El libro rojo, 1520-1867, Tomo II
Part 3
En la misma tarde, como á las cuatro, hubo acuerdo extraordinario, con asistencia de los señores regente y fiscal, que duró hasta después de las once de la noche, en el que se determinó se recibiese á prueba por tres días, en los cuales se ratificaron los reos y los testigos sumarios; se entregasen los autos dentro del oficio al Lic. D. Manuel Navamuel, á quien se nombró defensor por veinte horas, y concluidas se pasasen al relator.
En la misma hora se hicieron las citaciones correspondientes, y al día siguiente se comenzaron á ratificar los testigos, y como á las diez y media los reos respectivamente, en que añadió Blanco que Quintero lo había seducido, y Quintero se mantuvo en su duda anterior.
El lunes 2 de Noviembre produjeron los reos sus pruebas sobre la identificación de sus ejecutorias de nobleza, con tres testigos cada uno.
El mismo día se presentó escrito por el defensor, sobre que le permitiese ver los autos en su casa, á lo que habiéndose accedido, ratificados los cuarenta y seis testigos, se le pasaron los autos por el capellán Elizalde, el mismo lunes á las nueve y media de la noche en que se cumplieron los tres días, y le empezaban sus veinte horas. El martes á las siete y media, que se le cumplieron, pasó dicho Elizalde por ellos y los condujo al relator por sólo aquella noche.
En este estado declaró Aldama en descargo de su conciencia, que la muerte que se le acumulaba, y por la que había estado preso en la Acordada, de un mulato, criado de Samper, era cierta, y que él la había hecho por robarle dos mil pesos de su amo, los que en efecto le quitó, al que arrastró y echó en una cueva de mina vieja, yendo él mismo al reconocimiento del cadáver cuando le dieron la denuncia, como teniente general que era de aquella jurisdicción de Cuautla de Amilpas.
Y Quintero expresó haber hecho una muerte en Campeche á un pasajero, á quien le robó seiscientos pesos, lo que también declaró en descargo de su conciencia.
A las ocho de la mañana del día miércoles se comenzó á relatar la causa y se siguió á la tarde, con asistencia del señor regente, el señor fiscal y los reos, cuya relación se concluyó después de la oración, finalizando el relator Echeverría con las causas de Aldama y Quintero, de que se le hizo cargo y vinieron de la Acordada.
Relatada la de Blanco, resultó que el año de 87 se procesó en aquel tribunal por cinco robos que ejecutó en compañía de D. Juan Aguirre su paisano y cajero que fué de la vinatería de D. Manuel Pineda, en la casa de Azcoitia, donde servía también de cajero dicho reo, extrayéndole más de tres mil pesos, y cinco que hizo en Guanajuato, en la tienda de su amo Alemán; el uno de varias ropas y los otros dos de reales hasta seiscientos pesos, lo que resultó justificado, por lo que fueron condenados á ocho años de presidio en Puerto Rico, y que de allí fuesen conducidos bajo partida de registro, á la casa de contratación de Cádiz, de donde se dirigieran á los lugares de su origen: que indultado éste por el Excmo. Sr. Flores, se vino á esta ciudad desde San Juan de Ulúa, donde desertó.
Por el expediente pasado, con oficio de 2 del corriente, por el Excmo. Sr. virrey, se advierte hallarse Quintero, por decreto de la misma fecha, declarado no gozar fuero alguno de guerra, cuya declaración fué expedida de resultas de la instancia que en el superior gobierno seguía sobre goce y restitución del fuero militar, de que se había antes despojado, por la causa que se le siguió en la Acordada, á querella de la viuda de su primo, quien le imputaba haberle extraído como cuatro mil pesos, en la que tuvo absolución de la instancia en 13 de Mayo último, y fué puesto en libertad con reserva de su derecho.
Después de dicha relación informó el abogado de los reos muy sucintamente, en que pidió que conociendo los graves delitos de los reos, ya que en el estado presente por lo mismo eran dignos de compasión, se mirasen con piedad y se les aplicase la muerte con atención á las circunstancias de su nacimiento, fundando la menos culpa y complicidad de Blanco, por lo que, y por su menor edad, era digno de más indulgencia.
Después siguió el señor fiscal, quien sin embargo de no haberle pasado los autos ni tener más instrucción de ellos que la relación que se hizo por el relator, hizo una oración de las más prolijas y exquisitas, en la que concluyó pidiendo, que respecto á los extraordinarios delitos de los reos, á su gravedad y circunstancias, merecían extraordinarias penas y un castigo ejemplar, por los cuales habían perdido el goce y fuero de sus privilegios; pero atendiendo á ciertas leyes y á la probanza que de su nobleza habían dado, condescendía «en que se les diese garrote saliendo de la cárcel, y el verdugo delante con el bastón y armas con que cometieron los delitos, y siendo regular ser una de las calles acostumbradas la en que vivía Dongo, el pasar por ella, los entrasen por la puerta principal, y estando un rato en ella saliesen por la cochera, por donde salieron triunfantes con el robo, salieran á pagar con sus vidas; que llegados al patíbulo, puestas en alto las armas y bastón al tiempo de la ejecución, verificada ésta, se destruyeran en el mismo tablado y que se mantuviesen los cadáveres por tres días en el suplicio para escarmiento y desagravio de la vindicta pública.»
Por ser ya las ocho de la noche no se votó, y se reservó para el jueves siguiente, en el que se pronunció la sentencia, que relativamente es la siguiente: «Hecha la relación acostumbrada de los excesos y delitos de los reos, hallaron que eran de condenar, y condenaron, á que de la prisión en que se hallaban saliesen con ropa talar y gorros negros, en mulas enlutadas, á son de clarín y voz de pregonero que manifestase sus delitos, por las calles públicas y acostumbradas; y llegados al suplicio se les diese garrote poniendo el bastón y armas á la vista del público, y verificada la ejecución se destrozasen y rompiesen por mano del verdugo, separándoseles las manos derechas: que se fijasen dos en dos escarpias donde habían cometido los homicidios, y la otra donde se halló el robo, en la parte superior de la pared, todo con ejecución, sin embargo de suplicación y de la calidad; y que el dinero depositado y demás del robo se entregara á la parte de la archicofradía heredera, como se ejecutó, y esta sentencia fué dada, presente el señor fiscal.» De la que dada parte á S. E. á las doce de este día, en su consecuencia pasó el escribano Lucero á la primera pieza del entresuelo de la cárcel, y haciéndolos traer á su presencia se las hizo saber y notificó: quienes postrados de rodillas la obedecieron conformes, y asistidos de los padres fernandinos y del rector de las cárceles Br. D. Agustín Montejano, pasaron á la capilla, quien les hizo las mayores exhortaciones de consuelo y conformidad, y postrados ante el altar hicieron una deprecación la más tierna y lastimosa, de donde tomaron sus respectivos lugares, que abrigaron con biombos.
En estos tres días se dispuso el cadalzo ó tablado, en medio de la plaza principal del real palacio y la de la cárcel, con el alto de más de tres varas, diez de largo y cinco de ancho, todo entapizado y guarnecido de bayetas negras, hasta el piso y palos.
El día sábado, 7 de Noviembre, entró el teniente de corte y demás ministros de justicia, y tras ellos los hermanos de la caridad, quien les dijo: Ya es, hermanos, la hora de ver á Dios; y levantándose se arrodillaron delante del altar, y auxiliados á gritos pidieron misericordia, haciendo muchos actos de cristiandad, y puéstoles los hermanos las ropas fueron acompañados de muchas personas eclesiásticas y condecoradas, y trepa, por las calles acostumbradas, hasta el suplicio: subiendo primero Quintero, como capitán de ellos, se colocó en el palo de en medio, Aldama en el derecho y Blanco al izquierdo. Se quebraron las armas y bastón, cuya ejecución se concluyó á la una de la tarde, durando á la vista por orden superior hasta las cinco que se pasaron á la real cárcel, y separadas las manos derechas se fijaron como se mandó, las que se quitaron el jueves 17 del mismo año, y con los hábitos de San Fernando se amortajaron y depositaron en la capilla de los Talabarteros, hasta el siguiente domingo que los hermanos de la Santa Veracruz en su parroquia hicieron un decente entierro con misa de cuerpo presente, que cantaron los fernandinos, y costó doscientos veintisiete pesos.
Este fué todo el infeliz suceso de los desgraciados agresores de Dongo y su familia.
_Per misericordiam Dei, requiescant in pace. Amén._
* * * * *
Al concluir este artículo debemos llamar la atención de nuestros lectores. El crimen que se ha referido fué, como se vé, cometido por tres españoles, de una condición y clase no común. En ochenta años que van transcurridos no se ha vuelto á perpetrar en la capital otro atentado tan atroz de que sea víctima una familia entera. Esto da una idea del carácter de las gentes que habitan la capital, entre las que no podemos negar que haya algunas de costumbres bien depravadas; y demuestra también que la civilización, aunque lentamente, adelanta entre nosotros, y esto lo prueban bastante las narraciones históricas que llevamos publicadas.
_Manuel Payno._
EL LICENCIADO VERDAD
..................¿Y enmudece aquella lengua que en el ancho foro defendió la verdad...........................
(NAVARRETE.--Elegía en honor del Lic. Verdad.)
I
El aliento de fuego de la revolución francesa había hecho brotar á Napoleón.
Pero si las revoluciones son como Saturno, que devoran á sus propios hijos, también es cierto que aquellas madres encuentran siempre un hijo que los sofoque entre sus brazos.
Llegó un tiempo en que Napoleón hizo desaparecer las grandes conquistas de la revolución: la República se tornó en imperio, el pueblo volvió á gemir bajo el despotismo, una nobleza improvisada, la nobleza del sable, vino á substituir á la aristocracia de la raza, y de allí de donde los pueblos esperaban el rayo de luz que alumbrara su camino, salieron torrentes de bayonetas que llevaron hasta Egipto la conquista y la desolación; Bonaparte se constituyó árbitro de la suerte de las naciones: sin llevar en sus banderas más que orgullo, sacrificó millones de hombres á su ambición, la Francia perdió á sus hijos más valientes, su tesoro quedó exhausto, y un cometa de sangre se elevó sobre el horizonte de la política europea.
Los reyes temblaban ante el enojo del nuevo César, y palidecían cuando volvía el rostro hacia sus dominios.
Llegó por fin su turno á la España. Débil y cobarde Fernando VII, conspiró contra su mismo padre, é imploró como un favor inmenso la protección de Bonaparte.
Los franceses invadieron completamente la España, y de debilidad en debilidad Fernando, acabó por abdicar el trono de sus abuelos, y Napoleón colocó sobre él á su hermano José Bonaparte.
Pero el pueblo español, abandonado por su rey, traicionado por muchos de sus principales magnates, sorprendido casi en su sueño por los ejércitos franceses que habían penetrado hasta el corazón del país, merced á la ineptitud ó á la cobardía de sus gobernantes, comprendió que le habían vendido; el león que dormía lanzó un rugido; se estremeció y oyó sonar sus cadenas; entonces vino la insurrección.
Los jefes se improvisaban, brotaron soldados de las montañas y de las llanuras, una chispa se convirtió en incendio, el viento del patriotismo sopló la hoguera, y la nación toda fué un campo de batalla.
Santo, divino espectáculo el de un pueblo que lucha por su independencia: cada hombre es un héroe, cada corazón es un santuario, cada combate es una epopeya, cada patíbulo un apoteosis.
Aquella historia es un poema, necesita un Homero; todos los hombres de corazón pueden comprenderla, sólo los ángeles podrían cantarla.
La sangre de los mártires fecundiza la tierra; el que muere por su patria es un _escogido_ de la humanidad, su memoria es un faro, perece como hombre y vive como ejemplo.
La grandeza de una causa se mide por el número de sus mártires; sólo las causas nobles, grandes, santas, tienen mártires; las demás sólo cuentan con sacrificios vulgares, sólo presentan uno de tantos modos de perder la existencia.
España luchaba, luchaba como lucha un pueblo que comprende sus derechos, como lucha un pueblo patriota.
Los hombres salían al combate, las mujeres y los ancianos y los niños fabricaban el parque y cultivaban los campos.
El ejército francés era numeroso, bien disciplinado, tenía magnífico armamento, soberbia artillería, abundantes trenes, y además brillantes tradiciones de gloria.
Y sin embargo, las guerrillas españolas atacaban y vencían, porque el patriotismo hace milagros.
Entonces comenzó á organizarse la insurrección, y se formaron en España las juntas provinciales.
II
Las noticias de los acontecimientos de la metrópoli llegaron á la colonia, y los mexicanos, indignados, olvidaron por un momento su esclavitud para pensar en la suerte de España y en la injusta opresión de Bonaparte.
Hay momentos supremos para los pueblos generosos, en que el texto de su derecho internacional es el evangelio, y olvidando las reglas de la diplomacia y los sentimientos de conveniencia, sienten la gran confraternidad de las naciones, olvidan sus rencores, y brota colectivamente en las masas una especie de caridad, de pueblo á pueblo, de nación á nación.
El duque de Berg, Lugarteniente de Napoleón, comunicó sus órdenes al virrey de México que lo era entonces Don José de Iturrigaray, teniente general de los ejércitos españoles; pero el virrey no se atrevió á acatar aquellas órdenes ni á desobedecerlas abiertamente; quiso consultar, quiso saber si contaba con algún apoyo, y citó á la audiencia para tratar sobre esto con los oidores.
Reunióse en efecto el acuerdo. El virrey les hizo presente el motivo con que los había citado, y aquellos hombres palidecieron como si vieran á la muerte sobre sus cabezas, y apenas se atrevieron á dar su opinión.
Entonces el virrey tomó la palabra, y con un acento conmovido, protestó que antes perdería la existencia que obedecer las órdenes de un gobierno usurpador; que aun podía ponerse á la cabeza de un ejército, y combatir por la independencia y el honor de su patria. Los oidores se retiraron avergonzados y cabizbajos.
La Audiencia aborrecía al virrey y le hacía una guerra sorda, y sin embargo, en aquél momento le había tenido que contemplar con respeto.
Ellos eran el vulgo delante del héroe; sólo el patriotismo pudo haber dado al indigno Fernando VII, vasallos y capitanes como los que pelearon en España y los que gobernaron sus colonias.
La noticia de estas ocurrencias se difundió bien pronto por la ciudad, y el Ayuntamiento quiso también tomar y tomó parte en la cuestión.
En el año de 1701 la monarquía española cambió de dueño; el fanático Carlos II legó los extensos dominios que conquistaran y gobernaran sus abuelos á la casa de Anjou, y Felipe V se sentó sobre el trono del vencedor de Francisco I.
Aquél cambio de dinastía se verificó sin que las colonias españolas de la América hubieran dado la menor muestra de disgusto; un rey al morir dejaba á un extraño pueblos y naciones por herencia, como un particular lega un rebaño ó una heredad, porque sus súbditos eran cosas; pero esto acontecía en 1701.
La abdicación de Fernando VII y la usurpación de Bonaparte se sabían en México en 1808, es decir, entrado ya el siglo XIX.
Los nietos conocían mejor sus derechos que los abuelos; México protestó contra la usurpación: México era colonia, por eso aborrecía las conquistas; los mexicanos eran víctimas, por eso detestaban á los verdugos.
Una tarde, el Ayuntamiento de México, en cuerpo, presidido de las masas de la ciudad, se presentó en palacio, las guardias batían marcha, la muchedumbre se agrupaba en derredor de los regidores, el virrey salió al encuentro de la corporación, y el alcalde puso en manos de Iturrigaray una representación.
En aquella representación el Ayuntamiento, á nombre de la colonia, pedía la formación de un gobierno provisional; el virrey la leyó con agrado y la pasó en consulta á la Audiencia.
El Ayuntamiento se retiró en medio de las ovaciones del pueblo, que tenía ya noticia de lo que acontecía.
Esto pasaba en el mes de Julio de 1808.
III
La Audiencia de México, compuesta en aquella época de hombres tímidos, intrigantes y que debían sin duda el puesto que ocupaban más al favoritismo que á sus propios méritos, no podía estar á la altura de su situación.
Los oidores, hombres vulgares que no pasaban de ser, cuando más, viejos abogados llenos de orgullo y obstinación, no pudieron comprender ni la lealtad del virrey, ni el arranque de generosidad del Ayuntamiento de México, ni el esfuerzo patriótico de los españoles.
La medida propuesta por los regidores pareció, pues, al acuerdo muy avanzada, y vista á la luz de ese miedo que las almas pequeñas llaman prudencia, mereció la desaprobación de todos los oidores.
En los momentos supremos de la crisis de un pueblo, fiar el consejo ó la ejecución de las grandes medidas á hombres de poco corazón ó de mediana inteligencia, es comprometer el éxito, buscar en la inercia el principio de actividad, pedir arrojo al que sólo piensa en precaución.
El virrey Iturrigaray y el Ayuntamiento chocaron con la Audiencia; el virrey quiso renunciar el gobierno, y lo renunció en efecto, proponiéndose pasar á España á prestar sus servicios; pero este paso fué desaprobado por sus amigos y por el Ayuntamiento, y no insistió más.
El 26 de Julio la barca _Esperanza_ trajo la noticia de que toda la España se había levantado contra la dominación francesa, proclamando la independencia, y esta noticia se recibió en México como el más plausible de los acontecimientos.
Salvas de artillería, músicas, cohetes, repiques, paseos, todo anunciaba el gozo de la colonia, porque en México se aplaudía instintivamente el esfuerzo de un pueblo que buscaba su salvación, porque toda tiranía tiene siempre, tarde ó temprano, una reacción de libertad, porque aquella lucha era ya la alborada del día de la independencia de los mexicanos.
El Ayuntamiento instaba por la formación de un gobierno provisional, y el virrey, mirando la resistencia de los oidores, citó una gran junta, á la que debían concurrir la Audiencia, el Ayuntamiento, los inquisidores, el arzobispo, y en fin, todas las personas notables de la ciudad.
El 9 de Agosto se celebró por fin esta célebre sesión, á la que concurrió la Audiencia, no sin haber protestado antes secretamente, que sólo asistía para evitar disgustos con el virrey.
Iturrigaray presidía la reunión, y con tal carácter invitó al síndico del Ayuntamiento, Licenciado Don Francisco Primo Verdad y Ramos, para que usase de la palabra acerca del asunto para el que habían sido llamados.
Verdad era un abogado insigne en el foro mexicano, dotado de una gran elocuencia y de un extraordinario valor civil. Habló, habló, pero con todo el fuego de un republicano; habló de patria, de libertad, de independencia, y por último, proclamó allí mismo, delante del virrey y del arzobispo y de la Audiencia, y de los inquisidores, el dogma de la soberanía popular.
Aquella fué la primera vez que se escuchó, en reunión semejante, la voz de un mexicano llamando soberano al pueblo.
El escándalo que esto produjo fué espantoso, el inquisidor Don Bernardo del Prado y Ovejero no pudo contenerse, y se levantó anatematizando las ideas de Verdad; el arzobispo se declaró enfermo y pretendió retirarse.
El velo del templo se había roto, la luz había brotado por la primera vez en la colonia; después de tres siglos de obscuridad, la estátua se animaba, pero el suplicio debía seguir al reto audaz del nuevo Prometeo; los tiranos no perdonan nunca.
IV
El único resultado aparente de la primera junta, fué jurar á Fernando VII como monarca legítimo de España é Indias.
Poco tiempo después, el 30 de Agosto, se presentaron en México el brigadier de marina Don Juan Jabat y el coronel Don Tomás de Jáuregui, hermano de la mujer del virrey, comisionados ambos por la junta de Sevilla, para exigir del virrey de México que reconociese la soberanía de esa junta y pusiese á su disposición el tesoro de la colonia.
Reunióse con este motivo una segunda junta, y allí los comisionados presentaron sus despachos y sus autorizaciones que se extendían hasta aprehender al virrey en caso de que se negase á obedecer.
Las discusiones fueron acaloradas, la sesión se prolongó por muchas horas, y por fin llegó á resolverse definitivamente que no se reconocía á la junta de Sevilla.
Llegaron pliegos de la junta de Oviedo, conteniendo la misma pretensión; volvió el virrey á citar otra junta, leyólos en ella y agregó, que España estaba en la más completa anarquía, y que su opinión era no obedecer á ninguna de aquellas juntas.
Siguióse aún otra junta, tan acalorada como las anteriores, y el virrey insistía siempre en renunciar, á lo que se oponía con tenacidad el Ayuntamiento, y sobre todos el Lic. Verdad.
En fin, Iturrigaray se decidió á formar en México una junta y un gobierno provisional, á imitación de los de España; llegaron á expedirse las circulares á los ayuntamientos, y la villa de Jalapa nombró sus dos comisionados que se presentaron en la capital.
Los oidores no estaban conformes con esa resolución; pretendían indudablemente deshacerse del virrey con el objeto de que la Audiencia entrase á gobernar, y como en aquellos días el rey no podía nombrar otro virrey en lugar de Iturrigaray, y las juntas españolas no eran reconocidas en México, el poder quedaría durante largo tiempo en manos de la Audiencia.
Los oidores Aguirre y Batani eran el alma de esta conjuración; casi todas las noches se reunían á conspirar los de la Audiencia y sus amigos; el fiscal Borbón adulaba al virrey en su presencia, y conspiraba con tanto ardor como los demás; Iturrigaray estaba sobre un volcán.
El Ayuntamiento era partidario del virrey, porque el virrey sostenía la buena causa; pero el Ayuntamiento de México no pudo ó no quiso apoyar á Iturrigaray, y se abandonó, sin conocer que en medio de las tinieblas conspiraba la Audiencia, y que el virrey debía arrastrar en su caída á los regidores.
Los comisionados de la junta de Sevilla trabajaban también contra el virrey; Jáuregui, á pesar de ser su cuñado, y Jabat porque era enemigo personal de Iturrigaray desde que éste vivía en España.
La suerte favoreció en su empresa á los conspiradores.
V
El odio de los oidores al virrey no conoció límites; habían jurado perderle, y lo cumplieron.
El 15 de Septiembre en la tarde salía Iturrigaray á paseo, y al bajar las escaleras de palacio, una mujer del pueblo se arrojó á sus pies.
--En nombre del cielo, lea V. E. ese papel--le dijo presentándole una carta.
--¿Qué pides, hija mía?--preguntóle bondadosamente el virrey.
--Nada para mí, sólo que V. E. lea con cuidado ese papel.
La mujer se levanto y se alejó precipitadamente. El virrey, pensativo, montó en su carroza.
Tenía Iturrigaray la costumbre de ir todas las tardes á pescar con caña en las albercas de Chapultepec; así es que apenas entró en su carroza, los caballos partieron en aquella dirección y el cochero no esperó orden ninguna.
Durante el camino, Iturrigaray leyó la carta que la mujer le había entregado; era la denuncia de una conspiración que debía estallar aquella noche.
El virrey sonrió con desdén, guardó la carta y no volvió á pensar más en ella.
Sin embargo, no era porque no creyese que conspiraban contra él, sino porque esperaba los regimientos de Jalapa, de Celaya y de Nueva-Galicia, con los cuales contaba para sofocar cualquiera rebelión.
Pero la Audiencia se había adelantado. Don Gabriel Yermo, rico hacendado, se prestó á servir á los oidores en su complot, é hizo venir de sus haciendas un gran número de sirvientes armados.
Con este auxilio, y contando con el jefe de la artillería Don Luis Granados, que tenía su cuartel en San Pedro y San Pablo, determinaron dar el golpe.