El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

Part 22

Chapter 223,898 wordsPublic domain

Lindoro Cajiga y Jiménez Mendizábal cargaron á la derecha del camino con el prisionero, y en un claro de monte hicieron alto. Y empezaron los preparativos del fusilamiento. Ordenaron á Valle que se apeara de San Pedro, porque lo iban á pasar por las armas. Permaneció de pie, cerca de un tronco de árbol. Una escolta de infantería esperaba la voz de mando. Al aparecer el capitán que debía ejecutarlo, Valle, desabrigándose, dijo al P. Bandera, capellán del ejército reaccionario:

--Padre, le regalo á usted mi capa.

Sus botas federicas se las dió al coronel Ismael Piña.

En este instante, Miguel Negrete se presentó á caballo.

--Señor general, yo soy el general Negrete, por cuya cabeza ha ofrecido usted mil pesos; hoy no quiero más que darle un abrazo.

--Con mucho gusto.

Se apeó Negrete y abrazó á Valle, y éste le regaló su reloj, diciéndole que como un recuerdo.

Otra voz salió del grupo, la del coronel Agustín Díaz.

--Un antiguo compañero de usted, de colegio, desea tener esa misma satisfacción.

Valle le abrió los brazos.

--Deseo escribir á mi familia--suplicó al capitán.

Y en un plieguito de papel, escribió con lápiz esta carta:

«En el Monte de las Cruces, Junio 23 de 1861.--Padre y madre queridos; hermanos todos: Voy á morir, porque esta es la suerte de la guerra, y no se hace conmigo más que lo que yo hubiera hecho en igual caso; por manera, que nada de odios, pues no es sino en justa revancha. He cumplido siempre con mi deber; hermanos chicos, cumplan ustedes, y que nuestro nombre sea honrado, como el que yo he sabido conservar hasta ahora.

«Padre y madre: A...... esa carta, á mí, un eterno recuerdo. También de tí me acuerdo, Agus[16], tú has sido mi madre también.

«A mis hermanos y amigos, adiós.»

Reinaba el silencio del respeto que produce el heroísmo.

Así que terminó, el P. Bandera le dijo:

--Confiésese usted.

--No, no me confieso.

El capellán insistió, acercándosele, cubriéndole con su manteo (comenzaba á gotear) y hablándole al oído para convencerle.

--Estamos perdiendo el tiempo, padre; ustedes tienen que hacer.

Valle se descolgó un «bejuco» de oro y el relicario que su madre le había puesto, y dijo á uno de tantos:

--Le suplico que entregue usted á la señora Ignacia Martínez, este bejuco y este relicario, que no es muy milagroso.

Sacó de sus bolsillos el dinero que tenía y lo puso en manos del capitán para que lo repartiera entre los soldados que lo iban á fusilar.

Como viera que le apuntaban por las espaldas, manifestó indignado:

--Por qué me han de fusilar por detrás, si no soy traidor.

Supo que la orden era terminante, y entonces dió las espaldas al pelotón, diciendo:

--Lo mismo da morir por delante que por detrás.

Le miraban los ojos de los fusiles, cuando volvió la cara y advirtió á uno de los soldados que se le había caído la cápsula, de su fusil.

Efectivamente, así había sucedido.

Terminada la ejecución, Márquez mandó colgar el cadáver en un árbol. Ratificaba la promesa hecha en Tacubaya, el inolvidable 11 de Abril: «Estos jóvenes de valor y de talento son los que necesitamos hacer desaparecer.»

Una bonita acción: Luis Alvarez, ayudante de Leandro Valle, se salvó porque á su padre, don Melchor Alvarez, debía toda su educación Márquez.

Sabidas las noticias del desastre en México, el general Felipe Berriozábal, dispuso en Toluca que el coronel Tomás O’Horán, al mando de un piquete de tropa, fuera á buscar el cadáver de Leandro Valle. Pendiente de un árbol del camino estaba con este letrero á los pies: «JEFE DEL COMITÉ DE SALUD PÚBLICA,» y cerca, en la misma postura, el cadáver de su ayudante Aquiles Collín[17]. Bajo éste, un perrito que le acompañó siempre en campaña, rascaba la tierra y aullaba con la mirada fija en los restos de su amo. El perrito fué á parar en poder de la señora Isabel Ochoa, esposa del general Berriozábal, que vivía en Toluca. A los cinco días desapareció, y mandado buscar, lo hallaron en el Monte de las Cruces, debajo del árbol en que suspendieron á Collín: aullaba, rascaba la tierra y miraba lastimosamente arriba. Llevado de nuevo á la familia, huyó á los pocos días; pero esta vez fué hallado muerto bajo el mismo árbol en que había estado pendiente el cadáver.

Collín ofrendó su vida á la lealtad: había escapado, pero al saber que Leandro Valle había caído prisionero, regresó al campo del combate.

--Quién es ése?--dicen que preguntó Márquez.

Collín, acercándose, contestó:

--Soy Aquiles Collín, ayudante del general Leandro Valle; supe que mi jefe había caído prisionero, y vengo á correr la misma suerte que él.

--Fusílenlo--dijo Márquez á los suyos.

El día 28 supo la señora Ignacia Martínez que el cadáver de su hijo llegaría á Mulitas, y salió á su encuentro.--«Yo estaba loca de dolor--me contaba. Lo ví venir en hombros de unos indios y escoltado por unos de á caballo. Subí á un coche y le seguí. En la garita de Belem cedieron á mis ruegos Alcalde y el «Huero» Medina para que me dejaran verlo, diciéndome:--«Pero sólo lo va usted á ver, nada más á ver.» Destaparon la caja, ¡ah! estaba hasta en paños menores.»

Esta venerable anciana, que contaba de edad ochenta años y recibía del Gobierno cien pesos mensuales de pensión, me decía en 1893:

--«Ahí, en ese armario, tengo la camisa ensangrentada que traía Leandro; pero hace treinta y dos años que no la veo; no quiero verla. Y ya él presentía su fin. Me contaron que cuando llegó al Monte de las Cruces, dijo:--«Me huele aquí á muerte»[18].

_Angel Pola._

JOSE MARIA ARTEAGA

1827-1865

Llena toda la época del Imperio con su recuerdo, y el de su fin trágico aun hincha de odio y venganza el corazón de los mexicanos.

Sus biógrafos no han hecho más que encabezar editoriales con su ilustre nombre, considerando muy á la ligera la Intervención y el Imperio, sin referir absolutamente nada de su nacimiento, su niñez, su educación y su entrada en el ejército. Los bien informados escriben que fué general, gobernador y que murió pasado por las armas, dándole Aguascalientes por pueblo natal, y nada más. Uno hay, para colmo es el que le da por tener autoridad de biógrafo, que ha desempolvado gacetillas y entrefilets, y todo esto así remendado lo intitula biografía del general José María Arteaga, en un libraco cuyo enorme volumen está en relación directa de la inexactitud y la carencia de datos.

El general José María Arteaga no nació en Aguascalientes, como aseguran los historiadores, sino en México, el 7 de Agosto de 1827. Sus padres fueron don Manuel Arteaga, militar humilde, á quien le picaban mucho los puntos de honra, y doña Apolonia Magallanes, toda una señora entregada al trabajo y cuidado de sus hijos. Don Manuel se retiró á la ciudad de Aguascalientes y abrió una tienda de comercio al por menor, para poder pasar la vida. Hasta 1836, José María, que era el primogénito, no tuvo otro mundo que la tienda y la escuela del señor Ignacio Islas, «hombre sabio y honrado que le infundió buenas máximas y buena educación.» Entonces el gobierno dispuso que don Manuel partiese á San Luis Potosí á prestar sus servicios como militar. Al año falleció y la familia tuvo que regresar.

Desamparada y pobre, cifró sus esperanzas en José María, ya de edad de diez años, que quiso aprender el oficio de sastre en el taller de don Pedro Magallanes, hermano de su madre. Más tarde pasó á ser dependiente de la tienda de comercio del señor José Rangel. El año de 1848, al pronunciarse en Aguascalientes contra los tratados de Guadalupe el general Mariano Paredes, el licenciado Manuel Doblado y el presbítero Celedonio Domeco de Jarauta, Arteaga brincó el mostrador y formó en las filas de la Guardia Nacional, de ayudante abanderado. Su madre se opuso, intentó volverle á la tienda, movió influencias para que desistiera: todo fué infructuoso; no pudo variar la determinación de su hijo. Las tropas marcharon á Guanajuato, tomaron la plaza y al cabo de mes y tres días fueron derrotadas por las del gobierno que mandaban los generales Anastasio Bustamante y Manuel María Lombardini. Los vencidos habían dado pruebas de valor y hasta de arrojo. Arteaga dejó la bandera depositada en una iglesia y regresó disperso al hogar, donde lloraba desesperada la autora de sus días.

Deseando una vida tranquila, abre su taller de sastre y se pone á trabajar como hombre formal á quien le inquieta el porvenir. Corridos pocos meses, se une en matrimonio con la señora Jesús Ortiz, y el hijo que tienen, que hacía la felicidad de los esposos, fallece al levantar la bandera santanista en Guadalajara, en 1852, el general José López Uraga. Arteaga cierra el taller, ceba á un lado la aguja, el dedal y las tijeras, y sin decir nada á su familia, vuelve á tomar las armas y se hace soldado del llamado ejército regenerador. Se porta tan bien y tal es su temeridad en una de tantas batallas, defendiendo un fortín, que, luego de suspendidos los fuegos, Uraga le dice:--«Usted es más digno de mi espada que yo.» Y la puso en sus manos, como un regalo por su valor. El sastre era capitán y había pasado por los grados de subteniente y teniente. Se proclama el plan de Ayutla en el Estado de Guerrero, y Arteaga, hecho comandante el 14 de Marzo de 1854, forma parte de la brigada del general Félix Zuloaga, á quien manda hacia el Sur el Gobierno para volver al orden á los sublevados. Y Arteaga asiste á las jornadas de Ajuchitlán, Coyuca, Alto de la Tijera y al sitio de Nusco.

Verdaderamente profesaba las mismas ideas liberales avanzadas que los que proclamaban el plan de Ayutla; pero sus deberes militares, que era tan escrupuloso en cumplirlos, le retenían al lado de Santa-Anna, sin que por esto dejara de pensar en la ocasión propicia para tomar el lugar que le correspondía en el partido republicano. A los santanistas, después de treinta y siete días de sitio en Nusco, los rindió la desnudez, el hambre y la incuria del Gobierno, entregándose á las tropas del general Juan Alvarez, previo unánime asentimiento á la determinación tomada en consejo de guerra, de obedecer al gobierno que emanase del plan proclamado.

Don Ignacio Comonfort agobió de atenciones á Arteaga y le profesó cariño de hijo, porque era intachable su comportamiento militar. Arteaga anduvo con el coronel José G. Cosío, teniente coronel Luciano Valdespino y los comandantes Prisciliano Flores y Juan José de Aranda, todos defendiendo el plan de Ayutla. En la expedición que á Michoacán hizo Comonfort, casi llevó de mentor al humilde Arteaga, en quien depositaba plena confianza, porque le constaba su fidelidad y valentía.

Luego que fué teniente coronel, en Mayo de 1855, se hizo cargo de la Mayoría General de la División de Operaciones, librando reñidas batallas en Jalisco y distinguiéndose en el asalto y toma de Zapotlán. En marcha para Colima las fuerzas de Comonfort, ascendió á coronel del 3er. Ligero y regresó á Guadalajara, avanzando hacia México con el general Juan Alvarez. Al sublevarse Puebla el año de 1856, unido al Presidente de la República, hizo la campaña y levantó más su renombre de valiente en la jornada de Ocotlán y los asaltos á la ciudad de los Angeles. Amigo de Ocampo, Lerdo de Tejada y Degollado, se carteaba con éllos para saber la situación que guardaba el resto del país, porque escribía que la vida de la República era su vida.

Su buen humor de muchacho de escuela no se le amenguaba con los sufrimientos en la derrota, ni en los peligros; y ardía de cólera cuando decaía su fe en el triunfo de las ideas liberales. Derrocado Santa-Anna, partió para Aguascalientes á visitar á la autora de sus días, y le manifestó:--Aquí me tienes, ya ves dije que confiaras, que triunfaríamos y que te estrecharía en mis brazos,--¡Sí, hijo mío, sí! Dios ha querido que nos veamos; pero sólo Él sabe con cuántas lágrimas se lo he pedido. Mira: mejor te quiero ver de sastre, que no de soldado.

De vuelta de Puebla, habiendo capitulado la ciudad, lucía la banda de general de brigada. Y pasó á Comandante Militar de Querétaro, en 1857, siendo el primer Gobernador constitucional del Estado. Mil dificultades le salieron al encuentro para cubrir los egresos. Cierta ocasión, apremiado por la escasez de recursos, empeñó sus armas á fin de poder pagar á los empleados que carecían de lo más indispensable. Don Luis M. Rivera habla de su gobierno en estos términos: «Durante su permanencia en la Comandancia y en el Gobierno se distinguió multitud de ocasiones no sólo en el terreno de las armas, sino también dictando muchas medidas sabias y prudentes en bien del Estado: fundó varias escuelas públicas, arregló los archivos y estableció una biblioteca; todo lo cual fué totalmente destruído el memorable día 2 de Noviembre de 1857 en que las hordas semisalvajes de la Sierra, acaudilladas por don Tomás Mejía, asaltaron esta ciudad bizarramente defendida por el mismo señor Arteaga y el general don Longinos Rivera, quedando ambos heridos con la mayor parte de sus compañeros de armas.»

Fué tan firme en sus principios, que era capaz por éllos de sacrificar cualquiera amistad y hasta su familia. Quería á don Ignacio Comonfort como á su padre y para con él tenía tales motivos de agradecimiento, que nada podía negarle sin cometer una ingratitud; pues bien: acaeció el golpe de Estado, y Arteaga, el predilecto del Presidente de la República, se indignó contra su autor; y aun se burlaba del mentado golpe, en carta particular á Comonfort, así: «¡Muy bien, muy bien! ¿Conque usted se ha pronunciado contra sí mismo? Ya me parece verlo revestido con su manto de Nuestra Señora de Guadalupe.» Y á su buena madre se anticipaba á manifestarle, para que no lo tachase de ingrato: «Todo se lo debo á don Nacho, hasta el dulce nombre de hijo; pero no retrocederé: soy liberal y defiendo la Constitución.» Entonces formó parte del ejército de la Coalición, organizado por los gobernadores de Guanajuato, Michoacán, Zacatecas, Jalisco y Veracruz. El 9 de Marzo de 1858 triunfaron Miramón y Osollo en Salamanca, y Arteaga vagó por Acapulco, á pesar de las ofertas repetidas de altos empleos y de fuertes sumas de dinero que le hizo Miramón. Incorporado á las tropas juaristas, fué defensor de la Constitución en Jalisco, Michoacán y Querétaro, y siempre el primero en las batallas.

Decidido el triunfo del partido liberal en Calpulalpan, tomó nuevamente las riendas del gobierno de Querétaro. Se adelantó ante el enemigo extranjero á la cabeza de soldados que le seguían por el patriotismo que ardía en sus pechos. A la vez quería vengar los asesinatos de Ocampo, Degollado y Valle. Y marchó á Veracruz. Al general Ignacio Zaragoza había ofrecido un simulacro á orillas de Orizaba, antes de partir para Acultzingo. Satisfecho del resultado, comenzó su derrotero en defensa de la patria contra las fuerzas intervencionistas. Era un hermoso día de Abril de 1862, entre once y doce de la mañana, cuando el enemigo se presentó al pie del cerro, frente á las fuerzas republicanas que estaban en las primeras cumbres. Como pretendiera avanzar, le salió al encuentro Arteaga, á la cabeza de sus soldados. En medio del tiroteo, el enemigo simuló una retirada y los cazadores de Vincennes se dispersaron, ganando la cuesta.

Visto esto por las fuerzas mexicanas, el fuego continuó y con más ímpetu por los cazadores que consiguieron herir á Arteaga en la pierna izquierda, abajo de la choquezuela, horadando la bala el peroné y la tibia. Fué conducido en el caballo del capellán Miguel de los Dolores Tebles, que éste mismo tiraba del ronzal, á las primeras cumbres de Acultzingo, donde se hallaba un piquete de tropa. Allí le lavó la herida el doctor Serdio, vendándola con una bufanda y dos pañuelos. Con la puerta de una cabaña le improvisaron una camilla y le trajeron á México escoltado por los oficiales Gregorio Ruiz, Miguel Medina, Julián Fonseca y Román Pérez. En la cañada de Ixtapa, Leon Ugalde, José Rojo, Juan Valencia y los generales Ignacio Zaragoza y Miguel Negrete vieron al ilustre enfermo. El acto fué conmovedor.--No me llores, no me llores; al cabo no me he de morir, dijo Arteaga á Negrete, que al verle lloraba como un niño.

Arteaga llegó á México el 9 de Mayo y Juárez con sus Ministros le visitaron diariamente, estando á su cabecera el célebre doctor Rafael Lucio. Restablecido, volvió á Querétaro el 10 de Octubre de 1862 á ocupar el puesto de gobernador, en el que como siempre observó la más absoluta independencia.

Había defendido á Santos Degollado cuando estaba en el banquillo del acusado y le veían con malos ojos algunos del poder; y no sólamente hizo su defensa, sino que aun llegó á postularle para presidente de la República.

Apenas estuvo en el Estado, ascendió á general de división y le declararon benemérito de la patria. Organizó fuerzas para resistir á los franceses que hermanados con los conservadores se dirigían á Puebla. Desocupado México por el gobierno de Juárez, á causa de la capitulación de Puebla, Arteaga y los otros jefes republicanos protegieron su retirada, procurando defender á todo trance el terreno que iban invadiendo los extranjeros y los traidores, y ministrar á Juárez los recursos indispensables para el sostén y el funcionamiento regular de su administración, aunque fuese ambulante.

El 3 de Enero de 1864, habiendo Arteaga llegado á ser gobernador de Jalisco, hacía una retirada al Sur del Estado, y unas veces avanzaba y otras retrocedía hacia Michoacán y México, como general de división y en jefe del ejército del Centro, por nombramiento de don Benito hecho desde Paso del Norte. No obstante su alta posición, llevaba una vida de pobre. Su honradez fué tal siendo gobernador de Querétaro, que salió como había entrado, atenido á su sueldo de general, pagado con irregularidad. Una vez se le presentó el director de las escuelas manifestando que carecían de útiles y libros y que aquello no podía seguir así. El pagador Román Pérez, que tenía en caja doscientos veinte pesos, dió los doscientos por orden de Arteaga al director y los veinte sobrantes al correo que esperaba. Luego Arteaga, sacando un reloj de oro, dijo á su ayudante Jacinto Hernández:--Dile á Jiménez que me preste cincuenta pesos por este reloj.

Jiménez era un empeñero muy conocido de Arteaga por la frecuencia con que acudía á él, y la cantidad que ahora le pedía iba á servir para los gastos indispensables de su casa. Otra vez, don Cenobio Díaz indujo á la señora Dolores Medina, que gozaba de influencia cerca de Arteaga, á que le pidiese un poder para denunciar y adjudicarse la casa de ejercicios, un edificio de la ciudad de Querétaro. Y contestó Arteaga:--Qué, ¿dar poder yo? qué, ¿el pueblo me ha puesto de gobernador para robar? Prefiero que mi familia muera en la miseria, y no que digan algún día, al verla con lujo: sí, está rica, porque su padre robó cuando fué gobernador del Estado.

Cuando fué herido en Acultzingo y estaba postrado en cama en la casa número 16 de la 1ª calle de la Merced, Juárez de visita le ofreció dieciseis mil pesos.--No, señor, contestó; no recibo nada: mi tropa sí los necesita; yo puedo vivir como quiera. En Michoacán, de jefe de las tropas republicanas, no se apartó de la misma línea de conducta. A mediados de 1855, huyendo del 4.º de caballería de Wenceslao Santa Cruz que los perseguía, los suyos le dieron por muerto al caer con caballo y todo en un barranco. Afortunadamente á medio declive la banda de general se le enredó en una orqueta y ahí permaneció toda la noche. Su tropa siguió hacia Tacámbaro; pero su ayudante Jacinto Hernández regresó al siguiente día, halló vivo á su general, le condujo á la Hacienda de Chopis y se agregó á la fuerza.

Una desavenencia le tenía alejado de Salazar; pero hicieron las paces en la casa de don Antonio Gutiérrez, en Tacámbaro. Y empezaron la organización de la tropa con que debían hacer frente á Méndez. Arteaga era el general en jefe y Carlos Salazar el cuartel maestre. El calendario señalaba el 20 de Septiembre. El 4 de Octubre pasaron revista á las tropas republicanas en las llanuras de las Magdalenas, al Oriente de Uruapan. El 9 se aproximaba Méndez á atacar la ciudad con 1,500 hombres. Los republicanos la desocuparon á la una de la tarde y tomaron camino para Tancítaro. Arteaga iba con parte de la tropa; las otras habían partido á distintos rumbos con sus jefes respectivos. Los mil cuatrocientos soldados de Arteaga llegaron bien.

El 12, apenas tomaban rancho, se tuvo noticia de que llegaba el enemigo, y emprendieron la retirada á Santa Ana Amatlán, llegando el 13. Sin embargo de que Méndez les pisaba los talones, ahí descansaron muy confiados, porque Pedro Tapia, con un piquete, cubría la cuesta, único camino por donde tenía que pasar el enemigo para llegar á Amatlán, y Julián Solano exploraba la retaguardia. Eran las once y media de la mañana; la tropa de Arteaga descansaba y tenía en pabellón sus armas; de repente oyóse en la plaza el grito de ¡viva el Imperio! y unos tiros. El teniente Amado Rangel[19], con cincuenta hombres, entrando por la cañada, había sorprendido á la fuerza republicana.

--¿Qué pasa, preguntó Arteaga al capitán Agapito Cruzado.--El enemigo, mi general.--¡Oh, traición infame! Solano, Pedro Tapia y sus exploradores!......--Que Dios salve á usted, mi general.

En efecto, Solano y Tapia habían sido comprados desde Uruápan en $3,000 por dos jefes imperialistas. Uno de los primeros que cogieron prisionero fué á Arteaga; dos soldados le conducían; Rangel le salió al encuentro, se apeó, clavó su lanza en tierra y sombrero en mano le dijo:--Mi general.--Rangelito, hijo, mira cómo me traen; qué figura: sin sombrero, en camisa.

Rangel dió órdenes para que trajeran lo que le faltaba al ilustre prisionero. Y le manifestó: Señor, yo mando; no se aflija usted, porque ante mí á nadie se mata; al contrario, usted dispone de todos mis elementos y de los suyos. El grueso de mis fuerzas viene muy lejos.--No, hijo; déjanos correr suerte; cumple con tu deber, que la honra no vuelve.

A las dos de la tarde entraba el resto de la tropa de Méndez, al grito de ¡viva el Imperio!

Arteaga, demudado, dijo á Rangel: Ahí vienen los tuyos.--Ya usted ve; tiempo tuvimos.--Lo que siento es que este _Capulín_[20] me fusile.--Pues no, señor, no lo fusilará.

La verdad es que Amado Rangel quería pasarse á los liberales; pero éstos prefirieron conservar toda su dignidad de vencidos.

Rangel fué á encontrar á los suyos.--¡Alto! gritó á las tropas que avanzaban á escape.--¿Qué hay, Rangel? preguntó Méndez.--Que ya no corran: hemos tenido completo triunfo: Arteaga está prisionero.--¡Cómo, hombre?--Sí, señor.--¿Arteaga? ¿el general Arteaga?--Sí, señor.--Pero, ¿lo has visto?--Sí, señor.--¿Lo conoces?--Sí, señor.--Rangel, es usted capitán!, exclamó Méndez saliendo de su asombro.

Méndez, al redactar el parte oficial de la Victoria[21], prometió á Rangel, ante don Gabriel Chicoy y el señor Juan Berna, que no fusilaría á ninguno de los prisioneros. El diálogo no deja de ser interesante: Señor, vengo á pedirle un favor.--¿Qué quieres, Rangel?--Nada, señor, que no fusile usted á ninguno de los prisioneros.--Lo que debes hacer es no meterte á defender á esos caballeros; lo que debías haber hecho era fusilarlos en el momento que los cogiste prisioneros, no que todo se lo dejan á uno.--Como había de hacer eso si los cogí descuidados.

Rangel dió la vuelta, y cuando iba como á diez pasos, Méndez le llamó: Rangel.--Mande usted, señor.--Vaya usted sin cuidado: nada se les hará.