El libro rojo, 1520-1867, Tomo II
Part 14
Por todas partes se trabajaba con una actividad prodigiosa; los coroneles Villagómez, Vicente Villada y Francisco Espinosa por un rumbo, Eugenio Ronda y Rafael Garnica por otro, Méndez, Olivares, Valdés, Díaz, Alsate, etc., etc., todos levantaban é instruían batallones y escuadrones, y para el día 1.º de Octubre, es decir, tres meses después de la desgracia de Tacámbaro, pudimos pasar en Uruapan revista á una división, formada de esta manera, y que contaba, ya con muy cerca de cuatro mil hombres, y esto, fuera de los que habían quedado de guarnición en algunas plazas como Zitácuaro, Huetamo, Tacámbaro, etc.
Aquella revista se pasó en medio de la mayor alegría y del entusiasmo más santo. Y tal era la fe de nuestros soldados, que al verse así reunidos, se creían tan fuertes, que se hubieran atrevido á batirse contra un ejército diez veces superior en número.
Pero aquella alegría y aquel entusiasmo eran los precursores de nuevos días de duelo y de tribulación; aquellas esperanzas iban á desvanecerse como el humo, á disiparse como una nube de verano.
* * * * *
El día 10 de Octubre, desde las diez de la mañana, comenzamos á tener por diversos conductos, noticias de que Méndez, con una fuerte división, había salido de Morelia y se dirigía á Uruapam con el objeto de batirnos; y estas noticias, como era natural, nos tenían en alarma y dispuestos para emprender la retirada ó salir al encuentro del enemigo, según dispusiera el general en jefe.
Sería la una de la tarde, cuando llegó á mi alojamiento uno de los ayudantes del general Arteaga, á decirme que el General me esperaba en su casa; seguí al ayudante, y encontré á Salazar y á Arteaga que discutían sobre los movimientos del enemigo.
--General;--me dijo Arteaga--el enemigo debe estar aquí á las cuatro de la tarde; ¿qué opina vd. que debemos hacer?
--Mi opinión--le contesté--es que debemos dar una batalla.
Expliquéle en seguida mi plan, que no fué de su aprobación, y la cuestión comenzaba ya á acalorarse, cuando entró el coronel Trinidad Villagómez.
Villagómez era un joven de veinticinco á veintiséis años, valiente, pundonoroso, patriota de corazón, leal y muy dedicado al estudio; le había yo encargado el mando de una pequeña brigada de infantería, que con jefes tan dignos como Villagómez, prometía dar al Ejército del Centro muchos días de gloria.
El general Arteaga hizo á Villagómez la misma pregunta que poco antes me había hecho á mí, y Villagómez fué de mi misma opinión.
Entonces insistí yo; Salazar apoyó la opinión de Arteaga, y éste ordenó la retirada.
Pero esta retirada no debía hacerla nuestra fuerza en un solo cuerpo, sino que debía dividirse en tres secciones: la primera con los generales Arteaga y Salazar, tomaría el rumbo del Sur, internándose por la Tierra Caliente; la segunda, á las órdenes del coronel (hoy general) Ignacio Zepeda, se dirigiría al Estado de Jalisco, á expedicionar por Zapotlán; y yo, con la tercera, debía ir hasta Morelia, si no á intentar la toma de la ciudad, porque estaba fortificada y la mayor parte de mi fuerza consistía en caballería, sí á poner en alarma á la guarnición.
Con esta resolución ya se dictaron las disposiciones necesarias, y á las cinco de la tarde, bajo una espantosa tempestad, comenzaron á desfilar las tropas, tomando cada una de las secciones el rumbo designado: Zepeda el camino de San Juan de las Colchas, Arteaga el de Tancítaro, y yo el de la Sierra de Paracho.
En estos momentos, Méndez, con las tropas imperiales, estaba ya á muy poca distancia de nosotros.
* * * * *
Arteaga llevaba la brigada que mandaba Villagómez, una sección que estaba á las inmediatas órdenes del coronel Jesús Díaz, y algunos piquetes de infantería y caballería que no estaban incorporados en ninguna brigada.
A pesar de la tormenta y del mal estado de los caminos, Arteaga hizo caminar á la tropa que le acompañaba toda la noche del día en que se efectuó la retirada, y al siguiente día llegaron al pueblo de Tancítaro.
Aquella precipitación había sido una medida prudente, y que los acontecimientos posteriores confirmaron de necesaria, porque el día 12, en el momento en que los soldados iban á tomar «el rancho,» llegó la noticia de que el enemigo estaba tan cerca de Tancítaro, que sin permitirse tomar el primer bocado á los soldados, se emprendió violentamente la retirada rumbo á Santa Ana Amatlán.
Sin embargo, Méndez logró alcanzar la retaguardia de los republicanos; pero Villada, que la cubría con un batallón, sostuvo bizarramente la retirada, y por esta vez volvió á salvarse aquel pequeño ejército.
Toda la tarde y parte de la noche caminó Arteaga, hasta llegar á una pequeña finca situada á siete leguas de Tancítaro, en donde acampó.
La distancia recorrida por las tropas republicanas en aquel tiempo, parecerá muy corta á los que no tienen conocimiento de los caminos por donde tenían que atravesar; pero cuando se miran aquellos desfiladeros, en que los infantes no pueden cruzar sino de uno en uno, en que los jinetes necesitan echar pie á tierra, en que cada paso es un peligro, y cada peligro es mortal, entonces es cuando se considera que aquellos senderos, en el tiempo de las lluvias, son casi intransitables de día, y la tropa los atravesaba de noche; entonces es cuando se comprende, por qué se caminaba durante tanto tiempo para avanzar sólo unas cuantas leguas de terreno.
Por fin, aquellos pobres soldados, que apenas habían podido dormir, hambrientos, fatigados y empapados por las constantes lluvias, llegaron á Santa Ana Amatlán á la mitad del día 13.
Arteaga y Salazar se creyeron en completa seguridad, fiados en la vigilancia del coronel Solano, á quien el primero de aquellos generales había ordenado que, con cincuenta caballos, permaneciese cerca de Tancítaro, en observación de los movimientos de Méndez.
Como para dar más seguridad á Arteaga, pocos momentos después de que llegó á Santa Ana Amatlán, se le presentó un oficial de Solano, pidiéndole, de parte de su jefe, un cajón de parque, y confirmó lo mismo que habían dicho ya algunos exploradores: que el enemigo no había hecho movimiento alguno.
Arteaga, pues, sin temer nada, y seguro de que Méndez había dejado ya de perseguirle, mandó desensillar, dispuso que se preparase la comida de la tropa, y él mismo se retiró tranquilamente á su alojamiento, y quiso descansar también, aunque fuera por algunas horas.
* * * * *
Las armas estaban en pabellón, los calderos comenzaban á hervir con la pobre ración de carne, los soldados, abrumados por el ardiente sol de aquellos climas, se procuraban un abrigo bajo los árboles y los portales de la población, y los oficiales y los jefes buscaban en las modestas tiendas algún alimento para calmar su necesidad.
Repentinamente se escuchó un rumor extraño, carreras de caballos y de hombres, y gritos y disparos de fusil, y luego la confusión más terrible, más espantosa.
Los republicanos habían sido sorprendidos y era inútil pensar en la resistencia; un terror pánico se apoderó de los soldados, como sucede siempre en estas ocasiones; y ya no escuchaban la voz de sus jefes, y no volvían siquiera el rostro para el lugar en donde estaban sus armas, y no pensaban más que en salvarse por medio de la fuga, que emprendieron ciegos y por todas direcciones.
Todos los jefes, incluso Arteaga, fueron sorprendidos en sus alojamientos y hechos allí prisioneros: Salazar, con sus ayudantes y algunos criados se hizo fuerte en su casa, y se batió durante algún tiempo; pero fué obligado á rendirse, y solo el coronel Francisco Espinosa, gracias á su sangre fría, logró escapar de las manos de los imperialistas.
Para consumarse aquella terrible desgracia, había bastado apenas una hora, es decir, dos horas después de haber llegado Arteaga á Santa Ana Amatlán, él y Salazar, y todos sus jefes y oficiales, y gran parte de sus soldados estaban prisioneros.
* * * * *
¿Quién fué culpable de aquella sorpresa? ¿cómo pudo Méndez haber llegado hasta Santa Ana Amatlán, sin ser sentido por las fuerzas del general Arteaga, sin ser detenido por el coronel Solano y por el comandante Tapia, que habían quedado con dos cuerpos de caballería cubriendo el camino y en observación de los movimientos de los imperialistas? Misterios han sido y son éstos para mí, á pesar del empeño que tomé para saber la verdad.
Arteaga, Salazar y muchos de los que con ellos iban en aquella desgraciada expedición, creyeron que Solano y Tapia se habían puesto de acuerdo con Méndez; pero esto me parece imposible, porque Solano era un joven honrado y patriota, á quien se habían encargado comisiones peligrosas, y siempre había correspondido perfectamente á la confianza de sus jefes; y Tapia, por sí solo, nada hubiera podido hacer aún cuando hubiera querido traicionar.
A pesar de todo, algo habría podido averiguarse si en aquellos días no hubiera muerto Solano de fiebre en el pueblo de Tancítaro; y como sucede en las guerras de insurrección, la muerte de un jefe produce, necesariamente, la desorganización más completa, y luego la dispersión de las fuerzas que manda, sobre todo si son, como aconteció entonces, tropas levantadas y organizadas por el mismo jefe, y merced á sus esfuerzos y á sus simpatías personales.
A Tapia no lo volví á ver más.
* * * * *
Treinta y cinco fueron los prisioneros hechos por Méndez en Amatlán, inclusos los dos generales, y todos ellos, aun algunos heridos, pasaron el resto de la tarde y la noche del día de la sorpresa, encerrados en un cuarto, frente á cuyas ventanas las músicas de los vencedores tocaban alegres sonatas, celebrando aquella poco costosa victoria.
Al día siguiente se emprendió la marcha de regreso para Uruápam, y á los treinta y cinco prisioneros se les entregaron quince caballos para que pudieran caminar.
Muchos tenían que marchar á pie, pero todos convinieron en que, de preferencia, uno de los caballos debía servir al general Arteaga, y se le dió en efecto.
Arteaga era un hombre sumamente grueso y por consecuencia pesado y torpe en sus movimientos; necesitaba, pues, una montura especial y una cabalgadura fuerte y vigorosa, y ni una ni otra cosa se le daba; en vano pidió que se le entregase la mula que él montaba ordinariamente, y que con todo y arreos estaba en poder de los soldados de Méndez; nada consiguió, y se encontró en la necesidad de montar el caballo que le habían dado.
El camino estaba casi intransitable; el caballo era débil, la silla pequeña, y á cada paso el desgraciado general Arteaga caía con todo y caballo, causándose grave mal en sus abiertas y dolorosas heridas.
Salazar hacía casi todo el camino pie á tierra.
Seis días duró aquella terrible peregrinación, durante la cual el cansancio y los sufrimientos físicos y morales de los prisioneros, no encontraron más compensación que las muestras de simpatía de los pueblos del tránsito, y sobre todo de Uruápam, á donde llegaron el día 20 de Octubre.
Según me han referido los jefes que estaban allí entre los prisioneros, ninguno, inclusos Arteaga y Salazar, creía que después de los días trascurridos, se les fuera á fusilar, y en esta confianza ya todos hablaban solo de las penalidades del camino, y del día en que probablemente debían llegar á la capital de Michoacán.
Descansaban todos reunidos en su prisión, adonde algunas buenas y nobles familias les habían enviado abundantes comidas, cuando á las tres de la tarde se presentó el coronel Pineda, y en alta voz llamó á los generales Arteaga y Salazar, á los coroneles Villagómez y Díaz y al capitán González, y los hizo pasar á una pieza inmediata.
Ninguno de los otros prisioneros sabía cuál era el objeto de aquella separación, pero todos los corazones lo adivinaron, todos comprendieron que iba á representarse allí una terrible y sangrienta escena, todos, sin vacilar, aseguraron que aquellos cinco separados iban á ser las primeras víctimas.
Entonces desapareció la tranquilidad, reinaron la incertidumbre y el temor, y una nube de tristeza cubrió el rostro de aquellos desgraciados que ya no esperaban sino su turno para morir.
* * * * *
En aquellos días se había promulgado en la ciudad de Morelia el tristemente célebre decreto llamado “del 3 de Octubre” por la fecha en que fué expedido, y conforme á ese decreto que recibió Méndez en Uruápam, iban á ser pasados por las armas los prisioneros.
Pero ese decreto no podía aplicarse á hombres á quienes no se había hecho conocer; ese decreto no podía autorizar al mismo Méndez cuando aun no se promulgaba en los lugares en que él estaba, ni aun lo conocían sus mismos oficiales.
Nunca Arteaga, Salazar, Villagómez ni ningún otro de sus compañeros de infortunio se habrían sometido al imperio, ni dejado de combatir por más que ese y otros decretos los amenazaran con la muerte; pero en estricto derecho, esa ley no pudo ni debió habérseles aplicado.
* * * * *
Separados ya de los demás prisioneros, Arteaga, Salazar, Villagómez, Díaz y González, se les notificó que en la mañana del siguiente día debían morir, y se les exhortó á prepararse para aquel horrible trance.
Todos ellos recibieron la noticia con noble serenidad, sin quejas, sin recriminaciones, con un valor heróico.
Pocos momentos después se presentó en la prisión el Sr. Ortiz, cura de Uruápam, eclesiástico lleno de virtudes, hombre de corazón recto y de sentimientos generosos; su palabra fué un bálsamo consolador para aquellos desgraciados que no miraban en derredor más que rostros amenazadores, y quizá risas sardónicas y de desprecio.
El cura Ortiz no abandonó un solo instante á Salazar y á sus compañeros que se sintieron ya menos abandonados, menos aislados en aquella última y suprema hora de su vida.
Toda la noche la pasaron escribiendo á sus familias y á sus amigos, y dando sus últimas disposiciones, de las cuales fué encargado el padre Ortiz, y en todas aquellas cartas se nota un pulso firme, un ánimo sereno, una conciencia tranquila, y sobre todo un patriotismo ardiente.
Consejos, recomendaciones, profesiones de fe política, todo con tanta calma como si no les faltaran tan pocas horas para morir.
Amaneció el día 21, y á las seis las tropas de Méndez salieron de sus cuarteles y formaron el cuadro frente á la prisión.
Eran ya los tres cuartos para las siete; había llegado el momento, y los sentenciados se presentaron. A pedimento suyo se les permitió marchar al lugar del suplicio sin llevar los ojos vendados.
Con paso firme se adelantaron, Arteaga pálido pero sereno, Salazar fiero y amenazador, Villagómez frío y desdeñoso, Díaz con una resignación cristiana, González con un aire burlón y despreciativo.
Salazar arengó á la tropa, pero como de costumbre, los clarines y las cornetas, y las cajas de guerra resonaron ahogando su voz.
Arteaga quiso arrodillarse para recibir la muerte, pero Salazar se lo impidió; se oyó la voz de «fuego,» retumbó la descarga, y poco después la columna imperialista desfilaba al lado de cinco cadáveres que Méndez dejaba abandonados, sin cuidar siquiera de que se les diese sepultura.
Aquella sangrienta ejecución en las montañas de Michoacán preocupó apenas á los defensores de la intervención, y apenas se ocuparon de ella los periódicos de las capitales; pero la historia la recogió en sus fastos, y la justicia eterna la grabó en su libro, y quizá tuvo un grande influjo en el porvenir.
Dios es justo.
_Vicente Riva Palacio._
MAXIMILIANO
_6 de Julio de 1832._
_19 de Junio de 1867._
Aquella fecha fué el día en que nació Fernando Maximiliano José, Archiduque de Austria. Esta, en la que murió.
La ciudad de Viena, Schònbrum, fué su cuna; la de Querétaro, Cerro de las Campanas, fué su tumba.
Su nacimiento tuvo el esplendor grandioso de un regio alumbramiento. A su muerte, un golpe eléctrico tocó todos los corazones, para no dejar esa memoria, en el reposo del olvido. La luz de la existencia no se extinguió en las tinieblas de su último día. Al morir acabó el hombre, para dejar al dominio de todo el mundo la vida del príncipe, la del político infortunado.
¡Insondable es el destino del hombre!
Al nacer, los plácemes se multiplican y se anuncia una esperanza de felicidad.
El que nace despierta toda la fe del porvenir.
Un príncipe que viene al mundo, es la alegría de la familia, es la ilusión dorada de una dinastía; puede ser el genio benéfico de un pueblo, de una sociedad entera. El contento se generaliza, y las demostraciones de júbilo resuenan en el extenso ámbito de una monarquía. Los más lisonjeros ensueños de los padres encuentran la entusiasta predicción de los amigos, de los partidarios, de los adictos, y el horizonte de la vida, se dilata más allá de donde en el curso natural de la existencia se puede pasar.
El príncipe, al nacer, parece que lleva un destino que cumplir: inmortalizar con sus hechos un nombre que ya suena como gloriosa herencia que en la sucesión de los siglos han conquistado sus antepasados. Esperanza de gloria. Esperanza de inmortal nombre. Esperanza de los amigos y de la patria; ella y ellos hacen votos porque el príncipe esté predestinado para encumbrar los altos intereses de la nación; y así lo quieren; porque también quisieran que el que nace para gobernar, fuese un conjunto de las más grandes virtudes. El valor, la generosidad, el genio, la más elevada educación, la ciencia y el amor á la humanidad, debieran ser inseparables compañeros de los que se creen con título para mandar.
La pasión de mando en los príncipes, lo mismo que en los demás hombres públicos, puede ser una virtud ó un vicio. El anhelo de hacer el bien, es una virtud, y ese anhelo tiene á menudo los caracteres de una pasión...... pasión inmensa, superior á todas las pasiones; porque ella lisonjea las más nobles aspiraciones que el hombre puede traer á la vida. Ser feliz por la felicidad pública, vivir para un pueblo, trabajar sin descanso para una nación, darle vida, esplendor, nombre, poder, independencia, respeto, bienestar, libertad, orden, paz, fraternidad y dicha, es sin duda la más grande y noble pasión, como también la virtud más digna del reconocimiento público.
¡Cuántos hombres, sin embargo, habrán tenido estos ensueños, esos delirios patrióticos, esas aspiraciones que embriagan, y qué distante habrán visto el resultado! ¡Cuántas veces los medios empleados conducen á las naciones al inverso fin de los pensamientos y proyectos concebidos!
Tomad vuestro libro, príncipes, recorred la historia, y al llegar á las páginas de Luis XVI, Iturbide, Murat, Carlos I y Maximiliano, meditad en ese destino.
Abrid el vuestro, hombres públicos; y cuando lleguéis á las páginas de Hidalgo, Morelos, Matamoros, Guerrero, Ocampo, Alberto Brum, César, Cicerón, Terault de Sahelles, Filipeaux, Danton, Robespierre, Russel, Riego, Camilo Desmoulin, y otros y otros, pensad con detenimiento en el trágico fin de hombres que hoy suenan como gloria de las naciones que impasibles los vieran morir. Llegad con valor á las tumbas de esos príncipes y de esos hombres, removed su pasado entero, tocad uno á uno los puntos de su vida pública, y fijad, si podéis, con criterio indefectible, con la conciencia de juez severo, con la luz indeficiente de la razón, con la firmeza de la conciencia universal, el motivo determinado, seguro, fijo, que causó su muerte. Para ello, remontad vuestro estudio á la intención, que es la guía de la criminalidad.
No separéis vuestra atención de los propósitos. Detenéos un poco. Llamad á la filosofía en vuestro auxilio. Con el espíritu indagador del verdadero filósofo, buscad la criminalidad de los políticos en la violación de una ley clara como la luz del día, evidente como el sentimiento de nuestra existencia, universal como los preceptos de moral. ¿La encontraréis siempre? No.
¿Y la dañada intención de ejecutar una criminal voluntad?
¿Y el propósito de hacer mal?
¿Y la conciencia de sus faltas?
¿Y la depravación de sus miras?
¿Y el remordimiento de sus actos, y la agitación de su espíritu, y el terror de su fuero interno, y la inquietud de su alma, y la pasión ciega de sus deseos, y el abominable arranque de un corazón vengativo? ¿Lo encontraréis? Decidlo. Decidlo con franqueza. La filosofía no permite disimulo; externad vuestro juicio con la severidad filosófica de Catón.
Pero ¿adónde vamos?
¿A condenar la pena de muerte por delitos políticos?
Esto ya lo hemos hecho. Derramar la sangre humana como medida represiva ó preventiva, podrá tener su resultado positivo para la paz que forma el vacío; pero hay en el fondo de nuestro corazón una profunda repugnancia, inconcebible para algunos, poderosa para nosotros.
En esa lucha de las necesidades públicas hay una verdad que respetamos con toda sinceridad: la extinción de la pena capital es un pensamiento que ha encontrado resistencias que han parecido invencibles. Políticos profundos han creído que sin la pena de muerte la sociedad perdería sus elementos de vida rompiendo el respeto que inspira la posibilidad de la muerte por la ley.
A través de diez y nueve siglos que tiene la era cristiana, no se han podido realizar todas las esperanzas que despertó su existencia; pero la lentitud del progreso asegura su triunfo sobre el desmoronamiento de los antiguos elementos de política. La filosofía de la libertad vendrá más tarde á purificar doctrinas que en su desarrollo detienen el espíritu progresivo de la humanidad. El tiempo, armado de su poder irresistible, con la sucesión de algunos años en que la paz, condenando las malas pasiones, abra el alma á la luz de la enseñanza que entraña la fraternidad, será el mejor obrero de lo que hoy se llama utopia irrealizable.
* * * * *
¡Sombra de Maximiliano, espíritu de ese príncipe en cuya defensa tuvimos un encargo de confianza; desde esa mansión donde todo es luz, arrojad alguna sobre este cuadro de vuestra vida, para pintar con caracteres de innegable verdad las causas de un gran drama político!
¿Qué causa determinó ese contraste de destino entre el nacer y el morir?
¿Quién guió esos pasos que conducían al patíbulo á un príncipe heredero de una gloria secular?
¿Por qué causa vino á morir á Querétaro, en el Cerro de las Campanas, quien pudo ser rey en Europa? ¿Qué había de común entre la dinástica nobleza de Austria y el pueblo de esta República?
México pasaba por una crisis cruel en su naturaleza misma; porque era trágica y suprema. Las instituciones eran todo y eran nada; porque ellas servían de bandera de libertad y de apoyo del Gobierno. Eran nada, porque en la práctica no regían. Su vida perfecta era imposible en una nación de combatientes. Era ese período en que se rompe para siempre con las tradiciones del pasado. Las reformas religiosa y política habían sacudido de raíz aquel árbol secular á cuya sombra la sociedad se forma de una aristocracia de fueros y privilegios notables en el clero y en el ejército. La ley de la igualdad se había proclamado, incorporando á las clases privilegiadas dentro de una misma ley civil.
El antagonismo de clase, condenado por los principios políticos, era una nueva ocasión de guerra. La nacionalización de bienes eclesiásticos, secularización de regulares, extinción de la vida monacal y demás reformas religiosas, preparaban algunos espíritus para una lucha sangrienta, como guerra de religión, interminable por un avenimiento; porque alimentada por pasiones que tocaban los extremos, era terrible, asoladora. Sus efectos se hacían sentir ya poderosos, cuando estalló la revolución que proclamó en la patria de Washington la independencia de los pueblos del Sur.