El libro rojo, 1520-1867, Tomo II
Part 18
Allá abajo, en un erial, á poca distancia del punto de bifurcación del camino real de Toluca á Maravatío, está la venta llamada de Benito Tapia en época remota; después, de Pomoca, y ahora, Pomoca á secas: teatro del drama que terminó en tragedia en Tepeji del Río, y duró del 31 de Mayo al 3 de Junio de 1861: teatro de otra pasión como la del Redentor, que tuvo su via crucis y su calvario: esta es la primera estación.
Pomoca es una hostería de dos patios, grande el uno, con cuartos á sus costados y la parte posterior de su frente, y pequeño el otro, que es la caballeriza y el abrevadero. Fuera, el caserón tiene portal amplio y alto, y una llanurita hasta el camino real. En su lado izquierdo, pared por medio, edificó el Mártir su hogar, cuyo trazo es un paralelógramo estrecho y su fachada la continuación de la fachada de la hostería. Aquí hay dos ventanas bajas, sin barandales, pertenecientes á la sala, que hacen juego con otras tantas puertas, hacia el interior: una de las cuales abre paso al dormitorio del señor Ocampo, siendo una de sus paredes la divisoria de la hostería, y la otra puerta da al corredor, cuya forma es la de una escuadra de ramas muy desiguales, abarcando la menor la mitad de la longitud de la sala, pues que la otra mitad, como prolongada por adentro, forma el dormitorio, en donde, sobre la mesa de noche, nunca faltaron libros junto á la vela. Este tiene una ventana por el corredor y una puerta por un pasillo, que conduce á lo que era biblioteca y laboratorio del sabio. Del patio grande de la hostería recibía luz y ventilación. En el departamento, además de los libros, muchos buenos y raros, había un herbario tan rico y costoso como la misma biblioteca, una selecta colección de conchas, recogidas unas durante el destierro en Nueva Orleans y otras en Veracruz; animales disecados, ejemplares teratológicos, esponjas; planos y mapas, algunos obra de su pulso; esferas terrestres, celestes y armilares; hornillas, redomas, sopletes y balanzas de precisión; microscopios, botiquines y estuches de matemáticas. Ahora el hollín tapiza las paredes y el techo, y tapiada la ventana, la luz ha huído del recinto.
Al dormitorio siguen en línea recta el aposento de las señoritas Josefa, Lucila, Petra y Julia, sus hijas adoradas, y de doña Ana María Escobar, respetada y obedecida; luego, inmediato, el comedor; después, la cocina, que ocupa el otro lado pequeño del paralelógramo, con un costado libre, que es el paso del corralito denominado de «Las Gallinas,» en el que había un subterráneo para ocultar ropa, dinero, alhajas y hasta personas. Uno de los muros del corralito lo forma la espalda del comedor y la cocina, otro muro es el mismo del jardín; y tiene por éste, á flor de tierra, una puertecita secreta de escape.
El jardín era la delicia del señor Ocampo. Las cuatro paredes que lo cierran desaparecían bajo la cortina de verdura de unos membrillos enfilados, de duraznos, de perales, de capulines, de manzanos, de albaricoqueros, de higueras, de sauces. Había frutos de todos tamaños y sabores, y flores de todos colores y fragancias. Había hasta ochenta especies de claveles y muy variadas de alelíes, rosas y dalias; injertos admirables; árboles gigantescos que producían frutos diminutos y árboles enanos que daban frutos enormes. Aquel lugar parecía un paraíso: había de todos los frutos y las flores de la tierra, formando lindos bosquecillos y camellones de figuras caprichosas. ¡El sabio naturalista se burlaba con su genio de la uniformidad de la madre naturaleza! ¡Variaba los colores de las flores, cambiaba los sabores de los frutos, les daba forma, hacía los tamaños! Y el agua límpida, fresca y rumorosa, discurriendo en mil líneas y vueltas por el jardín, transfundía la vida á aquel mundo vegetal. A este sitio delicioso, en cuyo centro había un cenador perpetuamente sombreado por plantas trepadoras, ocurría de diario el Reformador, y con el pantalón remangado, en chaleco y cubierta la cabeza con una cachucha, tomaba el azadón ó la pala, el rastrillo ó el zapapico, y abría y esponjaba la tierra, ora para distribuir el agua en hilos delgados, ora para depositar la simiente de plantas medicinales valiosísimas, cuyo secreto curativo se llevó consigo.
En tal tarea le acompañaba un mocito de nombre José María Hernández, hoy anciano, quien, al invocar el recuerdo del amo, nos ha dicho con la voz anudada y los ojos arrasados de lágrimas:
--Era un buen caballero y un buen señor; pues, como ninguno, auxiliaba á los pobres.
En la fachada, cerca de los marcos de las ventanas de la sala, hay señales hondas de balazos. Cuentan que una gavilla hizo una descarga en esa dirección, para aprehender á un hombre que huía. En las hojas se conservan todavía unas claraboyitas, por donde el señor Ocampo espiaba el camino.
La sala, desnuda, guarda unos utensilios arrinconados, cubiertos por una sábana suspendida de pared á pared á lo ancho. Aquí, los sábados, bajaban de San Miguel el Alto los carboneritos, y luego que realizaban su mercancía en Maravatío y las haciendas comarcanas, entraban derecho, sin otro pase que el buenos días, así como iban: con ese descuido que mueve á risa y toca el corazón; y tomaban asiento cual si fuese aquella su casuca, y cogían un periódico de entre los muchos que había sobre la mesa del centro y muy serios se ponían á leer, como si estuvieran enterándose á pechos de la política. Y no: los pobrecillos deletreaban, repasaban la lección del otro sábado, dada con empeño paternal por el amo, que también leía ante ellos. Parécenos que estamos viéndole con aquel su semblante todo de bondad y amor, aquellos sus ojos hermosos de puro apacibles, aquellos sus labios que rebosaban energía y mansedumbre, su cabeza apolínea de cabellera suave y ondeada, sus maneras refinadamente nobles, su alta frente espaciosa, su voz clara y dulce. Terminada su clase de instrucción primaria, hablaba á sus discípulos humildes, como Jesús á su grupo de pescadores.
--No hagas á otro lo que no quieras que te hagan á tí. No juzgues y no serás juzgado. Dar es mejor que recibir. Perdona y serás perdonado. El que se humille será exaltado, el que se exalte será humillado. Ama á tus enemigos. Haz bien á los que te aborrezcan.
Y esto, predicado en aquella comarca desolada y lúgubre, especie de Galilea hace tiempo, lo repiten al pie de la letra los iniciados supervivientes en los misterios de aquella sinagoga, como enseñanza del Evangelio. ¡Cómo no había de ser el Evangelio, si Ocampo fué el doctor de la ley! ¡A sí llamaba siempre á los humildes! ¡A él acudían en las aflicciones de la carne y del espíritu para hallar alivio!
Esa mañana que visitamos á Pomoca, nos causó indignación y tristeza ver salir de unas trancas el ganado del dueño actual. Uno tras otro pasaban indiferentes y perezosos los animales, con la cabeza recta, tambaleándola, los ojos soñolientos, rumiando todavía. Un toro, negro como el azabache, hizo alto en el desfile y se puso á oler fuertemente un trecho de tierra, en seguida mugió y comenzó anheloso á llorar. Retiróse á carrera, como para participar del dolor á sus compañeros, volvió luego, y olía rastreando el belfo, rascaba tierra, azotaba la cola en su trasero y, abriendo tamaños ojos, mugía y lloraba inconsolable. Otros animales acudieron en tropel y apenas olían ese pedazo de tierra, también mugían y lloraban, y venían otros, y otros más, hasta formar un círculo apretado de dolientes que sollozaban.
El sitio que abandonaba el ganado era el jardín del señor Ocampo, el gran jardín, que siempre causó delicia á su hacedor. De él sólo quedan el trazo del cenador y los membrillos, un sauce y el árbol de la estricnina, que parecen arrastrar una vida de hastío desde la muerte de quien los velaba. Lo demás es tierra raza y estiércol apelmazado por las bestias.
UN SUCESO EXTRAÑO
En una hondonada, entre Pomoca y Pateo, corre el río de las Minas, que nace en Tlalpujahua, y atraviesa el camino real bajo un puente de cal y canto. De aquí á Pomoca el camino se hace pedregoso, pero orillado de fresnos frondosos. El puente es obra del señor Ocampo y sus manos plantaron los fresnos.
Aquí estuvo sentado en el borde del puente, pistola en mano, la noche del martes 28 de Mayo, en seguimiento de algo extraño, que trataba de alcanzar y ver y que se le perdía. Sucedió que, cenando en familia, á la hora del té, tocaron en la pared del lienzo correspondiente al corral de las gallinas. Doña Ana Guerrero, ama de llaves y encargada de la tienda, mandó á Marcelino Campos que viera qué acontecía. El sirviente entró en el corral, buscó y no vió nada. Apenas había vuelto al comedor é informaba de que nada era, oyéronse otros toques, tan fuertes como golpes.
--Parecen de barreta--hizo observar el señor Ocampo.
Entonces doña Ana, en compañía de Marcelino y otras personas, fué á registrar todo el corral y examinó la pared en la parte en que salían los golpes. Convencida de que nada había, volvió y dijo al señor Ocampo, que permanecía de sobremesa con sus hijas Petra y Julia, y don Eutimio López, administrador de la hacienda:
--Compadre, no es nada.
--Pero, ¿han buscado bien?
--Sí, compadre, por todas partes y no hay nada.
--¡Qué raro!--prorrumpió el señor Ocampo.
En esto, oyéronse otra vez los golpes, más intensos y repetidos, precisamente á sus espaldas. Luego, molesto, dijo que la familia, inclusa Lucila que estaba enferma y la cuidaba á su cabecera doña Clara Campos, esperara en el zaguán chico, que era la salida de la casa á la troje y la era, y el paso para el jardín y la hostería; pero á ésta, volteando la fachada. Y, levantándose, mandó bajar del zaguán el quinqué y pasó á registrar el corral, el jardín y otros lugares. De regreso, no habiendo hallado nada, buscó, con igual resultado, entre las tupidas enredaderas que tapizaban los pilares y las paredes. Cuando se presentó donde esperaba su familia, oyeron todos, como viniendo del puente á la hostería, ruido de cabalgaduras á galope, de armas que chocaban contra monturas y ecos confusos de voces. Se armó de pistola, dijo á doña Ana que, si era muy preciso, ocultase los objetos de valor y á sus hijas en el subterráneo del corral de las gallinas; que nadie le siguiera, y partió á cerciorarse de quiénes eran. Llegó al portal de la hostería y no encontró á nadie ni vió nada: el zaguán estaba cerrado. Se puso á escuchar si habían entrado: silencio sepulcral reinaba. Queriendo ver en el camino, allá, á cien metros, en medio de la obscuridad, para distinguir á álguien, y de nuevo oyó el ruido de las cabalgaduras, de las armas y el rumor de las voces; mas, ahora, como que se alejaban. Y resuelto, se dirigió en seguimiento de todo eso extraño, que le precedía, hasta el puente, en donde dejó de oir. Entonces descansó en el borde y, en tanto reflexionaba sobre el suceso, percibió que alguien iba detrás; habló y le contestó Campos:
--Yo soy, señor amo: me mandaron las niñas que le siga, para que nada le pase.
Transcurrida como una hora, á las diez, llegaba de una hacienda inmediata á Ixtlahuaca, don Juan Velásquez, con la noticia de que acababa de entrar en ella una tropa de reaccionarios. Hizo ver al señor Ocampo el peligro que corría, permaneciendo en Pomoca, y la necesidad de que partiese pronto á lugar seguro porque parecía que venían por este rumbo.
--Si yo no he hecho nada, ni he ofendido á nadie. ¿Por qué he de huir?--manifestó el señor Ocampo.
Esa noche no pegó los ojos, sino hasta muy tarde. Sus hijas y doña Ana, con el sobresalto, durmieron mal.
MIÉRCOLES 29.--El señor Ocampo iba á Maravatío en compañía de sus hijas Petra, Lucila y Julia á pasar el Corpus. La presencia del señor Juan Velázquez fué la causa de que ya no las acompañase, sino éste, que partía para la población. La salida fué á las seis de la mañana. Estaba él muy taciturno, rebujado en su capa, cubierta la cabeza con una cachucha, de pie en el portal de la hostería, donde las cabalgaduras ensilladas esperaban al grupo de viajeros. Sus hijas, al despedirse, le besaron amorosamente la mano.
--Está bien, mis señoras;--les dijo emocionado--allá nos veremos el sábado, para que nos vengamos juntos.
Al partir la caravana, quedó él como clavado, mirándola y mirándola, hasta que la perdió de vista. Cuando volvió las espaldas al camino y entró ya solo en la casa, se llevó el pañuelo á los ojos é inclinó la cabeza.
JUEVES 30.--Llegó á la hostería una persona sospechosa vestida de negro, cuyo caballo tenía en una anca este hierro: R (_Religión_); acompañábale un guía, á quien encerró en un cuarto, sin dejarle salir, ni aun para el sustento, el cual él mismo le introducía. El mantillón de su montura era de paño azul, con angostas franjas rojas. Doña Ana y Esteban Campos le preguntaron por qué tenía ese hierro el caballo y ese mantillón la montura, y contestó:
--En el camino unos pronunciados me quitaron mi caballo, que era bueno, y me dieron éste, así como está.
Doña Ana, sospechando algo, rogó al señor Ocampo que se fuera, porque corría peligro; que probablemente era un espía el desconocido. Pareció ceder y mandó ensillar su caballo; pero la respuesta del desconocido, repetida por doña Ana, le hizo cambiar de resolución.
--Es posible que le hayan cambiado su cabalgadura--dijo el señor Ocampo.
Y en seguida, después de un momento de silencio, agregó:
--Ya no me voy. Que desensillen mi caballo.
VIERNES 31.--A las cinco de la mañana el desconocido salió aparentemente para continuar su viaje. Le siguió Esteban Campos en observación del camino que tomaba. Fué el mismo que trajo la víspera: el del puente; noticia que comunicó al señor Ocampo.
Desde aquel instante, parece que un grave presentimiento cayó sobre su ánimo: de comunicativo se tornó profundamente reservado; de sereno, en inquieto; de laborioso, en inerte; de triste, en enfermo.
Al sentarse á la mesa y tener á la vista una taza de caldo, exclamó, dirigiéndose á doña Ana:
--Comadre, me voy á tomar este caldo como una taza de agua de tabaco. ¡Extraño mucho á mis hijas!
--¿Por qué no se fué usted con éllas, compadre? ¿por qué cambió de parecer?--le preguntó doña Ana.
--El sábado voy por éllas--respondió, como si tratara de esquivar la contestación categórica.
Había probado el caldo, cuando se presentó Gregorio García, hospedero, á noticiarle que un grupo de jinetes, á galope, venía por el puente.
El señor Ocampo se levantó de su asiento y se dirigió á la sala para espiar por la claraboya de una de las ventanas: al aproximar el ojo, no vió más que á los últimos.
Entre tanto doña Ana, después de haber rogado apresuradamente al señor Ocampo que se ocultara, salió al encuentro de los desconocidos, atravesó el pasillo y, á su salida al patio de la hostería, tropezó con un hombre de elevada estatura, complexión delgada, de tez blanca, cabello un poco rubio, tirando á cano, barba poblada, nariz recta y ojos claros, vistiendo de charro.
Sin dominar su impaciencia el desconocido, preguntó á doña Ana en dónde estaba el señor Ocampo; y como le contestase que no sabía, replicó, exaltándose:
--Cómo es posible que no sepa usted si está.
Y rehusando otra explicación, la condujo á fuerza al interior de la casa, sin dejar de inquirir en voz alta y con aspereza el paradero del señor Ocampo. Al pisar los umbrales de la sala el desconocido y doña Ana, escuchó don Melchor una frase dura, proferida por quien le buscaba, y se presentó tras de doña Ana, diciendo:
--¿Qué se le ofrecía? Estoy á sus órdenes.
El charro puso en sus manos un papel, y al terminar su lectura el señor Ocampo, dijo:
--Está bien; pero ¿tuviera usted la bondad de decirme con quién hablo?
--Con Lindoro Cajiga--contestó el portador.
Y haciendo uso de su serenidad habitual y su genial cortesía, dijo á Cajiga:
--Antes de ponernos en marcha para saber qué me quiere Márquez, tomaremos la sopa.
A esa invitación se negó rotundamente Cajiga; y como manifestase precisión de ponerse luego en camino, doña Ana, dirigiéndose á don Melchor, le preguntó:
--Compadre, ¿por qué no se cambia usted de ropa?
--No sé si me lo permitirá el señor--contestó Ocampo, señalando á Lindoro.
--Sí, puede cambiársela--manifestó éste.
El señor Ocampo entró en su recámara y, poniéndose un traje sencillo, se despojó del reloj y las mancuernas de oro, dejándolos en su lecho, y volvió á presencia de su aprehensor. Al ir á montar en el caballo que le había preparado su servidumbre, se encontró con que le había sido substituído, de orden de Cajiga, por otro de pésimas condiciones, que á lo pequeño y maltratado reunía una montura ridícula. Tan luego como Cajiga hubo desaparecido con su presa rumbo á Pateo, ordenó doña Ana á Gregorio García que corriese á Maravatío á dar aviso á las niñas de la captura de su padre. Ya en la casa de la finada doña Ana María Escobar, donde estaban hospedadas, al llamar Gregorio á la puerta salió Lucila á su encuentro y leyéndole en el semblante lo que acontecía, le interrogó sobresaltada:
--¿Qué sucede con mi padre, Gregorio?
--Pues nada, niña--contestó, pugnando por disimular la gravedad del suceso.
--Algo le pasa á mi padre, dímelo. Dime, ¿qué pasa?--insistió Lucila.
--Lo han tomado prisionero á la una del día--dijo con honda amargura Gregorio.
Como si tratara de substraerse al castigo de su crimen, Cajiga condujo á Ocampo á la hacienda de Pateo. Allí estaban de paso doña Teresa Balbuena de Urquiza y su hijo don Francisco, que se dirigían á Pomoca, para hacerle una visita. Viendo éste que su amigo carecía de abrigo, le ofreció unas chaparreras y, para sujetárselas al pantalón, unas correas. Aceptólas cariñosamente y, al ponérselas, Ocampo mostró sonriente su nueva prenda y prorrumpió, dirigiéndose al alma de sus perseguidores:
--Hijo, nadie creería que soy de Michoacán; pues ya ves que los padres, para dar el Viático, se ponen chaparreras.
PAQUIZIHUATO
En su marcha de fugitivos, se dirigieron á la hacienda de Paquizihuato, situada en la falda de un cerro, fertilizadas sus cercanías por el río Lerma, que á trechos corre caudaloso rompiendo sus aguas contra rocas y los sabinos seculares, que orlan sus márgenes, para esparcirse en seguida mansamente por la superficie arenosa y cubierta de guijas del antiguo valle de Uripitío de los Pescadores, hoy de Maravatío.
La troje, local saliente de la finca, y que está como entonces, sirvió de primera cárcel al señor Ocampo. Cerca de la puerta le tuvieron sentado entre centinelas de vista; mientras la soldadesca discurría por las casuchas, alardeando de su negra hazaña y entregándose al pillaje. Testigos de estas depredaciones son Leandro Hernández y Pascual Molina, supervivientes, que nos narraron este suceso, despertando su indignación el recuerdo.
MARAVATIO
Cerca de las cuatro, Cajiga dió orden de marcha hacia Maravatío. A vista de algunas haciendas de las muchas que parecen salpicar el valle, entró en la de Guaracha, para aprehender á Gregorio, que esquivaba su encuentro, de regreso á Pomoca. Incorporado en la fuerza, continuó ésta su ruta.
A la caída de la tarde arribó á la población, la cual, con motivo de ser viernes, día siguiente al Corpus, estaba en movimiento inusitado. Al percibir á la tropa, huía desbandada la gente, temerosa de sufrir atropellos, y cerraba sus casas.
Aprovechando estos momentos de pánico, Gregorio logró confundirse entre la multitud, yendo á ocultarse en la carbonera de la finca de don Antonio Balbuena.
Hizo alto Cajiga en el mesón de Santa Teresa, de la propiedad de don Atilano Moreno, ubicado en el ángulo de las calles de Iturbide y las Fuentes. Hállase este edificio horriblemente carcomido por la acción del tiempo; la entrada ha sido siempre por Iturbide; el patio estaba rodeado de cuartos de alquiler. En uno de los del fondo, pasó el señor Ocampo la primera noche de su via crucis. Hoy son ruinas y apenas señalan su perímetro las bases de sus muros.
En la esquina, arriba de la placa que nombra la calle de Iturbide, hay una lápida conmemorativa que reza:
_En esta casa estuvo prisionero el ilustre C. Melchor Ocampo la noche del 1.º de Junio de 1861_[3].
Al circular la noticia de la llegada del señor Ocampo, el personal más notable de la población se reunió en la casa de los Balbuena, á deliberar qué debía hacer para obtener la libertad de su benefactor, á quien debía no sólo su progreso material, sino su desenvolvimiento intelectual y moral. Tomado el acuerdo de que el licenciado don Jerónimo Elizondo escribiese al general Leonardo Márquez, quien le debía la vida, en solicitud de la libertad del Señor Ocampo, partió Teodosio Espino con la misión al siguiente día, sábado, 1.º de Junio.
Momentos antes de verificarse la junta, preocupados sus amigos, Dionisio y Francisco Urquiza, lograron hablar al prisionero y proponerle la fuga, horadando la pared de su celda, que lindaba con la casa de don Agustín Paulín. El les contestó:
--Yo no me fugo, porque no soy criminal.
No satisfechos los señores Urquiza de la negativa, acudieron á don Antonio Balbuena, que ejercía gran ascendiente sobre Ocampo, para que nuevamente le propusiera la evasión.
--Yo no propongo semejante cosa á Melchor;--les dijo--pues conociendo, como conozco, su carácter y honradez, es seguro que me desairará.
Como á las nueve de la mañana, Cajiga, después de formar á su soldadesca en el Portal de la Aurora, donde estuvo á la expectación pública el prisionero, se puso en camino hacia la hacienda de Tepetongo.
TEPETONGO
Como obedeciendo á extraño impulso, la fuerza de Cajiga fué á parar, tras larga fatiga, hasta la hacienda de Tepetongo, á las cinco de la tarde. Frente al extenso portal, hizo alto, y reconocido el prisionero por don Juan Cuevas, dueño de la finca, mandó decirle con el trojero Pascual Benavides, radicado actualmente en Toluca, qué se le ofrecía. El señor Ocampo contestó que nada, expresando su agradecimiento; pero, después de un momento de vacilación, pidió una taza de chocolate. Al recibir el aviso de que estaba servido, Benavides, en nombre del amo, suplicó á Lindoro que permitiese al señor Ocampo pasar al comedor. Habiendo sido la respuesta una negativa, se le llevó el chocolate y lo tomó sobre una gran caja de granos, que hizo veces de mesa.
Acto continuo el jefe ordenó la marcha rumbo á la Venta del Aire, la Jordana y Toshi.
TOSHI
Entrada la noche llegaron á Toshi. Ocampo habló en el despacho con don Antonio Rivero, administrador de la Hacienda, y en seguida le llevaron á la pieza de una vivienda, que ve al Poniente y guarda todavía las mismas condiciones. Allí tomó un vaso de leche, por todo alimento, manifestándose triste é intranquilo. Durmió mal y, muy de madrugada, el domingo 2 de Junio, se desayunó sin apetito. Vestía traje negro y corbata café, y llevaba sombrero hongo de color oscuro. En el patio montó el mismo caballo colorado, de frente blanca.
Refieren este acontecimiento don Tomás Marín y una anciana, desde entonces cocinera de la finca, sobre quien, parece, no pasan los años.
ESTANCIA DE HUAPANGO
(Hoy Huapango)
Atravesando á galope sostenido los llanos de Acambay, encumbraron á San Juanico y entraron en la cañada de Endeje, para caer á la Estancia de Huapango, después de orillar sus lagunas. Su paso por San Juanico despertó la curiosidad de Antonia Peralta y José Martínez, que había merodeado en las filas de Cajiga. Esas dos personas viven aún en el lugar.
Huapango remeda un castillo medioeval: corona una eminencia, la defienden altos y fuertes muros, resguarda su entrada una grande y pesada puerta y en el centro se levanta imponente el edificio. Este era el refugio de Leonardo Márquez y Félix Zuloaga.
A la hora en que los rayos del sol caían como hilos á plomo, el centinela del torreón dió el grito de alarma, al descubrir una polvareda que un grupo de jinetes levantaba tras sí, en su avance. Puestos en observación los jefes, reconocieron que no era fuerza enemiga la que se aproximaba.