El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

Part 6

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Los independientes caminaban lentamente en dirección á la frontera del Norte. Llevaban cerca de medio millón de pesos en dinero y plata labrada, recuas de mulas con equipajes, catorce coches, veinticuatro cañones y cosa de ochocientos hombres repartidos en una grande extensión de terreno, escoltando las cargas y los carruajes. Ningún antecedente tenían de que serían atacados, y antes creían que serían escoltados por tropas insurgentes hasta Monclova.

El capitán español, Ignacio Elizondo, con 450 hombres formó una emboscada con tan buen cálculo, que fueron sucesivamente cayendo en su poder cuantos componían la comitiva.

Allende, su hijo, Arias y Jiménez, iban en un coche. Fatigados con el calor y con el camino, medio dormitaban cuando escucharon un grito: _Ríndanse al Rey_. Allende, bravo y denodado, abrió la portezuela, saltó á tierra, amartilló su pistola é hizo fuego al oficial español que estaba más cerca. Su hijo lo siguió, y tras él Jiménez. Elizondo disparó su pistola sobre Allende y gritó «fuego» á la tropa que lo seguía: una nube de balas vino á romper los vidrios y las maderas del carruaje. El hijo de Allende cayó herido entre las ruedas, y Arias, que asomaba la cabeza, quedó fusilado en el mismo respaldo del carruaje; la tropa se echó encima con espada en mano, y los que quedaron vivos fueron maniatados y entregados á la rigurosa custodia de un oficial. Así que Elizondo terminó la captura de toda la comitiva, se encaminó con ella á Monclova.

De este lugar se condujeron los presos á Chihuahua, y allí fueron juzgados y fusilados. Se cortaron las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, y conducidas á Guanajuato fueron colocadas en unas jaulas de fierro en los ángulos del sangriento castillo de Granaditas.

_Manuel Payno._

EL PADRE MATAMOROS

I

En el Sur del rico y hermoso Estado de Michoacán, y al pie de un anfiteatro irregular, formado por las montañas, está situada la hacienda de Puruarán.

Allí la vegetación es espléndida: anchos y dilatados valles cubiertos de caña; gigantescas _parotas_, _zirandas_ que nacen y crecen al lado de las palmeras y que enlazan en ellas sus nudosos troncos semejantes á los nervudos brazos de un gladiador, y que terminan por ahogarlas y levantarlas, desarraigándolas de la tierra; copados _tamarindos_ entre cuyas ramas habitan numerosas tribus de aves canoras; voluptuosos _plátanos_ cuyas hojas de raso ondulan crugiendo con el aura de la tarde, y entretejiéndose por todas partes las lianas, que forman caprichosos columpios, cubiertos de flores y de verdura.

Allí los arroyos cruzan entre alfombras de verdura, ó se desprenden sobre peñascos tapizados de musgo, y cuando soplan las brisas, todo tiene un murmullo, un suspiro, un rumor, árboles, lianas, llores, arroyos, cascadas.

Y sobre este paisaje encantador un cielo purísimo, con ese azul sereno que cantan los poetas, y que los pintores fingen en sus cuadros de gloria.

El sol ardiente de la zona tórrida arroja sobre aquella exuberante naturaleza torrentes de fuego y de luz, y todo germina y todo se vivifica, y cada hoja cubre un insecto, y cada peña oculta un reptil, y cada rama guarda un nido, y cada gruta guarece un ser animado.

De aquellos bosques, durante el día sale un concierto, y cuando la noche tiende sus negras sombras, reina por un instante el silencio, y luego los cantores del día desaparecen, el bosque se ilumina de nuevo, ya no con la luz del sol, sino con la fantástica de millones de insertos luminosos que suben y bajan, y cruzan y giran en continuo movimiento, y entonces en aquella misma selva, nuevos cantores con distintas armonías, dulces como las del día, pero más melancólicas y misteriosas, levantan un himno.

Allí la naturaleza canta á Dios eternamente.

En medio de este paisaje está Puruarán, rica hacienda de caña.

La entrada de la casa habitación y de las oficinas de la hacienda mira hacia el Norte.

Por el frente de la hacienda pasa el agua sobre un elevado acueducto sostenido por garbosos arcos.

Al pie del acueducto y á los lados de la casa, se miran las habitaciones de los trabajadores y dependientes, casi todas formadas de adobe con humildes techos de paja.

II

Era el 5 de Enero de 1814.

El ejército independiente, derrotado en las inmediaciones de Valladolid, se había retirado al Sur y estaba en la hacienda de Puruarán.

Aquel ejército que había dado tantas pruebas de valor y de heroicidad, que había recorrido triunfante por casi toda la Nueva España, estaba en aquellos momentos desmoralizado, falto de armas, de parque y casi sin esperanzas de resistir el inevitable empuje de las tropas realistas.

El ilustre Morelos, jefe de aquel ejército, fué obligado por los demás generales á retirarse de Puruarán, según dicen algunos historiadores, y los independientes quedaron allí á las órdenes del padre Matamoros.--Las tropas realistas emprendieron, como era natural, su movimiento sobre los insurgentes, y el día 5 de Enero llegaron á Puruarán y atacaron.

La victoria no se hizo esperar, y los jefes realistas Llano é Iturbide se apoderaron de la casa de la hacienda y de las oficinas á donde se habían hecho fuertes los independientes.

Después del combate, los soldados del rey comenzaron á explorar los alrededores con el objeto de aprehender á los insurgentes que habían logrado salvarse; y en una de las pequeñas habitaciones de los sirvientes de la hacienda, fué hallado el jefe de los insurgentes, el general Matamoros, que encontrándose solo, á pie y rodeado de enemigos, había buscado allí un refugio.

Según se dice fué entregado por un oficial de los mismos suyos y hecho prisionero por el soldado Eusebio Rodríguez, al cual se le dió como premio de este servicio la cantidad de doscientos pesos.

Matamoros fué conducido inmediatamente á Valladolid.

III

Don Mariano Matamoros, en el año de 1810, cuando Hidalgo proclamó la independencia de México, era cura de Jantetelco.

En 1811 se presentó al Sr. Morelos en Izúcar, y desde esa fecha militó á su lado hasta la desgraciada batalla de Puruarán.

Matamoros es llamado por la mayor parte de los historiadores «el más valiente de los insurgentes.»

En el famoso sitio de Cuautla, Matamoros, por orden de Morelos, se puso al frente de una fuerza de caballería y logró romper las líneas enemigas.

Matamoros se inmortalizó con la célebre batalla de San Agustín del Palmar, en cuya acción no sólo dió muestras de su valor y genio militar, sino que además probó, como él mismo lo dice en su parte al Sr. Morelos, que los independientes no se habían lanzado á la guerra con el objeto de robar.

El convoy custodiado por las tropas españolas derrotadas en el Palmar, fué respetado, y todo el comercio de la Nueva-España pudo decir entonces que los «insurgentes» eran soldados disciplinados, y no hordas de bandidos, como les llamaba Calleja.

Al hablar Matamoros de esta acción, dice:

«La batalla fué dada á campo raso para desimpresionar al conde de Castro-Terreño, de que las armas americanas se sostienen, no sólo en los cerros y emboscadas, sino también en las llanuras y á campo descubierto.»

Constantemente estaba Matamoros organizando tropas, á la cabeza de las cuales tenía á cada paso que batirse, y sin duda, á no ser por la desastrosa expedición á Valladolid, Matamoros hubiera libertado completamente todo el territorio que hoy comprenden los Estados de Puebla, Oaxaca y Veracruz.

Pero Dios lo había dispuesto de otro modo.

IV

El día 3 de Febrero de 1814, en la plaza de Valladolid, iba á ser fusilado un hombre.

Era éste de «pequeña estatura, delgado, rubio, de ojos azules,» y su rostro conservaba las huellas de las viruelas.

Marchando con ademán resuelto colocóse al frente de los soldados; se escuchó luego una descarga;--aquel hombre había dejado de existir.

Matamoros había muerto en el patíbulo; la causa de la Independencia perdía uno de sus más nobles caudillos.

El Sr. Morelos, según su propia expresión, «perdía su brazo derecho.»

México libre, declaró á Matamoros benemérito de la patria, y sus restos mortales se guardaron en la catedral de esta ciudad.

_Vicente Riva Palacio._

MORELOS

I

EL VIAJERO

Era uno de los primeros días del mes de Octubre de 1810. El sol descendía lentamente en el horizonte, y sus rayos ardientes bañaban el bosque de ciruelos, entre el cual se levantan el humilde templo y las pobres y dispersas casitas que forman el pequeño pueblo de Nucupétaro.

Nucupétaro está situado en el Sur del Estado de Michoacán, en medio de esa inmensa cadena de montañas que no termina sino hasta las costas del Pacífico.

El pueblo está en medio de un bosque de árboles de ciruela; pero allí el calor excesivo hace á la tierra árida y triste, un sol abrasador seca las plantas, y apenas unos cuantos días, cuando las lluvias caen á torrentes, los campos se visten de verdura, y los árboles se cubren de hojas; después, los árboles no son sino esqueletos, y las llanuras y los montes presentan un aspecto tristísimo.

En Octubre, pues, la naturaleza no se ostentaba allí con sus encantos, un viento abrasador levantaba en las cañadas nubecillas de polvo, y el cielo, sin una sola nube, parecía velarse con una gasa que daba á su fondo azulado un tinte melancólico.

Delante de una de las casitas del pueblo, y á la sombra de un cobertizo de palma, se mecía indolentemente un hombre sentado en una hamaca.

Aquel hombre parecía estar en todo el vigor de su juventud; era de una estatura menos que mediana, pero lleno de carnes; moreno, sus negras y pobladas cejas tenían un fruncimiento tenaz, como indicando que aquel hombre tenía profundas y continuas meditaciones, y en sus ojos obscuros brillaba el rayo de la inteligencia.

El vestido de aquel hombre, de lienzo blanco, era semejante al que usaban los labradores de aquellos rumbos: un ancho calzón y una _campana_, que es una especie de blusa.

Tenía entre las manos un libro, y sin embargo no leía, meditaba, porque su mirada vaga se perdía en el espacio.

De repente le sacó de su distracción el ruido de una cabalgadura; volvió el rostro; y casi al mismo tiempo se detuvo cerca de allí un anciano que llegaba caballero en una magnífica mula prieta.

--Buenas tardes dé Dios á su merced, señor cura--dijo el recién llegado.

--Muy buenas tardes--contestó el de la hamaca levantándose y dirigiéndose al encuentro de su interlocutor.--¿Qué viento nos trae por aquí al señor Don Rafaél Guedea?

--Aquí vengo de dar una vuelta por Tacámbaro, y á ver si me da posada esta noche su merced.

--Con todo mi gusto--contestó el cura.--Mándese vd. apear.

--Vaya, Dios se lo pague al señor cura Morelos.

Don Rafael entregó su mula á los criados que le acompañaban, se quitó las espuelas y el paño de sol, y abrazando al cura con grande efusión, se entró á sentar con él debajo del cobertizo.

II

GRANDES NOTICIAS

--¿Y qué deja de nuevo mi señor Don Rafael por esos mundos?--preguntó el cura.

--¡Cómo!--exclamó el otro--¿pues aun no sabe su merced las novedades?

--No. ¿Hay algo de nuevo?

--Y mucho, y muy grave.

--Cuénteme vd., cuénteme vd.

--Pues ¿recuerda su merced al señor bachiller D. Miguel Hidalgo, que estaba en Valladolid en el colegio de......

--Sí, sí, y mucho; ¿le ha sucedido algo?

--¡Pues no digo nada! está su merced para saber, que se ha levantado.

--¿Levantado?

--Levantado contra el virrey y contra los gachupines.

--Pero ¿es cierto? ¿es cosa de importancia?--preguntó Morelos pudiendo contener apenas su emoción.

--Tan cierto, que toda la gente de tierra fría anda ya revuelta; no se dice más, ni se habla de otra cosa, sino del señor Hidalgo, que quiere libertar á la América, y que tan grave es el negocio, que el 16 de Septiembre amaneció ya levantado el señor cura que era de Dolores, y el día 28 había tomado ya Guanajuato, que dicen que hubo mucha mortandad, y que estará ya muy cerca de Valladolid: cuentan, y es seguro, que trae muchísima tropa, y los gachupines están huyendo y cerrando los comercios y dejando sus haciendas; en fin, no sé cómo vuestra merced no sabe nada, porque la novedad es muy grande, y el señor Hidalgo tiene por todas partes muchos que lo aclaman y lo requieren.

Morelos había seguido la narración de su amigo sin perder una sola palabra; sus ojos se abrían desmesuradamente, su rostro se coloreaba, el sudor inundaba su frente, y su pecho se agitaba como si estuviera fatigado por una lucha.

Por fin, cuando Guedea terminó su relación, Morelos no pudo ya contenerse; levantóse trémulo, dejó caer el libro que tenía en las manos, y alzando los brazos y los ojos al cielo, exclamó con un acento profundamente conmovido, mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus tostadas mejillas.

--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡bendito sea tu nombre!

Después, dejándose caer en la hamaca, apoyó su rostro sobre las palmas de las manos, y parecía que sollozaba en silencio.

Don Rafael Guedea, enternecido también, contemplaba respetuosamente á Morelos, sin atreverse á dirigirle una sola palabra.

Sin duda el viejo hacendado comprendía el choque terrible que debía haber sufrido aquel gran corazón al saber que ya tenía una patria por la que podía sacrificarse.

Morelos se había sentido mexicano por la primera vez; el paria, el esclavo, el colono, escuchaba el grito de Independencia.

Aquel placer era capaz de causar la muerte.

III

EL GUERRILLERO

Pocos días después de esta conversación, Hidalgo con el ejército independiente, salía de Charo (inmediaciones de Valladolid) para dar la célebre batalla de las Cruces, y al mismo tiempo, aunque con opuesta dirección se desprendía de allí Don José María Morelos.

Morelos iba á emprender la campaña por el Sur, y por todo elemento para acometer tan aventurada empresa, el Sr. Hidalgo había dado al cura de Carácuaro un papel con la siguiente orden firmada también por Allende:

«Por el presente comisiono en toda forma á mi lugarteniente el bachiller Don José María Morelos, cura de Carácuaro, para que en las costas del Sur levante tropas, procediendo con arreglo á las instrucciones verbales que le he comunicado.»

En manos de un hombre vulgar aquella autorización quizá no hubiera servido ni para levantar una guerrilla; pero Morelos era un genio.

Sobre aquellas cuantas líneas trazadas en un papel, Morelos iba á fundar una reputación gigantesca; aquella orden era para él la vara mágica con la que iba á levantar ejércitos, á fundir cañones, á dar batallas, á tomar plazas, á formidar por fin á los virreyes y al monarca español.

Durante el camino hasta llegar á su curato, Morelos marchó solo, pero su imaginación le presentaba por donde quiera divisiones en marcha, batallones en movimiento, cargas de caballería, asaltos, combates, escaramuzas, todo el cuadro, en fin, de la terrible campaña que iba á emprender.

Morelos llegó á Carácuaro, y allí reunió 25 hombres mal armados, y comenzó su carrera militar.

Conforme á las instrucciones del Sr. Hidalgo, se dirigió á las costas del Sur.

Saliendo de Carácuaro, llegó á Choromuco, pasó el gran río de Zacatula por las balsas, llegó á Coahuayutla, tomó el camino de Acapulco, siguiendo desde allí toda la costa.

Por último, dos meses después de haberse puesto en campaña con 25 hombres, Morelos contaba ya con 2,000 infantes, gran número de jinetes, cinco cañones y considerable cantidad de pertrechos de guerra.

Casi todo el armamento y todo el parque habían sido quitados al enemigo.

IV

EL CAUDILLO

Desde esa época Morelos fué el caudillo prominente en la guerra de Independencia.

Vencedor unas veces, vencido otras, pero siempre constante, valeroso, inteligente, el humilde cura de Carácuaro era un héroe.

Por todas partes se hacía sentir su poderoso influjo; por todas partes, á su nombre, se levantaban partidas, y se organizaban tropas, y se daban combates.

Y no se contentaba sólo con defender su causa por medio de las armas, sino que sostenía constantemente difíciles polémicas con los curas y las principales personas del clero, que valiéndose de la religión, pretendían apartar al señor Morelos del camino que se había trazado.

La historia de las campañas del héroe, es la historia de todas las poblaciones, de todos los bosques, de todas las llanuras del Sur de nuestra patria, y sus recuerdos viven imperecederos en todos esos lugares.

Pero el apogeo de la gloria de aquel grande hombre está en el sitio de Cuautla.

Reducido Morelos á defenderse en esa ciudad, que hoy lleva con orgullo el nombre del ilustre caudillo, dió pruebas de la grandeza de su genio.

Una ciudad pequeña en una llanura, abierta por todos lados, con unas fortificaciones hechas de prisa y sumamente ligeras: ésta era su posición.

Un ejército bisoño, casi desnudo, con malas armas, con pocas municiones, y constando de un reducido número: éstos eran sus elementos de defensa.

Félix María Calleja, el vencedor de Aculco, de Guanajuato y de Calderón, seguido de un numeroso ejército bien armado, perfectamente disciplinado, orgulloso con sus victorias, provisto de abundantes víveres y municiones, y constantemente reforzado: esto representaba el ataque.

Y sin embargo Morelos resistió sesenta y dos días y aquel sitio mereció con razón el renombre de famoso.

Viéronse allí episodios de valor inauditos para impedir que los sitiadores cortaran el agua; los sitiados hicieron prodigios, y vivieron los que custodiaban la toma, bajo una constante lluvia de proyectiles.

Por fin la situación se hizo desesperada; el hambre obligó á los insurgentes á tomar una resolución extrema, y la noche del 2 de Mayo de 1812, el señor Morelos salió de la plaza, atravesó con su pequeño ejército la línea de circunvalación, abriéndose paso á viva fuerza, y aunque sufriendo grandes pérdidas, y libre ya de aquel peligro, volvió á ser el alma inteligente y guerrera de la lucha de Independencia.

V

EL MARTIR

La suerte abandonó por fin á Morelos, y en la acción de Tesmalaca (5 de Noviembre de 1815) cayó prisionero en manos del general español Concha.--El martirio debía coronar aquella vida llena de gloria, y Morelos marchó al patíbulo lleno de valor.

La inquisición, el clero, el virrey, la audiencia, todos quisieron tener parte en el sacrificio, todos quisieron herir á su víctima, todos hicieron gala de su crueldad con aquel hombre que los había hecho temblar, y á cuyo solo recuerdo palidecían.

Semejantes á una jauría hambrienta que se arroja ladrando y furiosa sobre un león herido, así aquellos hombres _organizaron su justicia_ contra el pobre prisionero de Tesmalaca.

La inquisición le declaró hereje, el clero le degradó del carácter sacerdotal, la audiencia le condenó por traidor al rey, y el virrey se encargó de la ejecución.

Y el hereje, el traidor, el mal sacerdote, el ajusticiado, era sin embargo un héroe, un caudillo en la más santa y más noble de las luchas; era, en fin, _el hombre más extraordinario que produjo la guerra de independencia en México_.

Morelos fué fusilado en San Cristóbal Ecatepec, el 22 de Diciembre de 1815.

Cuando la sangre de aquel noble mártir regó la tierra, cuando su cuerpo acribillado por las balas dejó escapar el grande espíritu que durante cincuenta años le había animado, entonces pasó una cosa extraña que la ciencia aún no explica satisfactoriamente.

Las aguas del lago, tan puras y tan serenas siempre, comenzaron á encresparse y á crecer, y sin que el huracán cruzase sobre ellas, y sin que la tormenta cubriera con sus pardas alas el cielo, aquellas aguas se levantaron y cubrieron las playas por el lado de San Cristóbal, y avanzaron y avanzaron hasta llegar al lugar del suplicio.

Lavaron la sangre del mártir y volvieron majestuosamente á su antiguo curso.

Ni antes ni después se ha observado semejante fenómeno. ¡Allí estaba la mano de Dios!

_Vicente Riva Palacio._

ITURBIDE

El Apoteosis

I

Llegó por fin el día de la libertad de México. Once años de lucha, un mar de sangre, un océano de lágrimas.--Esto era lo que había tenido que atravesar el pueblo para llegar desde el 16 de Septiembre de 1810 hasta el 27 de Septiembre de 1821.--16 y 27 de Septiembre, 1810 y 1821. He aquí los dos broches de diamante que cierran ese libro de la historia en que se escribió la sublime epopeya de la independencia de México.

Y cuánto patriotismo, cuánto valor, cuánta abnegación habían necesitado los que dieron su sangre para que se inscribieran con ella sus nombres en ese gran libro!

Pero el día llegó; puro y transparente el cielo, radiante y esplendoroso el sol, dulce y perfumado el ambiente.

Aquel era el día que alumbraba después de una noche de trescientos años.

Aquella era la redención de un pueblo que había dormido en el sepulcro tres siglos.

Por eso el pueblo se embriagaba con su alegría, por eso la ciudad de México estaba conmovida.

¿Quién no comprende lo que siente un pueblo en el supremo día en que recobra su independencia? Pero, ¿quién sería capaz de pintar ese goce purísimo, cuando se olvidan todas las penas del pasado y no se mira sino luz en el porvenir; cuando todos se sienten hermanos; cuando hasta la naturaleza misma parece tomar parte en la gran fiesta?

México se engalanó como la joven que espera á su amado.

Vistosas y magníficas colgaduras y cortinajes ondeaban al impulso del fresco viento de la mañana, en los balcones, en las ventanas, en las puertas, en las cornisas, en las torres. Cada uno había procurado ostentar en aquel día lo más rico, lo más bello que tenía en su casa.

Sus calles parecían inmensos salones de baile: flores, espejos, cuadros, vajillas, oro, plata, seda, cristal, todo estaba en la calle, todo lucía, todo brillaba, todo venía á dar testimonio del placer y de la ventura de los habitantes de México.

Y por todas partes, cintas, moños, lazos, cortinas con los colores de la bandera nacional, de esa bandera que enarbolada por Guerrero y por Iturbide en el rincón de una montaña, debía en pocos meses pasearse triunfante por toda la nación, y flamear con orgullo sobre el palacio de los virreyes de Nueva España.

Aquellos tres colores simbolizaban: un pasado de gloria, el rojo; un presente de felicidad, el blanco, y un porvenir lleno de esperanzas, el verde; y en medio de ellos el águila triunfante hendiendo el aire.

Y entre aquella inmensa multitud que llenaba las calles y las plazas, que se apiñaba en los balcones y ventanas, que coronaba las azoteas, que escalaba las torres y las cúpulas de las iglesias, ansiosa de contemplar la entrada del ejército libertador, no había quizá una sola persona que no llevase con orgullo la escarapela tricolor.

II

El sol avanzaba lentamente; y llena de impaciencia esperaba la muchedumbre el momento de la entrada del ejército _trigarante_.

Por fin, un grito de alegría se escuchó en la garita de Belén, y aquel grito, repetido por más de cien mil voces, anunció hasta los barrios más lejanos que las huestes de la independencia pisaban ya la ciudad conquistada por Hernán Cortés el 13 de Agosto de 1521.

1521, 1821. ¡Trescientos años de dominación y de esclavitud!

A la cabeza del ejército libertador marchaba un hombre, que era en aquellos momentos objeto de las más entusiastas y ardientes ovaciones.

Aquel hombre era el libertador D. Agustín Iturbide.

Iturbide tenía una arrogante figura, elevada talla, frente despejada, serena y espaciosa, ojos azules de mirar penetrante, regía con diestra mano un soberbio caballo prieto que se encabritaba con orgullo bajo el peso de su noble jinete, y que llevaba ricos jaeces y montura guarnecidos de oro y de diamantes.

El traje de Iturbide era por demás modesto: botas de montar, calzón de paño blanco, chaleco cerrado del mismo paño, una casaca redonda de color de avellana y un sombrero montado con tres bellas plumas con los colores de la bandera nacional.

Al descubrir al libertador, el pueblo sintió como una embriaguez de placer y de entusiasmo, los gritos de aquel pueblo atronaban el aire, y se mezclaban en gigantesco concierto con los ecos de las músicas, con los repiques de las campanas de los templos, con el estallido de los cohetes y con el ronco bramido de los cañones.