El libro rojo, 1520-1867, Tomo II
Part 15
Los gobiernos de Europa, que presentían las consecuencias de un triunfo glorioso de la democracia, pensaron en que México pudiera ser un punto de apoyo, un arsenal inmenso, un cuartel general para ulteriores operaciones; y aprovechando las disensiones apasionadas de sus hijos, ofrecieron crear una monarquía en la tierra de promisión, que descubierta por el ilustre genovés Cristóbal Colón, fué la perla de la corona de España.
Esta colonia que llevó á su tesoro torrentes de plata y oro en cambio de una civilización cristiana, no era aún conocida el año de 1862 en su poder nacional.
Frágil la memoria de los hombres poderosos, olvidaron pronto los sacrificios de México, por su independencia, desconocieron su adelanto en medio de sus guerras intestinas, y creyeron obra de una visita militar la fundación de una monarquía que renovara las antiguas tradiciones, despertando el espíritu de orden y obediencia en que tan notable fué este virreinato por tres siglos.
En los años pasados después de la independencia, la educación ha cambiado las antiguas costumbres. México ha obtenido en medio siglo lo que pudiera ser obra para otros pueblos de centenares de años. De 1821 á 1863 recorrió desde la monarquía absoluta hasta la república más democrática, y la obediencia pasiva del antiguo sistema se ha cambiado por los fueros de la libertad.
Ese año de 1863 será siempre inolvidable en la historia de los sucesos que vamos á referir; porque éste fué el período en que el príncipe Maximiliano aceptó lo que, obra de los hombres, parecía altamente glorioso en sus fines al archiduque de Austria.
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Inglaterra, Francia y España, unidas por la convención de Londres el 21 de Octubre de 1861, enviaron en Diciembre del mismo año al puerto de Veracruz algunos miles de soldados, representada la primera para los fines de la convención por Sir Charles Wyke. Ministro inglés residente en México; la segunda por el Almirante Jurien de Lagravière y por el Conde de Saligny, Ministro de Francia en México; y España por el Teniente general don Juan Prim, Conde de Reus.
El tratado que celebró en el pequeño pueblo de la Soledad, distante pocas leguas de Veracruz, el Ministro de Relaciones D. Manuel Doblado, permitió á las tropas de las tres naciones venir á Orizaba y Tehuacán, ajustando un armisticio para acordar, entretanto, los medios de llevar á un término prudente las diferencias que en lo ostensible tenían aquellas naciones con la República Mexicana. Ese tratado que con el Sr. Doblado firmaron los representantes de las tres naciones el 31 de Octubre de 1861, ha sido juzgado por muchos como el monumento más glorioso de la habilidad diplomática de nuestro Ministro. Aplazada la guerra, podía crear la división en los invasores, y permitir, además, que se viese con claridad el fin á que se encaminaba y los medios de que disponían cada una de las partes que formaron la convención.
Había en lo íntimo, en lo secreto de las instrucciones reservadas que traían los tres representantes, algo contradictorio que no podía llevarlos á una inteligencia fácil, á un acuerdo seguro.
Los representantes de España é Inglaterra vacilaron, los de Francia traían una consigna que cumplir, Napoleón III quería un rey para este suelo virgen. El príncipe que debía ceñir la corona, sería acaso dudoso; pero la resolución estaba tomada. México sería una monarquía.
Aun es un misterio si la voluntad enérgica del Conde de Reus rompió la convención, llevando tras esta resuelta conducta el acuerdo del representante de Inglaterra; ó si instrucciones superiores prepararon el rompimiento que dejó al ejército francés solo en este suelo para llevar adelante las órdenes de su gobierno, que ejecutaba por su cuenta y riesgo, la más aventurada, peligrosa y estéril de cuantas intervenciones se registran en los siglos de la historia política del mundo.
La República supo con asombro que, rotas las estipulaciones del tratado de la Soledad, avanzaban en son de guerra los franceses al mando del general Laurencez, y ligeros encuentros en las Cumbres de Aculcingo, obligaron á las tropas de la República, al mando en jefe del general Zaragoza, á resistir el choque del ejército francés en la ciudad de Puebla.
El 5 de Mayo de 1862, á las once, comenzó la acción sobre el Cerro de Guadalupe, y á las tres retrocedieron las fuerzas francesas, llevando ya en su retirada á Orizaba, la convicción profunda de que la misión que debían cumplir era algo más peligrosa que un paseo militar.
México ha recogido en la memoria de esa jornada, la de un día de gloria nacional que solemniza en su aniversario, como la de una segunda independencia. El recuerdo del 5 de Mayo fué la bandera de la República en sus días de prueba y de desgracia. Los nombres de los generales Zaragoza, Mejía, Díaz, Berriozábal, Negrete y otros, han tenido desde entonces un lugar de preferencia en el corazón de un pueblo que se apasiona por la superioridad del valor en el cumplimiento del deber.
Después de algunos meses, grandes refuerzos llegaron al ejército francés mandado ya por el general Forey, y se emprendió un nuevo golpe sobre la ciudad de Puebla, la que sucumbió el 17 de Mayo de 1863, obligada por un sitio de más de sesenta días. El hambre puso término á ese sitio, rindiéndose la plaza, después de romper el ejército mexicano sus armas y clavado su artillería.
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Hoy que Francia sufre, y los peligros y el sufrimiento fanatizan el amor patrio, habrá comprendido Napoleón III, capitulando en Sedán, todo el inmenso placer que habría en la victoria, toda la inmensa pena de las derrotas, todas las inexplicables amarguras de una capitulación, y todas las desgracias de conflictos entre pueblos que derraman su sangre, gastan sus tesoros, aniquilan sus elementos de vida en luchas que excitan las malas pasiones, en cuyo desenfreno todo lo pervierten, á pesar de la buena índole de las masas. México, joven, nacida en este siglo á la vida nacional, ha sido mártir por los celos extraños de su propia infancia. Nacida y codiciada, independiente y dividida, su escuela ha sido la guerra interior y exterior. Francia en el apogeo de sus días, con su gobierno de veinte años, su rico tesoro, sus preparativos de guerra, y teniendo por capital la ciudad de París, centro del mundo, donde se encontraban bienestar y dicha, porque había algo de magia en aquella gran ciudad para que el viajero de todo el mundo, á pesar de la diversidad de sus hábitos y costumbres, encontrara allí la asimilación de lo que era la patria, ha sido el objeto de todas las miradas; era el baluarte poderoso donde por el hambre podrían sucumbir hombres que, héroes en el combate, grandes en su patriótica desesperación, tenían la sentencia de su destino en una triste capitulación, después de ese sitio de titanes que será el asombro de los tiempos modernos. El siglo XIX en sus transformaciones políticas, en su marcha poderosa á los fines de la democracia, y en su grandeza universal, necesitaba para ser inolvidable, el gigantesco sitio que oprimió á la ciudad del orbe. Frente al poder del dinero, de la ciencia y del progreso, se presenta la guerra, la muerte, la destrucción, el sitio y el hambre.
Francia y Prusia en gigantesco duelo, es víctima la primera, en medio de su grandeza, y vencedora la segunda, provocada al duelo. París se enloquece en su desgracia y enarbola la bandera de guerra civil. París, antes resplandeciente de prosperidad y lustre, da muerte á su propia vida devorando á sus propios hijos, arrojando, á semejanza del suicida, elementos corrosivos á sus entrañas, para morir en el fuego, la destrucción, el aniquilamiento y la desesperación.
París, reina de las ciudades modernas, sociedad poderosa para imprimir movimiento á las ciencias y á las artes, centro privilegiado del orbe donde la historia ha grabado sus fechas gloriosas con monumentos que recuerdan guerras, gobiernos, luchas, victorias, triunfo de la idea y del arte; ciudad que llora hoy los más grandes infortunios que la más negra imaginación no podía alcanzar; arrojad de vuestro seno los elementos de esa vida cenagosa á que la corrupción levantara altares, y Dios permitirá que de ese huracán espantoso de pasiones desencadenadas, de ese fuego que destruyó la materia y el espíritu, brote la libertad pura y santa, que haga á los pueblos hermanos en el progreso y émulos sólo en el trabajo.
¡Pobre Francia! ¡cuánto atormentan los terribles golpes de la adversidad sobre las masas de un pueblo! ¡Cuántas víctimas inocentes que no merecen el castigo de esas grandes desgracias!
México ha sufrido los males del incesante anhelo de otras naciones para intervenirla. Francia llora hoy la ardiente pasión del imperio, para imponer su intervención á otras naciones. México pobre, debil, joven y desheredada por sus propias y extrañas guerras, debe á la constancia de sus hijos y á su fe, la restauración de la República. Su ejemplo lo ha invocado Francia, no sólo como lección adversa de su política, sino como bandera de guerra por su nacionalidad. Reciba nuestros votos por una paz duradera que afiance en esa poderosa nación la libertad. Ella será fecunda también para una gran parte del mundo que, por la lectura, por la tradición, por la costumbre de imitar y por los hábitos de educación, está dispuesta á aceptar la política de Francia, que tiene, por su grandeza nacional, un poder mágico, casi irresistible, de propaganda y de asimilación política.
¡Cómo cambia el poder de las naciones constituídas al abrigo de un poder personal! En 1863, Francia Imperial enviaba algo menos que el sobrante de sus legiones á esta tierra víctima de sus disensiones civiles; y hoy la República Mexicana envía los votos de muchos de sus hijos al pueblo francés, por su pronta y sólida libertad. ¡Ojalá y ellos se cumplan! ¡Ojalá y el año de 1871, Francia regenerada y libre, sea también la Francia de la paz y la prosperidad!
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La tarde del 31 de Mayo de 1863 salió de esta ciudad el Sr. Presidente D. Benito Juárez. Ese día tuvo lugar la clausura de la Cámara, y más bien que una solemnidad, fué una lúgubre ceremonia. Era el adiós de amigos que se dispersaban: fué la triste asistencia oficial de un día de duelo para la patria. Tras de ese día todo era desconocido. El único pensamiento de aquellas horas, era partir de la ciudad que debían ocupar las fuerzas francesas como fruto de su triunfante expedición sobre Puebla.
La noche arrojaba sobre el alma de esta gran ciudad una melancolía abrumadora. La agonía de una época, el término de un orden de cosas, el misterio del día siguiente, daban un tinte sombrío á todas las fisonomías. ¡Toda la noche fué de movimiento de salida! ¡Cuántas lágrimas derramadas en ese día de luto! Una despedida sin saber el día del regreso, tiene algo de semejante á la muerte.
¿Cuándo volverán los que hoy salen?
Sólo Dios puede saberlo......
Esa pregunta del corazón y esta respuesta de la cabeza, daban á tan triste despedida una amargura que es fácil sentir y difícil explicar.
Los poderes de la federación se dispersaban, dándose una cita para el interior del país. El Presidente de la República, al partir, había renovado su inquebrantable juramento de vencer ó morir. La lucha era á muerte, porque no cabía capitulación. Así lo había dicho este supremo magistrado el 21 de Marzo, al recibir las felicitaciones como día de su cumpleaños.
Abiertas quedaron las puertas de la capital que no podía resistir, y tomaron vida por casi todo el país los elementos de un nuevo orden de cosas que generalizó el proyecto de la monarquía mexicana.
En la dispersión de los poderes públicos, México quedaba sólo al abrigo de un ayuntamiento presidido por el Sr. D. Agustín del Río. Hombre de valor y de corazón generoso, inspirado por su ardiente amor á la patria, supo llenar cumplidamente sus deberes, lo mismo que la corporación que presidía. Merced á su actitud, la ciudad no sintió el enorme peso de la crisis. La historia consagrará algún día una honrosa página al Ayuntamiento de México y su digno Presidente.
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El 1.º de Junio, un repique en la Catedral anunciaba que se abría para la capital de la República Mexicana la primera página del libro de la intervención. ¡Pobres campanas! inanimados pregoneros que hablan al impulso del que los hiere, y lloran, gritan, pregonan y aplauden á nombre del pueblo. ¡Cuántas veces pregonan lo que debieran callar! ¡Cuántas veces aplauden lo que debieran condenar! El atronador repique con que se pretende á nombre del pueblo engañar al pueblo mismo, ha sido el medio más usual con que solemniza la alegría oficial lo que ha sido muchas veces el duelo de la Nación. Entonces, entre el ruido de la armonía del repique, hay siempre una voz que habla más alto: es la conciencia pública que condena el sacrificio de un pueblo.
La historia del período de la intervención, en sus detalles, no es del momento. Pocos renglones debe ocupar la narración sencilla de la muerte del infortunado Archiduque de Austria.
Preparado el terreno por la invasión francesa, perdida para muchos la esperanza de una restauración nacional; mientras la guerra de escisión entre los Estados Unidos no llegara á un término, fatigado el espíritu por la serie de incesantes revoluciones, el establecimiento, aunque pasajero, de una monarquía, era un suceso que la más corta previsión alcanzaba. El Imperio, para la Nación, sería un hecho; para los que lo deseaban, una gloriosa conquista; y su duración un problema para muchos, envuelto en el misterio del tiempo en que debieran realizarse los grandes sucesos de América.
El príncipe solicitado era Fernando Maximiliano, que residía en su palacio de Miramar. Allí fué donde los enviados del Emperador Napoleón hicieron despertar en su corazón ese sentimiento de gloria, por lo grande y desconocido á que tenía irresistible inclinación. Allí fué donde los augures del porvenir espléndido de una gran monarquía en el mundo de Colón, fundaban con la riqueza de una imaginación fecunda el trono de México. Allí las vacilaciones de un espíritu, que dominado por la idea de la gran política, estaba sin embargo preparado para todo lo que abría las puertas de ese futuro lleno de encantos por la pasión que se llama gloria. Allí ese consejo íntimo de familia, con su esposa la princesa María Carlota Amalia, que era su secretario, su amigo, su confidente, la compañera, sin duda, de proyectos, de pensamientos y de ensueños de un glorioso porvenir; y de allí partieron para esta tierra regada por muchos años con la sangre mexicana.
Más allá de la política, que glorifica á los hombres y apasiona á la multitud, hay algo en una minoría que, con la fe del que mira en lontananza los sucesos venideros, pronostica el porvenir como el apóstol de una idea; combate y lucha por ella hasta el heroísmo, y sostiene la verdad, desconocida para muchos, que parece el patriotismo especial de un círculo reducido de hombres.
Thiers y Julio Favre en Francia, Juárez, Zaragoza, Díaz y otros en México, vaticinaron el mal éxito de la aventura monárquica, y predijeron que la intervención sería para Napoleón III el camino seguro del abismo donde sepultara su trono.
Hasta donde se hayan realizado esas profecías, la historia contemporánea puede ya apreciarlo.
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Maximiliano llegó á la capital de la República el 12 de Junio de 1864. Pasados los primeros días, llamó en lo privado á algunos hombres del partido liberal, y presentándoles un programa extenso sobre las bases de independencia nacional, libertad y consolidación de las conquistas de la Reforma, obtuvo de algunos su participio en la formación del gobierno.
El programa podía condensarse en estas palabras:
Difundir la enseñanza á costa de los más grandes sacrificios, promover toda mejora material, alentando la colonización en masas y la inmigración de ricos capitalistas, afianzar las conquistas obtenidas por la República en favor de la libertad, y encaminar ésta á su aceptación por todos los partidos.
Difícil era la reconciliación de las clases y de los corazones. Ese milagro político no podía ser el instantáneo fruto de un programa. Sólo el tiempo y la libertad práctica unen á los hombres divididos en política por opiniones encontradas.
Francia gastaba, entretanto, algunos millones en el apoyo de su aventura; pero el cansancio en una empresa toda de peligros, no tardó en expresar palabras de arrepentimiento y de abandono. La versatilidad del Imperio francés en los actos que llamaba de alta política, era una presunción de que pondría término á sacrificios que no podían tener compensación.
El Príncipe Maximiliano luchaba con todo esfuerzo por nacionalizar su gobierno, y su programa democrático, á su juicio, en lo compatible con la forma monárquica, está consignado en seis tomos de decretos.
Por un corto período, la fortuna sonrió á la monarquía. Las fuerzas de la República habían perdido los grandes centros de las poblaciones, y el Sr. Presidente D. Benito Juárez, y su ministerio compuesto de los Sres. Lerdo, Iglesias y Mejía, se habían refugiado en Paso del Norte, pequeña aldea en los confines de la República, á orillas del Río Bravo. Su fe era su bandera, su constancia la base del porvenir.
Algunos jefes de inquebrantable energía sostuvieron siempre la guerra; entre ellos el ilustre general D. Vicente Riva Palacio, por cuyo encargo escribimos esta sencilla historia.
El país estuvo por un período sometido á la sorpresa de los grandes sucesos; pero la impresión fué pasajera, y las armas de la República acudieron á combates repetidos que despertaban en la Nación la fe del porvenir.
Cuernavaca era la residencia del Archiduque el mes de Junio de 1866, cuando recibió las noticias definitivas sobre la conducta de Napoleón III. Había resuelto retirar sus tropas y los recursos pecuniarios con que apoyaba al imperio mexicano. Este dejaría de percibir los quinientos mil pesos de que todos los mesen disponía á cargo del tesoro francés.
Tan grave noticia tenía altamente preocupado al Príncipe, quien con su triste fisonomía reveló á la Princesa Carlota el pesar de alguna nueva desgracia. La mala posición á que se veía reducido el ensayo de monarquía en México, despertó en el espíritu de los dos príncipes la idea de enviar un comisionado, un embajador especial al Emperador Napoleón, para exigirle francas explicaciones, resoluciones firmes sobre sus compromisos para con el naciente y agitado imperio de México y muy particularmente para con el mismo Archiduque de Austria, antes de partir de Miramar. ¿Quién podrá desempeñar esta misión importante? decía Maximiliano. ¿A quién escuchará Napoleón? ¿Quién podrá hacerle oir todos los deberes que tiene que cumplir? ¿Quién podrá hacerle comprender las consecuencias de su falta, si niega hoy lo que antes tenía ofrecido?
Se trajeron á la memoria diversos nombres de personas á quienes el Emperador de Francia en otro tiempo recibía de buena voluntad; pero que en la situación á que habían llegado las cosas, con probable seguridad, casi con evidencia, serían desairadas.
En un momento de ese silencio que impone la perplejidad de ciertas circunstancias, dijo la Princesa Carlota: «Yo tengo un embajador fiel á todos sus compromisos políticos, resuelto á todos los sacrificios, y que se hará escuchar de grado ó por fuerza. Ante su resolución no habrá obstáculos.»
«¿Quién puede reunir, dijo Maximiliano, todas esas virtudes de adhesión, y además las facilidades de llegar oportunamente cerca de Napoleón para contrariar resoluciones tomadas acaso de una manera irrevocable?»
«Yo, contestó la Princesa Carlota, y tal vez sólo yo pueda lograr que se modifique lo que respecto de México se tiene ya acordado.»
El Archiduque meditó sobre este pensamiento, lo encontró oportuno, y presentándole solo en oposición dificultades de viaje, recordó que estaba próximo el 6 de Junio, que era el día de su cumpleaños, y que según la tradicional costumbre de su casa, la Emperatriz recibía y hacía todos los honores en la solemnidad de ese día.
Los proyectos de conveniencia que se combaten con accidentes de fácil solución, están aceptados. Así sucedió con el viaje de la Emperatriz. El movimiento de la casa era luego el testimonio vivo de la resolución tomada. El Emperador y la Emperatriz regresaron á México, y el seis de Junio, después de las solemnidades de la mañana, se hicieron los preparativos para el viaje á Europa.
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El día ocho salió para Veracruz la Princesa Carlota, emprendiendo, con el valor digno de un hombre, una empresa que era superior al empeño de las más grandes habilidades diplomáticas.
Francia, en la historia de su último imperio, y la del Vaticano en la de sus días de prueba, tendrán que consagrar algunas líneas á la infortunada y virtuosa Princesa Carlota Amalia visitando en 1866, víctima ya de un principio de enajenación mental, á Napoleón III y á Pío IX.
En su ciencia y brillante educación no alcanzó todos los peligros de la intervención en la República mexicana. La historia de todas las intervenciones es la del suplicio de los pueblos, la del peligro de la independencia, la del sacrificio de la autonomía, y muchas veces el de los actores mejor intencionados. Los años que corren de este siglo daban ya abundante materia para demostrarlo sin necesidad de las sangrientas peripecias del gran drama en que tan sentido se presenta el fin de Maximiliano, vencido, y la vida congojosa de la Princesa Carlota, que es la personificación del pensamiento monárquico en la rectitud de su intención y en la gloria de la fundación; pero también en el extravío de su juicio, por confiar su suerte á una protección extraña, y en el sufrimiento de su pesar profundo. Figura histórica, pasajera en su vida real, transformada por su dolor en una existencia sombría y melancólica, que conservando en su memoria las negras páginas de su martirio, sin el orden que imprime el juicio, tiene grabado como en álbum fotográfico el período de su vida en México. La memoria, el corazón y el entendimiento funcionan en la demencia, siempre con el pasado á la vista; pero las páginas de ese gran libro se desencuadernan, se confunden y mezclan, para hacer de la vida un repertorio donde la memoria, sin orden y armonía, sin concierto ni exactitud, renueva del tiempo feliz de la razón lo que más hirió el conjunto de las facultades. La historia del viaje de la Princesa Carlota, si llega á escribirse, podrá dar alguna luz sobre la materia, y fijará también el verdadero período de su enajenación mental. Maximiliano aparece, según la tradición, vivo en la adoración de la Princesa su esposa; pero en el altar de sus rezos derrama lágrimas que como flores deposita en la tumba de una memoria. Tal vez junta en un solo punto, á semejanza de visión extraña, dos ideas de vida y muerte como el que ve en medio de una tempestad lanzarse á pique una nave sin socorro posible.
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El mes de Noviembre de 1866 todo anunciaba la retirada del príncipe y la del ejército francés. El primero marchó á Orizaba, y la _Novara_, que lo trajo lleno de entusiasmo y de esperanzas, debía también conducirlo, atormentado por el mal éxito de su empresa, á su antigua residencia de Miramar. Lo esperaba en Veracruz para partir.
El príncipe estaba de choque con el ejército francés, que abandonaba su obra.