El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

Part 17

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En espera de algún incidente favorable á la vida de nuestro defendido, habíamos pedido una ampliación del término para la ejecución, que se difirió para el miércoles 19, y en ese período Maximiliano puso el siguiente despacho:

«Línea telegráfica del Centro.--Telegrama oficial.--Depositado en Querétaro.--Recibido en San Luis Potosí á la 1 hora 50 minutos de la tarde, el 18 de Junio de 1867.--C-. Benito Juárez.--Desearía se concediera conservar la vida á D. Miguel Miramón y D. Tomás Mejía, que anteayer sufrieron todas las torturas y amarguras de la muerte, y que como manifesté al ser hecho prisionero, yo fuera la única víctima.--_Maximiliano._»

Nada se obtuvo, y cuando se cerró la puerta de toda esperanza, comprimido nuestro espíritu por el fin trágico que se presentaba á nuestra vista, pusimos este telegrama:

«Telegrama de San Luis Potosí para Querétaro.--Junio 18 de 1867.--Sres. Lics. D. Eulalio María Ortega y D. Jesús M. Vázquez.--Amigos: todo ha sido estéril. Lo sentimos en el alma, y suplicamos al Sr. Magnus presente á nuestro defendido este sentimiento de profunda pena.--_Mariano Riva Palacio._--_Rafael Martínez de la Torre._»

* * * * *

En la mañana del miércoles 19 de Junio, formadas las tropas en la ciudad de Querétaro, sonaban las seis cuando salían de su prisión Maximiliano, Mejía y Miramón. Antes de salir habían oído misa, que dijo el padre Soria. ¡Cuánta veneración hubo en aquel acto religioso! ¡Con qué respeto se asiste al solemne oficio de una religión que alumbra en el último momento de la vida el porvenir de la que no tiene fin!

Al salir Maximiliano de la prisión, abrazó á los Sres. Ortega y Vázquez. Marchó al suplicio con la calma de quien ve el fin de una jornada, como el principio de una gloriosa conquista.

El Cerro de las Campanas era el lugar designado para el trágico fin del segundo imperio en México.

Poco antes de la hora de salida, comprendió que se acercaba el último momento de la vida. Después de dar un abrazo al joven militar que debía mandar la ejecución, salió del convento de Capuchinas, y como despedida tierna y expresiva de todo lo que le rodeaba, dijo:

«Voy á morir......»

Voy á morir.... Negro, horrible pensamiento, presencia de insondable abismo, lúgubre, aterrador sentimiento que sobrecoge al espíritu de miedo y pavor, que anonada y aterra al corazón que aun ama, que tiene gratas impresiones, que acaricia aún esperanza de la vida; pero Maximiliano, notificado de muerte; se había despedido del mundo para no verlo más...... ni una ilusión, ni una esperanza alimentaba. Extranjero en su patria adoptiva, sólo en el mundo nuevo de una prisión, su alma no tenía ya quejas que exhalar, ni memorias que evocar. Su dolor fué mudo y grande, muy grande su disimulo, ó grande, mucho más grande su resignación filosófica, su conformidad cristiana, la aceptación valerosa de su destino adverso.

En tres coches caminaban al cerro de las Campanas, acompañados cada uno de un sacerdote, Maximiliano, Mejía y Miramón.

¿Qué pensamientos llevaba en su alma el infortunado príncipe Maximiliano? ¿Qué sentimientos se desbordaban de su corazón?

¿La luz purísima de ese cielo azul de Querétaro en la mañana del 19 de Junio, al caminar al lugar de la muerte, llevaría al alma de Maximiliano la amargura de la nada en la vida que se extingue, la verdad terrible del polvo en que se resuelve aún la más gloriosa existencia? ¿La razón fría y expedita, ó las pasiones nobles y generosas, serían sus compañeros al abrirse á sus pies la sepultura de su terrestre vida? ¿La noche eterna de la tumba embargaría antes con su impenetrable obscuridad todas las potencias? ¿Esa luz diáfana, brillante, sería la atmósfera en que se hacía sensible la presencia de Dios para el que en su infortunio lo invocaba como el único consuelo?

Ni un solo pensamiento de odio, ni un sentimiento de disgusto, ni una palabra de rencor se le oyó á Maximiliano; y su alma y su corazón, su memoria del pasado y su pensamiento del porvenir, formaban una corriente incesante de votos por la paz de la República y su libertad é independencia. Estas fueron sus últimas palabras:

«Voy á morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!»

Maximiliano, sin ligas ni vínculos sagrados de parentesco, sin patria que recibiera sus restos inanimados en un monumento destinado á la memoria de los grandes de Austria, sin familia que llorase su muerte, hizo de México, de sus amigos, de sus defensores, de sus adversarios, de sus jueces, de sus vencedores, su propia familia; porque á todos consagró recuerdos, y para todos deseaba bien y felicidad. Sus conversaciones, sus votos todos y sus últimas cartas, son irrecusable testimonio de esta verdad.

Sus últimos momentos fueron sin duda de oración. El que cree, ora. Hablar con Dios cuando se tocan las puertas de la eternidad, es ley del pensamiento. Este forma la parte de nuestro sér divino; y cuando se rompe el velo de la vida para descubrir el misterio de la eternidad, Dios y el alma son inseparables. Entre la altura del Sér omnipotente y el camino que conducía al cerro de las Campanas, había una cadena impalpable: no estaba sugeta al dominio de los sentidos, porque la verdadera oración es mental; pero Maximiliano pensaba en Dios, en su omnipotencia, en su misericordia, y Dios recibía esta corriente de pensamientos como la expresión sincera y religiosa de quien cumple lleno de fe los deberes de un providencial destino.

Maximiliano, Mejía y Miramón, poetizaron con el valor su muerte. Antes de pronunciar el primero las palabras que precedieron á la descarga que imprimió á su vida tan trágico fin, dió á cada uno de los soldados un maximiliano de oro, moneda valor de veinte pesos mexicanos. Momentos después, traspasado su cuerpo, cayó desprendido de los espíritus vitales. Una descarga arrancó su alma del cerro de las Campanas, para que fuera á ser juzgada por el único Juez infalible. Su cuerpo quedó á merced de los elementos que combaten la corrupción de la materia, y su nombre fué saludado como el del héroe mártir del gran drama de la intervención en México.

El 6 de Julio de 1832, una multitud saludaba llena de entusiasmo el nacimiento de un príncipe de la casa de Austria.

El 19 de Junio de 1867, una multitud lloraba la muerte del príncipe Maximiliano.

Nació en medio de los suyos, rodeado de una familia numerosa, en medio de un pueblo amigo.

Murió lejos de sus parientes, separado de toda su familia; pero la política es una liga superior á las de sangre, más poderosa que las de afinidad. El amor y el odio son el fruto de la política. Ella forma alianzas impalpables, vínculos sin pacto, simpatías de instinto, afectos profundos, adhesión inmensa, entusiasta hasta el delirio, resuelta hasta el martirio. Ella despierta sentimientos grandiosos hasta el heroísmo, y la admiración sincera, y el entusiasmo ardiente, y la gratitud reconocida, dan siempre una familia numerosa al que muere por una causa política. Las lágrimas son más abundantes, y su sinceridad está en el luto que cubre el corazón que trunca su vida, colocando en el altar de sus esperanzas el negro sudario de la muerte.

La patria, la familia, los hijos, esa continuidad de la existencia, renueva sin embargo nuestro sér, abre el corazón á los sentimientos generosos, el entendimiento á la luz; y después de los sangrientos dramas de la política, sólo hay un deseo, la salvación de la patria, la unión de los mexicanos, la libertad práctica, la consolidación de la independencia.

La historia con el inexorable poder de su criterio, es la única que al través de los años que calman las pasiones, mide bien los acontecimientos públicos. ¡Ojalá y ella, al juzgar á esta generación de que formamos parte, pueda decir: _El velo que la Nación arrojó con el decreto de amnistía en 1870 sobre el período de la intervención y los de las guerras civiles en la República, puede levantarse sin temor para el examen filosófico de sus causas; porque están asegurados los votos de Maximiliano al morir; los de Juárez como vencedor y juez, son ya una verdad: la paz, la libertad y la independencia de México._

* * * * *

El 6 de Julio de 1832, el corazón de la princesa Sofía se ensanchaba de gozo. Un nuevo hijo en una dinastía reinante, era un refuerzo, un apoyo, un elemento de poder que se ofrece en el alumbramiento de un niño que para la sociedad es la esperanza de la gloria, y para la madre la admiración de una preciosa existencia. El 19 de Junio de 1867, el corazón de la princesa Sofía ha de haber presentido toda su desdicha, y dirigiéndose al Sér Supremo, único consuelo de una madre que vé á un hijo en la desgracia, derramaría á torrentes el llanto del alma que, en sus penas y dolores, en su desvarío y en sus grandes amarguras, viste de luto la existencia que inquieta se desliza llena de sobresalto, en medio de la congojosa melancolía de un negro presentimiento.

* * * * *

Poco tiempo después llegaba á México el almirante Tegetthoff á pedir los restos inanimados del príncipe Maximiliano, para conducirlos al sepulcro de sus antepasados.

El cadáver frío, yerto; pero conservado por la ciencia que momifica, permitía llevarlo al sepulcro de los grandes de Austria.

El cuerpo sin el alma es la presencia aterradora que aviva todo el dolor por la existencia perdida. Donde el alma se evaporó, no hay luz ni brillo, no hay amor ni esperanza, no hay más que tristeza, sombra, horror, ausencia, amargura, negra atmósfera que oprime el corazón. La única luz es Dios. La única esperanza es la transparencia inexplicable pero firme en la conciencia, de ese infinito que está más allá del día de la muerte. En ella encontró su consuelo la Princesa Sofía, madre adorada por el Archiduque.

La Novara, en 1864, traía á México la vida de un imperio lleno de pensamientos, proyectos é ilusiones. Cubierta de luto volvía en 1867, conduciendo el cadáver de aquel príncipe que, jefe de la marina austriaca, renunció á la posesión tranquila de sus honores, por la gloria de fundar una monarquía en México. La Novara será un navío histórico de un período de que fué principio y fin. En 1864 traía á bordo toda la esperanza de lo misterioso, de lo desconocido, que engendra para algunos la vida y para otros la duda y el temor. En 1867 llevaba la muerte: era el transporte fúnebre de un rey ajusticiado, era un ataúd provisional. En 1864, la Novara fué saludada con ardiente entusiasmo por los creyentes en la eficacia de la monarquía: en 1867 la luz artificial de los cirios que rodeando el cadáver del príncipe, chispeaban al cruzar el mar, era la más negra sombra que se proyectaba sobre el alma de la tripulación. La luz que oprime, la luz que hiere el alma, la luz que arroja sombras, luto y aflicción, es sólo la luz del sufragio; porque es el tributo á la nada en que se resuelve la vida que se extingue; pero hay aún en algunas naturalezas, para esa nada del espíritu, para esa nada de la vida, un amor inmenso, desgarrador, capaz de aniquilar nuestro propio sér, convertido al andar del tiempo en panteón ambulante de memorias queridas.

Una ceremonia fúnebre oficial, después del estremecedor y triste recibimiento de familia, tuvo lugar en el Convento de Capuchinas de Viena, donde se depositó el cadáver de Maximiliano. Una historia enseñaban aquellos restos, y la familia hizo gravar sobre el ataúd de aquellos despojos regios la siguiente inscripción:

FERDINANDUS. MAXIMILIANUS

ARCHIDUX. AUSTRIÆ

NATUS. IN. SCHOENBRUUN

QUI

IMPERATOR. MEXICANORUM. ANNO. M.DCCC.LXIV. ELECTUS

DIRA. ET. CRUENTA. NECE

QUERETARI. XIX. JUNNI. M.DCCC.LXVII

HEROICA

CUM

VIRTUTE. INTERUIT.

Nosotros quisiéramos también poner una inscripción que, á semejanza de un epitafio, reasumiera la vida de un período y de un orden de cosas que no tiene posible resurrección; pero esto sería pretender un imposible.

La mano del hombre más poderoso, el amor inmenso de los padres, la voluntad decidida, de los adictos, el entendimiento de más privilegiada fuerza, la historia inflexible en sus sentencias, son impotentes para reasumir en un epitafio toda una narración que abraza una época, que sólo puede juzgar hoy con imparcialidad el superior de todos los jueces. A ese juicio severo é impasible sólo se aproxima la inspiración tardía de los pueblos, que se erige, al desaparecer las pasiones, en criterio de la historia. Ella juzgará, y su sentencia, detallada en miles de páginas, no llegará tal vez á los oídos de los actores ni de la generación contemporánea; porque nuestra vida es corta, y el soplo de los años, poderoso para hundirnos en la nada de esta existencia, es un instante inapreciable en la vida de las naciones. Héroes ó mártires, vencedores ó vencidos, afortunados ó infortunados los actores del período á que consagramos estos renglones, tienen ya en sus manos el porvenir de la República: hay ya en el corazón mexicano un resorte de inmenso poder. Una ley de amnistía llama á todos á trabajar por el bien de la patria.

Esta página de nuestra historia debe ser también la llave del porvenir. Si aun ciegos y obcecados los partidos no abren su corazón y su conciencia á las inspiraciones santas del patriotismo y de la unión, México sucumbirá; porque la anarquía será el preludio de catástrofes que hoy nos amenazan como negra y aterradora sombra...... Pero no...... la adversidad no puede, inexorable, perseguirnos: el destino de nuestra patria perderá lo sombrío de algunas profecías, y la transformación de su sér se explica ya en el deseo general, inmenso, evidente de la paz. La Providencia lleva muchas veces á los pueblos á sus grandes fines por medios imperceptibles, y ha llegado para México el período de su resurrección. La experiencia de nuestros errores, el instinto de nuestros peligros, la advertencia de las lecciones pasadas, los episodios sentidos de las vicisitudes políticas, forman el hilo, hoy invisible de la unión, que dará al país la fuerza y el poder de su propia salvación. Sacudimientos ligeros, convulsiones pasajeras, pueden aún herir el sentimiento nacional; pero éste, superior á las disensiones de partido, se levantará poderoso contra toda tendencia revolucionaria que amenace la paz de la República. México había significado antes anarquía, desórden, rebelión constante; pero la sangre á torrentes derramada, la fortuna perdida á impulso de las revoluciones, la paz deseada y siempre perturbada, ha cambiado el carácter revolucionario y versátil del pasado que sucumbió para siempre, merced á los sacrificios de una generación que quiere para su patria orden, paz, progreso, independencia y libertad.

La regeneración de México ha comenzado, y esta regeneración se saluda como la vuelta de un joven lleno de esperanzas á la vida normal. Alimentemos todos esa preciosa existencia de la patria, con el inmenso amor del suelo en que nacimos, y unidos trabajemos por la paz, que es la más grande herencia que podemos legar á nuestros hijos.

Llamemos á nuestra mente la trágica historia nacional desde la Independencia; evoquemos recuerdos del sentimiento expresado por los hombres todos que han muerto por la patria, y como epílogo de esos solemnes y lúgubres momentos de la muerte, en que están presentes la patria, la familia, la conciencia, Dios y la eternidad, pudieran reasumirse esas palabras de agonía santificadas por la presencia del suplicio, en esta exclamación: «Patria, patria infortunada y querida: Si de los votos de estas víctimas dependiera tu felicidad, la unión de tus hijos te abriría el más brillante porvenir, y México sería grande y feliz con la unión de los mexicanos.»

Tales deben ser también los votos de los que sobrevivimos, y á su realización debemos encaminar nuestra conducta. Hoy tales propósitos aparecerán como un error: antes de mucho tiempo tendrán la evidencia de un axioma, y más tarde serán el poderoso elemento de nuestra vida nacional.

¡Ojalá y la generación que ha asistido al drama sangriento de las disensiones por la patria, sea también la que abra por la fraternidad y conciliación, una nueva vida en el suelo privilegiado de la República! ¡Dios permita que el nombre de México, que al pronunciarse evocaba recuerdos de sus dolores y lúgubres peripecias, sea saludado en el porvenir como el pueblo digno de la libertad, tan grande por sus virtudes, como ha sido sufrido en su infortunio!

México, Julio de 1871.

_Rafael Martínez de la Torre._

APÉNDICE

AMPLIFICACIONES

POR

ANGEL POLA

EN PEREGRINACION, DE POMOCA A TEPEJI DEL RIO

PATEO

Por la vía troncal del Ferrocarril Nacional Mexicano, que parte de la ciudad de México y en el kilómetro 205, llégase á la estación de Pateo, formada de un pequeño edificio de cal y canto, casi un cubo, con techumbre laminada en forma de caballete.

Un amplio y desnivelado camino arcilloso, de dos kilómetros une la estación con la hacienda del propio nombre, la cual destaca sobre una colina, entre los cerros de San Miguel el Alto y Paquizihuato, presentando, al primer golpe de vista, los altos muros blancos de su perímetro, coronados por los aleros de las casas, el campanario de la capilla y el follaje tupido de la arboleda.

Frente á la puerta principal aparece, tras pequeña verja, un jardincito limitado en uno de sus extremos por el departamento administrativo; en el otro, por un mirador y la sala, y en el fondo, por el ancho corredor que sirve de atrio al pabellón del edificio central.

En uno de los ángulos del corredor hay una piececita de cinco metros de latitud por seis de longitud, que tiene paso en su fondo y uno de sus costados á dos recámaras. La puerta de entrada presenta en una de sus hojas y á la altura de un metro, un orificio circular de dos centímetros de diámetro, cubierto por un cristal, y por el que don Melchor Ocampo vigilaba la carretera, á fin de evitar á tiempo el peligro que lo amenazase, desapareciendo súbitamente por un escotillón abierto á corta distancia de sus plantas y que comunica por un subterráneo escalinado en su principio y cuyo término se ignora. El escotillón, construído debajo del lecho, quedaba oculto por la alfombra.

El edificio, hermoso de puro sencillo en su estilo, de arquería de medio punto y esbeltos pilares en sus corredores del interior, ha venido siendo ceñido desapiadadamente por construcciones modernas, entre las que resaltan la capilla y los graneros. Inmediato á la primera hay un jardín extenso de simétricas avenidas y desvanecidos camellones, sombreado eternamente por multitud de altos cedros, fresnos, eucaliptus y árboles frutales de variadas especies, todos plantados por las propias solícitas manos del señor Ocampo.

Existen como testimonios vivientes de nuestra narración, los servidores José Dolores Gutiérrez, Benito Campos, Epigmenio Moreno y Tomasa X., empleados todavía en la hacienda. Refieren llenos de ternura, que el antiguo amo despertaba con el día, se entregaba invariable y pacientemente á las labores de campo, prefiriendo las de floricultura y plantación de árboles raros, alternando estos trabajos con empresas de mejoras, el estudio á que se dedicaba con afán y la inquebrantable vigilancia ejercida sobre la servidumbre, en cuyo bienestar estuvo siempre interesado, acudiendo cariñoso, ora con auxilios pecuniarios cerca de los pobres, ora con medicinas á la cabecera de los pacientes, haciéndose acompañar del doctor Patricio Balbuena, radicado en Maravatío, cuando el caso lo requería, y si era trivial, juzgaba suficiente su ciencia.

Campos, que raya en los setenta de edad, decíanos, al repreguntarle si había tratado mucho al señor Ocampo:

--Sí, señores: ¡pues si aquí comencé á ganar medio con él!

--¿Y es verdad que se portaba bien?

Y, en vez, de contestar él solo, á una voz nos respondieron los cuatro viejos y fieles sirvientes:

--Sí, como un santo; pero harto bueno, harto bueno.

Así es que, entrevistados sucesiva y juntamente, y practicados entre éllos algunos careos en los puntos discordantes de sus relatos, siempre convinieron en que aquel amo fué un hombre de bien á carta cabal, asíduo en el trabajo, estudioso infatigable, con especialidad en la Historia Natural, la que procuraba llevar á la práctica en sus teorías más modernas y elevadas, introduciendo en su jardín botánico plantas exóticas de flores y frutos primorosos, como los pudimos apreciar, al designarnos estos testigos, cedros, matas de cramelias, arrayanes de corte caprichoso que señalan los lindes del terreno y bordan los prados, presentando un conjunto boscoso, perfumado é interesante, lo mismo en las rotondas, cerca de las fuentes, como en los rincones más apartados y umbríos, entre los cenadores de atavíos primaverales.

Se distingue en este jardín la principal avenida, que arranca de un gran enverjado y confina en el fondo obscuro de la vegetación que viste la tapia que cierra el perímetro, señalada esa avenida por árboles añosos de cedro, de que penden lama y heno, testimonios de su vetustez. Las semillas de tales plantas fueron depositadas en la tierra por las mismas manos del señor Ocampo, que veló por su germinación y desarrollo.

POMOCA

(Hoy Hacienda Subterránea)

Pateo, de la propiedad de don Pedro Rosillo en 1743 y después de doña María Francisca Javier de Tapia, pasó á ser del señor Ocampo, su hijo, á la muerte de esta señora, hasta que, en la imposibilidad de proseguir conservando la hacienda, por razón de los muchos gravámenes contraídos en el ejercicio de la más pura caridad, calificada por él como derroche, vióse obligado á fraccionarla, reteniendo la parte designada Rincón de Tafolla, y enajenando la otra á don Claudio Ochoa, quien, posteriormente, la vendió á los señores Sotomayor y éstos á su vez á la viuda de don Angel Lerdo, que es la propietaria, en el presente.

Dueño el señor Ocampo de la fracción Rincón de Tafolla, fué á vivir bajo unas tiendas de campaña, que fijó en el punto donde dió principio con la erección de la hacienda, la cual él mismo bautizó con el nombre de Pomoca y que, como se sabe, es el anagrama de Ocampo.

Terminada, en parte, la obra material de la moderna Pomoca, estableció allí su residencia y puso en práctica sus tendencias, enriqueciendo el lugar con un parque de piñones, olivos, cedros y el arbusto rarísimo de la cruz, idéntico al que existe en el convento del mismo nombre, en la ciudad de Querétaro. Aprovechando una quebrada del terreno, hizo un estanque para baños y otro para la procreación de peces, en forma circular, y con un jardín de aclimatación en su centro. Introdujo el agua, trayéndola de muy lejos, en una bien construída cañería.

Se ve aún, como islote, un prado ricamente provisto de plantas de valor científico. Se entraba en esta estancia por una avenida de cedros del Líbano; y comunicando de la casa á un baño, tupidamente cubierto de plantas trepadoras, veíase una callecita estrecha y ondulada, bajo palio de enredaderas de fragancia indecible, que bajaban á trechos sus ramas cuajadas de hojas, hasta ocultar los asientos de mampostería.

Si á tal cuadro se añade la riqueza del arbolado, que abraza y esmalta el lugar, se comprenderá el interés que despierta en el ánimo del viajero el examen de las variadas especies de árboles frutales, de los frondosos olivos, los piñones y los sauces.

De la obra material no quedan sino desolación y ruinas, hechas por la mano del hombre, que parecen protestar contra el olvido, la incuria y la irrespetuosidad de la ignorancia. Sólo se contemplan, abriéndose paso entre breñales, los muros carcomidos y agrietados de diez piezas, rodeadas de una superficie cascajosa en los cuales crecen hierbas y arbustos, y se abrigan sabandijas.

El terreno es una ladera, cerca de San Miguel el Alto.

VENTA DE POMOCA

(Hoy Pomoca)