El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

Part 19

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La presentación de Lindoro Cajiga y su gente, muy conocidos en el lugar por ser un rincón del teatro de sus fechorías, despertó en la tropa la curiosidad de saber quién era el que traían entre filas. Luego resonó en los oídos de todos el nombre de Ocampo y se hizo el tema de las conversaciones: figura formidable en el partido liberal, se daba importancia desmedida á su captura.

Puesto en manos de Márquez y Zuloaga, corrieron las órdenes para que fuera rigurosa la custodia é inviolable la incomunicación.

VILLA DEL CARBÓN

Al atardecer de ese mismo día arribaron Márquez y Zuloaga al pueblo, por el camino real, en dirección de la Hacienda de Niginí. La tropa que custodiaba al preso ocupó el Mesón de los Fresnos, situado al Poniente de la vía y de la propiedad, en esa época, de don José Velázquez, y hoy, del señor Longinos Maldonado.

El edificio es del estilo arquitectónico rutinario de los poblachos: patio amplio, alojamientos destartalados, tejado de caballete y portal corrido. Tres corpulentos fresnos sombrean su frente.

El señor Ocampo durmió en la pieza lateral al zaguán, que tiene salida por él. La única modificación que se le ha hecho, es la abertura de otra puerta con vista á la calle.

La noche de la estancia del preso, el señor Doroteo Alcántara, vecino del pueblo, que conocía á Ocampo y de quien era muy estimado, le proporcionó los alimentos y la cama.

Así lo refieren don Agapito Tinoco, la señora Manuela Marín y Pedro Gutiérrez, sirviente del mesón, entonces.

Esta jornada, casi toda de cerranías, fue la más penosa, á pesar de su hermoso horizonte, á cada paso renovado.

TEPEJI DEL RIO

Como si obedeciese al propósito de extremar la crueldad con el señor Ocampo, la soldadesca que le condujo, complaciéndose en forzar la marcha, llegó bien pronto á Tepeji del Río. Era lunes, día 3. La entrada fué triunfal por la ostentación que hacía de su preciada víctima y la comedia que representaban, jugando Zuloaga el papel de presidente y Márquez el de general en jefe de la República.

Hospedadas las fuerzas en distintos mesones, Márquez dispuso que el de las Palomas, en la calle real, sirviera de capilla al señor Ocampo. Ocupó el cuarto número 8, hoy convertido en fábrica de jabón.

Casi contiguo al mesón, en la casa de doña Antonia Valladares, viuda de Sanabria, se alojaron Zuloaga, Márquez y su estado mayor. Esta casa tiene dos grandes ventanas bajas á la calle, correspondientes á la sala, donde de continuo estaban los jefes deliberando sobre asuntos importantes ó platicando regocijadamente.

A las diez de la mañana, al acercarse para curiosear don Ramón Alcántara, á la puerta de la pieza que ocupaba el preso y en la cual no había más que una silla de tule, una mesita y una tarima, suplicóle el señor Ocampo que le trajese un vaso de agua y tinta y papel. El prisionero se paseaba y veíasele triste y demacrado el semblante. Hizo su testamento.

A la sazón, era aprehendido León Ugalde, guerrillero liberal, al bajar de una diligencia, que conducía Pedro Saint Pierre. Apenas puesto en capilla para ser ejecutado, varias personas del pueblo se interesaron por su vida y acudieron violentamente á Zuloaga y Márquez en solicitud de indulto. Formado el cuadro y á punto de entrar en él, llegó el perdón y regresó á la cárcel.

Las mismas personas, entre las que se hallaban los señores Piedad Trejo, Agustín Vigueras, José Ancelino Hidalgo y, haciendo cabeza, el cura don Domingo M. Morales, después de salvar á Ugalde, pasaron en comisión cerca de Márquez y Zuloaga, para impetrar el indulto del señor Ocampo. La negativa fué categórica, y hasta con indignación dada por Márquez.

Al preguntar el cura Morales á Ocampo si se confesaba, contestó:

--Padre, estoy bien con Dios y Él está bien conmigo.

A las dos de la tarde, hora santa, vióse salir al señor Ocampo, jinete en un caballo mapano, entre filas, en camino á la última estación de su calvario, con la serenidad del justo.

Los curiosos advirtieron que jugaba suavemente el fuete en las crines, el cuello y la cabeza de su cabalgadura. A su paso frente á la casa de Márquez y Zuloaga, las ventanas estaban abiertas de par en par.

Recorrido el largo trayecto, del Mesón de las Palomas á Caltengo, hizo alto la tropa á solicitud del mártir, para agregar una cláusula á su testamento.

Bajo la inquisitiva mirada de sus guardianes, satisfizo su deseo en el portal, en una mesita de tapete verde, sentado en un taburete.

Estas prendas y el tintero, la marmajera y la pluma se conservan con veneración en el despacho y tienen la nota de pertenecientes á don Melchor Ocampo, en el inventario de la Hacienda.

No se oreaba aún la adición testamentaría, cuando emprendieron otra vez la marcha. A muy corta distancia, el comandante mandó hacer alto y dijo:

--Aquí.

Formó cuadro la tropa, y señaló á Ocampo su lugar. Firme é imperturbable lo ocupó, distribuyendo entre sus ejecutores algunas prendas. Al vendársele, habló:

--Puedo ver la muerte. Mi única recomendación es que no me tiren al rostro.

En seguida se oyó una descarga y entre el humo apareció el cuerpo, presa de las convulsiones de la agonía. El tiro de gracia consumó el crimen.

Presuroso el grupo de verdugos pasó por las axilas del cadáver las cuerdas que preparó de antemano, para suspenderlo del árbol de pirú, que se yergue sobre el montículo del ángulo de los dos caminos.

Tenía la cabeza tan caída que tocaba con la barba el pecho. Los cabellos, largos y suaves, cubrían la cara.

En este punto, la carretera es amplia y recta hasta el pueblo. Esa tarde había transeuntes como en día de plaza y muchos contemplaron aquel cuadro.

Márquez no cedió á ningún ruego para que se descendiera el cuerpo. Después de la salida de las tropas, lo verificaron algunas de las personas que habían preguntado si podía hacerse el descenso.

El cadáver fué transportado á la casa municipal, para el arreglo de su entierro. Apolonio Ríos, panadero, le lavó la cara y lo peinó. Presentaba en la cabeza una herida en la cima, otra en el carrillo derecho y otra en la comisura labial; en el pecho: una en la tetilla izquierda y otra en la región dorsal. Tenía quemado parte del semblante.

Estuvieron expuestos los restos hasta el anochecer, en que colocados en caja tosca de madera blanca, los trasladaron por orden de la autoridad á la Capilla del Tercer Orden. Unas cuantas personas caritativas del pueblo los velaron.

Al siguiente día los condujeron á Cuautitlán, donde los recibió una comisión del Ministerio de Guerra.

En el lugar de la ejecución, hay un monumento que tiene esta inscripción:

_A la memoria del gran reformador don Melchor Ocampo, sacrificado el 3 de Junio de 1861. 6. 3. 93._

El brazo del pirú que sostuvo el cadáver, ha desaparecido por efecto de la sequedad; pero el árbol ha echado renuevos y lo cuida la Hacienda, de la que es dueño don Felipe Iturbe. En carta de don José Manuel Vértiz, apoderado general, al administrador don Mariano Gil, con fecha 11 de Noviembre de 1899, se lee esto: «Que no vayan á tirar el árbol de don Melchor.»[4]

_Angel Pola._

_Aurelio J. Venegas._

SANTOS DEGOLLADO

1810-1861

I

A fines del siglo XVIII desembarcó en el puerto de Veracruz un español que venía á la Nueva España en busca de mejor suerte que la que le deparaba la madre patria. Era probo, trabajador y de buena inteligencia.

Entonces Guanajuato tenía fama de ser una de las provincias en que se hacía fortuna en un abrir y cerrar de ojos.

¡La minería! ¿quién era pobre dedicándose al beneficio de metales? Y el extranjero partió á ese rumbo, con mucha esperanza y el firme propósito de que la voluntad no le abandonaría para trabajar.

A la vuelta de algunos años ya era propietario de la Hacienda de Robles, en la cañada de Marfil. La constancia y hombría de bien aumentaron su capital. Pasó á ser rico y todo el mundo le llamaba don Jesús Santos Degollado. Tuvo una compañera, la señora Ana María Garrido, que parecía hacerle feliz. Dos niños llegaron pronto á alegrar el hogar: Nemesio Santos, el mayorcito, y Rafael.

Más tarde, el rico español veía caer sus negocios, antes prósperos, y descendía á la pobreza. Andaba por las calles de Guanajuato, socorrido por sus amigos, cuando le sorprendió la muerte en la miseria.

El cura de Tacámbaro, don Mariano Garrido, del Orden de San Agustín, antiguo capellán de un batallón y hermano del conocido fray Mucio, de Morelia, protegió á la señora Ana María Garrido de Degollado. Allí estaba con Nemesio y Rafael.

Rafael, flemático, silencioso y retraído.

Nemesio, nervioso, irascible y raquítico. Gracias á la bella forma de su letra, el cura le tenía metido lo más del día en la vicaría, levantando actas de matrimonio y escribiendo fes de bautismo. Don Mariano les daba un trato muy duro á los dos niños. Exigente para con éllos, cualquiera acción era pretexto para descargar su ira. Casi á fuerza hizo que se casara Nemesio con la joven Ignacia Castañeda Espinosa[5]. No contaban veinte años de edad.

Don Santos solía decir á su hijo Mariano:

--Cuando me casé tenía yo dieciocho años.

La pareja vivió al lado del sacerdote, quien, á pesar del cambio de estado de Nemesio, no modificaba su tratamiento insufrible.

Un día, aburrido el joven de que no era posible hacer llevadera aquella vida, se echó al hombro su capita de barragán y con una peseta en el bolsillo se fugó del hogar, dejando en Tacámbaro á su madre, á su hermano y á su esposa. Y tomó el camino de Morelia.

Al otro día, al obscurecer, llegó á la ciudad sin conocer á nadie, ni tener razón de nada. En una fonda, frente á la cárcel, pidió medio real de cena; en seguida dijo á la dueña del establecimiento:

--Señora, ¿me puede usted hacer favor de darme un lugar para dormir? Acabo de llegar, no conozco á nadie, no sé nada: es primera vez que vengo aquí.

La extrema bondad se le salía á la cara.

La señora se lo concedió sin vacilar.

Al otro día, destinó una pequeñísima parte del resto de su capital para comprar papel. Escribió, lo mejor que pudo, un pliego y se presentó en la notaría de don Manuel Baldovinos, situada en el portal de San José.

--Señor, esta es mi letra, ¿puede usted darme trabajo?

El notario vió de pies á cabeza al joven y luego paseó su mirada por el pliego, lleno de bonita, preciosa y clara letra.

--¿Esta es la letra de usted?

--Sí, señor, es mi letra--respondió humildemente Nemesio.

--Puede usted venir desde hoy mismo.

Y el fugitivo, muy pobre, sin más ropa que la que llevaba en el cuerpo, cubriéndose en la noche para dormir con la capita de barragán, comidas las mangas de la levita por el mucho apego á la mesa de la vicaría de Tacámbaro, y raídos los pantalones por el roce en la marcha, empezó á trabajar de escribiente en la notaría las mañanas, con el sueldo de cincuenta centavos diarios. Al poco tiempo, el doctor José María Medina, juez hacedor de diezmos y visitador del diezmatorio, que hacía préstamos de dinero bajo hipoteca, se presentó en la Notaría.

--¿Qué es de mi escritura, Baldovinos?

--Aquí está ya, curita.

El doctor apenas la vió, dijo al notario:

--¿Quién ha escrito esto?

--Ahora lo verá usted, curita.

El señor Baldovinos condujo al cura al interior del despacho y al estar frente al escritorio de Nemesio, le indicó:

--Aquí le tiene usted.

--Cédame á esto joven, Baldovinos.

Convencido el notario de que el doctor le impartiría protección decidida, dejó que cargara con él para su casa.

Tendría treinta pesos al mes, habitación y alimentos. La nueva casa estaba cerca del Seminario. Fué su trabajo el ser escribiente y profesor del niño Nicolás Medina, con el cuidado especial de perfeccionarle en la forma de su letra. Siempre le llamó «Nicolacito,» «mi querido muchachito;» porque era bueno, cariñoso y honrado como él.

El sacerdote, satisfecho de la vida del joven, á los dos años le dió un empleo de escribiente en la sección de glosa de la Haceduría de las rentas decimales con la retribución anual de cuatrocientos pesos.

Allí se hizo idolatrar de los canónigos.

Entraba á las ocho de la mañana á la oficina y salía á las doce y media, y en vez de irse á paseo, se dedicaba al estudio: aprendía latín, griego, hebreo, francés, matemáticas, física, teología y se enseñoreaba de todo por su aptitud universal.

El general Medina, que es un retrato fiel de las virtudes de Nemesio, me decía á propósito de su genio:

--A mí me hizo creer en la ciencia infusa.

Era contador de la Haceduría don Luis Gutiérrez Correa, furibundo liberal, á quien el clero quería por su intachable manejo y tener en la punta de los dedos los números[6].

Distinguía al escribiente y procuraba que subiera escalón por escalón, para cederle su distinguido puesto.

Nemesio llegó á ser contador y mandó traer á su esposa. Por las tardes, que le quedaban libres, proseguía dedicándose con ahinco á todo: hacía gimnasia para desarrollar su cuerpo; estableció un taller de carpintería en su casa y fabricaba bateas y gavetas; aprendió á tocar la flauta y la guitarra.

En el Colegio de San Nicolás dió un gran concierto, para ministrar recursos al organista de la catedral, un tal Elízaga, que se encontraba cesante y pobre.

Nemesio y Pedro Vergara ejecutaron á maravilla en la guitarra unas variaciones difíciles de Vivián.

Una vez, para que se vea de bulto su carácter, fué con Nicolás Medina, su íntimo é inolvidable amigo, á las fiestas de Tarímbaro.

Había corrida de toros.

Salió uno bravísimo, feroz, temible, que echó al suelo en un dos por tres al hombre que lo montaba.

--A mí no me tira--dijo Nemesio.

Y dicho y hecho: bajó al redondel así como estaba elegante: camisa bien aplanchada, traje de color negro y sombrero alto. Montó á la fiera, teniéndose firme con la presión que ejercía con los miembros inferiores. El público parecía haberse vuelto loco al mirar al caballero bien montado y al animal hecho una furia, corcoveando, bramando, ya libre del lazo, sin poder echar al suelo al jinete que se sostenía, sin pretal: aplaudía, y gritaba desaforadamente. El joven alcanzó una ovación inusitada.

Era tal la fuerza de Nemesio, que domaba un caballo con la presión de los muslos.

Morelia tenía noticias de su talento y erudición. Una vez le invitó el Seminario para que fuese á replicar en los exámenes de fin de año. El Gobierno del Estado no tardó en convencerse de la sabiduría del joven.

A él se debe la organización del Colegio de San Nicolás.

Los señores Luis Gutiérrez Correa, como jefe del partido liberal, Juan González Urueña, Juan Bautista y Gregorio Ceballos y Melchor Ocampo celebraban juntas secretas para discutir los medios mejores de derrocar al gobierno retrógrado. A éllas asistía Nemesio.

El general Ugarte le redujo á prisión por andarse mezclando en la cosa pública.

Un día, indignado el gobierno santanista, le puso en el cuartel, en compañía de un bandido muy valiente: Eustaquio Arias, que le adoraba.

Hubo vez en que estando preso el bandido, engrillado, á la vista de la guardia, hizo que se pronunciara el Cuerpo Activo de Morelia; echó abajo las rejas de la prisión, salió á la calle todavía con los grilletes puestos, que se los desclavaron los mismos soldados en el instante en que el general Ugarte intentaba, reducir al orden á la tropa sublevada.

Dió por muerto á Ugarte y con precipitación pasó sobre él, tomando el camino de Cuitzeo de la Laguna, para ir á defender las ideas liberales en Puruándiro.

Nemesio, en el torbellino de adversidades, no había olvidado el lugarcito aquel para dormir, que, á su llegada de Tacámbaro, le había dado de tan buena voluntad en su fonda la señora Josefa Saavedra, ó como la llamaba todo el mundo, doña Pepa la Moreliana, á quien regaló seis mil pesos, años más tarde[7].

Estrechado por las persecuciones de los santanistas, que no le daban punto de reposo, se alejó de la ciudad y de su familia, y estuvo distante de la que le dió el sér, de la señora Ana María Garrido, ó mejor dicho, Ana María Arcaute, su primitivo y verdadero apellido, que era de Roma.

El padre Garrido trajo á México, á la señora Arcaute, para que se curara de una peligrosa enfermedad. En junta de médicos fué desahuciada, y falleció después de haber recibido los auxilios espirituales de propias manos de tres obispos.

II

Un día amaneció Morelia entera preguntándose por don Nemesio Santos Degollado, por su querido gobernante en 1848 y 1857, que apenas tuvo tiempo para hacer bien y que había sido diputado á la asamblea departamental en 45, consejero de gobierno en 46 y diputado por elección unánime al Congreso General, en 55.

Unos decían que había sido desterrado por Santa-Anna á la Villa de Armadillo, San Luis Potosí. Otros, que se encontraba en México en la casa de don Valentín Gómez Farías, 2.ª calle del Indio Triste, número 7, esquina á la de Montealegre. Otros, que se había lanzado á la revolución, á defender el plan de Ayutla.

Pero levantó cabeza y se le vió de cuerpo entero en Tunguitiro, hacienda de don Epitacio Huerta, en Michoacán, lugar de cita de los liberales, donde se encontraban los coroneles Luis Ghilardi, Manuel García Pueblita y Epitacio Huerta, el comandante de batallón Régules y el comandante de escuadrón Refugio I. González.

De día estaban con el arma al brazo, ordenando tomas de plazas ocupadas por los santanistas y haciendo más posible el triunfo del plan de Ayutla.

De noche, teniendo en mucha cuenta la mala fe de las fuerzas de Pátzcuaro, se iban á dormir al cerro de Cirate, inaccesible por lo escarpado y perdedizo por lo nemoroso.

Haciendo expediciones de acá para allá, tomaron á Uruápam; por asalto, á Puruándiro; los santanistas de la Piedad se rindieron.

De vuelta encontraron que Tinguitiro era presa del fuego. El enemigo estaba al frente en expectativa. Los soldados de los dos bandos, bien formados, sin avanzar un punto, se avistaron; pero no se hicieron nada.

Una noche pasaron bajo las ruinas.

La plaza de Puruándiro fué tomada por cincuenta hombres, á la cabeza del comandante Calderón, sin que lo supieran los jefes del sitio. Vieron venirse abajo una trinchera y pretendieron ganar tiempo para dar el asalto; pero un soldado del general Juan Nepomuceno Rocha dijo:

--Señor, si ya están adentro.

--¿Quiénes?

--Pues nuestras tropas, jefe.

En Penjamillo se recibió carta de que se habían pronunciado en Zamora los señores Trejo y Miguel Negrete, acabados de ascender á tenientes, y que pedían pronto auxilio.

Degollado ordenó que el comandante Refugio I. González fuera con cuatrocientos caballos. Allí se encontró con que ya eran coroneles los tenientes de ayer.

Vagando con muy buenas intenciones, don Santos Degollado vino á parar en Cocula. El enemigo le dió una sorpresa. Durante el tiroteo se acuerda de que no se había despedido de la familia que le dió hospedaje; entonces le dijo al general Huerta:

--Procure usted detener al enemigo, mientras regreso. Voy á despedirme de la familia y á darle las gracias.

--Señor, nos ataca con ímpetu.

--Sostenga usted el fuego. ¡Cómo va á ser que nos vayamos así, sin decirle adiós!

--Ya lo tenemos encima.

--Voy á despedirme. No vaya á decir que soy ingrato.

Cuando estuvo de regreso, el general Huerta había perdido un brazo.

Defendió el plan de Ayutla con una convicción apostólica, y llegó á ser gobernador de Jalisco en 1855.

Era su sueño dorado hacer la felicidad de su país y prácticas las leyes y la justicia, tales como debían ser en una forma de gobierno representativo popular. Decretó la abolición de las alcabalas.

Hizo efectiva la libertad de conciencia. Un grupo de jóvenes, entre ellos Miguel Cruz Aedo, Urbano Gómez, Jesús González, Miguel Contreras Medellín y José María Vigil predicaban en la plaza de Escobedo las ideas liberales. _La Revolución_, que tenía por lema: «Ser ó no ser: he aquí la cuestión», era el órgano del partido puro. No les importaba gritar á la luz del día: ¡Muera el Papa! ¡Muera el Clero! Un 16 de Septiembre tanto fué lo que se dijo en la tribuna, presidiendo la celebración de la fiesta nacional el señor Degollado, que el obispo don Pedro Espinosa puso el grito en el cielo. Lanzó una carta pastoral furibunda el reverendo y _La Revolución_ la burló. Hubo cambio de manifiestos entre los dos, Espinosa y Degollado, en que el uno pedía coacción del pensar y el otro la negaba dignamente en nombre de la ley. Por esto le llamaban _purete_ al señor Degollado.

Y sin embargo de esta tirantez de relaciones entre el Gobernador y el Obispo, cuando unos jóvenes, sin permiso de la autoridad política, ni de la eclesiástica, repicaron en la Iglesia Catedral de Guadalajara, por la reapertura del Instituto, don Santos reprendió á los jóvenes y mandó una satisfacción al señor Espinosa, «manifestándole la ninguna culpa que tenía en el acontecimiento.»

Su administración no tuvo más defecto que ser demasiado liberal, hasta para los conservadores. Se llegó á decir, á consecuencia de todo esto, que don Santos favorecía al partido contrario y lo inclinaba á la desobediencia del gobierno federal. Por esos días, en Diciembre, se pronunció un grupito de descontentos en Tepic. Reducidos al orden, fueron desterrados Eustaquio Barron, cónsul de Inglaterra, y Guillermo Forbes, cónsul de los Estados Unidos. Protestaron de la enérgica medida, fundada en el contrabando que hacían; pero ningún efecto surtió la protesta, porque el consejo aprobó, conforme al derecho de gentes y leyes del país, la resolución oficial.

El 10 de Febrero de 1856 expidió un decreto, según el cual no reconocería autoridad originada de movimientos reaccionarios y ofrecía el territorio para trasladar los supremos poderes; invitaba á los Estados para una coalición bajo bases de «unión, libertad, integridad del territorio nacional, inviolabilidad del principio democrático popular, independencia entre sí para el gobierno interior y cambio recíproco de auxilios y recursos.» A pesar de tanto bien que hacía, dejó el puesto y vino á México para ocupar su lugar en el Congreso Constituyente. Había como cuarenta jóvenes diputados que querían hacer entrar las más avanzadas ideas liberales en la Constitución. Con ellos votó siempre Degollado.

Llegó vez en que de un voto pendía la existencia de la Constitución de 57. Muchos deseaban la del año 24 con algunas reformas. Después de tres días de sesión permanente, vencieron los puros y sin gozar de un solo centavo de dietas. Sin embargo, en ese mismo año de 57, llegó á tener algunos miles de pesos el señor Degollado. Un billetero de la Lotería de San Carlos se acercó, en la calle, á los señores Benito y Fermín Gómez Farías, rogándoles con insistencia que le compraran un número.

--Mira, ese no sirve. Tráenos un trece mil cualquiera--dijo don Benito al billetero.

Echó á correr y trajo un trece mil. Costó el entero diez pesos, que pagó don Benito. Luego que llegaron á la casa, una casita de la calle de Victoria del señor Cumplido, donde habitaban, Fermín tomó la pluma y escribió en el billete: «Billete de Benito Gómez Farías, Fermín Gómez Farías, Nemesio Santos Degollado y Joaquín Degollado.»

El billete fué colocado y olvidado tras un espejo de la sala. Un día, á la hora de comer, se presenta el billetero muy alegre.

--¡Vengo á decirles que se sacaron la lotería!

--¿Qué lotería?--preguntó Fermín.

--Pues ¿qué lotería ha de ser? ¡La de San Carlos!

--¡Ah, sí, á este señor le compramos el billete que guardamos detrás del espejo!--exclamó don Benito.

El premio fué de sesenta mil pesos, que se repartieron fraternalmente entre los cuatro, pagando hasta entonces cada uno á don Benito los dos pesos cincuenta centavos que les correspondía.

Cuando el golpe de Estado, don Santos Degollado no amaneció en su casa del callejón de la Olla. Partió á Michoacán para hacer que el poder ejecutivo del Estado reconociera al gobierno constitucional. Luego se dirigió al Sur de Jalisco, en Marzo de 1858, después de haber estado en un hilo la vida de Juárez, y la de los personajes que le acompañaban, en Guadalajara, por el pronunciamiento del 13, del mismo mes, acaudillado por Antonio Landa, quien recibió cinco mil pesos.