El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

Part 23

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Al llegar á Uruapan, Méndez recibió cartas del general Osmont, Bazaine y Maximiliano en que le ordenaban que fusilara á todos los prisioneros. Juan Berna se oponía, haciéndole palpar la monstruosidad á Méndez; y el español Wenceslao Santa Cruz lo tentaba á que cumpliera fielmente las órdenes superiores; después de mucho cavilar, Méndez sujetó á la Corte Marcial á cinco de los principales: Arteaga, Salazar, Villagómez, Díaz Paracho y Juan González. Arteaga, la víspera de la ejecución, envió á su madre la siguiente carta que expurgada de erratas se publica por primera vez: «Uruapan, 20 de Octubre de 1865.--Señora doña Apolonia Magallanes de Arteaga.--Mi adorada madre:--El 13 de Septiembre he sido hecho prisionero por las tropas imperiales y mañana seré decapitado; ruego á usted, mamá, me perdone el largo tiempo que contra su voluntad he seguido la carrera de las armas. Por más que he procurado auxiliar á usted, no he tenido recursos con que hacerlo, si no fué lo que en Abril le mandé; pero queda Dios que no dejará perecer á vd. y á mi hermanita la _yanquita_ Trinidad. Porque no fuera á morirse de dolor, no le había participado la muerte de mi hermano Luis, que acaeció en Túxpan en los primeros días de Enero del año pasado. Mamá, no dejo otra cosa que mi nombre sin mancha, respecto á que nada de lo ajeno me he tomado, y tengo fe en que Dios me perdonará mis pecados y me recibirá en su gloria. Muero como cristiano y me despido de vd., de Dolores y de toda la familia, como su más obediente hijo--Q. B. S. P.--José María Arteaga.»

El coronel Wenceslao Santa Cruz mandó el cuadro de la ejecución, el día 21, á la espalda del Parián[22]. Al ser formados para la descarga los cinco patriotas, todos demostraron entereza. Arteaga dijo: «Muero defendiendo la integridad de mi patria, no como general, sino como ciudadano.» A los pocos días la señora Magallanes recibía un reloj, un real y otra carta del mártir, en la que le decía: «Es el único patrimonio que le dejo, defendiendo á mi patria.» El Supremo Gobierno Federal quiso honrar la memoria de Arteaga, trayendo sus restos á esta capital, para que reposaran en el Panteón de San Fernando; pero no son los verdaderos: esos reposan todavía en Uruapan; así lo asegura el único que les dió sepultura, Angel Frías, hijo natural del mártir.

Ningún fundamento parece tener esta afirmación tan rotunda, pues después del fusilamiento de Arteaga, Salazar, Villagómez y González (los indígenas de Paracho se llevaron á Díaz envuelto en una bandera), los señores Ramón Farías, Tomás Torres y Rafael Rodríguez, éste como presidente del Ayuntamiento, recogieron los cadáveres para velarlos en la capilla del Santo Sepulcro y darles sepultura en uno de los ángulos del cementerio del barrio de San Juan Evangelista. Al acordar el Supremo Gobierno la traslación de los restos de Arteaga y Salazar al Panteón de San Fernando, dos personas de las que les dieron sepultura presenciaron la exhumación, acompañadas de los doctores Manuel Reyes, Braulio Moreno y Teodoro Wenceslao Herrera. Aún tenían intactas las ropas y éllas hacían palpable la identidad[23].

_Angel Pola._

CARLOS SALAZAR

1832-1865

Harapienta, demacrada y muerta de hambre, la hermana que le sobrevivía vagaba calle arriba y calle abajo por el barrio de la Merced, de esta Capital, sin que ninguno la diera de caridad un rincón cualquiera para dormir. La infeliz, puestas en fuga sus esperanzas por la mala suerte que iba tras élla, había tocado un último recurso: que su marido mendigase un empleo de puerta en puerta, cerca de los que consideraba sus parientes. Un día, después de llamar mucho, le abrió sus puertas don Luis Salazar, tío del General; pero élla no volvió por segunda vez, á pesar de salirle al encuentro la promesa. La muerte, más compasiva que el pariente, al ver á los esposos extenuados de hambre y frío, quiso que descansaran y se apresuró á abrirles sus lóbregas fauces.

De su frondoso árbol genealógico, que la fatalidad ha ido podando con saña implacable, no quedan sino ramas lejanas, casi ingertos, sin la savia del tronco. Hasta un renuevo, su hija Carlota, no vive ya. Ni recuerdos hay del capitán Benito Salazar, íntegro empleado de la Aduana de Matamoros, padre de Carlos.

Doña Tecla Preciado cuenta que nació el valiente republicano en Matamoros, Tamaulipas, por el año 1832, pues que de la misma edad era ella. El muchacho parecía el mismísimo demonio por sus peligrosas travesuras.--«Cree usted, me decía la señora, que de milagro vivía, porque una vez en el puerto le tiró de la cola al caballo del capitán y le dió tal coz en la frente que se la abrió. Toda la vida le duró la cicatriz.»

De ocho años vino á México y le pusieron en una escuela particular católica, porque sus padres, y más don Benito que su madre la señora Merced Ruiz de Castañeda, eran antes que todo católicos devotos. Primero que nada, Carlos debía aprender el Ripalda para que pudiese lograr la gracia, de rodillas en el confesionario; á renglón seguido, vendrían como muy secundarias una poquita de Gramática, las cuatro reglas de la Aritmética y otras unturas de materias que constituían la instrucción primaria en aquella época.

Realizado su sueño dorado (desde pequeño fué de su agrado la milicia), entró en el Colegio Militar. Miramón y Leandro Valle estudiaron con él y fueron condiscípulos y buenos amigos. La identidad de ideas políticas y religiosas de Miramón y él, dejaban pronosticar que juntos andarían la misma senda al entrar en la vida pública. El pronóstico tenía fundamento: para Carlos, ya de edad en que los años dan ideas propias y fijas, era imposible que el domingo dejara de oir misa y tuviera cubierta la cabeza al tropezar en la calle con un sacerdote: era herejía y sobrado pecado para ir al infierno.

El año 1847, días antes de la batalla de Churubusco, de cadete en el Colegio Militar, pidió permiso para luchar contra los norteamericanos bajo las órdenes de don Leonardo Márquez, el célebre general conservador y famoso imperialista. Con tal arrojo peleó,--porque arrojo más que valor era y fué siempre el suyo, originado por su mucho patriotismo,--que fué herido en una pierna. Le levantaron del campo de batalla al día siguiente de librada. Esto le valió una medalla y el ascenso á subteniente.

Durante el belicoso y despótico gobierno de Santa-Anna, el gobierno honrado de Herrera y Arista y el efímero de don Juan Bautista Ceballos y de Lombardini, no mostró en sus actos de militar, si bien tenía un grado inferior, la menor señal de su republicanismo y liberalismo, que andando los sucesos le hicieron simpático y lo allegaron numerosos partidarios, haciéndole figurar como jefe de una gran facción de Michoacán. En este tiempo pasaba por beato rematado, que arrastraba espada por deber de la carrera. Sabían sus parientes, quienes le llamaban el _Chino_ y vivía con ellos en la casa número 4 de la calle de San Ramón, que no dejaba pasar viernes ni día primero de mes sin ir á ver á la Virgen de la Soledad y oir misa para sola ella. En medio de su religiosidad resaltaba su odio al despotismo, emanara de donde emanase. Tal vez esto fué causa de que yendo en fila cerrada al Sur para combatir el plan de Ayutla y siendo derrotado, hiciera suyas con entusiasmo, como segundo ayudante del primer batallón activo de Querétaro, todas las ideas imbíbitas en el plan y tuviese mayores bríos para sostenerlas sin ser presa del desaliento, no obstante las dificultades que parecían insuperables á sus sostenedores. Victorioso el plan de Ayutla, por el que peleó desde la toma de Nusco basta la llegada de Comonfort y Alvarez á Cuernavaca, fué por sus méritos militares comandante del Cuerpo de Tehuantepec.

Durante parte de la guerra de tres años, tuvo en México la comisión del partido republicano, unido á los señores Anastasio Zerecero, Julián Herrera, coronel Jesús Ocampo y doña Luciana Baz, de proveer de recursos á las tropas liberales que atacaban los principios reaccionarios. La desempeñó con buen éxito á pesar de los peligros de que estaba rodeado. Un día le sorprendió el mismo Miramón en persona en junta secreta con otros liberales en una casa de por las calles del Reloj.--Conque conspiras? Ahora no me lo negarás, le dijo Miramón encarándosele.--Estamos en plática pacífica de amigos.--Conque en plática, eh?, y á puertas cerradas, y todos ustedes liberales. Estás preso por ahora.

Y mientras Miramón se interiorizaba de la casa, Salazar subió en un coche que aguardaba á la puerta; y andando calles largo tiempo sin rumbo, el cochero quiso al fin saber á dónde conducía al que se había subido precipitadamente y se encontró con que ya nadie iba adentro. Salazar, corriendo el vehículo, se había apeado, no pudiendo el policía Lagarde dar con él. Y fué á incorporarse en Tlalpam al coronel Ramón Reguera (padre). La ciudadana doña Luciana Baz quedó con las otras personas desempeñando la comisión aquella. La inquietaba el paradero de Salazar: si tendría mal fin; los retrógrados eran capaces de todo, aun de cazarlo en poblado. Admiraba su valor y su persona. Solía decir á la señora Tecla Preciado, al volver las espaldas Salazar:--«Tecla, qué cuerpo el de Carlos!» Para ella no existía otro mejor formado en el mundo: todo bien hecho, en admirables proporciones; era gordo, pero no obeso, ni eran flojas las carnes; bien parado; limpia de arrugas la frente; rizado el cabello; la barba le cubría toda la mandíbula inferior; un bigotito negro que tiraba á bozo; las cejas de alita de golondrina; la mirada medio bizca y, por sobre todo, su marcialidad; ¡qué porte á la cabeza de sus soldados! Radiaba su alegría y no le importaban las circunstancias para manifestarla. Mas cuando se le despertaba el enojo, desconocía al mundo entero, olvidaba el tuteamiento de sus íntimos y al hablarles decíales con otra voz: señor, señora. Tenía el rostro encendido y era capaz de sacarle astillas á una mesa de un puñetazo. Hecho del poder el partido liberal, tuvo el grado de teniente coronel del Batallón Moctezuma, que al mando del coronel Jesús Díaz de León guarnecía la capital de la República. Después, el Moctezuma pasó á ser uno solo unido al Batallón Rifleros de San Luis. En sus filas, con el grado de teniente coronel, el 20 de Diciembre de 1861, concurrió á la batalla que tuvo lugar entre Pachuca y el Mineral del Monte. Allí se hizo acreedor á la condecoración especial que decretó el Supremo Gobierno. Al poco tiempo marchaba con el mismo cuerpo y los de Zapadores y Reforma, que formaban la descubierta del Ejército, á la Soledad, Estado de Veracruz, para resistir á las fuerzas de las tres potencias extranjeras que empezaban á invadir el territorio nacional.

Verificados los tratados de la Soledad, partió con el Batallón Rifleros de San Luis al Monte de la Cruces para combatir á Buitrón y los otros reaccionarios que acababan de asesinar á Ocampo, Degollado y Leandro Valle. Al fin de esta campaña que terminó con buen éxito, se dirigió á Puebla y peleó heróicamente contra los franceses el 5 de Mayo de 1862; mereció y obtuvo por tan brillante hecho de armas el ascenso á coronel y jefe del cuerpo mencionado. Después tomó participio directo en la defensa de Puebla, que tenían sitiada los soldados de Napoleón III; por desgracia cayó en poder de los invasores, pero logró fugarse de la cárcel y se incorporó, pasados algunos días, al Gobierno legítimo que permanecía en México.

Cuando Juárez, como Presidente de la República, fué á San Luis Potosí, le acompañó, siendo Jefe militar de la zona que comprendía Río Verde, Valle de Valles, San Ciro y otros puntos de la Sierra, que había precisión de tener en extremo vigilados. Aprovechó todos los elementos que pudo encontrar, reorganizó su cuerpo, lo instruyó, equipó y le dió el ejemplo de acatar la Ordenanza. A varios jefes comisionó para que emprendieran formal campaña contra las guerrillas de traidores que merodeaban por pequeñas poblaciones y haciendas cometiendo robos y asesinatos. Más tarde, por acuerdo del Supremo Gobierno, pasó con el Batallón Rifleros de San Luis, á las órdenes del general José López Uraga, al Estado de Michoacán. En Morelia, defendida por el general Leonardo Márquez, al dar el asalto el 18 de Diciembre de 1862, la fortuna le fué adversa, pero no perdió el valor, ni con una herida que le atravesó el pecho, ni ante los peligros de muerte sin cuento que le rodearon durante la batalla, al grado de matar uno tras otro sus caballos las balas enemigas. La retirada de sus tropas, la hizo él en camilla hasta Santa Clara del Cobre, donde, sin embargo de sus graves heridas, no cesó de seguir reorganizando las fuerzas que debían continuar combatiendo al ejército invasor. Rasgos semejantes de valor tuvo en otros días. El año 1859, estando el general Aureliano Rivera en Tlalpam, quince ó veinte de sus oficiales, Salazar á la cabeza de éllos como comandante de batallón, hicieron formal promesa de llegar á las garitas de Chapultepec, donde estaba el enemigo, y de hacerle fuego á quemarropa con pistola. Llegaron á Tacubaya, y en la cantina de la señora Mariquita Becerril, un tal Palomo y un tal Reguera, oficiales ambos que se guardaban profundo encono, hicieron en alta voz alarde de temeridad tomando la vanguardia. Cerca de las trincheras cayó herido Palomo, y Salazar, que hacía de corneta, al ver el inminente peligro que corrían, tocó retirada; y una astilla que sacó de un árbol una bala le quitó de los labios y la mano la corneta; entonces volvió en medio del fuego graneado á recocer á Palomo, le montó en su caballo y puso á salvo. En estos trances, la amistad más que el deber le obligaban. Así en los Reyes, cuando fortuitamente, sin saberlo él, del pronto, el general Porfirio Balderrain mató al mayor Guerrero, de su Estado Mayor, loco de ira é indignación se trasladó al lugar del suceso, y asiendo de la cintura al homicida, le azotó contra la pared y quiso matarle á taconazos. Tal manera de ser no quiere decir que Salazar fuese de mala índole; muy por el contrario, buenos sentimientos le animaban y lo mostró siempre con palabras y hechos. ¡Qué soldado de la Reforma y la Intervención y el Imperio no recuerda el haber visto llorar á Pueblita en las peroraciones, de Salazar! No de su gran cabeza, sino de su corazón le salía, todo lo que hablaba.

Después de la honrosa retirada de Morelia, sin darle las espaldas al enemigo, sano ya de su herida, se dirigió á Uruapan y luego á Santa Clara, cuya plaza tomó á viva fuerza á los traidores.

En la Villa de los Reyes, Michoacán, rechazó á los franceses y traidores que le asaltaron, y los puso en precipitada fuga.

En los primeros días de Abril de 1865, fueron reducidos á prisión, por orden del general Ramón Méndez, las familias de Salazar (era ya general), Arteaga, Pueblita y el coronel Jesús Ocampo. Estuvieron incomunicadas bajo la custodia de los franceses, hasta que unos comerciantes, dolidos del martirio á que las habían sujetado durante dos meses y un día, se constituyeron sus fiadores, y lograron por este medio se las dejase por cárcel la ciudad de Morelia. El único objeto de tal conducta inquisitorial era el hacer que los jefes de las dichas familias se sometieran sin peros al llamado Imperio; mas nada pudo lograr Méndez, porque en aumento el desinterés y la abnegación de aquellos meritísimos ciudadanos, trabajaron con inquebrantables esfuerzos en difundir el amor á la patria entre las tropas mexicanas, las cuales sabían todo el mal que les venía con un gobierno que no fuese propio ni de forma representativa popular.

Arteaga y Salazar aparecían en discordia ante los republicanos que los acompañaban, haciendo la campaña contra el Imperio en Michoacán; el origen de élla era el distinto punto de vista desde el cual apreciaban los sucesos políticos de las zonas que dominaban.

Pronto se borró esa discordia, sin dejar huella de su paso por esos dos grandes corazones henchidos de patriotismo. El 16 de Septiembre de 1865 vibraban acordes como si dieran vida á un mismo cuerpo, sintiendo y pensando idénticamente. Esa fecha la celebraron en Tacámbaro de Codallos, especie de arsenal de la República en aquella triste época. El coronel Justo Mendoza, secretario del Cuartel General del Ejército Republicano del Centro, pronunció un soberbio discurso y lo escucharon el general en jefe Arteaga, el Cuartel Maestre Salazar, el Estado Mayor, los jefes y oficiales y un resto vagabundo y simpático de fieles empleados de diversos ramos de la administración pública. Fué aquella una fiesta oficial que reanimó á los espíritus que hacían vivir la República por Michoacán. De allí salieron las fuerzas en vías de organización. Los traidores y los republicanos tenían prisioneros; los primeros gestionaban con empeño canjes; lo cual no había podido efectuarse por las ventajas que querían. Los jefes de uno y otro partido se carteaban, partiendo la solicitud de los traidores y jefes extranjeros. El coronel Van der Smissen menudeaba su correspondencia con Salazar; exigía más de un soldado suyo por un mexicano, y Salazar le contestaba que en ninguna parte y en ningún tiempo podía ser más un extranjero que un mexicano. «Acepto el canje--dicen que escribía al coronel Van der Smissen--pero cabeza por cabeza, porque no puede ser un extranjero más que cualquier mexicano.»

El general en jefe José María Arteaga pasó revista á las tropas en las llanuras de la Magdalena, el 4 de Octubre. Llegaban á tres mil quinientos hombres, sin contar los destacamentos de Zitácuaro, Huetamo y Tacámbaro. Había tres divisiones.

A la una de la tarde del 9, Arteaga, con las brigadas Díaz, Villagómez y Villada, cuyo Cuartel Maestre era Salazar, partió á Tacámbaro, porque hubo noticias de que Méndez llegaba con mil quinientos hombres. Ya el general Vicente Riva Palacio había salido hacia Morelia con mil hombres, y otras dos secciones por otros rumbos. En el camino, el coronel Trinidad Villagómez tiroteaba á la vanguardia del enemigo. La retaguardia la cubría el teniente coronel Julián Solano con cien hombres. El mal camino y la tormenta, la noche del 10, no fueron obstáculo para que llegasen á Tacámbaro. Iban á tomar el rancho, el 12, cuando corrió la voz de que se acercaba el enemigo y levantaron violentamente el campo y prosiguieron su marcha; pero hacia Santa Ana Amatlán, donde llegaron el 13. Arteaga ordenó descanso, confiado en que Solano, con treinta exploradores, estaba en observación de Méndez frente á Tancítaro, y que Pedro Tapia, con otros treinta, vigilaba sobre la colina de la entrada del pueblo la cuesta que tiene como siete leguas de camino y la cual debía necesariamente pasar el enemigo. Durante la travesía, Arteaga había estado recibiendo partes de Solano en que noticiaba que Méndez no se movía de Tacámbaro. En esta seguridad, la infantería puso en pabellón sus armas y los treinta hombres de caballería desensillaron y fueron al río á dar agua á la caballada.

Ese mismo día en la mañana, de camino Méndez para Santa Ana Amatlán, vió las huellas de la tropa republicana y exclamó: «Adelante, muchachos; el que agarre á Arteaga y Salazar tiene una talega de pesos.»

Amado Rangel, con cien hombres, sorprendió dentro de la cañada, á las once del día, á la tropa republicana. Los únicos que hicieron resistencia fueron algunos soldados y jefes del Cuartel Maestre. El resto de la fuerza, con los otros jefes y Arteaga, se encontraban presos en un portalito de la plaza, desarmados y bien custodiados. Mientras, Salazar y su Estado Mayor se batían, sitiados en su alojamiento. Platicando Rangel con Arteaga, llegó un soldado de los imperialistas y dijo al primero:--Señor, no se quiere rendir el general Salazar.--Pues que le prendan fuego á la casa.

Luego Rangel desistió de su idea y fué personalmente, porque así lo exigían los sitiados, para suspender el fuego.--¿Quién es el general Salazar? preguntó Rangel al grupo de valientes que hacía resistencia. Y el más simpático de entre ellos dió un paso al frente y contestó:--Yo; servidor de usted. Rangel puso sus tropas á las órdenes de Salazar, pero éste dijo:--Nada, nada, Rangel; á cumplir con su deber. El capitán Juan González hizo un guiño á Salazar para que aceptase.--Déjalo cumplir con su deber, dijo Salazar al sacerdote patriota.

A Rangel exigió Salazar, antes de rendirse, la seguridad de su vida, la de sus otros compañeros y atenciones para su compadre el coronel Jesús Ocampo, herido gravemente de dos balas, durante la refriega. Rangel se lo prometió bajo palabra de honor, que fué quebrantada el día 21.

A la salida de Amatlán, los exploradores de Tapia y Solano marchaban con los soldados imperialistas de Orozco. Vencedores y vencidos llegaron á Uruapan el 20. Allí recibió Méndez la ley del 3 de Octubre, y para aplicarla á los prisioneros principales, mandó constituir la Corte Marcial, la cual con festinación sentenció á muerte al general de división José María Arteaga, al general de brigada Carlos Salazar, al coronel Trinidad Villagómez, á Jesús Díaz Paracho y al capitán Juan González. El jefe traidor Pineda y un escribiente se presentaron á levantar el acta de identificación de las personas y á notificarles que serían pasados por las armas á la mañana del siguiente día. Los cinco liberales oyeron impávidos su sentencia sin objetar nada[24].

Al salir de la prisión la mañana del 21, á las cinco, para ser fusilados, Arteaga flaqueó; entonces Salazar dándole el brazo, le dijo:--«Apóyese.» En el cuadro Salazar se desabrochó la camisa, enseñó á los ejecutantes de la sentencia dónde quedaba el corazón, porque siendo desleales les temblaría el pulso y le harían padecer. «Me despido de todos mis amigos y les ruego que no se manchen con el crimen de traición. Voy á enseñar como muere un leal republicano asesinado por traidores.» Y quedaron sin vida los cinco valientes.

La toma de Amatlán fué una compra hecha desde Uruapan, cuando dos jefes se incorporaron á los liberales y andaban en secreteos con Solano y Tapia. Este recibió tres mil pesos. El castigo no se hizo esperar: los dos que tramaron la venta fallecieron á los pocos días: uno de ellos de fiebre á los dos días de la sorpresa en Amatlán.

Aunque fuera de tiempo, al saberse en México la toma de la plaza, una comisión de personas honorables se acercó á Carlota para que influyera en que no fuesen fusilados los prisioneros. Contestó: «Hay que matar á los bandidos para que sirvan de ejemplo de moralidad.»

Méndez enseñó á los prisioneros el decreto de 3 de Octubre y dijo al general Pérez Milicua: «Debían haber sido fusilados todos; pero sólo he atacado el tronco y apartado las ramas: con eso es suficiente.» Además, le enseñó una carta de Maximiliano en que aprobaba su conducta y lo ascendía á general de brigada. Terminaba ordenando á Méndez que propusiera á Riva Palacio el canje de los prisioneros belgas, que lo habían sido en Tacámbaro el 11 de Abril. «Si no acepta Riva Palacio, fusile á todos.» Eran treinta y cinco[25].

_Angel Pola._

ÍNDICE

Págs.

La familia Dongo 1

El licenciado Verdad 35

Hidalgo 52

Allende 61

El padre Matamoros 90

Morelos.--I. El viajero 96

II. Grandes noticias 98

III. El guerrillero 101

IV. El caudillo 103

V. El mártir 105

Iturbide.--El apoteosis 107

Padilla 112

Mina 121

Guerrero 137