El libro rojo, 1520-1867, Tomo II
Part 20
La última disposición de Juárez, cerca de Colima, antes de embarcarse, fué que don Santos Degollado sería Ministro de Guerra y que tenía el mando del Ejército y facultades omnímodas en los Estados del Norte y Occidente.
La tropa se componía de setenta y cinco infantes y veinticinco dragones. Se pudieron conseguir mil quinientos fusiles, y volvió don Santos Degollado a Guadalajara; pero en Junio, ya que había sitiado la ciudad, supo que Miramón se acercaba con tres mil hombres y catorce piezas de artillería, y cambió de propósito, regresando á sus posiciones del Sur. En Atenquique, el 2 de Julio, pudo verse que las fuerzas constitucionalistas de su mando estaban con alientos para obtener victoria, pues sostuvieron con el enemigo un combate del que pudieron salir completamente triunfantes.
Ese mismo mes se encontraba nuevamente don Santos Degollado en Colima, pertrechándose con esa fe y constancia que le caracterizaban para volver á la carga. Allí pareció descansar la tropa.
De los jóvenes jefes, ni uno solo perdió la alegría de la juventud. Cierta mañana se presentó á la casa de don Santos Degollado una celestina. En una mesa escribía el general Nicolás Medina y cerca de otra estaba de pié don Santos Degollado.
--Su excelentísima--habló la mujer al señor Medina.
--No soy yo--le dijo, haciéndole una indicación con el pulgar derecho encorvado.
Entonces, dirigiéndose á quien debía dirigirse:
--Su excelentísima, vengo á darle una queja.
--Diga usted, señora.
--Los jefes Rodríguez, Avila, Saviñón, Rosas Landa, Miravete, Salgado y Joaquín Moreno han ido á molestar á mis niñas, que no son gente de mal vivir, y me rompieron un espejo y un pabellón. Yo no puedo perder eso, excelentísimo señor. Mis muchachas entienden con buenas palabras, pero no así como éllos quieren.
A don Santos se le subió la sangre al rostro.
--¿Cuánto importa lo que le rompieron á usted, señora?
--Nueve pesos, su excelentísima.
Don Santos se dirigió á su recámara y de una bolsita de manta sacó la suma.
--Aquí tiene usted, señora: pero no haga usted escándalo. Perdónelos usted: son jóvenes. No lo volverán á hacer, se lo prometo. Yo los reprimiré. Vaya usted sin cuidado. No lo volverán á hacer. Perdónelos usted, se lo suplico.
La celestina recibió la cantidad y se fué muy satisfecha.
--¿Qué dice usted, Nicolacito? Esta es cosa de los mochos que me quieren desacreditar. De otro lo podía creer, ¡pero de Moreno que es casado!
Pero no todo fué contratiempos: el día 21 de Septiembre hizo que en Cuevitas pusieran pies en polvorosa las tropas de Casanova.
El 28 de Octubre capituló Guadalajara, mediante un tratado digno para los liberales. Se les garantizaba la vida á los jefes del enemigo.
Degollado y don Benito Gómez Farías, considerando la exaltación del pueblo, quisieron que el general José María Blancarte permaneciera en el palacio de gobierno.
--Quédese usted ahí, en esa pieza--dijo don Santos Degollado á Blancarte, ofreciéndole amablemente una pieza que seguía á la en que platicaban.
--Corre usted mucho riesgo--le manifestó Gómez Farías.
--Señores, mejor me lo llevo para mi casa--hizo observar el señor Antonio Alvarez del Castillo.
Y Blancarte se acogió á Castillo.
El coronel Antonio Rojas se presentó una mañana en la casa en que se hallaba Blancarte; hizo que sus soldados dispararan sus armas sobre él, y no satisfecho con haberlo matado, hubo uno que le machacó la cabeza á culatazos. El hecho llegó á oídos de don Santos Degollado. Primero no quiso creerlo; pero después que supo la realidad, le abandonó la calma, esa calma suya que hacía que no tuviese arrugas en la frente.
Quiso poner su renuncia de Ministro de Guerra y Marina y general en jefe del ejército federal. Los amigos le rodearon para convencerle de la inconveniencia del paso.
--No puedo permanecer en mi puesto, porque los tratados son inviolables y la vida del hombre es sagrada. No puedo dejar sin castigo este crimen. ¡Qué dirán de nosotros cuando se sepa! Infame, villano..........
Hubo gran junta en la que discutieron mucho Vallarta y Ogazón, para que don Santos cambiara de parecer. Medio se calmó luego que Rojas fué puesto fuera de la ley:
El culpable, que respetaba y quería al señor Degollado, se puso á salvo; sin embargo, así y todo solía preguntar por su buen jefe.
--¿Qué tal va el amo?--le preguntó una vez, en retaguardia, al general Nicolás Medina.
--No se le acerque porque le manda fusilar.
--¡Si he matado la víbora que le había de picar!
--No le enseñe la cara porque le ha puesto fuera de la ley.
--¡Ah, qué don Santitos! ¿Conque estoy fuera de la ley? ¡Si yo nunca he estado adentro!
En San Joaquín, el 26 de Diciembre de 1858, después de hora y media de combate, Miramón derrotó á Degollado.
No se arredró ante la mala suerte; prosiguió resignado en la defensa de las ideas constitucionalistas, sufriendo derrotas y obteniendo una que otra victoria.
El 10 y el 11 de Abril de 1859 fué derrotado por Márquez en Tacubaya. Allí olvidó en el campo una casaca y una banda que fueron puestas á la vista de la plebe en la Plaza de la Constitución, de esta Capital, para que las cubriera de lodo.
En el parte oficial, dirigido de Chapultepec, al general Antonio Corona, Márquez decía: «Las valientes tropas que me enorgullezco de mandar han obtenido esta victoria, disputando el terreno palmo á palmo, y en la lucha no sólo derrotaron al enemigo, sino que le tomaron por la fuerza toda su artillería, parque, carros, armamento y demás pertrechos de guerra, contándose entre su pérdida la _casaca y la banda de general de división que tiene la desvergüenza de usar el infame Degollado, sin haber servido á la nobel carrera de las armas_.»[8]
Don Santos Degollado fué á parar en Michoacán, para reorganizar fuerzas y seguir batiéndose por la causa constitucional. Ante jefes y soldados aparecía inmaculado; á pesar de esto, Vidaurri tuvo la ocurrencia de ponerle fuera de la ley, el 19 de Septiembre, por pugna con Zuazúa y los gobernadores de Aguascalientes y Zacatecas, la cual limitaba las ambiciones del gobernador de Nuevo León.
Nada le hacía dar un paso atrás, nada le desalentaba, nada hizo desviar en un ápice su constancia. Derrotadas sus tropas en la Estancia de las Vacas, el 13 de Noviembre de 59, volvió á la carga más constante á San Luis, en seguida á Lagos, después al Bajío.
El 12 de Noviembre, víspera de la batalla en la Estancia de las Vacas, tuvo una conferencia con Miramón bajo un mezquite, entre la Calera y la hacienda del Rayo.
No pudieron llegar á ningún acuerdo.
Al despedirse, Miramón dijo á Degollado:
--Mañana le derroto á usted como tres y dos son cinco.
A lo que respondió don Santos:
--Mi deber no es vencer, sino combatir por principios que al fin tienen que triunfar porque son los de una revolución grandiosa que en el orden moral está verificándose en todo el país.
Y era la verdad: don Santos Degollado no tuvo otra mira en la revolución.
Siempre pobre, estaban primero sus soldados que él. Cuando había, los jefes sin distinción recibían un peso por cabeza; pero don Santos Degollado rara vez recibía sueldo. Lo poco que tenía, lo iba gastando con una economía proverbial.
Una botella de vino en la mesa, á la hora de comer, le inquietaba hasta la nimiedad.
Le decía al proveedor:
--No ponga usted vino en la mesa. Dirán que si para esto queremos los préstamos. Basta una comida sencilla sin estos lujos. Es preciso cuidar de los recursos del soldado y no verse obligado á gravar con mas contribuciones á los pueblos, que son los que pagan todo esto.
No quería ni que los jefes, en las ciudades ocupadas, fueran al teatro para que no dieran que hablar. Cuando llegaba su tropa á algún pueblo, prefería hospedarse en la casa consistorial que en una de familia, para evitar molestias. Muchas ocasiones sucedía que tras de larga jornada, en que el cansancio y el hambre estaban por matar á la tropa, al Estado Mayor y á él, se negaba caballerosamente á aceptar las ofertas que familias enteras le hacían al llegar á un punto.
--Excelentísimo señor, pase usted á la mesa con su Estado Mayor.
Gracias, mil gracias. No se molesten ustedes, señoras. Si ya comimos.
El general Ghilardi, que á las espaldas del jefe escuchaba la oferta y el rehusamiento, débil de cansancio, hambre y sed, como en realidad se encontraban todos, perdía su paciencia y cachaza de italiano, y respondía.
--Sí, señoras, moléstense ustedes: tenemos mucha hambre.
Y luego, volviéndose á sus compañeros, decía;
--Este don Santos no come, no bebe, no pasea, no nada.
La necesidad de sus fuerzas le obligó á dar su consentimiento para ocupar la conducta de Laguna Seca, de 1.100,000 pesos, y aun quiso que toda la responsabilidad cayera sobre él, en Septiembre de 1860.
Con este motivo decía en su manifiesto á la nación:
«Había reservado para mí y para los mios hasta la severidad mezquina, un nombre puro que legar á mi familia: pero un día la necesidad en nombre de mi causa llamó á mis puertas para pedirme ese nombre y entregarlo á la maledicencia, y yo consentí en entregarme como reo y sufrir ese suplicio peor que el martirio, porque en el martirio consuela la mano generosa de la gloria.»
Sólamente se le lanzó el anatema de todos los jefes, de Zaragoza, Huerta, Doblado, Valle, Ogazón y Aramberri, el 29 de Septiembre, al querer celebrar un proyecto de pacificación del país con el ministro inglés Mathew[9].
Juárez le destituyó del mando del Ejército.
Todo su pecado fué ese conato de proyecto, cuya alma era el evitar más derramamiento de sangre, en bien de la patria, y no en el suyo, como lo saben quienes le sobreviven y entre quienes hay muchos que le vieron humilde y pobre, como la pobreza y la humildad mismas.
Más de una vez el general Miguel Blanco le llegó á decir:
--¡Cómo, señor! ¿Usted mismo arreglando su ropa?
Y no era don Santos Degollado á secas: era el Ministro de Guerra y Marina y el general en jefe del ejército federal.
III
Destituído don Santos Degollado del mando del Ejército, el 4 de Noviembre de 1860, salió de Quiroga para Toluca.
En Queréndaro, el día 25, se le unió don Benito Gómez Farías, su íntimo amigo.
A su llegada á Toluca, el 2 de Diciembre, se les «recibió con hospitalidad y grandes honores por el general Berriozábal,» que era Gobernador y general en jefe de la división del Estado de México.
Amaneció nublado el día 9; á corta distancia no podía distinguirse bien. Una avanzada de las fuerzas del general Berriozábal fué sorprendida por los exploradores del general Miguel Negrete, cuyas blusas eran de igual color que las de aquella,.
Estaban hospedados don Santos Degollado y el señor Gómez Farías en la casa del gobernador. Allí el enemigo, los sorprendió á los tres[10].
El general Berriozábal supo por la cocinera que Negrete andaba en las calles. Montó violentamente á caballo para organizar la resistencia y estar á la cabeza de su tropa. Hubo fuego graneado, pero ya fué tarde: casi á todos los cogieron de improviso.
Don Santos tuvo que ceder á los ruegos de una familia para pretender su salvación por las azoteas de la manzana.
Herido en la cabeza, el general Berriozábal fué hecho prisionero. Tuvieron la misma suerte Degollado y Gómez Farías.
En la cárcel se les formó cuadro para fusilarlos. No esperaban más que los disparos, cuando logró salvarlos el general José Joaquín de Ayestarán.
Miramón mandó llamar á Berriozábal al palacio de Gobierno.
--Han caído en mis manos--le dijo Miramón.
--Ya lo veo--respondió Berriozábal.
--Los voy á fusilar.
--¿Para eso me llama usted? Está bien.
Miramón varió de tono y ordenó que le curaran la herida al general Berriozábal.
Temprano, el día 10, los prisioneros en un coche salieron entre filas, bien escoltados, de Toluca para México. Miramón se encontraba en el balcón de Palacio en el momento que pasaban.
Por la ventanilla del coche asomó una cara desconocida.
--¿Quién es ése?--preguntó Miramón desde el balcón.
--Excelentísimo señor, es don Juan Govantes--dijo el oficial.
--Que eche pie á tierra y que camine así--ordenó Miramón.
Govantes había sido reaccionario neto.
En Lerma, el general Antonio de Ayestarán los vigiló durante la noche en la pieza que les servía de cárcel.
Más tarde, supieron la causa del excesivo cuidado de Ayestarán, que no los dejó un instante solos en la travesía: Miramón, recelando mucho de Márquez, había puesto bajo la responsabilidad de Ayestarán la vida de Berriozábal, Degollado y Gómez Farías.
En un punto del camino, la vida de los tres fué severamente amenazada, la muerte puesta á la vista.
Márquez ordenó, al atravesar un bosque, que la escolta, disparara sobre los prisioneros, si las guerrillas de Aureliano Rivera hacían fuego entre la montaña.
Hubo instante en que Ayestarán se cambiara palabras duras con Márquez.
Sonaron disparos de las guerrillas de Aureliano Rivera y no les llegó la muerte á los prisioneros, que ya la esperaban por detrás.
En la Capital fueron alojados en el Palacio Nacional. Se les atendió y se les consideró. Ignoraban lo que acontecía.
El 24, á las siete de la noche, Miramón, de bota federica, puesto el sombrero y con un fuete en la mano, se presentó en la habitación de Berriozábal, Degollado y Gómez Farías. Les manifestó que abandonaba la Capital, encargándolos del orden, para lo cual les dejaba un piquete de soldados á discreción[11].
Libres los tres prisioneros, habiendo rehusado tener el mando en la ciudad don Santos Degollado por estar procesado, el general Berriozábal dió toda clase de garantías á los habitantes.
El 1.º de Enero de 1861 entró el Ejército federal al mando del general González Ortega.
Nunca México ha visto mayor entusiasmo del pueblo, como esa vez.
La ciudad estaba engalanada; por las calles, donde pasaba el Ejército, llovían esencias y flores; no había espectador que no lo vitorease.
González Ortega, que traía el estandarte de la ciudad, frente al Hotel Iturbide, hizo que se le incorporasen, para participar de la gloria del triunfo, Berriozábal y Degollado, quienes se encontraban tras una vidriera viendo el desfile.
Ahí el general González Ortega manifestó públicamente, estrechando entre sus brazos á don Santos Degollado y vitoreándole, que á él le pertenecía la ovación, porque era el primero por su constancia y su fe.
Juárez, Ocampo y Emparan visitaron á don Santos Degollado, el día 13, en su casa, la número 2 de San Juan de Letrán.
El gran jurado no pronunciaba aún en la acusación el «ha lugar á proceso.»
Seguía siendo Magistrado de la Suprema Corte de Justicia.
Más antes había mostrado un rasgo de desprendimiento de su personalidad, sacrificándola por el amor á la patria.
Dos veces se sujetó á juicio, del Congreso y de la Corte, por la cuestión Barron-Forbes, que costó dos millones de pesos de indemnización.
Ahora que se le formaba otra causa, le asistía también la justicia; pero los «hombres de la fortuna, del poder y de la fuerza estaban contra él.»
_El Artesano Libre_, de Morelia, y _El Partido Puro_, de esta Capital, le insultaban y vilipendiaban estando _sub judice_: le decían calumniador, loco, cuasi general, vergonzante, tinterillo y que había incurrido en escandalosa defección y colgado para ludibrio del viento la siempre virgen cuanto victoriosa espada.
Y él replicaba en Abril de 1861:
«Siempre se me ha visto bajo los fuegos del fusil en las acciones de guerra, retirarme el último en los campos de batalla y cuidar la retaguardia en todas las retiradas para reunir y reorganizar las fuerzas que estaban á mis órdenes.
«Bien ó mal, yo he servido á la causa nacional, y he probado, hasta en mis desaciertos, mi buena intención y anhelo por ser útil á mi país.
«Por despreciable y poco digno que yo sea, al fin es un hecho que fuí uno de los caudillos del pueblo, y cuanto mal se diga ó se publique por mí, debe afectar á los demás caudillos y deshonrar al gran partido liberal en presencia de los reaccionarios.
«No busco ni la gratitud ni el aprecio público por mis servicios, porque ya sabía antes de ponerme al frente del Ejército constitucional que en todos los países y en todos los tiempos los servicios á la patria no han encontrado más que almas envidiosas y corazones desgraciados.
«Si antes me cogiere la muerte, tengo hijos y amigos que sabrán volver por mi honra.»
Su honra le preocupaba.
Lo primero que preguntó al general Ramón Iglesias, al irle á tomar declaración el 27 de Febrero, fué:
--Dígame usted los nombres de mis acusadores: ¿quiénes son?
El general José María Arteaga le escribía de Querétaro el 28 de Marzo, participándole que había salido electo presidente en aquella ciudad y San Juan del Rio.
Le ofrecían la cartera de Guerra y Marina el 8 de Abril.
En esto llegó á sus oídos la noticia del asesinato de Ocampo.
Gómez Farías se presentó á la casa número 2 de San Juan de Letrán, que habitaba don Santos Degollado, y le refirió el hecho.
--Iremos á vengarlo--dijo don Santos.
--No podemos--respondió Gómez Farías.
--Pediremos licencia, y si nó, nos marcharemos.
Don Santos Degollado se apoyó del brazo de Gómez Farías y se dirigió á la Cámara á solicitar el permiso de ir á la guerra para vengar á Ocampo.
Al presentarse en el salón, todos los diputados se pusieron de pié; y luego que dijo el fin que allí lo llevaba, fué objeto de una ovación unánime.
«Mi deseo se limita á marchar á la guerra, no para sacar de sus hogares y asesinar á los enemigos indefensos, sino para batirme cuerpo á cuerpo con los asesinos.»[12]
Y partió á Toluca para cumplir su solemne promesa.
A la puerta de la casa del general Berriozábal, gobernador y jefe de la división del Estado de México, cuando los caballos piafaban de impaciencia por la tardanza de los jinetes que no acababan de despedirse adentro, sus muchos amigos quisieron disuadir á don Santos del propósito que tenía tomado: vigilar el convoy que debía salir de Tacubaya á su paso por el Monte de las Cruces, el día 15 de Junio de 1861.
El general Berriozábal le acompañó en el camino.
Hicieron alto en Las Cabezas.
Llegaba la diligencia de México y venía el ayudante Francisco Taboada.
--¿Qué sucede con el convoy?--le preguntó don Santos Degollado.
--Está en Tacubaya--contestó Taboada.
--Retirémonos á Lerma,--dijo Berriozábal al señor Degollado.
--Ese no es mi negocio. El gobierno me dice que viene y debo estar aquí--respondió don Santos.
Sacó su reloj y dijo á Berriozábal:
--Usted debe volverse.
--Da usted dado en este monte tan peligroso.
--Tomaré mis precauciones.
--Entonces quedo á las ordenes de usted.
Y avanzaron: Berriozábal iría por todo el camino real hasta encontrarse con el convoy y el general Degollado por entre la montaña; pero antes, para emprender la marcha paralela, éste ganaría las cumbres del frente á la Pila y en señal de su llegada tocaría diana.
El general Berriozábal, en menos de un cuarto de hora de espera, oyó un tiroteo y en seguida la diana prometida; pero debemos advertir, según el dicho de testigos presenciales, que la diana únicamente la oyó el general Berriozábal.
Y siguió su marcha.
En Cuajimalpa, el teniente Perfecto Soto se le presentó á noticiarle la derrota del batallón rifleros de San Luis.
Berriozábal resistió creerlo; sin embargo, retrocedió para reconocer el campo.
Algunos disparos le hacían de entre la montaña, á la falda de las cumbres.
Vió pendientes de los árboles muchos cadáveres de soldados.
Ya no le cabía duda: don Santos había sido derrotado.
En Huixquilucan supo que Degollado había muerto.
Allá arriba de las cumbres, después de haberse batido valientemente sus soldados, el enemigo hizo multitud de prisioneros y luego, afirma solo Berriozábal, “obligó á los mismos cornetas y tambores de San Luis que tocasen diana.”
Don Santos, pistola en mano, descendía la pendiente al paso de su caballo.
Se rompió la brida; se apeó á anudarla y fué hecho prisionero. El _Chato_ Alejandro le dió una lanzada.
Conducido entre filas, un soldado indígena que se apellidaba Neri le disparó un tiro por detrás, en el cerebelo.
Fué enterrado por orden de Gálvez en Huixquilucan.
Una oración fúnebre le pronunció el señor Francisco Schafino, que andaba plagiado por Buitrón.
Corriendo el tiempo, el general Berriozábal derrotó á una tropa reaccionaria en Toluca, y entre los muertos encontró al indígena Neri.
Llevaba aún en el dedo una prenda de su ilustre víctima: un anillo que lucía un jaspe y un gorro de la libertad con este letrero abajo:
«TODO POR TI.»
VI
El general Francisco Alcalde, de paso por Huixquilucan, el 5 de Julio de 1862, exhumó los restos de don Santos Degollado.
Yacían cerca de la puerta de la iglesia.
Un soldado del general Aureliano Rivera que había presenciado el entierro hecho por Gálvez, indicó el sitio.
El cadáver estaba bien conservado: en camiseta, calzoncillos, una herida en el cerebelo, otra en el cuello y otra en el pecho.
Se leía en el interior de la tapa del ataúd:
AQUI YACEN LOS RESTOS DEL DESGRACIADO C. SANTOS DEGOLLADO.--UN AMIGO SUYO.--SCHAFINO.
Los restos estuvieron expuestos en el Palacio Municipal.
El 21 se le hicieron suntuosas honras fúnebres en esta Capital.
La comitiva del entierro, en la que iba el Presidente de la República, recorrió el Portal de Mercaderes, Plateros y San Francisco.
En el centro de la Alameda, bajo una rotonda, se pronunciaron discursos.
El cadáver quedaría depositado en el Panteón de San Fernando, según la invitación del Gobierno del Distrito, que se hizo representar por el señor Pascual Miranda.
Después, á petición de la familia, los restos fueron sepultados en el Cementerio Británico, como en sagrado, para que no fuesen profanados.
El 2 de Noviembre de 1889, el señor Francisco Alatorre, empleado en la garita de la Tlaxpana y antiguo soldado del general Santos Degollado, visitó el Cementerio Británico.
Una arboleda alta y frondosa, la tierra negra y húmeda de fertilidad; la gente iba y venía por las amplias y frescas calles; en los sepulcros, cargados de adornos, ardían cirios y los deudos parecían retraerse y estar en vela; el recogimiento del dolor reinaba.
De súbito, el soldado se detiene ante un contraste: entre el rico embellecimiento artificial había un sepulcro humilde; lo señalaba el césped y un valladito de arquillos de bejuco, y un ciprés con sus ramas secas y su sombra le lloraba. Al encuentro salía un frontón en que se leía este como recuerdo de la patria:
EL GENERAL SANTOS DEGOLLADO. 15 DE JUNIO DE 1861.
El soldado se decubrió y echó á volar su memoria: Morelia, Guanajuato, Jalisco, Colima, Toluca, el Monte de Las Cruces.
Y luego olvidó todo y se puso á orar por su buen jefe.
Ahí reposaba su general, el COLMENERO como le llamaban, el valiente que no hizo mal á nadie, que tuvo más patriotismo que ninguno, que fué siempre justo y honrado y cariñoso.
Lo veía con la eterna dulzura en el rostro alentar á sus soldados en las batallas, infundirles la esperanza, hacer que amasen á la patria sacrificándose y ofreciéndole la vida.
--¿Por qué aquí? ¡Ah, eres humilde hasta en la muerte!--dijo el soldado.
Diecisiete años han transcurrido.
El tiempo ha hecho más humilde el sepulcro de don Santos Degollado.
Bien decía el Archiduque Maximiliano al general Nicolás Medina, en 1864:
--¡Pobre hombre! No lo comprendió su siglo, no lo conoció su país[13].
_Angel Pola._
LEANDRO DEL VALLE
1833-1861
Me viene la conformidad, luego que recuerdo que murió por su patria--_Ignacia Martinez_, madre de Leandro del Valle.
I