonial, cuyos sangrientos himnos de victoria eran frecuentemente interrumpidos por el eco amenazador de los cañones del Sur.
«Lindero de dos edades, Guerrero era el recuerdo de la generación que acababa, y la esperanza de la que iba á nacer.»
VI
En el año de 1820, Guerrero era ya un general habituado á la metralla, familiarizado con la sangre de las batallas, heredero legítimo del valor, de la constancia y del genio militar del gran Morelos. Triunfante, al fin, aunque lleno de cicatrices, levantaba la cabeza como los colosos de los Andes, para anunciar á las Américas la buena nueva de la Independencia.
Fué en ese año cuando pudo conocerse la grandeza de su alma y la elevación del carácter del hombre oscuro que vió la luz en un pobre pueblecillo de las montañas.
Nombrado D. Agustín Iturbide comandante del Sur, salió de México el 16 de Noviembre de 1820, resuelto á proclamar la Independencia. El general español Armijo atacaba á Guerrero; y éste, recobrando su buena estrella, salía siempre triunfante como años antes del desgraciado Lamadrid.
Iturbide creyó que era necesario contar de todas maneras con un hombre de tanta importancia, y le dirigió una carta realmente diplomática. Guerrero le escribió otra llena de franqueza, que se resumía en estas palabras: «_Libertad, Independencia ó Muerte._»
Esta correspondencia dió por resultado una entrevista de los dos caudillos en el pueblo de «_Acatempan_.» Se hablaron, se explicaron, se dieron un sincero y estrecho abrazo. A pocos meses la sangrienta lucha había cesado, la Independencia estaba consumada, México tenía un Gobierno Nacional.
Guerrero en la campaña había sido valiente. En _Acatempan_ fué grande; se inscribió, por la generosa inspiración de su alma, en el catálogo de los hombres ilustres de Plutarco. Entregó el mando de las fuerzas á Iturbide, y puso el sello con este acto raro de confianza, de modestia y de abnegación, á la Independencia de su patria.
VII
El destino de algunos hombres ilustres, es como el de ciertos astros brillantes que recorren la bóveda del cielo, y parece que al amanecer el día se hunden y mueren en un horizonte sangriento.
Hemos sólo, á grandes rasgos, apuntado las cualidades militares de Guerrero. Los partidos trataron de manchar con mil calumnias y cuentos malévolos este gran carácter que en lo familiar era sencillo como un niño, consecuente con sus amigos, humilde en la prosperidad, generoso con los enemigos, y grande y noble con la patria. Llegó feliz á los linderos de la independencia, y tuvo la fortuna de ver á la patria libre, pero no dichosa. Apenas terminó la lucha de independencia, cuando comenzó la guerra civil que todavía no cesa. Guerrero fué arrastrado en sus muchas y tenebrosas combinaciones. Herido y abandonado en una barranca, en Enero de 1823, por defender el principio republicano, vuelve á aparecer en la escena en 1828. La elección presidencial fué uno de los acontecimientos más notables de esa época, y en la cual los partidos trabajaron y combatieron terriblemente, divididos y perfectamente marcados por los ritos masónicos _escoceses_ y _yorkino_.
Don Manuel Gómez Pedraza, que era el caudillo de los escoceses, salió electo legalmente presidente de la joven y turbulenta República. El partido yorkino no se dió por vencido ni por derrotado, apeló á las armas y colocó en la presidencia á su jefe, que era el general Guerrero, el cual entró á funcionar con este alto carácter en Abril de 1829.
En esa época los españoles invadieron á Tampico. Santa-Anna y Terán triunfaron, y la independencia se consolidó; pero la seguridad del país exigía un ejército cerca de la costa, y se estableció un cantón en Jalapa, á las órdenes del general D. Anastasio Bustamante, que era vicepresidente.
Bustamante se pronunció contra Guerrero, con las tropas que mandaba. ¡Extrañas anomalías de la historia, y funestas inconsecuencias de las Repúblicas! Guerrero, que había _sido capaz de hacer la independencia_, fué declarado _incapaz_ por el congreso; Bustamante entró á gobernar, y el caudillo del Sur volvió desengañado, triste, enfermo de sus heridas, á sus montañas del Sur, donde tuvo que tomar las armas para defenderse de la venganza y de la negra y ponzoñosa saña de sus enemigos.
VIII
Ninguna fuerza pudo vencer á Guerrero en las montañas, en tiempo de la colonia; ningunas fueron bastantes tampoco en tiempo de la República. Fué necesario apelar á la más negra y la más odiosa de las traiciones. «La historia de México tiene algunas páginas oscuras.» Esta es negra; y ni los años, ni el polvo del olvido, serán bastantes para borrarla.
A principios del año de 1831 se hallaba fondeado en la hermosa bahía de Acapulco el bergantín genovés «Colombo.» Era su capitán _Francesco Picaluga_, amigo íntimo de Guerrero y quizá de toda su confianza. Un día apareció un magnífico banquete preparado á bordo del bergantín. Guerrero fué convidado, y sin recelo ni sombra de desconfianza pasó á bordo. La comida fué alegre y espléndida; y concluída, los convidados salieron sobrecubierta á respirar las brisas de la magnífica bahía. Picaluga, con una sangre fría que honraría á Judas, declaró á su huésped que estaba preso, levó las anclas y se dió á la vela, dirigiéndose al puerto de Huatulco, donde entregó á Guerrero por sesenta mil pesos que le había dado el traidor y feroz ministro de la Guerra, D. José Antonio Facio. Guerrero fué conducido por el capitán D. Miguel González á Oaxaca, y juzgado en consejo de guerra ordinario.
El caudillo de la Independencia, el mantenedor del fuego sagrado de la libertad, el hombre que tenía destrozado su cuerpo por las balas y las lanzas españolas, fué condenado á muerte por unos miserables oficiales subalternos, y fusilado en el pueblo de Cuilapa el 14 de Febrero de 1831.
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