El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

Part 13

Chapter 133,793 wordsPublic domain

El día 12 llegaron á comer á San Miguel de Allende, siempre por la diligencia de Querétaro. Allí determinó el Sr. Comonfort tomar caballos, para continuar por el camino de Chamacuero para Celaya; éstos fueron proporcionados por la autoridad, y se tomaron tantos como eran necesarios para su séquito, que era el mismo con que salió de Querétaro para San Luis, y además un ayudante del C. Presidente, el C. Coronel Rul.

En San Miguel tuvo aviso el General Comonfort, de que los Troncosos, bandidos de profesión, merodeaban por cuenta de Mejía, desde las inmediaciones de Querétaro hasta las de Guanajuato, donde días antes habían asesinado en Burras á un oficial de policía.

El día 13, el General Comonfort salió de San Miguel como á las ocho de la mañana, por el camino de Chamacuero, con su repetido séquito y una escolta de menos de 80 caballos.

Entre San Miguel y Chamacuero encontraron un batallón que iba en marcha para el primer punto, cuyo jefe manifestó al Señor Comonfort hallarse en el camino algunas fuerzas bandálicas, y le propuso escoltarlo, pero él lo rehusó, porque el informe que le habían dado de estas fuerzas, era considerándolas muy despreciables y mal armadas, y porque el mismo jefe le aseguró que había otro batallón situado en Chamacuero.

A esta población llegó como á las once del día, en ella almorzó y recibió detalles más minuciosos del enemigo.

Desde allí mandó un correo extraordinario al C. Ignacio Echagaray, avisándole de que esa misma tarde llegaría á Celaya.

Este extraordinario fué interceptado en el monte de San Juan de la Vega, por una de las contraguerrillas de Mejía, al mando de Aguirre, que se titulaba Comandante, quitándole la comunicación que llevaba y exigiéndole declarase si venía allí Comonfort, con qué fuerza y cuál era la calidad de ésta, á fin de sorprenderlo, dejando entretanto prisionero al correo.

Como á las dos de la tarde salió de Chamacuero el Sr. Comonfort en su carretela, que casualmente había encontrado en San Miguel, con dirección á Querétaro. El Coronel Cerda se ofreció á montar en el pescante, con el fin de dirigir mejor las mulas para el caso de que ocurriese algún ataque.

Los demás señores del séquito montaron á caballo, colocándose el Sr. Cañedo junto á la carretela al lado del Sr. Comonfort, del otro lado el Sr. Velázquez, y en seguida los señores Vergara y Rul. A poco andar llegaron al Molino de Soria, adonde sus dueños dieron la bienvenida al Sr. Comonfort, ofreciéndole su casa con el mayor afecto, pues creyeron que era su ánimo pernoctar en ella; pero grande fué su sorpresa cuando les dijo que seguía para Celaya, porque les pareció poca la fuerza que le escoltaba. Con este motivo le hicieron presente que á poca distancia se encontraban en acecho fuerzas enemigas, que podrían verse desde la azotea. El general despreció estos avisos porque le parecieron temores infundados, pues las fuerzas que se le anunciaban eran de rancheros mal armados con lanzas y machetes, para las que creía por lo mismo suficiente su fuerza, para contenerlos ó para batirlos si era necesario.

Los dueños del molino, interesándose por la seguridad del General, le indicaron que había una vereda á la izquierda del camino, por donde se podía evitar una emboscada, saliendo al llano, á donde podría defenderse con éxito y cargar la caballería, por ser de esta arma la fuerza que escoltaba el General. Este aceptó el consejo, y emprendió la marcha con su comitiva y escolta en el mismo orden en que había llegado allí.

El Comandante de la escolta dispuso que el Alférez C. José María Lara, se adelantase con cuatro exploradores á formar la descubierta, á cien pasos del carruaje, para no ocasionar polvareda.

El Coronel Cerda, que empuñaba las riendas, se pasó algún trecho de la entrada de la vereda, la cual no era muy ancha; pero cuando lo advirtió, lo comunicó al General, proponiéndole volverse para entrar en ella, quien lo rehusó para no perder tiempo.

A poco andar, se oyeron unos tiros, y en seguida se advirtió que eran de los exploradores que se batían contra la emboscada. El Coronel Cerda detuvo el carruaje; el General montó á caballo, mandó cargar á la escolta, y después de dar esta orden, mandó al general Cañedo que avanzasen los infantes que venían á retaguardia para que apoyados en los árboles, hiciesen fuego protegiendo el paso de la caballería. A este mismo tiempo, y habiendo deshecho la corta descubierta, cargaron los contraguerrilleros, que eran muchos, y envolvieron á los jefes y á la escolta, haciéndola sucumbir, á pesar de la superioridad de sus fuegos, cayendo muertos alderredor del General Comonfort, el Comandante Velázquez, el Teniente Coronel Vergara, y el Coronel Cerda, gravemente herido.

El General Comonfort, no obstante haber sido cubierto por su séquito y por su escolta, había recibido un machetazo en la cara, desde el ojo, que le había dividido el carrillo, y conservaba aún su pistola, ya descargada, para intimidar á los muchos cosacos que le acometían; cuando se le presentó delante el famoso capitancillo Sebastián Aguirre, en un brioso caballo tordillo que bailaba aún, alborotado por las detonaciones de las armas de los carabineros de la escolta, que casi habían cesado. El dicho capitancillo traía su lanza en ristre, arma común á toda su fuerza, y deteniéndose delante del General Comonfort, bien fuera por el respeto que éste infundía, ó por asestarle un golpe seguro, le dió lugar para dirigirle la palabra, y le dijo: «Amigo, no me mate vd., y le ofrezco hacerle una bonita fortuna.» Aguirre, lejos de aplacarse, le contestó: «Que no venía á robar sino á cumplir con las órdenes de su general,» dándole al mismo tiempo una lanzada que le dividió el corazón, cayendo consiguientemente en tierra, inmóvil, el General Comonfort.

En seguida los bandidos de Aguirre no se ocuparon de otra cosa que de desvalijar el carruaje y aun á los muertos que habían quedado en el campo.

El General Cañedo se encontraba á alguna distancia queriendo someter á los llamados infantes para que fueran á batirse, conforme á las órdenes del General Comonfort, y que hasta allí habían venido custodiando las cargas de fusiles; éstos no quisieron obedecer, y corrieron para el monte.

Al día siguiente fué conducido á Chamacuero el cadáver del General Comonfort.

* * * * *

Cualesquiera que hayan sido los errores que como gobernante cometió Comonfort, su memoria debe ser grata para los mexicanos, porque era valiente, honrado, sencillo, afectuoso, franco, generoso y bien intencionado; y representaba en conjunto la parte buena, amable y noble de la raza mexicana.

_Manuel Payno._

NICOLAS ROMERO

I

Cuando encontramos en las hojas sagradas del Génesis que el CRIADOR del Universo tomó un trozo de barro que sólo había recibido el peso de su augusta planta, forma al hombre, y con su aliento vivificador lo levanta á la altura de su destino, admiramos como hechuras del Omnipotente á esos séres que se levantan del seno obscuro de la humanidad y describen una elipse luminosa en el corto trayecto de su aparición á su muerte.

Dios ha impreso una marca sombría en la frente de los héroes; ellos ceden á la predestinación de su alto oráculo, y con la íntima convicción de su destino, aceptan el fuego del martirio, como la aureola de su glorificación histórica.

Dios marca el momento, y el hombre obedece, impulsado por el oleaje que lo lleva á las playas desconocidas de su porvenir; enciende en su cerebro la antorcha de la idea, y lo coloca en esa vía que conduce á la inmortalidad; desencadena su espíritu, lo fortalece, y se opera esa transubstanciación de un sér mezquino á un gigante que arranca un lauro á su siglo y una estrofa de gloria á la humanidad!

Nicolás Romero era uno de esos hombres, y sus glorias pertenecen al pueblo mexicano.

He aquí las páginas del _Calvario_ de la revolución, trazadas por uno de los caudillos que hoy recibe en el extranjero los homenajes rendidos al patriotismo:

II

La Libertad es como el sol.

Sus primeros rayos son para las montañas, sus últimos resplandores son también para ellas.

Ningún grito de libertad se ha dado en las llanuras, como en ningún paisaje se ha iluminado primero el valle.

Los últimos defensores de un pueblo libre han buscado siempre su asilo en las montañas.

Los últimos rayos del sol brillan sobre los montes, cuando el valle comienza á hundirse en la obscuridad.

Por no desmentir este axioma, la Convención Francesa en 93 tuvo su llanura y su montaña.

Zitácuaro está situado en una fragosa serranía del Estado de Michoacán.

Era una graciosa ciudad de ocho mil habitantes.

Sus calles, rectas; sus casas, aunque no elegantes, limpias y bonitas.

Su comercio activo, y su agricultura floreciente.

Esta era Zitácuaro en 1863.

La República de México había sido invadida por los franceses.

Los malos mexicanos se habían unido con ellos.

El Gobierno legítimo abandonó la Capital después de esa gloriosa epopeya que se llamó el sitio de Puebla.

El ejército de Napoleón III ocupaba las ciudades y los pueblos sin resistencia.

Aquella era la marcha triunfal de la iniquidad.

El paseo militar de la fuerza que vence al derecho.

Pero el derecho debía tener sus representantes sobre la tierra, para protestar y combatir.--Debía tener sus mártires, y los tuvo.

Y los representantes del derecho y de la Libertad se refugiaron en las montañas para protestar y combatir.

Y los mártires encontraron en las montañas su Calvario.

Al principio, es decir, antes de que comenzara esa larga serie de sangrientos combates que con fuerzas tan desiguales sostuvieron los defensores de aquel heróico pueblo, la hospitalidad no fué de lo más cordial.--Después que el fuego enemigo los encontró juntos, todos fueron unos.

En las primeras invasiones, la población emigraba en masa.

Así podía llegar la noticia de la venida del enemigo á la mitad del día como á la mitad de la noche; en una mañana serena ó en una tarde tempestuosa.

La alarma corría veloz como la electricidad, y todo el mundo se ponía en movimiento, y la población en masa emigraba á los bosques, llevando cada una de aquellas familias lo poco que podía de sus muebles y de sus animales.

Era un espectáculo tierno y sublime.

Las madres cargando á sus hijos, los hombres llevando á cuestas á los enfermos, las ancianas conduciendo con los niños y pesadamente los mansos bueyes y los corderos, las gallinas y los cerdos; todo en una inmensa confusión, pero sin gritos, sin sollozos, sin maldiciones; con la resignación de los mártires, pero con la energía de los héroes.

Y esa desgraciada muchedumbre se ponía en marcha muchas veces de noche, en medio del agua que caía á torrentes, y alumbrada apenas por hachas de brea, que la tormenta y el aire apagaban á cada momento.

Y así caminaban entre aquellos precipicios, como una procesión fantástica, resbalando en las lodosas pendientes, cayendo á cada instante, pisados, maltratados, estrujados, llenos de fango, hasta la orilla del bosque, en donde cada familia buscaba, no un abrigo, sino un lugar en que esperar la salida del sol y los acontecimientos del otro día.

Pero las invasiones y los combates se hacían más y más frecuentes.

Las tropas fieles de Toluca buscaron un asilo en Zitácuaro.

Apenas se pasaba una semana sin que los ecos del orgulloso cerro del Cacique, en cuya falda se extendía la población, repitiesen los gritos de «viva el imperio,» y con las detonaciones de la fusilería.

Las familias comenzaban á cansarse, pero no transigían con el enemigo.

Poco á poco fueron dejando abandonada la ciudad y retirándose á los pueblos y ranchos de Tierra Caliente, adonde el enemigo no había logrado aún penetrar.

Nicolás Romero escogió el Estado de Michoacán para teatro de sus hazañas.

El león de la montaña, como le decían los franceses, era un hombre como de treinta y seis años, de una estatura regular, con una fisonomía completamente vulgar, sin ninguna barba, el pelo cortado casi hasta la raíz, vestido de negro, sin llevar espuelas, ni espada, ni pistolas: con su andar mesurado, su cabeza inclinada siempre, y sus respuestas cortas y lentas, parecía más bien un pacífico tratante de azúcares ó de maíz, que el hombre que llenaba medio mundo con rasgos fabulosos de audacia, de valor y de sagacidad.

Y sin embargo, Nicolás Romero era para sus enemigos y para sus soldados un semidios, una especie de mito. Jamás preguntó de sus contrarios ¿cuántos son?; sino ¿dónde están?, y allí iba.

Romero tenía orden de escaramucear y retirarse después sin pérdida de tiempo para Tacámbaro.

Pero Romero era un valiente, y no se contentó con esto, sino que se batió un día entero con los franceses, y al otro emprendió su marcha.

III

Treinta leguas había caminado la división en cuatro días, y Romero determinó dar un día de descanso á la fuerza.

Estaban en una pequeña ranchería que se llama Papasindán.

El camino que había traído la fuerza, y que era el mismo que debía llevar el enemigo en caso de una persecución, era una vereda incómoda y en donde no cabían dos hombres de frente, escabrosa, y costeando la montaña; un ejército podía haberse descubierto desde una legua de distancia, que tardaría lo menos tres horas en atravesar, y con cien hombres podía cerrarse el paso á tres mil.

Esta es una cañada en medio de montañas elevadas, pero montañas sin árboles, sin verdura, sin vegetación. El ardiente sol de los trópicos calcina los peñascos que las cubren; la yerba que se atreve á brotar, muere como tostada por sus rayos, y apenas se descubren algunos arbustos raquíticos y sin hojas, retorciéndose á la viveza del fuego que parece circular en la atmósfera: ni aves, ni cuadrúpedos, ni aun insectos.

Por eso la cañada de Papasindán forma un delicioso contraste: arroyos caudalosos, grandes y majestuosas zirandas y parotas, muchas aves, mucho ganado, y una grama verde y tupida. Es un oasis en aquel ardiente desierto.

Romero, pues, podía estar tranquilo.

Pero la suerte de los hombres y de las naciones depende de la Providencia.

Eran cerca de las diez de la mañana; la tropa descansaba bajo los árboles, los caballos desensillados pacían libremente, y los oficiales y los jefes departían alegres en grupos esparcidos acá y allá.

Se habían escuchado algunos tiros, luego un rumor extraño, y repentinamente los zuavos, seguidos de una caballería de imperialistas, invadieron el campo republicano.

Nadie pensó en resistir; el pánico de la sorpresa se apoderó de todos, y el enemigo mataba y aprisionaba sin el menor embarazo.

La división de Nicolás Romero se deshizo como el humo, y el caudillo fué hecho prisionero á pocos momentos.

IV

En los primeros días de su dominación en México, los franceses eligieron por teatro de sus ejecuciones la plazuela de Santo Domingo, que está casi en el centro de la población, y que tiene por límites, al Sur, edificios particulares; al Norte, la antigua iglesia de los Dominicos, que da su nombre á la plazuela; por el Oriente, el edificio de la Aduana, y por el Poniente, una portalería que sirve de asilo á esos escribientes y poetas pobres que se llaman en México vulgarmente «Evangelistas,» y que, sentados en un pequeño taburete, delante de un miserable pupitre, ganan escasamente su vida escribiendo y redactando versos y cartas de todas clases para los criados domésticos, para los aguadores y para los amantes pobres que no saben escribir; escritores que son la primera grada de esa inmensa escalera en cuyo último peldaño se disputan un lugar Milton y Shakespeare, Cervantes y Quintana, Víctor Hugo y Lamartine, el Dante y el Petrarca.

Aquella plazuela está verdaderamente empapada en sangre. Allí han sido sacrificadas tantas nobles víctimas, que si un laurel ó una palma brotara en memoria de cada martir, ese lugar sería el bosque más impenetrable de la tierra.

Pero hay modas hasta en el asesinato, y Santo Domingo cayó de la gracia de los civilizadores de México, y la plazuela de Mixcalco pasó á la categoría de favorita de los franceses.

Mixcalco está al Oriente de la ciudad, cerca de la garita de San Lázaro.

En otro tiempo había sido el lugar de la ejecución de los criminales; por eso tal vez causaba cierto pavor á los habitantes de la ciudad, y por eso casi siempre estaba desierta.

Absurdas consejas corrían sobre aquella plazuela: quién contaba que un hombre ahorcado allí por haberse robado unos vasos sagrados, paseaba de noche envuelto en un sudario; quién refería que la cabeza de un reo muerto impenitente, aparecía en las altas horas también de la noche, pidiendo «confesión;» quién decía haber oído un grito agudísimo y desgarrador que lanzaba una mujer vestida de blanco y con el pelo suelto, y que era nada menos que una madre infanticida, muerta allí mismo por manos de la justicia.

Sea por esto, ó por lo que es más probable, por la escasez de agua de aquél barrio, las casas que forman la plazuela se fueron quedando vacías y arruinando; de modo que en la época en que los franceses ocuparon la capital, sólo vivían por allí pobres carboneros que durante el día salían á expender su mercancía.

En aquél lugar triste y apartado debía tener su desenlace ese drama que hemos visto comenzar en Papasindán.

Se oyó un rumor en la multitud; el movimiento uniforme y simultáneo de las armas de los franceses produjo, con la naciente luz del sol, un relámpago siniestro que cruzó por encima del agrupado pueblo, y Nicolás Romero, sereno y animoso, casi indiferente, penetró en el cuadro en unión de otros dos oficiales que iban á sufrir su misma suerte.

Infinitas precauciones había tomado la plaza para llevar á efecto la sentencia; la popularidad de Romero y la notoria injusticia del procedimiento hacían temer una sublevación popular. Se había adelantado la hora; la guarnición estaba sobre las armas, la artillería lista, las patrullas y la gendarmería en movimiento, y sobre todo, la policía secreta, esa víbora que brota como la yerba venenosa de los pantanos, del seno de los gobiernos impopulares, en una actividad espantosa.

Romero fumaba desdeñosamente un puro. Los dos oficiales que le acompañaban, y que también debían morir, eran: un subteniente que había sido el mariscal de un escuadrón de la brigada de Romero, y el comandante Higinio Alvarez, jefe de los exploradores de la misma brigada. Romero iba envuelto en la misma capa que usaba en campaña, y Alvarez en un zarape tricolor, que imitaba la bandera de la República.

¿Para qué referir la ejecución? Los tres murieron con tanta sangre fría y con tan orgulloso desdén, como si no fueran á morir.

El sargento francés dió á Romero el golpe de gracia; y sin embargo, como si aquella lama de gigante no hubiera podido desprenderse del cuerpo, al conducir el cadáver de Romero á su última morada, hizo un movimiento tan fuerte, que rompió el miserable ataúd en que le conducían sus verdugos.

El pueblo se dispersó sombrío y cabizbajo.

A las diez de la mañana de ese día, la tierra había bebido ya la sangre de aquellos mártires; el sol había secado otra parte, y los vientos habían borrado con su polvo los últimos rastros.

V

Un sol de gloria da de lleno sobre esas tumbas abandonadas, y la patria aun no señala con un monumento el lugar de tantas ejecuciones.

¿Compareceremos ante el juicio de la historia con la fea marca de la ingratitud? ¿No habrá quién coloque una piedra en ese Gólgota, para decir á nuestros hijos: aquí levantó la iniquidad su _piedra de sacrificios_ para inmolar á los patriotas de la independencia mexicana?

Nosotros desde el fondo de nuestro corazón enviamos el más santo de nuestros recuerdos á los MÁRTIRES DE LA LIBERTAD, y consagramos en las páginas del _Libro Rojo_ la ofrenda de justicia á los héroes cuyos sublimes hechos servirán de grandes enseñanzas á las futuras generaciones.

_Juan A. Mateos._

ARTEAGA Y SALAZAR

Quisiera no tener la necesidad de escribir este artículo; los recuerdos que para hacerlo tengo que evocar, punzan mi corazón, pues que á pesar de los años que han transcurrido desde la época en que acaeció el sangriento drama que voy á referir, hasta hoy siento aún aquella penosa angustia que era consiguiente al negro y tempestuoso porvenir que nos presentaba la lucha de independencia, y el doloroso vacío que dejaron en mi alma las terribles ejecuciones de Arteaga y Salazar, Villagómez y Díaz.

Lo que voy á contar no está apoyado en documentos oficiales, ni en citas históricas, ni en comentarios de sabios; es lo que yo mismo presencié, y lo que llegó á mi noticia por las sencillas relaciones de los jefes, de los oficiales y de los soldados que militaban á mis órdenes, y que fueron hechos prisioneros en unión de Arteaga y de Salazar.

* * * * *

Comenzaba el mes de Octubre de 1865, y la suerte no podía ser más contraria para los republicanos que componíamos el ejército que se llamaba del Centro.

Reducidos á un número escaso de combatientes, con malísimo armamento, con poco parque de fusil, y eso de mala calidad, faltos de recursos pecuniarios, y sobre todo sin esperanza de mejora, los esfuerzos combinados de todos los jefes, su fe ciega en el triunfo de la causa de la Independencia de México, podían apenas mantener encendida la chispa en las feraces montañas del heróico Estado de Michoacán.

Arteaga era el general en jefe de aquel ejército, y en los días en que pasaron los acontecimientos que voy á referir, el General Carlos Salazar era el Cuartel-Maestre.

El general D. José M. Arteaga era un hombre cuya edad difícilmente podría haberse conocido en su rostro, porque su cutis rosado y transparente como el de una dama, sus ojos negros, rasgados y brillantes, y el fino bigote que sombreaba su boca, le daban el aspecto de un joven que apenas contara veinticinco años; y sin embargo, Arteaga pasaba ya de cuarenta; y sólo su obesidad, y la torpeza de sus movimientos, provenida de las heridas siempre abiertas que tenía en las piernas, podía desvanecer la idea que se formaba uno al ver su rostro constantemente risueño y alegre.

Salazar era casi de la misma edad que Arteaga; pero Salazar, por el contrario, representaba tener mayor número de años de los que en realidad contaba, y su aspecto era imponente, porque á las musculosas formas de un Hércules se unía la frente despejada y serena, y la mirada penetrante del hombre de gran inteligencia.

Durante algún tiempo, Salazar y Arteaga estuvieron desavenidos, lo cual fué causa de que el primero se separara temporalmente del servicio; pero pocos días antes de la ejecución de ambos, Arteaga llamó á Salazar, tuvieron una explicación en mi presencia, y sin dificultad volvieron á reanudar su antigua amistad, y Salazar fué nombrado Cuartel-Maestre del Ejército del Centro.

¡Tristes días eran aquéllos para nosotros! En el mes de Julio de ese mismo año habíamos sufrido un revés terrible en las inmediaciones de Tacámbaro, atacados por la legión belga y por las fuerza imperiales que mandaba Méndez, y de aquel desastre apenas habíamos salvado algunos elementos de guerra; todo parecía perdido, y sin embargo, la constancia y el entusiasmo de los jefes volvió á salvarnos del conflicto.